jueves, 29 de abril de 2010

Carril bici

Todos los días me muevo sobre la última chapuza perpetrada en mi ciudad: el carril bici. No, no es que vaya de un lugar a otro sobre ruedas y sin motor, aunque ya me gustaría. No, lo que ocurre es que muchas de las aceras de este lugar han pasado a ser un híbrido hecho tanto para peatones como para ciclistas.

Tantos años reclamando una buena red de estos carriles para esto. Tramos estrechos, de mal acceso, donde no queda espacio ni para el peatón ni para las bicis. Recovecos imposibles de salvar. Zonas con falta de seguridad y cruces en plena calzada en los que uno no sabe a qué o a quién encomendarse. Señalización pintada que ya ha desaparecido por obra y gracia de las lluvias. Y lo peor de todo: tramos inconexos que, entiendo, hay que ir uniendo bajándose y subiéndose infinidad de veces de la bici.

En otras ciudades se ha construido una buena red de estas "vías ciclables" y sus vecinos pueden moverse sin problemas por ellas. Aquí nadie se anima a recorrerlas, ni siquiera en su tiempo de ocio. Como para hacerlo con intención de llegar al trabajo. Me temo que así nunca va a reducirse la circulación en vehículos a motor y que, por desgracia, no dejaremos de respirar peor que nadie en esta región.

Todas estas obras que el Ayuntamiento acomete con el dinero de todos deberían tomarse en serio. Y si en una ciudad no es viable un proyecto así, mejor sería dejar las cosas como están. Desde luego, a esto en vez de mejora podría llamársele degradación.

jueves, 22 de abril de 2010

Otras afueras

Hay cosas que ya se llamaban como hemos nombrado, creyendo ser los únicos, a algunas de nuestras cosas. Acabo de leer un poema titulado como este blog. Pertenece al libro Voz fuera de campo, de Víctor M. Díez, editado por Icaria en 2004. Es agradable la sensación de compartir algo, incluso un simple nombre. El poema me ha gustado. Espero que a su autor no le importe que lo reproduzca aquí.

                          MIS AFUERAS

La locura es un idioma sagrado.
Lengua viva en la cabeza. Silencio en el corazón.
Hay en mi casa treinta ramos secos de mujer.
Me despierto en el cuadro de los sueños;
Pintado sobre tela:
               El día es un atentado.

Sonajeros hay en mi cabeza.
Talismanes encordados. Casa, cuerpo, soledad.

                                                         Víctor M. Díez

martes, 20 de abril de 2010

Los viejos discos

Cuando el compacto comenzó a arrinconar al disco de vinilo el hecho no me importó lo más mínimo. Todo lo contrario. Estaba deseando tener un reproductor para poder disfrutar de aquella nueva experiencia acústica, mucho más fiel y rica.

Aunque yo era de los que se habían incorporado algo tarde a los 33 r.p.m., saltando paradójicamente de las modernas casetes a aquellos discos tradicionales, tenía unas ganas locas de dar otro salto más. Todos estaban pasándose ya al CD, más práctico y manejable, además de muy brillante, atractivo, menos delicado que su defenestrado hermano mayor. Eran ventajas impuestas por el mercado, pero ventajas al fin y al cabo.

En mi caso el cambio coincidía con otro sustancial. Comenzaba también mis estudios universitarios, y con ellos los desplazamientos constantes a la Facultad, los kilómetros diarios, el cambio de aires... Idas y venidas, vueltas y más vueltas.

Pasaron el tiempo y algunos centenares de cedés. Éstos giraban no sólo sobre sus ejes a velocidades endemoniadas, produciendo su leve bisbiseo. También daban vueltas conmigo, físicamente, moviéndose de un lado para otro, además de reproducirse aleatoriamente en mi cabeza, como en ese modo random que uno selecciona con la intención de volver a escuchar sus compactos otras tantas primeras veces.

Un día  -no recuerdo lo que andaba haciendo-  volví a fijarme en aquellos viejos discos comprados con mis esmerados ahorros. Seguían donde los dejé, apilados dentro de sus fundas de cartón, resguardados del poso del polvo y también del uso. Los saqué de su hueco, los puse sobre mis muslos y empecé a verlos, uno a uno, como el que revisa un taco de añejas tarjetas postales.

Primero la portada, después la trasera. Grupos de los primeros noventa, Michael Jackson, Mecano, Prince, U2. También algunas bandas sonoras de John Barry o Danny Elfman. Cada vinilo con su propia historia regresándome a la mente a golpe de vista. Donde lo compré, si fui o no acompañado, o si me lo regaló alguien y quien era ese alguien. Las cosas que ocurrieron en torno a ese disco, si lo había escuchado mucho  -alguno se resistía a salir del plato durante semanas-,  o si había sido un capricho loco, una compra acelerada que acabó por no convencerme del todo.

Entonces empezó a invadirme la certeza de que en sus abandonados surcos negros no sólo me había dejado parte de la música de mi adolescencia, como en un prolongado barbecho por el que no había vuelto a pasar la aguja que remueve los recuerdos. En aquellos surcos también se había quedado una parte de las ilusiones, de los anhelos, de los desvelos de un chaval que iba al instituto y trataba de saber algo acerca de sí mismo.

domingo, 11 de abril de 2010

El fútbol y el ruido

Segundo gol de Pedro en un Bernabéu que enmudece. En este tren del que estoy a punto de bajarme el silencio no encuentra su sitio. Música moruna por mi izquierda. Por delante de mí muchos más electrones entrechocan a ritmos poco bailables. A escasos cinco metros, "¡que no quiero cometer un delito, que vivo muy bien...!", un señor aventa sus conclusiones más peregrinas. Y más lejos aún, la conversación telefónica de una chica informa a todos los presentes de sus planes nocturnos.

He abandonado la emisión del Madrid-Barça pasados diez minutos de su comienzo. Me he prometido no interesarme por ella hasta que no arroje el resultado final. Cuestión de principios, o casi.

Me temo que no soy nada generoso: cuando voy en el tren no siento el impulso de compartir con todos los ocupantes del vagón nada de lo que voy escuchando o diciendo. La esplendidez no está reñida con la discreción, aunque en este caso no pueden estar más regañadas. Otros, en cambio, las combinan con toda naturalidad. Son desprendidos de sus interioridades, dadivosos con sus bienes más privados. Íntimamente desentendidos.

La bulla de tantas voces descontroladas y de músicas con la distorsión propia de sus reproductores me obliga a buscar refugio. Y lo encuentro en mi radio. Cuando la enciendo y me entero del 0-2 del Barcelona doy de golpe con la forma de enmascarar el ruido. El partido todavía no ha terminado y, aunque quisiera no traicionarme en ninguna de mis promesas personales, dejo la rueda en el punto del dial en el que la he encontrado. De repente el fútbol me ofrece el asilo deseado.

Al poco, antes de apearse, uno de los chicos que animaban el cotarro con todo el volumen de sus móviles se me acerca. "Perdona, ¿estás escuchando el partido?" Con la mejor de mis sonrisas le digo que no.

lunes, 5 de abril de 2010

Forum Barceló

“Sólo tenemos exposiciones temporales”, una chica de la recepción informa a un visitante que, ahora más ubicado, se dirige hacia las escaleras rumbo a la primera planta.

Cuadros, sobre todo cuadros. Pero también fotografías, vídeos, esculturas y piezas de arte de todo tipo. Por temporadas, como dice la recepcionista, merece la pena pasarse por el Caixa Forum de Madrid. En ocasiones te encuentras con el mundo fascinante de Alphonse Mucha, en otras recorres entre objetos del Aga Khan los distintos Mundos del Islam, o te mides con los bronces de Rodin, o te mueves por las arquitecturas de Richard Rogers…

Ahora, hasta mediados de junio, se puede ver parte del trabajo que Miquel Barceló ha realizado a lo largo de tres décadas. Hace tiempo trajeron a este centro una muestra sobre el proceso de creación de su bóveda para la Sala de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de Ginebra. Era un proyecto envuelto por las críticas y la polémica, así que no fue difícil leer en los gestos y reconocer en las voces del público cierto grado de desaprobación. Esta muestra es, sin embargo, una reconciliación con Barceló.

Sólo ver los deslumbrantes murales de barro de la capilla de San Pedro de la Catedral de Palma sirve, más que de sobra, para ser conscientes de todo el trabajo y el tremendo estudio que Barceló puede llegar a dedicarle a su arte. Aun así creo que  -como ocurre con muchos otros artistas-  estas cosas son una cuestión de fe y que a los convencidos nos cuesta mucho menos pasar por el aro. Esta exposición recorre buena parte de su vida, desde sus trabajos más modestos hasta algunas de sus obras de mayor calado. Es un viaje a la energía pura y también a la introspección, una declaración de principios y una demostración de cómo se puede ver el mundo. Su mundo. Nuestro mundo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Calado

El olor de la flor del almendro se precipitaba ayer contra la tierra. La lluvia diluía todas las partículas en suspensión. También las más arraigadas al suelo.

Por la noche jarreaba. Misión imposible abrir mi paraguas plegable, tan enclenque como para renunciar a su uso con la primera ráfaga de viento.

No me gusta mojarme. Vestido no. La ropa es molesta pegada a la piel y la humedad se vuelve maloliente. Mi cazadora impermeable evitó que me calase de cintura para arriba. En sentido descendente el agua lo mojó todo y más.

Vaqueros mojados y zapatos, que no botas, de agua. Al llegar a casa no me apetecía beber nada, después de tantos tragos forzosos. Al quitarme la ropa no quise reparar en las escamas, tampoco en las branquias.

Había sido mi segundo jarro de agua fría del día.

lunes, 22 de marzo de 2010

Olor a miel

No es sencillo retener los aromas. Es fácil, sin embargo, evocarlos.

Hoy, como si fuera ayer mismo, regresa a mi cabeza  -por desgracia no a mi nariz-  el olor a miel que flotaba en el aire de uno de los campos de almendros de la Quinta de los Molinos de Madrid. Digo 'como si fuera ayer'.

Fue ayer. Apenas había insectos en el parque. Ni las molestas moscas contra las que uno manotea con tal de apartárselas, ni las hileras de hormigas que evita pisar mientras camina, ni tan siquiera las abejas, que a estas alturas ya deberían estar trabajando sin descanso, recolectando y polinizando. Las flores de los almendros lucían abiertas, claro sobre oscuro, aguardando su asistencia.

Tampoco había ayer insectos en otro parque. El Capricho, ese jardín mandado construir por la duquesa de Osuna a finales del XVIII para su recreo, se exponía libre también de bichos. Ella y el duque levantaron en él un curioso pabellón de una planta donde les gustaba tomar el chocolate mientras observaban tras un cristal el incesante trajín de las abejas dentro de sus panales.

El abejero de esta finca-antojo de la duquesa está hoy restaurado, se despliega remozado y luminoso, pero carece de colmenas. Las abejas no acuden a sus aberturas, ni circulan sin parar en su interior, ni alzan incansables sus paredes de cera ni elaboran su miel.

