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viernes, 31 de enero de 2014

En blanco

Al comienzo de cada mes uno se plantea no dejar a esta página huérfana de letras. Tal vez algo iluso, suelo confiar en que una cantidad adecuada de palabras narrará los hechos de una vida plagada de anécdotas, describiendo ideas, hechos afortunados y no tanto, plasmando invenciones y mentiras.

Pero un blog no puede ser testimonio de vida como si fuera un diario al que uno nunca se atreve a escamotear ningún detalle. Hay un ligero matiz delineado y coloreado por la privacidad que diferencia lo uno de lo otro.

Hoy repaso esta bitácora y encuentro en ella casi un mes en blanco. Si no viviera conmigo mismo podría pensar que aquí no ha pasado nada, que mis días no han tenido el más mínimo interés ni merecían ser contados. Pero sospecho que hay cosas que no llegan jamás a convivir con su trasunto virtual.

Podría haber llenado este espacio con una pequeña ficción, el relato de lo que les sucede a unos seres creados para un simple post. Pero enero no ha sido el mes de las historias de personajes que habitan un apartamento mental para terminar mudándose a unas páginas bajo fechas que nunca se repetirán.

Veremos qué ocurre en febrero.

jueves, 29 de agosto de 2013

Tomo nota

Me fascina saber cómo cada uno se las apaña para tomar sus notas.

Durante muchos años, aquéllas que no debía correr el riesgo de olvidar iban a parar a mi mano. ¡Sí, a mi piel! Como diestro no ambivalente, algo sin remedio ya, mi tatuaje quedaba localizado sobre la base del pulgar de la zona dorsal de la mano izquierda. Aquéllo era mejor que en la palma, pues no podía permitir que el sudor deshiciera el garabato, a pesar de ser perpetrado con tinta difícil de lavar.

Después, cuando tener una cierta edad empezó a conllevar la vergüenza de lucir la mano pintarrajeada, cualquier papelito pasó a ser de lo más socorrido. Un tícket de la compra, el pedazo de una hoja de calendario ya arrancada, la esquinita de una página del periódico ya leído, la solapa del sobre de una carta del banco que iba directo a la basura, un billete de tren usado, o de avión, o de autobús; una entrada de cine... Era toda una alegría (lo sigue siendo) dar con algo similar cuando aprieta la necesidad de apuntar.
Con el tiempo, dado que los papelitos se los lleva el viento tan ligeros como las palabras, o acaban deshechos dentro del bolsillo no revisado de un pantalón echado a lavar u olvidados vaya usté a saber dónde, he terminado sospechando que las libretas están para algo.

Y aquí llega el dilema: ¿llevar una siempre encima o esperar a llegar a casa para volcar en ella todo lo anotado en esos utilísimos papelitos? Los lomos de las libretas tradicionales son rígidos, a veces incómodos a la hora de guardarlas. Las espirales y canutillos abultan más de la cuenta, se enganchan en las costuras de la ropa y se clavan en el cuerpo. Las que van pegadas en por la parte superior son incómodas a la hora de pasar las páginas: obligan a cuidarse de que éstas se le echen a uno encima mientras escribe.

Llevo tiempo fijándome en cómo cada cual hace lo propio con sus apuntes... ¡Voy tomando
nota de todo!

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los apuntes de un viaje

"Me gusta su recibimiento, con ese precioso saludo ritual. Las azafatas son guapísimas y muy elegantes. Tal vez, si les decimos que nos encanta como visten, nos regalen la mantita morada..."

Hoy rescato de entre un montón de papeles el conato de un diario de viaje. Está hilvanado a lápiz sobre la magnífica superficie satinada de un taco de bolsas para vómito (no sé llamarlas de una forma más fina) de la Thai Airways. Ahora leo las palabras que escribí y, con pena, pienso que un diario incompleto es como un pedazo de vida suelto, algo así como una naturaleza errante y errada.


El mencionado intento de bitácora resultó doblemente frustrado. Primero, porque quedó reducido al relato de un trayecto de ida, las notas acerca de uno de los días pasados en Bangkok y unas pocas líneas más, escritas durante el vuelo de vuelta. Y, segundo, el diario se frustró porque ahí sigue, a la eterna espera de ser rescatado del abandono. No dejan de ser unas notas sueltas en un papel adornado con una singular magnolia en sedoso púrpura.

Un buen cuaderno de viaje hubiera requerido, para empezar, ser éso: un cuaderno. Es difícil cohesionar un conjunto de pasajes sin la intervención de un poco de hilo y unas grapas. Además, pasar de tener únicamente un puñado de apuntes a disponer de un buen diario exige la dedicación y el compromiso que yo me dejé en el tintero. Habría sido bonito conservar el recuerdo de templos y ruinas siamesas plasmado en unos bocetos rápidos (y torpes, seguro), aparte de retenido en cientos de archivos digitales que hoy reposan bajo la lápida, también digital, de una carpeta guardada en un disco duro. Por supuesto, habría gozado relatando muchas experiencias, concretándolas en la secuencia numerada de unas cuantas páginas.

