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viernes, 27 de junio de 2014

El sueldo de Nescafé

Aunque decidamos no encomendarnos a ella permanentemente, es probable que todos creamos en la suerte. Por eso la tentamos de vez en cuando, por si acaso. Un billete de lotería para Navidad, una apuesta semanal de la Primitiva, la papeleta para la rifa de un jamón..., todos hemos puesto unos euros de confianza en la ínfima probabilidad de verlos devueltos en nuestro bolsillo felizmente multiplicados por n.

De vez en cuando sonrío al recordar el comentario de un antiguo compañero de trabajo que mencionaba a otro como "el del sueldo Nescafé". Éste, joven militar en la reserva, disfrutaba de un sueldo del Ejército aunque ya no prestase servicio activo en su correspondiente cuerpo. A esa remuneración se refería aquél con tanta sorna y acierto.

Más allá de los "extras" que algunos reciben más o menos merecidamente, están los que llegan con un golpe de suerte. De la misma manera que los "pluses" derivan del empeño y el tesón que se ha puesto en atraerlos, se debe cautivar a la fortuna con una dosis cierta de esfuerzo.

Por mi parte, siendo todo lo prosaico que puedo, voy a intentar atraparla en forma de sueldo Nescafé puro y duro. Ahora tengo al lado unos cuantos sobrecitos de café instantáneo que he ido guardando cada vez que me he tomado un descafeinado por acá y por allá. Unos sobre otros, conservan una franja superior rasgada, justo sobre las letras blancas de la conocida marca. La clásica taza roja humea sugerentemente, siempre invitando a tomarla.

Me ahorro reproducir el mensaje que informa de la retribución mensual que uno puede ganar si participa en la promoción. Sin más, será cuestión de introducir unos códigos en la web de la marca y, ¡oh, diosa de las dichas!, ya veremos.

miércoles, 18 de junio de 2014

Alcalá y Bulgaria

Lo que refleja con claridad el patente quiero-y-no-puedo de esa descuidada Noche en Blanco es el acto con el que se invita a la comunidad búlgara de Alcalá a compartir su cultura y tradiciones. En un recinto diminuto aunque agradable, varios bailarines y cantantes hacen gala de sus habilidades y trajes típicos.

Hasta aquí todo correcto, dado que el coro de voces búlgaras suena delicioso y que las danzas pueden seguirse con claridad, a pesar de toda la gravilla removida a cada pisada.

En un momento dado, vemos llegar al embajador de Bulgaria, acompañado de algunos de los archiconocidos rostros de la política local. Entiendo que su presencia quiere aportar un toque oficial a la inauguración de una exposición sobre el alfabeto búlgaro.

Con abundancia de palabras grandilocuentes, el alcalde y el embajador, entre continuos elogios mutuos, hacen una presentación de la exposición que se abrirá acto seguido en una sala contigua. Se trata de la recreación artística de todas las letras del albabeto búlgaro por medio de carteles creados por artistas de todo el mundo. Atractivo, ¿no?

Pero mis sospechas de que tanta pompa y boato son preámbulo de una exposición importante acaban desinfladas cuando en la sala que alberga los carteles no encuentro más que láminas de cartón pluma colgadas de cadenitas, sin una explicación clara de qué representa ninguna de ellas. Tampoco veo que la muestra se complete con información sobre el alfabeto cirílico, uno de los tres que utilizamos en Europa, aparte del latino y el griego.

Los inauguradores parecen muy satisfechos con el producto hasta que uno de los carteles se desprende de su cadena, va a dar contra el suelo y queda dañado en una de sus esquinas. El embajador mira alrededor, y su alrededor mira a su vez hacia más allá, en busca, tal vez, de alguien competente, capaz de arreglar el desastre.

En fin, ése es el instante en que, inundado de vergüenza ajena, uno debe abandonar el lugar, en busca de otros actos que ya han quedado marcados desde su inicio por la impronta de lo torpe y desmañado.

jueves, 16 de enero de 2014

Dos puerros y cuatro pimientos

Casi todas las fruterías que me rodean son de la modalidad de "sírvase usted mismo". Llegas, te pones un nada práctico guante de plástico y te paseas por el lugar con una bolsa que también te has procurado tú mismo.

Hoy mi frutero tenía malas pulgas y, a mi entender, todo tenía que ver con sus cestas. En el suelo del pasillo, entre gavetas repletas de fruta, un señor había dejado una cesta mientras se servía, pongamos, unos tomates. El encargado ha pasado por su lado refunfuñando y apartando la cesta con el pie. El dueño de la misma se ha limitado a poner un gesto de extrañeza.

Y yo, que había entrado a la tienda a por sólo dos cositas, he recibido una regañina por dejar mis bolsas sobre unas manzanas rojas al tiempo que llenaba otra con unas amarillas. "A la entrada tiene cestas, no ponga sus cosas sobre la fruta", me ha dicho sin muy buenos modos.