A pesar de ello, la mente vuelve a las andadas y reanima otras imágenes. Un rumor intenso rodea la construcción y una nube difusa se comprime y expande oscureciéndole la fachada. Las abejas salen y entran sin respiro al colmenar. Llegan cargadas del pesado polen de la flor del almendro. Su factoría melera está al límite de su capacidad. Despide esa misma fragancia que retengo y reservo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Día del Padre

Ignoro cuál es el procedimiento actual. Los de mi generación hemos hecho auténticas virguerías manuales para entregárselas a papá con todo el cariño  -además de todo el ánimo de engancharle al tabaco-. Ceniceros de barro gracias a cuyas marcas la Policía Científica lo habría tenido chupado para descubrir la identidad de sus autores. Otros ceniceros de vidrio que, una vez forrados con papel encolado, acabábamos pintando con logrados motivos y barnizando después  -cualquiera se atrevía a depositar una colilla encendida en tan inflamable cuerpo-. Más ceniceros, esta vez hechos con palos de polo  -esos palos de madera se vendían mucho más para hacer esta clase de artesanías que para fabricar helados caseros-. Y todos esos ceniceros, en mi caso, para un padre no fumador.

Ahora no recuerdo qué otra clase de objetos sirvieron de obsequio. La casa del pueblo es el lugar al que todos ellos han ido a parar con los años. Nadie se desharía de tanto amor, a pesar de estar encerrado en semejante fealdad.

A medida que crecimos esas actividades escolares desaparecieron de los programas. Empezamos a ser autónomos a la hora de decidir qué regalar en días tan señalados y comenzamos a comprar, en vez de crear o ingeniar algo con nuestras propias manos. El  "detallito"  pasaba a depender de lo que habíamos conseguido ahorrar de nuestra asignación semanal. Entrábamos por fin al terreno más pecuniario y económico.

Pasa el tiempo y, dependiendo de en qué nivel se encuentra mi grado variable de rebeldía hacia todo lo comercial, unas veces acabo pasando por caja y otras decido que una muestra de cariño es tanto o más valiosa. Lo material puede dejarse en muchos casos para otro momento y atender con mayor acierto a cualquier necesidad o deseo puntual.

Ocurre que algunos años uno no puede ver a su padre el mismo 19 de marzo. Las causas pueden ser varias: uno trabaja, o está de viaje, o ha ido a las Fallas... Durante una temporada que pasé en Inglaterra los números de los Días de la Madre y del Padre danzaban en el calendario como en una pista de bailes de salón. El del Padre se celebra allí el tercer domingo de junio. Resultaba extraño, después de haber llamado para felicitar a papá en marzo, verse en pleno junio rodeado de toda la parafernalia comercial dispuesta para tal efecto. La tarjeta alusiva, como es de suponer, acababa llegándole en fechas inglesas, cuando los calores empezaban a apretar en la península  -y no tanto en aquella isla, aunque los Britons llevasen ya dos meses luciendo sandalias y tirantes-.

Este año podré comer con papá. Comeremos la comida de mamá. En la sobremesa será libre de entregarse al tabaco si le apetece  -a estas alturas ya me extraña-  y recordaremos su colección de ceniceros de dudoso adorno.

viernes, 12 de marzo de 2010

Pellizcos de lo real

Hoy Miguel Delibes ha dejado de estar. Seguirá siendo, pues sus obras lo contienen, son lo que era.

Los mismos términos, otro tiempo. Todos acabaremos formando parte del pasado. Acabaremos siendo lo pasado.

Esta mañana me pellizcaba una sensación de remite desconocido. Un desasosiego algo familiar. Hace poco el cuerpo me decía lo mismo. Cuando la abuela murió esa idéntica extrañeza no acababa de identificarse. Ella era otra persona, más querida y cercana, pero la percepción era similar a la de hoy.

Aquella mañana había estado hablando con ella y, al rato, de ella. 'Es, está'.

Unas horas después la linea del tiempo la había rebasado. No sólo ya no era posible hablar con ella, sino que únicamente podíamos hablar de ella, sobre ella.

'Era, Estaba'.

Hoy advierto que las palabras nos reúnen con la realidad. Detenerse a pensar en lo que se ha dicho y cómo se ha dicho convoca los hechos, les aplica un barniz de claridad que atrae al escalofrío. Dejamos al presente por el soplo del pasado en el lapso frágil y áspero en que lo real se apropia del tiempo. No podemos evitar que la confusión nos llene, hasta concluir que la verdad ha roto la raya del tiempo.

martes, 9 de marzo de 2010

El apagón

Mañana se producirá el apagón analógico por estos lares. Para muchos teleadictos, dependientes no sólo de lo que ven sino también de sus entresijos técnicos, ese será uno de los acontecimientos más esperados de la Historia. Por fin sus ojos ya sólo verán ceros y unos en las pantallas que fagocitan el tiempo de su descanso, de su libertad.

La televisión, por suerte, tiene todo lo bueno que hemos hecho de esta sociedad. O casi todo. Pero también contiene todo lo malo. Es más, no sólo lo encierra en esa pantalla cuyo fondo es cada vez menos profundo, sino que se lo sacude con fuerza monstruosa y lo proyecta hasta el rincón donde nos guardamos de lo nocivo. Para nuestra desgracia.

Muchas veces, viendo determinadas emisiones de esas que a uno le remueven por dentro todo lo bueno y todo lo malo, he pensado que el apagón debería ser total. Absoluto. El Apagón Perfecto. De esa manera asistiríamos a la desaparición de lo que idiotiza, engatusa, catequiza, entorpece.

Por otra parte, presenciaríamos el triste fin de otros espacios que invitan a pensar, abren ventanas a la cultura, despiertan en nosotros una actitud crítica, o entretienen. Siempre con un respeto esmerado hacia nuestro tiempo, nuestra libertad.

Independientemente de lo que a uno le parezca lo que se encuentra cada vez que pulsa el botón  -de la caja, o del mando-, la señal que recibiremos será, ya sin remedio, sólo digital. Habremos vivido una transición, una especie de mudanza hacia otros usos.

Lo del apagón, sin embargo, seguirá siendo una opción personal.

martes, 2 de marzo de 2010

Consecuencias de la rebeldía

Otra lectura de las que no es posible despegarse. Tres mujeres que confluyen en la actualidad agarradas al hilo de su pasado.

Accedo poco a poco al de Esme, la mayor, perdida en la oscuridad, condenada de por vida a la reclusión. Fue libre en la India e intentó mantener su voluntad en Escocia. No lo consiguió. Y todo por no ajustarse al orden de los convencionalismos en los años treinta.

Entro en la memoria fragmentada de Kitty, su hermana, quien sí se acomodaba a la perfección a los cánones y no pudo, o no quiso, intervenir en el terrible sino de su hermana Esme.

Su nieta Iris se sumerge en el ayer e invoca todos los fantasmas, los suyos y los de ellas. Visita desde el presente a la familia del pasado y descubre la tragedia de la que ella misma es fruto.

El crescendo se vive con extenuación y se llega rendido, en el sentido más placentero, al desenlace de esta historia de crueldad traída, prolongada, hasta hoy. La felicidad de la infancia puede truncarse y el miedo le es proporcional.

La extraña desaparición de Esme Lennox, de Maggie O'Farrell, editado por Salamandra hace unos pocos meses.

viernes, 26 de febrero de 2010

Más o menos corto

Todos los años en los que el mes de febrero no se sale  "de medidas"  a uno se le hace corto. Se nos queda corto, como un pantalón que misteriosamente ha encogido y nos preguntamos si lo habremos lavado mal, o si nos habremos ajustado la cinturilla más alta de lo habitual o, incluso, si habremos pegado un estirón de última  -para algunos desesperada y feliz-  hora.

Cuando se tiene un mes de febrero más  "reposado"  de lo normal, éste, por el simple hecho de llamarse febrero, nunca promete dar mucho de sí. Reconozcamos que el descanso con fecha límite 28 no sienta de la misma forma que el que expira un día 31.

Cada cuatro años la tabla de los números primos deja caer una cifra por estas fechas: el 29. Aparentemente, el número en cuestión no debería suponer una gran ventaja con respecto al otro, el 28, pero en un mes de los  "apacibles"  la cosa cambia. Para mal... y para bien.

Este mes yo he sido divisible por mí mismo y por 1, como caído también de esa lista celestial de la que también procede el 31. Afortunadamente, el único primo en este calendario sólo he sido yo mismo. Por lo tanto, quedando descartado un vil 29 e, incluso, un pérfido 31, ya me quedan escasos días para volver a la batalla.

Por otra parte, ¡pena de un brillante 29, o de un soberbio 31!  Las treguas, aunque sean forzosas, buscan siempre dilatarse, expandirse, estirarse. Como el listado de esos números que, de natural, aún con sólo dos divisores distintos, tienden a infinito.

lunes, 22 de febrero de 2010

Sampedro en Alejandría

Disfruto estos días con la lectura de La vieja sirena, de José Luis Sampedro, que ha sido reeditada recientemente por Destino. Es larga y me la tomo con calma, la misma con que se aguarda entre sus páginas la crecida anual del Nilo.

Al poco de comenzarla, sin saber qué podía encontrar en ella, me veo sumergido en el Egipto más clásico y decadente a la vez: el del desconcierto religioso, el de la multitud de dioses que buscan su sitio en los altares públicos y privados. El mismo de la reciente Ágora de Amenábar. Comprendo ahora que la reedición no es casual y me alegra que estas conexiones se produzcan de cuando en cuando.

La novela es una delicia escrita con exquisitez. Una historia de grandeza e intimidad que nos sienta a una mesa revuelta de fanatismos, registros de fantasía y superstición, e imperios pujantes o en ocaso irreversible. En ella Sampedro nos presenta al filósofo Krito, en sí mismo una mezcolanza que imita la tremenda complejidad del mundo. Y nos invita a seguir los avances de Ahram el Navegante, encarnación del poder que se urde y se trama, carne también de la ternura y la sensibilidad.

Quedo lentamente enredado entre los cabellos de Glauka, aunque se los hayan cortado sin casi haber podido olerlos. Su color el que va de la miel al fuego. Cortados como sus otros nombres, Irenia, Kilia y Falkis. Sensual, recóndita. Su vida gira ahora en torno a la de un niño, Malkis, al que cuida y educa. Lo demás irá llegando a medida que otros personajes vayan relacionándose con ella, respondiendo a su sensualidad y a su intuición.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Sigo jugando

Lo de pegar cromos empieza a ser aburrido. Por eso decido ponerme a otra cosa. Extiendo en el suelo un retal rectangular de tela verde a la que mi madre le ha hecho unos dobladillos en los bordes para que no se deshilache. No recuerdo cómo ni por qué se me ocurrió que podía llevarme al pueblo semejante "invento". Desde luego, algo hay que hacer para entretenerse cuando se está solo, pero... ¿precisamente esto?

