Llegados hasta aquí, y esperando que Amanecer -prevista en dos entregas- no maree mucho la perdiz, puede sorprendernos encontrar a Javier Aguirresarobe metido en este berenjenal. Ya fue una gratísima sorpresa verle en los créditos de la entrega anterior y comprobar que la saga había madurado y obtenido empaque gracias a su luz. A la vista de su sobresaliente trabajo en la fotografía de esta película no queda más que desear reencontrarlo otra vez en esto, o en lo que sea.martes, 20 de julio de 2010
Aguirresarobe eclipsa
Llegados hasta aquí, y esperando que Amanecer -prevista en dos entregas- no maree mucho la perdiz, puede sorprendernos encontrar a Javier Aguirresarobe metido en este berenjenal. Ya fue una gratísima sorpresa verle en los créditos de la entrega anterior y comprobar que la saga había madurado y obtenido empaque gracias a su luz. A la vista de su sobresaliente trabajo en la fotografía de esta película no queda más que desear reencontrarlo otra vez en esto, o en lo que sea.domingo, 18 de julio de 2010
El destino de la bandera
La dejó durmiendo en el hotel durante dos días. Aunque recuperarla tras la subida a la Torre Eiffel fue sencillo, no quería arriesgarse a tener que perder ni un solo segundo ingeniándoselas para dejarla a buen recaudo mientras hacía sus visitas.
La tarde de la gran final uno de sus familiares dio una sorpresa al resto del grupo reservando sitio en una terraza del Boulevard du Temple. Cenarían al aire libre, frente a una gran pantalla que los propietarios del bistro habían dispuesto fuera del local. La emisión de la TF1 sirvió de eficaz imán que atrajo a mucha clientela, buena parte de la cual estaba con 'la roja'. ¡Viva España!, gritaba una efusiva italiana con gran sonrisa y camiseta a tono. ¡Vamos!, repetía una pareja de americanos a quienes no les faltó cerveza en ningún momento. De los dos la chica parecía hablar algo de español, lo cual podía ser causa, o tal vez consecuencia, de su afinidad por la Selección.
La bandera ondeó, vibró, flotó con empeño, marcando un territorio al que la mayoría de los presentes habría querido afiliarse. Sólo unos pocos eran de presumible inclinación holandesa, aparte del camarero. Cuidado con Robben, murmuraba éste asintiendo, como queriendo subir al marcador los goles que el delantero estuvo a punto de marcar.
Y llegó el de Iniesta. Parecía como si todo París lo celebrase. O casi todo. Al poco, cuando las repeticiones del tanto ya se habían sucedido y el entusiasmo esperaba al final del partido para volver a exaltarse, la chica americana volvió apresurada a su mesa. ¡Lo sabía, sabía que no podía marcharme!, le decía a su novio bastante disgustada. Era la anécdota del momento y todos lo comentaban.
Cuando el árbitro dio fin a la prórroga el delirio estalló y la bandera siguió agitándose en una fiesta que llegaba de forma natural. Cerveza en mano, el chico americano se acercó al grupo. Somos de California, dijo. El otro día, el del partido contra Alemania, mi novia quiso comprar una bandera pero no la encontró. Hemos seguido a España durante todo el Mundial y hoy, la pobre, justo cuando se va al servicio se pierde el gol y... I wondered if... your flag... me preguntaba, no sé... si pudieras darle tu bandera...
No supo negarse. Buscó la aprobación en los ojos de su gente, pero ya había decidido regalarla gustosa. La chica americana saltó y gritó de pura alegría. ¡Muchas gracias!, repetía con verdadera ilusión. Se hicieron una foto en la que retendrían aquella cesión. La bandera tendría un destino imprevisto y una historia que su nueva propietaria quizás algún día llegaría a conocer.
jueves, 15 de julio de 2010
La bandera
Le sorprendió que París no fuese tan ajeno a sus colores. A menudo se cruzó con referencias a 'la roja', camisetas, gorras y banderas... al pie de Notre-Dame, en los bateaux del Sena, a la sombra de las columnas del Panthéon, en los jardines de Luxemburgo. Mantuvo así la esperanza de llegar a ver la final con bandera. Paseando por la plaza del Trocadéro se presentó una posibilidad, así que regateó hasta llegar a un precio razonable. Ya era suya. Dos días después la llevaría consigo y animaría a la Selección como nunca antes lo había hecho.
Aguardó su turno en la cola de espera para subir a la Torre Eiffel. Había decidido que le anocheciera contemplando las vistas de la ciudad desde uno de los miradores de aquel gigantesco andamio de hierro. Sería otra hermosa vivencia, inolvidable como tantas aquel día.
Open your bags, please! Uno de los vigilantes se anticipaba al control de seguridad previo a la entrada. Ella le mostró el contenido de su mochila. El guarda revolvió en el interior hasta dar con algo. Lo siento, no puede subir con la bandera, dijo en su inglés afrancesado. Ella le rió la gracia. Era evidente que estaba de guasa. La bandera no pasa, insistió él forzando una seriedad poco convincente. ¿O sea que no es una broma?, dedujo ella al fin. Ni banderas ni otros símbolos, recalcó el centinela. Descuide, no voy a desplegarla ahí arriba, le aclaró. Son las normas, le lanzó otra negativa. ¿Y qué hago con ella? ¿La tiro? Acabo de comprarla, se explicó tratando de obtener una pizca de comprensión. Haga lo que quiera con ella y a la vuelta podrá pasar, última palabra.
No se lo podía creer. Salió de la cola totalmente anonadada. Nadie iba a darle crédito cuando lo contase. Buscó un escondrijo bajo la pata norte de la Torre. Llevaba la bandera doblada y todavía precintada. Un hueco en el pavimento de un escalón sirvió para arrebujarla y unas piedrecitas y un pedazo de corteza de árbol acabaron de ocultarla. Al volver a la cola y demostrar al controlador que el trapo ya había desaparecido no pudo resistirse a hacerle una breve consulta: ¿Y si la bandera hubiera sido la de Francia?
Decidió dejarlo así para no discutir. Quería recrearse en el ascenso, en el aire, en las vistas. Y lo consiguió. Al cabo de un rato las luces de la Torre comenzaron a destellar en el encendido más espectacular que había vivido nunca.
viernes, 9 de julio de 2010
En el nido
El año pasado nos sorprendieron dos masas negruzcas y palpitantes de cuya existencia latente no habíamos tenido noticias, hasta que su salida del cascarón las hizo patentes. Este año, sin embargo, hemos podido ver los huevos y a su ponedora incubándolos. Las criaturas han tenido, creo, más mérito que sus antecesoras pues el último mes ha sido muy cambiante; las pobres han tenido que aguantar toda clase de inclemencias. Digo yo que de haberlo sabido se habrían quedado dentro del huevo tan ricamente.
Esta semana, asomándome a curiosear, tratando de saber si todavía seguían ahí o, ley de vida, ya habían echado a volar, asisto a una inquietante escena. Después de oír píos agónicos compruebo que uno de los pichones ya no está donde solía encontrarse. ¿Qué habrá pasado? Sospecho entonces de un ejemplar adulto que anda bastante cerca del nido. Éste alza el vuelo en cuanto me ve. Me aparto y regreso a mis cosas. Al rato oigo piar de nuevo. Vuelvo a asomarme y esta vez sorprendo al adulto del que desconfiaba picando con saña a la única cría que queda. Me ataca la urgencia de tener que hacer algo. Sacudo la barandilla de la terraza, golpeo los hierros, pateo incluso. Consigo así echar al agresor, que deja al infante acurrucado en el rincón donde lo tenía acosado. Lo observo un momento. Respira. Pienso en su desgraciado hermano e imagino su triste destino en caída libre. Unos treinta metros más abajo no alcanzo a ver nada que se le pueda parecer.
A la mañana siguiente visito al pequeño superviviente. Ahí está, solo, lánguido.
Llega la tarde y, cuando acudo a verle, lo encuentro acompañado. ¡Su hermano! ¡Está vivo! Me alegro por el reaparecido, que me mira sin inmutarse, como si nada fuera con él. Me paro a pensar si el ataque del adulto fue o no lo que supuse. Tal vez el supuesto progenitor sólo pretendía forzarlo a volar como en un rito de iniciación, lanzarlo por la fuerza para hacerle probar el aire.
lunes, 5 de julio de 2010
Triunfos en bruto
Con la celebración anterior (el paso a cuartos) hubo quien quiso desatar su adrenalina un poco más de la cuenta. Pregúntenle a mi humilde coche, anciano veinteañero, que ya ha sufrido en chapa propia diversas muestras de violencia. Abolladuras, aperturas forzadas y, en este último caso, rotura de espejos y limpiaparabrisas.
