miércoles 8 de julio de 2009

Salir corriendo

¡Vaya! Rojiblanco y no es del Atleti. ¡Ya está: pamplonica! ¡Incluso lleva el periódico! Pero el encierro pasó hace unas horas... A unos cuantos cientos de kilómetros de aquí. No puedo evitar que algo no me cuadre.

Por todas partes existen casas regionales, sucursales patria chica de quienes viven lejos de su añorado lugar de nacimiento. Ignoro si en mi ciudad existe una casa de Navarra. Tal vez ese tío de blanco impoluto marcado de rojo haya salido de un lugar así. O quizás no.

Hay cosas que me inquietan. También en otros momentos del año. Cuando veo por estos lares a algunas mujeres ataviadas de rocieras acompañadas de hombres vestidos de corto, mi mente salta directamente hacia el sur. Pero yo sigo aquí, pisando la Meseta.

Y aunque esto sea llevar el asunto mucho más lejos, las calabazas huecas de Halloween me desubican lo suficiente como para emborronar por momentos lo más valioso del día de Todos los Santos. No acabo de verme diciendo Truck or treat ante la lápida sobre la que acabo de dejar unas flores.

Vuelvo al presente y lo de hoy me hace pensar que a alguien vestido de sanferminero no le queda otro remedio que echarse a correr. La actitud necesariamente va con la ropa. Quizás estos días, si uno se propone salir por patas -da igual de lo que se quiera huir-, deba vestirse de blanco y ponerse fajín y pañoleta blancos. Muchos toros sin pinta de toro también cornean.

A veces hay que alejarse de ciertas cosas a todo meter.

martes 7 de julio de 2009

Tirar el cigarro II

Todavía no he visto a nadie deshacerse de dos cigarrillos a la vez. Supongo que nadie los fuma de dos en dos. Pero sí los he visto rodar al unísono, en pirueta casi coreografiada por Pina Bausch. Quizás haya quienes conecten entre sí a la hora de ver la necesidad de soltar sus respectivos y los hagan volar y rodar después, todo ello al mismo tiempo.

Hay quien espera el autobús mientras tira del aire a través de una chimenea envuelta de papel. Inhalaciones a contrarreloj cuando vislumbra su llegada. Una silueta motorizada se hace grande a medida que avanza. Los dedos se ocupan en la búsqueda de un billete, unas monedas o un bono de transporte. Se libran de la pequeña hoguera, soltándola viva todavía. Reavivada en su descenso, choca dejándose unas cuantas chispas en el suelo. Morirá junto a otras tantas abandonadas en la urgencia.

Los cigarrillos nos observan. De noche, cuando el fuego consume el aire y también la oscuridad, es fácil descubrir sus miradas. Algo las enciende desde dentro. Las enrojece de aliento. Después las abandona y se ahogan con ascuas en las pupilas. En su vida de ansiedad e incendio acabarán mirando hacia abajo. Volarán en barrena arrastrando una cola de humo.

Alguna vez me ha parecido ver en el aire el dibujo de un lazo encendido, la incandescencia trazando las letras de un adiós. Quizás algo más sencillo aún, la palabra "fin" por ejemplo.

sábado 27 de junio de 2009

Bajo el león de San Marcos

Volver a Venecia siempre es un placer. Caminar junto a sus canales, dejarse deslumbrar por la luz y sus reflejos infinitos que saltan entre campos, palacios y puentes, entregarse al hechizo y saber perderse. No importa no encontrarse si el extravío es ansiado.

Leer la nueva novela de Ana Alcolea tiene algo de ese anhelo. Que ha sido el mío y también el de Ángela, la escritora que la protagoniza. Ella desea perderse en esta ciudad con la intención de darles vida a sus personajes y darse vida a sí misma. Por los canales de su Venecia irán fluyendo reflexiones acerca de muchos aspectos de su vida, además de la peripecia de los personajes que habitarán su creación.

Bajo el león de San Marcos es el juego de espejos y reflejos que su autora encuentra en la propia Venecia y en la vida misma. Para su Ángela traspasar el espejo parece posible cuando lo real da alas a la ficción, y de ésta vuelven los objetos para integrarse en el lugar del que salieron tal vez. La pintura. Los pintores. La realidad de algunos retratos remite a ciertos personajes o inspira otros tantos.

De la tinta de Ángela veremos surgir a la Angélica niña, junto a quien maduraremos dentro de una suerte de fábula llena de sueños y aprendizaje. Interviene ahí la habilidad de Ana para recrearse en ese juego de espejos y reflejos del que tanto disfruta. Así, cada paso de Ángela por la Venecia actual es un paso de Angélica en busca de su vida. Cuando Angélica descubre con caricias de jabón perfumado cada palmo de su piel receptiva, Ángela busca en la suya la memoria de otras pieles. Y la sensualidad del deseo irreprimible de aquélla es para ésta pasión ocasional e inevitable, por consentida.

En Bajo el león de San Marcos la Venecia actual nos devuelve a la del siglo XV, permitiéndonos conocer a Caterina Cornaro, quien fuera reina de Chipre, Armenia y Jerusalén. Interesantísimo personaje y magnífica figura. Su Serenísima fue hogar dorado de patricios, seno alimentador de mecenazgos y escenario de los sueños de muchos. Pero fue al tiempo la terrible fiera que codició el Mediterráneo, ejecutora implacable, cloaca para el rebose de las desdichas.

Como escribió Fernando Marías, los sueños son de agua. Perseguirlos y encontrarlos en la ciudad flotante tal vez sea posible para Angélica. Asistiremos a su búsqueda y acabaremos entrando en terreno pantanoso. Llegaremos donde la tierra deja de ser firme y las aguas de la laguna pueden envolver oscuros misterios y alimentar intrigas, meciéndolas con olas que traen el pasado al presente, azotan la costa y se retiran arrastrando algo del hoy hacia el ayer.

Ana Alcolea ha conseguido dar a sus historias la agilidad que requiere el desarrollo de una novela así. Me alegra encontrármela en su propia narración, perteneciente a ninguno y a muchos géneros a la vez y, sobre todo, disfrutar de tantos y tan gozosos momentos de lectura.

martes 23 de junio de 2009

Adiós, Kodachrome

Erre que erre. Ahí sigo, en mis trece. No me lograrán quitar la idea de que somos analógicos. Por eso, cada paso triunfal que damos hacia la digitalización completa me parece un triste retroceso en nuestra evolución. Hay en él algo de deshumanización.

Kodak deja de fabricar su mejor película de diapositiva. Un golpe más a la fotografía analógica: Kodachrome pasa a ser historia.

Es el momento de recordar las sesiones de proyección de diapositivas que todos hemos disfrutado en muchas ocasiones. Filminas, las llamaba alguno de mis profesores del instituto. ¿Qué habría sido de las clases de anatomía sin ellas? ¿Y de las clases de arte? Cuántas imágenes maravillosas pudimos ver proyectadas gracias a esos marquitos portadores de tanta belleza. Grecia, el Gótico, el Renacimiento, los impresionistas,... Todos conservamos en las retinas alguna de aquellas estampas, desaparecida ya de la pared del aula, persistiendo en nuestro fondo de ojo cada vez que cerramos los párpados.

En mi caso, aunque me gustaba ver diapositivas, a la hora de manipular fotografías prefería trabajar en blanco y negro. El proceso de revelado era más sencillo y uno podía montar su humilde laboratorio en cualquier habitación de la casa.

Merecía la pena encerrarse a oscuras, a salvo de la luz, y vampirizarse para vivir auténticos instantes de magia. Aquellos momentos en los que, bajo la única luz de la bombilla roja, surgía sobre el papel la misma escena ya elegida y encuadrada con anterioridad.

Voluntaria pero desgraciadamente, el revelado manual cedió su sitio a la informática. Literalmente. No es que de la noche al día pasase de disparar películas con mi réflex y revelarlas yo mismo, a la cámara digital y a su socio el ordenador. No, eso llegaría mucho después. Lo que ocurrió fue que la entrada de un PC en casa requería de espacio. Todo el paquete tecnológico pasó a ocupar la mesa sobre la que estaba instalada la ampliadora, acompañada de sus filtros, las cubetas, los químicos y demás achiperres imprescindibles para convertir lo latente en visible.

Por propia experiencia, parafraseando a aquel grupo del pop de los 80, debería preguntarme si the computer killed Kodachrome.

miércoles 17 de junio de 2009

@rroba

La arroba siempre ha tenido su peso. Concretando un poco, unos once kilos y medio.

Hace ya muchos años participé en un campo de trabajo. Se celebraba en un pueblo de Palencia y durante veinte días nos dedicaríamos a excavar lo que se suponía eran los restos de un castillo del siglo X, más o menos. En torno a aquel proyecto arqueológico nos reunimos unos cuantos españoles a los que se sumaron extranjeros procedentes de Francia, Dinamarca, Inglaterra, Canadá y Eslovaquia. Fueron días maravillosos, llenos de experiencias inolvidables, imborrables.

Pasaron los días y llegó el momento de las despedidas. Todos buscábamos llenar unas páginas de direcciones, teléfonos y dedicatorias divertidas. Yo también me hice con las mías y entre ellas encontré algo muy raro. Uno de los eslovacos, Rastislav, aparte de su dirección postal apuntaba en una línea unas cuantas letras entre las que había un símbolo desconocido. Rasto me decía que era su dirección de la universidad, que ahí podía localizarle en horas lectivas, y que sólo hacía falta sentarse frente a un ordenador conectado no sé de qué extraña manera a no sé qué red singular.

Aquello no me sonaba de nada. Ignoraba si en mi Facultad existía algo similar y descarté por completo utilizar aquel canal de comunicación. Con Rasto, como con los demás, la comunicación fue epistolar.

Años después todos comenzamos a tener alguna cuenta de correo electrónico. Casi nadie tenía internet en casa y la mayoría aprovechábamos las conexiones de bibliotecas y centros de trabajo.

Aquellas arrobas medio olvidadas como unidad de medida ganaban peso nuevamente. Mucho, muchísimo, más que los once kilos y medio tradicionales. Hoy el padre del correo electrónico, Ray Tomlinson, ha sido premiado con un Príncipe de Asturias. Nunca sospechó que su invento llegaría a tener tanta importancia.

domingo 14 de junio de 2009

A la sombra de un león

Esta mañana los árboles del Retiro se guardaban la sombra. A primera hora las nubes les ahorraban el esfuerzo. Ayer las tormentas pactaron con el sol una esperada tregua, o eso nos hicieron creer.

Nos las prometíamos felices. Pasearíamos entre autores, editores, lectores y, por supuesto, libros. Éstos resguardados por toldos y nosotros descuidados del calor.

Éramos reincidentes, así que nuestra segunda visita de este año a la Feria tenía una prevención: la de caer en la tentación. Sobra decir que ha sido imposible. Comprábamos la semana pasada y también hoy.

En realidad llegábamos para ver a Ana Alcolea, amiga escritora zaragozana que acaba de publicar su novela Bajo el león de San Marcos en la editorial Algaida. Le llevábamos nuestro ejemplar, ávidos por tener su dedicatoria en él y también su cariño.

Debimos perdernos el momento en que la megafonía de la Feria anunciaba la presencia del sol. No oímos cuál era su caseta ni su horario. El caso es que se sacudía de repente las nubes y, sin miramientos, se disponía a estampar su firma de tinta bochornosa. Esa tinta que engulle el aire.

Salvia y yo acabábamos persiguiendo un respiro, un refugio a salvo del fuego despedido desde la caseta incendiada. Y lo encontrábamos en compañía de Ana. La sombra fresca que su león proyecta y el regalo de su compañía eran suficientes para olvidar tanto calor.

viernes 12 de junio de 2009

Ur

Ur Teatro. Míticos ya. Tuve la gran suerte de conocer su trabajo allá por el 98. Su Romeo y Julieta me dejó asombrado. Era una adaptación de la obra de Shakespeare, llevada a un tiempo en el que no habríamos reconocido ni el nuestro ni el de su autor. Ni siquiera habríamos sido capaces de situarlo en una época concreta.

Era sorprendente su dominio escénico: caja negra, cuatro paneles y elementos escenográficos, diseño de luces muy trabajado y fabulosa ambientación sonora. Pero lo realmente espectacular era el trabajo de los actores. Eso sí era teatro. Admirable su dominio de voz y cuerpo, combinando el texto con la expresión gestual entre acrobacias y otros efectos físicos.

Ahora Ur ha reestrenado su montaje de El sueño de una noche de verano. Hace una década me quedé con ganas de verlo y ahora lo han recuperado algo actualizado, poniendo al día algunos de sus aspectos. Helena Pimenta sigue al frente de este espectáculo, logrando de nuevo sacarnos de la realidad a lo largo de esa noche en la que los sueños no lo son.

Los espectadores quedamos hechizados también, embrujados, enredados en su juego imaginativo, divertidos con su espontaneidad, satisfechos por tantos aciertos, agradecidos por tanto esfuerzo y honestidad.

Difícil saber si el bueno de William habría aprobado en el siglo XVI esta versión. Fácil darles hoy un diez.

martes 9 de junio de 2009

Para qué hablar

Que no me hablen de los fichajes del fútbol, ni de los mil euros que va a cobrar Kaká cada hora de su vida, ni de los seis goles del Barça, ni de todos los trofeos que han venido después. Tampoco me hablen de la crisis, ni de quienes dicen lograr empleos para sus conciudadanos, por precarios que éstos sean de principio a fin. No me hablen de la pasada campaña de Elecciones Europeas, durante la que todos rogábamos por alguna mención a Europa, acaso unas pocas palabras alusivas a ese Parlamento hacia el que acabamos de facturar a cerca de ochocientos representantes. Que no me hablen de la incomprensible y repentina fiebre de este Ayuntamiento por excavarlo todo, ni de las zanjas rodeadas de tubos, máquinas, escombros y gases que, circundadas por vallas, me obligan a recorrer distancias mayores de lo habitual. Mejor no mentar la porción de mis impuestos que se escapa por el sumidero de las decisiones inútiles y caprichosas de quienes no deberían estar tomando decisiones. No me hablen de los cientos de parásitos que ocupan esos puestos y se acomodan en sus mullidos asientos desde los que justifican cualquier gilipollez que sus cerebros defecan. Para qué hablar de los defenestrados, de los apartados, de los desplazados por esa ralea de mediocres con enchufe. Mejor no hablar de los encantos de lo vacuo, de lo creado para idiotizar, de todo lo que nos aparta del objetivo, de lo que nos eterniza en la búsqueda. ¡Bah! Para qué.

lunes 8 de junio de 2009

Chufi

Había que ponerle nombre. Bautizarlo de algún modo. Aquella tarde de celebración, entre aperitivos, refrescos y tarta, un nuevo miembro se hacía su hueco. No era sólo el regalo de una abuela para su nieta. Pasaría a formar parte de una familia y tendría su espacio, sus rutinas, sus atenciones y, por supuesto, un nombre.

Al fondo de la tienda, los habitantes de una de las jaulas formaban una algarabía mayor que todo el conjunto de voces del resto de mascotas. Dar con la ubicación de los periquitos era fácil. Difícil elegir uno.

Verdes con parte del plumaje amarillo, azules con un toque más claro bajo el pico y manchas negras... El colorido podía ser un criterio, sí. Unos dormitaban acurrucados junto a otros. Algunos empleaban a fondo sus gargantas, incitando a sus vecinos también al alboroto. Y otros revoloteaban de extremo a extremo haciendo de tanto desorden algo más logrado. Desde luego, la actitud era otro criterio para tratar de decidirse.

La cosa estuvo clara al ver cómo uno de ellos combinaba las artes sociales con las circenses. No sólo se relacionaba con sus compañeros de la forma más vital, sino que además se encaramaba a lugares inverosímiles para ejecutar toda clase de piruetas y vuelos. Parecía el más divertido, alegre, resuelto y cantor.

Y algo lo diferenciaba de los demás. Era blanco.

Esa blancura fue determinante para darle un nombre y en familia resultó ser tan divertido, alegre y resuelto como prometía. Era todo un acróbata y, a pesar de sus caídas simpáticas, se mostraba incansable en sus juegos. Así era: jugaba a todo. De eso deberíamos aprender los humanos.

Desconozco si hay un cielo para las personas, aunque sospecho que no sería nuestro medio natural. Sí es, en cambio, el medio de las aves. Por eso no dudo que exista un cielo de los pájaros. Un cielo al que vuelan una sola vez.

Chufi ha querido volar hacia él.

Era blanco. Como la horchata.

miércoles 3 de junio de 2009

Fundido encadenado

En teatro no quedaría más remedio que cambiar de decorado. Dos escenas distintas, diferente decorado. Telón abajo para realizar las variaciones precisas o, tal vez, cambio de luces y algunos movimientos ajustados a las necesidades.

Pero en este caso es el encadenado lo que da a la realidad matices más fieles. La jerga cinematográfica se me antoja más apropiada. La última imagen de un plano se disuelve mientras, poco a poco, podemos ver la primera imagen del plano siguiente.

Plano 1. Salón vacío con cristalera que da a una terraza con maceteros. En ellos crecen claveles de color rosa, aliso de flor blanca, tallos de tulipanes de pétalos marchitos, uña de gato, y algún cactus reseco sospechoso de seguir con vida. A través de los cristales pueden verse los tejados rojos de las casas de enfrente. Casas bajas de dos plantas a lo sumo. Vecindario de dimensiones humanas. La torre-campanario de una catedral se alza imponente al fondo. Y palomas.

Fundido encadenado.

Plano 2. Dormitorio pintado de verde poblado por el desorden, con ventana a la calle. Vista picada de edificios altos con terrazas, chimeneas y antenas. Hay muchas ventanas cuadriculando, compartimentando. Recuerda a algún plano de Wim Wenders en El cielo sobre Berlín. Al fondo a la derecha, vistas de la capital de la provincia contigua. Al frente, la sierra se dibuja tras la bruma. Al fondo a la izquierda, visión neblinosa de la gran ciudad. Y palomas.

miércoles 27 de mayo de 2009

El tejo

Me gustan por muchas razones. La lebaniega Braña de los Tejos me dejó marcado, con ese halo misterioso y la energía perpetua de sus moradores. Y también aquel enorme ejemplar de Sotiello, pegado a la ermita, con sus frutos maduros, apetecibles. O un solitario habitante de la selva de Irati, resistente por los siglos entre otros árboles ajenos a su estirpe milenaria.

Me atraen las historias sobre estos seres longevos y, sobre todo, aquellas de las que han sido mudos espectadores. Tan larga vida sirve para mucho. Para ver pasar la Historia, por ejemplo. Para lo sagrado y también para lo pagano. Para lo cotidiano y para lo trascendente. Y para todo ello el árbol se agarra a la tierra, capaz de sacarle vida e irrigar su viejo tronco.

Es la tenacidad dilatada por los siglos. La severidad del que envenena. La resistencia y la fuerza a pesar de todo. El tejo es testigo de tantas cosas que, junto a él, uno tiene la sensación de abrazarse a la eternidad.

Hoy observo mi pequeño ejemplar de siete años, al que presumo las mismas artes de sus hermanos. Lo tenemos otra vez con nosotros, en casa, y aunque ayer parecía algo triste hoy se yergue otra vez con fuerza. Le hacían falta más riegos. Tal vez más cuidados. No sé. Compañía quizás.

Hoy luce su cara feliz.

miércoles 20 de mayo de 2009

Tirar el cigarro

Ese tío acaba de deshacerse de su cigarrillo lanzándolo a las vías desde el andén. Lo desecha a medias aún. El tren va a llegar en unos instantes y, como la mayoría de quienes lo tiran sin acabarlo, ya ve las luces de la máquina asomar.

Cada uno a su manera. Todavía encendido, lo hacen volar hasta caer entre los raíles sobre el duro y compacto cemento. Muchos le dan un golpecito con el pulgar. Tobita lo llaman. Ya me sirves de poco. Otros lo lanzan impulsándolo con un juego completo de brazo, como el que se entrena al bolo leonés. Donde pongo el ojo pongo el cigarro. Algunos lo tiran como una peonza sin cuerda, tratando de clavarlo. Consúmete ahí. Ni te muevas.

Y están quienes lo apagan. Se plantan cerca de la línea amarilla, lo arrojan a sus pies, pisan lo que queda de él y, ahogado bajo la suela, convertido en rastrera colilla, le dan un puntapié. Cae dejando el pavimento ennegrecido.

¿Qué se dejan con el cigarro? Me pregunto qué abandonan al calor del fuego del tabaco y si el humo que sigue brotando de la colilla es su demonio liberado.

Podría tratar de averiguarlo. Pero no fumo. Ni ganas.

lunes 18 de mayo de 2009

Mudarse

Eunice Tietjens no contó en su poesía que a los niños se les aparta de enmedio cuando se está cargando con los armarios de luna, los sofás Luis XV y las mesas en pino castellano. Ellos, más que ayudar, suelen estorbar y, como mucho, se les deja que lleven algo ligero y prescindible.

En cambio sí se les puede pedir que ayuden con los preparativos. No es complicado envolver algunas cosas con plástico de burbujas y pueden divertirse haciéndolas estallar entretanto. Tampoco lo es embalar con papeles de periódico, ni meter cosas en cajas de cartón. Encajar: meter cosas en cajas.

Encajar para después trasladarlo todo evitando que las cosas se pierdan. Algunas cajas quedan tan perfectamente llenas y herméticamente cerradas que, cuando llegan a su destino, es una lástima deshacer todo lo hecho.

Embalar, envolver, cargar, apilar...

...para descargar, desenvolver y desembalar.

Deshacemos un mundo para rehacerlo en otra parte.

jueves 14 de mayo de 2009

Crisis, cambio, mundanza

Ya no la vemos así. La inmersión es ahora completa y esta crisis ya no se interpreta solamente en términos lingüísticos. Al principio, hace meses, cuando la palabra se empezaba a utilizar para describir el estado de las cosas, ésta se tradujo como cambio.

Es evidente que casi todo está cambiando -en muchos casos para mal- y la situación nos conduce a hacer las cosas de forma distinta, de acuerdo con las nuevas reglas del juego. Hay que desmontar las estructuras, desechar lo inservible, recomponer las cosas y organizarlas con orden nuevo.

Como en una mudanza. El cambio es inminente y para llevarlo a cabo con orden, obteniendo un buen resultado, hay que prepararlo bien. Como en toda crisis, pasamos bruscamente de una situación a otra con la consecuente alteración del estado de las cosas. Debemos desmontar nuestro mundo de la noche a la mañana, apilarlo en cajas y trasladarlo ipso facto.

En uno de los libros con los que estudié la extinta EGB aparecía un poemita de una escritora americana de la primera mitad del siglo pasado, Eunice Tietjens. Cuando me he enfrentado a una mudanza he recordado sus primeros versos con el mismo canturreo con que lo leí hace muchos años.

Lo rescato aquí e intento quedarme con parte del espíritu que transmite. Es el mundo atrapado en los objetos que se trasladan, captado por la mirada lúdica de un niño.


LA MUDANZA

Me encantan las mudanzas
me gusta ese trajín,
sin fin de ir y venir,
bajar, subir, entrar, salir.
Hombres con bultos y con paquetes.
Lámparas, sillas, mesas, juguetes,
libros, pucheros, ollas, colchones,
todo revuelto por los rincones...
Pero no me gusta sólo mirar;
en los trajines quiero ayudar,
ir, venir, bajar, subir.
Y hacer paquetes muy primorosos...
con perros, gatos, muñecos, osos...
Una mudanza es tan movida,
tan animada, tan divertida.

Eunice Tietjens

sábado 9 de mayo de 2009

Sorpresa y haba

El pasado día de Reyes, como siempre, tuvimos nuestro roscón. Uff, qué lejos quedan ya tanto Reyes como el roscón. En realidad fueron dos roscones. Ambos contenían su sorpresa, este año de Disney, y haba. Era la primera vez que los que traíamos a casa tenían haba y nos hizo mucha ilusión.

-Qué chulas las habas.
-Fíjate, parecen de verdad. Hasta son diferentes entre si. Mira que como sean de verdad...
-No puede ser. Serán de plástico, como Mickey y Minnie. Anda, límpiales la nata.
-Espera. Tengo que encontrar la junta del plástico por algún lado.
-¿En el borde quizás?
-Oye, nada, que no hay ni junta, ni rebaba, ni nada. Te digo yo que son de verdad.
-Pues nadie lo diría. Parecen como barnizadas.
-¿Sabes qué? Que las voy a plantar.
-Eso no puede germinar. Las habrán cocido con el roscón.
-No, hombre. Iban dentro de la nata y la ponen cuando lo abren, ya cocido.
-Bueno bueno, tú verás.

El mes pasado germinaron y hoy mismo las he visto amarradas a unas varas con algunas de sus flores ya cuajadas. Una de ellas exhibe una vaina de la que saldrán unas cuatro habas y las demás aún son pequeñas. Crecerán, seguro.

De éstas podrán salir más y acabaremos convirtiendo el patio en una plantación. Yo lo flipo.

jueves 30 de abril de 2009

Recobrarnos

Guardar lo mejor de los días,
Reservarlo por si el ayer nos faltase,
Vivir lo recuperable
Ignorando que lo será.

Las fotos son sólo estampas.
Las palabras tintineos de cucharilla cortando vapor de café.
¿Los placeres?
Quedarán abocados al destierro.

Las risas, agostadas, no volverán a brillar.
Estómagos al punto de ebullición
Devueltos a la calma.
Emociones abiertas al calor
Enfriadas en invierno.

Los inviernos.

La memoria preserva sensaciones.
Las ordena el sentido.
Los sentidos las despiertan.

¿Y los placeres?
Se cubrirán de hormigas.

jueves 23 de abril de 2009

Libros

¿El santo del día? San Cervantes.

Así le decimos en Alcalá, aunque el auténtico día de Cervantes se celebre el 9 de octubre. Hoy se conmemoran muchas cosas. Es el día que más cosas podemos celebrar o recordar. El Día del Libro es fiesta, aunque cada uno siga con sus quehaceres y sus obligatorias ocupaciones.

Estos días las librerías sacarán sus expositores a la calle. Unas junto a sus puertas de entrada. Otras, en corrillo con otras, dentro de casetas que preserven tan valioso papel de algún que otro chubasco. Una de las de las complutenses, Liberarte, exhibe como eslógan una frase, creo que de Gamoneda: Leer es vivir dos veces.

Hay mucho de verdad en esa frase. Cada libro es una y varias vidas en sí mismo. Las sumamos a la nuestra y logramos desdoblarnos. Leer es alargar la vida, multiplicarla por n.

Hoy es la fiesta de lo leído y de lo que está por leerse. Si la imaginación es inabarcable, también es insondable todo lo que celebramos hoy.

miércoles 22 de abril de 2009

En negro

Los días en negro no deberían existir. Uno puede vivir un día en blanco, que es como habitar una nebulosa dentro de la que es difícil encontrarse y dar con las cosas. Forma parte del devenir de los días, de un fluido existir, de la cadencia de la vida.

El tiempo debe poder perderse y los días en blanco tendrán ese cometido. Servirán para que uno se justifique en su torpeza, o en su inutilidad, o en la voluntad de vivirlos para nada. La nada consentida, aunque no nos quede otro remedio, también nos enriquece.

