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jueves, 18 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad


Un árbol lleno de vida 

Algo lo despertó. No fueron las luces, pues quedaron apagadas a medianoche. Tampoco pudo ser el ruido del tráfico, ya que en la plaza apenas sí se sentía. Fue más bien algo similar a un llanto.

Trató de volver a dormirse, pero aquel sonido regresó a sus oídos. Necesitaba hacer algo para callar el lloriqueo que provenía de más abajo. Así pues, se descolgó de su rama y comenzó a descender dando saltos. Procuró no molestar a los demás, intentando que las bolas no se bamboleasen a su paso. Sorteó los enormes lazos rojos, esquivó los cables de las luces y evitó enredarse con las finas guirnaldas que ese año eran novedad. Las acículas le pinchaban los pies y maldijo el momento en que aquel operario se encaprichó de sus botitas.

El sollozo quedaba ahora más cerca, aunque aún debería abrirse paso entre la frondosidad. La luz de la ciudad apenas llegaba allá adentro, donde las ramas eran leñosas y el olor a resina le invadía la nariz. Cuando alcanzó el tronco, se detuvo a escuchar. ¡Sí, ya casi lo tenía! Tanteó la gruesa corteza hasta hallar una oquedad y se asomó a ella con mucho sigilo.

Era sorprendente encontrar en diciembre crías de ardilla, pero allí estaba: una ardillita que chillaba sin parar. En todos los años que llevaba de servicio, nunca le había ocurrido nada parecido. En el bosque alguien tenía que haberse asegurado de que aquel abeto no tenía moradores. Y, sin embargo, lo habían traído hasta allí con una pequeñina que ahora llamaba a su madre desesperada.

¿Qué podía hacer? Trató de calmarla sin éxito, así que decidió buscar ayuda. Regresó al exterior del árbol, donde ya no le importó agitar, sacudir y remover con tal de despertarlos a todos. Tras contarles lo sucedido, no tardó en contar con un buen grupo dispuesto a ocuparse del bebé de ardilla. Los renos le darían pelo para abrigarla y leche para alimentarla. Los angelitos le cantarían para dormirla. Un conjunto de campanitas sería su sonajero y unos cuantos duendes jugarían con ella.

Cuando volvió al tronco, supo al fin que el llanto surgido del pequeño hueco no tardaría en cesar. Y también tuvo la certeza de que aquella Navidad sería especial.


viernes, 27 de diciembre de 2013

La San Silvestre

Amor

Aquella mañana invirtió más tiempo que nunca en ponerse las zapatillas. Necesitaba ajustarse los cordones perfectamente, ser consciente de cada lazada, de cada nudo. Sus pies, calzados al fin, revelaban que la energía alcanzaría sus piernas como nacida de un motor de explosión. En su cabeza, el ritmo de una canción imaginada comenzaba a mezclarse con la vislumbrada cadencia de sus zancadas sobre piedras y asfalto.

La carrera no había empezado aún y no sabía si lograría mejorar su marca de la Navidad anterior, aunque sí tenía claro algo: que obtendría un hermoso premio.

La noche previa, cuando su madre le dijo por teléfono “nos vemos en la meta”, sintió en el estómago una dulce punzada que se dilató hasta abrazarlo por completo.

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El año pasado acudí a Vallecas para celebrar el fin de año junto a quienes corrían en la San Silvestre. Pasé mucho frío, pero disfruté del ambiente y del ánimo de todos en torno a la meta. Este relato intenta recoger algo del espíritu de dicha carrera popular, tal vez el de alguien que participó, quizás el de alguien que la correrá este año.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad

Un poco de luz

En muchos hogares era ya tradición poner el árbol o el belén durante el puente de primeros de diciembre, así que los padres de Inma acordaron que esa costumbre tuviera en su casa una mayor razón de ser.

Cada año, cuando llegaba el día de su santo, la niña era la encargada de decorar con bolas y cintas un árbol que, al igual que ella, iba creciendo y cambiando. Todos los adornos le parecían preciosos y los colgaba con mimo. Pero lo que de verdad le gustaba a Inma era colocar las luces entre el frondoso verdor.

Desde que comenzó a distinguir las formas y los colores, le habían fascinado las luces de todo tipo. Las de su árbol de Navidad habían pasado de llamar vivamente su atención cuando contaba sólo unos pocos meses de edad a ser lo más excitante en lo que poder fijarse. Se quedaba larguísimos ratos embobada con aquellos puntos luminosos que saltaban de rama en rama y que, por momentos, se detenían y parecían incendiar con solemnidad su rincón favorito.