¿Debo culpar al fútbol? Creo que no, sino más bien a los que se dedican a descargar ilegalmente. Y no me refiero a los archivos que podemos encontrar y bajar mediante programas p2p, sino a otro tipo de descargas ilegales. Han visto el partido, han saltado, han gritado, incluso se han abrazado, demostrándose así todo el cariño que les arranca cada gol marcado por los suyos o fallado por los adversarios. Parecen felices, sí, pero algo ocurre en su interior. Aún necesitan deshacerse de algo: sus descargas están incompletas. Por eso salen a la calle a desatarse.
Lo demás ya es redundar en lo dicho. Sólo espero que ni yo ni nadie más tenga que pagar estos días las consecuencias de la fuerza bruta que esta gentuza saca con cada éxito o fracaso futbolero.
sábado, 3 de julio de 2010
La desconocida
Hoy, sin embargo, voy en otra clase de tren, uno que me brinda el lujo de poder tomar el desayuno en marcha. Mientras lo disfruto una mujer se aposta a mi lado.
'Le conozco', dice, 'usted y yo hemos ido juntos a todas partes'.
Aparto la taza de mis labios, la miro algo desconcertado y trago con cierta prevención. A estas horas y totalmente despierto ya debería reconocer a alguien con quien, al parecer, tengo tanta familiaridad.
'Cada mañana', se explica, 'los dos subimos al mismo vagón. Todos los días, mientras le observo cabecear, me invento un destino nuevo. Es maravilloso, en tan sólo un rato, y sin equipaje, nos plantamos en cualquier lugar del mundo'.
Permanezco pensativo, como queriendo prolongar mi café, privilegio que raras veces puedo permitirme. '¿Y hoy?', acabo preguntando tras un silencio.
'Hoy es distinto', responde con una sonrisa de satisfacción: 'hoy llevamos maletas'.
miércoles, 30 de junio de 2010
Hacia el sol
pero aquel crucero parecía marchar sobre viejos raíles.
Otro día me subí a un avión,
pues volar debía de ser como despojarse del peso
y quedar en vilo.
Comprobé que al pájaro le sobraba metal.
Hoy vuelvo a poner distancia entre mis días y mi vida,
hacia un lugar cálido y luminoso.
El vagón apenas se mueve,
aunque para mí se mece y planea.
Por fin siento que estas vías son de agua.
También de aire.
domingo, 27 de junio de 2010
El Camino
El hombre desaparece sumergido en la sombra de su taller. El caminante, que acaba de librarse por unos instantes del peso de su mochila, repasa al tacto los bordes de la venera de latón. ‘Alguna rebaba, algún que otro filo. Un poco tosca, sí, pero no está nada mal’, estudia al tiempo que oye el cacharreo que la búsqueda del herrero arroja desde el interior. Éste sale al momento terminando de cortar con una navajilla un pedazo de cuerda.
‘Un nudo por aquí…’, ata uno de los extremos de la soguilla después de pasarla por la pequeña argolla de la concha, ‘…otro más en este lado, y ya está. ¿Lo ve?’ El peregrino le paga con un par de monedas y decide colgar de una de las correas de la mochila su recién adquirida enseña.
La cordezuela se enreda consigo misma y da trenzado asidero al colgante que pende sin llegar a vencerla con su escaso peso. Las hebras de pita son hilachos secos, fibras vegetales rebeldes que ya han pactado con el aro y su pendiente metálico una agreste armonía.
Otra etapa agotadora. Cuando llega al albergue el caminante se despoja de su equipaje y desnuda sus pies ardientes. Tardarán un buen rato en enfriarse, al igual que la concha de metal.
miércoles, 23 de junio de 2010
Ralph Fiennes
"¿Ralph Fiennes me caía bien o me caía rematadamente mal?" El movimiento en su mente era más bien una disputa entre los opuestos de su conciencia. Hace años había relegado al ala oeste de su percepción al Ralph Fiennes de La lista de Schindler, al cual acompañaba ya su maligna creación para algunas de las películas de Harry Potter, incluso el que aparecía en las que aún estaban por estrenarse. Y no era para menos: Lord Voldemort por fin tenía una cara y su ausencia de nariz era casi tan turbadora como su falta de humanidad. Con respecto al primer malo, Amon Göth, aquel nazi sin escrúpulos, valga la redundancia, puso a Fiennes sobre el mapa, pero también fue el centro de los recelos de todo el que vió la obra de Spielberg.
A ella le había costado mucho desprenderse de la conmoción que le despertó cada disparo del capitán homicida de las SS, resonando cada noche dentro de la oquedad de sus sueños. Afortunadamente poco después llegó El paciente inglés. Entonces no volvió a recordar al ejecutor, lo dejó adormecido en algún rincón perdido y se abrazó apasionadamente al conde Almásy. Una historia de amor imposible, así fue, como la que se agotaba en la Cueva de los Nadadores. Después Ralph Fiennes interpretaría otros personajes que no romperían ese hechizo, sino todo lo contrario, como el de El jardinero fiel. Qué emoción sintió ante la actitud del diplomático abnegado que investiga la muerte de su mujer y acaba destapando una trama de corrupción. Sin dudarlo un instante se habría puesto en la piel de su Tessa, pero sin tan desgraciado destino.
Dejó el estuche de La duquesa sobre el saliente del mueble. "Este no es mi Ralph Fiennes". Y con ese pensamiento conjuró sin querer a Göth y a Voldemort, reuniéndolos en oscuro aquelarre con el recién conocido duque de Devonshire. Qué despreciable le había resultado y qué alejado de los encantadores mitos que había forjado al otro lado de su memoria. Qué desdichada vida la de la duquesa, unida a ese déspota sin miramientos. Pensó que le costaría un tiempo deshacerse de tantos fantasmas para poder llegar a pensar que la película que acababa de ver no estaba nada mal.Y concluyó que el idilio con el actor renacería sin forzarlo demasiado. Tal vez volviendo a visitarle en el lado bueno.
lunes, 7 de junio de 2010
Verlo y oírlo
Y más abajo, la secuencia posterior a la batalla.
No sé si este último vídeo está colgado por ahí con algo más de calidad...
domingo, 6 de junio de 2010
Paseo mañanero
Muy poca gente por la calle. Apenas un par de perros tirando de sus dueños, amos de sus amos. El centro comercial no ha despertado aún, aunque siendo primer domingo de mes no tardará en hacerlo. Será el lugar escogido por muchos para burlar al calor. Y a la cartera.
En el Jardín de los Sentidos han puesto unos cuantos cachivaches que invitan a ejercitarse. Por partes, como desmembrados, podemos hacer lo propio con los pies, las muñecas o los dedos de las manos. Un poquito de calentamiento y lo demás es cuestión de aplicarse. Sin casi sombras, el parque es un circuito para el andarín.
Antes de volver a casa, un rodeo más. Parecen estar ampliando el Colegio Ernest Hemingway. Con todo el terreno que hay alrededor podrían construirse cuatro más. E incluso un pequeño mar para que al viejo no le falten grandes peces. Ningún tiburón, por favor.
Me quito las "tenis". Un par de horas para volver a calzarlas. No será en una pista de ese deporte, ni en un centro comercial, ni paseando por un jardín. Ni siquiera para llegar hasta la costa y salir a pescar.
jueves, 27 de mayo de 2010
Amapolas
Cuando éramos niños la ciudad estaba cuajada de estos descampados, sin vallas ni cercados en general. Bastaba recorrer una distancia muy corta para llegar a uno de ellos, atravesarlo, continuar y acabar llegando a otro, detenerse entonces y pensar que aún se podía llegar a otro más sin salir del mismo barrio. Eran con frecuencia los lugares donde los niños jugaban al fútbol, las niñas a la comba o a recoger flores y los perros a perseguirse unos a otros.
En primavera se cubrían de vegetación y sólo quedaban yermos los senderos por los que era habitual transitarlos. Entre miles de flores convivía una enorme cantidad de gramíneas, cardos y otras hierbas. No era recomendable caerse: las espigas y otras púas se te clavaban por todas partes. Acababas en casa, quitándote la ropa y descubriendo restos vegetales en los rincones más inverosímiles de tu cuerpo. Como poco verosímiles eran también aquellas manchas verde intenso tan difíciles de quitar -esto lo hemos sabido ya de adultos y hemos terminado comprendiendo los berrinches de nuestras madres-.
A pesar de todo, aquello era muy divertido: los días de lluvia nos poníamos de barro hasta las cejas; con las heladas nos encantaba ir rompiendo el hielo crujiente de la superficie de los charcos; y si en el colegio el profesor nos encargaba un herbario, no dudábamos acerca de cual sería el lugar ideal de recolección.