El negro es otra cosa. Es ausencia en sí mismo. La negatividad de lo arrebatado. Algo existente deja de estar ahí, pasando a faltarnos. Sólo hay en él lo que ya no hay.

En imágenes, interpretar el negro es difícil. Nada está definido y, por tanto, todo puede decirse. Difícil es verlo con positividad, pues no la hay. Una pantalla en negro sin solución de continuidad es algo grave en sí mismo. No tiene nada que ver con un fundido a negro, sobre todo los del cine clásico, tan llenos; tan ricos. El negro a secas puede interpretarse de maneras dispares. La pantalla está encendida, pero nada aparece en ella.

¿Por qué? La explicación es tan difusa como la propia naturaleza de ese negro. ¿Luz negada o luz retenida?

martes 21 de abril de 2009

Mirar alrededor

Este domingo visitamos la exposición de José Ibarrola en la Casa de Vacas de El Retiro. Mirar alrededor nos sorprendió con una simplicidad aparente que esconde muchas voces tras tantos silencios.

Silencios visibles. Palpables.

Transmitir sin comunicar.

Los cuadros de Ibarrola presentan a personas de ciudad encuadradas en ámbitos urbanos, que se relacionan dentro de la soledad más expresiva. Son retratos de urbanitas en pose de triunfadores, cerrados frente a su entorno y a todos los que les rodean, encerrados en un gesto perenne, siempre encajado. Sus pieles de cartón-piedra encierran interiores inquietantes.

Hay en ellos ganas de un grito necesario. Pero, ¿para qué? ¿Para salir de dónde? En el fondo están cómodos en ese territorio que les garantiza el status del que disfrutan. O creen que disfrutan aunque, en realidad, no sepan qué es disfrutar.

Recomendable.

martes 7 de abril de 2009

Calambrazos

Marco un número novecientos de los de atención al cliente. Tras el estallido de la música corporativa de la eléctrica en mi oído, "así lo reciben a uno, con fanfarrias", escucho la voz de una grabación que me va pidiendo que vaya especificando el motivo de mi llamada. Procedo.
"Lo de siempre: la máquina no me va a entender. Estoy por decir ¡operador! y acabaremos antes". Me da un calambre en los dedos y me cambio el auricular de mano. Aguardo con paciencia y contesto a todo lo que el sistema pregunta hasta que éste, él solito, me sale con "le va a atender un operador".

Una señorita. Le doy de nuevo todos los datos que ya he dado a la máquina. La señorita me los pide en el mismo orden como si a las dos, a ella y a la máquina, las hubiera programado el mismo cerebro. Por fin puedo plantear mi petición:
-Quisiera hacer un cambio de titular del contrato del servicio eléctrico.
-Muy bien. Manténgase a la espera unos instantes.
"Necesitará su tiempo para procesar lo que le he dicho; se acaban identificando con el sistema y, claro, la RAM requiere tiempo para trabajar". Podría ponerme a tararear la canción corporativa, pero temo ser sorprendido por la señorita a su vuelta, ...o por la máquina.
-Muy bien, necesitaría los siguientes datos...
Repito, paso a paso, todo lo que la máquina no le ha transmitido a la humana. "A la siguiente se lo suelto de memoria. Y si no me lo sé, que me dé un chispazo".
-Además de cambiar de titular quisiera modificar la potencia contratada.
-¿Podría esperar un momentito?
Vuelvo a deleitarme con los instantes musicales cortesía de la eléctrica. "¿Tendrán un espacio de peticiones del oyente?".
-¿Señor? Mire, resulta que no podemos hacer dos cambios en la misma llamada. Para modificar también el dato de la potencia debería darle de baja y después de alta, lo que le costaría unos cien euros.
-¿Cien? No, claro que no, se supone que estas cosas son gratuitas.
-Si quiere que no le cueste nada deberá llamar en otra ocasión y solicitarlo.
-Así que se trata de llamar otra vez, ¿sin más?
-Eso es.

Se me saltan los plomos.

lunes 6 de abril de 2009

La sonrisa de Bruno

Vuelvo a Italia, pero no como estos dos años pasados. Esta vez no la piso con los pies. Tampoco asisto a las cosas de la vida de los toscanos ni de los venecianos. No me asomo a ninguno de sus instantes desde esta mirada de turista que intenta ser viajero. Ni siquiera trato de llevármela en imágenes, traérmela hurtándoles a las cosas su reflejo.

Estos días la "tengo" de otra forma, gracias a La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro, y a Salvia, que me cede sus estanterías y las asalto con su permiso. También estos días decido dejar de lamentarme siempre que cojo algún libro que guardaba hacía años y, tras leerlo al fin, acaba gustándome mucho. Como el de Sampedro.

No he dejado de recorrer Italia de punta a punta, de Milán a Roccasera, llenándome de sus paisajes: el urbano que a Bruno tanto le desagrada y el calabrés, evocado siempre y para siempre. Pasando, además, por Roma para visitar a Los Esposos en Villa Giulia.

Es la actitud de este matrimonio etrusco de terracota lo que llama la atención de Bruno en sus últimos días. Admirable la energía de este viejo y el ejemplo vivo que le da a su nietecito y a todos nosotros. Este partisano sigue luchando, defendiendo a los suyos de los tedescos aunque la Guerra terminase hace muchos años. Y acaba descubriendo toda su ternura, ignorada o reservada ante la vacuidad que les presume a los milaneses.

Magnífica novela, llena llenísima de vida.

martes 31 de marzo de 2009

Pin

¿Era el niño o la niña? Uff, no me acuerdo bien.

¿Un pin? Yo creía que era un clavito, una chincheta, en fin, algo que poder pinchar. Siempre me hizo gracia la manera de tener agujetas de los ingleses. Para ellos son pins and needles, clavos y agujas, lo cual resulta incluso más gráfico que lo nuestro. A ellos les deben doler más.

Sí, hombre, aquellos microbios cabezones que dieron por perdidos en más de una casa, apareciendo años después tras desmontar los muebles del salón. Venían con todo: su casita, su cochecito, su escuela,... Y acababan extraviados sin remedio. Tan pequeños eran...

Hace tiempo que los pines pasaron a ser los números que introducimos en los móviles para ponerlos a funcionar. También las claves que tecleamos en un cajero cuando queremos sacar dinero. PIN (Número de Identificación Personal). Tenemos la cabeza llena de ellos: para el móvil, para la banca electrónica, para las tarjetas. Son tantos que es difícil retenerlos todos. Deberíamos sujetarlos al cráneo con alfileres, claro, como si llevásemos una sesión permanente de acupuntura que, aparte de darnos bienestar, nos ayudase a portar todos esos datos.

El caso es que... creo que era la niña. Sí, Pin debía ser ella porque Pon suena más bruto. De plástico, por supuesto, pero bien bruto.

lunes 30 de marzo de 2009

No hay quien se aclare

¿Alteraciones? ¿Quién se entretiene hoy en buscar esas asomos de piel que aparecían hace unos días por doquier? ¿Astenia? ¿Quién habló de ella? El atontamiento pasado trae el desconcierto presente, pasando por el descoloque forzoso causado por ese maldito cambio de hora, ladrón -esta vez sí- de nuestro tiempo.

¿Calor? Ayer me sobraba y hoy me falta. Kiko Veneno diría que hoy lo echa de menos, mientras que antes lo echaba de más. Escribo con las manos heladas. No sé si tanto como los pies, o la nariz.

Los ingleses recurren mucho a estas conversaciones sobre el tiempo. Allí es tan cambiante que es comprensible que les sirva de comodín tan a menudo. ¿Nos estaremos britanizando? Y si a nosotros el clima se nos va a ir pareciendo al suyo, ¿a cuál se les va a parecer el que ahora tienen ellos?

jueves 26 de marzo de 2009

De alteraciones

La primavera las provoca. Nuestras hormonas la esperan para revolucionarse. Los niños aguardan la llegada de sus primos para salir y desmandarse, lo mismo que nuestros adentros, puestos a bullir cuando el sol hace de las suyas por fin.

Dejamos de dormir bien de noche y no podemos evitar el adormecimiento sobre la mesa de trabajo. Nos aliviamos del peso de ropas sobrantes -nos pican si no, como erupciones alérgicas-, mostrando así alguna porción de carne cuyo aspecto habíamos olvidado bajo telas de abrigo.

Quien moquea, restriega sus ojos y traga para aliviarse la garganta sabe ya de alteraciones. Su ánimo también las sufre, rebelándose contra el malestar y la repetición. Es lo que toca, año tras año.

En otros momentos el decaimiento, la apatía y la falta de fuerzas podrían traducirse de otra forma. Estos días los llamamos astenia, otra de las alteraciones que deseamos perder de vista.

lunes 23 de marzo de 2009

La ceremonia

Dos gaitas llenan con sus voces el aire. Alboroto de entrada y besos estallando en las mejillas de muchos reencontrados. Telas frotándose unas con otras en roces mezclados con algún chasquido de articulaciones. Crujidos de madera bajo los pies. Toses y carrasperas multiplicadas contra paredes y bóvedas. Murmullos entre los que se esconden conversaciones privadas. Banales, seguro. Un niño ahoga un grito a la oportuna señal de "ya" de su madre. Otro, en cambio, no tiene quien lo controle. Golpeteos algo lejanos, seguramente procedentes del exterior. Algún motor que también llega de fuera.

De fondo alguien lee, otros oran y dos personas se buscan las manos, desnudas de anillos aún. Las gaitas vuelven a sonar. Nos llenan el aire y el alma. No logramos oír cómo nuestro vello se eriza.

Bajo el sol esperamos a que los protagonistas salgan a cegarse también. El estallido de una traca nos ensordece y lo engulle todo.

sábado 7 de marzo de 2009

A la expectativa

Esperamos que llegue y que las cosas acaben en su sitio, en el que deben estar, el que queremos que ocupen. Cuando se espera con ese anhelo es difícil apartar del pensamiento la idea de que algo podría fallar, o torcerse, o salir mal. Muchas veces no todo depende de uno mismo. Más de las que nos gustaría. En los asuntos de uno intervienen factores y agentes que no se pueden manejar del todo. Es eso que se nos escapa o podría escaparse lo que nos mantiene en ascuas.

Hace unos días oí a alguien decir que en los campamentos del Sáhara, donde tantos seres humanos no le ven el fin a su tragedia, el tiempo no pasa. Allí puedes quitarte el reloj y adueñarte de cada minuto. A veces -casi siempre- nos gustaría ser los amos del tiempo y poder decidir qué horas deben ser cortas y cuáles podrían durar agusto una eternidad.

En las largas esperas es ese epíteto el que define cada segundo que pasa. Aguardar, acechar, y no llegar a ver que el momento se acerca. Postergar, prorrogar, diferir, todas ellas haciendo daño, acrecentando nuestra sensación de que nada está al alcance aún.

Pero acaba llegando. Lo que se esperó con desvelo termina siendo parte de la realidad. Entonces es cuando aparecen en ella otras metas y el tiempo vuelve a pasar lentamente. Inexorablemente lento.

jueves 5 de marzo de 2009

La niña de la foto

Esa noche se acurrucó junto a ella más que nunca. Quería fundirse con su calor.

Sobre el mueble del salón, ella había puesto hacía tiempo una fotografía en un marco plateado. Era de cuando era pequeña, uno de esos retratos que les hacían a los niños en el colegio. En ella estaba, como dirían las tías cuando ven a los sobrinos, para comérsela. El pelo, peinado hasta el punto que la rebeldía permitía. El gesto, entre curioso y desenfadado, lleno de esa inocencia y conformidad que despiertan ternuras. La foto, en poco más de un año, había paseado por varias de las baldas del mueble. A ella le gustaba reorganizar las cosas y, de cuando en cuando, poner a la niña a mirar desde un lugar diferente, otra altura distinta.

Se le hizo tarde. Había llegado a la cama cuando ella dormía profundamente. Se metió procurando no hacer ningún movimiento brusco que pudiese despertarla. Tiró del edredón hacia sí y, tras detener el refrote de su cuerpo con las telas y de éstas unas con las otras, se detuvo a escuchar. Buscó oírla respirar en el reciente silencio. Era un vaivén de aire susurrante que acariciaba la almohada y le llenaba de paz.

Él, sereno ya, a punto de quedarse dormido, se volvió hacia ella y la rozó sin querer. Desvelada a medias, se movió respirando más sonoramente, gruñendo una retahíla imposible de entender. Levantó uno de sus brazos y lo dejó caer sobre la ropa con golpe travieso y una sonrisa invisible en la oscuridad. La niña de la foto volvía a paladear su sueño y a él le daban ganas de comérsela.

lunes 23 de febrero de 2009

And the Oscar goes to...

Hace años -muchos ya- un grupo de amigos y yo buscábamos algo para regalar a otro. El presupuesto era muy limitado, tanto como las pagas semanales que cada uno de nosotros recibía en casa. Éramos adolescentes, estudiantes del desaparecido BUP y, como la mayoría a esas edades, perdidos entre las dudas sobre qué hacer con nuestros respectivos futuros.

Llegaría la noche y nos veríamos en La Chopera, el lugar ideal para celebrar los cumpleaños. Allí uno podía permitirse invitar a unas raciones y unos cuantos litros de las bebidas habituales, siempre a buen precio. Además, si decidíamos llevar una tarta para compartir al final de la sesión, los dueños nos dejaban un cuchillo y platos para todos. Era un bar siempre animado y cada noche podía oírse algún "cumpleaños feliz", mal entonado pero entusiasta, mezclado con los golpes secos del futbolín.

No recuerdo qué acabamos comprando para el cumpleañero. Como el dinero no llegaba para "algo bueno", solíamos cargar con cuatro baratijas que nos parecían simpáticas. Una de ellas acabó siendo un Oscar de plástico, de los que exhiben juntas doradas con alguna rebaba que va de arriba abajo, evidenciando su acabado mediocre. Supongo que hoy siguen vendiéndolas por ahí. "A la mejor madre", "Al mejor abuelo", "Al mejor amigo".

Entonces en Hollywood la fórmula verbal para entregarlos era "and the winner is...", que acabó siendo sustituida por otra más políticamente correcta, "and the Oscar goes to...", tratando de eliminar el matiz más competitivo de la expresión. En nuestra particular entrega debimos hacer el paripé y tal vez nuestro amigo también actuó al recibirlo.

Quizás ese Oscar acabó cogiendo polvo sobre una estantería y nadie nunca más lo sostuvo mientras improvisaba un emocionado agradecimiento. Anoche Kate Winslet dijo que a los ocho años ya fantaseaba ante el espejo del cuarto de baño, recogiendo un bote de champú, supongo que también de plástico, que algún día podría convertirse en el trofeo que ya ha recibido por fin.

Quizás ese Oscar de plástico fue el juguete con el que nuestro amigo, mirándose a un espejo, dejó correr su fantasía más de una vez, soñando con que en la vida acabase ocurriéndole "algo bueno". Tal vez fue su particular bote de champú.

viernes 20 de febrero de 2009

Cotorras y cínicas

El caso es que se las veía venir. Dos señoras emperifolladas que se adentran en el patio de butacas de la sala y, aunque van diciéndose la una a la otra "elije tú, que a mí me da igual la once que la doce", acaban sentándose justo detrás de nosotros, que estamos en la fila diez.

No me gusta el ruido. Y menos en el cine. Reconozco que me molesta mucho que alguien rasque con las uñas ese aparatoso cartón lleno de palomitas. También que las mastique sacándoles toda su sonoridad -el recital de crujidos puede ser asombroso-. El chocar de hielos dentro de ese gigantesco vaso de refresco también me pone de los nervios. Pero lo peor son los charlatanes.

El otro día la experiencia en The reader no pudo ser completa. O, visto de otra manera, fue de lo más completa. Cuando un par de especímenes como las señoras que he mencionado no es capaz de callarse durante los tráilers y promociones, ¡uff!, la cosa promete ser movidita. Y lo fue. No decepcionaron: todas las idioteces, sandeces y obviedades que pudieron pasársele por la cabeza al escaso público de la sala, ellas dos tuvieron que verbalizarlas. Una tras otra. Nos dolía el cuello de girarnos continuamente para pedir silencio.

Al final, con el corazón todavía encogido, no pudimos reprimir nuestra bronca a las dos pavas, quienes lejos de pedir disculpas y agachar las orejas, tiraron de cinismo: "Si nos lo hubiérais dicho nos habríamos callado". Y, para colmo, una de ellas acabó diciendo que había muchas butacas libres, que si tanto molestaban podíamos habernos sentado en otro sitio.

¿No es para empezar a retorcer cuellos sin parar?

jueves 19 de febrero de 2009

The reader

La imaginé dotada de un físico más teutón, algo más grave. Sobre el papel me pareció algo más voluptuosa, aunque de carácter seco, displicente de entrada. Hanna Schmitz era otra cosa: no era Kate Winslet.

Ahora no puede ser otra. Ha dejado de ser una mujerona como la que habitó en mi cabeza y ha comenzado a ser la creación de Kate Winslet. El adjetivo es SOBERBIA. Su interpretación de este personaje no se puede definir de otra forma.

La Winslet ha logrado dar a esta pobre mujer infinidad de matices, consiguiendo "leer" entre líneas, extraer del texto de Schlink (y del guión de David Hare, en el que trabajaron también los desaparecidos hace justo un año Sidney Pollack y Anthony Minghella) los detalles que le prestan una humanidad que trasciende. Su Hanna es la que se merecía esta historia, un ser víctima-verdugo que conmueve, que lleva a la empatía, a la incomprensión y a la triste compasión.

De la película, me quedo con ella y con muchas otras cosas. Me gusta que se le haya dado otra estructura muy distinta a la de la novela, cuya fragmentación habría pesado mucho sobre una historia que salta continuamente en el tiempo. Por lo demás, creo que todo está en ella perfectamente encajado. Es una magnífica adaptación del libro, trasladando a la pantalla casi todos sus ángulos con transportador.

Sólo chirría un poco ver y oír en plena Alemania de posguerra algunas palabras escritas y dichas en inglés. Todos los libros que el protagonista va leyéndole a Hanna aparecen editados en inglés. Incluso el "chico", como ella le llama, tiene un nombre tan sajón como Michael Berg, pero en la película nadie lo pronuncia en alemán, sino en inglés. Tengamos en cuenta que es una producción de Alemania y Estados Unidos. Pero me temo que la parte germana de esta co-producción no ha sabido cuidar ese detalle, cedido más bien a la comercialidad del idioma en el que se ha rodado, el de la parte estadounidense.

Excelente.

martes 17 de febrero de 2009

Ampliando el vocabulario

Acabo de recibir esta aportación, esta inyección de léxico, una genialidad más de Les Luthiers. Ahí va:

INESTABLE: Mesa norteamericana de Inés.
ENVERGADURA: Lugar de la anatomía humana en dónde se colocan los condones.
ONDEANDO: Onde estoy.
CAMARÓN: Aparato enorme que saca fotos.
DECIMAL: Pronunciar equivocadamente.
BECERRO: Que ve u observa una loma o colina.
BERMUDAS: Observar a las que no hablan.
TELEPATÍA: Aparato de TV para la hermana demi mamá.
TELÓN: Tela de 50 metros... o más.
ANÓMALO: Hemorroides.
BERRO: Bastor Alebán.
BARBARISMO: Colección exagerada de muñecas Barbie.
POLINESIA: Mujer Policía que no se entera de nada.
CHINCHILLA: Auchenchia de un lugar para chentarche.
DIADEMAS: Veintinueve de febrero.
DILEMAS: Háblale más.
MANIFIESTA: Juerga de cacahuetes.
MEOLLO: Me escucho.

TOTOPO: Mamamífero ciciciego dede pepelo nenegro que cocome frifrijoles.
ATIBORRARTE: Desaparecerte.
CACAREO: Excremento del preso.
CACHIVACHE: Pequeño hoyo en el pavimento que está a punto de convertirse en vache.
ELECCIÓN: Lo que expelimenta un oliental al vel una película polno.
ENDOSCOPIO: Me preparo para todos los exámenes excepto para dos.
NITRATO: Ni lo intento.
NUEVAMENTE: Cerebro sin usar.
TALENTO: No ta rápido.
ESGUINCE: Uno más gatorce.
ESMALTE: Ni lune ni miélcole.
SORPRENDIDA: Monja en llamas.


Gracias, Marisol, por compartir estas cosillas que, como poco, nos hacen sonreír. Ay... qué gusto da esto de copiar-pegar...

viernes 13 de febrero de 2009

Torres de papel

Uno deja sobre la mesa un papel, un programa de mano o alguna revista de las decentes. Si cerca de donde uno suele ponerse a trabajar hay espacio, ése va a ser su asiento perfecto. Tendremos el germen, la base que verá crecer la torre. Será el momento más crítico. También el más dichoso. Un edificio acaba de nacer.

Un libro de texto de un curso de alemán que me costaría mucho repasar, varias revistas de suplemento dominical, una funda de plástico llena de documentos, documentación encuadernada con canutillo y acetatos, un folleto de decoración, una carta insustancial del banco, libros de tapa dura y blanda, una agenda del año anterior que no usé, muy buena, por cierto. Y otro sinfin de cosas que me es difícil detallar, por inaccesibles.

Uno puede vivir rodeado de estas torres, como en su Manhattan personal, habiéndolas dispuesto en ordenación urbana pensada, para pasearse agusto por la casa. Y disfrazarse de Godzilla, bramando sin parar mientras intenta encontrar algo entre esa arquitectura del desorden.

Y tratar de extraer cualquier elemento de los que forman las columnas, cuidando que sus cimientos no se meneen. Todo un ejercicio de habilidad. Uno no acaba sabiendo si antes fue su rascacielos de papeles, o el mítico Jenga, que para el caso es lo mismo. Extraer para depositar nuevamente en lo más alto, en la azotea.

Al igual que en Malasia o en China, uno puede competir consigo mismo para ir construyendo la torre más alta. El riesgo de desplome existe, sí, pero el desafío se disfruta. Más y más estratos, unos sobre otros, hasta lograr que la altura del engendro supere la de los demás.

Megatorres.

martes 10 de febrero de 2009

El arte de mugir

Llevan recorriendo las ciudades durante años. Una noche cualquiera toman un casco urbano y se van aposentando allí donde más les place. Donde más les pace. Porque acaban quedándose a pacer sobre las aceras y en el asfalto.

Hace un par de años descubriendo Lisboa también las descubrimos a ellas. Volvíamos de la Praça do Comércio y, llegando a la altura del Ayuntamiento, las vimos aparecer. Una caravana de tráilers entraba formando una comitiva magnífica. La prensa portuguesa aguardaba pertrechada de cámaras y micrófonos. ¿Qué imágenes grabarían? ¿Qué sonidos captarían? Al momento lo supimos. Los grandísimos remolques se habían detenido y un ejército de operarios se encargaba de remangar las lonas que ocultaban la carga. Allí estaban.

No saltaron a embestirnos. Tampoco nos ofrecieron sus ubres para ser ordeñadas y liberadas de tanto peso. No. Permanecieron allí arriba, como en un escaparate, viéndonos admirarlas. Cada una se había vestido de una forma, con sus propios motivos y colores. Todas parecían orgullosas de presentarse de semejante guisa. Estaban contentas: iban a ser recibidas por el alcalde en acto oficial.

Aquella misma noche, paseando por el Chiado, asistimos a la plantá. Algunas de las vacas que descubríamos horas antes a la cálida luz de la tarde estaban siendo dispuestas a lo largo y ancho de la ciudad de las siete colinas. Era todo un acontecimiento. A partir de aquel momento, durante el resto de los días que continuamos allí, íbamos topándonos con ellas. Se convirtieron en un personaje más de nuestra escapada lisboeta.

Ahora la manada está en Madrid. No son las mismas y hace mucho frío. A las pobres les ha nevado y algunas han sufrido algún que otro ataque vacunófobo.

Aun así van a quedarse. Hasta que haga buen tiempo.

domingo 8 de febrero de 2009

El lector

Me preguntaba qué tal estaría, pero su título, Der Vorleser, así como mi pobre alemán me echaban atrás. Y ahí seguía, descansando sobre la estantería.

Meses después, buscando un libro, di con uno de un tal Bernhard Schlink que prometía bastante. Y así fue. Me lo bebí, literal y literariamente. Me gustó su redacción ágil, su estructura, su diseño de personajes y su tono. Llevaba tiempo sin leer nada relacionado con la Alemania nazi y sus coletazos, y me sorprendió cómo la novela se internaba de repente en ese terreno, tan negro como inesperado. En una historia de amor como esta uno recibe un golpe directo al estómago al planteársele un caso así, en el que la justicia y la revisión de la culpa reclaman reflexión obligatoria.

Después leí El regreso, también de Schlink y, aunque no me pareció redonda, me alegró ver que un juez -que el autor lo es- no deja de plantearse una y otra vez todo tipo de preguntas sobre el sentido de la justicia e interpretarla con constancia.

Ahora estoy pendiente del estreno de El lector, la adaptación al cine de esa novela que no me atrevía a abrir en alemán y que, sin saberlo en un principio, acabé leyendo traducida. La dirige Stephen Daldry, magnífico en trabajos como Billy Elliot o Las horas. Tengo muchas ganas de ver qué ha hecho y estoy encantado de saber que las buenas historias se tienen en cuenta y siempre hay alguien con el talento suficiente para transportarlas con una cámara.

Pues eso: que se estrene ya.

sábado 31 de enero de 2009

Crónicas Oxonianas VII

Dentro de un rato saldre de esta computer room y me ire a casa. Hoy pienso darme un jarton de tele. Creo que no hay peligro de lluvia y el cielo del city centre tiene un magnifico aspecto. Este es uno de esos "deja vu" que, de vez en cuando, me traen a ese punto a medio camino entre el cerebro y la lengua un "ya estamos de nuevo con el dichoso estoyalohevivido” (de pequeno esa sensacion era excitante -...y por que?, ...y por que?, ...y por que?-, pero ahora es algo asi como que hay otras madejas que me interesa desentranar antes que esa-). Ese celeste lo he visto en el Springfield de "Los Simpsons". Que grandes que son, despues de diez anos on. Un dia de estos vere un especial que el viernes pasado emitio la BBC2.

Aparte de esos, tengo otros idolos mediaticos. Uno autoctono: se llama Carol Vorderman y esta como el cheese on toast. Bueno, digamos que me debe sacar quince o veinte a-os y que deberia buscarme una buena guia de casos freudianos para explicar semejante atraccion. Me cae bien. Aparece los lunes en la Carlton ITV presentando sus "Better Homes" y hace feliz a la gente convirtiendo las habitaciones mas cutres y lamentables de sus casas en autenticas fotos de catalogo. "Oh, it's marvellous, absolutely gorgeous!!!!" es la expresion que habitualmente les sale cuando vuelven a su hogar. Estoy seguro de que muchos de ellos han empezado a hacer la vida en el cuarto de bano tras el gran cambiazo.

Aparte de la Vorderman, tambien soy acusado de ligero fanatismo hacia Julia Roberts -no lo niego, aunque yo siempre he sido pro Pfeiffer y hay cosas que nunca cambian- y Rebecca, una buena amiga de Birmingham, apunta a sus "hairy armpits". Me temo que las chinchillas en estado salvaje gustan de vivir en otros lugares.