Pero nada de eso ocurrió y estas notas enmarcadas en morado, "Thai, smooth as silk", permanecerán así, tal cual se ven, en el limbo insustancial de los proyectos mal improvisados.

viernes, 12 de abril de 2013

Cartas cruzadas

Decido escribir varias cartas a sendos escritores que estos días me han hecho disfrutar y reflexionar. Entonces, enredando algunos cables en mi cabeza, imagino que, por un error de mi servicio de correo electrónico (o puede que por arte de magia), los mensajes acabarán saliendo y llegando cruzados. Ninguno de ellos terminará en el buzón de entrada de su pretendido destinatario.

Uno aterrizará en el de Lorenzo Silva, de quien, según expreso, acabo de terminar Tierra Firme y Venganza en Sevilla. En un ataque de sinceridad, le confieso que ambas novelas las he tomado prestadas de la biblioteca de mi barrio, aunque le informo de que he querido retribuir su estupendo trabajo (los escritores deben poder vivir bien de su labor literaria, faltaría más) comprándome el volumen de la Trilogía de Martín Ojo de Plata. En esas páginas leeré la tercera y última parte de la saga: La conjura de Cortés.

Otro e-mail lo abrirá Espido Freire. Eso espero. A ella le tocará recibir un reconocimiento muy personal que nace de un encuentro literario reciente en el que pude escuchar palabras magníficas. Le digo que siento que "es de los míos" y que yo también pienso que la ecuanimidad y la justicia son valores superiores. Le felicito por su verbo ágil y preciso, por su claridad de ideas y por su honradez. No entro a valorar sus novelas, pues aún no me he sumergido en su "universo Bevilacqua-Chamorro", aunque me habría encantado decirle que me gustaron mucho Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia y, sobre todo, El cazador del desierto. En fin, quería ser breve y no molestar.

Mi otra misiva digital es para Matilde Asensi, a la que agradeceré su incisiva intervención en el Abril de Cervantes junto a Fernando Marías y las Microlocas (...vaya, no era mi intención convertirlos en el solista y su banda). Le daré mil gracias por activar el despertador de muchas bellas durmientes y ponerle el bocado al caballo de otros tantos príncipes, grises y despistados. Gracias también por añadir un gramo más al platillo de la indignación en esta balanza cuyo mecanismo pretenden amañar unos cuantos. Y gracias, le digo, por aprovechar que sigue habiendo foros como ese para alzar la voz y denunciar. En fin, es terrible que nos hayan robado la voz, que unos cuantos se hayan apoderado de los medios públicos para usarlos a su servicio y el de quienes acechan cualquier oportunidad de manejo, ratería, deformación e impertinencia.

Y hay una última carta, corta pero emocionada, para José Luis Sampedro. Ésta la enviaré por correo ordinario. No me fío de internet para todo lo ligado a la magia verdadera.
 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los mecanógrafos

Como decía, algunos se resisten a cambiar las viejas y ruidosas máquinas de escribir por dispositivos con los que uno puede escribir silenciosamente y, a la vez, corregir cuantas veces quiera sin necesidad de emplear un solo folio durante el proceso. Supongo que quienes siguen aferrados a esas máquinas están apegados a sus mecanismos de antiguo artilugio y a la estética de las páginas mecanografiadas con tipos arcaicos, cuyas letras quedan impresas con trazas variables, dependiendo de la fuerza con que se hayan pulsado las teclas y de la cantidad de tinta que contenga la cinta.

Es curioso, pero ayer mi tren se transformó en una antigua redacción de periódico, de aquellas repletas de máquinas de escribir aporreadas sin descanso. Por momentos, creí que me había equivocado de vagón, o de puerta o, qué digo yo, incluso de realidad.

Mi escenario acostumbrado cambió completamente cuando entraron dos chavales. Iban presumiblemente juntos, pues se sentaron uno al lado del otro. Llegaban abducidos por sus teléfonos móviles del tipo Blackberry, la mirada fija en sus pantallitas, guiados hasta sus asientos por piernas dirigidas no sé bien por qué mágicos poderes. Escribían como posesos, cada uno a lo suyo, como si de la velocidad del ejercicio mecanográfico dependiera todo su próximo mes de conexión a internet, o semejante celeridad fuera imprescindible para mantener llena la batería de aquellos chismes.

Pero lo más llamativo era que sus teclados de última generación estaban configurados para emitir un ruido similar al de las máquinas de escribir. ¡Tac-tac-tac tac.tac.tac tac-tac...! Ellos se mantenían ajenos al escándalo que armaban, y yo, que valoro enormemente las propiedades silenciosas de la tecnología, me preguntaba en qué categoría debía situar a aquella pareja. ¿La de los nostálgicos, cosa extraña a su edad? ¿La de los amantes de lo retro que se pirran por todo lo pasado muchos años antes de haber nacido? ¿Seres con fobia al silencio -muy abundantes, por cierto, con sus móviles libres de auriculares siempre reproduciendo algo-? ¿Actores en mitad de una performance que pretende epatar, desconcertar, o algo similar? ¿Tocapelotas con ganas de sacar de quicio al que se pone por delante?