En mi caso, para llegar al colegio debía cruzar un descampado, hoy convertido en pabellón deportivo anexo al patio escolar, además de en iglesia de culto católico y en un parque separando ambos. Parte del mundo que atravesaba hasta llegar a clase acabó transformado en otra cosa. Hoy esos terrenos son ya escasos. Todo está construido. Los niños, mientras sueñan en wifi, juegan en parques con suelos de poliuretano multicolor, rodeados de columpios que guardan todas las medidas de seguridad exigidas por cientos de normativas.
En este solar que seguimos mirando no hay juegos. Las vallas lo preservan de un disfrute anterior a su “disfrute” posterior. Las flores están encerradas en su coto, protegidas por una malla de alambre. Margaritas, malvas y amapolas creciendo en gran cantidad. ¡Amapolas!... antes estaban por todas partes.
domingo, 23 de mayo de 2010
Enrique V
Inolvidable la arenga a las tropas por parte del rey, interpretado por el propio Branagh, derrochando pasión y humanidad. Magnífica la realización de la batalla, pobre para los estándares actuales del cine de acción, pero suficiente, expresiva y con un punto lírico visto raras veces. Y, tras el reconocimiento francés a la victoria de los ingleses, llega ese plano-secuencia durante el cual la cámara nos muestra la desolación en el campo de batalla. Es un plano musical que pasó a formar parte de la lista de los clásicos desde el día de su estreno.
Es precisamente la música un elemento del que es imposible prescindir a estas alturas de la película. Patrick Doyle hizo una partitura maravillosa, una de esas joyas de la composición para el cine. La secuencia en la que el rey Enrique pide a sus hombres valor durante la lucha en el día de San Crispín contiene buenísima música, con fragmentos inolvidables que irán repitiéndose a lo largo de la batalla. Parece, además, como si esto fuera sólo un aperitivo para lo que llegará a continuación, el Non Nobis, Domine, un himno para reconocer la presencia de Dios y su intervención en la victoria. El plano-secuencia que antes mencionaba le debe a Doyle y a este himno casi toda su intensidad.
Enrique V fue la primera película de Branagh como director y de Doyle como compositor para el cine. Fue también el inicio de una serie de colaboraciones de ambos con Shakespeare como centro, todas ellas estupendas.
lunes, 17 de mayo de 2010
Llórate
agua en ti,
las paces contigo
y la sal.
¿Sientes de fuera adentro?
Tu lágrima saca el universo,
esfera de mundos,
conmoción desde uno,
para uno.
¿De dentro hacia fuera?
Eres embalse de iras,
reserva de rabia,
veta amarga de
una mina sin purga,
sembrado de cal y cristales
... pena y acero,
pulso decepcionado.
El desánimo y tú.
Hoy fluyes.
Te disuelves, viertes.
Y anegada de ti
me gustas más.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Sorpresas
Cuando uno es el elegido entre los candidatos a recibir un premio sabe ya que éste podría llegar a ser suyo. Lo que no debería saber es si lo será o no. Si está convencido de llegar a ser el premiado, entonces la sorpresa también vendrá del lado del chasco en el triste caso de no lograr el galardón. Pero cuando el premiado sabe ya con seguridad que lo va a ser y el no premiado conoce también su fracaso, la sorpresa se esfuma.
El otro día se entregaron los Max, los premios a las Artes Escénicas. Fue triste comprobar que la ceremonia carecía de la emoción propia de estas entregas de premios. Parece que unas horas antes "se filtró" en internet la lista de los premiados, lo cual arrebató al acto cualquier posible intriga. Si a uno le van a dar un regalo y ya conoce el contenido del paquete, la sorpresa se desvanece. Va desenvolviéndolo y tiene ya una imagen bastante clara de lo que va a encontrarse cuando haya retirado el papel del todo.
El otro día le quitaron al regalo el papel y lo pasaron por delante de las narices de sus futuros dueños. Por eso llegaron a la ceremonia con las manos abiertas, dispuestos a recoger lo que ya se sabía que iba a ser suyo. Los demás nos perdimos sus reacciones de sorpresa y/o emoción. En resumidas cuentas, si una emisión de este tipo (fue La 2 quien la ofreció) resulta atractiva gracias a la incógnita, en este caso no hizo falta despejarla. Cielo azul y limpio.
jueves, 29 de abril de 2010
Carril bici
Tantos años reclamando una buena red de estos carriles para esto. Tramos estrechos, de mal acceso, donde no queda espacio ni para el peatón ni para las bicis. Recovecos imposibles de salvar. Zonas con falta de seguridad y cruces en plena calzada en los que uno no sabe a qué o a quién encomendarse. Señalización pintada que ya ha desaparecido por obra y gracia de las lluvias. Y lo peor de todo: tramos inconexos que, entiendo, hay que ir uniendo bajándose y subiéndose infinidad de veces de la bici.
En otras ciudades se ha construido una buena red de estas "vías ciclables" y sus vecinos pueden moverse sin problemas por ellas. Aquí nadie se anima a recorrerlas, ni siquiera en su tiempo de ocio. Como para hacerlo con intención de llegar al trabajo. Me temo que así nunca va a reducirse la circulación en vehículos a motor y que, por desgracia, no dejaremos de respirar peor que nadie en esta región.
Todas estas obras que el Ayuntamiento acomete con el dinero de todos deberían tomarse en serio. Y si en una ciudad no es viable un proyecto así, mejor sería dejar las cosas como están. Desde luego, a esto en vez de mejora podría llamársele degradación.
jueves, 22 de abril de 2010
Otras afueras
MIS AFUERAS
La locura es un idioma sagrado.
Lengua viva en la cabeza. Silencio en el corazón.
Hay en mi casa treinta ramos secos de mujer.
Me despierto en el cuadro de los sueños;
Pintado sobre tela:
martes, 20 de abril de 2010
Los viejos discos
Aunque yo era de los que se habían incorporado algo tarde a los 33 r.p.m., saltando paradójicamente de las modernas casetes a aquellos discos tradicionales, tenía unas ganas locas de dar otro salto más. Todos estaban pasándose ya al CD, más práctico y manejable, además de muy brillante, atractivo, menos delicado que su defenestrado hermano mayor. Eran ventajas impuestas por el mercado, pero ventajas al fin y al cabo.
En mi caso el cambio coincidía con otro sustancial. Comenzaba también mis estudios universitarios, y con ellos los desplazamientos constantes a la Facultad, los kilómetros diarios, el cambio de aires... Idas y venidas, vueltas y más vueltas.
Pasaron el tiempo y algunos centenares de cedés. Éstos giraban no sólo sobre sus ejes a velocidades endemoniadas, produciendo su leve bisbiseo. También daban vueltas conmigo, físicamente, moviéndose de un lado para otro, además de reproducirse aleatoriamente en mi cabeza, como en ese modo random que uno selecciona con la intención de volver a escuchar sus compactos otras tantas primeras veces.
Un día -no recuerdo lo que andaba haciendo- volví a fijarme en aquellos viejos discos comprados con mis esmerados ahorros. Seguían donde los dejé, apilados dentro de sus fundas de cartón, resguardados del poso del polvo y también del uso. Los saqué de su hueco, los puse sobre mis muslos y empecé a verlos, uno a uno, como el que revisa un taco de añejas tarjetas postales.
Primero la portada, después la trasera. Grupos de los primeros noventa, Michael Jackson, Mecano, Prince, U2. También algunas bandas sonoras de John Barry o Danny Elfman. Cada vinilo con su propia historia regresándome a la mente a golpe de vista. Donde lo compré, si fui o no acompañado, o si me lo regaló alguien y quien era ese alguien. Las cosas que ocurrieron en torno a ese disco, si lo había escuchado mucho -alguno se resistía a salir del plato durante semanas-, o si había sido un capricho loco, una compra acelerada que acabó por no convencerme del todo.
Entonces empezó a invadirme la certeza de que en sus abandonados surcos negros no sólo me había dejado parte de la música de mi adolescencia, como en un prolongado barbecho por el que no había vuelto a pasar la aguja que remueve los recuerdos. En aquellos surcos también se había quedado una parte de las ilusiones, de los anhelos, de los desvelos de un chaval que iba al instituto y trataba de saber algo acerca de sí mismo.
domingo, 11 de abril de 2010
El fútbol y el ruido
He abandonado la emisión del Madrid-Barça pasados diez minutos de su comienzo. Me he prometido no interesarme por ella hasta que no arroje el resultado final. Cuestión de principios, o casi.
Me temo que no soy nada generoso: cuando voy en el tren no siento el impulso de compartir con todos los ocupantes del vagón nada de lo que voy escuchando o diciendo. La esplendidez no está reñida con la discreción, aunque en este caso no pueden estar más regañadas. Otros, en cambio, las combinan con toda naturalidad. Son desprendidos de sus interioridades, dadivosos con sus bienes más privados. Íntimamente desentendidos.