Esto esta tomando un color no previsto. Vamos a ir dejandolo.

jueves 29 de enero de 2009

Cronicas Oxonianas VI

Eso no es todo. Hace unos dias el amigo me sorprendio con su nueva adquisicion. Ya lo ha hecho en otras ocasiones (un saco de boxeo, una nueva chimenea de las de pega, unos cuadros tacky tacky...), pero esta es digna de un aparte. Se trata de un pez que canta exitos tales como "Don't worry, be happy" y "Take me to the river, drop me in the water". Puedo disfrutar de semejantes megahits cada vez que entro o salgo de casa, porque una celula fotoelectrica me detecta y hace que el bicho haga su performance. Es una especie de trucha que coletea y mueve la boca. Su aspecto se acerca bastante a la realidad. Por fin se le han gastado las pilas.

Nuestra chati, Difina, volvio a la carga. Aparte de mi barra de cacao madeinSpain (con la que debio combatir el sol salvaje de Gran Canaria hace unas pocas semanas,... bless her), he podido comprobar que a estos ingleses tambien les va el aceite de oliva. A ella le mola cantidad. Ultimamente me divierto mucho tratando de encontrar evidencias que me confirmen que Difina sigue siendo mi fridge picker favorita.Lastima que Colin, mi housemate de los ultimos dos meses, se haya mudado a otra casa. Nos lo pasabamos muy bien con estas y otras aventuras. Le vere un dia de estos en las carreras de galgos. Trabaja en el Oxford Stadium, preparando las pistas para que corran los perros. No ha podido disfrutar de mis mejores tortillas de patata. Es alergico a la cebolla.

lunes 26 de enero de 2009

Crónicas Oxonianas V

Vaya!, he vuelto a ver a la bibliotecaria descalza. Eso me recuerda que WHSmith ha cambiado su estilo y su centro de Cornmarket Street nunca recobrara su encanto: han quitado esa moqueta que lo hacia unico y han puesto tarima. Menos mal que todavia me quedan paraisos como Waterstone’s o Blackwell’s, donde uno siente que es recibido con la alfombra que se tiende al paso de los elegidos.

Parece ser que mi landlord ha decidido que el mismo tipo de moqueta que puso en el salon va a quedar bien en el bano. No es que no me guste. Es, simplemente, que se le debio olvidar podarla con la segadora, o a machetazos o similar, y es bastante dificil abrir y cerrar la puerta properly. Aquel pobre hombre que, encarcelado, sobrevivio a base de Tranchetes, en mi domicilio de Spencer Crescent lo tendria un poco mas complicado.


Si Neizan, al fin, decide llevar a cabo la operacion, le pedire que se asegure de darle un recorte. No seria muy agradable quedarse encerrado en el aseo leyendo su coleccion de periodicos atrasados para matar el rato.

viernes 23 de enero de 2009

Crónicas Oxonianas IV

6 de julio de 2000

Ya soy convicto y, teniendo en cuenta que mi delito es internacional, debo figurar en las listas de los mas buscados por la INTERPOL. Acabo de robarle el ordenata a una japonesa. Bueno, lo cierto es que yo lo tenia reservado y la amiguita no estaba al tanto, asi que, despues de pedirle amablemente que me cediese el puesto, hemos llegado a un acuerdo: yo ahora estoy "enredado" y la nipona, lo que es la vida, tendra que esperar a que otro de estos cacharros quede libre.

En el fondo soy buen chico y la falta queda aminorada por un acto de buena fe. Dare una explicacion: el domingo pasado pude haber desencadenado un efecto domino bastante curioso, pero todo quedo en la intencion. No tuve balls. En la noble ciudad de Oxford de vez en cuando se produce una oleada de robos de bicicletas. No suele durar mas de un par de dias y todo empieza cuando alguien decide "tomar prestada" una de las miles que hay por las calles. El sujeto que, amablemente, ha "cedido" la suya llega al lugar en cuestion y se encuentra con el gap. Ese es el punto clave del proceso. Dura unos segundos. Cuando el resultado es positivo, significa que la inercia le va a llevar a quedarse con la bici que tenga mas a mano. No hay vuelta de hoja. Las cosas se calman cuando uno a mi imagen y semejanza llega a la conclusion de que no merece la pena seguir con el jueguecito.


Lo mio solo fue la rueda delantera. Con ella debieron completar otra bici de la que solo quedaba esa misma rueda, atada a unos metros de la mia. En fin, que para devolver el aspecto habitual -y la utilidad- a esa especie de freak en el que mi maquina quedo, he tenido que gastarme unas cuantas pounds. Never mind.

Fucking bastards!!!!!!!!!

martes 20 de enero de 2009

Crónicas Oxonianas III

Neizan (o esa suerte de electricista que trata de ganarse una reputacion como disc jockey -chundachunda del malo y a un volumen poco agradable cuando son las seis de la manana-) en el fondo es un buenazo del que todos se aprovechan. Ahora tenemos un acople llamado Davina (pronunciese Difina) que es como otro mas en la familia. Es la nueva chati del landlord. En un principio pense que seria algo de un par de dias. Despues pude comprobar que no les va del todo mal y que ella se esta "acomodando perfectamente". Difina lleva ya un mes con nosotros.
Los primeros dias solo me sonreia. Tras una semana de convivencia, incluso me empezaba a saludar. No ha pasado de ahi. Trate de comprender que se debia a la timidez frente a lo desconocido,o al choque de culturas. Tras comprobar que es silenciosa incluso para pedir permiso (se come MI mantequilla -dejando increibles socavones en el contenido de la tarrina- y se hace el te con MI leche!), he llegado a la conclusion de que las dos unicas culturas que chocan son la de uno que paga el alquiler y respeta a sus convecinos, y la de una que cualquier dia de estos se lleva un rapapolvo en castellano viejo.
La meteremos en el saco de los parasitos.

Hoy he aprendido, gracias a Mr. Moss (el big boss), que una de las canciones mas bellas y tristes del cancionero anglosajon lleva por titulo "Oh, Danny boy". Me ha cogido por banda mientras me comia un bocata de jamon (del gueno gueno, con G de guelcome) y me ha dicho que no es posible que alguien con ese nombre no conozca tan linda tonada. No he podido seguir el ritmo con mis mandibulas, aunque le he dado las gracias por el apunte cultural y le he dicho "I'll never forget it".


Desde luego, lo que sera inolvidable sera la vision diaria de mi nombre escrito de la misma forma en las tablas de turnos de las tiendas. Siempre que puedo, aprovecho para escribirlo como sigue...
...Dani.

domingo 18 de enero de 2009

Crónicas Oxonianas II

La moqueta. La moqueta es, sin duda, mi obsesion. Me pregunto que pasara el dia que, de vuelta a casa, haya dejado de pisar estos mullidos suelos. Seguro que echare de menos esta incertidumbre que en todo momento me plantea las siguientes preguntas: que especies animales y vegetales viven bajo mis pies?; que condiciones necesitan para reproducirse?; en ese caso sospecho que tales seres son silenciosos en tales menesteres o... ah, claro! por esporas!; me atrevere algun dia a echar un vistazo?; los de Marks & Spencer estaran mejor alimentados que los de WHSmith?

Habra que recurrir a las altas instancias. Es posible que "El Gran Hermano" tenga las respuestas. Si hay alguien que todavia no me ha hablado de semejante acontecimiento, por favor, que lo haga ahora o calle para siempre, a riesgo de quedar excluido del grupo de elegidos por la mirada del ojo que todo lo ve.
Mi gran hermana me tiene al corriente de lo que sucede en esa casa que esta convirtiendo mi pais en un nido de voyeurs (cada vez que paso por la puerta de una agencia de viajes hay un Big Brother que me incita a abrirla para reservar un billete hacia el paraiso de los curiosos). Resistiremos.

Y yo me pregunto que, quizas, el lugar mas digno de ser espiado por todas esas camaras es el 71, Spencer Crescent. Magnifico espacio para el estudio de sus gentes. No me refiero a un servidor, que ocupa la "box room" de la casa y trata de hacerse un hueco mas o menos idoneo para llevar una vida digna, sino a Nathan (lease Neizan) y personas anejas. Estoy deseando que se marchen una semanita a Gran Canaria (lo haran en unos dias) y se detenga el peregrinaje de lapas, remoras y demas vidas parasitas que se pasan todos los dias por "mi" casa. Desde que Neizan no tiene novia (acabaron realmente mal y ella, Claire, de un momento a otro se pasara a recuperar lo que es suyo: la aspiradora) la paz es huidiza, sobre todo cuando se trata de levantarse pronto para trabajar el dia siguiente.

viernes 16 de enero de 2009

Crónicas Oxonianas I

Aviso a navegantes:

Copio y pego sin más. Ya sabéis que esos teclados de otras latitudes carecen de eñes, tildes y algún que otro signo de puntuación.

22 de abril de 2000

Awful day! I mean, estos zapatos que me he puesto hoy ya se podian haber quedado en la Ciudad Patrimonio. No se que cono les habre hecho. A lo mejor es el tiempo (el tiempo que hace que no los calzan estos pies que dia a dia patean tierras inglesas).

Prosigo rellenando este libro de reclamaciones.

Esta resacosa hang over, valga la redundancia, me esta durando mas de lo que pensaba. Claro, si es lo que yo digo. Que no se puede uno estar hasta las cuatro de la manana degustando buena parte de la cosecha de Rioja del 96, sabiendo que a tan solo cuatro horas time hay que estar en el shop floor de las Oxford Campus Stores sonriendo a un bloody grupo de franceses. !Que maldita la gracia que me hace soportar que los galos esten picados con los de estas islas y la paguen con este honrado (y, eso si, muy limpio) trabajador! Claro, que ni se imaginan que el que les atiende proviene de esas magnificas tierras que para ellos deben ser africanas... o, aun peor, de aquello que circunda Gibraltar (ese jodido penasco hueco que refuerza estrategicamente a los subditos de su graciosa majestad -ja,ja,ja- en el punto donde el reguero de aguas calentorras del Mediterraneo ensucia ese oceano que, !gracias a Dieu!, les aparta de estos que ahora me acogen.


Pues si, pues si, gracias a esos momentos de asueto (bienvenidos sean) arrastro durante tres dias esta falta de sueno. A ver si hoy me acuesto antes y evito el tentador "Who wants to be a millionaire?" (el presentador de aqui es mejor que el Sobera, y aqui los 50 millones de la racana version espanola son peanuts: esta gente puede enmoquetar doscientas casas con los 277 millones de pesetas -pound arriba, pound abajo- que aqui estan en juego. !Vamos, que incluso podrian poblar la moqueta con la fauna variada que por aqui se estila! (la de los cuartos de bano es siempre un poquito mas cara, por aquello de que hay que aclimatarse).

jueves 15 de enero de 2009

Textos rescatados

¡Por fin! Por fin he encontrado unos textos que andaban perdidos entre unos cuantos miles de bytes y que hace unas semanas me empeñé en recuperar. Me ha costado. Mucho. Sabía que no estaban perdidos, pero en estos últimos nueve años he pasado por tres ordenadores diferentes y los archivos digitales a veces son traicioneros.

Tras ver en televisión un Oxford parecido al que conocí en el 2000, necesitaba releer algo de lo que escribí entonces. De lo que escribí estando allí. Con los años muchas cosas se desdibujan y la memoria va transformando los recuerdos. Por eso, a veces, sólo si no resulta doloroso, es bueno retrotraerse -palabra enjundiosa, como ésta- y verse reflejado en las palabras que uno fue dejando por acá y por allá. Nunca hay que ponerse "cebolletas", que eso resulta muy coñazo, pero sí merece la pena investigarse uno mismo. ¿Quién sabe?, puede que uno rescate algo de cómo fue hace años y que le venga bien aplicárselo en la actualidad.

Me ha resultado curioso leer algo de aquéllo, ver parte de lo que yo era por entonces -en esencia, seguimos siendo los mismos, pero ciertas cosas van cambiando-. Son textos que redacté en Oxford, en el ordenador del college en el que estaba matriculado y los dejé guardados en mi cuenta de correo. Cuando volví a España los pasé a archivos de Word y quedaron en el disco duro de mi primer PC, que cuatro años después cascó. Afortunadamente, había hecho alguna copia, pero no sabía dónde la tenía. No se encontraba en C:\ del siguiente ordenador que tuve. Tampoco en un CD en el que guardo un pequeño backup de las cosas más valiosas que tenía en el difunto clónico. En fin, todo un descontrol.

Finalmente, dos cajas de disquetes -sí, oh, loado sea el Señor: de los floppies de 1,44 Mb- guardaban el misterio. Ha sido cuestión de escudriñar uno por uno -y son varias decenas-, hasta dar con los archivos, ¡que no estaban nombrados como yo recordaba!

En fin, ya tengo material para dar la brasa durante unos días. Algunos ya lo leísteis en su momento, aunque, digo yo que si a mí se me había medio olvidado, a vosotros os va a parecer casi nuevo.

miércoles 14 de enero de 2009

Recuperando a Kubrick

Hace unos diez años algunos fuimos al cine a ver aquella obra póstuma del gran Stanley Kubrick: Eyes Wide Shut. Sabíamos que había fallecido sin dejarla terminada y que sus ayudantes hicieron el montaje final como creían que él lo habría querido. Había dejado todo el material rodado, incluso parte del montaje terminado, así que la mayoría quisimos creer que la película era suya casi al cien por cien.

Dado el perfeccionismo extremo del director, quien ya había vuelto a convocar a Tom Cruise y Nicole Kidman para rodar nuevamente algunos planos que no le convencían, muchos salimos del cine pensando que, de haber visto la película acabada, no la habría estrenado como finalmente se exhibió. Eso nunca se sabrá.

Ahora se ha recuperado buena parte del material que Kubrick había reunido durante la preproducción de su proyecto Aryan papers, una película que iba a contar la historia de una mujer polaca judía que se hace pasar por católica para librarse de la persecución nazi en Varsovia. En este caso no hay ningún plano rodado, aunque sí multitud de documentación, archivos y pruebas de todo tipo. Con ello se hará un corto documental que tratará de indagar en las entrañas de una película que no llegó a ser tal. Podremos imaginar lo que pudo haber sido y no fue, asistir a cómo el director planteaba su proceso de creación, intuir algunos de los porqués de sus elecciones y sus decisiones.

Cuando veamos este montaje recuperaremos esa sensación que ya tuvimos viendo Eyes Wide Shut. ¿Cómo habría sido si él lo hubiera llevado a cabo? ¿Habría sido tan bueno como se esperaba? Son preguntas que siempre quedarán en el aire.

martes 13 de enero de 2009

Pobre muñeco de nieve

Se llama Rodolfo. Lo supe ayer. No sé si fue bautizado nada más nacer.

Es bastante alto: me llega a la cintura. Puede presumir de tener buena talla, comparado con sus semejantes, habitantes de rincones en plazoletas y parques. Es regordete y se conserva muy bien para su edad. Tras un par de días de sol aún no le ha dado por tenderse a tomarlo en el suelo. Cumple con los clásicos cánones, al menos en la nariz y los ojos: zanahoria la una y botones los otros. En lo demás tiende a la vanguardia, pues luce gorrilla moderna de un amarillo fuerte y una margarita del mismo color se sostiene sobre su oreja invisible.

Desde que nos conocemos ha ido cambiando por momentos. Inclinó su pose erguida para adoptar otra más complaciente y dulce, de las que invitan a los niños a dar abrazos y besos. Se deshizo de la escoba con la que apuntaba al cielo del que sabe que cayó. Bueno, creo que se la quitaron para darle un uso más productivo. Su base permanece sólida, aunque se desnudó en parte y ahora le falta la alfombra blanca que la rodeaba. Incluso, aunque no lo haya advertido aún, diría que se ha desplazado unos milímetros hacia la derecha, como si quisiera arrimarse a un lugar más seguro. (Luego le diré a su oído invisible que no vaya por ahí: a pocos centímetros está la rejilla de alcantarillado).

Pero los cambios que más me conmueven son los que observo en su rostro. Mantiene una sonrisa abierta, amplia, hecha con las briznas de unas hierbas del jardín. Labios verdes. Fría felicidad. La nariz sigue apuntando al frente. Dicen que esas napias rectas indican determinación y me gustaría que la mantuviera. También la confianza.

Son sus ojos los que me dicen otra cosa. Cada vez es mayor la hondura de sus cuencas, antes llenas y firmes; hoy algo tristes y ensombrecidas. En ellas siguen los botones, como depositados, sin hilo. Ojos negros de mirada descosida.

Hoy Rodolfo recibe unos copos más. Su cielo quiere llenarle los ojos.

lunes 12 de enero de 2009

Críticas y elogios

Es extraordinario. Jamás habíamos visto tanta nieve en Alcalá, al menos en los últimos treinta años. Era precioso ver los copos caer, a ratos con fuerza y determinación; otros con suavidad, dejándose mecer en su descenso. Lo cubrieron todo en cuestión de unas pocas horas, con un grosor de un palmo -de una mano grandota, de largos dedos, sí-.

Hace tres días ya y todavía quedan muchísimas zonas completamente cubiertas. En muchos sitios se puede aún caminar sobre nieve blanda, de ésa que cruje a medida que se prensa bajo las suelas de los zapatos. En otros lugares esa nieve se ha congelado y se han formado unas placas de hielo sobre las que resulta suicida caminar.

Es extraordinario. Por eso en esta ciudad no estamos preparados para retirar a tiempo parte de la nieve de las calles, la que después de helar noche y día se ha convertido en una pista de patinaje. Comprendo -en parte- que este Ayuntamiento se haya visto desbordado por el imprevisto y no haya sido capaz de hacer ni una porción del trabajo que ya debería estar acabado. Los vecinos estamos acostumbrados a pasar por alto tantas cosas... Lo que no es aceptable son las declaraciones del concejal de Medio Ambiente, quien asegura que está satisfecho por las tareas realizadas y manda callar a quienes se quejan porque es imposible caminar por la ciudad con garantías de volver ilesos a casa.

En este caso -como en tantos otros- sobran esos comentarios carentes de humildad, sobran el autobombo y la autoindulgencia, la falta de honestidad y, sobre todo, la cara dura. Señores, ya es hora de que algún día ustedes admitan que también hacen mal muchas cosas. Si hay críticas justificadas, como lo son éstas, ustedes deben agachar las orejas y ponerse a trabajar. Creo, creemos, que no es tan complicado y que su orgullo no sufre ningún menoscabo. Al contrario, todos estaremos más satisfechos y nuestra confianza en ustedes será mayor.

Críticas y alabanzas pueden ir unidas. Por eso aprovecho para felicitar a quienes corresponda por el espléndido trabajo acometido para abrir dos nuevas calles en el centro: los callejones del Horno Quemado y de las Santas Formas. En realidad no son nuevos, sino que se han recuperado, pues ya existieron en el trazado medieval de la ciudad. A éstos añado un tercero, el callejón del Pozo, delicioso con sus farolitas pegando a la tapia del Parador.

A pesar de los pesares, ha sido bonito pasear por Basilios -que parecía la mismísima Narnia- y por la explanada de San Lucas toda cubierta de nieve. Y hielo. A falta de crampones, un cuidado de mil demonios.

jueves 8 de enero de 2009

Despertador dormido

Resulta cacofónico: despertador dormido.

El sonido del despertador es siempre molesto, malsonante. Pero lo es aun más cuando no se produce. La cacofonía también aparece en el oído de quien esperaba oír su timbre y éste no llega a desatarse. Sabemos que es infalible, que su ruido infernal llega y nos sobresalta justo cuando queremos cada mañana. Sí, pero puede fallar. A veces nos falla.

"He tenido un mal despertar", todos lo hemos dicho alguna vez. Suele tener que ver con alguna circunstancia que nos ha hecho empezar el día de mal humor. Podemos prevenirnos y plantar nuestro pie derecho en el suelo antes que ninguna otra cosa, y ni siquiera eso nos libra de tener uno de esos días en los que mejor habría sido quedarse en la cama. Cuando el día empieza mal, empieza mal.

Quizás porque ha empezado tarde.

Tal vez cuando el despertador no suena es porque intenta evitarnos ese primer mal paso del día. Deberíamos agradecerle su buen gesto. Al fin y al cabo quiere que durmamos un poco más. Procura no cortar en seco ese sueño feliz que estamos teniendo. Sabe que no nos gusta su voz y, a veces, algún día, opta por enmudecer. Todo sea por nosotros.

Pero no estamos con él. Lo ponemos a trabajar y le confiamos nuestra puntualidad, que no es mérito nuestro sino suyo. Y claro, un buen día se queda sin pilas y la tragedia del mal despertar nos ennegrece la mañana sin remedio.

¿Y si las pilas no están agotadas? ¿Y si sólo ha sido un mal contacto?... Él se ha puesto a dormir para que nosotros durmamos también.

martes 30 de diciembre de 2008

Mis mejores deseos

Llevamos unos cuantos días dando y recibiendo mensajes cargados de bondades para 2009. Orales o textuales, da lo mismo. Es el momento de hacerlo, ahora que todos cerramos nuestra agenda y sustituimos el calendario por uno nuevo.

En unos casos esos cumplidos nacen espontáneamente, acompañados de emociones, sonrisas y abrazos. En otros casos no dejan de ser pura formalidad, un feliz año mecánico, carente de implicación sentimental. Es lo que tiene vivir en sociedad, entre convencionalismos que se nos escapan.

A lo largo de enero nos encontraremos a personas con quienes no habíamos cruzado felicitaciones todavía. A veces nos parecerá que el plazo de entrega de esos deseos ya terminó. Cada uno siente antes o después que la frontera temporal de los parabienes queda rebasada a partir de un día concreto. Yo creo que, una vez ha pasado un par de semanas tras el día de Año Nuevo, ya no es tiempo para ese tipo de cortesías. Daremos por hecho que el mensaje habría sido entregado o recibido de todas formas. Con unos tuvimos la oportunidad de cumplir... y con otros nos descuidamos tal vez. No le demos vueltas.

En definitiva, queremos lo mejor para los nuestros. Deseárselo puede resultar redundante, pues se presupone que reclamamos solo cosas buenas para ellos. Aun así, no dejemos de verbalizarlo. Conozco a quienes creen que lo que no se dice no existe.

Hagamos que todo lo bueno exista:

¡Para 2009, todo lo mejor!

domingo 28 de diciembre de 2008

Comer de la lumbre

Llega, además, la parte culinaria de un buen fuego. Lo mejor, aparte de calentarse y dejarse cautivar, es poderte preparar la comida.

Un puchero de alubias hechas a lentamente es un auténtico lujo. A mi madre le quedan exquisitas. Solo hay que procurar que las llamas tengan la fuerza justa y mimarlas a ratitos.

Las migas de mi padre también merecen mención especial. Las trae del pueblo rajadas ya. El pan aguanta mucho y así puedes disponer de unas pocas para hacerlas en cualquier momento. Una buena sartén, una paleta, agregar los ingredientes cuando corresponde y voltearlas hasta que estén listas. Ese es su secreto, aparte del fuego. Le salen muy bien.

La parrilla también es un fantástico aliado un día junto a la chimenea. Y la previsión también. Si no se ha pasado antes por la carnicería, difícilmente podrá hacerse nada sobre las ascuas. Nunca he probado con verduras. Supongo que también pueden quedar bien.

Hace pocos años la plancha también entró a la chimenea. Fue nuestro hallazgo más logrado. Basta con preparar una buena cama de rojo encendido, poner la plancha a calentar y hacer pasar por ella todo lo que a uno se le ocurra. Punto de aceite y pizca de sal. Queda todo delicioso.

Y a media tarde, cuando pica el gusanillo, siempre se puede tirar de una sartén para asar castañas. Una vez hechas, solemos echarlas sobre un papel de periódico para que se enfríen un poco. Lo justo para no quemarnos al comerlas.

¿Qué tal unas patatas? No hace falta pelarlas. Se envuelven con papel de aluminio y se entierran entre las ascuas. En cuestión de unos veinte minutos están listas. Abrirlas y ponerles la salsa que más nos guste.

Es lo que tiene.

sábado 27 de diciembre de 2008

Al amor del fuego

Uno de los grandes placeres cada invierno es sentarse ante la chimenea encendida. La lumbre tiene un nosequé de brujo llameante que engatusa al primer contacto.

Para echar fuego es imprescindible tener leña. Dicen que la leña calienta varias veces: al cortarla, al cargarla, cuando la metemos en casa y, finalmente, mientras arde. No les falta razón, su poder calorífico es así de amplio. Hace años el proceso había que realizarlo completo en la mayoría de los casos. Ahora, instalados en esta comodidad relativa, lo habitual es comprar la leña cortada (ya hecha). Yo casi todos los años entro en calor descargando, transportando y apilando todos esos troncos, bueno, digamos que la mitad, ayudando a colocarlos de forma que no ocupen mucho espacio y sea fácil disponer de ellos.

Esa pila irá mermando de un año para otro, dando siempre la oportunidad a más de un animalillo de anidar o cobijarse entre sus piezas leñosas. Y acabará por desaparecer tarde o temprano, habiendo acogido durante una temporada algo de vida.

En cuanto al fuego, cuesta creer que algo tan destructivo pueda resultar hermoso. Pero lo es. Un buen ceporro abrazado por las llamas dentro del hogar de la chimenea es algo prodigioso. Contemplarlo es un placer adictivo. La danza de las llamas nos deja hechizados y su calor nunca llega a ser demasiado. Podría estar horas y horas charlando, o leyendo, o ensimismado. Enmimismado. Sólo hay que atizar un poco al genio para que siga vivo y no se escape.

viernes 19 de diciembre de 2008

Vredaman

Hoy he terminado Vredaman, la novela de Unai Elorriaga (versión en castellano de Alfaguara, 2006). Ya fue reconocido y laureado por su novela Un tranvía en SP, como sus demás obras, escrita en euskera y traducida con posterioridad. De ésta recuerdo su tremenda fragmentación y aquel mosaico tan logrado en el que las piezas aparecían aisladas y a la vez íntimamente interrelacionadas. Asistíamos a los sueños y ensueños de su protagonista, subiendo los últimos peldaños de la vida como en una ascensión a alguna de las montañas más altas del planeta. Fue un juego creativo y experimental que leí con interés.

Vredaman conserva parte de los logros estilísticos y formales de aquella, pero va más allá. También en ella escuchamos diferentes voces, ecos de edades distintas. Nos reencontramos con los niños y las narraciones filtradas por el prisma del pensamiento infantil. Son historias tiernas, llenas de seres singulares en búsqueda permanente, mostrados por un niño que nos lleva de un lugar a otro. Nostalgia, inocencia, recuerdos. Niños que cazan insectos y experiencias nuevas, hombres con ilusiones que se plantean retos, mujeres que atesoran secretos; chavales que investigan sobre otros hombres y acaban valorando su enorme talla personal.

Oímos el latido de sus corazones, sentimos el calor de sus emociones, nos prende su emotividad creciente.