A todos les enternecía aquella imagen de la niña, sentada frente a la humilde pero brillante obra que ella misma creaba con tanta ilusión.

Ese año, sin embargo, las cosas no podrían ser como otros. Hacía tiempo que sus padres habían perdido sus trabajos y en casa no se debía hacer ningún gasto de más. Del mismo modo que las preocupaciones no se marchan de la mente, las facturas se apilaban sobre una mesa y tampoco desaparecían de ella. La niña sabía que tenían que prescindir de muchas cosas, incluso del calor de la calefacción.

A pesar de todo, cada tarde sus papás cogían a Inma de la mano y la conducían junto al abeto que también este año ella misma había engalanado. “Vamos, cariño, enciéndelo”. Entonces, la pequeña, tras confirmar en sus gestos ese consentimiento, pulsaba el interruptor y su rostro se iluminaba como un sol.

Era el momento del día en que los mayores se evadían de tanta angustia y, acurrucados bajo una gruesa manta, gozaban al observar aquellos ojos encandilados.

Su hija, tras un momento que a cualquiera le habría parecido muy breve pues, de hecho, lo era, apretaba de nuevo el botón. "Ya está, ¡ha sido increíble!"

Y en la recién recobrada penumbra, Inma se abalanzaba sobre sus padres y los estrujaba en un cálido abrazo.

lunes, 21 de octubre de 2013

La sinfonía


Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. En el magnetófono, la Heroica había sonado lánguida hasta que la claridad despertó a los metales y, tras ellos, al resto de la orquesta. Aunque a los tripulantes les había gustado la idea de poner música, el comandante sintió cierto reparo al aproximarse al destino marcado justo con el final del primer movimiento. Su copiloto esperaba órdenes. También lo hacían su navegante, su ingeniero y su operador de radio. El sol deshacía el ruido de los motores dentro de la cabina. “¡Adelante, señores!”. Ahora intervendrían los artilleros y el bombardero.

Sobrevolaban Berlín cuando la marcha fúnebre comenzó.

(Relato enviado al I Concurso Internacional de Microrrelatos de Prisa Radio. La primera frase es la que da fin a la novela de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto).

jueves, 4 de julio de 2013

¡Guerra a las moscas!

Siete moscas dan vueltas endemoniadas en el aire. Algunas se entrechocan, como si volaran a ciegas. Su espacio aéreo es el de mi dormitorio. Con la ventana abierta de par en par, ignoran la amplitud de su vano. Alguna se empeña en golpear el vidrio y su marco, aunque finalmente acaba saliendo.

Desde la puerta de la habitación hacia adelante, a mi derecha los pies de la cama, llego cerca de la ventana. Hasta lograr expulsarlas he tenido que agitar los brazos como el que calienta para soltar músculos y articulaciones antes de hacer ejercicio. Al mullirlas, aprovecho las almohadas como arma amenazante, cual péndulos o columpios que desafían con llegar a girarse del todo.

Triunfante al fin, me pregunto si las mismas moscas que acabo echando un día tras otro de mi 'comarca' vuelven a invadirla cada mañana cuando decido ventilar. Entonces me acuerdo del abuelo Victoriano y de los utensilios que él mismo fabricaba a partir de unos trozos de malla de plástico y un poco de cinta aislante adhesiva. Eran los matamoscas con mayor eficacia exterminadora que nunca he conocido, aparte de la clave de uno de los pasatiempos más absorbentes que un niño haya probado jamás. Doy fe.

Solo al fin, me dispongo a cerrar ventana y contraventana. Clic, clac. Entonces, advierto que un individuo sobrevuela mi cama. La más lista de las siete ha logrado burlar mi carta de expulsión. La observo: como atraída por una libertad que más bien podría estar fuera (o tal vez dentro), la última mosca acaba posada en el cristal. Quisiera echarla como a las demás pero, me digo, ¡me niego a abrir otra vez! Y decido correr las cortinas.

Ahora está atrapada entre la ventana y una larga caída de tela. Zffgff... ¡Ahí te quedas!, le digo.

jueves, 4 de abril de 2013

Entre platos

Tengo un muy grato recuerdo de aquella película en la que dos amigos recorrían una región vinícola de California y probaban los caldos de la zona mientras se debatían entre peripecias sentimentales varias.