Comprendo que la fruta es delicada y que no conviene cargar mucho peso sobre ella, pero creo que a esas manzanas no les iba a pasar nada por dejar encima de ellas la ligera tara de dos puerros y cuatro pimientos. "Mire, no he cogido una cesta porque no tenía previsto comprar mucho. ¿Le parece que vaya a por una para guardar los puerros y pimientos, la dejo en el suelo y, mientras escojo mis manzanas, espero a que usted le dé una patada?"

Podría haberle dicho eso, pero sólo me ha salido poner una cara de extrañeza similar a la que aún mantenía el otro cliente.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mi nevera

Tengo una nevera considerada. Y no es que el aparato tenga ese nombre, como podría ser otro del tipo arcón, o de la variedad no frost, o tal vez de la clase energética A+. No. Más bien me estoy refiriendo a la actitud de la susodicha. Mi nevera ha sido  -y, de verdad, no es porque sea mía-  muy considerada, averiándose justo cuando ha llegado el frío. ¿O acaso no es eso ser obsequioso y honrado?

Otros frigoríficos no son tan respetuosos, ¡qué va, para nada! Los muy traidores se paran justo cuando más los necesitas, dejándote tirado precisamente mientras los calores estivales requieren de ingentes cantidades de bebida fría y los alimentos no pueden pasar más de dos minutos fuera de una cámara.

Pero mi nevera ha sido respetuosa, delicada. La pobre ha sufrido su dolencia en silencio hasta que ha sabido que podía desplomarse al fin. Durante su baja, la terraza ha ejercido como excelente aliada, acogiendo a buena parte de sus inquilinos. Y, oye, no hay nada como tener en algún lugar de la casa un espacio que no supere los 10ºC en momentos de crisis orgánica. Nunca había tenido un frigorífico tan grande, ni la terraza había lucido aderezos de tan variados colores, sabores y olores.

Tras la visita del médico, después de ser operada con una buena dosis de gas y de soplete, la convaleciente comienza su recuperación. Parece lenta, aunque firme. Presenta síntomas de mejoría, como el renovado sonido del compresor  -más enérgico que antes, dónde va a parar-  o el fresquito que noto cuando meto las narices en su interior. Digo yo que la cirugía ha dado sus resultados y que el doctor habrá aplicado en ella lo mejor de su ciencia.

Ahora llega un capítulo delicado. Veremos cómo le sienta a la terraza que le robe todo lo que alberga. Y qué tal le viene a la nevera que la atiborre de cosas otra vez.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El gusano de la patata

Hoy, de primer plato, puré de verduras. Cebolla, ajo, zanahoria, apio, calabacín, tomate y patata. Le pongo sal, pimienta y mi toque personal: un poco de curri suave. Aparente normalidad en la superficie de la patata que me dispongo a pelar para, después, trocearla y cocerla con todo lo que ya está en la olla. Tan sólo observo unos puntos negruzcos que no parecen síntoma de nada grave.

Comienzo a retirar la piel del tubérculo y ahora, en el amarillento y más jugoso interior, resaltan unos ojos negros que parecen mirarme. Intento apartarlos con una puntilla pero no lo consigo del todo. Entonces corto un pedazo y, ¡oh, sorpresa!, aparece un gusano. Queda totalmente fuera de su guarida y titubea moviéndose de un lado a otro, cabeceando tembloroso, como deseando que, a falta de cerebro, un buen instinto le lleve con rapidez a un nuevo escondite.

No creo que el bicho me vea ni alcance a imaginar que soy el causante de su repentino desamparo. Miro la galería de la que ha salido y la secciono con el filo del cuchillo. Tiene su principio y su final dentro de la patata. No hallo indicios de entrada hasta el túnel-vivienda: es como si el tubérculo hubiera engendrado a su ocupante a partir de su propia materia y se hubiera prestado a ser comido para darle albergue.

Las últimas patatas que compré lucían una pinta similar a la de esta. Desconozco su placa de identidad (tal vez fueran Monalisa, Ágata, Caesar, o vaya usté a saber...), aunque, de llevarla, supongo que la portarían atornillada por medio de ojales negros en los que se alojarían, tal vez, unos cuantos inquilinos más.

Y entonces me pregunto si habré frito o cocido algún gusano de la patata y si, como resultaría evidente, ya lo habré ingerido.

jueves, 4 de julio de 2013

¡Guerra a las moscas!

Siete moscas dan vueltas endemoniadas en el aire. Algunas se entrechocan, como si volaran a ciegas. Su espacio aéreo es el de mi dormitorio. Con la ventana abierta de par en par, ignoran la amplitud de su vano. Alguna se empeña en golpear el vidrio y su marco, aunque finalmente acaba saliendo.

Desde la puerta de la habitación hacia adelante, a mi derecha los pies de la cama, llego cerca de la ventana. Hasta lograr expulsarlas he tenido que agitar los brazos como el que calienta para soltar músculos y articulaciones antes de hacer ejercicio. Al mullirlas, aprovecho las almohadas como arma amenazante, cual péndulos o columpios que desafían con llegar a girarse del todo.