La bulla de tantas voces descontroladas y de músicas con la distorsión propia de sus reproductores me obliga a buscar refugio. Y lo encuentro en mi radio. Cuando la enciendo y me entero del 0-2 del Barcelona doy de golpe con la forma de enmascarar el ruido. El partido todavía no ha terminado y, aunque quisiera no traicionarme en ninguna de mis promesas personales, dejo la rueda en el punto del dial en el que la he encontrado. De repente el fútbol me ofrece el asilo deseado.
Al poco, antes de apearse, uno de los chicos que animaban el cotarro con todo el volumen de sus móviles se me acerca. "Perdona, ¿estás escuchando el partido?" Con la mejor de mis sonrisas le digo que no.
lunes, 5 de abril de 2010
Forum Barceló
Cuadros, sobre todo cuadros. Pero también fotografías, vídeos, esculturas y piezas de arte de todo tipo. Por temporadas, como dice la recepcionista, merece la pena pasarse por el Caixa Forum de Madrid. En ocasiones te encuentras con el mundo fascinante de Alphonse Mucha, en otras recorres entre objetos del Aga Khan los distintos Mundos del Islam, o te mides con los bronces de Rodin, o te mueves por las arquitecturas de Richard Rogers…
Ahora, hasta mediados de junio, se puede ver parte del trabajo que Miquel Barceló ha realizado a lo largo de tres décadas. Hace tiempo trajeron a este centro una muestra sobre el proceso de creación de su bóveda para la Sala de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de Ginebra. Era un proyecto envuelto por las críticas y la polémica, así que no fue difícil leer en los gestos y reconocer en las voces del público cierto grado de desaprobación. Esta muestra es, sin embargo, una reconciliación con Barceló.Sólo ver los deslumbrantes murales de barro de la capilla de San Pedro de la Catedral de Palma sirve, más que de sobra, para ser conscientes de todo el trabajo y el tremendo estudio que Barceló puede llegar a dedicarle a su arte. Aun así creo que -como ocurre con muchos otros artistas- estas cosas son una cuestión de fe y que a los convencidos nos cuesta mucho menos pasar por el aro. Esta exposición recorre buena parte de su vida, desde sus trabajos más modestos hasta algunas de sus obras de mayor calado. Es un viaje a la energía pura y también a la introspección, una declaración de principios y una demostración de cómo se puede ver el mundo. Su mundo. Nuestro mundo.
jueves, 25 de marzo de 2010
Calado
Por la noche jarreaba. Misión imposible abrir mi paraguas plegable, tan enclenque como para renunciar a su uso con la primera ráfaga de viento.
No me gusta mojarme. Vestido no. La ropa es molesta pegada a la piel y la humedad se vuelve maloliente. Mi cazadora impermeable evitó que me calase de cintura para arriba. En sentido descendente el agua lo mojó todo y más.
Vaqueros mojados y zapatos, que no botas, de agua. Al llegar a casa no me apetecía beber nada, después de tantos tragos forzosos. Al quitarme la ropa no quise reparar en las escamas, tampoco en las branquias.
Había sido mi segundo jarro de agua fría del día.
lunes, 22 de marzo de 2010
Olor a miel
Hoy, como si fuera ayer mismo, regresa a mi cabeza -por desgracia no a mi nariz- el olor a miel que flotaba en el aire de uno de los campos de almendros de la Quinta de los Molinos de Madrid. Digo 'como si fuera ayer'.
Fue ayer. Apenas había insectos en el parque. Ni las molestas moscas contra las que uno manotea con tal de apartárselas, ni las hileras de hormigas que evita pisar mientras camina, ni tan siquiera las abejas, que a estas alturas ya deberían estar trabajando sin descanso, recolectando y polinizando. Las flores de los almendros lucían abiertas, claro sobre oscuro, aguardando su asistencia.
Tampoco había ayer insectos en otro parque. El Capricho, ese jardín mandado construir por la duquesa de Osuna a finales del XVIII para su recreo, se exponía libre también de bichos. Ella y el duque levantaron en él un curioso pabellón de una planta donde les gustaba tomar el chocolate mientras observaban tras un cristal el incesante trajín de las abejas dentro de sus panales.
El abejero de esta finca-antojo de la duquesa está hoy restaurado, se despliega remozado y luminoso, pero carece de colmenas. Las abejas no acuden a sus aberturas, ni circulan sin parar en su interior, ni alzan incansables sus paredes de cera ni elaboran su miel.
A pesar de ello, la mente vuelve a las andadas y reanima otras imágenes. Un rumor intenso rodea la construcción y una nube difusa se comprime y expande oscureciéndole la fachada. Las abejas salen y entran sin respiro al colmenar. Llegan cargadas del pesado polen de la flor del almendro. Su factoría melera está al límite de su capacidad. Despide esa misma fragancia que retengo y reservo.
jueves, 18 de marzo de 2010
Día del Padre
Ahora no recuerdo qué otra clase de objetos sirvieron de obsequio. La casa del pueblo es el lugar al que todos ellos han ido a parar con los años. Nadie se desharía de tanto amor, a pesar de estar encerrado en semejante fealdad.
A medida que crecimos esas actividades escolares desaparecieron de los programas. Empezamos a ser autónomos a la hora de decidir qué regalar en días tan señalados y comenzamos a comprar, en vez de crear o ingeniar algo con nuestras propias manos. El "detallito" pasaba a depender de lo que habíamos conseguido ahorrar de nuestra asignación semanal. Entrábamos por fin al terreno más pecuniario y económico.
Pasa el tiempo y, dependiendo de en qué nivel se encuentra mi grado variable de rebeldía hacia todo lo comercial, unas veces acabo pasando por caja y otras decido que una muestra de cariño es tanto o más valiosa. Lo material puede dejarse en muchos casos para otro momento y atender con mayor acierto a cualquier necesidad o deseo puntual.
Ocurre que algunos años uno no puede ver a su padre el mismo 19 de marzo. Las causas pueden ser varias: uno trabaja, o está de viaje, o ha ido a las Fallas... Durante una temporada que pasé en Inglaterra los números de los Días de la Madre y del Padre danzaban en el calendario como en una pista de bailes de salón. El del Padre se celebra allí el tercer domingo de junio. Resultaba extraño, después de haber llamado para felicitar a papá en marzo, verse en pleno junio rodeado de toda la parafernalia comercial dispuesta para tal efecto. La tarjeta alusiva, como es de suponer, acababa llegándole en fechas inglesas, cuando los calores empezaban a apretar en la península -y no tanto en aquella isla, aunque los Britons llevasen ya dos meses luciendo sandalias y tirantes-.
Este año podré comer con papá. Comeremos la comida de mamá. En la sobremesa será libre de entregarse al tabaco si le apetece -a estas alturas ya me extraña- y recordaremos su colección de ceniceros de dudoso adorno.
viernes, 12 de marzo de 2010
Pellizcos de lo real
Los mismos términos, otro tiempo. Todos acabaremos formando parte del pasado. Acabaremos siendo lo pasado.
Esta mañana me pellizcaba una sensación de remite desconocido. Un desasosiego algo familiar. Hace poco el cuerpo me decía lo mismo. Cuando la abuela murió esa idéntica extrañeza no acababa de identificarse. Ella era otra persona, más querida y cercana, pero la percepción era similar a la de hoy.
Aquella mañana había estado hablando con ella y, al rato, de ella. 'Es, está'.
Unas horas después la linea del tiempo la había rebasado. No sólo ya no era posible hablar con ella, sino que únicamente podíamos hablar de ella, sobre ella.
'Era, Estaba'.
Hoy advierto que las palabras nos reúnen con la realidad. Detenerse a pensar en lo que se ha dicho y cómo se ha dicho convoca los hechos, les aplica un barniz de claridad que atrae al escalofrío. Dejamos al presente por el soplo del pasado en el lapso frágil y áspero en que lo real se apropia del tiempo. No podemos evitar que la confusión nos llene, hasta concluir que la verdad ha roto la raya del tiempo.
martes, 9 de marzo de 2010
El apagón
La televisión, por suerte, tiene todo lo bueno que hemos hecho de esta sociedad. O casi todo. Pero también contiene todo lo malo. Es más, no sólo lo encierra en esa pantalla cuyo fondo es cada vez menos profundo, sino que se lo sacude con fuerza monstruosa y lo proyecta hasta el rincón donde nos guardamos de lo nocivo. Para nuestra desgracia.
Muchas veces, viendo determinadas emisiones de esas que a uno le remueven por dentro todo lo bueno y todo lo malo, he pensado que el apagón debería ser total. Absoluto. El Apagón Perfecto. De esa manera asistiríamos a la desaparición de lo que idiotiza, engatusa, catequiza, entorpece.