Hoy no estoy Entre copas sino, más bien, entre tazas, fuentes, soperas, teteras, azucareros..., pero, sobre todo, platos. Muchos platos. Lleva su tiempo desembalar una vajilla. Ésta ha llegado dentro de tres pesadas cajas que, a su vez, guardan otras cuantas más. Es chocante que un envoltorio de tosco cartón no sólo contenga sino también proteja objetos tan delicados. Pocas veces se tiene ocasión de ir hallando piezas, extraerlas de una en una sin saber cuál te encontrarás en cada momento, aparte de intuirla por la forma de su embalaje. Podría ser como la suerte de un arqueólogo. La misión ahora consiste en sacar a esta gran familia de su carruaje de papel para darle acomodo en uno de vidrio y madera.

Porcelana blanca con filos plateados y decoración rayada en los bordes. Fina, sí. Me persigno mentalmente (de forma inventada) para no hacer cacharritos. Reúno a cada oveja con su pareja y descubro que los platos llanos y los bajoplatos son iguales..., imposible diferenciar unos de otros, a pesar de haber llegado empaquetados por separado. Tras varios usos y no menos lavados acabarán mezclados.

Admiro la gran capacidad de las tazas. En ellas podremos tomar un buen té cuando se tercie. La salsera recuerda en parte a una concha de Nautilus, al igual que la lecherita, ambas con una elegante asa. Las fuentes, ovaladas, quedarán bonitas recostadas en la parte trasera de la vitrina, contrastando con el tono entre castaño y caoba de la tabla. Y más platos: hondos, de postre, de café,...

Aquí sigo, provocando este tintineo necesario. También dentro de mi cabeza.

viernes, 22 de marzo de 2013

El tiempo y la luz

Por la mañana busco la visión de un paño de sol que raya con línea marginal la terraza del último piso del edificio de enfrente. ¿Lo encuentro donde estuvo ayer?

Descuelgo mi persiana en cuanto el destello tamizado por el visillo alcanza el primer libro de los estantes. Seguirá reptando, ahora mucho más cribado.

Salgo de casa cuando mi calle acaba de dividirse en dos bandas. Una, blanca y más lejana, me deslumbra. La otra, sobre la que paso, va cediendo milímetros, fiándolos sin afán de propiedad... o eso parece.

Llego a la tienda y, antes de entrar, instalo con la mano derecha una visera sobre mi frente. De nuevo el sol, repelido con chispas por las lunas de la fachada.

Durante la comida, primero las cacerolas y después el aparato de radio, se calientan a la luz. Es una ayuda para los fogones y también refuerzo para el calor de las palabras que vienen del aire.

Al caer la tarde un foco se instalará sobre el albarelo de Salvia que decora el aparador. Será sólo durante un rato, afectuoso, anaranjado, casi mágico.

Pero todo eso que marca mis días tiene un punto variable, mutable y pasajero. Cada minuto, cada hora, cada segundo van dejando marchar de sus distritos perdurables a las líneas, a los rayos, a los destellos, a los soles.

El tiempo sigue transportado dentro de su caja sellada y eterna. Mientras, la luz lo agita, lo anima y persuade.

domingo, 27 de enero de 2013

Acuarela

Hace unos días estrené mi caja de lápices. Tres años ya en un armario, desde que fuera mi regalo de Reyes. Tampoco había usado el bloc ni los pinceles junto con los que los Magos la dejaron una noche mágica como la de hace unas semanas.

Cuando la abrí aparecieron todos alineados, cumpliendo a la perfección las normas de la escala cromática. Lapiceros de dibujo de grados de dureza diversos, lápices de carbón, lápices de colores clásicos, otros de colores metálicos y, para mí los más deseados, los acuarelables. No tenía ni idea de lo que haría con ellos, pero me apetecía experimentar, ver qué salía.

Busqué en varios libros sin dar con el motivo que me arrancase las ganas imprescindibles para dedicarme a dibujar durante horas. Entonces recordé que el primero de mes descolgué de la cocina el calendario de 2012. Lo había guardado porque contenía decenas de fotografías bellísimas con las que algún día, quién sabe, poder hacer algo especial. Lo hojeé, regresando a los instantes, a las citas, a las esperas, los anhelos, las estampas de todo un año. Impresa en papel satinado de excelente calidad, una de las imágenes acabó por seducirme.