Tenía una duda con respecto al título. He descubierto en internet que Vredaman es una palabra inventada, que no aparece en el libro, y que el autor la sacó de la mezcla del nombre de uno de los personajes de la novela Mientras agonizo, de William Faulkner, un niño llamado Vardaman, y del nombre de un pintor holandés, Vredeman de Brie, que tuvo un hijo que nunca pintó un cuadro original, sino que lo único que hizo fue copiar los de su padre.

jueves 18 de diciembre de 2008

Los jueves al sol

En febrero busca la sombra el perro. En este diciembre no. Y en algunos febreros tampoco. Esta mañana era un placer exponerse al sol. Se llega a notar cómo sus brazos te alcanzan la cara y ésta se enciende.

Y por la noche, en el mismo instante en que uno se sienta en el sofá y se ensombrece un poco frente al televisor, ese calor parece devolverle algo de vida a la piel. Debemos tener un pequeño acumulador en algún lugar entre la epidermis y los tuétanos. Y despide calorías cuando no hay sol.

Anoche una noticia pulsó el botón del disipador de calor. Tuve que apartar la mantita bajo la que estaba sentado cuando Mara Torres anunciaba que, por ahora, esa posible jornada-muerte-en-vida de 65 horazas semanales quedaba en stand-by. Las manos y los pies se me caldearon al instante.

Pero el frío amenaza con ponerse a soplar sus aires escarchados. Esa jornada-hacedora-de-zombis no se descarta cualquier día del mañana. Se mantendrá agazapada sobre el yeso de los falsos techos de los centros de trabajo, acechando entre sus tornos de entrada, dentro de las ranuras para las tarjetas de fichaje, escondida dentro de las máquinas de café, con la respiración contenida.

Hoy jueves, que podría ser otro día cualquiera, bajo el sol previo a mi entrada al trabajo, no dejaba de sentir que ahora sí somos afortunados. Hace años muchos trabajadores no podían deshacerse de su mantita por las noches. No habían acumulado el calor que al sol le sobra. No tenían ni un triste rato para llenarse.

jueves 11 de diciembre de 2008

Un agujero negro en casa

-Ahí está. Es negro, como todo lo negro que hay a su alrededor. Es el sumidero cuyo poder de succión amenaza con tragársenos a todos. Una galaxia entera regida por el poder del Rey Negro. Estuvo ahí durante millones de años hasta que se apagó. Consumido, pasó a ser sombra, la sombra que necesita engullir infinitas masas solares para seguir existiendo.

Mathias no paraba de hablar en el tono novelesco y misterioso que solía utilizar cuando quería divertirse. La entonación de los documentales de ciencia siempre le había hecho gracia.

-Y lo tenemos en nuestra propia casa. La Vía Láctea tiene bicho. Un inquilino que nunca se marchará. Todo lo contrario: permanecerá ahí, en el centro, moviéndolo todo en torno suyo. Es el más seductor, el que todo lo atrae. Ahí pueden verle, con su ballet de jóvenes estrellas danzándole alrededor.

Sus compañeros le sonreían con miradas de resaca. La noche anterior se habían ido directos del Instituto Max Planck al bar más cercano. Querían celebrarlo. Algunos llevaban los dieciséis largos años en el mismo proyecto. Ya era hora, por fin resultados. Al día siguiente la noticia se publicaría en todo el mundo. De eso hablaban, y de otro montón de cosas, a medida que iban vaciando las jarras de cerveza sobre la mesa de siempre.

El astrónomo Reinhard Genzel se había pasado la tarde contrastándolo todo una y otra vez. Sin la certeza de haber acabado, pidió a su equipo que se fuesen marchando al bar, que él iría un poco después. Quiso quedarse solo, junto a su telescopio. Se frotó los ojos. Le escocían. Se acercó a las lentes, pero decidió no ponerse a mirar. Apagó las luces del centro y sintió un gran alivio. En aquellos momentos no estaba para preocuparse por la repercusión de su estudio. Ya saldrían todas las publicaciones. Sólo le importaba parar por fin. Unos instantes nada más.

Y no pensó en nada.

De camino a la cervecería pensó en su mujer.

-Oye, Reinhard, ¿tú crees que han merecido la pena tantos años para esto? Nadie lo verá jamás a simple vista,... a no ser que vayan al centro y miren por el VLT... y aun así, tampoco.

El astrónomo miró al profesor Stuck. Demasiadas cervezas de ventaja, pensó. Saludó a todos efusivamente, recibiendo abrazos alcohólicos y cariñosos alientos cerveceros. Ya habría tiempo de organizar la celebración que el éxito merecía. Se marchó a casa. Necesitaba ver a Hanna.

También a partir del artículo publicado ayer por Rosa M. Tristán en El Mundo.
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/12/09/ciencia/1228850495.html

miércoles 10 de diciembre de 2008

Un logro científico

Todos los días llegaba restregándose los ojos con las manos. Los tenía irritados, llorosos; incluso, iba por días, con marcas alrededor, como si hubiese llevado grandes gafas muy pegadas a la piel de la cara. No le apetecía ponerse a ver la tele. Tanta luminiscencia le hacía daño tras volver del trabajo. Tampoco leía. Demasiado esfuerzo visual. A veces tenía que entornar los párpados para soportar la luz incandescente de las bombillas de la casa.

Su mujer se paró frente a él y, después de darle un beso de bienvenida, volvió a mirarle nuevamente a los ojos. Más acuosos que nunca. Cabeceó.

-Reinhard, no puedes seguir así. ¿Tú te has visto? Llevas más de quince años en ese centro de observación. Cada día tienes la vista más cansada. Ya ni puedes mirarme con esos lagrimones que se te caen en cuanto entras y enciendes la luz. ¿Cuánto te ha aumentado la miopía? Ni siquiera lo sabes.

Se marchó al salón sin obtener respuesta de su marido. Se acomodó en el sofá con su cojín a la espalda y cambió de canal hasta dar con el programa que buscaba. A esa hora le encantaba ver Küstenwache, su serie policíaca preferida de la 2DF.

Reinhard apareció tras unos instantes, se sentó a su lado y, como todas las noches, con la cabeza gacha, evitó que el resplandor de la pantalla le deslumbrase. Siguió sin decir nada. Hanna permanecía atenta a las peripecias del capitán Ehlers, que en este capítulo olfateaba el rastro de unos ladrones de arte. Llegó el corte de publicidad y quitó el sonido del televisor. No soportaba el bombardeo acústico cuando ponían los anuncios.

Se había hecho el silencio en la casa de los Genzel.

Era un respiro habitual, en el que cada uno se centraba en sus propios pensamientos. Durante ese intervalo se pudo oír un leve gemido. Hanna lo advirtió muy de cerca; hubiera dicho que provenía de al lado. Se volvió hacia su marido y éste, sin poder reprimirse más, se puso a llorar abiertamente. A ella el corazón se le encogió.

-Lo siento. Siento haberte dicho todo eso. Sé que, aunque me duela verte así, no tengo derecho a pedirte que lo dejes. Llevas tanto tiempo en ello... Perdona.

Entonces él se repuso por momentos. Negaba con la cabeza, como queriendo decirle que no debía disculparse, mirándola mientras trataba de calmar su llanto. Le lanzó una sonrisa. ¿Sonreía? Era como una explosión inesperada de alegría, sobresaliendo de entre la rojez habitual de los ojos de Reinhard. Ella se quedó parada. No sabía cómo reaccionar ante aquel inexplicable y repentino paso del sollozo a la felicidad. Esperó.

-Cariño, lo hemos conseguido. ¡Por fin tenemos resultados!
-Entonces, lo de hoy... hoy tus lágrimas...

Se echó a sus brazos. Esa noche, durante aquel corte de publicidad, los dos lloraron de verdad. De alegría.

A partir de un artículo publicado por Rosa M. Tristán hoy en El Mundo.

martes 9 de diciembre de 2008

¡Menuda contada!

El domingo fuimos a ver mi amiga Pilar Casas a la sala Plot Point de la calle Ercilla, en Madrid. Presentaba por primera vez Sexo, mentiras y otras historias, un conjunto de cuentos que, sin duda, va a seguir contando muchas veces más.

Fue una velada deliciosa, llena de pasajes hermosos, escritos con una magnífica intuición literaria, y contados con su espíritu lleno y esa voz que tanto me gustaba escuchar cuando trabajábamos en la radio.

Pilar ha logrado reunir una colección de personajes entrañables, habitantes de un mundo existente hoy entre la nostalgia de otros usos y una cotidianeidad que le pertenece sólo al que observa. Descubrimos entre ellos montones de almas anhelantes, mentiras contadas en pos de algo bueno y positivo, secretos que se descubren... y vuelven a cubrir, o también las gracias infinitas por alguna que otra plegaria atendida en su justo momento.

Nos encantó aplaudir las historias sobre pornógrafos de antaño y sus herederas vallisoletanas, o acerca de monjitas que acaban metidas en el mismo gremio, el del cine erótico. Enternecedor el relato sobre los deseos escritos en castellano que una modistilla franquea con destino a Alemania, recibiendo cartas de respuesta que destilan pasión en alemán. Los amores de un frutero y una cantante de ópera acaban siendo posibles, tangibles, a diferencia de otros flirteos imaginarios junto al estanque del Retiro. Incluso aprendemos que a la pérdida de respiración que sobreviene a un joven se asocia la de equilibrio en la doctora que le atiende.

Son ellas mujeres que suspiran por quereres y giros en sus vidas. Recuerdan algunas a la Emma Bovary emprendedora, la que acaba provocando los cambios que le darán la vida -y también la terrible muerte-. Ellos, hombres dispuestos a romper con las líneas marcadas e incitarlas a ellas a que les sigan en su camino.

Un gusto escuchar a Pilar, sabiendo que sus historias han nacido del cariño hacia las narraciones, creadas siempre para ser leídas, contadas y vistas. Qué bien cuenta. Un placer también el reencuentro con viejos amigos y conocidos, todos encantados igualmente.

viernes 28 de noviembre de 2008

Ya sé que hace frío

Cuando el frío arrecia los informativos abundan en lo mismo de siempre. Son los "directos del frío", recreándose una y otra vez en todo eso que ya sabemos porque nos lo han contado tantas veces... y, ¡qué leche!, porque lo experimentamos en nuestras carnes cuando salimos a la calle.

Ahora se lleva hablar de la sensación térmica. Queda muy bien en cámara y le da a la crónica un toque científico al que casi ningún redactor se resiste. Así que éste nos pide imaginar que, aunque el termómetro diga que los grados son tres, él/ella está sufriendo una cuasicongelación de gravedad extrema porque el viento cruel hace que la temperatura baje hasta el subsuelo.

Después nos dice que va a helar, que nevará incluso, que las máquinas quitanieves trabajarán a destajo y que los almacenes de los ayuntamientos ya están repletos de sal para esparcirla por las carreteras.

¿Y si nos quedásemos atrapados dentro de nuestro vehículo? Pues prevengamos pasarlo mal yendo bien abrigados, tengamos nuestro móvil a tope de carga, las cadenas, mejor saber ponerlas,... y todo eso. Ojalá pudiésemos llevar dentro del coche una máquina de café, té y sopitas calientes. Eso sería el colmo de la prevención.

Cuando muchas cosas no parecen ser noticia, o no interesa que lo sean, lo mejor es rellenar con estos contenidos tan socorridos. Cómo nos encanta ver a los redactores perfectamente enguantados, sosteniendo su micrófono escarchado, con bufandas hasta las orejas, gorros cegadores, narices con sabañones y ese vaho que mana de entre el castañetear de sus dientes.

Estoy deseando que llegue el verano y empiecen los "directos del calor".

miércoles 26 de noviembre de 2008

Buscando

Buscar piso tiene algo de proyección sobre el futuro. Cuando visitamos esos trozos de suelo suspendidos en el aire nuestra mente tiende a salir volando y se precipita desde esas plataformas de ladrillos con puertas y ventanas.

Contenedores de aire y de cosas entre las que querremos estar. Nuestra vida en un futuro próximo podría desarrollarse en ellos y paseamos a través de sus estancias para vernos haciendo todo lo que haríamos el día de mañana. Atraemos las imágenes de lo que podría ser, de cómo todo eso podría llegar a ser. Hay una memoria espontánea que actúa desde lo más secreto de la conciencia, que comienza a obrar trayendo al presente todo tipo de situaciones no vividas, sensaciones no sentidas, acciones no hechas. Ni tan siquiera olvidadas aun.

Nuestra imaginación reconstruye lo que está por llegar, como si en algún lugar del deseo esos acontecimientos ya hubieran tenido lugar. Los positivos.

Los negativos nos asaltan cuando nos disgusta algo de esos espacios en los que viviremos tal vez. "Olvida los muebles, la pintura, los pavimentos... eso siempre se puede cambiar. Céntrate en los espacios nada más." Y uno intenta situar ahí la escena feliz, ésa por la que siente predilección cada vez que se pone a fantasear, pero no le sale. Algo bloquea ese recuerdo de lo ilusorio y cuando eso sucede lo mejor es aterrizar. Cuando lo ideal no tiene cabida ni siquiera en el simulacro, quizás es mejor echar la llave...

...y seguir buscando.

lunes 24 de noviembre de 2008

Cazorla

Fin de semana de intensas pateadas, de hacer de piernas corazón. Magnífico destino el pueblo de Cazorla, enclavado entre peñas y vastos olivares. Dicen que la Sierra de Cazorla es la más extensa de España y la segunda más larga de Europa. Habría sido un placer tener más tiempo para seguir descubriendo muchos otros de sus rincones. Aun así, nos ha cundido tanto como para llegar a recorrer unos treinta kilómetros a golpe de bomba de sangre, abriendo bien los pulmones.

Hoy me visitan las agujetas, que no serán tan punzantes gracias al placer del recuerdo de esas magníficas visiones. Ascender para después descender con el alma llena de imágenes hermosas.

La primera subida, desde el mismo centro del pueblo, resultó ser el tramo más difícil de todos. El guía impuso un ritmo que nadie se atrevió a frenar -al urbanita le cuesta reconocerse más torpe que el lugareño y prefiere una buena pájara al menoscabo de su orgullo-. Por fin llegamos al primer mirador, terraza sobre la que fue vital tomar la decisión de aminorar el paso. A partir de allí todo resultó más leve, menos pindio -como dirían en mis añoradas montañas cántabras-, y pasamos a preocuparnos menos por nuestras piernas y más por el paisaje, que acaba siempre acompañando al espíritu en forma de luz y de viento.

Qué placer poder oír el sonido de las hojas de los árboles al caer. En la ciudad también suenan pero nadie se molesta en escuchar. A veces el ruido lo enmascara todo. Qué gusto mirar al cielo y ver los buitres leonados y algún águila planeando en busca de comida, o bajar la vista y reconocer un grupo de ciervos que, en su ruta, se dirigen hacia el paso natural entre dos picos. O sorprender a un muflón que nos observa con escepticismo y con la seguridad de saberse a salvo entre el follaje. Incluso encontrar en el Pico de los Halcones algún fósil lleno de formas que alguna vez fueron seres, estuvieron vivos; o leer en la espectacular Cerrada del Utrero las palabras que el agua del Guadalquivir ha escrito sobre la superficie de la roca.

Tierras que, hasta la desamortización del XIX, pertenecieron durante muchos siglos a Toledo. El propio Cardenal Cisneros, vecino de Alcalá, tuvo bastante que ver con Cazorla. Era ya Arzobispo de Toledo y, por tanto, dueño y señor de este pueblo, cuando decidió permanecer dedicado al estudio y nombrar un Adelantado. Él se lo perdió. No quiso dejarse caer por aquel pueblo que tanto costó a los cristianos defender de los musulmanes, quienes, por otra parte, tanto bien hicieron en muchos sentidos. Los guías de montaña no sólo conocen al dedillo cómo llevarte por los caminos. También te hablan de Historia. Y te cuentan historias.

Y vuelta a casa, pasando por Úbeda y su espléndido casco histórico, que estos días exhibe pendones anunciando su Festival de Música Antigua, compartido con Baeza. Como tantas otras cosas.

martes 18 de noviembre de 2008

El Oxford escogido

Anoche "Madrileños por el mundo" (MXM) dedicó su espacio a Oxford. Varias personas de Madrid y aledaños llevan equis tiempo viviendo por allí y Telemadrid nos lo muestra. El programa es excelente, una de las pocas cosas que hoy merecen la pena cuando uno se propone pasar un rato frente a la tele. Ya se emiten varias versiones del mismo en las autonómicas de otras comunidades y no dudo que estén triunfando.

Hace ocho años yo también pasé en el viejo Oxon una temporada. Fueron casi seis meses de los que guardo muy buenos recuerdos. Great remembrances! Me marché con la intención de mejorar mi inglés, con la espinita de no haber hecho un Erasmus durante mis estudios universitarios clavada aún. Creo que cumplí con mi objetivo, aunque con los idiomas nunca se acaba -por favor, que nunca se acabe, y menos con el castellano-. Fue en el 2000 y no he vuelto desde entonces aunque últimamente, por varias razones, tengo todo aquello bastante presente.

Entiendo que el programa se propone mostrarnos cómo viven todos esos madrileños por allí. Cada uno lleva la vida que lleva y en un mosaico como el que construyen todo es muy arbitrario. Por eso no se nos muestra mucho de lo que nos gustaría ver de esta y otras ciudades. Sólo una pega: eché de menos el sol. Cuesta creerlo, pero también sale en Inglaterra. Aquel año que fui vecino de sus vecinos -aunque me negase al pago de una parte de la Council Tax que mi landlord insinuó que tendría que apoquinar- pude disfrutar de los meses más cálidos en esa ciudad.

Cuando llegué me dijeron que me había librado de uno de los inviernos más fríos que se recordaban por allá. No me libré de pasar frío y humedades cuando me movía en bici. De eso no se libra nadie en ningún momento del año -ni los viejos profesores de aquellos colleges, paseando en equilibrio inestable sobre sus bicicletas de manillares rectos-, pero lo cierto es que recuerdo otro colorido en las calles y en el cielo. El Oxford de la pantalla era anoche más gris y oscuro que el que conocí entonces.

Tampoco vi algunos lugares que esperaba encontrar. No apareció el Sheldonian Theatre; ni siquiera se oían los ecos de ninguno de los pasajes del Carmina Burana a cuya interpretación pude asistir una noche. Era la primera vez que lo escuchaba en directo y siempre me lamenté de no haber estado más relajado para haberlo disfrutado más. Tuve al principio mala suerte con el alojamiento y llevaba muchos días buscando casa. Aquella mañana era precisamente la que me había trasladado al que fue mi hogar definitivo durante esos meses. No estaba seguro de haber tomado una buena decisión y me rondaban dudas de todo tipo.

Tampoco anoche nos llevaron a The Trout, un magnífico pub que está fuera de la ciudad, a las orillas del Támesis. Fui con Adrienne y su novio Colin. Se portaron muy bien conmigo y siempre les estaré agradecido por muchas cosas. Pasamos un día estupendo y comimos muy bien. Recuerdo el dintel de una de las puertas interiores del local, más baja de lo normal, sobre cuya viga de madera avisaban con un cartelito de que te agachases para no tener que quejarte después. Duck or grouse. El que avisa no es traidor.

Y eché de menos muchas otras cosas. Podrían hacerse cientos, qué digo, miles de programas de MXM sin salir del mismo enclave.

lunes 17 de noviembre de 2008

Todo tipo de señales

Y sigo sorprendiéndome cuando encuentro cosas dentro de los libros. Dejadas u olvidadas, da lo mismo. El caso es que aparezcan mientras los hojeo en un primer vistazo o durante su lectura. Es raro que esto pase cuando son nuevos, recién llegados de la librería, recién desenvueltos cuando alguien te los regala. En ese caso el regalo es el olor que desprenden sus páginas intactas: el perfume de la novedad. Sólo de un libro usado cabe esperar que guarde algo. Como cuando el volumen proviene de una biblioteca, o te lo presta un amigo, o sale de una estantería de casa tras haberlo utilizado alguien más. Quizás uno mismo.

Folletos con ofertas de productos que hoy ni siquiera se fabrican, tickets de compra -cosas pagadas en pesetas, o en liras italianas-, un carnet de un videoclub ya caducado, un cromo de una colección de una serie de televisión -debía ser "repe"-, la foto de un grupo de compañeros de facultad -nos la hicimos en los servicios y en su reverso encuentro dedicatorias de lo más escatológicas-, una postal de un lugar en el que nunca he estado -me da pudor leer una postal ajena, pero lo venzo siempre-, una lista de la compra, un marcapáginas promocional de uno de los lanzamientos de alguna gran editorial, el recorte de una página de un periódico -la noticia tenía que ver con uno de esos "días sin humos" con los que nadie se compromete nunca-, un boletín de notas -en realidad, una papeleta de notas de la universidad-, un billete de tren -de la red de cercanías de Madrid, estampado con una decoración especial con motivos navideños-, la breve vida laboral de un joven urbanita -no entiendo cómo esos documentos se dejan olvidados tan fácilmente-, un calendario de cartera en el que me da por mirar en qué día cayó mi cumpleaños hace unos cinco años -llevo unos cuantos en los que ha sido laborable-.

Muchas de esas señales me transportan hacia otros lugares y situaciones, hacia las vidas de otras personas desconocidas para quienes construyo durante unos segundos una existencia paralela. Reconstruyo lo que no sé si alguna vez se construyó. Y ellos nunca lo sabrán, pero acaban viviendo desdoblados en el espacio y en el tiempo, recuperando incluso alguno de los objetos que dejaron encerrados en un libro.

domingo 16 de noviembre de 2008

Alcine 38

Cada año procuro cumplir con mi cita con el cine en Alcalá. Debo llevar unos quince años inscribiéndome como jurado del público y, salvo dos o tres años que por razones laborales de todo tipo no he podido asistir, el resto de las veces intento ver cuanto más mejor.

Las películas de la sección Pantalla Abierta han tenido un nivel muy alto. Otros años la selección ha sido más desigual, pero en esta edición todas han estado prácticamente a la misma altura. De entre ellas destacaría La zona, de Rodrigo Plá, uruguayo que ha querido situar la acción en una urbanización de México rodeada por un muro de hormigón. Cuenta una historia en la que son clave la corrupción y una justicia muy particular nacida del puro miedo de los moradores de ese reducto dentro de una gran ciudad.

También hemos podido ver Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo, que resulta ser un entretenidísimo experimento tramado con almohadilla y bolillos de los de hacer encaje. Habrá quien piense que es serie B, pero a mí no me lo parece. Karra Elejalde mantiene en pie un estupendo guión rodado con muchísimo oficio a pesar de su tremenda dificultad. Y la misma tarde proyectaron Tres días, una producción andaluza cien por cien. La dirigió Francisco Javier Gutiérrez y tiene una factura muy estadounidense. Algo tendrán que ver en eso Antonio Banderas y su productora. ¿Qué haríamos si sólo quedasen tres días antes de que un meteorito destruyese el planeta? Que cada uno piense lo que más le apetezca hacer durante 72 horas. Una alegría ver a Víctor Clavijo en su interpretación más lograda.

Otra película con muchas estrellas es Yo, de Rafa Cortés. Es otra narración difícil en la que entramos en los problemas que un alemán recién llegado a Mallorca trata de resolver para sentirse integrado. Otro magnífico trabajo de Alex Brendemühl, que ya protagonizó también la estupenda Las horas del día, de Jaime Rosales. En Yo tenemos un ambiente opresivo y una atmósfera cerrada que contrastan con la luz y la apertura de la isla balear. De alguna forma asistimos al debate interior de Hans, el alemán, que acaba enfrentándose a sí mismo.

Además hemos podido ver variados cortos de origen europeo. Ha habido de todo, como en botica. En general, ojalá se mantenga este nivel en posteriores ediciones de Alcine.

sábado 15 de noviembre de 2008

Más señales entre páginas

En el libro de Adolfo Bioy Casares encuentro una tarjeta de embarque. El libro sirvió de entretenimiento durante un vuelo Madrid-Bruselas, concretamente el de Vueling VY6064 del 15 de marzo cuya salida estaba prevista para las 13:10. Mi desconocido, llamado ALONSO.../JA, acabó sentado en el 25C de la cabina de pasajeros (no referiré aquí las estrecheces que todos sufrimos en ellas, voluntariamente, desde luego, en mi caso en los últimos cuatro vuelos). Embarcó a partir de las 12:40.

Entre sus cosas llevaba este libro que hoy leo. En su ficha de la biblioteca confirmo que el señor Alonso tuvo como fecha límite para devolverlo hasta el pasado 26 de marzo de 2008. Hallo esta tarjeta de embarque entre las páginas 128 y 129. El libro, en esta edición de Destino de 2006, cuenta con un total de 219. Sospecho que mi desconocido la usó como marca de lectura y, si hoy la encuentro en ese punto, me temo que debió quedarse ahí, sin acabar de leer. No lo terminó.

¿No le gustaría? ¿Le aburriría? ¿No tuvo tiempo para acabarlo y lo devolvió sin más? ¿Debería yo utilizar también ese trozo de papel con banda magnética del que él se sirvió para saber por dónde voy dentro de este Plan de evasión? Tendría presente así que alguién lo llevó consigo sobre las nubes...

viernes 14 de noviembre de 2008

Señales entre páginas

Cojo dos libros de la biblioteca. Me gusta pasear en busca de autores que no conozco y extraer de las estanterías esos volúmenes que suelen contener sorpresas muy gratas. Hoy, en cambio, me decanto por nombres ya conocidos: Fotocopias, de John Berger y la novela Plan de evasión, de Bioy Casares. El primero es un conjunto de breves frescos de la vida cotidiana del autor, plasmados como encuentros y vivencias junto a todo tipo de personas. Curioso. El otro aun no lo he empezado.

Ya en casa los hojeo y encuentro en ambos algún secreto. Dentro de Fotocopias aparecen unas hojas secas, que a punto han estado de deslizarse e irse volando. El libro tiene, como dicen los de Círculo de Lectores, "cinta de punto de lectura", por lo que entiendo que las hojas no sirvieron de marca. Entonces, ¿alguien las dejó entre las páginas de un libro de una biblioteca, para qué? ¿Ponerlas a secar y no ver cuál es el resultado?

Son tres hojas pequeñas. La mayor de ellas tiene el ancho de siete líneas del texto del propio libro. Las encuentro pegadas unas a las otras, como construyendo una flor plana que se hubiera formado casualmente, de un rojo oscuro y apagado. Casual es que me las encuentre, o quizás no tanto.

Alguien va dejando señales dentro de los libros. Quizás sean mensajes cifrados que alguien algún día recogerá. Reviso la ficha en la que el personal de la biblioteca estampa un sello con la fecha tope para devolver el libro. Hace dos años que nadie más lo había tomado prestado. 29 NOV 2006.

Las hojas, ahora casi transparentes, se secaron hace mucho tiempo.

miércoles 5 de noviembre de 2008

La docena

Fue el otro día. Tras oír mis propias palabras reverberando dentro del hueco de la nevera, corro a la tienda. Lleno una bolsa de cosas que, aunque sé que no llenarán del todo ese vacío, sí harán lo propio en el de un par de estómagos.