Por otra parte, presenciaríamos el triste fin de otros espacios que invitan a pensar, abren ventanas a la cultura, despiertan en nosotros una actitud crítica, o entretienen. Siempre con un respeto esmerado hacia nuestro tiempo, nuestra libertad.
Independientemente de lo que a uno le parezca lo que se encuentra cada vez que pulsa el botón -de la caja, o del mando-, la señal que recibiremos será, ya sin remedio, sólo digital. Habremos vivido una transición, una especie de mudanza hacia otros usos.
Lo del apagón, sin embargo, seguirá siendo una opción personal.
martes, 2 de marzo de 2010
Consecuencias de la rebeldía
Otra lectura de las que no es posible despegarse. Tres mujeres que confluyen en la actualidad agarradas al hilo de su pasado.La extraña desaparición de Esme Lennox, de Maggie O'Farrell, editado por Salamandra hace unos pocos meses.
viernes, 26 de febrero de 2010
Más o menos corto
Cuando se tiene un mes de febrero más "reposado" de lo normal, éste, por el simple hecho de llamarse febrero, nunca promete dar mucho de sí. Reconozcamos que el descanso con fecha límite 28 no sienta de la misma forma que el que expira un día 31.
Cada cuatro años la tabla de los números primos deja caer una cifra por estas fechas: el 29. Aparentemente, el número en cuestión no debería suponer una gran ventaja con respecto al otro, el 28, pero en un mes de los "apacibles" la cosa cambia. Para mal... y para bien.
Este mes yo he sido divisible por mí mismo y por 1, como caído también de esa lista celestial de la que también procede el 31. Afortunadamente, el único primo en este calendario sólo he sido yo mismo. Por lo tanto, quedando descartado un vil 29 e, incluso, un pérfido 31, ya me quedan escasos días para volver a la batalla.
Por otra parte, ¡pena de un brillante 29, o de un soberbio 31! Las treguas, aunque sean forzosas, buscan siempre dilatarse, expandirse, estirarse. Como el listado de esos números que, de natural, aún con sólo dos divisores distintos, tienden a infinito.
lunes, 22 de febrero de 2010
Sampedro en Alejandría
Al poco de comenzarla, sin saber qué podía encontrar en ella, me veo sumergido en el Egipto más clásico y decadente a la vez: el del desconcierto religioso, el de la multitud de dioses que buscan su sitio en los altares públicos y privados. El mismo de la reciente Ágora de Amenábar. Comprendo ahora que la reedición no es casual y me alegra que estas conexiones se produzcan de cuando en cuando.miércoles, 17 de febrero de 2010
Sigo jugando
Me pongo a trazar sobre el trapo las líneas de un campo de fútbol. Utilizo un pedazo de cera blanca y, con la ayuda de una regla improvisada gracias a un listón de madera, voy dibujando esas rayas a una escala más inventada que aproximada. Me pregunto qué voy a hacer cuando termine mi obra sobre este lienzo verde, y si lo doblaré y lo guardaré en la maleta para que viaje conmigo de vuelta a casa, donde acabará marginado dentro de un cajón.
Mi idea era crear este campo reducido para jugar al fútbol en miniatura. Tengo a mi derecha una bolsa llena de chapas recolectadas la tarde anterior junto al bar. Bueno, más que un bar es un local que en tiempos fue la escuela del pueblo y que, durante el verano, alguien con mejor voluntad que visión comercial habilita como espacio donde poder tomar algo y comprar helados y chucherías.
Cuento con suficientes chapas. También tengo una de esas láminas que le venden a uno en las tiendas de frutos secos, llenas de pegatinas con las caras de los jugadores de la Selección Española de Fútbol. No sé si voy a acabar jugando al susodicho con toda esta parafernalia, pero ya me lo estoy pasando bien preparando el terreno en este césped de tela y pegando fotos dentro de las chapas de los botellines de cervezas y refrescos. A ver de donde saco yo ahora una bolita.
sábado, 13 de febrero de 2010
Más juegos
Las noches de verano este pueblo tiene algo que echo de menos desde este valle del Henares: uno puede dormir a pierna suelta, a veces incluso con la complicidad necesaria de una colcha o una manta. Los días, sin embargo, tienen las mismas cualidades que el resto de lugares de la meseta castellana y una tarde de agosto, con el sol tirando a dar desde lo alto, permanecer en la casa es siempre lo más sensato.
Esas tardes los niños nos ocupábamos en toda clase de juegos y entretenimientos. Me encuentro en el portal de la casa de la abuela, con su ligera pendiente que vierte hasta la puerta del corral. Me veo sentado en el suelo de cemento pulido, con un cojín guardándome de la fría superficie del piso. Estoy pegando cromos en un álbum de alguna de las series que ponían en la televisión de aquellos años. En Zorita, con vecindario insuficiente para dar de comer a unos pocos negocios, no hay tiendas donde poder comprar pegamento, así que lo fabrico yo mismo. El clásico engrudo, hecho de harina y agua, siempre funciona. Lo malo es que al aplicarlo sobre el papel humedece las páginas del álbum y tira de éstas hasta secarse, arrugándolas un poco. Si no se tiene mesura aplicando el engrudo, finalmente el álbum quedará muy abultado y coleccionará, aparte de los cromos, todas las gruesas capas adhesivas que uno vaya dejando.
Veo ahora el resultado. Más que a un álbum de cromos, su grosor me recuerda a una de las carpetas clasificadoras que todos hemos usado en el instituto.
jueves, 11 de febrero de 2010
De sueños y de juegos
Sueño que juego en la cocina de la abuela, en la casa de Zorita de los Molinos. Estoy junto a algunos de mis primos y también a alguien conocido, aunque extraño en ese contexto. Ya se sabe, en los sueños uno integra a propios y ajenos. Hacemos algo que nos encantaba hacer junto a la chimenea de los abuelos. En un rincón de la cocina, junto a un ventanuco que da al portal, la abuela solía dejar una escoba. Era un sencillo haz hecho de paja de centeno atada con un cordón de pita que le servía para barrer hacia el hogar las pavesas y otros restos despedidos por el fuego. Lo que a los presentes nos gustaba era extraer de la gavilla las pajas una a una y acercarlas a las ascuas de la lumbre: una mala costumbre de las que crean adicción.
Ahí estamos, de noche, cuando en la cocina sólo existe la luz de una bombilla desnuda y la que el propio fuego emite. Encendemos las puntas de todos los tallos y comenzamos a moverlos como batutas bailando en el aire. Nos recreamos en la estela incandescente que describen, el paso fugaz de una serpentina de luz naranja. Duran poco encendidas, así que las pegamos una y otra vez a los tizones para prenderlas de nuevo. Cada uno intenta dibujar lo que le apetece, una espiral, una culebrilla, un cuadrado, un nombre propio, su propio nombre. La abuela nos descubre y, con razón, se molesta porque le estamos dejando la escoba inservible. ¡No me andéis con el fuego, que os vais a mear en la cama!
Y la mañana siguiente, cuando todos dormimos aún, vuelve a atar el haz de paja, tensando de nuevo la cuerda que ahora rodea fofa el cada vez más mermado manojo de barrer.
lunes, 8 de febrero de 2010
El wok
Dígase del restaurante al que fui a comer ayer.
Ya había estado en algún local de este tipo en otras ocasiones. Por un precio moderado puedes comer de todo lo que allí se ofrece todo cuanto quieras. Aprovechas para probar cosas nuevas, o cocinadas de otras formas, y aprendes a valorar el trabajo infernal de quienes están pegados a la plancha o a los fogones del wok. Lo malo es que tienes que levantarte de la mesa tantas veces como necesites, hasta saciar tu apetito. Primer mandamiento del Restaurante-Wok: "Deberás ir, pillar y llevar a tu mesa cada cosa que quieras comer".
Cumplir esta ley resulta fácil en muchos casos. Trabajoso, sí, pero sencillo. Uno consigue acercarse al bufé y, como en la girola de una iglesia, dar una vuelta de reconocimiento. Después escoge aquéllo que más le apetece y se lo lleva para degustarlo. El problema, sin embargo, se plantea un domingo cualquiera a la hora de comer. En ese caso es como si todos los fieles -al wok, se entiende- hubieran sido llamados a la guerra santa. ¡Más madera!
Es la llamada de lo salvaje, el intenso latido de la jungla en el interior de hombres, mujeres y niños, el imperio la ley del más fuerte. Es curioso pero, incluso en domingo, el ansia y las prisas se apoderan de nosotros y, sumados a la irresistible atracción del bufé, hacen de tu comida la experiencia más parecida a un desayuno en unas vacaciones del Imserso.
-Disculpe, creo que se ha llevado mi comida a su mesa.
