Mostrando entradas con la etiqueta Trenes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trenes. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de noviembre de 2013

Trenes

Antes, hace meses ya, los echaba de más. No puedo evitar usar de prestado esa expresión de la canción Echo de menos de Kiko Veneno.

Habían sido muchas horas. Durante muchos años. Un vaivén diario, con cadencia repetida. Hasta la saciedad.

Un par de meses atrás he vuelto a frecuentarlos. Cuatro días a la semana. Trayecto de ida por la tarde. El de vuelta, también.

Un tramo con el mismo destino de siempre. Otro tramo, usado y abusado en el pasado, quedaba eliminado. Ya no era necesario llegar más allá.

Hoy echo de menos la monotonía, las rutinas en su interior, los rincones acostumbrados. También los retrasos.

Hoy vuelvo a añorar subirme a ellos.

jueves, 25 de julio de 2013

Ánimo, Galicia

Me desayuno con la espantosa noticia de un accidente ferroviario en Santiago de Compostela. Pepa Bueno habla con un redactor de la Cadena SER que, en pasado, explica cómo pudo acceder al área donde todo ocurrió. Me alarmo.

Me desconcierta que, aunque no sea un incidente que yo ya conozca, se refieren a él como un siniestro histórico, de los más terribles que hayan ocurrido nunca en España. El reportero sigue dando detalles sobre el número de fallecidos y heridos, algunas señas del lugar del suceso y explica, además, de qué forma burló las medidas de seguridad para poder narrar en directo lo que allí vio. Habla en pretérito perfecto simple, con serenidad, arropado por la réplica templada de la directora de ‘Hoy por Hoy’.

Algo me choca, y es la falta del pulso que se les imprime a los hechos de actualidad, en especial a las tragedias que ponen a un país patas arriba. Por eso decido relajar mi recién despertada alarma. Pienso que, quizás, hoy, día de la fiesta grande de Galicia, estén recordando en la radio un accidente ocurrido allí tiempo atrás. Y me justifico: “Total, es pleno verano, hay mucha gente de vacaciones y la información del estío se nutre en ocasiones de las fuentes de archivo”.

Pero, seguidamente, Pepa Bueno recibe por teléfono la intervención de alguien ligado al sindicato de maquinistas de Renfe. Es entonces cuando el presente más tajante se hace un hueco junto a mi café. Este señor describe someramente el mecanismo de seguridad de los trenes de alta velocidad, aprovecha para enviar a los familiares de las víctimas un mensaje de solidaridad y añade que aún es pronto para conocer la causa del accidente.

Entonces me queda claro que ha ocurrido. Pasó ayer mismo, sí.

Hace diez días volví de Santiago a Madrid en un Alvia, el mismo modelo de tren que ha descarrilado y en la misma ruta que pasa por Angrois, el lugar en el que aún siguen todos esos vagones diseminados, amontonados, despachurrados; el mismo sitio en el que tanta gente trabaja todavía para salvar vidas. Al pensar en ello el horror me aguijonea y mi mente se vacía, se queda en blanco, como la noche que han pasado cientos de personas en el lugar del siniestro y sus cercanías.

A estas alturas del día he visto ya muchas imágenes espeluznantes, hecho y deshecho nudos en garganta y estómago, además de haber enjugado algunas lágrimas. En este momento sólo puedo esperar que el número de fallecidos no crezca más y querer algo tan dificil como confortar el ánimo devastado de tantos gallegos, viajeros, familiares y amigos de las víctimas.

domingo, 1 de julio de 2012

Una meca

Ese señor delgado de oscura y cuarteada piel mira con sus ojos entornados. Cabecea hacia delante mientras murmura una letanía incomprensible para mí.

Reza, sin duda. ¿El lateral derecho de este tren mira ahora a la Meca? Dado que avanza por un trazado sin apenas rectas, es difícil saber a qué cielo se conecta el orante. Ante la duda, mejor vendría cualquier agujita que señalase un presunto norte.

Echo de menos aquel reloj con brújula que decidí no comprar por lo superfluo de tal herramienta. También me serviría la pequeña brújula que rescaté antes de que llegara a desprenderse del tirador de mi viejo trolley. O, ¿por qué no?, me apañaría con un taponcito de corcho, un pequeño imán, una aguja y un balde con un poco agua.