Triunfante al fin, me pregunto si las mismas moscas que acabo echando un día tras otro de mi 'comarca' vuelven a invadirla cada mañana cuando decido ventilar. Entonces me acuerdo del abuelo Victoriano y de los utensilios que él mismo fabricaba a partir de unos trozos de malla de plástico y un poco de cinta aislante adhesiva. Eran los matamoscas con mayor eficacia exterminadora que nunca he conocido, aparte de la clave de uno de los pasatiempos más absorbentes que un niño haya probado jamás. Doy fe.

Solo al fin, me dispongo a cerrar ventana y contraventana. Clic, clac. Entonces, advierto que un individuo sobrevuela mi cama. La más lista de las siete ha logrado burlar mi carta de expulsión. La observo: como atraída por una libertad que más bien podría estar fuera (o tal vez dentro), la última mosca acaba posada en el cristal. Quisiera echarla como a las demás pero, me digo, ¡me niego a abrir otra vez! Y decido correr las cortinas.

Ahora está atrapada entre la ventana y una larga caída de tela. Zffgff... ¡Ahí te quedas!, le digo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Momentuitos

Hace pocos meses me creé un perfil en Twitter. Tiene gracia que reniegue de las redes sociales por antisociales pero vaya cayendo poco a poco en ellas.

Por supuesto, más allá de las redes sociales, voy soltando información personal por acá y por allá, confiado de ser sólo un minúsculo sujeto perdido en la inmensidad digital. Me descuido, pues espero que el cálculo de probabilidades se ponga de mi parte en cuanto a los riesgos de ser escogido para ejercicios poco leales.

En Google+ estoy porque parece que el señor de la lupa lo va abduciendo a uno, llevándole hacia todos los mecanismos de descarrío que su emporio ha creado. Apenas le hago caso, supongo, aunque de vez en cuando muerdo de su melaza sin entender aún hasta dónde extiende sus hilos.

Del Facebook no quiero conocer ni la portada. Lo siento por quienes me invitan a formar parte de la sociedad de sociedades a través de mensajes que me prometen todo un mundo feliz... cuando algo me da mala espina, ay, prefiero no correr el riesgo de pincharme.

Y, volviendo a Twitter, éso sí es otra cosa. Será cuestión de colores, como de gustos, pero el caso es que a mí me ha hecho tilín. Llevaba tiempo queriendo insertar una columna en este blog en la que poder ir soltando laconismos sin tener que abrir un post para ello y no encontraba la mejor manera de hacerlo. Por razones ajenas a mi bitácora, cercanas a mi arrebatado entorno laboral, decidí asomarme a un medio en el que se hacen accesibles informaciones relativas a ese asunto. Y, oh, una vez abierta la ventana el baño de luz ha sido muy generoso.

Dedicaré otro post al pajarito y, mientras llega, seguiré dejando fugacidades a través de su trino, llámense tweets, twits, tuits...

jueves, 4 de abril de 2013

Entre platos

Tengo un muy grato recuerdo de aquella película en la que dos amigos recorrían una región vinícola de California y probaban los caldos de la zona mientras se debatían entre peripecias sentimentales varias.

Hoy no estoy Entre copas sino, más bien, entre tazas, fuentes, soperas, teteras, azucareros..., pero, sobre todo, platos. Muchos platos. Lleva su tiempo desembalar una vajilla. Ésta ha llegado dentro de tres pesadas cajas que, a su vez, guardan otras cuantas más. Es chocante que un envoltorio de tosco cartón no sólo contenga sino también proteja objetos tan delicados. Pocas veces se tiene ocasión de ir hallando piezas, extraerlas de una en una sin saber cuál te encontrarás en cada momento, aparte de intuirla por la forma de su embalaje. Podría ser como la suerte de un arqueólogo. La misión ahora consiste en sacar a esta gran familia de su carruaje de papel para darle acomodo en uno de vidrio y madera.

Porcelana blanca con filos plateados y decoración rayada en los bordes. Fina, sí. Me persigno mentalmente (de forma inventada) para no hacer cacharritos. Reúno a cada oveja con su pareja y descubro que los platos llanos y los bajoplatos son iguales..., imposible diferenciar unos de otros, a pesar de haber llegado empaquetados por separado. Tras varios usos y no menos lavados acabarán mezclados.

Admiro la gran capacidad de las tazas. En ellas podremos tomar un buen té cuando se tercie. La salsera recuerda en parte a una concha de Nautilus, al igual que la lecherita, ambas con una elegante asa. Las fuentes, ovaladas, quedarán bonitas recostadas en la parte trasera de la vitrina, contrastando con el tono entre castaño y caoba de la tabla. Y más platos: hondos, de postre, de café,...

Aquí sigo, provocando este tintineo necesario. También dentro de mi cabeza.

miércoles, 2 de enero de 2013

Impresiones de fin de año

Increíble pero cierto. El mismo día 31 de diciembre ya no quedan apenas dulces navideños en los supermercados. Este año no he hecho mazapán yo mismo, así que esperaba poder comprarlo para Nochevieja. Error garrafal: algunos parecen decididos a retirarlo todo antes, o a no reponer existencias, no vayan a tener que venderlo más barato pasado Año Nuevo.

