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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Llega 2015

2015 ... El nombre no está nada mal, ¿eh?

Dentro de unas horas lo estrenaremos. Espero que lo recibáis bien envuelto. Y que disfrutéis mucho quitándole su gran lazo y su brillante papel. 

Aunque, sobre todo, deseo que su contenido sea tan bonito como podáis imaginar. 

Para todos los que seguís pasándoos por por aquí, un cálido abrazo y  ¡FELIZ AÑO NUEVO!

viernes, 27 de junio de 2014

El sueldo de Nescafé

Aunque decidamos no encomendarnos a ella permanentemente, es probable que todos creamos en la suerte. Por eso la tentamos de vez en cuando, por si acaso. Un billete de lotería para Navidad, una apuesta semanal de la Primitiva, la papeleta para la rifa de un jamón..., todos hemos puesto unos euros de confianza en la ínfima probabilidad de verlos devueltos en nuestro bolsillo felizmente multiplicados por n.

De vez en cuando sonrío al recordar el comentario de un antiguo compañero de trabajo que mencionaba a otro como "el del sueldo Nescafé". Éste, joven militar en la reserva, disfrutaba de un sueldo del Ejército aunque ya no prestase servicio activo en su correspondiente cuerpo. A esa remuneración se refería aquél con tanta sorna y acierto.

Más allá de los "extras" que algunos reciben más o menos merecidamente, están los que llegan con un golpe de suerte. De la misma manera que los "pluses" derivan del empeño y el tesón que se ha puesto en atraerlos, se debe cautivar a la fortuna con una dosis cierta de esfuerzo.

Por mi parte, siendo todo lo prosaico que puedo, voy a intentar atraparla en forma de sueldo Nescafé puro y duro. Ahora tengo al lado unos cuantos sobrecitos de café instantáneo que he ido guardando cada vez que me he tomado un descafeinado por acá y por allá. Unos sobre otros, conservan una franja superior rasgada, justo sobre las letras blancas de la conocida marca. La clásica taza roja humea sugerentemente, siempre invitando a tomarla.

Me ahorro reproducir el mensaje que informa de la retribución mensual que uno puede ganar si participa en la promoción. Sin más, será cuestión de introducir unos códigos en la web de la marca y, ¡oh, diosa de las dichas!, ya veremos.

martes, 31 de diciembre de 2013

¡Feliz 2014!

Un rato cualquiera, en casa, mientras friegas los cacharros del desayuno, haces la cama o pones una lavadora, puede dar para pensar. Digo yo que no está mal pensar y que casi siempre es bueno.

A pocas horas del final del año lo mundano y rutinario se reúne con lo ideal y más deseado. Lo uno estuvo y estará presente en cientos de hechos y acciones; lo otro, proyectado en nuestra mente, nos invitará a concebir nuevos días. Y mucho mejores.

En los próximos doce meses habrá tareas aburridas, anodinas. Muchas, me temo. Espero, de todas formas, que entre ellas estén también otras estimulantes y sorprendentes.

Ojalá que el Nuevo Año nos invite a sacar de entre las ideas y los deseos todo aquello que nos haga felices.

¡Pensemos en un feliz 2014!

jueves, 21 de noviembre de 2013

Lo que queremos

Una profesora aparece en la tele, en mitad del desarrollo de una clase. Con una pizarra a sus espaldas, se presenta abstraída, esperando, tal vez, la respuesta rezagada de alguno de sus alumnos a una supuesta pregunta. No sería mucho suponer que la maestra estuviera pensando, quizás, que le encantaría estar en otro sitio, puede que dedicándose a otra cosa.

Un policía dirige el tráfico de hora punta en cualquiera de las rotondas de mi barrio. Movimientos mecánicos, repetidos ya con alienación. No es raro que se me pase por la cabeza una cuestión similar: sus sueños no parecen estar ahí.

Al otro lado de un ventanal varios oficinistas teclean frente a unas pantallas de ordenador. Al observarlos mientras paso caminando, intento imaginar cómo sería atrapar todos sus santos, que, sospecho, se elevan veloces en el cielo.

A veces, cuando veo a algunas personas en su entorno profesional, me pregunto si éso que están haciendo es lo que siempre les habría gustado hacer.

Sin duda, es pretencioso por mi parte fantasear sobre los deseos o ambiciones de personas a las que no conozco. Sin embargo, a todos nos ha sobrevenido en ocasiones una sensación de zozobra mientras hacíamos algo pero hubiéramos querido estar ocupados en otra cosa muy distinta.