Sin complicarme apenas, sí, pero con ayuda. Él, sin embargo, conoce su oriente. Puede que en cada nave haya un marino cuyo compás interno sabe en todo momento cuál es el rumbo.

domingo, 10 de junio de 2012

Dorsal 137

Se cuela por la estrecha rendija que aún separa las puertas al cerrarse. ¡Por poco! Sudoroso y rojo por el esfuerzo, toma resuello. Lleva pantalón corto, zapatillas deportivas y una camiseta sin mangas guarnecida con grandes números. Busca asiento y lo encuentra junto al mío. Lo ocupa mientras mira al exterior del vagón. Acompaña su tensión con respiraciones afanosas. Reparo en el reloj que le ciñe la muñeca: pulsómetro y podómetro incorporados. Ambos marcan sendas cifras en avance constante. Se da cuenta de que lo he fichado y lo oculta con un nervioso cruce de brazos.

Dos estaciones más. A la tercera, se baja y echa a correr.

Por la noche, en la tele, veo al tipo del tren. Los mismos grandes números sobre su dorsal. Está cruzando una meta con los puños alzados.

viernes, 20 de abril de 2012

Escenas

En un andén, carcomidos por el sueño, unos cuantos hacen tiempo. Seis minutos para el último tren. La mitad de los alineados palpan, acarician, pasan las yemas de sus dedos de un lado al otro de diversas pantallitas, dislocadas las cervicales.

Una mujer de edad mediana lee entre bostezos como pompas de jabón las páginas de un manual de academia. ¿Capricho sin más, requisito imprescindible para el trabajo anhelado o reciclaje para una currante con fecha de caducidad? Formación para el empleo, reza la portada.

Una chica muestra un catálogo de moda a sus amigas. Venga, niñas, hablemos de negocios, dice con ecos que rebotan acá y allá. Ellas escudriñan el librillo, se detienen en alguna foto, la comentan. Qué mono este, ¿no?

Dos chavales trajeados portan sendas carpetas transparentes. Uno tiene la suya bajo el brazo, como una barra de pan. El otro, sentado, apoya los antebrazos en la otra, que descansa sobre sus muslos. No hay secretos: el curriculum vitae de ambos expone bajo una foto lo que buscan y, quizás también, lo que son.

Tres señores llegan vistiendo camiseta verde a favor de una educación pública para tod@s. Se sientan junto a una mujer que inspecciona la portada de un periódico gratuito: la disculpa pueril de un rey que se dedica a las cacerías de elefantes mientras en España el gobierno recorta todos los presupuestos menos el del susodicho y su familia. ¡La buena educación debería vestirse de verde a diario!

En las paredes, carteleras vacías a falta de campañas publicitarias. Algunas, muy pocas, aguardan la rotación de anuncios. El que promociona la última de Clooney, Los descendientes, parece disecado desde enero. Las máquinas expendedoras de bebidas y snacks rebosan de contenido y el ruido del cobre chocando contra el fondo de sus cajetines se hace de rogar.

Un tren reducido a la mínima expresión, mermado a esta hora tardía, se anuncia con su luz frontal. Podría llamarlo gusanito.

lunes, 30 de enero de 2012

Cortesía

Cercano a la cincuentena, de cuidado aspecto, se acerca y se detiene junto a mí. Buenos días, dice, y se sienta a mi lado.

Su saludo me llama la atención. No es lo habitual. Se supone que cuando entras en un tren y te sientas junto a un desconocido, debes asumir tu situación de recién instalado, meterte en la piel del vecino nuevo que debe presentarse con un saludo protocolario. Pero eso ya no es lo habitual. Lo común es el silencio, hacer como que ignoramos que estamos entrando en el más estrecho espacio vital de un paisano.

Lo frecuente es mediar con un tácito "dese por saludado", obviando darle uso a nuestro civismo, a diferencia de lo que haríamos en otros contextos. Básicamente, es economía de la cortesía: durante cualquier tramo del trayecto en ese tren ambos seremos compañeros, junto a una ventana quizás, pero sabemos que, a buen seguro, no volveremos a vernos más. Por tanto, ¿para qué crear lazos, por incipientes que estos sean?