Los Miserables, la película estrenada en Navidad, es un magnífico experimento. Puede que Sweeney Todd sea lo más parecido que he visto en un cine, aunque esta me gusta más. Los actores están estupendos, aunque entre todos Anne Hathaway sobresale. Su Fantine es inolvidable y su emocionante I dreamed a dream nos hará recordarla siempre, siempre, siempre. El director logra con mérito conectar todos los momentos de dramatismo, algo muy difícil en una adaptación como esta. Le ayudan una partitura grandiosa y las voces de sus intérpretes cantando en directo durante el rodaje. Una verdadera joya.


La cafetería del Museo del Romanticismo de Madrid, tan exquisita como nos la pintan, decepciona. Salvia y yo teníamos muchas ganas de pasar allí un rato con una buena taza de café, así que, obviando la visita de la casa, pasamos directamente al local. Tras repasar su carta del Café del Jardín, elegimos un indio, concretamente el Varanasi, porque nos encanta esa ciudad y porque, sin más, necesitamos algo fuerte. Al cabo de un rato lo vemos llegar a nuestra mesa... ¡servido en vasos de caña! ¡Sí, de los de vidrio de 20 cl.! Si a ese chasco le añadimos sillas incómodas y desencoladas con tapizados sucios... en fin, no le haremos feos a su jardincito, que sí es una chulada.

Mucho me temo que mientras el Partido Popular domine Televisión Española nos tendremos que olvidar de la cultura y del buen entretenimiento. El programa de fin de año de Josema Yuste fue una paletada lamentable, pseudo-crítica y tristemente complaciente con el Gobierno y su infame atentado contra nuestros derechos y libertades. Si el único mérito de un programa de televisión está en el maquillaje, poco más hay que decir sobre él, salvo una sola cosa más: ¡cómo echo de menos al gran José Mota!

La tarde del 31 hizo frío en Madrid. Mucho frío. Podía haberlo evitado si en vez de acudir a ver la San Silvestre la hubiera corrido, aun creyendo con firmeza que correr no es lo mío. De todas maneras, la experiencia por Vallecas fue estupenda, barrio cálido a pesar del leve principio de congelación en mi nariz.

jueves, 25 de octubre de 2012

Pelo ceniza

'Este niño tiene el pelo ceniza'. Las peluqueras de mi madre se llamaban Mari y Sabi, y ese era el color que le adjudicaban a mi cabello. Su peluquería estaba en la primera planta de una casa baja de nuestro barrio. Estuve allí muchas veces, acompañando necesariamente a mi madre, que me llevaba de la mano a todas partes.

Era un lugar curioso, cargado de olores únicos, singulares, algunos atrayentes y otros muy fuertes, como los de los tintes. Las peluqueras usaban un cubilete de plástico del que iban extrayendo con una brocha aquella sustancia para aplicarla sobre la melena de las clientas. Me divertía verlas con el pelo mojado, peinado sobre la cara, con unas marcianas capas de tela de forro en tonos rosa o azul por encima de los hombros.

Pero a veces me tocaba que me cortaran el pelo también a mí. ¡Era un martirio! Hasta que llegaba el momento de pasar a la tijera utilizaban una navaja con peine con la que, a tirones, iban rasgando mechón tras mechón. Aquello sonaba como cuando se raja un pedazo de trapo estirajándolo a golpes secos. Mis rizos iban cayendo al suelo, amontonándose unos sobre otros. Y yo acumulaba tensión y suplicio...

Pero no todo era desagradable en aquella peluquería. Un día sentí una enorme paz al observar a una señora que, bajo un secador, toda cercada de rulos, se estaba comiendo un bocadillo. Recuerdo el tremendo apetito con que la mujer se nutría y el ruido que hacía al remangar el plástico transparente con el que estaba envuelto el bocata. Debía de ser de jamón de york, o de chopped, y no negaré que deseaba estar comiéndomelo yo en vez de ella. Pero, sobre todo, lo que nunca he olvidado es la sensación plácida que aquella escena me transmitió.

Hace décadas que no me veo obligado a acompañar a mi madre a la peluquería. También hace muchos años que nadie ha empleado navaja para cortarme de pelo, lo cual agradezco infinitamente. En fin, no quisiera engañarme, pero, de seguir siendo así, hoy mis mechones ceniza ya no caerían al suelo abundantes como antaño.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Cazavampiros

No existe bicho más traicionero que el mosquito: se autoinvita a pasar la noche contigo y te muestra su gratitud con terrorismo del más bajo. Cuando despiertas a la mañana siguiente, vas y te topas con lesiones, como dirían en las noticias, de diversa consideración. O si no, más tarde, alertado por un fino picor, terminas encontrando por doquier las marcas del salvajismo.

¡Vaya nochecita! Aún sigo luchando contra el sopor... Ni el mismísimo Van Helsing trasnochó nunca así para dar caza a tanto vampiro.