Me pongo a trazar sobre el trapo las líneas de un campo de fútbol. Utilizo un pedazo de cera blanca y, con la ayuda de una regla improvisada gracias a un listón de madera, voy dibujando esas rayas a una escala más inventada que aproximada. Me pregunto qué voy a hacer cuando termine mi obra sobre este lienzo verde, y si lo doblaré y lo guardaré en la maleta para que viaje conmigo de vuelta a casa, donde acabará marginado dentro de un cajón.

Mi idea era crear este campo reducido para jugar al fútbol en miniatura. Tengo a mi derecha una bolsa llena de chapas recolectadas la tarde anterior junto al bar. Bueno, más que un bar es un local que en tiempos fue la escuela del pueblo y que, durante el verano, alguien con mejor voluntad que visión comercial habilita como espacio donde poder tomar algo y comprar helados y chucherías.

Cuento con suficientes chapas. También tengo una de esas láminas que le venden a uno en las tiendas de frutos secos, llenas de pegatinas con las caras de los jugadores de la Selección Española de Fútbol. No sé si voy a acabar jugando al susodicho con toda esta parafernalia, pero ya me lo estoy pasando bien preparando el terreno en este césped de tela y pegando fotos dentro de las chapas de los botellines de cervezas y refrescos. A ver de donde saco yo ahora una bolita.

sábado, 13 de febrero de 2010

Más juegos

De una escena invernal soñada paso a otra estival, recordada esta vez. Ya se sabe, en los sueños uno puede saltar del más crudo invierno al verano más bochornoso en un abrir y cerrar de ojos (o en un cambio de postura, pues lo otro sólo se produciría al despertarnos, rompiendo así cualquier estado onírico en el que pudiéramos estar inmersos).

Las noches de verano este pueblo tiene algo que echo de menos desde este valle del Henares: uno puede dormir a pierna suelta, a veces incluso con la complicidad necesaria de una colcha o una manta. Los días, sin embargo, tienen las mismas cualidades que el resto de lugares de la meseta castellana y una tarde de agosto, con el sol tirando a dar desde lo alto, permanecer en la casa es siempre lo más sensato.

Esas tardes los niños nos ocupábamos en toda clase de juegos y entretenimientos. Me encuentro en el portal de la casa de la abuela, con su ligera pendiente que vierte hasta la puerta del corral. Me veo sentado en el suelo de cemento pulido, con un cojín guardándome de la fría superficie del piso. Estoy pegando cromos en un álbum de alguna de las series que ponían en la televisión de aquellos años. En Zorita, con vecindario insuficiente para dar de comer a unos pocos negocios, no hay tiendas donde poder comprar pegamento, así que lo fabrico yo mismo. El clásico engrudo, hecho de harina y agua, siempre funciona. Lo malo es que al aplicarlo sobre el papel humedece las páginas del álbum y tira de éstas hasta secarse, arrugándolas un poco. Si no se tiene mesura aplicando el engrudo, finalmente el álbum quedará muy abultado y coleccionará, aparte de los cromos, todas las gruesas capas adhesivas que uno vaya dejando.

Veo ahora el resultado. Más que a un álbum de cromos, su grosor me recuerda a una de las carpetas clasificadoras que todos hemos usado en el instituto.

jueves, 11 de febrero de 2010

De sueños y de juegos

Esta noche he soñado con las cosas del pasado, como muchas otras. Lo habitual es que cuando me despierto no recuerde nada, o casi, pero esta vez la ficción se acerca extraordinariamente a la realidad. Quizás por eso soy capaz de rescatarlo y contarlo.

Sueño que juego en la cocina de la abuela, en la casa de Zorita de los Molinos. Estoy junto a algunos de mis primos y también a alguien conocido, aunque extraño en ese contexto. Ya se sabe, en los sueños uno integra a propios y ajenos. Hacemos algo que nos encantaba hacer junto a la chimenea de los abuelos. En un rincón de la cocina, junto a un ventanuco que da al portal, la abuela solía dejar una escoba. Era un sencillo haz hecho de paja de centeno atada con un cordón de pita que le servía para barrer hacia el hogar las pavesas y otros restos despedidos por el fuego. Lo que a los presentes nos gustaba era extraer de la gavilla las pajas una a una y acercarlas a las ascuas de la lumbre:  una mala costumbre de las que crean adicción.

Ahí estamos, de noche, cuando en la cocina sólo existe la luz de una bombilla desnuda y la que el propio fuego emite. Encendemos las puntas de todos los tallos y comenzamos a moverlos como batutas bailando en el aire. Nos recreamos en la estela incandescente que describen, el paso fugaz de una serpentina de luz naranja. Duran poco encendidas, así que las pegamos una y otra vez a los tizones para prenderlas de nuevo. Cada uno intenta dibujar lo que le apetece, una espiral, una culebrilla, un cuadrado, un nombre propio, su propio nombre. La abuela nos descubre y, con razón, se molesta porque le estamos dejando la escoba inservible. ¡No me andéis con el fuego, que os vais a mear en la cama!

Y la mañana siguiente, cuando todos dormimos aún, vuelve a atar el haz de paja, tensando de nuevo la cuerda que ahora rodea fofa el cada vez más mermado manojo de barrer.

lunes, 8 de febrero de 2010

El wok

Dícese de una especie de sartén muy versátil que se emplea para saltear, freír o, incluso, cocinar al vapor los alimentos.

Dígase del restaurante al que fui a comer ayer.

Ya había estado en algún local de este tipo en otras ocasiones. Por un precio moderado puedes comer de todo lo que allí se ofrece todo cuanto quieras. Aprovechas para probar cosas nuevas, o cocinadas de otras formas, y aprendes a valorar el trabajo infernal de quienes están pegados a la plancha o a los fogones del wok. Lo malo es que tienes que levantarte de la mesa tantas veces como necesites, hasta saciar tu apetito. Primer mandamiento del Restaurante-Wok:  "Deberás ir, pillar y llevar a tu mesa cada cosa que quieras comer".

Cumplir esta ley resulta fácil en muchos casos. Trabajoso, sí, pero sencillo. Uno consigue acercarse al bufé y, como en la girola de una iglesia, dar una vuelta de reconocimiento. Después escoge aquéllo que más le apetece y se lo lleva para degustarlo. El problema, sin embargo, se plantea un domingo cualquiera a la hora de comer. En ese caso es como si todos los fieles -al wok, se entiende- hubieran sido llamados a la guerra santa. ¡Más madera!

Es la llamada de lo salvaje, el intenso latido de la jungla en el interior de hombres, mujeres y niños, el imperio la ley del más fuerte. Es curioso pero, incluso en domingo, el ansia y las prisas se apoderan de nosotros y, sumados a la irresistible atracción del bufé, hacen de tu comida la experiencia más parecida a un desayuno en unas vacaciones del Imserso.

-Disculpe, creo que se ha llevado mi comida a su mesa.
-Ah, sí, el caso es que el plato que he recogido tiene setas.
-¿Y?
-Que yo no se las había puesto.
-¿Entonces?
-Debe de ser el tuyo. Puedes ir a cogerlo, está sin tocar.

Sufrir el hurto de un plato de verduras y setas que uno ha pedido que le hagan al wok es algo de lo más común. Andaba pendiente de la plancha, de la que estaba a punto de salir el resultado de una combinación de gambas, navajas y pequeñas sepias pasadas por el acero al fuego. Entre codazos y refregones, veo que una señora se aleja de la barra, portando algo exactamente igual a lo que yo había seleccionado para mi plato. Opto por dejarla marchar, recojo mi comida a la plancha y miro si lo cocinado al wok está listo también. Lo único que sale de allí es algo similar, pero no es lo mío. Salgo disparado a por la señora.

Mientras doy buena cuenta de la comida oigo de nuevo el rugido de la selva. El vecino de la mesa de al lado llega más cabreado que una mona. También le han quitado su plato. Alguien ha pillado lo primero que ha salido de las cazuelas y ha corrido a devorarlo entre la maleza.

viernes, 29 de enero de 2010

Caulfield y Fogg

Estos días, leyendo El Palacio de la Luna, de Paul Auster, he pensado más de una vez que su protagonista tenía mucho que ver con el de El guardián entre el centeno. Ayer murió J. D. Salinger, padre de la criatura, y vuelvo a pensar que las casualidades existen, o que, sin llamarlas necesariamente así, el mundo está hecho de las conexiones entre el sinfín de cosas que nos rodean, los millones de sensaciones que nos asaltan a todos a la vez, y el cruce de nuestros pensamientos y su producción imparable.

No es que Holden Caulfield, el hijo de Salinger, sea primo hermano de Marco Stanley Fogg, el de Auster. Cada uno vive en un momento diferente y los Estados Unidos han cambiado también lo suyo entre los años cincuenta y los sesenta. Lo que sí ocurre es que en las dos novelas hay unos cuantos puntos comunes, aparte del gran escenario en el que las dos se desarrollan: Nueva York.

Tanto Holden Caulfield como Fogg son dos jóvenes en plena búsqueda de sí mismos. Muchos, cuando leen El guardián entre el centeno a eso de los quince años, acaban identificados con su protagonista, reconociéndose en su actitud y en su rebeldía. Les entiendo, aunque es posible que hoy nuestro modo de vida les separe de esas pulsiones algo más básicas de Caulfield, distintas de otras más "tecnológicas" que hoy les asaltan. Quizás porque lo leí con el doble de la edad que se le supone a su lector ideal, no tuve la sensación de que debía estar entre mis libros de cabecera (¿los tengo?). Tal vez también rechacé ese tesón autodestructivo del protagonista, algo en lo que coincide con Fogg, al menos en una buena parte de la novela.

Otros personajes también me recuerdan los unos a los otros. Sunny, la prostituta de El guardián, aparece casi de la misma forma que Kitty Woo, la amante y después novia de Fogg. Otros individuos con un toque redentor surgen para dar un poco de esperanza (no tanto a los protagonistas como al propio lector). Son el señor Spencer, ex-profesor de Holden, y Effing, viejo excéntrico que sirve a Fogg para centrarse y asumir alguna responsabilidad.

Fogg acaba tocando fondo cuando pasa una temporada viviendo en Central Park. Allí mismo se produce uno de los hitos de El guardián: la conversación surrealista que Holden mantiene una noche con un taxista, preocupado por saber dónde van los patos del lago de Central Park cuando éste se congela cada invierno. En El Palacio hay otro encuentro nocturno: un encuentro con la imaginación más pura, la de un joven negro que juega con un paraguas roto. Esto traerá alguna consecuencia; la noche cumple su papel motor en ambas novelas.