El saludo es, a veces, el preludio de una charla -y también la brecha que se abre en la tranquilidad del que no quiere hablar con nadie-. Tal vez el de al lado esté ocupado y no deseemos sacarle de su concentración sobre las líneas de su libro o periódico, o de la conversación que mantiene a través de su móvil...

Mi vecino echa mano del suyo... Ay, espero que no me dé el viaje con una cháchara prescindible... Lo revisa... sólo un par de botones... y lo devuelve al bolsillo de su abrigo. Entonces se pone de pie y se dispone a salir en cuanto el tren se detiene del todo. Un vistazo fugaz a su asiento vacío. Esta vez ya no repara en mí y... -aún estaría a tiempo de hacerlo-, no dice nada.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los mecanógrafos

Como decía, algunos se resisten a cambiar las viejas y ruidosas máquinas de escribir por dispositivos con los que uno puede escribir silenciosamente y, a la vez, corregir cuantas veces quiera sin necesidad de emplear un solo folio durante el proceso. Supongo que quienes siguen aferrados a esas máquinas están apegados a sus mecanismos de antiguo artilugio y a la estética de las páginas mecanografiadas con tipos arcaicos, cuyas letras quedan impresas con trazas variables, dependiendo de la fuerza con que se hayan pulsado las teclas y de la cantidad de tinta que contenga la cinta.

Es curioso, pero ayer mi tren se transformó en una antigua redacción de periódico, de aquellas repletas de máquinas de escribir aporreadas sin descanso. Por momentos, creí que me había equivocado de vagón, o de puerta o, qué digo yo, incluso de realidad.

Mi escenario acostumbrado cambió completamente cuando entraron dos chavales. Iban presumiblemente juntos, pues se sentaron uno al lado del otro. Llegaban abducidos por sus teléfonos móviles del tipo Blackberry, la mirada fija en sus pantallitas, guiados hasta sus asientos por piernas dirigidas no sé bien por qué mágicos poderes. Escribían como posesos, cada uno a lo suyo, como si de la velocidad del ejercicio mecanográfico dependiera todo su próximo mes de conexión a internet, o semejante celeridad fuera imprescindible para mantener llena la batería de aquellos chismes.

Pero lo más llamativo era que sus teclados de última generación estaban configurados para emitir un ruido similar al de las máquinas de escribir. ¡Tac-tac-tac tac.tac.tac tac-tac...! Ellos se mantenían ajenos al escándalo que armaban, y yo, que valoro enormemente las propiedades silenciosas de la tecnología, me preguntaba en qué categoría debía situar a aquella pareja. ¿La de los nostálgicos, cosa extraña a su edad? ¿La de los amantes de lo retro que se pirran por todo lo pasado muchos años antes de haber nacido? ¿Seres con fobia al silencio -muy abundantes, por cierto, con sus móviles libres de auriculares siempre reproduciendo algo-? ¿Actores en mitad de una performance que pretende epatar, desconcertar, o algo similar? ¿Tocapelotas con ganas de sacar de quicio al que se pone por delante?

En fin. Tal vez sigamos divagando. O no.

miércoles, 29 de junio de 2011

Tiovivo de verano

En casa la barra de mercurio parece hierro candente. Araña con su filo esos números de los que preferiría mantenerla lejos. Calor, calor, calor. Pero es lo que debe ser, que para esto hemos cambiado la ropa de invierno por otra más ligera. Me pongo dos de esas prendas  -algodón ligero y lino-  y me marcho al trabajo. En el portal se está fresquito. Miro a través del vidrio de la puerta  -barrotes negros, tiradores dorados-. Al otro lado me ciega una luz blanca propia de las apariciones marianas. Me quedaría un buen rato al pie de los buzones, revisando el correo. Cachis, solo folletos comerciales y propagandas que tiro ipso facto a la papelera.

De camino a la estación busco la sombra como el perro en febrero. A mi lado pasa una furgoneta haciendo un ruido de larga pegatina arrancada pesadamente. No me haría ninguna gracia ver mis suelas adheridas al asfalto como sus ruedas, deshiladas cual chicle requetemascado.