1:00 A.M.: "Tenemos un mosquito", palabra de Salvia, alertada por un zumbido. Mientras la que acaba de hablar se da media vuelta para reconciliar el sueño con desenvoltura, servidor enciende la luz y emprende la búsqueda del susodicho. Tras largo rato de safari pertrechado de armas de sainete, acabo encontrándolo agazapado sobre una moldura de escayola del techo. ¡Zas! Se escapa. Vuelta a empezar. Nuevo y largo ojeo, esta vez sin resultados.

3:30 A.M.: "Bzzzzzzzzzzz". Un agudísimo violín me saca con sobresalto de mis azucarados sueños. ¡De esta no sales vivo, maldito chupasangres! Incorporado de nuevo  -omitiré los detalles sobre mi escueto atuendo-, vuelvo al acecho. La batida acaba dando su fruto y el trompetero da la cara agarrado a una puerta del armario. La que duerme a mi lado no se despierta. Una nueva escalada armamentista me ha puesto en las manos su pantalón vaquero. ¡Zas! La tela tejana funciona y el bicho cae. Vuelvo a la cama con la satisfacción del que sopla el humo en la boca del revólver.

6:00 A.M.: "Tenemos otro mosquito", palabra sin desperezar de Salvia. Esta vez el zumbido vuelve a sacudirla a ella, anticipándose al pitido de su despertador. "No puede ser... ¿otro más?", pienso en abstracto, con cientos de bostezos en las ideas. Lo único que soy capaz de concretar ahora es una determinación: "No voy a moverme del colchón".

Diosss... acabo de encontrarme dos picaduras en un talón, otra en la cara interna del muslo derecho y el habón de uno de mis nudillos pica que rabia. Esta noche volveré a la carga y, por si acaso, me bañaré en repelente.

domingo, 29 de julio de 2012

Regusto de Viena II

En el DRAE la palabra "regusto" aparece definida así en su tercera acepción: "Sensación o evocación imprecisas, placenteras o dolorosas, que despiertan la vivencia de cosas pretéritas". Es con la que me quedé para el post anterior. Ahora usaré su sentido más común: 

"Sabor que queda de la comida o bebida". ¡Ay, qué cosas! Intento recuperar alguno, aunque sea difícil en ausencia de los imprescindibles aromas que suelen conectar un no sé qué con otro no sé qué para evocar ese sabor. Por ejemplo, el de una Frittatensuppe, que parece más bien un juego para niños en el que alguien se haya encargado de cortar unos pocos crepes en tiras para, después, sumergirlas en un consomé.

Aparte de esta y otras sopas, consigo rescatar uno de esos fuertes Gulash de ternera acompañados de Knödel, unas enormes bolas de miga de pan que bien podrían usarse para jugar a la pentanca; o también el de los Schnitzeln gigantescos que sirven en algunos restaurantes y que, aparte de su gran tamaño, no aportan nada distinto del filete empanado de toda la vida.

Inolvidable el Apfelstrudel del Café Central, combinación templada de manzana con canela, pasas y nueces dentro de un rollo de hojaldre espolvoreado con azúcar glass. Hay cientos de Strudeln más, como el de Powidl, esa mermelada típica austriaca hecha con ciruelas muy maduras, pero el de manzana es el mejor. Insuperable.

Durante mi primera vez en Austria me sorprendió el uso habitual que le daban a las semillas de amapola. Creo que mi primer encuentro con ellas fue en la salsa que bañaba unos ñoquis. Después no dejaron de aparecer sobre muchos tipos de pan o, también, como relleno de otros rollos tirando a sosos a los que llaman Mohnstrudeln.

¿Y qué más? Pues, resumiendo, un paraíso de regustos dulces y salados de los que me quedo con los cafés y las tartitas.

viernes, 20 de julio de 2012

Regusto de Viena I

Después de un viaje viene otro. Del físico y vivencial se pasa al del recuerdo, durante el que revisamos los momentos e imágenes que nos hemos traído, bien dobladitos en la maleta de la memoria.

Mientras saco del trolley la ropa usada y la no usada, vuelvo a ver los colores y formas dispares de las creaciones de Hundertwasser. El Gaudí vienés te hace jugar, tenerle miedo a la línea recta, ondularte con el suelo y las paredes, buscarles las raíces a las plantas que coloca acá y allá, y volverte, de algún modo, irracional.

Separo algunos objetos  -cámara de fotos, algún recuerdo de cerámica, las Mozartkugeln, souvenir comestible-  y vuelvo a bordear la orilla del Danubio, esa impresionante masa de agua que no se parece a ningún río de este país del sur, tan distinto.

Hojeo folletos de museos y les echo otro ojo a las pinturas de Klimt, Schiele, o Brueghel. Entonces paseo con placer por las salas del Belvedere, del Kunsthistorisches o del Leopold, ambientes construidos de luz, atmósferas donde los trazos y los pigmentos van transformando el mundo.

Mientras pongo una lavadora convierto el perfume del suavizante en delicioso olor a café. Entro de nuevo al Hawelka, con sus muebles ancianos, al palaciego Central y toda su altiva exquisitez, al Corbaci del Museumsquartier y la combinación funcional del hormigón con techos de cálidos azulejos; y también paso a alguna que otra cafetería Aïda, donde los precios son más practicables y casi todo tiende al rosita.