Dispongo en dicha bolsa la docena de huevos sobre todo lo otro (su base de cartón y sus plásticos -tapa y envolvente- nunca garantizan que éstos lleguen enteros a ningún lugar). Por la calle mi brazo amortigua cada paso, cada zancada, cada leve salto. La misión requiere poner todas las almohadillas, cojinetes y demás mecanismos del físico propio al servicio de la integridad de los doce.

Consigo que completen la excursión sin daños aparentes. La operación de trasvase hasta las hueveras del frigorífico ha requerido siempre de concentración plena. Nunca es posible pensar en nada más, excepto cuando al sacar del cartón el primero de los doce advierto que... ¡está vacío! Sólo encuentro una cáscara en cuyo interior se realimentan los ecos de mi blanca y diáfana nevera. Me deshago de la cáscara sin plantearme si surgió así de hueca del culo de la gallina o si debo reservarla para decorarla con mis témperas escolares cuando llegue la Pascua.

Sigo con la tarea y descubro -manda huevos- que dos más vuelven a escaparse de la definición más exacta de cigoto o similar. Sus cáscaras están agrietadas: sospecho que no encierran con garantías todo eso que debería haber llegado a ser un pollo y que yo sólo concibo como mera comida. "Evitemos la salmonela"... y los envío al cubo de la basura a hacer carambola contra su primo hermano hueco.

Consigo acomodar con éxito los restantes. Éxito efímero. Al rato acudo a abrir la nevera a oscuras, extraigo de ella no recuerdo qué y cuando voy a cerrarla me doy un coscorrón contra la puerta-albergue de mis nueve proyectos de "algo" comestible. Cinco saltan del soporte en el mismo instante en que un chichón empieza a aflorar en mi frente y engorda con forma y volumen copiados de cualquiera de ellos, estrellados ya sin remedio.

¡Eso es! ¡Estrellados! Acabo preparándolos así. Hago en aceite unas patatas a las que añado, también frito, lo que ha quedado de la docena. Con dos pares.

viernes 31 de octubre de 2008

Noche de ánimas

Es víspera de Todos los Santos y doña Emilia recuerda a sus muertos. No es que esta noche les recuerde más que otros días, pero la tradición manda. ¿Qué pensarían si supiesen que nadie les está mentando cuando todos deben hacer lo propio con sus respectivos? A ella le gusta cumplir con todos y dedica una oración por cada una de sus almas. Una para don Sisenando, otra para el padre Ramón, otra para tía Ricarda y tía Antonia, que les encantaba ir del brazo a todas partes; más rezos para su sobrinita Andrea y también para sus cuatro abuelos, de quienes apenas ya dibuja sus rostros. Si alguno de ellos hubiese quedado atrapado en el purgatorio doña Emilia querría sacarlo de allí a toda costa. "Es mejor alcanzar la luz eterna que vagar sin hallar camino ni lugar", piensa.

Hoy en su pueblo gallego se cuecen castañas con anís. Dicen que se hace para que las ánimas del purgatorio y otros espectros se alimenten. A doña Emilia le da repelús sólo pensarlo y la recorre todo el cuerpo una sensación entre el escalofrío y las fiebres de encamarse. Por eso procura apartarse del caldero humeante e ir encendiendo una a una las velitas que después echará a flotar dentro de cuencos de agua y aceite. Se distrae así de la idea de que los fantasmas tienden una mano para atrapar la comida desde el otro lado. Más agradable es centrarse en la certeza de que las velas acabarán consumiéndose: cuando la mecha ahogada en cera líquida exhale su adiós, será el momento en que un ánima del purgatorio ha alcanzado por fin la luz. Doña Emilia nunca sabrá quién o quiénes de los suyos ha completado su viaje, aunque albergará la esperanza de haber ayudado a guiar sus pasos con las llamas que ha prendido.

Cae la noche y se reúne con sus vecinos para contar historias en las que los vivos y los muertos conviven como si tal cosa. Quizás con esos relatos ayudan a que algunas ánimas pasen al más allá. O tal vez las estén alejando aún más de la vida. Doña Emilia no quisiera vérselas con ninguna de ellas, al menos por ahora. Sólo querrá compartir su ración de castañas cocidas con anís cuando no tenga más remedio que echarse a descansar eternamente.

lunes 27 de octubre de 2008

La parada del 137

Hablo brevemente con una señora que espera el 137. Ha anochecido y aunque no es tarde ha decidido evitar el paseo hacia casa a oscuras.
-No vivo muy lejos, pero con tan poca luz no sabré por dónde voy si tengo que echar a correr... y no puedo permitirme una lesión.
No creo que mi compañera de marquesina tenga más de setenta años. Intuyo su agilidad física y compruebo la mental. Su color de voz es el de una chiquilla con ganas de atrapar todas las cosas que la vida le regalará. Con tiempo todo es posible. En sus ojos una chispa de ilusión y una sonrisa.
-Y como ahora paga el ayuntamiento...
-La verdad es que esa es una ventaja que tienen ustedes.
-No es que el bono me salga gratis, pero me cuesta menos. No se crea que nos dan tanto, que aparte del transporte y la botica...
-Tiene usted razón. Deberían ofrecerles más.
-Aunque sea poco yo lo aprovecho. Ahora me monto y por lo menos evito cualquier mal.
Se fija en las luces de los vehículos que se acercan hacia nosotros. Uno de ellos es un autobús, pero no es el 137.
-Vivo con mi hija, ¿sabe? Por la tarde ella se queda con las niñas y yo me escapo a dar un paseo. Todavía hace bueno, así que aprovecho mi rato libre -dice mientras sigue escudriñando el tráfico de la calle-. El resto del día tengo que estar para todo. Los demás trabajan y tengo que ocuparme de las cosas.
Asiento y me pongo en situación. Parece contenta aunque percibo en sus palabras algo de resignación.
-Ahora trae más cuenta coger el autobús. Si a mí me pasara algo no sé cómo nos íbamos a apañar. Yo soy quien cuida de todos, pero nadie puede cuidar de mí.

El 137 abre sus puertas a la vez que bascula su peso hacia la acera para hacer más sencillo el acceso a su nueva pasajera. "Hasta otro rato, majo". Cuando se marcha yo sigo esperando. Me alegra que mi recién conocida piense en su familia y se cuide con tal de seguir disponible para ellos. "Yo soy quien cuida de todos, pero nadie puede cuidar de mí". Disponible para todo, sí. Sabe que está siendo altruista y desinteresada, también. Es consciente de que si ella necesitase ayuda no encontraría la misma disponibilidad por parte de los demás. Seguramente no se lo plantea a menudo, aunque lo verbaliza de forma espontánea. Se mezclan en sus quehaceres la rutina, el amor familiar y la necesidad. Ese es el tan habitual "qué remedio".

Hay situaciones ante las que es mejor no plantearse qué puede pasar. Hay personas que siguen con su generosa rutina aun a sabiendas de que si ésta cambia nadie podrá entregarles una rutina similar.

sábado 25 de octubre de 2008

Una hora más

Mañana tendremos una hora más. Es oficial. Lo dicen el BOE y una directiva del Parlamento Europeo y del Consejo de la Unión. Casi nada.

En marzo nos la quitarán, ya se sabe, para compensar. Pero por el momento es nuestra y podemos hacer con ella lo que nos venga en gana. Habrá quienes la pierdan, como pierden el resto del tiempo. Otros la añadirán a su saldo de horas de sueño, para dormirla o velarla, como cada cual prefiera.

Lo mejor es aprovecharla de día y llenarla de lo que nos apetezca. Sólo en el momento que retrasemos el reloj seremos conscientes de que la hemos ganado. Qué gusto ir por la casa empujando agujas hacia atrás y pulsando botones para retroceder un dígito en una pantalla. Es la ilusión de manejar el tiempo con nuestros propios dedos. ¡Ser los amos del tiempo!

¿Qué cabe en una hora de ese tiempo? Un paseo bajo el sol, o bajo la lluvia. Un café en buena compañía. Unos capítulos de lectura. Unas líneas de escritura. Una visita de las que no cansan. Un disco lleno de sonidos hermosos. Un juego de estrategia. Un juego de estratégicos besos y caricias. Tres mil pasos de baile. Un puñado de setas bien buscadas. Un vuelo de bajo coste. Una sesión de cortos. Un par de platos de comida deliciosa. Y el postre. Unos cuantos largos en la piscina. Horas y horas de viaje recogidas en un álbum... y una hora para verlo.

Todo eso. Algo de eso. Lo que se pueda. ¡Lo que se quiera!

martes 21 de octubre de 2008

Herramienta multiusos

Una cadena alemana de supermercados oferta algo que siempre me llamó la atención: una de esas navajas que vienen acompañadas de un sinfín de útiles desplegables en abanico. Más de una vez estuve tentado de hacerme con una parecida a esta que, siendo alemana, debe tener precisión milimétrica. El objeto en sí mismo es fascinante y llevarlo encima puede que le dé a uno toda la seguridad del mundo. Cualquier necesidad quedaría satisfecha con sólo sacarla del bolsillo. Así de sencillo y socorrido.

¿Cualquier cosa? ¿Seguro?

¿Y si necesito un abrazo? ¿Podría sacar de entre todos sus recursos esos brazos y la fuerza calurosa que me conforte? Podría querer un buen consejo. ¿Surgiría del manojo una voz sabia? ¿Y una sonrisa? ¿Una herramienta de ésas sería capaz de esbozarla para mí?

Pensemos que sí. Que todo lo que imaginamos es posible. Que en un bolsillo caben esos brazos firmes y tiernos a la vez, esa voz hecha de las palabras precisas y ese gesto afable al que devuelvo otro idéntico y siempre agradecido.

domingo 19 de octubre de 2008

Animales nocturnos

Qué difícil es ser ave nocturna cuando tus alas sólo se activan con un baño de luz. Un baño que rompa la pereza nacida de la quietud, espabile los músculos y los haga moverse.

Y qué raro resulta volar a deshora, cuando tu vehículo no ha podido tomar el calor preciso. Es posible arrancar pero no es sencillo mantener la altura. Tenemos nuestro tempo y también nuestro tiempo, la hora en la que logramos ser.

Voy encontrando seres que buscan su camino en la oscuridad y son capaces de encontrarlo. Al menos una dirección para avanzar. Su energía viene de la sombra. De esa sombra que no existe porque no hay astro que la proyecte. Así es, se alimentan de tal ausencia para buscar lo que todos buscamos.

O tal vez su búsqueda sea diferente. Sea otra.

miércoles 15 de octubre de 2008

Personas agradecidas

La abuela tiene la enorme suerte de contar con una gran familia. A la mayoría nos tiene muy cerca del lugar donde no le queda otro remedio que pasar unos cuantos días ya. Vamos por allí, unos y otros, queriendo acompañarla y también que se sienta acompañada. Al menos esa es la intención: estar por si nos necesita, para darle toda nuestra ayuda.

Cuando una persona ya no puede expresar bien lo que le pasa, lo que piensa o lo que siente, es muy difícil saber si se hace todo lo que precisaría o querría en cada momento. Te preguntas si le gusta que le hables, que le cuentes tus cosas, o si preferiría que te quedases calladito y, por tanto, más guapo. Los sentidos lo son todo y si éstos se ausentan no estamos completos. A la abuela le faltan algunos trocitos de ese cuadro de los sentidos. No le va a ser fácil recomponerlo, aunque es capaz de darnos muchas sorpresas.

Estoy seguro de que le encantaría poder agradecer todas las atenciones que está recibiendo en el hospital. Frente a su habitación cuelgan de la pared unas cuantas placas. Son doradas o plateadas, montadas sobre una base de madera oscura. Unas reproducen la forma de esos pergaminos reunidos en legajos que tienen los bordes gastados y rotos por el uso y el paso de los años. Otras quedan enmarcadas por motivos vegetales. Alguna de ellas combina el dorado con la plata. Todas contienen textos grabados en letras mayúsculas, cuadradas y formales, o minúsculas, de trazo adelantado y amable.

En todas las placas alguna persona en solitario, o una familia al completo, dan las gracias en nombre propio o en el del paciente por el trato y cuidados recibidos durante el tiempo que ha permanecido ingresado. Superficies pulidas que reflejan la luz o, tal vez, emiten la que nace de esos mensajes agradecidos.

miércoles 8 de octubre de 2008

Colgados de un satélite

Hoy la mayor parte de las conexiones en directo que vemos en televisión provienen del espacio. También muchos centenares de imágenes con las que se elabora un informativo. Las cosas ocurren aquí, se captan aquí, pero se envían allá arriba con un fuerte empujón.

He pasado muchas horas del último tercio de mi vida al pie de un satélite. Podría decir "al pie del cañón", o "a pie de obra" para referirme a parte de las cosas que hago en mi trabajo. Claro que eso sería generalizar, por lo que, para concretar, debo mencionar los satélites.

Hace años a alguien le gastaron una broma pidiéndole que agarrase una cuerda de la que alcanzaron su extremo y se lo entregaron. "Con ella bien sujeta no se te escapará el satélite... ¡ah!, y no te muevas, o perderás la señal". Y así, cogidito de ella con las manos bien apretadas, el pobre entraba en el Club de las Almas Cándidas.

Muchas veces, para recibir algunas imágenes procedentes de cualquier lugar del mundo, no sólo basta con tener una antena y un receptor que traduzca las señales que le llegan del espacio. Con eso sería suficiente, pero hay ocasiones en las que la tarea no resulta tan sencilla. En esos momentos no me importaría ser miembro del citado Club, si todo quedase resuelto manteniéndome agarradito de una cuerda.

Y alzaría la vista para caminar por la soga con mis ojos de funambulista. Tras un largo paseo llegaría a las puertas del satélite al pie del cual me encontraba antes. Miraría hacia abajo y pensaría en la gran diferencia existente entre la perspectiva anterior y la actual. Allá arriba vería ascender el flujo de información transformada en imágenes y sonidos codificados. Todo un planeta enviado al espacio, resumido en unos cuantos segmentos grabados y esparcidos por el aire.

Parte de lo que somos llega allí donde sólo llegan los astronautas, donde a muchos se les ha perdido de todo y donde la basura, lejos de recogerse en contenedores, circula girando en órbita. Colgando de la nada, así flotan estos artefactos destinados a reflejar aquello que se ha lanzado contra ellos. Bailan con los astros y con otros satélites, donde el cielo es de un negro completo y permanente.

Y aquí, sobre la Tierra, nos servimos de ellos para "subir" todo lo que otros querrán "bajar".

martes 7 de octubre de 2008

La Mejor Juventud

He tenido la suerte de volver a ver La Mejor Juventud, esa miniserie que la RAI produjo en 2003. Fue concebida para emitirse en cuatro capítulos en la televisión italiana, aunque no estoy seguro de si finalmente pudo verse así. Los productores la vieron terminada y decidieron que tenían en sus manos material muy valioso y digno de verse en cines.

Y tanto. Le sobra dignidad para haberse exhibido en todas las salas y desplazar en cartel a muchas de las bazofias americanas que se estrenan cada semana. Finalmente se proyectó como dos películas de tres horas cada una que, por cierto, no resultaban nada largas a pesar de su duración. Y siguen sin aburrir. Al contrario. Son admirables en su fluidez y en la precisión con que cuentan el paso de los últimos cuarenta años de la historia de Italia a través de los avatares de una familia romana.

A pesar de haberse distribuido en dos partes, La Mejor Juventud (La meglio gioventù, de Marco Tullio Giordana) debe considerarse como una sola obra, como un todo. En ella asistimos a las vidas de dos hermanos para quienes unos años de su juventud van a determinar muchos aspectos de su futuro. Les veremos separarse, reunirse y mostrar su calidad y complejidad humana. Las protestas estudiantiles de los sesenta, los asesinatos mafiosos en Sicilia, los atentados de las Brigadas Rojas, la crisis de los noventa y otros acontecimientos puntuales van coloreando este cuadro que la familia Carati llena de alma y calidez.

Un trabajo de interpretación fabuloso, a la par que gozoso y repleto de magnífica sensibilidad. Un total de seis horas durante las que recorremos Italia de punta a punta y saltamos, incluso, hasta la Noruega más septentrional.

lunes 6 de octubre de 2008

A la cola

Esta tarde, tras aguardar durante una hora en una cola para formalizar su matrícula de la Escuela Oficial de Idiomas, Salvia se pregunta por qué le toca siempre esperar colas eternas, de esas que no avanzan jamás. Es como si con todo el mundo que ha llegado antes que tú invirtiesen un buen rato y a ti, que has ido a hacer el mismo trámite, te despachasen en un pispás. Después de todo el día trabajando sienta fatal ponerse a la cola de los lentos y, para colmo, quedarse sin saber si el mérito de la brevedad del papeleo propio es de uno o del funcionario -que, por otra parte, ya podría haberse dado la misma prisa con los demás-.

Colas para matricularse en un centro de enseñanza, para sacar dinero de un cajero, para hacer la declaración de la renta, para subir al autobús o al avión, incluso para pagar (¡!).

Si compramos en un supermercado de los más económicos deberemos pensar que hacer cola ante la caja es lo que está mandado. Se supone que no debe importarnos esperar un rato si el ahorro va a ser importante. En cambio, no me queda tan claro cuál es la ventaja que uno obtiene por aguardar en una cola similar de un lugar en el que uno está pagando más por cada producto que compra. Precios superiores y... ¿largas colas? No me cuadra. Pero ocurre.

Hace muchos años, cuando no existía este tipo de grandes superficies comerciales, venía bien esperar a que a uno le tocase su turno en la pequeña tienda del barrio. Daba tiempo a pensar qué se iba a pedir al tendero. Ahora, en cambio, tras recorrer todos los pasillos del almacén empujando un carro y tratando de que no se nos vaya para el lado de siempre, cuando llegamos a la caja los deberes ya están más que hechos. La espera acaba siendo sólo eso y el tiempo está perdido de antemano.

Por fortuna sigue habiendo mercados de abastos y podemos hacer la lista de la compra mentalmente mientras esperamos a que el frutero, el carnicero o el pescadero se dirija a nosotros. No me gusta que cuando me llega el turno me pillen distraido, así que en vez de abstraerme pensando en cualquier cosa mientras observo y disfruto de lo que sucede a mi alrededor, ahí me quedo, vigilando que nadie se me cuele y repasando qué es lo que voy a pedir en cuanto me toque. Lo malo es que siempre se me olvida algo. Todavía está por llegar La compra perfecta. Me explico: sin un solo olvido y, por supuesto, sin colas.

miércoles 1 de octubre de 2008

¡Vamos, Juana!

Abuela, hoy vuelvo a ver que tu bastón sigue descansando apoyado en la pared. Llevabas unos días sin servirte de él durante tus paseos siempre disciplinados, por necesarios y por deseados. Son otra de tus medicinas, quizás la más eficaz entre esos remedios que uno acaba tomando sin saber muy bien para qué sirven.

Ese maldito catarro te ha obligado a reservarte un poco, al menos de puertas afuera. Ya sé que dentro de casa, y también bajo la parra del patio, a ratos has continuado siguiendo las lineas entre las baldosas. A tu pesar has tenido que rebajar un poco tu testarudez andarina.

Mirando bien donde pisas, abuela, así has llegado tan lejos. Y a pesar de que los ojos no se portan muy bien contigo, sigues dándoles todos los cuidados, como si te fuesen fieles como antes y te entregasen el mundo con nitidez. Sigues mimándolos como hasta ahora, segura de que te corresponderán y te sacarán poco a poco de la noche.

Hoy me duele todo el cuerpo, abuela. Tanto que creo que he dormido agarrado con todas mis fuerzas a tu aliento. El mismo que ayer nos daba un hálito de esperanza cuando todo lo que nos llenaba era la angustia.

En casa las cosas siguen en su sitio y las percibo de otra manera, con la carga de energía que dejas en ellas. Tus vestidos, muy cerquita de donde te escribo, doblados uno sobre otro. Me parecen sobrios y distinguidos, quizás porque los imagino vistiéndote o, más bien, vistiéndolos tú a ellos, porque tú les das el aire que ahora les intuyo. Descubro con ternura, pegada a tu almohada, una cadenita con un colgante que hace años te regalé. Una pieza de plata que no había vuelto a ver desde entonces; será que no reparo en esas cosas, -si te parece bien, voy a guardarla en tu cajón, junto al dinero suelto-. Donde los dejaste, también tus pendientes de oro rizado. Y al lado tu reloj, sobre la mesita del salón, cuya esfera dominas como si el mecanismo que oculta fuese el tuyo propio: tu ingenio de vida.

Casi nueve décadas y media. Cuántas edades, abuela. Y de todas ellas guardas montones de recuerdos, tan despiertos que parece que nos contases tus cosas de ayer mismo. Hoy esos ayeres se obligan a ocultarse y no quieren que los atrapes y los compartas. Pero sé que siguen ahí, en esa cabecita prodigiosa capaz de rehacerse con fuerza fenomenal. Sí, ya sé: reservas esa fortaleza para sacarla con orden. Las cosas hay que hacerlas bien, con tu empeño singular.

No quiero volver a temer que tu memoria se diluye y pueda esfumarse todo ese tesoro de nostalgia viva, de risas llenas y lagrimal feliz.

Juana, voy a seguir describiéndote, escribiéndote en presente, durante mucho tiempo. Seguro que mucho más.

viernes 26 de septiembre de 2008

Pisando la uva... con torpeza

Enciendo el televisor y me despierta cierta curiosidad ver cómo en un magazine de la mañana la presentadora y un redactor se disponen a pisar la uva. Pienso que debe ser una especie de guiño, una ilustración, ahora que es tiempo de vendimia.

Se meten de pie dentro de un pequeño y redondo lagar lleno de uva. Se apoyan el uno sobre los hombros del otro y comienzan a pisar, desplazándose en movimiento circular, con pasos firmes y cortos dentro del recipiente de madera. Se divierten y comentan su sensación de frescor a medida que notan la humedad en sus pies.

Un plano corto nos muestra que por un orificio comienza a salir el mosto resultante de la operación. Éste es recogido en una jarra de agua, de las de vidrio de litro, que empieza a llenarse con gran rapidez. Sospecho, supongo, que alguien está preparado al pie del chorro para sustituir esa jarra, que va a llenarse en breve, por otra vacía.

Pero no es así. De repente aparece en la pantalla ¡un cubo de fregar! ¡Con su escurridor y todo! Ignoro si con agua de lejía también. No me lo puedo creer: vacían en él el contenido de la jarra para volver a situarla bajo el flujo de mosto.

Los presentadores siguen pisando, disfrutando, ignorando el sacrilegio que se ha producido junto a sus pies. ¡Qué más da! Supongo que ha habido un error de cálculo y nadie preveía que el volumen de mosto superaría la capacidad del recipiente dispuesto para recogerlo. Ya, ¿y qué? Cuando se improvisa tanto y no se cuidan determinados detalles, a muchos nos parece que se nos falta al respeto. Sobre todo a quienes ven, vemos, en el vino algo más que un simple líquido. Y no entiendo nada de vinos, pero los valoro.

Esa ceremonia en el lagar se ha convertido en una chufla irrespetuosa.

El vino

Es ahora, con la vendimia, cuando se fija un punto y seguido en el ciclo del vino. La uva ha madurado bajo el sol y ha adquirido el volumen y grado aceptables, como dicta la tradición, así que será recogida para extraer de ella lo que la hace tan valiosa. El resultado será ese vino que marca el movimiento de los pueblos y las etapas de sus vidas.

Pero, antes, el mosto precisará de un trato conveniente y cuidadoso tras el que dormirá bajo el silencio del tiempo.

Reposará para llenarse de alma.

Sólo un susurro continuado le narrará su historia milenaria y le desvelará ese secreto que deberá guardar para siempre. El secreto que cada pueblo rescata de cuando en cuando para recuperar alguno de sus caldos más delicados.

Y por fin, un buen día, sus hacedores lo sacarán de la bodega acompañado de celebraciones. Desde ese momento habrá vino. Tendrá ya no sólo memoria, sino también espíritu.

jueves 25 de septiembre de 2008

A vueltas con la magdalena

Es esta misma mañana cuando, ante mis recipientes de reciclaje, me pregunto, como cualquier otra, si el papel de la magdalena pertenece a la familia del papel o al reino de lo orgánico.

Se nos pide que lo separemos todo y destinemos cada cosa al lugar que le corresponda. Y ahí andamos, trabajando por la causa. Pero es que, a pesar de estar concienciado, hay cosas indisociables. Lo siento, pero no podría dedicarle todo mi amor a despegar del papel con un cuchillito esos restos de bizcocho con el único fin de tirarlos a un lugar apropiado.

Abro las puertas bajo el fregadero y, al detenerme frente a los distintos receptáculos, me asalta la misma duda de siempre. Es papel, pero tiene restos de bollo. Aunque... en realidad... ahí queda más pastelillo de lo que parece, ergo va a ser orgánico. Sí, pero, pensándolo bien, si por definición lo que hago es quitarle el papel a la magdalena, será evidente que sus restos deberían ir junto al papel. Ya, pero… ¿qué papel de magdalena, sobao pasiego o bizcocho borracho sería apto para reciclarse junto al resto del cartón? Yo creo que ninguno. ¡Si hasta el perro de mi padre se los comía, y le sabían tan ricos! Eso es que ahí debe quedar todavía mucha chicha. Bastante dudoso que de ahí pueda llegar a sacarse un paquete de folios.

Pero sigo con la indecisión a flor de piel. Sostengo en mi mano el objeto que me trae tantos quebraderos de cabeza. Siento que mis dedos juegan a dos bandas. Se sitúan en dos bandos. Por un lado, tocan la parte del papel, suave en su superficie hecha de celulosa y otras sustancias porosas, ahora algo grasientas. Por otro lado, algún dedo disfruta de la zona más mullida: la de los restos de miga que siguen pegados al material que los contenía; podrían haberse ido con la magdalena pero, al pelarla, optaron por seguir agarrados a la pared, como lapas sobre una roca. Inseparables, ya se ve.

Habrá opiniones para todos los gustos. Es decir, o uno u otro. O blanco, o negro. En mi caso, ante la obligación de acabar esto con rapidez en beneficio del resto de cosas que tengo pendientes, decido no mirar. Que caiga donde le toque esta vez. Hasta que se escriba un libro de estilo del reciclado que establezca qué hacer con estos elementos fronterizos, yo juego a cara o cruz.

martes 23 de septiembre de 2008

MEME

Pues, Ana, mira por donde me va a gustar esto de participar en un MEME, que no sabía lo que era y que ahora me suena al nombre con que un niño pequeñito, con su media lengua, llamaría a su tía Remedios.

Doy por hecho que, del lado positivo, a todos nos gusta querer y sentirnos queridos y que, del lado malo, a nadie le gusta sentirse mal ni estar enfermo -que ha sido mi caso estos dos últimos días gracias a las malas artes de un virus que habría preferido que fuera informático-, así que voy con otras cosillas que, a medida que se me ocurren, me estimulan.

Uno- Desayunar prontito en una cafetería, preferiblemente en un lugar bañado por la luz de la mañana, leyendo el periódico mientras oigo el sonido de la máquina de café y el cacharreo de tazas, platos y cucharillas.

Dos- Una caminata junto a algún riachuelo de montaña. Alejado de domingueros, por favor.