En fin. Tal vez sigamos divagando. O no.

martes, 8 de noviembre de 2011

Escribir en paz

Es una plácida maravilla disfrutar del silencio mientras se teclea en cualquiera de los aparatos que hoy sirven para escribir. Sus teclados tienen un tacto delicado y las teclas son piezas suaves cuyo recorrido corto no obliga a dejarse toda la energía en el intento de pulsarlas. Eso por no hablar de las pantallas táctiles, que solo requieren de una leve caricia dactilar. Pura magia.

Atrás quedaron las Lexicon 80, aquellas máquinas de Olivetti con las que muchos aprendimos a escribir, metálicas y macizas, pintadas de verde, azul o gris, cuyo carro golpeaba con estruendo cada vez que se accionaba la palanca para hacerlo retornar al comienzo de línea. Recuerdo las pruebas en la academia de mecanografía: cuando la profesora daba luz verde, se desataba la estampida y medio centenar de artefactos del demonio anunciaban el gran cataclismo. ¡Ah!, y aquellas tapas que debías retirar cada vez que las patillas de las letras se enredaban entre sí... ¡menudo leñazo pegaban al encajarlas de nuevo!

¡Recuerdos atronadores, sí! No tardó en llegar a casa también una Olivetti, la Lettera 42. Era portátil y se convertía en una cómoda maleta al cubrirla con su tapa con asa. Sin duda, más ligera y algo menos ruidosa que las Lexicon, aunque sólo un poco menos. Mi hermana y yo le dimos una buena paliza entre prácticas y trabajos para el colegio, instituto y universidad. No puedo olvidar a mis sufridos vecinos, quienes aguantaron estoicamente cada ataque de la guerrilla, más de uno a horas intempestivas. No me habría extrañado que alguno, harto de tanto cisco, hubiera blasfemado contra todo el alfabeto, la tinta de calamar, el pergamino y los monjes copistas de Yuso, aparte de Gutenberg y toda su sangre.

Hoy he leído que cuando se creó la primera máquina de escribir silenciosa, ésta fue todo un fracaso comercial. Parece que casi nadie quiso renunciar al cliqueteo clásico al estampar los tipos contra el rodillo convencional. Pero con el tiempo todo cambia. Aunque algunos escritores no se acostumbren a las nuevas tecnologías, o se resistan a hacerlo -a Javier Marías se lo disculpo todo-, es fantástico poder armar una buena algarabía de páginas y más páginas sin hacer apenas ruido.

domingo, 2 de octubre de 2011

Blogs paralelos

Ayer escribí material para otro blog. Muchos días escribo solo para ese blog. Le dedico unos pocos minutos y ahí lo dejo. Durmiendo. Tal vez nunca llegue a sacar de la oscuridad esos párrafos ni los deje siquiera escapar de entre las cosas descartadas, desechadas, abandonadas.

En este blog visible que a ratos sí publico hay al menos dos blogs más. Uno es ese que permanecerá como borrador, un simple apunte oculto, suerte de reservado de puerta recóndita en algún pasillo de este local abierto. Guarda frases que no entrarán, posts que no llegarán a la bandeja de salida y que tendrían otra vida con solo hacer clic sobre el botón virtual de publicación. Pero supongo que está bien arrepentirse un poco, guardarse algo y dejarse un pequeño gajo en el limbo privado del que puede que jamás rescatemos nada.

Y otro blog es el que voy redactando entre líneas dentro de estas mismas afueras. Sus entradas no se corresponden necesariamente con estas que titulo de forma caprichosa, separándolas de las demás mediante fechas. En él hablo de un modo más íntimo, pongo sobre las palabras acentos personales, le doy a cada frase el aire necesario y le presto mis pulmones.

Quienes pasan por aquí pueden empezar leyendo lo primero que encuentren y, lo mismo da, seguir en la dirección que se les antoje. También están invitados a pasearse por el blog de lo sugerido, el de los espacios en blanco, el de las cosas que se soplan. Mientras tecleo imagino ese interlineado y sigo sin ser capaz de concretar lo que dejo escapar entre caracteres.

Y en lo que me reservo, a las puertas del blog de lo relegado, tapado pero tangible, acabo pensando que quizás mañana vuelva a escribir algo que nunca sacaré a la luz.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Remozarse, sí

Hemos pasado por chapa y pintura. No es que este vehículo se haya dado un piñazo con su piloto al volante, todo acelerado, y haya necesitado entrar en bancada, o al taller, a reparar sus daños el uno y a lamerse las heridas el otro. No, no ha sido para tanto.

Solo ha sido un rato de 'cacharreo' entre menús y gadgets y, por lo que parece, un dedo irreprimible haciendo clics por aquí y por allá, cambiando colores, añadiendo molduras, guardabarros, llantas de aluminio, luces de xenon...

El tuning tiene su aquel y, como dicen sus adictos, mejor no empezar.