-Ah, sí, el caso es que el plato que he recogido tiene setas.
-¿Y?
-Que yo no se las había puesto.
-¿Entonces?
-Debe de ser el tuyo. Puedes ir a cogerlo, está sin tocar.
Sufrir el hurto de un plato de verduras y setas que uno ha pedido que le hagan al wok es algo de lo más común. Andaba pendiente de la plancha, de la que estaba a punto de salir el resultado de una combinación de gambas, navajas y pequeñas sepias pasadas por el acero al fuego. Entre codazos y refregones, veo que una señora se aleja de la barra, portando algo exactamente igual a lo que yo había seleccionado para mi plato. Opto por dejarla marchar, recojo mi comida a la plancha y miro si lo cocinado al wok está listo también. Lo único que sale de allí es algo similar, pero no es lo mío. Salgo disparado a por la señora.
Mientras doy buena cuenta de la comida oigo de nuevo el rugido de la selva. El vecino de la mesa de al lado llega más cabreado que una mona. También le han quitado su plato. Alguien ha pillado lo primero que ha salido de las cazuelas y ha corrido a devorarlo entre la maleza.
viernes, 29 de enero de 2010
Caulfield y Fogg
Estos días, leyendo El Palacio de la Luna, de Paul Auster, he pensado más de una vez que su protagonista tenía mucho que ver con el de El guardián entre el centeno. Ayer murió J. D. Salinger, padre de la criatura, y vuelvo a pensar que las casualidades existen, o que, sin llamarlas necesariamente así, el mundo está hecho de las conexiones entre el sinfín de cosas que nos rodean, los millones de sensaciones que nos asaltan a todos a la vez, y el cruce de nuestros pensamientos y su producción imparable.
Tanto Holden Caulfield como Fogg son dos jóvenes en plena búsqueda de sí mismos. Muchos, cuando leen El guardián entre el centeno a eso de los quince años, acaban identificados con su protagonista, reconociéndose en su actitud y en su rebeldía. Les entiendo, aunque es posible que hoy nuestro modo de vida les separe de esas pulsiones algo más básicas de Caulfield, distintas de otras más "tecnológicas" que hoy les asaltan. Quizás porque lo leí con el doble de la edad que se le supone a su lector ideal, no tuve la sensación de que debía estar entre mis libros de cabecera (¿los tengo?). Tal vez también rechacé ese tesón autodestructivo del protagonista, algo en lo que coincide con Fogg, al menos en una buena parte de la novela.Y digo yo: tanto rollo para recordar a Salinger y reconocer a Auster.
lunes, 25 de enero de 2010
La abuela ya está en casa
Zorita de los Molinos ha ido perdiendo casi toda su población. Sus habitantes se fueron marchando a otros lugares donde poder ofrecer más oportunidades a sus hijos, o simplemente envejecieron y fallecieron. A la abuela siempre le costó mucho resignarse y aceptar que debía alejarse de Zorita durante buena parte del año. Por eso, llegada la Semana Santa, volver a su casa era lo que más deseaba. Con la primavera sabía que no tardaría en estar de vuelta en su tierra, al igual que otros tantos vecinos suyos con quienes compartía ese trajín estacional. Ésos, los que podía pasar en el pueblo, eran los mejores días. Los exprimía con avidez, hasta que se marchaban los calores del verano y regresaba de nuevo junto a sus hijos, a llevarles su propia calidez.
En su casa ella se organizaba a su manera y disfrutaba con sus rutinas y quehaceres. Era un auténtico placer verla moverse entre la cocina y la despensa, trayendo y llevando sus pucheros, extrayendo de sus ollas el chorizo conservado en manteca de cerdo, friendo sus riquísimos torreznos de tocino entreverado, preparando esas tortillas exquisitas que nunca nadie logrará imitar, o sacando de la alacena el chocolate para dárselo a los nietos y biznietos. Qué delicia estar con ella mientras hacía con sus manos grandes y fuertes las hojuelas, las rosquillas, los huesitos, cada cosa a su tiempo, con orden y dentro de sus fechas. Qué gusto observarla cortar perejil de las matas que ella misma criaba en el corral, o verla allí mismo echar las sobras de la comida a los cuatro gatos que andaban por los tejados. En cuanto la oían acercarse corrían a dar buena cuenta de lo que les dejaba en una vieja latilla.
Tía Juana; así era conocida por todos sus vecinos. En las tardes de verano, cuando el sol bajaba lo suficiente como para dar algo de tregua al calor, salía a pasear. Incansable, junto a quienes podían seguirle el paso, se encaminaba hacia el molino de David, o por el camino de la ermita hacia el Chorrito, o en dirección al pinar de los Caleños, o a donde ella quisiera, que nunca nadie le dijo donde podía o tenía que ir. No perdonaba su paseo diario, para el que sólo tenía la disculpa de un catarro o un día de perros.
Era una gran conversadora y no dejaba de pasmarnos una y otra vez con su memoria prodigiosa. Capaz de recordar infinidad de fechas, nombres y hechos, le encantaba relatarnos su abanico inagotable de anécdotas, siempre amenas. Por todo esto era tan querida, y por otro sinfín de virtudes.
Juana ha sido la madre, la tía, la abuela. Trabajadora y luchadora, fuerte como pocas, siempre justa. La recordaremos contenta y afable, llenándonos el alma con su risa de lagrimal feliz.
Ahora ha regresado a Zorita, a su casa.
domingo, 10 de enero de 2010
Noche blanca
Para apreciar su belleza era necesario abstraerse del nerviosismo de tanta gente para la que los planes debían alterarse. Quien llegó al cine en coche tuvo que dejarlo aparcado y tomar un tren ligero de vuelta a casa. Los llegados en autobús a la casa de unos amigos, necesitaron marcharse caminando, o sobre raíles, o aceptar la hospitalidad de quienes les habían recibido para una visita sin más. Todos querían resolver los frutos de un imponderable.
Pero lo bonito era salir, dejarse encantar por los copos y su caída suave. Gorros de lana, guantes, abrigos con el cuello erguido. Rostros tensos por el frío, velados por el vaho que se escapaba entre labios no tapados por bufandas. Escenas propias de otros territorios, otros países, al menos las de tranquilidad, las de personas parecidas a las que tienen costumbre de vivir nevadas frecuentes.
Pero lo mejor era verse solo, escuchar en el silencio, mirar alrededor y recrearse en la quietud del blanco.
sábado, 9 de enero de 2010
La cabalgata
Una carroza vacía se abre paso tirada por media docena de renos inertes. Si su trayectoria no estuviera marcada por cientos de personas expectantes, parecería un convoy fantasma salido de la niebla nocturna. Es un bonito vehículo que debería ir conducido por alguien pero, extrañamente, aparece desocupado. Podría tratarse de una buena broma, aunque dudo que a la organización se le haya ocurrido sugerir de esta forma la rivalidad entre los Magos y el gordito lapón del traje de la Coca-Cola.
Llega otra carroza. La habita sólo una chica vestida de paje. La pobre se mata intentando lanzar todos los caramelos que le han encargado arrojar a la concurrencia. Tal vez, de seguir esta progresión, la siguiente carroza vendrá llena de... dos inquilinos.
A pie, también un rey mago, el de la melena y barba blancas. Los niños lo miran desconcertados, poniendo más o menos la misma cara que ya han practicado al percatarse del vacío del primer vehículo que han visto pasar. "Si no hay camellos, ni caballos, ni ponis, ni carros ni carretas, ¿cómo me van a llevar a casa todo lo que me he pedido?"
Tras decenas de pastores, pastorcitas y comparsas más propias de un carnaval que de un desfile de epifanía, llegan las carrozas de los Reyes. Dan el pego, sí, pero creo que acierto con las cifras que antes aventuré: van medio vacías. ¿Faltan niños en esta ciudad para acompañarles y animar un poco la fiesta? Y Baltasar, como cada año, vuelve a ser capítulo aparte. Mejor no abundar en ese tizne impostor que delata otro año más las chapuzas de turno de este ayuntamiento.
La cosa se acaba. El coche escoba nunca ha tenido un sentido más literal como aquí. Un estruendoso ejército de barredoras sigue a la última carroza, tan de cerca que a los niños que desean pasar a recoger los caramelos que han quedado en mitad de la calzada no les queda más remedio que reprimirse. Eso, o ser absorbidos por las aspiradoras, barridos por los cepillos y convertidos en sujetos de hechicería macabra. A Tim Burton le cuadraría la escena para una de sus historias. Esperaré a que se estrene.
Con respecto a la cabalgata, si lo llego a saber doy un rodeo.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Humo X -fin-
-Habla de un prisionero que, tras un sinfín de aventuras, acaba siendo liberado -informo.