Tres- Estrenar un libro después de desearlo mucho, respirando el olor que desprende el papel impreso y comprobar que me gusta.

Cuatro- Descubrir por casualidad un nuevo rincón en algún lugar del mundo. De esos lugares que uno tiene la sensación de haber hecho suyos, extrañado de que alguien más haya ido a ellos.

Cinco- Salir del cine o del teatro con la sensación de haber visto algo bueno. Si las imágenes y los sonidos persisten en algún lugar de la mente y quiero recurrir a ellas para recrearme en mi sobrecogimiento, en mi emoción o en mi deleite, es que algo así ha ocurrido.

Seis- Escribir algo que me satisface porque encuentro que en ello hay algún hallazgo o que está bien desarrollado y rematado. ¡Qué gusto!

Por otra parte, y el orden que les he dado no da importancia a unas sobre otras, ahí van algunas de las cosas que no soporto.

Uno- Esperar. Las esperas largas he aprendido a llevarlas con paciencia, o eso creo. Las cortas... en esas no puedo dejar de mirar el reloj.

Dos- Los listos, los sobraos, los maleducaos y los aprovechaos.

Tres- Que se me malinterprete. Tener que dar explicaciones y hacer cabriolas para salir de un lío en el que algún obtuso me ha metido.

Cuatro- Los atascos. Son la razón por la que evito coger el coche muy a menudo.

Cinco- Los ruidos en general. Los gritos en particular. No entiendo cómo dos personas que se sientan juntas pueden hablar a gritos sin que ninguna de las dos esté sorda.

Seis- La pasividad. La propia y la ajena.

Hala, ya he cumplido.

Por ahora mi círculo bloguero es muy reducido, así que no voy a poder cumplir con una de las partes contratantes. Lo que sí se me ocurre es que, si os apetece, cualquiera de los que entráis a leer este blog, hagáis vuestro MEME, por ejemplo, dejándolo como comentario. No obligo a nadie, pero ya es hora de que algunos de quienes sé que me visitáis y no dejáis comentarios se estrenen contando alguna cosita de sí mismos (...)

Por cierto, si queréis saber de dónde viene todo esto del MEME, pasad por el blog de Ana Alcolea (a la izquierda tenéis el enlace) y remontad el curso del río.

viernes 19 de septiembre de 2008

Infiel

Falto por estos lares por causa justificada. Tengo en mi poder documentos que aportar en caso de duda administrativa. Mi justificante, como el que nos firma el médico para presentar en el trabajo, es una escapada entre adriática y alpina. Aunque tengo coartada, siento que le he sido infiel a este blog durante unos días. Y es que todo compromiso exige fidelidad por parte de quien lo contrae. Esa es la regla.

Cuando se corta con la cotidianeidad por unos días, tendemos a fallarles a los compromisos. Y abandono el libro que estaba leyendo y lo sustituyo por guías y folletos turísticos. Me alejo de la actualidad de mi ciudad, de mi país. Dejo mis programas de radio y televisión -muy pocos a mi pesar- y flirteo con otros de otros lugares -no doy con ninguno bueno tampoco-. Cambio mis trenes diarios por otros -nocturnos en algún caso, pero esa es otra historia que reservo para otro post-. Sustituyo mi lado en el colchón por otro lado en otro colchón, o por uno para mí solo. Cambio mi gesto impertérrito ante algunas cosas que me rodean habitualmente por otro encantado ante otras igual de corrientes, pero situadas en otras coordenadas.

Mi lealtad a esta página ha sufrido el vacío de unos días alejado de internet y de todo lo demás. Sí, se me ha presentado la oportunidad de conectarme a ratos perdidos, pero he preferido evitarlo. Por breves, claro. Y porque serle infiel a mi propia infidelidad, tan deseada como era, no debía ser buen síntoma.

Ahora vuelvo a abrir este cuaderno, repaso brevemente mis notas, viejas ya, y caliento el grafito de este lápiz virtual. Le cuesta un poco deshacerse sobre el papel, dejarse a sí mismo formando este rastro de letras en lazo discontinuo. Pero vuelve a funcionar como antes. A su ritmo, no sé si bien o mal.

Y antes que nada, antes de lo siguiente, se presta a servirme como medio de disculpa.

domingo 7 de septiembre de 2008

Deseada evasión

Quiero poner distancia entre mis días y mi vida. Lo suficientemente larga como para sentir que he viajado. Sumar horas a la esfera de mi reloj y verlas pasar con el freno pisado.

Quiero dejar por unos días de zapatear el mismo rodal y que las hierbas se adueñen de él.

Quiero que lleguen a mis oídos otros acentos, que el mío llegue a sonar exótico cuando lo escuche desde dentro.

Quiero desconocerlo todo de mi entorno, mirar otros cielos, que el viento me sople su nombre por saberse extraño.

Quiero coserme a la nariz nuevos aromas, que otros sabores me asalten el paladar y lo conquisten. Que algún día un olor nada frecuente me los evoque con remite claro.

Quiero que el horizonte se recorte siguiendo una línea desconocida y repasarla con ojos extrañados.

Quiero que el sol diario salga en otro lugar y proyecte sombras de otras calidades.

Quiero que la novedad me borre de la memoria lo cotidiano. El reencuentro forzoso con ello se producirá sin remedio.

jueves 4 de septiembre de 2008

Las burbujas de la suerte

Esta misma mañana ha sido la señalada por la fortuna. La burbuja de aire que todo tubo de pasta de dientes contiene ha estallado. Ha sido la del mío, claro, porque cada uno, o cada dos, o incluso más, tenemos el nuestro. Y es algo que ocurre una sola vez por tubo. Más o menos como con los eclipses, aunque con matices. El caso es que todos los tubos esconden la suya, agazapada mientras aguarda a salir por sorpresa empujada por la presión de unos dedos que nunca esperan que surja.

Hoy ha sido el día pero, en vez de sentirme estafado cuando el tubo ha expelido su traicionero pedo de flúor, he preferido pensar que se trataba del aire fresco de la buena suerte, que hoy ha querido soplar sólo para mí.

El caso es que algunas veces he sentido que ese vacío surgido del envase se transformaba en mi propio vacío. Una oquedad que se abría bajo el desencanto de la expectativa frustrada. Al verme defraudado, podría haberme lanzado a la búsqueda de pistas concluyentes. Habría forzado la vista para leer la minúscula leyenda impresa en el plástico serigrafiado hasta hacerme con la dirección de la empresa que envasa mi dentífrico. Podría después haberme dirigido a ellos exigiendo una explicación: el porqué de esa bolsa de gas acción “blanqueante” estratégicamente situada en mitad de mi elixir. Y así, como en algunas películas americanas que van de abogados y juicios, solicitar una reparación que me compensase por tantas ilusiones de cepillado deshechas cada vez que la pompa revienta.

Pero opto por felicitarme y pensar que esta vez me ha tocado a mí y sólo a mí. Es una vez por cada tubo y si a uno le toca, será buena señal. Ese frescor del polo podría haber sido respirado por la que duerme a mi lado -Mecano dixit-, pero esta vez ha sido la mía.

miércoles 3 de septiembre de 2008

Somos analógicos

Inmersos en la era digital, sumergidos en este fango fluido de ceros y unos, encuentro que el mundo de lo analógico tiene algo más de vida.

Todo en analógico tiene consistencia. Una hostia analógica no sólo es dolorosa, sino humillante además. No seré quien defienda las peleas entre colegiales, pero ahora los niños pegan con los pulgares. Viven amarrados a las consolas de videojuegos y todo, pies y puños, se activa mediante un botón. Aquel “te espero a la salida” ya no se da tanto, imagino. La razón estará en que hay que salir de clase corriendo, sin permitirse un minuto para achuchones rabiosos. En casa espera lo bueno, agarrados a un mando frente a una pantalla. Y digo yo que la ira se descargará a través de los cables del artefacto, aunque a lo mejor me equivoco: veo muchos gestos de odio y rencor en jóvenes y no tan jóvenes. Rencores siempre analógicos, claro. De los tangibles. Contenidos y realimentados en vaya usté a saber qué entornos digitales. Esa rabia antes se descargaba en escenarios reales. Algo a evitar, desde luego, pero tenía menos efectos secundarios.

Parece que las sorpresas analógicas le pellizcan más a uno. Hace años, cuando revelé por primera vez una fotografía, aquello me produjo una admiración de la que no lograba salir posteriormente, cada vez que volvía a la sala oscura. ¡Ver un papel bañándose en una cubeta y comprobar que algo iba naciendo en su superficie, como elevándose entre blancos y negros… eso era asombroso! Y lo sigue siendo. Ahora miro las fotografías que hice siguiendo todos aquellos pasos cuidadosos y todavía las veo emerger, subir hasta mostrarse como son. Parecen seguir luchando por abandonar su estado latente, aunque hace mucho tiempo que se hicieron visibles. La fotografía digital tiene otras ventajas que todos conocemos. Muchas, sí. Pero nunca me brindará el pellizco de la imagen que se “hace” en un delicioso proceso de alquimia.

Y nuestro flujo neuronal, que es lo más parecido a esa transmisión digital de ceros y unos, se transforma en sensaciones para nuestra piel, sonidos ante los que poder hacer oídos sordos, visiones no sé si lúcidas, sabores –ojalá siempre fueran dulces–, y olores que remiten a todo lo demás y activan en el cerebro ese vaivén de mensajes en Morse.

miércoles 27 de agosto de 2008

Marcados

Es la anatomía de lo ocurrido. Cada cosa que hacemos va transformando nuestro aspecto. Unas veces se nota y otras no. Cuando exploramos nuestro cuerpo vamos dando con las marcas que va dejando la vida. Algunas son muy fáciles de encontrar: ha pasado poco tiempo desde que algo las ha originado o se muestran con vehemencia, saltando a primera vista. Otras, en cambio, se han desleído con el tiempo, se han reducido en comparación con el resto del cuerpo, que ha seguido creciendo, o han quedado ocultas por el vello o algunos pliegues no deseados.

Son los accidentes de nuestro propio físico. Sólo hace falta ponerse el sombrero de explorador forrado en caqui, las botas de cuero viejo y avanzar centímetro a centímetro intentando hallar las señales de lo vivido. La piel tiene memoria, que diría un dermatólogo. Guarda el recordatorio claro de lo que nos ha pasado y lo expone para nuestros ojos, dispuesta a resucitarlo todo al primer vistazo.

En este dedo de la mano izquierda veo mi paso por aquel albergue de Viena desde el que tuve tan cerca el Schönbrun, donde Maria Theresia, die Kaiserin, quiso reunir a su incontable familia para que siguiesen multiplicándose hasta el infinito.

Un poco más arriba, cerca de la muñeca, me acuerdo de los ratos difíciles pasados hasta llegar a tiempo a inaugurar el Time Festival de Gante. Hubo mucho trabajo y no tantas satisfacciones, salvo la de haber convivido con la gente del Teatro de los Sentidos. ¡Qué grandes son!

En mi pecho se perpetúa un día en una piscina de Villar del Olmo. Aunque hace muchos años que me cuesta tenerlo presente, todavía huelo la sustancia yodada que me pusieron en la enfermería.

Mi frente alude a una varicela. Mientras la padecí sospecho que mis uñas se convirtieron en garras afiladas que no pude parar de "usar". De pequeño, en el cole, alguna vez me hice el interesante vendiendo alguna de esas marcas como la cicatriz que conservaba de una horrible caída. Ya se sabe, los niños y sus heridas siempre heroicas.

Mi rodilla derecha invoca uno de los peores momentos que he pasado nunca sobre el sillín de una bicicleta. Concretamente en Piedrabuena. Una cuesta abajo. Qué suerte tuve de que la hazaña tuviese lugar a finales de agosto, pues pocos días después podría fardar de costra ante a mis compañeros de clase.

Y podría seguir. Claro.

Sólo es cuestión de recorrer con paciencia la superficie de cada uno para obtener un resumen de los hitos de nuestros días. Una autobiografía que se escribe sin pluma ni papel.

lunes 25 de agosto de 2008

Deporte sin deporte

Terminan los Juegos y sigo sin sentir el gusanillo. ¿Ese bicho lo lleva uno dentro, como de serie? ¿Le entra a uno por algún lado? Si es así, ese lado yo lo debo tener bien cerradito. En fin, sea cual sea ese lugar, creo que le va a costar colarse por él.

Aunque he hecho un poco de todo -sin pasarse, claro-, nunca me he visto practicando un deporte y disfrutando con ello. Mucho mucho, no. Será que de pequeños sólo jugábamos al fútbol y algún otro juego con una pelota en el que yo no era de los mejores. Digamos que más bien mediocre, sin entrar en detalles que me pongan en una evidencia aún mayor -no me gusta sacarme los colores-. Quizás eso me desanimó a la hora de lanzarme a practicar otras cosas con las que haberme sentido bien. Podría poner algún ejemplo, pero no se me ocurre.

Sin embargo, me gusta ver las competiciones en las que encuentro algún estímulo. Puede ser estético, como en la gimnasia o en la natación sincronizada. Puede tener que ver con el sacrificio o el espíritu de superación, como cualquier prueba de atletismo. Tener un componente de precisión y concentración máximas, como el tiro con arco. Incluso tener toda la carga de la tensión de un momento clave, como el final de un partido de baloncesto muy reñido.

El lema olímpico, Citius, Altius, Fortius, afortunadamente, puede aplicarse a muchos aspectos de la vida. El olimpismo, a pesar de haber degenerado en algo adulterado por todo tipo de intereses, sigue teniendo muchísimas virtudes. Aunque ver todo ese derroche de energía y esfuerzo no me va a despertar las ganas de salir brincando por ahí, al menos sí que induce corrientes positivas que me alientan. Y eso está bien.

domingo 24 de agosto de 2008

De palomas

Hace ya casi quince años que, por prescripción del doctor -que no médico-, unos cuantos universitarios leímos Estatua con palomas, de Luis Goytisolo. No recuerdo gran cosa de la novela, salvo que había en ella algo de autobiográfico y que nos remitía al imperio romano en una comparación entre el mundo actual y aquél. Y poco más. Una mañana le dijimos al profesor que aquel libro no nos había gustado, que nos había aburrido. "Es que lees, y lees, y lees, y no pasa nada". Dado que las lecturas también eran materia de examen y acabaríamos teniendo que prepararlo junto al resto de los temas, parece que quiso evitarnos el trance. "Bueno. Acabad de leerlo si os apetece, aunque no entrará en el próximo parcial". Con los años supe que aquella novela era Premio Nacional de Narrativa y pensé que, quizás, la habíamos menospreciado. Tal vez no era el momento de leer una historia como aquella y nos costó mucho adoptar el tono y el ritmo propuestos por el autor.

Nunca he sabido distinguir una torcaz de una tórtola. Las dos son palomas, pero debe haber sus diferencias. De niño salía con mi padre al campo, donde me enseñaba muchos de los secretos que guarda la naturaleza. Gracias a él hoy reconozco cuatro cosillas -pocas para todas las que me contaba- y puedo disfrutar de mis escapadas poniendo mayor interés por lo que me rodea. "Mira, una torcaz", avisaba. Y cuando miraba ésta ya se había ido lejos o yo no era capaz de distinguirla de cualquier paloma común.

Okupo un piso frente al cual el alero de un tejado da albergue a muchas, muchísimas de estas aves. Han hecho de un holgado canalón su vivar. Unos cuantos metros de vivienda donde criar a sus pollos durante todo el año. Se las ve entrar y salir, salir y entrar. Aletean sonoramente, con zumbidos amplificados, anunciando que ya se van o que están de vuelta, con el buche lleno tal vez. Dentro de su refugio arrullan turnándose unas con otras y los vecinos se dan por enterados de su presencia en casa. Me asomo a la ventana y, como en una de esas colmenas que los científicos han cortado en sección para el estudio de su actividad interior, puedo ver el trasiego repleto de espasmos de todas ellas.

Y su plumón, pegado al aluminio desde el que observo, blanco como un copo de nieve, suave como la nata, vibra con el viento queriendo volar.

jueves 21 de agosto de 2008

Libros útiles

¿Por qué leemos? ¿Para qué recorremos con la mirada líneas y líneas hechas de caracteres que se casan para adquirir sentido y se divorcian cuando carecen de él? Supongo que para informarnos, para adquirir conocimientos nuevos, o porque sin leer es imposible estudiar. Esa debe ser la parte más práctica del asunto.

Pero también existe otra dimensión. Y en ella escuchamos nuestra voz interior, que adquiere otros timbres, otros colores distintos a los propios. Así nuestros sonidos recónditos se miden con los demás, se ponen a dialogar y se cuentan sus intimidades.

Leer como vía para llegar a la intimidad. Recreados en nuestra soledad, que se enriquece en los contextos imaginados, junto a todas las cosas que existen entre las frases, en los párrafos, en los artículos, en los capítulos. También nuestro aislamiento se hace rico cuando asistimos a los quehaceres de quienes pueblan esos mundos inventados. Invenciones sacadas de la vida misma que ensanchan nuestro mundo.

Qué grandes son las fantasías que descubrimos en nuestra adolescencia, mientras buscamos nuestra identidad. Llenos de dudas y desvelos, nos entregamos a las ficciones para sentirnos alejados de una realidad firme que nos amenaza llena de intransigencia. Y a la vez vamos convirtiendo ese refugio hecho de tinta y papel en un sólido refuerzo para enfrentarnos con todo lo que nos enseña los dientes ahí fuera. Dentro de las fábulas podemos ensayar, hacer experimentos con la gaseosa que siempre nos permitirá volver atrás sin haber arriesgado nada que no pueda salvarse.

En nuestra juventud encontramos necesario ese recogimiento lector para separarnos de quienes impiden que nos reconozcamos como únicos. Queremos apartarnos de las relaciones con nuestros padres o con otros mayores para empezar a descubrirnos. Y si eso nos satisface, acabamos leyendo a todas horas, en todas partes, ignorando que estamos ahí. Empezamos a vivir en otras vidas, en otras historias.

Pero hay un momento en que el poso que tales vivencias han dejado en nosotros pasa a estar en el plano más consciente, a entremezclarse con los detalles corrientes que están en las cosas del día a día. Y así, como en un círculo que se cierra, volvemos al aspecto más práctico que encontramos en leer. Ahí es donde todo lo leído pasa a ser parte de nosotros, empieza a sernos útil.

martes 19 de agosto de 2008

En busca de lo auténtico

¡Vayamos a todos los lugares remotos del planeta antes que nadie! ¡Vivamos lo auténtico cuando todavía los demás lo ignoran! ¡Jactémonos de conocerlo en exclusiva, de haber sido los primeros en poner su pie allí! ¡Esa huella es la mía: la del primer hombre que pisó aquellas tierras!

Todo ello y mucho más está aquí, encerrado en este pequeño ingenio compuesto de una botonera y un objetivo con lentes que apresan el mundo. Ya verás que no te miento. A las pruebas me remito. Fíjate, qué lugares. Y una vez allí, tampoco sientes que hayas ido tan lejos. De verdad. Puedes pedir la misma bebida que sueles tomar aquí y, si te empeñas, te hablan en tu misma lengua. Ya ves, en el fondo está más cerca de lo que parece.

¿Por qué no nos adelantamos a esas empresas que lo llenan todo de su publicidad, de su mercadotecnia? Que ninguna de sus etiquetas marque uno sólo de los objetos que ahora nos son tan lejanos. Creamos que pueden seguir impolutos para siempre. Que no se apropien de ellos haciéndonos creer que si existen es gracias a su creatividad, su tecnología y su buen hacer. Busquemos lo más exótico, lo más ajeno, alejado -o cercano- a lo que vivimos y respiramos a diario. Protejámoslo de quienes intentan atarle un cordón del que tirar para acercarlo a todo lo que les es familiar. Ellos y sus clientes quieren seguir inmersos en su ambiente inmutable, temerosos de encontrarse perdidos entre tanta novedad, atormentados por el miedo a no reconocerse si les cambiamos el decorado.

Algún día se habrán perdido las pistas de lo que es de acá o de allá. Nos preguntaremos por la esencia de las cosas, que será difícil determinar. Su origen, allí donde nacieron, quedará oculto. Su procedencia, allí donde se fabrican, será lo único que sepamos de ellas. Sólo una etiqueta que ni siquiera habrá conservado un pequeño rastro impreso. Y si todavía existe algún libro lo consultaremos intrigados en busca de algo de claridad.

viernes 15 de agosto de 2008

Más móviles

Hace unos nueve años, cuando me saqué el carnet de conducir, compré uno. Eran muy baratos. Casi todo su coste era saldo para hacer llamadas o enviar mensajes. Lo quería para llevarlo encima cada vez que cogiera un coche. Sólo por seguridad. No todo el mundo tenía, aunque ya empezaban a ser habituales. Pocos años antes cualquiera que paseaba por la calle agarrado a un móvil era un esnob, un lechuguino. Si no lo necesitaban para sus negocios y el "busca" era todavía la herramienta habitual utilizada por las empresas para localizar a sus empleados, es que eran todos unos engreídos que alardeaban de tecnología pegada a la oreja.

Hoy el móvil se ha convertido en algo casi imprescindible. Tras difundir tu número entre los tuyos, éste pasa a ser la primera opción de quien quiere localizarte. El número de tu teléfono fijo pasa a dejar de existir para casi todos. Menos para los comerciales, que no dejan de insistir tratando de venderte la mejor conexión a internet del mundo o la tarjeta de crédito con la que dejarás de preocuparte por la inflación. Y eso cansa mucho.

Nadie usa ya agendas de papel y tu número fijo quedó apuntado en alguna página olvidada de una de ellas. La tinta ha comenzado a palidecer mientras el papel amarillea. Ya no merece la pena actualizar esas viejas agendas, total, ¿para qué?, pudiéndolo llevar todo en el teléfono. Ahora sólo guardamos dos únicos datos: número de móvil y dirección de e-mail, que almacenamos en sus recipientes correspondientes. Cualquier día, si uno necesita algún dato adicional, siempre puede pedirlo. "Ya te enviaré mis señas por correo electrónico". Pero nunca llegan. Alguna vez uno se encuentra en un lugar remoto y se le ocurre que sería un bonito detalle enviar una postal a alguien. ¿Pero a qué dirección?

Y si te llaman al móvil y éste no está operativo, ya casi nadie se molesta en intentarlo con el fijo. Entre otras cosas porque no está memorizado en su agenda SIM. Todos los huecos de la tarjeta están dedicados a números "portables". No es como antes, que si alguien te llamaba a casa y no estabas, volvía a insistir más tarde. Ahora sabemos que el primer intento habrá quedado reflejado en algún lugar suspendido sobre las microondas y entrará en el móvil receptor cuando éste sea encendido. "Verá mi llamada y sabrá que quiero decirle algo".

En mi caso, el móvil nunca ha sido un objeto al que he tenido apego. O no me acuerdo de encenderlo o, ya conectado, se me olvida llevarlo conmigo. Ahí se queda, en algún lugar de la casa y anejos. Será que no están hechos para mí. Lo siento por quienes intentan localizarme y no siempre lo consiguen. No me preocupa lo suficiente, así que puede pasarse días apagado sin que logre echarlo de menos. Y digo yo... ¿no sigue existiendo el fijo?

miércoles 13 de agosto de 2008

Pendientes y dependientes

A mi alrededor muchos dedican todo su tiempo a mirar, manosear, abrir, cerrar, teclear, escuchar,... pocos a hablar... Todos centrados en su móvil. Echo de menos los días que los objetos más habituales entre las manos de los viajeros eran libros, revistas, cuadernillos de crucigramas y otras cosas carentes de batería.

No me molesta que se utilicen estos teléfonos de bolsillo. Nos unen y reúnen con mayor facilidad que los de sobremesa. Lo que me preocupa es la patente dependencia que de éste demuestran muchas personas. Me alarma ver a muchos llevándolo entre sus manos, pendientes de cualquier señal que pudiera provenir de él en cualquier momento. Necesitan tenerlo, sostenerlo. No se dedican a otras cosas. Sólo aguardan, esperan, velan.

Posibilidades de comunicación, todas. Comunicación efectiva, prácticamente nula. Es la dependencia que no invita a las palabras. Ésa que mantiene todas las puertas abiertas pero no anima a atravesar ninguna de ellas. Tal vez podrían guardarlo y olvidarlo hasta que algún sonido les recordase que está en algún lugar. Pero ahí siguen, aguardando expectantes a que la posible llamada llegue. O el mensaje. O decidiendo si llamar o no. O repasando los mensajes recibidos. Tal vez los enviados. Y así mantienen caliente el móvil, el objeto en sí mismo, que no el contacto.

Ahí, a su recaudo, se asemejan a una piedra mágica que el brujo debe guardar prieta entre sus dedos, entregándole la energía que mana de sus palmas. Son los escarabajos sagrados que duermen su sueño arropados. El corazón entre las manos. Son las gemas dadoras de fortuna. Hay que acariciarlas bien recogidas y el mimo despertará sus cualidades latentes. Como la luz de la perla atesorada por algún bivalvo. Esa es la luz que todos esperan ver encenderse. Y comenzar a ver en sus sonidos, empezar a oir en su claridad.

Y la espera se llena de ansiedad.

martes 12 de agosto de 2008

Se nos va

La realidad:

El año se nos va sin darnos cuenta. Apenas. El tiempo pasa embozado, sin dejar que lo veamos. No sé si para evitarnos el mal trago.

La anécdota:

Me he dado cuenta al mirar un calendario que alguien ya tiene fijado en el mes de septiembre. Y advierto que no se ajusta al presente porque la fotografía no es para nada estival. Muestra un valle brumoso donde la silueta de dos rebecos se recorta sobre las laderas de la montaña. No parece que una estampa así sea el motivo más apropiado para un mes como este. Retrocedo en busca de la hoja anterior, la de los meses de julio y agosto. En ella la imagen la protagonizan dos jilgueros que tratan de sacar agua de un antiguo grifo de cobre. Uno de ellos se posa sobre la manilla, como queriendo hacerla girar para abrir el chorro. El otro aletea bajo la boca del grifo, buscando cualquier gota que se haya deslizado desde su interior y pudiera estar pendiendo para regalarle algo de frescor. Prefiero no remontarme más atrás, pues me va a parecer que los meses han pasado más rápido aún.

Mi realidad:

Comencé el año con nuevo estado civil: desempleado. Afortunadamente duró sólo tres meses que, para según qué cosas, se me hicieron eternos. Sin embargo, para otras, fueron cuatro días nada más. Me embarqué en la escritura de una novelita a la que aún sigo dando vueltas. Y más vueltas. Y lo que me queda. Aquellos tres meses únicamente sirvieron para arrancar el motor, ponerlo a punto, engrasar los goznes -si alguien sabe lo que esas cosas son...-, en fin. Para esa tarea el trimestre se hizo muy corto. Y también para otras que no llegué a hacer.

Incertidumbres:

Mirar lo que le queda al año y pensar en las cosas que están por venir puede ser un estímulo, siempre que no se piense que cada vez le queda menos para terminar. Y determinadas cosas podrían no llegar. Y otras no acabar nunca.