Y digo yo: tanto rollo para recordar a Salinger y reconocer a Auster.

lunes, 25 de enero de 2010

La abuela ya está en casa

Después de su ingreso en el hospital la abuela ya no volvió a las casas de sus hijos. Durante muchos años pasó largas temporadas con cada uno de ellos y para todos siempre fue su huésped más querido. Se sentía a gusto viviendo con unos y con otros. A fin de cuentas, estaba con los suyos. Pero su verdadero anhelo era ver llegar el buen tiempo para volver al pueblo. Y no es que en los meses más fríos del año no pudiera permanecer allí, pues su casa estaba disponible, deseosa de albergar a su señora. El verdadero motivo de su ausencia tenía que ver con la compañía o, mejor dicho, con la falta de ella.

Zorita de los Molinos ha ido perdiendo casi toda su población. Sus habitantes se fueron marchando a otros lugares donde poder ofrecer más oportunidades a sus hijos, o simplemente envejecieron y fallecieron. A la abuela siempre le costó mucho resignarse y aceptar que debía alejarse de Zorita durante buena parte del año. Por eso, llegada la Semana Santa, volver a su casa era lo que más deseaba. Con la primavera sabía que no tardaría en estar de vuelta en su tierra, al igual que otros tantos vecinos suyos con quienes compartía ese trajín estacional. Ésos, los que podía pasar en el pueblo, eran los mejores días. Los exprimía con avidez, hasta que se marchaban los calores del verano y regresaba de nuevo junto a sus hijos, a llevarles su propia calidez.

En su casa ella se organizaba a su manera y disfrutaba con sus rutinas y quehaceres. Era un auténtico placer verla moverse entre la cocina y la despensa, trayendo y llevando sus pucheros, extrayendo de sus ollas el chorizo conservado en manteca de cerdo, friendo sus riquísimos torreznos de tocino entreverado, preparando esas tortillas exquisitas que nunca nadie logrará imitar, o sacando de la alacena el chocolate para dárselo a los nietos y biznietos. Qué delicia estar con ella mientras hacía con sus manos grandes y fuertes las hojuelas, las rosquillas, los huesitos, cada cosa a su tiempo, con orden y dentro de sus fechas. Qué gusto observarla cortar perejil de las matas que ella misma criaba en el corral, o verla allí mismo echar las sobras de la comida a los cuatro gatos que andaban por los tejados. En cuanto la oían acercarse corrían a dar buena cuenta de lo que les dejaba en una vieja latilla.

Tía Juana; así era conocida por todos sus vecinos. En las tardes de verano, cuando el sol bajaba lo suficiente como para dar algo de tregua al calor, salía a pasear. Incansable, junto a quienes podían seguirle el paso, se encaminaba hacia el molino de David, o por el camino de la ermita hacia el Chorrito, o en dirección al pinar de los Caleños, o a donde ella quisiera, que nunca nadie le dijo donde podía o tenía que ir. No perdonaba su paseo diario, para el que sólo tenía la disculpa de un catarro o un día de perros.

Era una gran conversadora y no dejaba de pasmarnos una y otra vez con su memoria prodigiosa. Capaz de recordar infinidad de fechas, nombres y hechos, le encantaba relatarnos su abanico inagotable de anécdotas, siempre amenas. Por todo esto era tan querida, y por otro sinfín de virtudes.

Juana ha sido la madre, la tía, la abuela. Trabajadora y luchadora, fuerte como pocas, siempre justa. La recordaremos contenta y afable, llenándonos el alma con su risa de lagrimal feliz.

Ahora ha regresado a Zorita, a su casa.

domingo, 10 de enero de 2010

Noche blanca

Anoche caminar por la calle tenía su encanto. La nieve crujía bajo cada pisada. El sonido quedaba amortiguado por la nieve, al igual que cada paso. Crujidos en blanco en una noche blanca.

Para apreciar su belleza era necesario abstraerse del nerviosismo de tanta gente para la que los planes debían alterarse. Quien llegó al cine en coche tuvo que dejarlo aparcado y tomar un tren ligero de vuelta a casa. Los llegados en autobús a la casa de unos amigos, necesitaron marcharse caminando, o sobre raíles, o aceptar la hospitalidad de quienes les habían recibido para una visita sin más. Todos querían resolver los frutos de un imponderable.

Pero lo bonito era salir, dejarse encantar por los copos y su caída suave. Gorros de lana, guantes, abrigos con el cuello erguido. Rostros tensos por el frío, velados por el vaho que se escapaba entre labios no tapados por bufandas. Escenas propias de otros territorios, otros países, al menos las de tranquilidad, las de personas parecidas a las que tienen costumbre de vivir nevadas frecuentes.

Pero lo mejor era verse solo, escuchar en el silencio, mirar alrededor y recrearse en la quietud del blanco.

sábado, 9 de enero de 2010

La cabalgata

Martes 5 de enero, noche de Reyes. Asisto al discurrir de la cabalgata que el ayuntamiento de esta ciudad patrimonio ha organizado en honor a los Magos de Oriente. No estaba en mis planes, pero de camino hacia otros barrios no queda más remedio que atravesar las calles por las que pasan sus Majestades y sus séquitos. Eso, o dar un rodeo propio del mismísimo Marco Polo. Acabo alcanzando el punto en el que debo parar y admirar lo que está por llegar.

Una carroza vacía se abre paso tirada por media docena de renos inertes. Si su trayectoria no estuviera marcada por cientos de personas expectantes, parecería un convoy fantasma salido de la niebla nocturna. Es un bonito vehículo que debería ir conducido por alguien pero, extrañamente, aparece desocupado. Podría tratarse de una buena broma, aunque dudo que a la organización se le haya ocurrido sugerir de esta forma la rivalidad entre los Magos y el gordito lapón del traje de la Coca-Cola.

Llega otra carroza. La habita sólo una chica vestida de paje. La pobre se mata intentando lanzar todos los caramelos que le han encargado arrojar a la concurrencia. Tal vez, de seguir esta progresión, la siguiente carroza vendrá llena de... dos inquilinos.

A pie, también un rey mago, el de la melena y barba blancas. Los niños lo miran desconcertados, poniendo más o menos la misma cara que ya han practicado al percatarse del vacío del primer vehículo que han visto pasar. "Si no hay camellos, ni caballos, ni ponis, ni carros ni carretas, ¿cómo me van a llevar a casa todo lo que me he pedido?"

Tras decenas de pastores, pastorcitas y comparsas más propias de un carnaval que de un desfile de epifanía, llegan las carrozas de los Reyes. Dan el pego, sí, pero creo que acierto con las cifras que antes aventuré: van medio vacías. ¿Faltan niños en esta ciudad para acompañarles y animar un poco la fiesta? Y Baltasar, como cada año, vuelve a ser capítulo aparte. Mejor no abundar en ese tizne impostor que delata otro año más las chapuzas de turno de este ayuntamiento.

La cosa se acaba. El coche escoba nunca ha tenido un sentido más literal como aquí. Un estruendoso ejército de barredoras sigue a la última carroza, tan de cerca que a los niños que desean pasar a recoger los caramelos que han quedado en mitad de la calzada no les queda más remedio que reprimirse. Eso, o ser absorbidos por las aspiradoras, barridos por los cepillos y convertidos en sujetos de hechicería macabra. A Tim Burton le cuadraría la escena para una de sus historias. Esperaré a que se estrene.

Con respecto a la cabalgata, si lo llego a saber doy un rodeo.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Humo X -fin-

-Ese final... -la rubia me devuelve a la realidad- ...tu libro no debe de estar nada mal.
-Habla de un prisionero que, tras un sinfín de aventuras, acaba siendo liberado -informo.
-Ah, bueno. Pues a mí me ha parecido más bien una historia de amor.
-El caso es que también hay en él una historia de amor, pero acaba siendo imposible -quito relevancia a ese aspecto de la novela.
-Claro, perdona, no había caído en que antes me contarías lo del prisionero que lo de ese romance.
Le lanzo una mirada recelosa. ¿Acaso sabe más de lo que yo sé? Sherezade, la hija del visir, obtuvo un respiro de mil días con sus mil noches atrapando al sultán con cada uno de sus cuentos interrumpidos. Por fin la clemencia llegó y acabaron sus vidas siendo felices. ¿Hubo el amo de uno de sus relatos de solicitar al genio todos los deseos de su cuenta para poder dejarlo marchar?
-Ya he leído para ti -le digo intencionadamente-. Hace un rato has dicho que después de escucharme...
-Que yo sepa, aún sólo te he pedido un par de cosas -me interrumpe-. Pero vas a tener suerte. ¿Ves? Se ha terminado -sentencia arrojando al suelo la colilla, que exhala sus últimos vapores.
-¿Eso significa que...?
-Que tengo que volver a la oficina. Se acabó mi descanso y, ¿sabes?, al final ha terminado siendo más agradable de lo que prometía.
-¿Entonces? -pregunto sin saber aún si celebrar o no mi libertad.
-Entonces... ya sabes a qué hora salgo a respirar un poco, si es que puede llamársele así. Mañana volveré aquí y encenderé otro de tus cigarrillos -dice a medida que se aleja y se despide con la mano, agitando su manga blanca. Me sonríe. Es la primera vez que veo la sonrisa de la rubia. Le correspondo con la mía.

Sigo cautivo.
Y tal vez deba celebrarlo, ahora que ya no hay humo.

martes, 29 de diciembre de 2009

Humo IX

¿Veré una vez más su rostro, su tez pálida y su glorioso cabello? No lo sé. El Destino no me envía ninguna señal; mi corazón no alberga el más mínimo presentimiento. En este mundo quizá... no, probablemente... nunca. ¿Existirá un lugar donde podamos reunirnos ella y yo, de forma que nuestras mentes -encarceladas en nuestros cuerpos- sean libres, no exista nada que perturbe nuestra dicha, nada que estorbe nuestro amor? Ni yo lo sé, ni lo saben mentes más poderosas que la mía. Pero si tal no sucede nunca, si jamás puedo volver a conversar dulcemente con ella, ni a contemplar su rostro, ni a oírle decir que me ama, entonces, de este lado de la tumba seguiré viviendo como corresponde al hombre que ella dio su amor; y del otro, suplicaré que me sea otorgado un sueño sin sueños.

Respiro profundamente; el humo ya no me arranca la tos. Cierro el libro y me permito mirar por unos instantes al frente, cedido a la abstracción. La rubia sigue a mi derecha, callada, pensativa quizás.