Un llamador o aldabón de los que cuelgan de las puertas. Sobre todo de las de hace décadas, cuando aún no había timbres ni porteros automáticos, ni otros medios para avisar, más allá de la voz en grito o de unos golpes sobre la superficie de madera. ¡Cuántos porrazos sufrían aquellas puertas! Hoy estas aldabas ya se emplean como meros adornos, aunque puedan atizar ruidosamente. Una mano de bronce pintada de azul, gastada por la fiera pátina del uso. Toc, toc, toc, toc, así llamaría con una mano sirviéndome de esta otra. Maciza pero delicada.

No muestro la foto que he querido remedar, sino el dibujo y mis licencias en él.

jueves, 25 de octubre de 2012

Pelo ceniza

'Este niño tiene el pelo ceniza'. Las peluqueras de mi madre se llamaban Mari y Sabi, y ese era el color que le adjudicaban a mi cabello. Su peluquería estaba en la primera planta de una casa baja de nuestro barrio. Estuve allí muchas veces, acompañando necesariamente a mi madre, que me llevaba de la mano a todas partes.

Era un lugar curioso, cargado de olores únicos, singulares, algunos atrayentes y otros muy fuertes, como los de los tintes. Las peluqueras usaban un cubilete de plástico del que iban extrayendo con una brocha aquella sustancia para aplicarla sobre la melena de las clientas. Me divertía verlas con el pelo mojado, peinado sobre la cara, con unas marcianas capas de tela de forro en tonos rosa o azul por encima de los hombros.

Pero a veces me tocaba que me cortaran el pelo también a mí. ¡Era un martirio! Hasta que llegaba el momento de pasar a la tijera utilizaban una navaja con peine con la que, a tirones, iban rasgando mechón tras mechón. Aquello sonaba como cuando se raja un pedazo de trapo estirajándolo a golpes secos. Mis rizos iban cayendo al suelo, amontonándose unos sobre otros. Y yo acumulaba tensión y suplicio...

Pero no todo era desagradable en aquella peluquería. Un día sentí una enorme paz al observar a una señora que, bajo un secador, toda cercada de rulos, se estaba comiendo un bocadillo. Recuerdo el tremendo apetito con que la mujer se nutría y el ruido que hacía al remangar el plástico transparente con el que estaba envuelto el bocata. Debía de ser de jamón de york, o de chopped, y no negaré que deseaba estar comiéndomelo yo en vez de ella. Pero, sobre todo, lo que nunca he olvidado es la sensación plácida que aquella escena me transmitió.

Hace décadas que no me veo obligado a acompañar a mi madre a la peluquería. También hace muchos años que nadie ha empleado navaja para cortarme de pelo, lo cual agradezco infinitamente. En fin, no quisiera engañarme, pero, de seguir siendo así, hoy mis mechones ceniza ya no caerían al suelo abundantes como antaño.

domingo, 1 de julio de 2012

Una meca

Ese señor delgado de oscura y cuarteada piel mira con sus ojos entornados. Cabecea hacia delante mientras murmura una letanía incomprensible para mí.

Reza, sin duda. ¿El lateral derecho de este tren mira ahora a la Meca? Dado que avanza por un trazado sin apenas rectas, es difícil saber a qué cielo se conecta el orante. Ante la duda, mejor vendría cualquier agujita que señalase un presunto norte.

Echo de menos aquel reloj con brújula que decidí no comprar por lo superfluo de tal herramienta. También me serviría la pequeña brújula que rescaté antes de que llegara a desprenderse del tirador de mi viejo trolley. O, ¿por qué no?, me apañaría con un taponcito de corcho, un pequeño imán, una aguja y un balde con un poco agua.

Sin complicarme apenas, sí, pero con ayuda. Él, sin embargo, conoce su oriente. Puede que en cada nave haya un marino cuyo compás interno sabe en todo momento cuál es el rumbo.

domingo, 10 de junio de 2012

Dorsal 137

Se cuela por la estrecha rendija que aún separa las puertas al cerrarse. ¡Por poco! Sudoroso y rojo por el esfuerzo, toma resuello. Lleva pantalón corto, zapatillas deportivas y una camiseta sin mangas guarnecida con grandes números. Busca asiento y lo encuentra junto al mío. Lo ocupa mientras mira al exterior del vagón. Acompaña su tensión con respiraciones afanosas. Reparo en el reloj que le ciñe la muñeca: pulsómetro y podómetro incorporados. Ambos marcan sendas cifras en avance constante. Se da cuenta de que lo he fichado y lo oculta con un nervioso cruce de brazos.