En fin, sospecho que es un rasgo humano aspirar a descifrar los gestos, las acciones, los semblantes, y hallar en alguna de sus trazas su verdadero significado.

jueves, 25 de julio de 2013

Ánimo, Galicia

Me desayuno con la espantosa noticia de un accidente ferroviario en Santiago de Compostela. Pepa Bueno habla con un redactor de la Cadena SER que, en pasado, explica cómo pudo acceder al área donde todo ocurrió. Me alarmo.

Me desconcierta que, aunque no sea un incidente que yo ya conozca, se refieren a él como un siniestro histórico, de los más terribles que hayan ocurrido nunca en España. El reportero sigue dando detalles sobre el número de fallecidos y heridos, algunas señas del lugar del suceso y explica, además, de qué forma burló las medidas de seguridad para poder narrar en directo lo que allí vio. Habla en pretérito perfecto simple, con serenidad, arropado por la réplica templada de la directora de ‘Hoy por Hoy’.

Algo me choca, y es la falta del pulso que se les imprime a los hechos de actualidad, en especial a las tragedias que ponen a un país patas arriba. Por eso decido relajar mi recién despertada alarma. Pienso que, quizás, hoy, día de la fiesta grande de Galicia, estén recordando en la radio un accidente ocurrido allí tiempo atrás. Y me justifico: “Total, es pleno verano, hay mucha gente de vacaciones y la información del estío se nutre en ocasiones de las fuentes de archivo”.

Pero, seguidamente, Pepa Bueno recibe por teléfono la intervención de alguien ligado al sindicato de maquinistas de Renfe. Es entonces cuando el presente más tajante se hace un hueco junto a mi café. Este señor describe someramente el mecanismo de seguridad de los trenes de alta velocidad, aprovecha para enviar a los familiares de las víctimas un mensaje de solidaridad y añade que aún es pronto para conocer la causa del accidente.

Entonces me queda claro que ha ocurrido. Pasó ayer mismo, sí.

Hace diez días volví de Santiago a Madrid en un Alvia, el mismo modelo de tren que ha descarrilado y en la misma ruta que pasa por Angrois, el lugar en el que aún siguen todos esos vagones diseminados, amontonados, despachurrados; el mismo sitio en el que tanta gente trabaja todavía para salvar vidas. Al pensar en ello el horror me aguijonea y mi mente se vacía, se queda en blanco, como la noche que han pasado cientos de personas en el lugar del siniestro y sus cercanías.

A estas alturas del día he visto ya muchas imágenes espeluznantes, hecho y deshecho nudos en garganta y estómago, además de haber enjugado algunas lágrimas. En este momento sólo puedo esperar que el número de fallecidos no crezca más y querer algo tan dificil como confortar el ánimo devastado de tantos gallegos, viajeros, familiares y amigos de las víctimas.

martes, 9 de abril de 2013

Adiós a Sampedro

El sentimiento de orfandad se convierte en un estado permanente del alma cuando fallece alguien como José Luis Sampedro. En este instante, pocos minutos después de recibir la noticia, parece como si el nudo instalado en mi garganta nunca fuera a disolverse.

Sólo un escritor que conecta tan íntimamente con sus personajes es capaz de hacerlo también con sus lectores de una forma tan estrecha. Ésa era una de las virtudes de Sampedro. Admiraré siempre su sabiduría, su sensibilidad, su sentido del humor, su gran humanidad y su compromiso con la realidad. Siento enormemente que nuestros políticos hayan amargado sus últimos meses con tantas decisiones fatales. A alguien como él ya nadie podía engañarle y, por desgracia, su convivencia con su deteriorado estado de salud se ha hecho algo amarga.

La relación con su enfermedad, sin miedos ni reproches, me ha recordado tanto al Salvatore de La sonrisa etrusca...  Estos días he revivido la lectura de esa grandísima novela a través de Salvia, quien la acabó un día antes de la muerte de su autor... Vaya, hoy lo sé.

Seguiré leyéndole, buscaré en sus palabras el pellizco de la experiencia más amorosa y siempre encontraré en ellas el más hermoso ejemplo vital.
 

viernes, 22 de marzo de 2013

El tiempo y la luz

Por la mañana busco la visión de un paño de sol que raya con línea marginal la terraza del último piso del edificio de enfrente. ¿Lo encuentro donde estuvo ayer?

Descuelgo mi persiana en cuanto el destello tamizado por el visillo alcanza el primer libro de los estantes. Seguirá reptando, ahora mucho más cribado.

Salgo de casa cuando mi calle acaba de dividirse en dos bandas. Una, blanca y más lejana, me deslumbra. La otra, sobre la que paso, va cediendo milímetros, fiándolos sin afán de propiedad... o eso parece.

Llego a la tienda y, antes de entrar, instalo con la mano derecha una visera sobre mi frente. De nuevo el sol, repelido con chispas por las lunas de la fachada.