Al guardar el calzado escucho otra vez los valses tocados con violín y acordeón en un Heuriger de Grinzing, ese pueblecito salpicado de encantadoras tabernas que un día quedó pegado a Viena.

Todo el viaje queda "deshecho" y recolocado en cajones y armarios. Pero sigue desarrollándose en mi cabeza, que insiste en encontrarles el sentido a casualidades, meteorologías, reencuentros, hallazgos, palabras, gestos y sabores.

domingo, 24 de junio de 2012

Los duendes del café

Horarios nocturnos. Este mes ha tocado. A falta de un termo casero cargado de café con leche, una máquina de las apodadas 'de vending' es bienvenida siempre. Aún hoy, después de haber sido usuario de unas cuantas en distintos lugares, sigo sin saber cómo funcionan exactamente. Puede que alguno de los programas de Discovery Channel haya desvelado ya el secreto de los duendes cafeteros que se dedican a moler el grano y a preparar la rica infusión dentro de esa especie de armario con luz.

Ese proceso de alquimia mediante el que una moneda precipitada a través de una ranura se transforma en líquido con espuma caliente contenido en un vasito de plástico sigue siendo todo un enigma para mí. Hace unos cuantos años, en el centro donde tuve mi primer trabajo había una máquina de bebidas que, aparte de café, té y chocolate, ofrecía sopas. Más de una vez alguien me sorprendió agachado, arrodillado incluso, colocando la mirada a la altura de la ventanilla de salida de los brebajes. ¿Era posible que mi café saliera por el mismo tubo del que acababa de brotar una sopa de verduras?

La máquina de hoy no ofrece caldos como aquellos, lo cual me libra de doblarme inevitablemente para vigilar de cerca el conducto del que manan los enjuagues. Eso, sin embargo, no mata del todo mi curiosidad: ¿será el enanito que vive en su interior el que deje caer la cucharilla plana dentro del vaso?

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los mecanógrafos

Como decía, algunos se resisten a cambiar las viejas y ruidosas máquinas de escribir por dispositivos con los que uno puede escribir silenciosamente y, a la vez, corregir cuantas veces quiera sin necesidad de emplear un solo folio durante el proceso. Supongo que quienes siguen aferrados a esas máquinas están apegados a sus mecanismos de antiguo artilugio y a la estética de las páginas mecanografiadas con tipos arcaicos, cuyas letras quedan impresas con trazas variables, dependiendo de la fuerza con que se hayan pulsado las teclas y de la cantidad de tinta que contenga la cinta.

Es curioso, pero ayer mi tren se transformó en una antigua redacción de periódico, de aquellas repletas de máquinas de escribir aporreadas sin descanso. Por momentos, creí que me había equivocado de vagón, o de puerta o, qué digo yo, incluso de realidad.

Mi escenario acostumbrado cambió completamente cuando entraron dos chavales. Iban presumiblemente juntos, pues se sentaron uno al lado del otro. Llegaban abducidos por sus teléfonos móviles del tipo Blackberry, la mirada fija en sus pantallitas, guiados hasta sus asientos por piernas dirigidas no sé bien por qué mágicos poderes. Escribían como posesos, cada uno a lo suyo, como si de la velocidad del ejercicio mecanográfico dependiera todo su próximo mes de conexión a internet, o semejante celeridad fuera imprescindible para mantener llena la batería de aquellos chismes.

Pero lo más llamativo era que sus teclados de última generación estaban configurados para emitir un ruido similar al de las máquinas de escribir. ¡Tac-tac-tac tac.tac.tac tac-tac...! Ellos se mantenían ajenos al escándalo que armaban, y yo, que valoro enormemente las propiedades silenciosas de la tecnología, me preguntaba en qué categoría debía situar a aquella pareja. ¿La de los nostálgicos, cosa extraña a su edad? ¿La de los amantes de lo retro que se pirran por todo lo pasado muchos años antes de haber nacido? ¿Seres con fobia al silencio -muy abundantes, por cierto, con sus móviles libres de auriculares siempre reproduciendo algo-? ¿Actores en mitad de una performance que pretende epatar, desconcertar, o algo similar? ¿Tocapelotas con ganas de sacar de quicio al que se pone por delante?

En fin. Tal vez sigamos divagando. O no.

martes, 8 de noviembre de 2011

Escribir en paz

Es una plácida maravilla disfrutar del silencio mientras se teclea en cualquiera de los aparatos que hoy sirven para escribir. Sus teclados tienen un tacto delicado y las teclas son piezas suaves cuyo recorrido corto no obliga a dejarse toda la energía en el intento de pulsarlas. Eso por no hablar de las pantallas táctiles, que solo requieren de una leve caricia dactilar. Pura magia.

Atrás quedaron las Lexicon 80, aquellas máquinas de Olivetti con las que muchos aprendimos a escribir, metálicas y macizas, pintadas de verde, azul o gris, cuyo carro golpeaba con estruendo cada vez que se accionaba la palanca para hacerlo retornar al comienzo de línea. Recuerdo las pruebas en la academia de mecanografía: cuando la profesora daba luz verde, se desataba la estampida y medio centenar de artefactos del demonio anunciaban el gran cataclismo. ¡Ah!, y aquellas tapas que debías retirar cada vez que las patillas de las letras se enredaban entre sí... ¡menudo leñazo pegaban al encajarlas de nuevo!