Deseos:

Que lleguen las que deseamos que lleguen. Que concluyan las que ansiamos terminar. Y que cada cual se aplique la fórmula como le convenga.

domingo 10 de agosto de 2008

Hablando de los Juegos

-Oye, Lu, que me gusta mucho lo que habéis hecho en Pekín con esto de los juegos olímpicos. De verdad, quería daros la enhorabuena porque la ceremonia del viernes fue impresionante. Una auténtica maravilla que nos ha dejado a todos asombrados. Qué belleza. En algunos momentos se nos ponía el vello de punta y tuvimos esa sensación de la emoción que sale del estómago y sube hasta la garganta, pero uno la ahoga por pudor más que nada. Todos esperábamos ver algo grande, que los chinos para esto sóis muy buenos ¿eh?, pero habéis superado cualquier expectativa. Menuda sincronización de movimientos, qué vestuario, qué música. Muy bien. De verdad, Lu. Y, además, nos han entrado ganas de ir a China, con esa mezcla de tradición y modernidad que tan bien nos habéis enseñado. Oye, y el que ha dirigido todo eso es el que ha hecho todas estas películas tan bonitas, las de las dagas voladoras, que nos gustó mucho, y la de la flor dorada... de ésa sólo hemos visto un trocito, pero debe ser también muy buena. Se nota que él ha estado ahí, en la ceremonia, con tantos miles de bailarines y acróbatas en el estadio del nido. ¿No es el tal Zhang Yimou? ¿Cómo se dice en chino?

-Yan I Mo.

-Yani Mu... ah, vale. Qué bien estaría saber algo de chino, pero qué difícil ¿no? Bueno, que no te entretengo más, que veo que tienes gente. Me dices cuánto es y ya, si eso, hablamos otro día.

lunes 4 de agosto de 2008

Paraísos cotidianos

Salvia me sugiere que cuente en uno de estos apartes de mis días lo que le digo en confidencia cuando pasamos rodeando juntos la valla de mi jardín de las delicias. Yo, como en otras ocasiones, no le digo que no. Tampoco le digo que sí. Sólo le sigo transmitiendo lo que pasa cuando entro y lo paseo. Finalmente decido que sí, y aquí se lo describo, evocado a mi manera.

Me alegra verlo abierto, como a mi disposición, casi exclusivo. A diario no puedo detenerme allí dentro, a conversar con la soledad. Sólo algunos días dedico algún rato ganado a las prisas a recorrerlo con algo más de consciencia. Unos primeros pasos me llevan hacia una fuente en torno a la que se vertebra la geometría del dibujo de sus calles. Hasta alcanzar el agua camino bajo la sombra de árboles que han estado ahí durante muchos años. Este fue un jardín anónimo que abrazaba una quinta cercada por altos muros. Desde el exterior sólo se avistaban algunos árboles, que se alzaban desde dentro, como queriendo señalar que allí, junto a sus raíces, el suelo había conservado un mundo ajeno a los pavimentos y el asfalto de afuera.

La quinta ya llevaba muchos años deshabitada y el jardín se había convertido en un bosque algo dejado y enmarañado. Ya nadie desbrozaba, ni limpiaba el suelo de malas hierbas, ni podaba los árboles para dejarlos descargados de ramas inconvenientes.

Debió ser un jardín salvajemente secreto que algún niño disfrutaría haciendo de él su amazónico deleite. Y entonces llegó la idea afortunada de alguien que lo sacó de su destierro. Así pues, los árboles de ayer encajaron en el diseño de hoy y le dieron el poder que sólo tienen los seres muy vividos.

Camino resguardado por su proyección de encaje hecho de sombras y luces hasta llegar al sencillo surtidor que despide con presión ajustada un ramillete de chorros. Agua que describe un arco en el aire y lo rompe después, haciéndolo pasar de su rigidez metálica a la segmentación de varias gotas que se persiguen las unas a las otras. Me parece que son cuentas transparentes que se deslizan escapando del hilo que, hacía unos instantes, las sostenía atravesadas por sus entrañas. Y caen liberadas, ansiando diluirse en el pequeño estanque al que llegan para dejar de ser únicas. En él viven sumergidas algunas plantas de papiro cohabitando junto a las calas, cuyas flores blancas reflejan el sol como pequeñas velas que recogen el viento y multiplican sus rayos.

Continúo refrescado por el agua y las sombras generosas. Me es posible, durante sólo unos instantes, caminar junto a parterres de flores combinadas con tino, hasta llegar junto a las puertas de la casa que se asienta dentro del paraíso. Es la quinta desde cuyo torreón el inquilino siempre enigmático que imagino puede vigilar cualquier cosa que ocurra en sus dominios. Es el guardián del edén, ocupado en seguir el discurrir del tiempo y de quienes lo habitan permanente o, como yo, fugazmente.

Prefiero recorrer este pequeño paraíso por la mañana, cuando la mente no está cargada de pensamientos desatentos. Es este el lugar donde a veces encuentro mis ficciones, las más buscadas, que son lo único real dentro de este absurdo de la vida.

jueves 31 de julio de 2008

Des-seguridad

Nunca podemos dar nada por seguro. Ni siquiera cuando ya ha pasado, cuando ya ha sido. Eso tampoco.

La calma ha llegado tras el temporal y lo que veo es: que la tormenta ya se ha ido. Me relajo y salgo a descubierto con total despreocupación porque nada me acecha ya. Y le entrego mi confianza a ese claro que cada vez se abre más y más. No esconde nada, tan diáfano como es. Eso me tranquiliza.

Pero lo que no sé es que tiene otra cara que nunca me muestra. Tampoco en esta ocasión. Su bondad aparente me tiene encantado, alejado de la sospecha. ¿No debería plantearme que una buena faceta puede tener su lado turbio? Me temo que sí. Pero ya es tarde y, nuevamente, la vida vuelve a jugármela con sus cartas marcadas.

Lo que veo no es todo lo que hay. Por desgracia. Por fortuna. Así que no puedo dejarme en paz; tengo que renunciar a la sensación de seguridad dada por tanta quietud.

martes 29 de julio de 2008

Sjón

Bailar en la oscuridad fue la estremecedora revelación de Björk en el terreno de la interpretación. La acompañaba Catherine Deneuve, pero ni siquiera su belleza lograba restar destellos a la estrella de la islandesa.

Lars von Trier quiso que las letras de las canciones de esta película fuesen de Sjón, un autor compatriota de Björk que ya destacaba dentro de la vanguardia de las letras nórdicas.

Ayer ocupé mis ratos de lectura con una novelita de Sjón -cuyo nombre completo es Sigurjón Birgir Sigurðsson- que me llevó a los hielos glaciares de Islandia y me tuvo encantado, envuelto por su calidez.

Calidez y calidad la de El zorro ártico, una breve joyita que me lleva a vivir una historia de cazadores cazados llena de la sensibilidad y la poesía que destilan su concisión y, podría decirse, necesaria parquedad.

Cuatro capítulos que acaban entrelazándose y revelando un misterio, empleando elementos mitológicos y del folclore de aquel país para acabar haciendo justicia y poner al malvado en su lugar. Es la Islandia de mediados del siglo XIX, en su aislamiento esencial; donde todo, lo bueno y también lo malo, provenía del mar.

jueves 24 de julio de 2008

Vide cor meum

Una noche, hace ya unos años, se produjo un curioso cruce de "Dantes". Yo leía en el magnífico blog de Ana Alcolea un post sobre La Divina Comedia a la vez que escuchaba el Vide Cor Meum, una pieza musical compuesta por un irlandés, Patrick Cassidy, que se basa en un soneto de La Vita Nuova, también de Dante.

Sé muy poco sobre la obra literaria, salvo que habla en ella de sus primeras incursiones en la poesía. Es, seguramente, un trabajo menor, aunque para mí es algo extraordinariamente grande que inspiró uno de los hitos musicales en mi vida. Se trata de una ópera de la que sólo existe un dúo y coro, este Vide Cor Meum. Cassidy lo compuso para Hannibal, de Ridley Scott, quien después lo volvió a incluir en El reino de los cielos. Es toda una delicia.

Fue una casualidad que quise comentar en el blog de Ana y hoy también en este. Dejo el enlace de Youtube. Hay muchos vídeos colgados, pero el más neutro es este con la única imagen de su autor. También se pueden encontrar algunos más con imágenes de las secuencias en las que aparece en la películas que menciono. En esos casos no se incluyó la pieza completa.

Posteriormente ha aparecido en un disco de Katherine Jenkins, que se hizo acompañar por Rhys Meirion. Esta es la primera grabación, la que se hizo para el cine, con voces de Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti que interpretan en una escena de Hannibal a Beatrice y Dante, respectivamente. Es, a mi juicio, la mejor.

A disfrutar:

http://es.youtube.com/watch?v=j2Wv5AvqzfE&feature=related

Ahí va el texto.

Coro: E pensando di lei
Mi sopragiunse uno soave sonno

Ego dominus tuus
Vide cor tuum
E d'esto core ardendo
Cor tuum
(Coro: Lei paventosa)
Umilmente pascea.
Appreso gir lo ne vedea piangendo.

La letizia si convertia
In amarissimo pianto

Io sono in pace
Cor meum
Io sono in pace
Vide cor meum

miércoles 23 de julio de 2008

Vida de una mosca

¡Hay que joderse!, si no tuviera esta cabeza gorda podría meterme por ese agujero y acabar mis días entre toda esa comida, poniéndome ciega. El caso es que... parece estar en buenas condiciones, aunque ya me encargaría yo de echarla a perder. Pero... ajhhh... zffgff... nada, que no hay manera de colarse. ¡Quién me mandaría a mí entrar por esa ventana! Ahora está cerrada y, por más que busco, no hay forma de salir de aquí. ¡Jo-der!, estoy atrapada en un puñetero piso. Hace días, antes de marcharse, lo dejaron todo limpísssimo. Y claro, ahora no hay nada que chupar por ninguna parte. Y ya parece que me empiezan a faltar las fuerzas. Ayer podría haber volado entre la gente, dando bien el coñazo, y haber escapado de cualquier manotazo, incluso del más rápido. Hoy me cazarían a la primera. Estoy en las últimas. Y toda esa comida... para la que pueda entrar ahí, que yo ya...
¡Ay qué leche! En mi próxima vida, cuando vuelva a ser una larva, saldré de una buena boñiga seca y viviré a cuerpo de zángano en una cuadra. Eso es. Seré una mosca del estiércol. Y para la siguiente... uhmmm, ¿qué tal sería darle a este cuerpazo un poco de color? Sí, ese tono verde metálico y glamuroso de las moscardas más petardas. Y me pasaría el día por ahí, entre el pienso en descomposición y los huevos putrefactos... ¡Y a vivir, que son dos días... como mucho!

viernes 18 de julio de 2008

De embarazos y jardineros

Hace unos días, sesión doble de cine en casa. Cuando no se saben aprovechar las oportunidades que la cartelera brinda en pantalla grande, no queda más remedio que esperar a rescatarlo en deuvedé.

Por un lado, Juno y esa visión práctica y optimista de un embarazo no deseado con resultado feliz en dos direcciones. El mérito está en convertir este drama en una comedia pasándolo en todo momento por la acidez y la mala lengua de su protagonista, una adolescente que decide tener la criatura y darla en adopción.

El guión es el fuerte de la historia y sospecho que el personaje protagonista, encarnado por Ellen Page, podría haber sido la mismísima Diablo Cody, su autora. Quitémosle unos quince años y mantengamos sus valores sólidos y su personalidad que hace de los problemas una nimiedad. Así me imagino a la guionista, cuyo pasado salvaje está en la tinta de su pluma.

¡Ah!, y ese toque de cuento que se despega de lo cotidiano y le da empaque y valores literarios a la ficción. Esta película trae frescor a este verano que empieza a ponerse calentito. Al igual que Conversaciones con mi jardinero, una historia francesa hecha desde el cariño y el profundo conocimiento de la esencia de la amistad.

Dupinceau et Dujardin, o lo que es lo mismo: Del Pincel y Del Jardín, los dos hombres cuya relación nace y se enriquece a lo largo de la película. Un pintor que huye del gran París en busca del sosiego del campo en su pueblo natal y un ferroviario jubilado al que éste contrata para que le haga un huerto y se lo cuide.

Pinceladas largas que van dibujando los retratos de los dos. Daniel Auteuil y Jean-Pierre Darroussin dan carne a estas dos visiones del mundo que se encuentran y combinan, dándose alimento la una a la otra.

Hermosa historia de diálogos sencillos en la que admiro cómo se pinta y se cultiva la amistad entre dos hombres.

miércoles 16 de julio de 2008

La cena

El joyero ofreció a su clienta un medallón con forma de corazón. Era exactamente lo que ella buscaba: una lámina de oro que representaba un corazón listo para quebrarse en dos.

-Fíjese. Cuando usted proceda, cada trozo tendrá su propia anilla para poder colgarlo de una cadena. Él deberá llevar su mitad y usted la de él, claro.

Durante toda la tarde, mientras preparaba una cena deliciosa y vaciaba todo su armario sobre la cama hasta decidir qué ponerse, miró a ratos la cajita envuelta con un papel negro brillante y una cinta blanca irisada.

Tenía ganas de abrir el paquete para contemplar otra vez su corazón junto al de él. Llegaría el momento esperado, le pediría que hiciera los honores y su amor separaría las dos partes. Cada uno tomaría la suya para entregársela al otro. Se llevarían el uno al otro para siempre.


La cena con velas resultó aburrida. Ella estaba muy nerviosa y no conseguía sacar conversación. Todo lo que se le pasaba por la cabeza le resultaba una tontería que estropearía lo que estaba por venir. Prefirió callar, esperando a que él rompiese el hielo.

Pero él no habló. Se limitó a engullir con rapidez el contenido exquisito de los platos que ella había preparado con tanto esmero. Llegaron al postre y a ella le costó mucho partir el pastel de trufa con el que sabía que no podía fallar. El cuchillo se atascaba. Su filo no sólo debía cortar el tierno bizcocho, sino también la tensión.

Por fin él dijo algo. Fue breve, claro y solemne. Que ya no la quería y que su corazón ya no le pertenecía a nadie. Eso dijo.

Ella permaneció muda. En unos pocos segundos dio un repaso completo a sus días con él mientras serenaba sus ganas de llorar. Sacó el paquete que reservaba con tanta ilusión, le quitó la cinta blanca irisada, retiró el papel negro brillante y abrió la cajita en la que el joyero había puesto el medallón. No le pidió que hiciera los honores. Los hizo ella misma. Tomó la pieza de oro y, con ambas manos, en ritual eucarístico, la partió en dos. Entonces salió de su silencio:

-Te equivocas. Tu corazón le pertenece a alguien. Es todo tuyo. Toma, quédatelo.

Después le hizo ver cómo se guardaba el suyo.

miércoles 9 de julio de 2008

Lo que fue

La casa de mis abuelos aún se alza en mi recuerdo. Hace muchos años que se transformó en tres casitas adosadas, propiedad posterior de mi padre y sus dos hermanas. El abuelo no llegó a conocer aquel producto de su herencia, aunque se ilusionó con quizás poder ver la obra terminada cuando se mejorase de su enfermedad.

De haber ocurrido así, habría reconocido su lila, conservada a un lado del patio, junto a la tapia sur. Hoy sigue dando hermosos racimos de florecillas de belleza y olor intensos. También el abuelo habría identificado parte de los suelos de su casa, que mi padre salvó de acabar entre escombros y formó con ellos un gracioso mosaico en el centro de la porción de patio que a él le tocó.

Esas porciones se hicieron mediante muros bajos y celosía en bloques blancos. Así se acababa con el espacio diáfano que nos permitía a mis primos y a mí rodearlo en bicicleta. Incluso montar una piscina en la que cabíamos todos cuando éramos pequeños. La llenábamos con agua del pozo que sacábamos con una manguera. Nos fascinaba observar cómo su contenido se llenaba poco a poco hasta llegar a un nivel compatible con el volumen de los cuerpos que iba a alojar y todo ese rollo de Arquímedes.

¿El pozo? Me temo que dejó de parecerse al que fue. La obra redujo su brocal y lo condenó a quedar adosado a una fachada interior de una de las casas. Por fortuna su parte subterránea perduró y el agua sigue estando ahí.

Del resto de la vieja casa no quedó casi nada, salvo algunos objetos que también se repartieron, pasando a formar parte de otros entornos y decorados. Como los serijos que el abuelo hizo con el esparto que tanto le gustó trabajar. Llevan mucho tiempo instalados en un contexto algo más urbano y me gusta admirarlos como memoria duradera de su maña artesana.

El abuelo. Fue labrador, aunque yo le recuerdo como un hombre sabio; un gran lector. Cómo me habría gustado conocerle más y mejor.

martes 8 de julio de 2008

De vuelta

Vuelvo del pueblo con la sensación de haber recuperado algo. De haberlo rescatado si acaso.

Veo que ha crecido y que, lejos de envejecer, se ha cuidado y renovado. Un paseo por el centro me devuelve imágenes que ya conocía y me regala otras tantas que me alegra descubrir.

Echo de menos el adoquinado de la calle Real, que quedó sepultado por el asfalto hace ya años. Eran adoquines negros, trabajados en la piedra procedente de los volcanes dormidos de las montañas que rodean el pueblo. Quién sabe si algún día sus conos despertarán y, tras echarlos en falta también, arrojarán de sus entrañas nuevos bloques que formen otra vez aquel sólido pavimento.

Encuentro, además, algunas viejas tiendas cerradas o sustituidas por comercios modernos. Ahora tendría que pasar al autoservicio Telesforo para obtener la misma compra que, hace años, habría hecho "en ca Ramiro". Son el mismo lugar, pero el cambio es sustancial.

Veo, a cambio, alguna calle renovada con muy buen gusto y conozco el nuevo teatro, un auditorio al aire libre, un centro de enseñanza secundaria, un centro cultural, la ampliación del ayuntamiento...

Las cosas se han movido, como el agua del río, que me parece más bonito que nunca. El baño en la Tabla la Yedra es ahora inmejorable y una estupenda atracción para muchos que llegan de los alrededores.

Lo que no se mueve es el castillo, que sigue impertérrito en lo alto de su loma. Más erosionado tal vez y con algunas piedras que han dejado de alzarse en sus muros, formando ya parte de un montón a sus pies.

Y subir a la Sierra de la Cruz se ha convertido en una delicia, perfumada en pleno julio por los romeros y tomillos que crecen entre las jaras y los chaparros de su monte bajo. Veo atardecer desde las cimas, contemplando todo el pueblo tendido allá lejos y doy al sol por desaparecido en cuestión de segundos.

Por la noche todo el mundo sale a la calle, algo aliviada ya de tanto calor. Encuentro muchas caras que me son familiares y que los años no han cambiado del todo. Hablo con algunas personas y me parece que el tiempo no ha transcurrido desde la última vez.

Todo cambia y, a la vez, permanece.

viernes 4 de julio de 2008

El pueblo

Vuelvo este fin de semana a mi pueblo paterno, Piedrabuena, en Ciudad Real. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Y mucho más sin haberlo pisado en verano.

De niño, parte de las largas vacaciones transcurría allí. Recuerdo con detalle la casa de mis abuelos, sus grandes puertas falsas pintadas de verde y el patio al que se abrían.

Añoro las horas a la sombra de un toldo de lona blanca, resguardados del sol, aunque no tanto del calor. Las paredes de adobe y piedra que el abuelo encalaba cada año daban paso al frescor del portal que distribuía las alcobas a izquierda y derecha. No lo conocí aún sin sus coloristas suelos de cerámica, cuando por él pasaban los perros, la mula y alguna gallina que picoteaba llevada por su búsqueda mecánica de comida en el suelo.

Aquel portal era un refugio placentero en las horas de fuego intenso.

Devuelvo a mis manos la fricción de la cuerda atada al pozo. Esa pita de hilachos firmes que dejaba correr entre mis palmas tirada por el peso del cubo metálico. Y los tropiezos de éste contra las paredes interiores del pozo. Primero rozando con el cemento de la cara interna del brocal y después, más abajo, chocando contra las piedras que rodeaban la oquedad formando un cilindro que acababa sumergido en el agua del fondo. El ruido brillante de su camino de bajada se hacía opaco y sólido a medida que subía lleno, derramando parte de su contenido al ser izado desde arriba.

Agua fresca. Un poco más que la del río Bullaque, al que nos llevaban a bañarnos muchas tardes. Nos calzábamos con zapatillas gomeras y entrábamos en su quietud hasta la zona donde cubría sin alejarnos demasiado de la orilla, poblada de zarzas y juncos.

Eran veranos con bicicleta y algún que otro desollón. Veranos de juegos a indios y vaqueros en los corrales de los vecinos. Veranos de partidas de cartas y partidillos de fútbol, en los que pronto me cansaba de estar, algo desanimado por mi escasa pericia.

Entonces las preocupaciones eran como esa, del tamaño de un niño. Ese niño sigue ahí, y mañana me lo llevo de la mano, otra vez al pueblo.

jueves 3 de julio de 2008

Maquillaje

Es fascinante ver cómo una mujer improvisa un tocador en cualquier parte. Como en otras ocasiones, el tren es el lugar en el que asisto a todo tipo de escenas. Algunas de ellas acaban repitiéndose tarde o temprano. Esta en concreto me gusta seguirla con interés.

Sentada frente a mí, esta anónima me regala una entrada para contemplar el ritual con que completa toda la operación.

Veo cómo rebusca en su bolso tamaño maxi. Oigo el cacharreo que desencadena su mano en el interior a medida que va encontrando y extrayendo todo lo necesario. Es ágil y lo tiene todo dispuesto con brevedad.

El proceso comienza y utiliza sus instrumentos con precisión. Su espejo: la luna de la ventana que tiene al lado, cuyo laminado y la luz interior del tren obran el milagro de entregarle su propio reflejo.

Un lápiz para marcar la línea de ojos, un líquido espeso que extrae de un botecito y extiende sobre sus párpados, un cepillito que sumerge en una solución de un negro intenso y que sale impregnado para ser aplicado sobre las pestañas.

Sus ojos verdes han quedado bien enmarcados y su mirada parece otra. No me la dirige, pero percibo su expresión cambiada.

El esperado momento en que tiñe sus labios ha llegado. Identifiqué su lápiz desde el principio entre sus cosas, y aguardaba el instante en que lo destaparía y, con un delicado giro, haría surgir la barra que alberga.

Rosa brillante. Unos toques a un lado y al otro. Y el retoque personal, apretando los labios entre sí. Besándoselos de fuera hacia adentro.

No emplea una brocha para sonrojar sus mejillas ni ningún otro paso añadido al proceso. Se gusta así, sin más. Ni menos.

Ha llegado a su destino y, tras devolver al interior de su bolso todo lo que sacó de él, lo cierra, se lo cuelga y abandona su asiento.

La función ha terminado.

Me llega el aire perfumado que va dejando tras de sí.

miércoles 2 de julio de 2008

Helicóptero sobre rojo

Un enorme insecto de chapa alza el vuelo y mientras toma altura, lubrica y ejercita los músculos de un ojo que cuelga de su vientre. Una hélice gira concéntrica sobre su dorso y lo mantiene elevado y avanzando hacia el lugar objeto de su misión.

Se diría que se gobierna a sí mismo, que su ánimo le lleva donde quiere ir. La necesidad y el instinto son eficaces motores.

Hoy el calor se inventa espejismos, la bruma tensa un velo sobre lo visible y quienes miran hacia el techo de esta tarde que les abrasa, ven pasar al bicho acompañado de su ruidosa carraspera.

Comienzo a mirar por su ojo y contemplo en pleno vuelo los primeros rincones de una aldea. Y al instante, tras ver en una sola estampa toda su extensión, sus últimos recodos han quedado ya lejos.

La misma secuencia se repite de nuevo, y así otras cuantas veces. Y a golpe de vistazo rápido: otras sucesiones de campos en colcha de un patchwork de combinación esmerada.

Después de la alternancia, que parece estudiada, el ojo que pende del cielo me muestra una gran ciudad. El insecto hace virar todo su metal y, siguiendo el hilo tensado de una de las vías principales de la urbe, se sitúa colgado sobre una zona rojiza.

Es un campo de amapolas que llenan una plaza.

Aparecen agitadas por el viento.

En realidad no es un movimiento de agitación. Más bien una vibración. Se mueven a voluntad, formando un oleaje que no se atiene a ninguna marea ni corriente natural.

Quiero que el visor por el que observo me dé el detalle de los seres plantados ahí abajo. La agudeza de su lente me sitúa muy cerca. Tanto como para comprobar que no son flores rojas, de las que otro insecto más orgánico que este podría haber extraído su polen.

Son otros seres, hoy vestidos de rojo para demostrar que algo les pone en común y les iguala sobre todas las cosas. Apiñados porque se sienten unidos, vibran con una fuerza que se eleva y me alcanza.

Me impresiona esta imagen, que retengo incluso después de haber abandonado este bicho de hélices cortantes. Acallado ya su ronco rumor. Cerrado ya el párpado sobre su córnea eléctrica, el ojo por el que miré guarda en su retina los ecos rojos de un atardecer muy encendido.

domingo 29 de junio de 2008

¡Podemos!

Cuatro puede presumir de haberlo hecho bien. Han conseguido popularizar este pulso de aliento. Un hálito que surge de dentro. Del ánimo de cada uno de nosotros.

¡Podemos! ¡Claro que sí! Queremos sentirnos capaces y darles alas para que ellos lo consigan. Si ellos pueden nosotros también. Y si ganan vencemos todos.

Yes, we can! Eran las palabras que el equipo que diseñó la campaña de primarias de Obama hizo que se pegasen a los labios de quienes le auparon hasta su victoria. Cada uno de ellos quería darle fuerzas y darse fuerzas. Todos buscamos nuestro propio refuerzo.

La misma fórmula funciona en cualquier ámbito. También en la política. Somos individuos dentro de un grupo al que damos fuerza y de él la extraemos.

Una breve arenga a la tropa. Necesaria en momentos clave. Como cuando los soldados están desmoralizados tras largos años de fracasos en la lucha.

Así somos. Y Cuatro ha conseguido que nos impliquemos y nos veamos coronados por los deseados laureles.

sábado 28 de junio de 2008

Siempretodavía

O Everstill. Como uno prefiera.

La Huerta de San Vicente, corazón cultural granadino, recibe estos días las obras de un puñado de artistas contemporáneos que se permiten darnos su visión de García Lorca a través de su vida cotidiana en esta casa.

Siento que me cuelo en casa de Federico, que se ha marchado fuera durante una temporada, y que puedo husmear entre sus cosas sin que nadie me llame la atención. Y mi curiosidad se alimenta doblemente, pues veo cómo todos estos artistas han establecido una relación íntima con el poeta para crear algo a partir de ella. Entro también en su mundo privado.

Los García Lorca reciben varias visitas al día. Son buenos anfitriones. Me encuentro entre los concurrentes. Todos poblamos las dos plantas de la casa, al igual que muchos objetos que Federico nunca conoció pero que le resultarían como suyos de poder verlos.

Sobre la mesa del poeta, una máquina de escribir. Cualquiera puede utilizarla pero sólo conseguirá concretar unos cuantos ceros en el papel. Sobre ese escritorio ya todo se escribió. Nada queda por contar.