Sudo. Accedo al andén por un subterráneo. De la fresca sombra salgo de nuevo al fuego. 5 minutos para mi tren. Me pongo los cascos. La radio anuncia otra subida de las temperaturas. La canícula me nubla la visión. Mi tren llega borroso, frena difuso, se detiene turbio y abre sus puertas imprecisas. Han configurado el climatizador en el preset Aldea Siberiana. Me desoriento mientras mi cabeza asimila la anunciada subida del calor y mi cuerpo experimenta, digamos, cierta gelidez.

No sin esfuerzo, me aclimato. El recorrido termina. Prepárate, amigo, la bofetada será despiadada. ¡Zas! Camino a duras penas, cuesta respirar. Cruzo una calle. Más neumáticos pegados a la calzada, olor a alquitrán y a goma chamuscada. Mi autobús espera. Subo. Otra lanza de frío. Pico mi billete, me encojo. En menos de 10 minutos de trayecto y tiritona me acuerdo con nostalgia de mi gorro, mis guantes, mi bufanda y mis botas de borrego. Paramos. El par de puertas se pliega. Esta vez agradezco el manotazo de fuego, pero solo hasta tener el sol encima otra vez. Panel con reloj-termómetro. No sé si mirarlo, ya se sabe, por lo del calor psicológico. Venga, hombre, que es verano, ya tocaba, ¿no?

14:55 / 42ºC

Me hago bajito por momentos. Últimos metros, por fin, abro la puerta del edificio. Ay, otra vez enero, ya no sé cómo tomármelo. Hall. Saludos. Ascensor:  los focos radian una primavera encerrada en una caja. Primera. Segunda. Tercera planta. Ya estoy. Bienvenidos a la Antártida.

lunes, 6 de junio de 2011

Abejarucos

Mi tren pasa junto a un corte hecho en el terreno para facilitar el discurrir de las vías, una pared de arena firme y compacta que exhibe los estratos de su vida milenaria. Es algo así como un depósito de tiempo que una máquina carente de respeto por la intimidad ha dejado al descubierto. Ese cúmulo de siglos, hoy escaparate indiscreto, es el lugar donde muchos seres se las apañan para vivir a su manera, haciendo de tan agreste fondo el soporte perfecto para lucir toda su vistosidad.

El abejaruco me ha fascinado desde niño, supongo que por la policromía de su plumaje, singular dentro de la fauna ibérica, dominantemente parda. No me sorprende que haya llamado la atención de muchos otros también, pues parece cierto que todos los colores están presentes en él, incluido el rojo, ausente en sus plumas pero no en el iris de sus ojos.

Casi a diario suelo permanecer atento al momento en el que puedo empezar a divisar la zona habitada por esta ave. Entonces, cambio una página del libro que leo por un folio del tamaño de la ventana junto a la que voy sentado. En apenas unos segundos el espacio se llena de aleteos en tonos azules, amarillos, verdes, negros, anaranjados. Los abejarucos planean desde sus nidos perforados en el talud terroso hasta posarse en el cableado ferroviario. Muchos descansan sobre las líneas aéreas, intentando atrapar a simple vista los insectos que acto seguido apresarán al vuelo con su pico puntiagudo. Otros se asoman desde sus agujeros, mirando quizás el paso de este gran gusano de metal que ni en sus mejores sueños lograrían tragarse.

Apenas unos segundos...  y el tren pasa. La vida a todo color sigue ahí, dispuesta a engendrar más vida este verano. Nuevos seres saldrán de su cueva-útero profunda y oscura. Por mi parte, mis deseos vivos de seguir asistiendo a ella, a la vida, aunque deba ser girando el cuello de izquierda a derecha, al otro lado de un vidrio que no tiene previsto detenerse frente a ella.

miércoles, 30 de junio de 2010

Hacia el sol

Una vez quise ir en barco para sentir el vaivén del oleaje,
pero aquel crucero parecía marchar sobre viejos raíles.

Otro día me subí a un avión,
pues volar debía de ser como despojarse del peso
y quedar en vilo.
Comprobé que al pájaro le sobraba metal.

Hoy vuelvo a poner distancia entre mis días y mi vida,
hacia un lugar cálido y luminoso.
El vagón apenas se mueve,
aunque para mí se mece y planea.