Dos estaciones más. A la tercera, se baja y echa a correr.

Por la noche, en la tele, veo al tipo del tren. Los mismos grandes números sobre su dorsal. Está cruzando una meta con los puños alzados.

lunes, 4 de junio de 2012

Juegos a la sombra

La calle de mi infancia tenía soportales. La manzana completa estaba rodeada de ellos y en verano se podía salir de casa y jugar a cubierto. Si las patadas al balón se pasaban de largo, lo recuperábamos rápidamente del sol cruel y lo devolvíamos al claustro para seguir con el partidillo.

Mi portal, como los del resto de las viviendas, tenía una escalera amplia en cuyos peldaños se desarrollaban también los juegos, las charlas y las riñas. Cuando nos cansábamos de correr bajo los soportales, acudíamos al asiento fresco de los escalones. No recuerdo cuanto tiempo transcurría hasta que volvíamos a lanzarnos a las sudorosas carreras o a otros tejemanejes entre los pilares que sustentaban el edificio.

En esas columnas también se jugaba. Las niñas ponían una goma sujeta a dos de ellas, evitando así tener que figurar ellas mismas como postes. Algunas conseguían hacer y deshacer con éxito el lío tremendo que armaban entre el elástico y sus piernas. Y los niños nos dedicábamos a subirlo tan alto que, después, ni ellas ni tampoco nosotros éramos capaces de hacerlo descender para recogerlo.

Los gritos, los lloros, los éxitos... todo sucedía bajo techo. Sabíamos que salir de la sombra no convenía.

lunes, 26 de marzo de 2012

La niña y sus juguetes

El servicio de correos acaba de dejar el aviso de llegada de otro paquete. ¡Qué ilusión tan grande! ¡Un pedazo más de su nostalgia! La alegría le llena el estómago, se desborda hacia su rostro como el vino espumoso y la hace sonreír igual que cuando miraba a aquel fotógrafo a sus cinco años, ingenua, crédula, para comérsela.

Quiere volver a jugar, acompañarse de las mismas cosas con las que compartió sus mejores ratos cuando era niña. ¡Ah, otra muñeca... su muñeca! Loca de contenta, ya imagina que le vendrán bien los vestiditos que conserva en una caja repleta de tesoros. Les pertenecieron a otras muñecas que, cuando fue haciéndose mayor, acabó dando a otra niña que hoy ni siquiera recuerda qué fue de ellas.

Flor de Loto, la Negrita del Cafetal, Ninfa,... son sus viejas amigas, con quienes hoy se reúne después de veinte años. Les contaría muchas cosas de su vida, de su trabajo, de sus amores, desvelos y alegrías. Pero sabe que no han vuelto para eso. ¡Están aquí otra vez para jugar! Una corriente de colores saca de su pecho una gran pompa de cosquillas y risas.

Por ahi, los cacharritos, los muebles, la trona, las bañeritas... Por aquí, la casita del bosque. La recordaba algo más grande, ¿no? Tal vez sea el paso del tiempo y su intervención en el recuerdo. La abre como si fuera un libro y expone sus dos mitades esperando llenarlas de vida. Es una seta con el interior repartido en dos plantas, con sus barandillas y su chimenea. Atiza el fuego con una palita y pone dos ollas a hervir. ¡Hmmm, esto ya empieza a oler bien! La niña coloca una pequeña valla en el jardín de la casita y dispone sobre el césped una mesa con sillas en forma de flores y verdes hojas.

Y aún le esperan muchas sorpresas. La carroza del bosque se desliza remolcada por un enorme gusano amarillo, quedando dispuesta para que ella ocupe una plaza. Cuando se acomoda en su asiento, le llega a los oídos el sonoro borboteo que surge de las aguas que imagina cerca. Neptuno, con corona y tridente dorados, emerge del océano dirigiendo a los dos caballitos de mar que tiran de su carro. Cuando llega frente a ella, suelta las riendas de oleaje, saluda alegremente y, con su gesto festivo, la invita otra vez a gozar.

viernes, 20 de enero de 2012

Té en Edimburgo

¡Clac! El hervidor acaba su tarea. Tan solo el borboteo del agua, ya serenado, fractura el silencio. Chssssss... el vapor se escabulle mientras lo vierto a chorro sobre una bolsita de té.