Compartir el final de mi libro no era algo que hubiera pensado hacer. Ni con ella ni con nadie. Acabar de leer un libro es un acto privado, íntimo. Incluso más que la religión, o que cualquiera de las perversiones que uno nunca se atrevería a revelar. He disfrutado haciendo que las últimas palabras del autor dialoguen con las sensaciones que he reunido a medida que he ido avanzando en la historia. Probablemente, cuando lo deposite en el hueco de la estantería del que lo saqué hace unos días, no vuelva a abrirlo nunca más. Por eso es una despedida, un adiós, pero también es el nacimiento de una conclusión. Ahora surgirán las ideas y el poso.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Humo VIII

Vaya, creía que correr me aclararía las ideas. Para muchos un paseíto a comprar tabaco es como un pasaje en primera hacia el paraíso. Por mi parte, tenía la tregua perfecta para idear mi salida de este escenario, pero me temo que hacer mutis va a costarme mucho más de lo que pensaba. Ahora mi obligación es trabajar a contrarreloj, y resulta que yo bajo presión funciono bastante mal.
-Oye -la rubia se interpone entre mis pensamientos y yo-, veo que estás terminando de leer ese libro, ¿no?
-Tienes buen ojo -le respondo reparando en mi dedo, mordido aún por los dientes de estas páginas-, apenas me queda un párrafo.
-Tal vez, si quisieras leerlo en voz alta...
¿Ha sido eso un deseo? Supongo que sí, pero creo que no está bien formulado. Seguirá considerándome un loco, o un cuerdo con el día un poco tonto, o un extravagante. El caso es que no me queda otra.
-¿Podrías...? -pero me corta.
-Lee para mí.
Me quedo mudo. La rubia exhala el humo de su cigarrillo y, después de un silencio, vuelve a tomar la palabra:
-Y después podrás marcharte.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. En este instante lo pienso todo y, a la vez, no sé qué pensar. Libero mi dedo de su trampa. Siento en él un golpe de calor y la sangre vuelve a circular hasta la yema, hasta la uña diría yo. Ahora que lo pienso, no sé cómo he pedido apañármelas para hacer tantas cosas con sólo una mano. Tomo el libro otra vez con las dos y suspiro porque ya estoy más cerca de ser libre otra vez.

martes, 15 de diciembre de 2009

Humo VII

-Gracias por el detalle, pero... es que no entiendo nada -la rubia acepta el paquete de tabaco y se dispone a estrenarlo-. ¿Te importa? -Le doy permiso y desgarra el plástico ayudándose de una de esas pestañas que suelen hacernos la vida más fácil.
Me viene a la mente una leyenda que circuló hace años entre fumadores, activos y pasivos, que venía a decir que si reunías un kilo de esos envoltorios de celofán y lo entregabas en el lugar convenido, alguien regalaba a un minusválido una silla de ruedas. Siento curiosidad por saber si hubo alguno que se beneficiase de todo aquello aparte, claro está, de la industria tabacalera.
La rubia se enciende uno nuevo con el cigarrillo que estoy a punto de agotar. Cuando el suyo prende y su ascua se enrojece, se deshace del mío.
-No parecías disfrutarlo mucho. Es más, creo que no has fumado en toda tu vida. ¿Para qué me lo has pedido? ¿Una apuesta, o algo así?
-Ya te lo he dicho, la verdad es que ha sido una necesidad de ésas que no pueden eludirse -no sé si he resultado muy convincente.
-Vamos a ver -se planta delante de mí con los brazos en jarras-, cuando me has dicho que te pida que vayas a comprarme tabaco ya me ha parecido que eras un poco raro. Ahora llegas echando el corazón por la boca, con el pitillo a punto de quemarte los labios y totalmente congestionado. Lo más curioso es que quieras seguir con todo esto.
-Verás, es que...
-No, si me lo figuraba -me corta-. Ya sabía yo que algo iba a torcerse en este rato. Salgo de la oficina con la única intención de disfrutar un poco de este sol, de despejarme sin más, pero siempre me pasa algo. Cuando no son unos niñatos poniendo al límite el volumen de la música en sus móviles, es un corro de señores de otras oficinas tratando de saber si estaría dispuesta a encajar en un hueco entre la academia de sus hijos y la cena con sus respectivas mujeres. ¡Qué coñazo! Voy a terminar por decidir no salir más.
Aparta los ojos de mí, los dirige al frente y hace un silencio. Aprovecho para inspirar otra vez su humo y me recreo en su aparente genio. ¿No era yo el genio?
-En fin -suspira-, ya que mi descanso de las doce ha vuelto a ser un desastre, tienes exactamente el tiempo que tarde en fumarme éste para intentar arreglarlo.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Humo VI

He dado el primer paso hacia la libertad. Bueno, más que un paso ha sido una carrera. En cuanto la rubia me ha hecho su petición he salido pitando a corresponderla. Jamás habría imaginado que acudiría como alma que lleva el diablo a pagar por un trozo de cartón plastificado relleno de tabaco picado. ¿Alguien ha conseguido alguna vez correr los cien metros lisos con un cigarrillo invadiéndole los pulmones?

Pulmones, por cierto, con su volumen ampliado por mi respiración alterada. El humo disfruta ahora de mucho más espacio para hacerse conmigo. Toso compulsivamente y me vuelve a los oídos la voz de la máquina expendedora: "Su tabaco, gracias". No, no es mi tabaco, pero como si lo fuera. Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. El mensaje impreso en la cajetilla despierta mi compasión por la rubia, y creo que también por mí mismo. Pero ahora me resulta necesario. Se me empieza a enturbiar la vista: "Fumar puede ser a veces necesario". ¿Es ésa realmente la frase impresa?

Ahora no sería capaz de leer una sóla de las letras de este libro que sigue en mi mano izquierda. Mi dedo índice continúa pillado entre sus páginas como un ratón en una ratonera. Que yo sepa, los genios no tenían que dejarse el alma corriendo de acá para allá y debería de haber alguna manera algo más... no sé, mágica, de llegar a los sitios. En fin, voy sin resuello pero con los deberes hechos. Ahora me resta hacer que la rubia desee un par de cosas más.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Humo V

Utilizo el pitillo con cuyo humo la rubia me tiene atado. Uno los extremos del viejo y el nuevo en un beso incandescente.
-No sé qué pensarás de todo esto -le digo entre dientes, con el nuevo cigarrillo empezando a arder entre mis labios. Le devuelvo el viejo cuidando que siga intacto.
-Bueno, no sé, supongo que usar el mechero no le habría abierto otro agujero a la capa de ozono -me responde sin sospechar que los lazos de humo deben mantenerse a pesar de tener que incurrir en alguna escena absurda.
-Tienes razón, la atmósfera apenas habría sufrido daños -admito y vuelvo a la carga-. Ahora debemos resolver un problema: el del agujero que acabo de hacerte en el bolso. ¿Te importa pedirme que vaya a comprar tabaco?
-¿Cómo?
-Nada, que con sólo pedirlo tendrás una cajetilla nueva, toda para ti.
-Pero... es que... -la rubia cabecea, sin acabar de comprender que debe pedirme algo que ni siquiera se le ha pasado por la mente. Este cigarrillo que me está haciendo toser tal vez sea su aportación periódica a la supervivencia de los gorrones en el planeta.
-Venga, mujer, es sólo un deseo. ¿No es eso lo que te gustaría? Pues no tienes más que pedirlo.
Se lo piensa. Está desconcertada. El genio acaba de sugerirle a su amo que formule su primer deseo. Me temo que estoy haciendo trampas, pero si la montaña no viene a Mahoma...
-Está bien -se relaja-. Tráeme un paquete de tabaco. Eso sí, cuando vuelvas me vas a explicar en qué clase de jueguecito me estás enredando.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Humo IV

Mi amo es mi carcelero. Si la rubia le diese al cigarro una última calada sería como tirar las llaves de mi celda a una alcantarilla y dejar que se precipitasen hasta las más negras profundidades. ¡No lo apagues! ¡Tienes que empalmarlo con otro! ¡Por favor!

En fin, va a ser la primera vez en mi vida que lo haga, pero no me queda más remedio. Creo que ya sé lo que tengo que hacer:
-¿Tienes un cigarro?
¡Puaf! Lo odio, no puedo con la gente que va por ahí pidiendo de fumar. No soporto a los fumadores de gorra. Si no tienen tabaco que lo compren y si no pueden comprarlo, que se aguanten las ganas hasta que puedan permitírselo. Lo peor es que ahora soy yo el que pide y, ¡malditas las ganas que tengo de fumar!
-¿Cómo? -Me responde la rubia, sacándose del oído izquierdo el auricular. Tiene la voz más dulce de lo que imaginaba.
-Perdona que te moleste, pero es que tu cigarrillo me ha despertado unas ganas tremendas de fumar. Me llegaba el humo y... ¿no tendrías uno para mí? -me ha quedado un poco arrastrado, pero no puede controlarse todo la primera vez.
-Pues... no sé si me queda alguno -me responde con media sonrisa y se dispone a buscar en su bolso.
Bueno, al menos no me ha puesto mala cara. Me temo que tenemos poco tiempo, aunque, un momento, ¡no!, no irás a hacer lo que creo que vas a hacer...
-¡Espera! -Uff, vaya grito. La rubia se me ha quedado mirando algo extrañada. Tranquilo, no debes perder el control-. Digo que no tienes por qué tirarlo. Yo lo cojo para que puedas buscar mejor.
Me lo da, pensando, tal vez, que no debe contradecir a este tipo algo desequilibrado que le habla con aires de narcotizado. Parece que ha encontrado el pitillo en su bolso.
-Es el último -me tiende el cigarrillo que acaba de sacar de la cajetilla-. Que sepas que me dejas a cero.
-No te preocupes, eso podemos resolverlo -le digo a la vez que trato de no perder el contacto con el humo en mi nariz-. ¿Te importa que lo encendamos con el tuyo?
La rubia me mira fijamente. Creo que le estoy echando demasiado morro.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Humo III

Ahí está, sigue mirando al frente sin reparar en mí. Soy el fruto de su capricho y ni siquiera se ha dado cuenta. El mundo está lleno de madres desatentas.

Un vistazo más y advierto que unos cables blancos trepan hasta sus orejas y le taponan los oídos. Se mimetizan con el fondo también blanco de su camisa. Descarto decirle algo: no me oiría. Quizás lo que escucha haga de ella otro ser abducido, como yo lo estaba por la novela que leía, la misma que sigue mordiéndome el dedo.

El pitillo prosigue su sacrificio. Es esa lámpara de la que salgo. El fumador no necesita frotarla si quiere sacarle el genio. Sólo le basta una llama que prenda su mecha. La mía es este hechizo que me encadena, recién nacido.

Debo marcharme. Pero la condición es verme liberado, y sólo podré ser libre si mi amo me pide tres deseos. No, no basta con dejar que el cigarrillo se consuma. Si se apagase o se consumiera antes de lo necesario mi cordón umbilical se rompería. El genio necesita seguir unido a su placenta, lámpara prendida en pos de la existencia y del antojo.

No debe apagarse antes de que mi amo solicite sus tres deseos: las reglas para liberar genios son ley. Pero lo tengo muy difícil. Debo encontrar la forma de conseguir que ese cigarrillo siga encendido y ¡está en las últimas!

martes, 24 de noviembre de 2009

Humo II

Busco el punto exacto desde el que el cigarrillo despide el genio. Entre la ceniza y el cilindro de papel una franja fronteriza pasa del rojo encendido al negro carbón. En ese territorio está el lugar de partida de la estela que me sigue y me envuelve. La recorro primero en un sentido y después viajo en sentido de vuelta y me encuentro. El haz se abre... me alumbra. ¿Debería pensar que soy el genio?