Por fin siento que estas vías son de agua.
También de aire.

domingo, 11 de abril de 2010

El fútbol y el ruido

Segundo gol de Pedro en un Bernabéu que enmudece. En este tren del que estoy a punto de bajarme el silencio no encuentra su sitio. Música moruna por mi izquierda. Por delante de mí muchos más electrones entrechocan a ritmos poco bailables. A escasos cinco metros, "¡que no quiero cometer un delito, que vivo muy bien...!", un señor aventa sus conclusiones más peregrinas. Y más lejos aún, la conversación telefónica de una chica informa a todos los presentes de sus planes nocturnos.

He abandonado la emisión del Madrid-Barça pasados diez minutos de su comienzo. Me he prometido no interesarme por ella hasta que no arroje el resultado final. Cuestión de principios, o casi.

Me temo que no soy nada generoso: cuando voy en el tren no siento el impulso de compartir con todos los ocupantes del vagón nada de lo que voy escuchando o diciendo. La esplendidez no está reñida con la discreción, aunque en este caso no pueden estar más regañadas. Otros, en cambio, las combinan con toda naturalidad. Son desprendidos de sus interioridades, dadivosos con sus bienes más privados. Íntimamente desentendidos.

La bulla de tantas voces descontroladas y de músicas con la distorsión propia de sus reproductores me obliga a buscar refugio. Y lo encuentro en mi radio. Cuando la enciendo y me entero del 0-2 del Barcelona doy de golpe con la forma de enmascarar el ruido. El partido todavía no ha terminado y, aunque quisiera no traicionarme en ninguna de mis promesas personales, dejo la rueda en el punto del dial en el que la he encontrado. De repente el fútbol me ofrece el asilo deseado.

Al poco, antes de apearse, uno de los chicos que animaban el cotarro con todo el volumen de sus móviles se me acerca. "Perdona, ¿estás escuchando el partido?" Con la mejor de mis sonrisas le digo que no.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Tirar el cigarro

Ese tío acaba de deshacerse de su cigarrillo lanzándolo a las vías desde el andén. Lo desecha a medias aún. El tren va a llegar en unos instantes y, como la mayoría de quienes lo tiran sin acabarlo, ya ve las luces de la máquina asomar.

Cada uno a su manera. Todavía encendido, lo hacen volar hasta caer entre los raíles sobre el duro y compacto cemento. Muchos le dan un golpecito con el pulgar. Tobita lo llaman. Ya me sirves de poco. Otros lo lanzan impulsándolo con un juego completo de brazo, como el que se entrena al bolo leonés. Donde pongo el ojo pongo el cigarro. Algunos lo tiran como una peonza sin cuerda, tratando de clavarlo. Consúmete ahí. Ni te muevas.

Y están quienes lo apagan. Se plantan cerca de la línea amarilla, lo arrojan a sus pies, pisan lo que queda de él y, ahogado bajo la suela, convertido en rastrera colilla, le dan un puntapié. Cae dejando el pavimento ennegrecido.

¿Qué se dejan con el cigarro? Me pregunto qué abandonan al calor del fuego del tabaco y si el humo que sigue brotando de la colilla es su demonio liberado.

Podría tratar de averiguarlo. Pero no fumo. Ni ganas.

jueves, 3 de julio de 2008

Maquillaje

Es fascinante ver cómo una mujer improvisa un tocador en cualquier parte. Como en otras ocasiones, el tren es el lugar en el que asisto a todo tipo de escenas. Algunas de ellas acaban repitiéndose tarde o temprano. Esta en concreto me gusta seguirla con interés.

Sentada frente a mí, esta anónima me regala una entrada para contemplar el ritual con que completa toda la operación.

Veo cómo rebusca en su bolso tamaño maxi. Oigo el cacharreo que desencadena su mano en el interior a medida que va encontrando y extrayendo todo lo necesario. Es ágil y lo tiene todo dispuesto con brevedad.

El proceso comienza y utiliza sus instrumentos con precisión. Su espejo: la luna de la ventana que tiene al lado, cuyo laminado y la luz interior del tren obran el milagro de entregarle su propio reflejo.

Un lápiz para marcar la línea de ojos, un líquido espeso que extrae de un botecito y extiende sobre sus párpados, un cepillito que sumerge en una solución de un negro intenso y que sale impregnado para ser aplicado sobre las pestañas.

Sus ojos verdes han quedado bien enmarcados y su mirada parece otra. No me la dirige, pero percibo su expresión cambiada.