Dos artistas de la vanguardia actual osan acostarse en la cama de Federico y fotografiarse soñando. O aspirando a soñar lo mismo que él. ¡Quién pudiera tener una de sus pesadillas!

Alguien ha decidido devolverle la vida a la casa mediante el correo. Evocando los días que Federico mantenía su relación epistolar con Eduardo Marquina, Jorge Guillén o Ana María Dalí, o tantos otros. Cada día, sin descanso, llega a la huerta una postal que nos devuelve la ilusión de que alguien sigue recibiendo correspondencia en la casa. Se trata siempre de la misma estampa pero lo valioso es que da nueva vida a un buzón que recibe visita sin falta otra vez.

El mérito de quien nos regala un nuevo retrato del poeta a través de la literatura es también grande. Nos muestra decenas de libros en los que ha visto la presencia de Lorca plasmada de una u otra forma. Un retrato hecho de páginas que él no escribió.

Y la presencia de sus obras. Cómo no.

Un placer.

Siempre.

Todavía.

lunes 23 de junio de 2008

Emma

Muchos días me doy de cabezazos contra las paredes del este pasillo por el que recorro la vida. Sé que me lleva a casi todas partes. Voy encontrando infinidad de puertas por las que colarme para experimentar cosas nuevas, o incluso para replantear el rumbo emprendido.

Y hay momentos en los que, después de haber visitado algo al otro lado de una de esas puertas, siento mucho no haberla atravesado antes. ¡Qué tonto!

La que da paso al mundo de Madame Bovary hace que me sienta así. Sabía que estaba ahí, disponible para ser visitado el día menos pensado. Lo que no sabía era que no era un escaparate ante el que uno se para a mirar. No. Era algo más.

He entrado a vivir.

Después de conocer a Charles, y a Emma de su mano, me he quedado con ésta última. ¡Y cómo he disfrutado con ella! Aunque también he sufrido sus frustraciones, sus anhelos y sus rencores. Por eso en algunos momentos he querido acompañarla de la mano y en otros apartarme con cuidado, por miedo a ser dañado.

La odio, me atrae, me produce rechazo, la quiero. Siento terriblemente su desgracia y la de los suyos. Suyos muy a su pesar.

Aun así, siento mucho no haberla conocido antes. Por eso voy lamentándome contra estas duras paredes.

jueves 19 de junio de 2008

Mi radio

En mi vieja radio, la de bolsillo comprada durante mi primer curso universitario, aparecen sonidos que echo de menos en otras radios. En una nueva, mucho más pequeña, con pantalla LCD y memoria suficiente para grabar la emisión completa de Radio Nacional, sólo encuentro tecnología, pero nada de encanto.

Mi radio de siempre, aunque ahora parezca un cacharro, ya era muy pequeña en su momento. Tenía tanta o más tecnología, pero de la de hace años, claro. Tiene una carcasa plateada que ha perdido todo su brillo con el tiempo y el uso. Cuenta con las marcas de la batalla diaria y con los golpes de innumerables caídas involuntarias. Ella no las quería, ni yo tampoco. Pero sigue dándome las alegrías de siempre. Sólo me pide pilas. Nada más. Y le cunden mucho. Ya lo creo. Qué buena es.

Tiene una rueda con la que siempre he encontrado en el dial todas las emisiones que me han interesado. Todo un placer dar con algo nuevo, que se sale de la rutina, de lo más trillado a diario, y de esos lugares comunes entre todos los oyentes. Comunes, incluso, conmigo mismo.

Girar esa rueda es casi darle a la fortuna un motor y ponerla a rodar. Un milímetro en el dial es un trecho largo en el mundo. A mí siempre me ha gustado ir haciendo paradas y detenerme a husmear entre los sonidos que voy encontrando a lo largo de esa regla de centímetros desiguales. Puedo saltar de un punto a otro trazando siempre una linea recta, y así me dirijo directamente al grano, sin dar rodeos.

Me muevo en un espacio de ruido de nieve, la nieve de las frecuencias en blanco por las que debo transitar hasta dar con alguna válida. Y cuando la encuentro está llena de sonidos que acaban dando sentido a mi travesía casi esteparia. Me quedo admirando las vistas y permanezco, o decido marcharme a otro sitio. Salto de una canción a otra, de una voz a otra, o de todas ellas al silencio.

Y todo ello sólo con mi ruedecita.

Por eso me gusta más mi vieja radio.

viernes 13 de junio de 2008

La llamada

Jack viajaba en un autobús urbano. Era lunes. De madrugada. A esa hora Madrid aún dormía y todavía no se habían desperezado las primeras almas para comenzar otra semana más. Se había montado en Cibeles y se dirigía hacia Canillejas, confirmando por el camino que el conductor hacía la misma ruta de siempre. Ninguna alteración sobre lo previsto.

Tercera parada del trayecto. Una chica subió y tomó asiento enfrente de Jack. Le sonrió abiertamente y dejó que su mirada se perdiese hacia el fondo del autobús.

Jack la observó con interés. Advirtió cómo ese gesto amable y momentáneo se había empezado a borrar de sus labios. Sus ojos se estaban entristeciendo, una pena enorme se escapaba de ellos y empezaba a envolverla toda entera. ¿Por qué aquella sonrisa tan hermosa se había perdido en la amargura? Se preguntó Jack al tiempo que su teléfono empezó a sonar. Era una llamada de origen desconocido.

-¿Sí? -atendió. Una voz le dijo al oído algo que llevó su interés de nuevo hacia la chica. Cabeceó asintiendo, sin perderla de vista, como queriendo establecer contacto con ella.

Con el móvil pegado a la oreja, incredulidad ante la situación y mucha cautela, trató de llamar su atención con su otro brazo, el que no sostenía el aparato. Los ojos apenados que antes miró sin que le vieran, ahora se posaban otra vez en él.

-Disculpa. Es que... esta llamada es para ti -la chica mostró su enorme extrañeza y, sin decir nada, tendió su mano para recoger el objeto que Jack le estaba ofreciendo. Se puso al habla.

-¿Hola?

Jack escrutó su expresión. La chica miraba al suelo y también le miraba a él. Sólo le transmitía sorpresa y recelo mientras atendía a lo que alguien le decía a través del auricular.

Parecía un monólogo del que Jack no podía escuchar nada, aunque la cara de su, ahora, invitada empezaba a translucir otro color. Algo de luz iluminaba la cabina del autobús y no provenía de las mortecinas farolas que pespunteaban la calle. Su abatimiento tendía a desaparecer.

Se le volvía a escapar la misma sonrisa que Jack recibió de ella cuando se sentó frente a él, y se la volvía a dedicar completa. Vió en sus ojos un chispazo de alegría que le hacía olvidar la inmensa tristeza que le había transmitido. Era como si su aflicción hubiese quedado aislada en un segmento del tiempo que, afortunadamente, ya estaba enterrado.

-Gracias. Muchas gracias -dijo la chica a su interlocutor. Colgó la llamada, se levantó de su asiento y le devolvió a Jack el teléfono poniéndoselo sobre una mano. Cogiéndole la otra, reunió las cuatro manos, las suyas y las de él, con el móvil arropado entre todas ellas. Ahora estaba feliz y quería que Jack participase de su momento.

El autobús paró, le dió un beso y corrió hacia la salida para alejarse sin mirar atrás. Se la vió doblar una esquina mientras el vehículo marchaba adelante.

Jack atesoraba el aparato entre las palmas de sus manos, encerrándolo como oro dentro de un cofre. Imaginó que ese mismo cofre se abría y la sonrisa recobrada de la chica salía de él llenando todo su entorno de dicha.

Bip bip. Bip bip. Era un mensaje. Nuevamente un desconocido. Se apresuró a leerlo.

"Gracias, Jack. Juntos hemos logrado algo hermoso".

jueves 5 de junio de 2008

Los unos y los otros

Uno dice que no ha sido él, que ha sido el otro. El otro le replica que no sólo no lo ha hecho, sino que es algo que jamás haría y que es propio del estilo del uno.

El uno se defiende y señala que no sabe de qué se le habla. Ya no se acuerda de cual era el objeto de su acusación sobre el otro.

El otro aprovecha para jactarse de algo que ha hecho. El uno opina que no está bien y que él lo habría hecho mejor. El otro se ofende y le recuerda al uno que cuando tuvo ocasión de hacerlo no lo hizo, por lo cual ahora no está autorizado a reclamar.

El uno calla al respecto y se atribuye el mérito de otra acción muy distinta de la que el otro también se considera responsable. De hecho, cree que no se habría conseguido sin su aportación. El uno no le quita la razón, pero estima que ese apoyo debía haber existido también en otras ocasiones. El otro alega que siempre ha estado ahí, pero que no se ha contado con su ayuda.

El uno replica que la última vez que pudieron lograr algo no existió esa mano tendida. Y el otro ya ha olvidado aquel momento, pero insiste en que siempre se ha contado con él para todo.

¿Sí? ¿Como cuando te pedí colaboración y me la negaste? Le pregunta el uno y el otro apunta que nunca dijo que no, sino todo lo contrario.
¿Nunca has dicho lo que dijiste?
Ya no lo recuerdo. Ni quiero acordarme.
Pues así nunca nos entenderemos. No llegaremos a un acuerdo.
Estoy de acuerdo.

miércoles 4 de junio de 2008

Dentro de un tren

Subido en el primer piso de este tren veo que todo pasa a mi lado y se marcha. Yo no me muevo. El traqueteo zarandea a derecha e izquierda a los que me rodean. Sólo permanecen inmóviles las señales fijadas a las paredes del vagón: la del extintor, la del cigarrillo negado, la de los escalones peligrosos, la del asiento reservado...

A mi espalda un grupo de chavales toca las palmas flamencas. Creo que fuera de contexto. Aunque no tanto de horario. El duende gitano se arranca bien entrada la noche.

A mi derecha dos gigantones de origen africano se empeñan en conversar a un volumen exageradamente alto. También fuera de lugar. Tienen costumbre de comunicarse a gritos en esa mezcla de inglés y alguna lengua tropical. En otros momentos del día no me habrían fastidiado, pero ahora me obligan a buscar otro sitio alejado del ruido.

La prensa gratuíta se desparrama por los asientos y el suelo. Algunas personas no son capaces de mantener un periódico entero, sin desmontarlo. Desperdigados los titulares, los anuncios por palabras, la publicidad de agencias de viajes y algún sudoku relleno ya, no sé si con éxito.

El resto del trayecto sigo oyendo voces africanas con un fondo de palmas. Me temo que la fusión no es muy afortunada, o yo no estoy para experimentos.

A mi izquierda la ventana. Me miro en mi reflejo translúcido, a través del que veo las nubes y los edificios recortados sobre el cielo que se apaga en tonos tibios. Y en mis ojos todo el cansancio de una jornada y el deseo de cenar en compañía muy deseada.

martes 3 de junio de 2008

El jugador

Un energúmeno de cabeza pelada, cuerpo doble y músculos inventados corta cabezas con artes de segador. Su hoja, de precisión quirúrgica, rebana y desmembra sin el apoyo de una piedra de carnicero. El barbero de la calle Fleet la querría para sí.

El asesino mata frenéticamente, con la mirada perdida y la expresión dibujada a rayajos. Los cuerpos de sus oponentes caen y quedan diseminados a su alrededor. Algunos han logrado, en defensa o en ataque, herir con dagas y navajas al impertérrito fenómeno. Heridas rojas de arma blanca.

Las mellas no le detienen y, aunque ha perdido su espada, sigue armado con sus puños de forja. Lanzados con tino son tan demoledores como el hierro, y el animal derriba con ellos a otro buen número de rivales. Los desarma y después los desalma. Y así ve crecer el saldo de su barbarie.

La gesta sangrienta progresa hasta que un descuido le hace fallar. Otro guerrero le ha batido y el héroe cae fulminado. Todo se detiene. Su cuerpo, inerte, parpadea durante unos instantes hasta desaparecer.

Una maldición y un manotazo al aire sacan al jugador de su trance. Se incorpora y vuelve a sentarse, removiéndose incómodo. Golpea contra sus rodillas el instrumento con el que manejaba el poder del bruto y relaja sus pulgares, todavía palpitantes tras pulsar tanto y tan rápido. Para que otro salvaje surja de la nada y luche a merced de dos dedos imparables, sólo debe apretar un botón.

No se lo piensa y vuelve a la carga.

domingo 1 de junio de 2008

Mucho ruido y pocas nueces

Mi obligación laboral me tiene despierto hasta las tantas. En una de las pantallas que tengo delante empiezan a aparecer imágenes que me resultan familiares. Las selecciono para traerlas cerca. Quiero reconocerlas mejor.

Se trata de "Mucho ruido y pocas nueces", una película que recuerdo con cariño y que... ¡veré otra vez! Después de quince años de su estreno no sé si me dará lo mismo que recibí de ella en su momento. Veremos.

Y digo veremos porque lo que sí he revisitado de vez en cuando ha sido su banda sonora. Conozco bien todos sus pasajes y canciones, con el grandísimo Patrick Doyle regalándonos una partitura excelente, aparte de su voz y su presencia como Balthasar en la película. Sin duda, buena parte de la vitalidad de la cinta tiene que ver con la música de Doyle. Desde la prometedora obertura hasta su grandioso finale. Es uno de mis compositores favoritos y lo traeré a estas líneas más de una vez.

Disfruto de nuevo de los enredos, de los malentendidos y de toda la carga poética y sensual que su director, Kenneth Branagh, supo manejar muy bien. Gracias siempre al gran Shakespeare.

Son muchos elementos en uno: estupendos actores y actrices, buena fotografía, un texto infalible... ¡y cómo me gusta haber vuelto a la Toscana!

miércoles 28 de mayo de 2008

... sobre mojado

Abro un paraguas todavía a cubierto y salgo hacia donde el agua no cesa de caer. La oigo chocar contra la tela que me cubre. Estallidos sobre un lienzo tenso.

Sobre mí dos cielos. Uno sujeto por un árbol de varillas metálicas que despliego para protegerme del otro, ése al que miro disgustado.

Mientras se aguan mis planes de escapada primaveral también lo hacen los pantanos. Mi pequeña desgracia es una gran suerte para todos.

viernes 23 de mayo de 2008

Llueve

Tras varios días de lluvia incesante y cielos cubiertos que la pregonan todavía, necesito ver un claro por alguna parte. Un pequeño resquicio por el que la luz del sol se cuele, llegue al suelo y lo encienda.

La verdadera energía, por mucho que al átomo le duela, es la del sol. A él le debemos la vida y echarlo de menos cuando no está presente nos es innato. Y suspiramos anhelantes mientras vemos la lluvia caer. Quizás por eso las tristezas y desánimos vienen llovidos del cielo, que cierra con nubes el paso de esa luz que nos da alegría.

jueves 22 de mayo de 2008

Actores

Veo en La 2 un reportaje basado en entrevistas a actores españoles. En apariencia, la plantilla empleada es un cuestionario que alguien ha ido formulando a todos ellos, uno a uno. Los encuentros con cada actor y actriz han debido producirse hace no mucho tiempo pero, por desgracia, alguno ya ha fallecido. Como el maestro Fernando Fernán Gómez.

A solas, reunidos en el mismo montaje, van desentrañando lo que es para ellos ser actor. Hablan de los difíciles comienzos y del aprendizaje en escuelas o viendo trabajar a los más grandes. De la ilusión con que, durante años, se han enfrentado al día a día.

Coinciden en lo enormemente afortunados que son por haber dado con su profesión. De entre todas las posibles, no podrían haber encontrado ninguna mejor.

Mencionan la vanidad como uno de sus fuertes... o flaquezas. Y también al espectador como espejo en el que mirarse para saber si lo están haciendo bien o no tanto.

Nos descubren una de las cualidades imprescindibles para dedicarse a la interpretación: la fortaleza física. Deben cuidarse para evitar caer enfermos, pues saben que de ellos depende que aquello que están haciendo siga adelante. Y la incertidumbre siempre presente. ¿Tendré trabajo? ¿Me llamarán? Pueden tener el favor del público, pero de nada sirve si los directores y los productores no se acuerdan de ellos.

Su consejo para quienes quieren también ser actores: intentarlo, perseguirlo, empeñarse en ello. Actuar sin parar, crear, hacer sin descanso.

Me planteo que sin esa perseverancia nunca habría llegado a enamorarme, ni emocionarme, ni a divertirme tanto con los actores y actrices a los que admiro.

Mi aplauso para todos ellos, siempre.

miércoles 21 de mayo de 2008

Calles descubiertas

Tengo la increíble fortuna de poder recorrer uno de los callejones rescatados para mi ciudad. Quiero gozar mientras camino por él y pisar con sentido, refrescado por sus guijarros mojados tras un chubasco de primavera. Después del chaparrón llega un baño de luz.

Siento que todo se ha dispuesto para que lo disfrute a solas. Me dispongo a pasear con los ojos bien abiertos y mi piel tendida al sol. Quiero recoger sus rayos, que saltan por encima de los aleros de los tejados y se lanzan al suelo retozando.

Y avanzo.

Admiro los muros que enmarcan el trazado de la calleja, otros días enmascarados o hurtados a cualquier ojeada. Son las tapias laterales de edificios del pasado, hechas de piedra y paños de ladrillo. Sólidos tabiques que separan el aire de fuera, que fluye y no se detiene, del de dentro, suspendido entre paredes.

Adivino una silueta lejana al fondo. Aparece y desaparece sin que pueda describir ningún detalle. Ha sido una sombra a contraluz que se marcha e ignora que paseo transportado. Me reanima una palmada en el hombro del viento, que encuentra en este angostillo su camino para alborotarse. Levanto la vista y, buscando el cielo, trepo con los ojos por las paredes, aferrado a sus piedras hasta encaramarme a las tejas. Y desde arriba me veo abajo, casi al final de mi travesía.

Oigo una voz cuyo eco reverbera a mi espalda y corretea entre las paredes centenarias. He llegado al final del camino habiendo conquistado un nuevo espacio. O un viejo territorio. Dentro de un instante quien deja escapar su voz detrás de mí va a tener la suerte de hacerlo suyo también.

martes 20 de mayo de 2008

Calles secretas

Estoy descubriendo mi enorme interés por la recuperación urbana. No me atrae tanto la proyección de entornos habitables en los que las calles nos llevan de unas casas a otras. Ni tampoco el delineado de planos que esbozan ciudades. Prefiero la recreación de éstas a partir de lo que ya existía y, aunque no lo supiéramos, aún sigue ahí. Podría llamarlo arqueología de superficie.

Tómese una zona en la que hace siglos existieron varios edificios y algunas calles entre ellos. Con el paso de los años esas construcciones se han envuelto y revestido, incluso han cambiado de uso o dejado de tenerlo. Tal vez también por el desuso las calles que las separaban y unían se han cerrado. Puertas y tapias han celado la luz que antes las hacía visibles y, durante mucho tiempo, hemos rozado al pasar sus accesos ocultos.

Muchos calendarios después un nuevo plan urbano o la regeneración puntual de una manzana hace que un par de calles vuelva a abrirse. Y muchos de los que ignorábamos que algún día del pasado a alguien le sirvieron para atajar de un punto a otro quedamos fascinados. Nos ocurre lo mismo al comprobar que una fachada que solo escondía ruinas ha pasado a ser la delantera de una edificación viva otra vez.

Construcciones que regresan a la vida y calles que vuelven a verla pasar. Me abstraigo y sueño despierto que me adentro en uno de esos nuevos accesos y piso su empedrado con zapatos de suela delgada. Un nuevo acceso que, por su antigüedad, no se llamará así. Por fuerza deberá tomar el nombre de travesía, o corredera, o pasaje, o calleja, o incluso angostillo. Como debe ser.

lunes 19 de mayo de 2008

El sonido del horror

Esta tarde he asistido a varias escenas de guerra. No he visto luchas, ni armas, ni sangre, ni nada de lo habitual en estas situaciones. No había nada ante mí. Tampoco una pantalla de cine o televisión en la que hubiera podido verlo todo sin estar en el lugar de los hechos. Pero estaba. No veía pero oía.

Mediante el oído he podido despertarme una mañana hace doscientos años, salir a la calle y recorrerla entre el sonido de los carros, los animales y los ecos de voces lejanas y cercanas. La cotidianeidad de un día en el Madrid de 1808 y la calma tensa que se rompe sin remedio. He escuchado los pasos de los soldados franceses a pie y los de los cascos de los caballos. Gritos valerosos de quienes se enfrentan a ellos. Otros aterrorizados de quienes les combaten sin posibilidad de salir con vida de las refriegas. El choque de hojas de espada contra navajas y otros hierros no ideados para pelear. Y más gritos y alaridos acallados por cañonazos y disparos.

En mis oídos todo un día de combates sangrientos en los que muchos madrileños no sólo han perdido sus vidas. Y también una noche en la que la justicia del invasor, rotunda y brutal, ha sido aplicada.

Los últimos tiros ejecutores resuenan aún, mezclados con el canto de grillos y chicharras. A partir de entonces dejo de oír, de auscultar la noche, y veo el sol. Ha llegado el día, pero la luz no trae felicidad.

(Para los que queráis vivir algo parecido, basta con que os acerquéis al Cuartel del Conde Duque, en Madrid, y entréis en una pirámide negra que encontraréis en uno de sus patios).

domingo 18 de mayo de 2008

Esperando el tren

Hoy la estación de Atocha vive su hora punta sin serlo. Son casi las doce de la noche y hay muchos más viajeros de lo acostumbrado. Les observo sentado en uno de los bancos de metal rojo calado.

La mayoría de ellos esperan solos. Como yo. A mi lado un joven sudamericano oye en sus auriculares música electrónica mientras lee la Biblia. Abierta concretamente por el libro de Daniel. ¿Coincidencia?

Si levanto la vista de las páginas de la Biblia de mi vecino me topo con un kamikaze que bordea el andén ignorando el peligro que corre. Seguramente confía más en el agarre de sus suelas a ese filo de piedra que cualquiera de los que asistimos a su improvisado espectáculo de funambulismo. La banda sonora la pone la música que sigue llegándome alta y clara desde los cascos de mi compañero. Le va como un guante a la escena.

Distrae mi atención el desagradable ruido que produce un elemento que escupe contra el suelo. Viste traje y corbata. Eso, lleva corbata. Sólo espero ver cómo se limpia con ella tras lanzar un par de escupitajos más. Los ha enviado con soltura a viajar sobre raíles. ¡Qué virtuoso!

Me desentiendo de él cuando el aire movido por unos papeles me da en la cara. Huele a tinta seca. La que llena las páginas de unos cuantos ejemplares de prensa gratuita que una señora sacude con intención de plancharles las arrugas. Se sienta entre el chico que lee la Biblia y yo. Es muy tarde para hacer el esfuerzo de leer de reojo los titulares de alguno de esos periódicos. Se imprimieron hace más de veinticuatro horas y ya los llenan noticias del pasado.

El tren llega puntual, con sus dos plantas habitadas con poco orden. Es el último del día y el andén, en ese preciso momento, despide a la vez a los que salen y de él a los que nos subimos.

viernes 16 de mayo de 2008

Por debajo

Es de noche. Atravieso Madrid por debajo. Por donde nadie en la superficie puede ver los faros encendidos de mi coche ni oír la ronca monotonía de su motor. Es el territorio de los insectos y de otros muchos seres que perforan el suelo en un punto y parten desde él horadando la tierra, abriendo galerías que les llevan a otro espacio distinto. Ignoro qué hacen por el camino y si ese trayecto hacia un punto final tiene algún sentido más que el propio fin que intentan alcanzar. En definitiva, eso son cosas de bichos.

El caso es que me siento uno más de ellos, oxigenando la tierra o moviendo, al menos, el aire en sus entrañas. Encuentro semejantes por el camino. Seres noctámbulos como yo que habitan en tránsito estas galerías. Me dan su compañía por un momento, marchando parejos hasta que su rumbo deja de ser como el mío. Me pregunto si desean llegar a su destino tanto como yo. Son individuos que se saben anónimos, que no conocen a quien deambula junto a ellos. Pero en ese estrato, por debajo de la realidad, tienen la certeza de estar conectados entre sí. Ellos y yo tenemos mucho en común: un mucho que es todo lo que cabe en ese espacio que vamos salvando en paralelo. Una conexión temporal que se rompe en cuanto cada cual se dirige hacia su salida. Yo también encuentro la mía y me olvido, como todos ellos, de ese cosmos cavernoso que permanecerá ahí. Pero para otros.

Recorremos el Madrid subterráneo buscando salir de él. No queremos estar ahí porque no es Madrid.

martes 13 de mayo de 2008

¿La vida es sueño?

Hoy vivo en la nebulosa del jet lag que sufro cada vez que paso del horario nocturno al diurno. Debo adaptarme nuevamente al ritmo que está marcado para casi todos. Vivir cuando casi todos y dormir también cuando casi todos. Diferencio vivir de dormir pues hace tiempo que siento que durmiendo no vivo.

Estos días se habla de que varias universidades de distintos países han completado el mapa genético del ornitorrinco. ¡Por fin! Ya sabemos cuánto tenemos en común con ese simpático puzzle disparatado de la creación. Pero a mí estos días me interesa más saber si mi genoma y el del lirón careto tienen algo que ver entre sí. Mi necesidad de sueño es abundante y, aunque hoy el lapso temporal que dedico a dormir se ha desplazado unas horitas, voy cubriéndola sin grandes problemas.

Vamos, que duermo a pierna suelta. Eso del lado positivo. Del negativo la más amarga frustración que se adueña de mí cada vez que intento recordar lo que he soñado y no lo consigo. ¿Horas y horas durmiendo para nada? ¡Es como si todo ese tiempo no existiese! A veces quisiera tener la seguridad de que no sueño, pero la evidencia me rompe la cara cuando me sorprendo a mí mismo siendo protagonista de historias en las que mi subconsciente me implica. Ahí está el peligro de desvelarnos mientras dormimos y toparnos con nuestras otras realidades.

Así que por más que quisiera no podría negarlo. Hay sueños dentro de mi sueño. Vidas dentro de la mía. O serían eso si fuese capaz de evocarlas y entregarlas a la memoria para que las manejase junto al resto de los recuerdos. De ellos está la vida hecha. De los recuerdos que la memoria va almacenando y gestionando. Son los objetos que ésta toma y organiza en sus estantes. Muchos de ellos debe moverlos constantemente, bajo petición. Alguna exigencia le obliga a tenerlos a mano, en las primeras filas. Por eso va rescatándolos del fondo a medida que van llegando otras piezas, siendo depositados con método en las líneas delanteras.

Hay determinados recuerdos que siempre deben estar a mano y me gustaría que entre ellos se encontrasen mis sueños. Trabajaré para conseguir que mi memoria también los tenga en cuenta. Va a ser un proceso difícil, propio de un negociador curtido. Pero algún día tendré mi premio y comenzarán a ser trozos de mi vida. Así viviré mientras duermo.

sábado 10 de mayo de 2008

Soy virgen

Acabo de lanzarme, con nocturnidad e inconsciencia, a esto de las bitácoras online. A estas horas y con este sueño tremendo ignoro todo tipo de respeto o miedo ante la nueva aventura. Y me lanzo sin más.

Espero ser constante y encontrar a menudo una excusa para entrar y escribir.