¡Recuerdos atronadores, sí! No tardó en llegar a casa también una Olivetti, la Lettera 42. Era portátil y se convertía en una cómoda maleta al cubrirla con su tapa con asa. Sin duda, más ligera y algo menos ruidosa que las Lexicon, aunque sólo un poco menos. Mi hermana y yo le dimos una buena paliza entre prácticas y trabajos para el colegio, instituto y universidad. No puedo olvidar a mis sufridos vecinos, quienes aguantaron estoicamente cada ataque de la guerrilla, más de uno a horas intempestivas. No me habría extrañado que alguno, harto de tanto cisco, hubiera blasfemado contra todo el alfabeto, la tinta de calamar, el pergamino y los monjes copistas de Yuso, aparte de Gutenberg y toda su sangre.

Hoy he leído que cuando se creó la primera máquina de escribir silenciosa, ésta fue todo un fracaso comercial. Parece que casi nadie quiso renunciar al cliqueteo clásico al estampar los tipos contra el rodillo convencional. Pero con el tiempo todo cambia. Aunque algunos escritores no se acostumbren a las nuevas tecnologías, o se resistan a hacerlo -a Javier Marías se lo disculpo todo-, es fantástico poder armar una buena algarabía de páginas y más páginas sin hacer apenas ruido.

martes, 1 de noviembre de 2011

Zombies ibéricos

Ayer por la tarde, cuando muchos de los espectros, almas en pena, visiones y demás espantos propios de la señalada fecha empezaban a salir de sus agujeros con la intención de vagar por las calles y celebrar la fiesta importada, tuve ante mí una fantástica versión de muerto viviente.

Oh, sí, otro año más era Halloween. Entre brujas con escoba recién comprada, vampiros de colmillos gomosos e innumerables subespecies de engendros inetiquetables, surgió de la nada un zombie bastante clásico. Bueno, miento, la verdad es que cruzó las puertas automáticas del centro comercial que ya me disponía a abandonar. Iba ataviado con mugrientas ropas rasgadas, pintado con la cantidad justa de maquillaje para que ni su madre lo reconociera y adoptando los andares propios del ser que acaba de zafarse por unas horas de su proceso de descomposición bajo tierra. Y ante eso, ¿qué hace uno? Pues pasar revista al interfecto, aprobar el logrado look y... ¡llevarse una grata sorpresa!

Sobre el hombro, como el que va armado con un fusil, el zombie portaba una pata de jamón. Era lo más parecido a un miembro del ejército de las tinieblas ibéricas, con su arma de hueso roído bien sujeta por la pezuña. Lamento no haber llevado una cámara de fotos para tener algo con que ilustrar esta entrada serrana. ¿Quién sabe?, quizás el resucitado llegue a leer esto y tenga el detalle de enviarme una imagen que, desde luego, sería impagable. Como impagable será para la madre del soldado de la orden bellotera que le devuelva los restos porcinos, seguramente bien apreciados en la preparación de un próximo cocido.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Un trago tostado

No, si ya me lo dice mi madre, que cuando se tiene algo en el fuego uno no puede despistarse ni un momento...

Mientras el café se hace, aprovecho para localizar unas fotos que me había prometido enviar a alguien -distintas, me temo, de otras que había quedado en mandarle- y, en lo que las descargo de la tarjeta SD al ordenador y escucho algo de Zoé, un grupo mexicano que desconocía hasta ahora, no me doy cuenta de que los minutos bullen. Y de qué manera.

Nunca se me escapa el ruido burbujeante de esa cafetera italiana de acero, siempre adelantado al olor del café espresso que sube por su chimenea interior hasta llenar su recipiente; pero hoy ese chivato final ha sido éste en vez de aquél. Me llega al olfato el fuerte matiz ennegrecido propio del café que sigue hirviendo cuando ya está listo. Vuelvo al pie del fogón eléctrico, me adentro en la nube de vapor curtido que sale despedida de un hervor inquieto, retiro la cafetera del calor y dejo que todo se disipe.

En la taza el café huele a retostado, unos puntos más allá del tueste previo a la molienda -esto me suena... cuando la tarde languidece renacen las sombras... vaya, lo siento-. Hay en este aroma algo ampuloso que no sabría cómo explicar. Detenerse a hacerlo no tiene mucho sentido, supongo. En fin, no hay nada que un poco de leche y algo de azúcar no puedan solucionar.

jueves, 18 de agosto de 2011

Hay que renovarse...

Paso la mañana en uno de esos centros comerciales en los que un amplio pasillo articula el cielo de los adictos a las compras. Ropa, zapatos, juguetes, lencería, perfumes, libros, muebles, coches... Este verano he ignorado la necesidad de renovar parte del contenido de mis cajones hasta que alguien me ha amenazado con tirar a la basura unas pocas de esas prendas a las que uno sigue dando el valor que, desgraciadamente, han perdido ya. En fin, no me ha quedado más remedio.