Saco una taza del armario de las tazas. No me hace falta escogerla. Su asa se dispone hacia fuera, accesible, poniéndome fácil su obtención de entre otras. Es del tipo mug, loza blanca, rota en azul índigo por un grabado de estilo clásico. Edinburgh, reza en letras elegantes, suspendidas sobre la vista de un castillo. El calor de la infusión de té verde parece dilatar la silueta del edificio, imponente construcción levantada sobre roca volcánica que ahora recobra el fuego que hace siglos se la inventó. Agito con una cucharilla una pizca de azúcar, tin tin tin... Golpeo el acantilado, abrupta madre cuyo corazón late así en la ciudadela.

Prescindo del asa. Me gusta abrazar la cerámica con las dos palmas y tantos dedos como quepan sobre ella. Sorbo con tiento: otras veces la flama me hirió la lengua. El calor humeante me nubla los ojos, cortina de niebla espesa sobre el Monumento a Walter Scott y su piedra ennegrecida por la contaminación añeja. Camino sobre piedras mojadas, entre tabernas y casas medievales que reavivan entre sus paredes todos los mitos imaginables.

Vuelvo a fijarme en la ilustración del viejo castillo, finas líneas en relieve sobre la cerámica. Llego a éste por una cuesta empedrada, alcanzo cada una de sus terrazas y la más alta de sus torres, enfriadas ya. El té se termina, y también el fuego. Mi viaje se agota pero las sensaciones perdurarán.

viernes, 13 de enero de 2012

Máscaras en mi salón

Dos pares de ojos miran sin ver. Sólo oquedades abiertas en superficies convexas llenas de pliegues personales que podrían ajustarse a una cara cualquiera. Dos máscaras venecianas habitan un mueble donde son camaradas de otro puñado de espectadores que, igualmente, miran sin ver, aunque sus ojos no sean meras cavidades. A diferencia de las máscaras, tras ellos hay cabezas que descansan sobre hombros que laten, se encogen o relajan, cada cual a su manera.

Un Zanni, sirviente tonto y ramplón que, de ceñirse a la piel de un actor, acabaría convertido en listo y astuto, mira al espigado payaso de Lladró que sostiene una flor con gesto delicado. ¡Jaja! Algún día acabarás regalándola, podría estar diciéndole. Capitano, de cerámica multicolor, su nariz recta y poderosa, pasa revista a la mandíbula retadora de un Cascanueces alemán, bien uniformado y cuadrado al servicio de su mando, zu Befehl!

Buda y Ganesh, pequeños recuerdos de viaje, aseguran en piedra negra y blanca, respectivamente, la vida espiritual dentro de la comunidad. Una geisha curiosea desde la balda superior, respirando tras una compacta capa de polvos de arroz. Su figura estampada en el lomo de un libro, cuadrangular casa de té con tapas duras y punto de lectura, no pierde ripio de todo lo que acontece. Ha reparado en el rostro de un Alonso Quijano vestido con camisón y gorro de dormir cuyo dedo alucinado alecciona sobre su mejor libro de caballerías.

Reviso formas y colores, brillos y texturas, energías reales o imaginadas, percibidas entre objetos que reposan y miran sin ver. Miradas ciegas cuya intención dependerá en cada instante de la mía propia. Mis ojos intencionados darán, tal vez, un sentido a los suyos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

Una Navidad en las islas                                                                                                   

lunes, 19 de septiembre de 2011

El tenedor de los mayores

Ayer, junto a alguna cosa más, devolví a mi madre este tenedor que un día tomé prestado de su cajón de los cubiertos -los hijos, en vez de pedirles a los padres que nos presten, solemos tomar prestado, obviando protocolos que en casa parecen sobrar-. Es un tenedor de uso diario, supongo que de acero inoxidable, marcado levemente por la rutina, los choques en el fregadero, la fricción con otros cacharros y, más recientemente, la paliza del agua a presión dentro de un lavavajillas. A todo eso le sumaremos el desgaste de cuarenta años de servicio y millones de topetazos contra lozas y vidrios. Sus púas izquierdas se han dejado en los platos unas décimas de milímetro gracias al hábito de manos derechas.