-Ah, bueno. Pues a mí me ha parecido más bien una historia de amor.
-El caso es que también hay en él una historia de amor, pero acaba siendo imposible -quito relevancia a ese aspecto de la novela.
-Claro, perdona, no había caído en que antes me contarías lo del prisionero que lo de ese romance.
Le lanzo una mirada recelosa. ¿Acaso sabe más de lo que yo sé? Sherezade, la hija del visir, obtuvo un respiro de mil días con sus mil noches atrapando al sultán con cada uno de sus cuentos interrumpidos. Por fin la clemencia llegó y acabaron sus vidas siendo felices. ¿Hubo el amo de uno de sus relatos de solicitar al genio todos los deseos de su cuenta para poder dejarlo marchar?
-Ya he leído para ti -le digo intencionadamente-. Hace un rato has dicho que después de escucharme...
-Que yo sepa, aún sólo te he pedido un par de cosas -me interrumpe-. Pero vas a tener suerte. ¿Ves? Se ha terminado -sentencia arrojando al suelo la colilla, que exhala sus últimos vapores.
-¿Eso significa que...?
-Que tengo que volver a la oficina. Se acabó mi descanso y, ¿sabes?, al final ha terminado siendo más agradable de lo que prometía.
-¿Entonces? -pregunto sin saber aún si celebrar o no mi libertad.
-Entonces... ya sabes a qué hora salgo a respirar un poco, si es que puede llamársele así. Mañana volveré aquí y encenderé otro de tus cigarrillos -dice a medida que se aleja y se despide con la mano, agitando su manga blanca. Me sonríe. Es la primera vez que veo la sonrisa de la rubia. Le correspondo con la mía.
Sigo cautivo.
Y tal vez deba celebrarlo, ahora que ya no hay humo.
martes, 29 de diciembre de 2009
Humo IX
Respiro profundamente; el humo ya no me arranca la tos. Cierro el libro y me permito mirar por unos instantes al frente, cedido a la abstracción. La rubia sigue a mi derecha, callada, pensativa quizás.
Compartir el final de mi libro no era algo que hubiera pensado hacer. Ni con ella ni con nadie. Acabar de leer un libro es un acto privado, íntimo. Incluso más que la religión, o que cualquiera de las perversiones que uno nunca se atrevería a revelar. He disfrutado haciendo que las últimas palabras del autor dialoguen con las sensaciones que he reunido a medida que he ido avanzando en la historia. Probablemente, cuando lo deposite en el hueco de la estantería del que lo saqué hace unos días, no vuelva a abrirlo nunca más. Por eso es una despedida, un adiós, pero también es el nacimiento de una conclusión. Ahora surgirán las ideas y el poso.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Humo VIII
-Oye -la rubia se interpone entre mis pensamientos y yo-, veo que estás terminando de leer ese libro, ¿no?
-Tienes buen ojo -le respondo reparando en mi dedo, mordido aún por los dientes de estas páginas-, apenas me queda un párrafo.
-Tal vez, si quisieras leerlo en voz alta...
¿Ha sido eso un deseo? Supongo que sí, pero creo que no está bien formulado. Seguirá considerándome un loco, o un cuerdo con el día un poco tonto, o un extravagante. El caso es que no me queda otra.
-¿Podrías...? -pero me corta.
-Lee para mí.
Me quedo mudo. La rubia exhala el humo de su cigarrillo y, después de un silencio, vuelve a tomar la palabra:
-Y después podrás marcharte.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. En este instante lo pienso todo y, a la vez, no sé qué pensar. Libero mi dedo de su trampa. Siento en él un golpe de calor y la sangre vuelve a circular hasta la yema, hasta la uña diría yo. Ahora que lo pienso, no sé cómo he pedido apañármelas para hacer tantas cosas con sólo una mano. Tomo el libro otra vez con las dos y suspiro porque ya estoy más cerca de ser libre otra vez.
martes, 15 de diciembre de 2009
Humo VII
Me viene a la mente una leyenda que circuló hace años entre fumadores, activos y pasivos, que venía a decir que si reunías un kilo de esos envoltorios de celofán y lo entregabas en el lugar convenido, alguien regalaba a un minusválido una silla de ruedas. Siento curiosidad por saber si hubo alguno que se beneficiase de todo aquello aparte, claro está, de la industria tabacalera.
La rubia se enciende uno nuevo con el cigarrillo que estoy a punto de agotar. Cuando el suyo prende y su ascua se enrojece, se deshace del mío.
-No parecías disfrutarlo mucho. Es más, creo que no has fumado en toda tu vida. ¿Para qué me lo has pedido? ¿Una apuesta, o algo así?
-Ya te lo he dicho, la verdad es que ha sido una necesidad de ésas que no pueden eludirse -no sé si he resultado muy convincente.
-Vamos a ver -se planta delante de mí con los brazos en jarras-, cuando me has dicho que te pida que vayas a comprarme tabaco ya me ha parecido que eras un poco raro. Ahora llegas echando el corazón por la boca, con el pitillo a punto de quemarte los labios y totalmente congestionado. Lo más curioso es que quieras seguir con todo esto.
-Verás, es que...
-No, si me lo figuraba -me corta-. Ya sabía yo que algo iba a torcerse en este rato. Salgo de la oficina con la única intención de disfrutar un poco de este sol, de despejarme sin más, pero siempre me pasa algo. Cuando no son unos niñatos poniendo al límite el volumen de la música en sus móviles, es un corro de señores de otras oficinas tratando de saber si estaría dispuesta a encajar en un hueco entre la academia de sus hijos y la cena con sus respectivas mujeres. ¡Qué coñazo! Voy a terminar por decidir no salir más.
Aparta los ojos de mí, los dirige al frente y hace un silencio. Aprovecho para inspirar otra vez su humo y me recreo en su aparente genio. ¿No era yo el genio?
-En fin -suspira-, ya que mi descanso de las doce ha vuelto a ser un desastre, tienes exactamente el tiempo que tarde en fumarme éste para intentar arreglarlo.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Humo VI
He dado el primer paso hacia la libertad. Bueno, más que un paso ha sido una carrera. En cuanto la rubia me ha hecho su petición he salido pitando a corresponderla. Jamás habría imaginado que acudiría como alma que lleva el diablo a pagar por un trozo de cartón plastificado relleno de tabaco picado. ¿Alguien ha conseguido alguna vez correr los cien metros lisos con un cigarrillo invadiéndole los pulmones?
Pulmones, por cierto, con su volumen ampliado por mi respiración alterada. El humo disfruta ahora de mucho más espacio para hacerse conmigo. Toso compulsivamente y me vuelve a los oídos la voz de la máquina expendedora: "Su tabaco, gracias". No, no es mi tabaco, pero como si lo fuera. Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. El mensaje impreso en la cajetilla despierta mi compasión por la rubia, y creo que también por mí mismo. Pero ahora me resulta necesario. Se me empieza a enturbiar la vista: "Fumar puede ser a veces necesario". ¿Es ésa realmente la frase impresa?
Ahora no sería capaz de leer una sóla de las letras de este libro que sigue en mi mano izquierda. Mi dedo índice continúa pillado entre sus páginas como un ratón en una ratonera. Que yo sepa, los genios no tenían que dejarse el alma corriendo de acá para allá y debería de haber alguna manera algo más... no sé, mágica, de llegar a los sitios. En fin, voy sin resuello pero con los deberes hechos. Ahora me resta hacer que la rubia desee un par de cosas más.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Humo V
-No sé qué pensarás de todo esto -le digo entre dientes, con el nuevo cigarrillo empezando a arder entre mis labios. Le devuelvo el viejo cuidando que siga intacto.
-Bueno, no sé, supongo que usar el mechero no le habría abierto otro agujero a la capa de ozono -me responde sin sospechar que los lazos de humo deben mantenerse a pesar de tener que incurrir en alguna escena absurda.
-Tienes razón, la atmósfera apenas habría sufrido daños -admito y vuelvo a la carga-. Ahora debemos resolver un problema: el del agujero que acabo de hacerte en el bolso. ¿Te importa pedirme que vaya a comprar tabaco?
-¿Cómo?
-Nada, que con sólo pedirlo tendrás una cajetilla nueva, toda para ti.
-Pero... es que... -la rubia cabecea, sin acabar de comprender que debe pedirme algo que ni siquiera se le ha pasado por la mente. Este cigarrillo que me está haciendo toser tal vez sea su aportación periódica a la supervivencia de los gorrones en el planeta.
-Venga, mujer, es sólo un deseo. ¿No es eso lo que te gustaría? Pues no tienes más que pedirlo.
Se lo piensa. Está desconcertada. El genio acaba de sugerirle a su amo que formule su primer deseo. Me temo que estoy haciendo trampas, pero si la montaña no viene a Mahoma...