Primer acierto:  el aire acondicionado. El paraíso es un lugar donde nadie pasa calor. Camino por el bulevar. Tiendas a derecha e izquierda. A veces he encontrado en ellas lo que quería, así que hoy tiento a la suerte, a ver si la cosa se repite. Busco algunos de los precios que la campaña de rebajas ha pregonado desde hace mes y medio. Llego un poco tarde:  los carteles de "Nueva Temporada" llenan ya casi todas las baldas, acompañados de etiquetas con cifras también algo llenas. Pero no hay vuelta atrás. He decidido que, dada mi pereza crónica cuando se trata de salir a comprar ropa, hoy sea el día en el que me pertrecho con lo que, de tratarse de otro día, nunca compraría. Poco a poco voy cogiendo inercia. La cosa empieza a darse bien. Miro, escojo y decido rápido.


Tras varias adquisiciones en sitios distintos, advierto que los dependientes comienzan a prestarme algo de atención. Cuando entro me saludan y, sin haberles pedido nada aún, se muestran solícitos, amables, dispuestos a ayudar. Comprendo que su misión es vender y que una bolsa colgando de cada mano es, quizás, el presagio de una cartera rebosante, dispuesta a vaciarse sin remilgos  -en fin, solo yo conozco el contenido de mi bolsillo-.  A medida que se confirma el "efecto bolsas", voy comprendiendo más y mejor a Julia Roberts en Pretty Woman. Apenas algunas diferencias tontas:  esto no es Rodeo Drive, no me acompañan ni Richard Gere ni su Visa, nadie se ha lanzado a hacerme la pelota bajo petición del susodicho, y la música no es de Roy Orbison, sino una especie de tecno actual o similar.

Vuelvo a casa con el alivio de haber cumplido una misión tediosa sin haber sufrido. Dejo las bolsas en el salón, junto al sofá. Pienso en mis prendas gastadas, las que están a punto de pasar a mejor vida. Alguien ha fichado ya unas pocas candidatas. Desfilan en mi mente las imágenes de los felices momentos vividos con ellas. No merecen acabar mal. Ya veremos qué se me ocurre,... se nos ocurre.

martes, 19 de julio de 2011

El cubo rojo

Lo miro. Ocupa su rincón. Un cono truncado de plástico rojo abierto, con un asa descansando junto a la soga que lo abraza, dibujada en su superficie. Está vacío y seco. No es lo normal.

El diálogo más escueto y repetido en casa a lo largo de los últimos dos años:

-¿Sale caliente? -uno, desde la puerta del cuarto de baño.
-No -el otro, junto a la bañera, sosteniendo el cubo rojo bajo el grifo abierto.

Mañanas, tardes, noches. Siempre lo mismo. El cubo cumplía su función ecológica y económica, resumida en la máxima de no malgastar el agua. Litros y más litros, metros cúbicos a la espera de cada primera gota templada. Dicho recipiente habría necesitado varios socios para contener tanto líquido con el fin de destinarlo a otros menesteres, salvaguardando así el planeta y nuestro bolsillo.

Era un problema no resuelto a pesar de tantas y tantas quejas. Queríamos disponer de agua caliente en las mismas condiciones que el resto de los vecinos. Pero llegaba tarde y tibia. Muchos meses fregando y duchándonos con agua tibia, solo tibia. A veces, tras haber llenado el cubo rojo y tirado decenas de litros, el agua empezaba a caldearse. Era el momento justo para meterse en la bañera y proceder. Champú, gel, alegres cánticos, hasta que, ¡aaah!, el agua caliente se despedía a la francesa y aparecía en su lugar el filo cortante de la fría.

Daban ganas de hacerse el lavado del gato. Miraba las facturas y, a juzgar por las cifras, me preguntaba quién se escaldaba con mi agua caliente, porque a mí, lo que era a mí, no me llegaba una pu... ñetera gota. A veces, haciendo honor a los usos de nuestros abuelos, pensaba en calentar el agua en la placa, como quien se prepara una sopita. Pero acababa abriendo el grifo de mi paciencia, aguardando largos ratos al milagro de los panes  -recién horneados, crujientes-  y los peces  -al vapor, si puede ser, gracias-.

Y el prodigio, ¡oh quimera!, llegó al fin. ¡Tenemos agua caliente! Hace días que nos pellizcamos preguntándonos si es ficción o realidad. Nos parecemos a los himba recién llegados a la ciudad, asombrados por la magia de la civilización. Acostumbrados al agua templada, solo templada, ahora gritamos al abrasarnos con ese caudal que hierve en un santiamén. Son alaridos de felicidad:  nunca habríamos imaginado que una quemadura de primer grado produjera tanta dicha.

Sin embargo, ahora miro el cubo rojo y no puedo evitar sentir algo. Extrañeza, quizás, por verlo arrinconado del todo. Vacío y seco. Ha sido un buen compañero de fatigas, hoy libre de su empleo.