Pertenece a una cubertería completada por otras piezas de menor tamaño que los niños solíamos usar. El de la foto, ya devuelto a su medio, forma parte del conjunto utilizado por los adultos. De pequeño, aunque nunca lo expresé, deseaba llegar algún día a comer con aquellos tenedores y cucharas más grandes y pesados, atributos de las personas hechas y derechas. Cuando ayudaba a mi madre a poner la mesa, me tentaba la idea de olvidar las separatas y unirme al círculo de los más crecidos mediante el simple acto de soltar uno de aquellos cubiertos sobre mi servilleta.

Todo en la vida requiere de un tiempo y un tempo. Ya no recuerdo el día en que alguien, tal vez yo mismo, dejó uno de esos tenedores junto a mi plato en la posición de 'listo para la ofensiva'. Quizás, escritos en alguno de esos protocolos que uno se salta estando en familia, aparecen una edad concreta, un matiz exacto en la gravedad de la voz, una estatura precisa o un número determinado de granos deformándole a uno la cara. El caso es que, ni hecho ni derecho, un día cualquiera este sujeto empezó a usar los utensilios de sus mayores. Tampoco recuerdo cómo se sintió.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Gente

Mi ascensor se cruza en su descenso con otro que sube tirado por el cable del que pende, gemelo del mío, cargado de gente. Dos motores sueltan o recogen cable gobernados por la orden dactilar de quienes deciden bajar o ascender.

Por la calle me cruzo con gente que mira al frente, hacia los lados, a sus perros, a otros, a mí. Con otros tantos camino en paralelo. Me pregunto qué piensan, si mientras hablan por su móvil tienen en la mente algún asunto más, si mientras callan su cabeza le da vueltas a algo, si la misma canción que no quiere abandonar la mía estará dentro de la suya, clavada justo en la misma estrofa, en la misma sílaba.


En el supermercado hay rostros habituales. Pocos entre decenas que no conozco. Gente perdida porque sí, entre mercancía, objetos embalados, empaquetados, plastificados, coloridos. Recorre los pasillos imbuida de su búsqueda, dejando caer miles de estímulos en el pozo de sus pupilas. Es gente automática. De cada producto toma dos unidades, dejando el carro de lado a su derecha, a medio llenar. También es irascible. Te he dicho que me dejes comprar tranquila. No, si al final me vas a hacer hablarte mal. Anda, venga, ve a ponerte a la cola... Y caprichosa, voluble, codiciosa, sometida a una ley universal: acabará pasando por caja.

En un bar la gente habla a voz en grito, publicando sus intimidades, problemas, sandeces, mezquindades. Pero hay además gente callada. Ven la tele y leen los rótulos en la pantalla, o los labios de la presentadora, o leen su propio pensamiento mientras miran la emisión, ese lugar poderoso que les hace fácil abstraerse de las conversaciones ajenas a las que los otros se empeñan en invitarles. Gente discreta.

Más calle. Más gente.

Llego a casa. Sentado junto a la mesa de la cocina centro la vista sobre el brillo de la luz solar en la pared de cerámica. Más allá de los tabiques, de las ventanas, de las escaleras, de los patios, muchos otros miran, escuchan, imaginan, prejuzgan, se ceban en malas ideas mientras aniquilan las buenas, rompen el silencio a golpes, con llantos, gemidos, suspiros, palabras de cariño, de amor, de conciliación, juegan con otros, a ser otros, comen sin hambre, por gula y placer, pierden el tiempo, quieren recuperarlo sin éxito, esperan, desesperan, faltan a sus promesas, generan conflictos, mienten con descaro, palpan a oscuras, beben sin tino, aspiran a ser queridos, se cortan al afeitarse, descuelgan el teléfono para comprobar que hay tono, un canal abierto, lo cuelgan sin más, follan sin hallar placer y se enfrentan a un pavoroso vacío, clavan las uñas en un cojín, arrancan una nota a su guitarra con la yema de los dedos, la escuchan embelesados y la dejan suspendida en el aire, alargada en el tiempo, diluida en una onda propagada hasta que el espacio y la física marcan su límite.

sábado, 20 de agosto de 2011

La cabezada del Papa

Lo aclaman cientos de miles. La calle es crisol de culturas, paleta de colores entremezclados. ¡Oh, alegría, júbilo incontenible! Los mira sobrecogido. No termina de acostumbrarse a tanto revuelo. En el fondo, no quiere nada de todo eso y reniega del boato y de los excesos.