Le doy unas cuantas vueltas a tan disparatada idea. Consigo enredarme en mis pensamientos y, como volutas de humo, acabo trenzado, rodeado con mi propio cordel que acaba deshecho, disperso en el aire. Vuelvo a respirar. Compruebo que sigo atado al humo de ese cigarrillo que sigue consumiéndose y mi idea descabellada deja de serlo para concretarse.

Debería plantearme cómo escapar: el objetivo de todo genio se centra en obtener la libertad, desatarse del yugo de su amo y de su voluntad caprichosa.

Vine hasta aquí transportado por este libro, viviendo sólo en la dimensión de estas páginas que ahora me atrapan el dedo como un cepo. No vivía sobre este suelo que piso, sino sobre el de esta novela que está a punto de terminarse. Y ahora, fruto de la combustión de un cigarrillo, he llegado a este banco, a esta calle de esta ciudad. Mi recobrada conciencia ha nacido del humo que me une a una madre, pues este aire me reúne con el mundo y nazco de él.

Ya que vuelvo aquí convertido en el genio del humo, deberé seguir el ritual con sus pasos establecidos. No me marcharé por las buenas, pues rompería lo que me une a esta vida. ¿Y seguir respirando este aire? Eso tal vez sea lo más duro.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Humo I

Mientras leo camino absorto, abducido por las últimas páginas de una novela. Me acomodo en el banco que casi me ha hecho tropezar. Tomar el sol en mangas de camisa ya empieza a ser un lujo que hay que intentar permitirse. A mi derecha una farola con una papelera adosada. Recostada junto a ella una chica. Sé que lo es por sus zapatos femeninos, que acierto a ver de reojo durante la tregua fugaz que obtengo al pasar la hoja del libro.

Me relajo, respiro hondo y desde tal hondura me asalta una tos convulsa. Cuando consigo calmarla, trago y noto una sequedad repentina en la garganta y un sabor a tabaco que se me aloja en la faringe. Olfateo con cautela -temo saturarme- pero todo sigue llegándome desde dentro. El olor a tabaco está dentro, no fuera de mí. Como en el interior todo está claro, paso a indagar a mi alrededor. Voy en busca del humo como los antiguos iban en busca del fuego.

Me giro a un lado pero no veo nada. Al otro, el derecho, la chica de la farola sigue apostada. Zapatos de tacón, femeninos como sus medias, falda por encima de las rodillas, blusa blanca de mangas ceñidas y larga cabellera rubia recogida en una coleta. Mira hacia el frente con sus grandes ojos mientras deja que un cigarrillo se le consuma entre los dedos. Un torrente de humo brota de él, describiendo su línea ondulante directamente hacia mi nariz.

Mi garganta vuelve a denunciarlo con más toses irreprimibles. Cierro el libro dejando un dedo como señal y paso a observar el camino de la fumarola. Muevo la cabeza con el fin de despistarla, pero no hay manera. Se dirige implacable hacia mis fosas nasales. Decido entonces que, de alguna forma, debo de atraerla. Es como si activase un imán para atrapar el cabo de ese hilo de humo y llevarlo hacia mí. Hago memoria y la mente me devuelve otras situaciones similares. En todas ellas el humo se me cosía a la nariz, polo negativo cautivado por la humareda, de signo indefectiblemente positivo, y no me abandonaba hasta que no me alejaba. Me temo que estas cosas no cambian nunca...

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El muro

No cayó.
Lo derribamos.

El pico arrancó la pintura.
Tan insolente.
Saltaron los rumores,
lascas del cemento.

Por los aires informadores grises,
besos a oídos de la Stasi,
controladores de mentes
y del temor.

Miedos, los que tuve,
los mismos que sufrí:
mejor no ver al otro lado.
Quiero mirar al otro lado.

El verano llega
a las puertas del invierno.
Mis lágrimas alzan el polvo del suelo.
¿Qué me espera?

Salir del hollín,
del carbón enfermizo.
Lavarme los ojos y
ver el mundo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El taladro

El otro día estrené mi máquina de taladrar nueva. Hasta entonces sólo era propietario de otro tipo de artilugio que también sirve para hacer taladros, pero en el papel. Ahora estoy equipado "de gordo". Qué gusto blandir la bicha para agujerear todo lo que se ponga por delante. Y que cada cual interprete esto como se le ocurra.

Hasta hoy siempre había utilizado máquinas y brocas ajenas -bueno, de la familia, que también son de prestado pero con más confianza-. Cuando las empuñaba me acordaba de aquel anuncio, creo que de Black and Decker, en el que un operario se enfrentaba a una pared-lienzo y la agujereaba de arriba abajo. Se liaba a taladrar sin parar hasta mostrar su rostro de satisfacción ante una supuesta obra bien hecha. ¿Una pared con más agujeros que un queso holandés? El autor, herramienta en mano, se alejaba para tomar la perspectiva suficiente y... aquel colador era la reproducción de un cuadro de Roy Lichtenstein. ¡Qué preciosidad de anuncio!

Nunca había tenido un regalo de cumpleaños de ese tipo, y me ha gustado. Hace años, y aún hoy, estas cosas eran propias del hombre de la casa y uno, que aún no ostentaba el título, de vez en cuando asumía el rol como en un simulacro de lo que podría ser el futuro. Empecé colgando cuadros: agujero, taco, escarpia y ya. Después algún espejo, alguna estantería y, cuando ya la cosa estaba dominada, me atreví con todos los muebles de una cocina. Por eso ya era hora de tener un artilugio propio.

Yo, que ya había cambiado de parecer en cuestión de cuadros, me había hecho fan del cuelgafácil y me había entregado a la comodidad del martillo y el clavito, ahora me veo armado como de infantería.

domingo, 1 de noviembre de 2009

De cementerios

Hoy los cementerios viven su día grande. Sus calles principales se llenan de transeúntes. Llegan en multitud. De cerca. Desde lejos. Circulan por esas Grandes Vías esporádicas buscando a derecha e izquierda, parándose a saludar a otros visitantes, sintiendo que éso no pueden perdérselo. Portan centros, ramos o flores sueltas, casi todas cultivadas, algunas silvestres. Son para sus seres añorados, los que se fueron, de quienes algo quedó.

Depositan recuerdos y calidez sobre la piedra pulida. Saben que quien yace les está agradecido, algo le reconforta.

Quizás, con suerte, un día de éstos me saquen de este sitio sin nombre, del barro al que me arrojaron, de esta cuneta donde se crían sólo malvas. Del frío y el abandono.

Me habría gustado tener una lápida, y flores sobre ella. Frescas, o de tela, o de plástico. Flores al fin y al cabo. Muchos quisieran traérmelas. Llevármelas. Me gustan las tradiciones. Y las visitas.

sábado, 31 de octubre de 2009

The visitor

Algunos días son dados a la reconciliación con las pantallas. La pequeña, la de la tele, todavía me tiene disgustado -soy algo rencoroso-. Es otra, la grande, la que vuelve a darme una alegría, concretamente con la proyección de The visitor.

Un profesor de Connecticut vuelve a su piso de Nueva York y lo encuentra habitado por una pareja de inmigrantes -él de Siria y ella de Senegal-. Tienen un primer contacto violento, tras el que va a surgir entre ellos una relación que cambiará sus vidas. En varios sentidos.

Todos los años hay alguna película que, alejada de las majors, da la campanada. Esta es una de ellas, un gusto descubrir una historia así.

El actor protagonista, Richard Jenkins, me recuerda al Bill Murray de Lost in translation, pero sin el toque algo histriónico -aunque no sé si se puede ser sólo "un poco histrión"-, y también al Bill Murray de Flores rotas, pero sin un objetivo tan claro a lo largo de la película. A lo que voy es a que Murray ya tiene en Jenkins una competencia muy clara en la selección para según qué papeles. El profesor que encarna Jenkins ha perdido la motivación y la ilusión por muchas cosas. Será ese encuentro fortuito con sus okupas el que le llevará a cruzar una línea necesaria en su vida.

Nos encontramos en The visitor con la terrible realidad de las fronteras. Lo relacionado con ellas es asquerosamente arbitrario. Quien nace en un territorio, sólo por el hecho de ese nacimiento a este o aquel lado de una línea, pasa a tener unos derechos. Derechos innatos, sí. Los demás, los que llegan de fuera, deben renunciar a cualquier opción. Y si algún día consiguieron cruzar esa línea y lograron crearse una vida hermosa, tal vez la vean destruida por culpa de cualquier detalle nimio. El país que se vanagloria de dar las mejores oportunidades es el que las niega con mayor crueldad. Es el lugar donde la palabra inmigrante lleva siempre aparejada la palabra ilegal.

Vemos, además, dos tipos de desamparo. Uno que puede atraer al cariño, el desamparo más bondadoso. Y el otro, el sobrevenido, el despiadado, al que nadie debería llegar jamás.

También hay dos cárceles: la que el profesor se ha creado para sí mismo, olvidando que en su bolsillo tiene la llave que le sacará de ella; y la otra, la legal, la que construyen la arbitrariedad y el abuso de los Estados. Esa cárcel es la que lleva a una persona maravillosa al desamparo más terrible. La otra, la primera, es la que el profesor abandonará. Su desamparo, el más amable, le dejará a las puertas del amor.

lunes, 26 de octubre de 2009

Diarrea verbal

Hace un rato he apagado la tele con cabreo. "Apagón airado": uno agarra el mando, siente que con él en la mano es un hombre poderoso, planta el pulgar sobre el botón rojo y lo aplasta con determinación, moviendo el brazo con firme sacudida. Después de dirigir el rayo exterminador hacia el punto donde más duele, uno va y pulsa el interruptor del aparato, no vaya a encenderse por casualidad. Todos hemos visto Poltergeist y a ninguno nos gustaría sufrir tanto como aquella niña.

En la pantalla un político hablaba sobre... planteaba un problema que... exponía la posibilidad de... ¡Nada! Todo palabras vacías, humo sin fuego... y sin indios.

Cada vez me repatea más tener que escuchar palabrerías de manual, marcos incomparables, argumentos de ascensor, obviedades de cajón. Me jode que me tomen por idiota y me hagan tragar tanto rollo indigesto, esas papillas hartas de grumos hechas de paja y tronchos. Se creen que a uno le entran bien, pero resulta que los tropezones se atascan y no pasan. Vamos teniendo pocas tragaderas, señores.

Verborrea y diarrea vienen a ser lo mismo. El otro día asistí a un acto en el que tuve que soportar el speech de una consejera -no me apetece escribirlo con mayúscula- de la Comunidad de Madrid, de un ramo relacionado con la cultura. La elementa se marcó una fiesta de la espuma que ni el mejor parque de bomberos. Qué volumen iba alcanzando aquel burbujeo. Y qué limpieza. Blancura de anuncio, vaya. Aunque me temo que diarrea pulcra no deja de ser diarrea. Corrección gramatical y articulación notable, sí. Pero aquella pompa era justo lo que se conoce como tal, una ampolla de aire, un vacío insondable. Se me escapaban aquellos minutos de vida.