El esperado momento en que tiñe sus labios ha llegado. Identifiqué su lápiz desde el principio entre sus cosas, y aguardaba el instante en que lo destaparía y, con un delicado giro, haría surgir la barra que alberga.

Rosa brillante. Unos toques a un lado y al otro. Y el retoque personal, apretando los labios entre sí. Besándoselos de fuera hacia adentro.

No emplea una brocha para sonrojar sus mejillas ni ningún otro paso añadido al proceso. Se gusta así, sin más. Ni menos.

Ha llegado a su destino y, tras devolver al interior de su bolso todo lo que sacó de él, lo cierra, se lo cuelga y abandona su asiento.

La función ha terminado.

Me llega el aire perfumado que va dejando tras de sí.

miércoles, 4 de junio de 2008

Dentro de un tren

Subido en el primer piso de este tren veo que todo pasa a mi lado y se marcha. Yo no me muevo. El traqueteo zarandea a derecha e izquierda a los que me rodean. Sólo permanecen inmóviles las señales fijadas a las paredes del vagón: la del extintor, la del cigarrillo negado, la de los escalones peligrosos, la del asiento reservado...

A mi espalda un grupo de chavales toca las palmas flamencas. Creo que fuera de contexto. Aunque no tanto de horario. El duende gitano se arranca bien entrada la noche.

A mi derecha dos gigantones de origen africano se empeñan en conversar a un volumen exageradamente alto. También fuera de lugar. Tienen costumbre de comunicarse a gritos en esa mezcla de inglés y alguna lengua tropical. En otros momentos del día no me habrían fastidiado, pero ahora me obligan a buscar otro sitio alejado del ruido.

La prensa gratuíta se desparrama por los asientos y el suelo. Algunas personas no son capaces de mantener un periódico entero, sin desmontarlo. Desperdigados los titulares, los anuncios por palabras, la publicidad de agencias de viajes y algún sudoku relleno ya, no sé si con éxito.

El resto del trayecto sigo oyendo voces africanas con un fondo de palmas. Me temo que la fusión no es muy afortunada, o yo no estoy para experimentos.

A mi izquierda la ventana. Me miro en mi reflejo translúcido, a través del que veo las nubes y los edificios recortados sobre el cielo que se apaga en tonos tibios. Y en mis ojos todo el cansancio de una jornada y el deseo de cenar en compañía muy deseada.

domingo, 18 de mayo de 2008

Esperando el tren

Hoy la estación de Atocha vive su hora punta sin serlo. Son casi las doce de la noche y hay muchos más viajeros de lo acostumbrado. Les observo sentado en uno de los bancos de metal rojo calado.

La mayoría de ellos esperan solos. Como yo. A mi lado un joven sudamericano oye en sus auriculares música electrónica mientras lee la Biblia. Abierta concretamente por el libro de Daniel. ¿Coincidencia?

Si levanto la vista de las páginas de la Biblia de mi vecino me topo con un kamikaze que bordea el andén ignorando el peligro que corre. Seguramente confía más en el agarre de sus suelas a ese filo de piedra que cualquiera de los que asistimos a su improvisado espectáculo de funambulismo. La banda sonora la pone la música que sigue llegándome alta y clara desde los cascos de mi compañero. Le va como un guante a la escena.

Distrae mi atención el desagradable ruido que produce un elemento que escupe contra el suelo. Viste traje y corbata. Eso, lleva corbata. Sólo espero ver cómo se limpia con ella tras lanzar un par de escupitajos más. Los ha enviado con soltura a viajar sobre raíles. ¡Qué virtuoso!

Me desentiendo de él cuando el aire movido por unos papeles me da en la cara. Huele a tinta seca. La que llena las páginas de unos cuantos ejemplares de prensa gratuita que una señora sacude con intención de plancharles las arrugas. Se sienta entre el chico que lee la Biblia y yo. Es muy tarde para hacer el esfuerzo de leer de reojo los titulares de alguno de esos periódicos. Se imprimieron hace más de veinticuatro horas y ya los llenan noticias del pasado.

El tren llega puntual, con sus dos plantas habitadas con poco orden. Es el último del día y el andén, en ese preciso momento, despide a la vez a los que salen y de él a los que nos subimos.