El dóberman de Dios ladra cuando contempla las hambrunas africanas. Se revuelve de rabia. No soporta tanto dolor, así que vende lo que posee para comprar pan. Hace bocadillos con sus propias manos, ajadas por el duro trabajo. Y pone dentro su corazón. Sigue mirando a su alrededor. ¿Para qué tantos guardaespaldas?, se pregunta. ¡No, no es necesario! ¡Marcháos, nadie atentará contra este humilde siervo de Dios!

Vuelve a pensar en los pobres africanos. Me temo que no es solo comida, pues cuando el hambre deje de matar, el SIDA seguirá haciendo esa tarea... Desde luego, los condones les vendrían bien. Eso es:  protección ante todo y autonomía para resolver si quieren tener hijos. Hay situaciones reversibles, claro, y las decisiones que son fruto de la reflexión suelen ser las acertadas. Pensar, estudiar... la formación será sin duda su herramienta más valiosa. Una buena educación criará hombres tolerantes y mujeres dueñas de sí mismas, de sus cuerpos, que decidirán al margen de otras voluntades.

El papamóvil sigue su marcha. Le gustaría bajarse. Hombres... mujeres... ellos con ellas... ellas con ellas... ellos con ellos... Son libres, afirma, dioses de sí mismos. Casados o no, unidos ante la Iglesia o no, su carne es suya, su sexo es suyo, no ven la culpa donde no la hay.

Le llevan de vuelta a Nunciatura, un lugar mucho más lujoso de lo que le habría gustado para pasar estas noches. Se despierta un momento. Necesitaba esta cabezadita, se dice, y piensa en el rato que ha pasado durmiendo. Una sensación extraña va invadiéndole... y nuevamente el sueño. Entonces su mente vuelve a llenarse de escenas. En una de ellas, tras salir por una ventana con sigilo, burla a la guardia , salta los muros del jardín y se escapa durante la noche para emprender la huida.

miércoles, 29 de junio de 2011

Tiovivo de verano

En casa la barra de mercurio parece hierro candente. Araña con su filo esos números de los que preferiría mantenerla lejos. Calor, calor, calor. Pero es lo que debe ser, que para esto hemos cambiado la ropa de invierno por otra más ligera. Me pongo dos de esas prendas  -algodón ligero y lino-  y me marcho al trabajo. En el portal se está fresquito. Miro a través del vidrio de la puerta  -barrotes negros, tiradores dorados-. Al otro lado me ciega una luz blanca propia de las apariciones marianas. Me quedaría un buen rato al pie de los buzones, revisando el correo. Cachis, solo folletos comerciales y propagandas que tiro ipso facto a la papelera.

De camino a la estación busco la sombra como el perro en febrero. A mi lado pasa una furgoneta haciendo un ruido de larga pegatina arrancada pesadamente. No me haría ninguna gracia ver mis suelas adheridas al asfalto como sus ruedas, deshiladas cual chicle requetemascado.

Sudo. Accedo al andén por un subterráneo. De la fresca sombra salgo de nuevo al fuego. 5 minutos para mi tren. Me pongo los cascos. La radio anuncia otra subida de las temperaturas. La canícula me nubla la visión. Mi tren llega borroso, frena difuso, se detiene turbio y abre sus puertas imprecisas. Han configurado el climatizador en el preset Aldea Siberiana. Me desoriento mientras mi cabeza asimila la anunciada subida del calor y mi cuerpo experimenta, digamos, cierta gelidez.

No sin esfuerzo, me aclimato. El recorrido termina. Prepárate, amigo, la bofetada será despiadada. ¡Zas! Camino a duras penas, cuesta respirar. Cruzo una calle. Más neumáticos pegados a la calzada, olor a alquitrán y a goma chamuscada. Mi autobús espera. Subo. Otra lanza de frío. Pico mi billete, me encojo. En menos de 10 minutos de trayecto y tiritona me acuerdo con nostalgia de mi gorro, mis guantes, mi bufanda y mis botas de borrego. Paramos. El par de puertas se pliega. Esta vez agradezco el manotazo de fuego, pero solo hasta tener el sol encima otra vez. Panel con reloj-termómetro. No sé si mirarlo, ya se sabe, por lo del calor psicológico. Venga, hombre, que es verano, ya tocaba, ¿no?

14:55 / 42ºC

Me hago bajito por momentos. Últimos metros, por fin, abro la puerta del edificio. Ay, otra vez enero, ya no sé cómo tomármelo. Hall. Saludos. Ascensor:  los focos radian una primavera encerrada en una caja. Primera. Segunda. Tercera planta. Ya estoy. Bienvenidos a la Antártida.