La señora terminó henchida de gozo, aliviada tal vez. Y unos cuantos a su alrededor parecían satisfechos también. Les había dado unas friegas placenteras. Pero a mí ya me había explotado en la cara su globo diarreico. Por suerte no salí de allí detrás de todos ellos, así que debieron ser otros quienes se resbalasen con el aceite de las friegas y se pringasen con tanta pomada.

No dudo que fuesen corriendo a verse en algún televisor.

jueves, 22 de octubre de 2009

Enigmas

CUENTO CON PÁJAROS
(A. Mohorade)

Un pájaro al morir
recuerda
que tuvo alas para abarcar el cielo
que tuvo canto para nombrar el vuelo
y un nido pobre con hojas y estrellas

Y recuerda que alguna vez fue libre mientras ahora
tiene dos pies que lo atarán a la tierra:

Un hombre nace
y sueña con volar
hasta que un día lo advierte:
No es más que un pájaro muerto.

Con este poema empieza la obra Enigmas, interpretada ayer en el Aula de Música de la Universidad de Alcalá por el Sonor Ensemble, dirigido por Luis Aguirre. Con este texto entramos en las cuestiones que predominan en ella: habla de la vida, la muerte, los sueños, el destino y, tal vez, sobre eso que nos rige de algún modo desde algún lugar indefinido.
Un lujo disfrutar en su estreno de una obra tan fresca y sorprendente. El director y los músicos gozaban con su representación. No sólo estaban interpretando una partitura, sino que estaban representando una obra. Había mucho de teatral en este conjunto de versos mezclados con la música y las actitudes de cada uno de los músicos y cantantes.
El director recita, los músicos cantan, los cantantes actúan, y el público se pellizca para cerciorarse de que está allí y aquello está pasando de verdad. La partitura es magnífica, logrando dinamismo y distintos planos en el sonido. Cuenta con muchos momentos de música incidental que la conecta íntimamente con las composiciones para el cine. No en vano, el autor es Federico Jusid, muy reconocido ya en este área. Quizás su trabajo más popular sea la música para La señora, la serie de TVE, aunque acaba de entrar en la liga de los "compositores de clase A" gracias a la banda sonora de El secreto de sus ojos. Allí estaba Jusid, como un integrante más del ensemble, al teclado de un piano de cola que abandonó para abrazarse a todos los demás durante la ovación que les brindamos al final.
Sin duda, el fragmento más redondo de la obra fue el llamado Los Enigmas, como el poema homónimo de Borges, recitado también durante el cocierto. Imposible transmitir sus vibraciones desde aquí ni describirlas con palabras, por eso dejo aquí las escritas por el argentino.
LOS ENIGMAS
(J. L. Borges)
Yo que soy el que ahora está cantando
Seré mañana el misterioso, el muerto,
El morador de un mágico y desierto
Orbe sin antes ni después ni cuándo.
Así afirma la mística. Me creo
Indigno del Infierno o de la Gloria,
Pero nada predigo. Nuestra historia
Cambia como las formas de Proteo.
¿Qué errante laberinto, qué blancura
Ciega de resplandor será mi suerte,
Cuando me entregue el fin de esta aventura
La curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
Ser para siempre; pero no haber sido.

lunes, 19 de octubre de 2009

¿Otra de vampiros?

Hace unas semanas que vi Déjame entrar y todavía me pregunto si es una peli más de vampiros o es otra cosa.

Últimamente el género está resurgiendo en el cine y, salvo alguna saga nacida de los videojuegos, desde el Drácula de Bram Stoker y la posterior Entrevista con el vampiro -magníficas las dos- no recuerdo semejante profusión de películas sobre vampiros. Y no sólo las tenemos en los cines -Crepúsculo no ha hecho más que comenzar-, sino también en televisión -véase, si se quiere y puede, la serie True Blood-.

Pero Déjame entrar parece diferente. Para empezar, no estamos en ningún lugar de la vieja Europa, ni en los más recientes estados del Mississippi, ni siquiera en el siglo XIX. La Suecia de los ochenta, sus dificultades sociales y sus nieves invernales van a ser el marco para esta historia. Y nadie diría que en toda esa gelidez, entre el aislamiento y el alcohol, pueda desarrollarse este cuento de amistad incondicional.

Largas noches de fondos blancos donde la nieve absorbe hasta la tristeza. Oskar, un niño que sufre acoso escolar, se refugia en sus fantasías de venganza contra los chicos del colegio, alimentadas por las noticias de sucesos macabros que recorta de los periódicos. Una noche llegan nuevos vecinos al barrio, entre quienes está Eli, una niña de su misma edad que comenzará a mostrar ciertas peculiaridades: palidez extrema, costumbres nocturnas y un olor peculiar. Oskar y Eli se van a ir encontrando y dejarán que nazca algo especial entre ellos. Pero ella es una niña vampiro, por lo que pensaremos de inmediato que no les será fácil mantener esa relación.

Esta historia de producción cien por cien sueca habla de problemas sociales, de brutalidad infantil y de los dilemas que se plantean cuando se cruzan las existencias de seres diferentes. Por eso no le faltan crudeza y frialdad. Pero también rebosa delicadeza, sobre todo en las secuencias entre estos dos niños, o las que Oskar comparte con su padre, quizás su único refugio de afecto.

Silencio. Nieve. Sangre. Un epílogo inquietante. Y además una película bien planificada, íntima, de cuidada estética, pensada para hacer pensar, que destila un lirismo sorprendente, con escenas cálidas, emocionantes.

En definitiva, una delicia de vampiros que, empiezo a decidir, no es otra más de vampiros.

jueves, 15 de octubre de 2009

Gaudeamus igitur

La Universidad de Alcalá ha celebrado hoy la apertura del curso académico. Lo ha hecho de forma Solemnísima. En torno a una pequeña representación de sus alumnos, una serie de personas Ilustrísimas, Excelentísimas, Serenísimas tal vez y, entre ellas, como en una película de DreamWorks, algún que otro Magnífico investido de los más amplios poderes.

Ha sido bonito el desfile desde la Magistral hasta la Cisneriana, a lo largo de la calle Mayor y pasando por la plaza de Cervantes. Sobre el repicar de campanas de la Catedral, una agrupación de chirimías y otros vientos ha precedido a los maceros, y éstos a profesores, doctores, decanos y vicedecanos. Los niños de los colegios del centro han animado con sus gritos el pasacalles, atraídos por la viveza del colorido de birretes y mucetas. Como todos los asistentes, han agradecido la viveza de rojos, narajas, azules y otros colores correspondientes a las diferentes Escuelas y Facultades. Sin ese toque habría sido difícil alegrar la negrura de las togas y nos habríamos visto metidos de lleno en una procesión, como en una Semana Santa adelantada unos cuantos meses.

Recuperar el ceremonial de antaño tiene su gracia. Por momentos nos trasladamos a la Alcalá renacentista, cuando su Universidad era una de las más relevantes de Europa. En su fachada principal, plateresca, nunca nadie ha buscado una rana sobre una calavera, aunque ésa sea otra historia. Otra historia, como la de quien trató de comprar el edificio por cuatro perras, desmontarlo, numerar sus piedras y llevárselo a los Estados Unidos de América para volverlo a montar, cual rompecabezas, en algún lugar donde acabase conviviendo con rifles y banjos.

Por suerte eso nunca ocurrió y hoy podemos entrar al Paraninfo y aguardar la llegada de la comitiva. Sus miembros acceden descubiertos, birrete en mano, y el coro canta el Veni, Creator Spiritus. Con todo el mundo en pie, el Maestro de Ceremonias da un golpe en el suelo. Es entonces cuando el Rector dice: "Señores, sentaos. Se abre la sesión".

Se sucede entonces una serie de lecturas, entre las que asistimos a una Lección Inaugural sobre asuntos legales durante la que cualquier detalle decorativo de techo y paredes es motivo ideal de distracción. Después, los nuevos profesores prestan juramento o promesa, acompañados de sus padrinos -ya se sabe, sin ellos nadie se bautiza-, frente a una mesa tocada con la Sagrada Biblia y la Constitución Española. "Per deum iuro...", "Polliceor me maxima diligentia...". Uff, tanta pompa hace que alguno se trastabille.

Añadimos a la sesión una entrega de premios y un discurso inaugural. Para terminar, no puede faltar el Gaudeamus igitur. Nos ha quedado muy bien. De verdad, en serio.

Aunque espero que también vaya en serio ese nuevo enfoque de Bolonia para los planes de estudios. Espero que la reforma sirva para algo. Y sobre todo para alguien: los alumnos, futuros graduados a quienes deberá servir de algo el esfuerzo que ahora se les va a exigir. Más asistencia, participación, trabajo e investigación.

Sí, investigación, eso mismo para lo que ahora desde Ciencia e Innovación quieren recortarse medios y recursos. Lo dicho: Gaudeamus igitur o, lo que es lo mismo, Alegrémonos pues...

lunes, 5 de octubre de 2009

El guardián de la parra

Todos los años suceden muchas cosas bajo la parra de mi padre. Aparte de la vida que se desarrolla bajo su sombra, tiene otra vida, la suya propia. Cuesta creer que de una maraña sarmentosa que se podó unos meses atrás pueda surgir tanta vitalidad. Sus hojas y pámpanos crecen con rapidez milagrosa. Y acaba poblándose por completo, creando su techo caduco bajo el que las tijeretas parecen querer caminar y tratar de agarrarse a cualquier cosa con avidez. En pleno verano su sombra recorta la luz en el suelo, como en un mosaico de claroscuros proyectado para deslumbrar a su guardián con intermitencia.

Sí, la parra tiene un guardián. Mi padre es como si fuera también el suyo y se ocupa de ella como de otro hijo más. Interviene casi todas las semanas, desde que las primeras yemas comienzan a hincharse y sus nudos aún no revelan un futuro leñoso, hasta que la caída de la hoja requiera de él tareas algo más a ras del suelo. No le gusta que todo ese mecanismo se desmande y trepe hacia las alturas, o descienda a buscar asidero con sus zarcillos tentaculares. Todo debe crecer con cierta medida.

Pero el guardián no sólo vela; también combate: Tekeldion contra la araña roja, Druida contra el oidio, Zolone contra el pulgón. Y todo ello para lograr que sus brazos sostengan racimos sanos, de uvas sabrosas. Las de este año son magníficas. También lo aprecian las avispas, que buscan estos días refugio entre las bayas, apretadas como si estuvieran ahí para darles cobijo.

Esa es otra de las cosas que suceden bajo la parra.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

La biblio

En mi nuevo barrio hay una biblio pública municipal. Casi cada distrito de esta ciudad cuenta con la suya. Concretamente, la que tengo más cerca de casa la alberga un edificio clónico de otros dos o tres que guardan un número similar de volúmenes, enclavados en sendos distritos complutenses.