-Está bien -se relaja-. Tráeme un paquete de tabaco. Eso sí, cuando vuelvas me vas a explicar en qué clase de jueguecito me estás enredando.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Humo IV
En fin, va a ser la primera vez en mi vida que lo haga, pero no me queda más remedio. Creo que ya sé lo que tengo que hacer:
-¿Tienes un cigarro?
¡Puaf! Lo odio, no puedo con la gente que va por ahí pidiendo de fumar. No soporto a los fumadores de gorra. Si no tienen tabaco que lo compren y si no pueden comprarlo, que se aguanten las ganas hasta que puedan permitírselo. Lo peor es que ahora soy yo el que pide y, ¡malditas las ganas que tengo de fumar!
-¿Cómo? -Me responde la rubia, sacándose del oído izquierdo el auricular. Tiene la voz más dulce de lo que imaginaba.
-Perdona que te moleste, pero es que tu cigarrillo me ha despertado unas ganas tremendas de fumar. Me llegaba el humo y... ¿no tendrías uno para mí? -me ha quedado un poco arrastrado, pero no puede controlarse todo la primera vez.
-Pues... no sé si me queda alguno -me responde con media sonrisa y se dispone a buscar en su bolso.
Bueno, al menos no me ha puesto mala cara. Me temo que tenemos poco tiempo, aunque, un momento, ¡no!, no irás a hacer lo que creo que vas a hacer...
-¡Espera! -Uff, vaya grito. La rubia se me ha quedado mirando algo extrañada. Tranquilo, no debes perder el control-. Digo que no tienes por qué tirarlo. Yo lo cojo para que puedas buscar mejor.
Me lo da, pensando, tal vez, que no debe contradecir a este tipo algo desequilibrado que le habla con aires de narcotizado. Parece que ha encontrado el pitillo en su bolso.
-Es el último -me tiende el cigarrillo que acaba de sacar de la cajetilla-. Que sepas que me dejas a cero.
-No te preocupes, eso podemos resolverlo -le digo a la vez que trato de no perder el contacto con el humo en mi nariz-. ¿Te importa que lo encendamos con el tuyo?
La rubia me mira fijamente. Creo que le estoy echando demasiado morro.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Humo III
Un vistazo más y advierto que unos cables blancos trepan hasta sus orejas y le taponan los oídos. Se mimetizan con el fondo también blanco de su camisa. Descarto decirle algo: no me oiría. Quizás lo que escucha haga de ella otro ser abducido, como yo lo estaba por la novela que leía, la misma que sigue mordiéndome el dedo.
El pitillo prosigue su sacrificio. Es esa lámpara de la que salgo. El fumador no necesita frotarla si quiere sacarle el genio. Sólo le basta una llama que prenda su mecha. La mía es este hechizo que me encadena, recién nacido.
Debo marcharme. Pero la condición es verme liberado, y sólo podré ser libre si mi amo me pide tres deseos. No, no basta con dejar que el cigarrillo se consuma. Si se apagase o se consumiera antes de lo necesario mi cordón umbilical se rompería. El genio necesita seguir unido a su placenta, lámpara prendida en pos de la existencia y del antojo.
No debe apagarse antes de que mi amo solicite sus tres deseos: las reglas para liberar genios son ley. Pero lo tengo muy difícil. Debo encontrar la forma de conseguir que ese cigarrillo siga encendido y ¡está en las últimas!
martes, 24 de noviembre de 2009
Humo II
Le doy unas cuantas vueltas a tan disparatada idea. Consigo enredarme en mis pensamientos y, como volutas de humo, acabo trenzado, rodeado con mi propio cordel que acaba deshecho, disperso en el aire. Vuelvo a respirar. Compruebo que sigo atado al humo de ese cigarrillo que sigue consumiéndose y mi idea descabellada deja de serlo para concretarse.
Debería plantearme cómo escapar: el objetivo de todo genio se centra en obtener la libertad, desatarse del yugo de su amo y de su voluntad caprichosa.
Vine hasta aquí transportado por este libro, viviendo sólo en la dimensión de estas páginas que ahora me atrapan el dedo como un cepo. No vivía sobre este suelo que piso, sino sobre el de esta novela que está a punto de terminarse. Y ahora, fruto de la combustión de un cigarrillo, he llegado a este banco, a esta calle de esta ciudad. Mi recobrada conciencia ha nacido del humo que me une a una madre, pues este aire me reúne con el mundo y nazco de él.
Ya que vuelvo aquí convertido en el genio del humo, deberé seguir el ritual con sus pasos establecidos. No me marcharé por las buenas, pues rompería lo que me une a esta vida. ¿Y seguir respirando este aire? Eso tal vez sea lo más duro.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Humo I
Me relajo, respiro hondo y desde tal hondura me asalta una tos convulsa. Cuando consigo calmarla, trago y noto una sequedad repentina en la garganta y un sabor a tabaco que se me aloja en la faringe. Olfateo con cautela -temo saturarme- pero todo sigue llegándome desde dentro. El olor a tabaco está dentro, no fuera de mí. Como en el interior todo está claro, paso a indagar a mi alrededor. Voy en busca del humo como los antiguos iban en busca del fuego.
Me giro a un lado pero no veo nada. Al otro, el derecho, la chica de la farola sigue apostada. Zapatos de tacón, femeninos como sus medias, falda por encima de las rodillas, blusa blanca de mangas ceñidas y larga cabellera rubia recogida en una coleta. Mira hacia el frente con sus grandes ojos mientras deja que un cigarrillo se le consuma entre los dedos. Un torrente de humo brota de él, describiendo su línea ondulante directamente hacia mi nariz.
Mi garganta vuelve a denunciarlo con más toses irreprimibles. Cierro el libro dejando un dedo como señal y paso a observar el camino de la fumarola. Muevo la cabeza con el fin de despistarla, pero no hay manera. Se dirige implacable hacia mis fosas nasales. Decido entonces que, de alguna forma, debo de atraerla. Es como si activase un imán para atrapar el cabo de ese hilo de humo y llevarlo hacia mí. Hago memoria y la mente me devuelve otras situaciones similares. En todas ellas el humo se me cosía a la nariz, polo negativo cautivado por la humareda, de signo indefectiblemente positivo, y no me abandonaba hasta que no me alejaba. Me temo que estas cosas no cambian nunca...
miércoles, 11 de noviembre de 2009
El muro
Lo derribamos.
El pico arrancó la pintura.
Tan insolente.
Saltaron los rumores,
lascas del cemento.
Por los aires informadores grises,
besos a oídos de la Stasi,
controladores de mentes
y del temor.
Miedos, los que tuve,
los mismos que sufrí:
mejor no ver al otro lado.
Quiero mirar al otro lado.
El verano llega
a las puertas del invierno.
Mis lágrimas alzan el polvo del suelo.
¿Qué me espera?
Salir del hollín,
del carbón enfermizo.
Lavarme los ojos y
ver el mundo.
viernes, 6 de noviembre de 2009
El taladro
Hasta hoy siempre había utilizado máquinas y brocas ajenas -bueno, de la familia, que también son de prestado pero con más confianza-. Cuando las empuñaba me acordaba de aquel anuncio, creo que de Black and Decker, en el que un operario se enfrentaba a una pared-lienzo y la agujereaba de arriba abajo. Se liaba a taladrar sin parar hasta mostrar su rostro de satisfacción ante una supuesta obra bien hecha. ¿Una pared con más agujeros que un queso holandés? El autor, herramienta en mano, se alejaba para tomar la perspectiva suficiente y... aquel colador era la reproducción de un cuadro de Roy Lichtenstein. ¡Qué preciosidad de anuncio!
Nunca había tenido un regalo de cumpleaños de ese tipo, y me ha gustado. Hace años, y aún hoy, estas cosas eran propias del hombre de la casa y uno, que aún no ostentaba el título, de vez en cuando asumía el rol como en un simulacro de lo que podría ser el futuro. Empecé colgando cuadros: agujero, taco, escarpia y ya. Después algún espejo, alguna estantería y, cuando ya la cosa estaba dominada, me atreví con todos los muebles de una cocina. Por eso ya era hora de tener un artilugio propio.
Yo, que ya había cambiado de parecer en cuestión de cuadros, me había hecho fan del cuelgafácil y me había entregado a la comodidad del martillo y el clavito, ahora me veo armado como de infantería.
domingo, 1 de noviembre de 2009
De cementerios
Depositan recuerdos y calidez sobre la piedra pulida. Saben que quien yace les está agradecido, algo le reconforta.
Quizás, con suerte, un día de éstos me saquen de este sitio sin nombre, del barro al que me arrojaron, de esta cuneta donde se crían sólo malvas. Del frío y el abandono.