Pues bien, tras averiguar dónde se encuentra -resulta quedar bastante cerquita- y buscarla físicamente bajo el pesado sol de julio cargado con bolsas de un Mercadona de la zona -está más escondida de lo que revela el plano de Google Maps-, veo detrás de su cierre que éste no sólo va a permanecer echado durante casi todo el verano sino que, además, la biblioteca cuenta con horarios habituales de lunes a viernes de 14:30 a 21:30. A eso le llamo yo flexibilidad y facilidades.

En mi barrio anterior tenía la suerte de contar con una biblioteca bastante más grande y con horarios matinales. Pero ya no me pilla cerca. Teniendo en cuenta que trabajo habitualmente por las tardes me temo que, de hacerme el carnet de la biblio vespertina, voy a convertirme en un moroso habitual, reincidente y sin ganas de volver a ser cumplidor de las normas. Lo bueno será que podré coger supertochos de los que uno nunca se lleva a casa porque los rácanos quince días de préstamo no dan para tanto -sí, ya sé que en otras ciudades se pueden ampliar en otros quince o, incluso, hasta te dan un mes-. Hasta tendré tiempo de sobra para releerlos. Y, entre que acabe un libro y pueda pasarme a devolverlo, cumpla los días de penalización por mi largo retraso y pueda coger otro, podré ir reduciendo la lista de libros propios y ajenos que tengo en casa.

No, si..., en el fondo, creo que todo van a ser ventajas. Voy a ir preparando una fotocopia de mi DNI caducado -hasta noviembre no me han dado cita en la comisaría- y dos fotos de las que todavía me quedan del 2003 -sigo pareciéndome bastante-.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Rabos de lagartija

Hace unos días terminé la novela de Marsé. Hacía años que no leía nada suyo y este libro ha sido un grato reencuentro. Es el mismo de siempre, experimentando acaso un poco más.

Un no nacido que narra como si, no estando aún en este mundo, se lo conociera al dedillo. Nacerá de una madre represaliada que pasa de ser maestra a coser por encargo y que encuentra algo de aliento en las visitas de un policía que investiga sobre su marido desaparecido. El renacuajo tendrá un hermano en busca de su lugar, de algún universo de supervivencia, poblado de personajes reales e imaginados. Los hechos, marcadamente cotidianos pero cargados de simbolismo, hablarán a las claras de la situación, llena de abusos, represión, frustración, de la lucha que sigue a la contienda. Estamos en un país de posguerra, en el Guinardó marginal de aquella Barcelona donde la esperanza debía perseguirse un poco más allá del arroyo.

Entramos en las existencias de estos personajes lentamente, no sin dificultad, como si cada hecho se limitase a un círculo aislado del resto. Y entre todos ellos, la presencia más plácida, sumergida en su útero esférico, en una paz amniótica.

Asistimos a la viveza de los acontecimientos, a su sencillez y lucidez, encontradas y confundidas a veces con la imaginación. También damos de morros contra la condena final de unos supervivientes sin oportunidades. La guerra dejó sólo víctimas, encarnadas en personajes cargados de matices abiertos a interpretaciones.

Final redondo para estos rabos palpitantes que se revuelven como látigos de la crudeza, fustas para los sueños de difícil realización.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Entre cepas

Acaban de hacer unas fotos ante la fachada de una célebre bodega, ondulación imponente con ecos de templo. Desean continuar hacia el lugar donde se ha erigido otra bodega icono, hotel en este caso, pero la mecánica se niega a responder. Al girar la llave, el motor de arranque tose sin parar.

El camino entre las viñas tiene una leve pendiente que aprovecharán para lanzar el vehículo e intentar que el motor despierte. Nada. Intento fallido, como todos los posteriores. Se han quedado colgados y no saben si empezar a guardar en el maletero sus ganas de conocer aquellos lugares. El pueblo de Laguardia hace honor a su nombre desde lo alto. Tal vez deberán pasar el día, y quizás la noche, entre cepas. Entre copas. Como en la película, una tarde de tonos dorados podría haberles deparado un picnic entre los viñedos. Precioso, si no fuera porque sólo es la una del mediodía y comienza a llover.

Reclaman ayuda por teléfono. Piensan que están en un bellísimo lugar, ideal para quedarse tirados y preferible siempre a cualquier Gran Vía de cualquier ciudad. Divisan la grúa a lo lejos. Como de juguete. Les alcanza, carga el vehículo y se los lleva a los tres.

En La Rioja se viven las vidas de la uva. La vendimia comienza y de cada racimo se desgranan muchas historias: la de su agosto de engorde y maduración, la de los métodos para llegar a hacer buen vino, la de quien cuenta a clientes potenciales su forma de conseguirlo, la de esos posibles compradores y su peregrinar entre viñas, la de alguno de esos viñedos, presidido por la creación de un Calatrava o un Gehry. Y también la historia de quienes abandonan el escenario deseando volver a él.

martes, 15 de septiembre de 2009

Ötzi

Lo encontraron en el Valle de Ötz, durmiendo en un glaciar. Se había quedado helado. Llevo varios días bromeando sobre la postura en la que acabó sus días. Con sólo mantenerla unos segundos a mí me dejaría una contractura difícil de recuperar. La llamo "la postura del mal crucificado": uno de los brazos se abre perpendicular a su espalda, pero no hacia el lado más natural sino en forzada torsión en dirección contraria, más o menos como el que estira el brazo para olerse el alerón.

Lo han traído a Alcalá, al Museo Arqueológico Regional. Bueno, no es el Ötzi auténtico, sino una réplica de su cuerpo, cual esqueleto recubierto por su propia mojama, y de todos los objetos que portaba. El Hombre de Hielo real no puede abandonar su museo de origen, en Bolzano, pues su conservación óptima depende de la temperatura y la humedad relativa. Y que lo digan, la humedad es siempre relativa.

Ahora, cincomil años después de haber estirado la pata -y el brazo-, van y le dicen que es italiano. Incluso que por poco no es austríaco, como si él supiera de qué va nada de eso de las nacionalidades. Ötzi vivió entre las montañas de una región que, seguramente, conocería mejor que cualquiera de los que trazaron la frontera que lo dejó a este lado y no en el de allá. No sospechaba que era tirolés del sur ni que por sus venas correrían algún día ecos de Yodeln. Estaba muy tatuado, con motivos algo chungos de hecho, así que cualquiera se atreve hoy a decirle que está catalogado como hombre de la Edad del Cobre.

Quienes lo encontraron en aquel glaciar de los Alpes también se quedaron helados al verlo y alertaron a las autoridades. Llegaron especialistas de todas partes, excavaron el hielo y se pelearon por llevárselo cada cual a su terreno. Aparte de sacarlo a él y sus ropas, extrajeron muchos objetos, incluso un fascinante kit completo para hacer fuego que me trajo bonitos recuerdos de mi breve vida de cavernícola. Pero entre todo lo que portaba algo inquietante se alojaba en su interior: la flecha que lo mató.

A pesar de hablar de Ötzi en estos términos, acordes quizás con la exhibición que de él se hace, algo me entristece: su estirpe ya se extinguió.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Me fui sin mí

Me fui, pero no me llevé. Acarreé bultos, pesos de los que tirar, cosas y más cosas. Les preví una utilidad, pero yo no estaría allí para usarlas. Cada necesidad hipotética tendría su parche, aunque no hubiera quien lo pusiera.

Había hecho mis planes con todo el cuidado. Me alojaría en cualquier hotel sin llegar a estar en él. Pisaría sus mullidas moquetas con los bolsillos llenos de llaveros mastodónticos, apartaría de mi cama ocasional la pesada colcha y dejaría caer sobre el colchón mi peso muerto exhalando un suspiro de relajación. Todo sin mí.

Probaría los platos propios de allí. Sin degustarlos, con el olfato agarrado a los olores que impregnan el sitio donde que me habría dejado. Haría infinidad de fotos, llenaría mi memoria SD hasta los topes -bip bip, memory card is full!-. Lugares en los que no recordaría haber estado, donde compraría recuerdos que nunca apelarían a ninguna experiencia. Incluso traería las maletas de vuelta más engordadas, con muchos otros suvenires de los que no sabría qué decir en el momento de entregárselos a amigos y familiares. Ahí los tenéis... ah,... pues... no sé, es muy típico, sí.

Así sería, así fue. Antes de marcharme puse en la cartera mi pasaporte, el carnet de conducir, el carnet de identidad y cualquier otro rectángulo portador de mi foto, mi nombre completo y un número diferenciador. Me convertí en una simple identidad, sin más. No me acompañé para hablarle a nadie sobre la persona identificada por aquellos documentos. Me quedé en tierra.

Tiré de maletas repletas de objetos sin atenderme en lo elemental. En todo lo que hiciese faltaría yo.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Nido vacío

Han volado. Mutis sin decir ni pío. Las descubrió Salvia, hace un mes escaso. Le alertaron las continuas y sonoras huidas protagonizadas por una paloma en momentos muy concretos. Para ser exactos, cada vez que abría, cerraba o se acercaba a una ventana de la terraza.

¿Sabes lo que hay en una jardinera del balcón?
Pues... tú dirás qué ha crecido.
No, no es que haya crecido. Han nacido. Son dos pollos de paloma: dos "palominos".

Y con ese cariñoso apelativo se quedaron. Allí estaban, dos seres palpitantes acurrucados uno junto al otro, negros y feos como dos demonios. El rincón de la jardinera más alejado de nuestro alcance había servido a su madre para poner sus huevos y éstos habían eclosionado sin que supiéramos siquiera que habían sido incubados. La jodía acabó delatándose a hechos consumados, echando a volar con ruidosos aleteos una y otra vez, hasta que alguien perspicaz descubrió el pastel.

Los hemos visto crecer a ratos, sin causarles molestias, constatando invariablemente que su progenitora jamás se enfrentaría a un posible atacante, salvando siempre el culo propio antes que el de sus criaturas. Aunque no tuviera de qué temer: dió con caseros sin ganas de cobrarle alquiler, dispuestos a permitir que criase a su prole de prestado. Hasta nos ha enternecido ver a sus crías ensayar su propia evasión, tocadas aún con su plumón residual, amarillito él. Pero no pueden negar que son hijas de mala madre y, como tales, en cuanto han podido volar, lo han hecho con el mismo brío que ella.

Cuando se tiene un inquilino del que no se ha sabido siquiera que ya ha metido los muebles y se ha instalado con toda comodidad, no puede esperarse que se despida. Sí, les disculpamos el allanamiento, pero no les hemos dado nada que echarse al pico. Tal vez a eso se deba su mutismo a la hora de largarse. Desconocemos la dirección en la que volarán y, sea cual sea, les deseamos que no acaben siendo el blanco de ningún tirador de pichón.

Ahora no sabemos si adoptar algunos de los síntomas que sufren muchas madres cuando se les marchan los polluelos.