Durante la comida, primero las cacerolas y después el aparato de radio, se calientan a la luz. Es una ayuda para los fogones y también refuerzo para el calor de las palabras que vienen del aire.

Al caer la tarde un foco se instalará sobre el albarelo de Salvia que decora el aparador. Será sólo durante un rato, afectuoso, anaranjado, casi mágico.

Pero todo eso que marca mis días tiene un punto variable, mutable y pasajero. Cada minuto, cada hora, cada segundo van dejando marchar de sus distritos perdurables a las líneas, a los rayos, a los destellos, a los soles.

El tiempo sigue transportado dentro de su caja sellada y eterna. Mientras, la luz lo agita, lo anima y persuade.

lunes, 11 de marzo de 2013

11-M

11 de marzo... otro más. Han sido ya unos cuantos desde que el terrorismo más sanguinario perpetuó tal fecha dentro de la relación de los días para el recuerdo.

Seguramente, somos muchos los que en este día pensamos que podíamos haber sido una de las víctimas de aquellos trenes que explotaron. Sabemos que nos podría haber tocado ser uno más. O uno menos.

En mi caso, empecé marzo de 2004 engrosando la lista de los desempleados de este país. Con anterioridad había hecho varias entrevistas dentro de un proceso de selección para cubrir un puesto en un centro de trabajo ubicado en la Plaza de Legazpi de Madrid. Cierto es que, aunque me acabaron dando ese puesto, nunca llegué a firmar aquel contrato. La tarde previa a la ambicionada rúbrica e incorporación resultante alguien me llamó para excusarse. Entre titubeos y explicaciones vagas, me dio a entender algo sobre una decisión que modificaba la ya tomada por la dirección de aquel departamento y que situaba a otra persona en el lugar que iba a ocupar yo. "Lo siento, pero alguien por encima de mí ha querido que halla otro..." En definitiva, me quedé con las ganas.

De haber comenzado a trabajar, habría acudido a la oficina en tren, en la hora punta de la mañana y en la misma línea que sufrió tan espantosos ataques unos días después. Siempre que llega otro 11 de marzo pienso que a veces las cosas, los rumbos, los acasos, se tuercen para bien. Esa, al menos, fue mi suerte, aunque nunca se sabe lo que habría pasado aquella mañana si otro montón de circunstancias se hubieran conjugado para cambiar el destino de los que murieron en esos trenes.

viernes, 22 de febrero de 2013

Goya en el fondo del mar

He vuelto a ver El piano, la película de Jane Campion cuya sensibilidad me dejó aturdido, allá por 1993. Cuando la vi era un recién estrenado universitario al que le gustaba el cine y empezaba a querer encontrarles un cauce a sus inquietudes. Hoy ha pasado la friolera de veinte años y sigo encandilado con la poética desplegada por Campion, embelesado por el magnetismo de la música de Nyman y pasmado ante la fuerza dramática de su actriz protagonista, Holly Hunter.

Supongo que muchos vagamos en busca de emociones y, agraciados de vez en cuando, las vamos hallando. El lunes pasado escuché algo que me conmovió: el Goya concedido a J. A. Ballona por su dirección de Lo imposible acabará reposando en el fondo del mar. María Belón, cuya historia real ha servido para apoyar el guión de esta película, ha decidido que no merece ser la depositaria definitiva del galardón al mejor director del año. La propia Belón lo anunciaba durante una entrevista en la radio, y eso resultaba ser de lo más conmovedor que había oído recientemente. Un día más algo me traía otra emoción que echarme al corazón.

"La tentación de quedarme con este Goya es tan grande... es tan bonito, significa tanto... Esto no es mío, se va a ir al fondo del mar, que es donde pertenece, a las 230.000 personas que nos han inspirado. Por primera vez en mi vida he entendido la tentación de quedarte con algo que no es tuyo, pero no puede ser."


En este instante, tal vez, el busto del gran pintor esté viajando hacia las profundidades de un mar que no tendrá que ser necesariamente el Índico. Podría ser otro cualquiera, pues todos los mares son uno solo. Y quizás se cruce en su descenso con el piano de Ada, dirigiéndose también solitario al abismo. Y puede que lo mire, se extrañe, pero después se sonría. Entonces seguramente pensará que nada tiene más sentido en ese mundo que ahora habita que un piano al que le faltan algunas teclas yaciendo en un lugar sin resonancias ni ecos... junto a un viejo sordo.

"Qué muerte, qué suerte, qué sorpresa, ¿mi voluntad ha elegido la vida? Por las noches pienso en mi piano, en su tumba del océano y a veces en mí misma flotando sobre él. Allí abajo todo está tan inmóvil y silencioso que me arrulla y me adormece. Es una extraña canción de cuna, así es, y es mía. Hay un silencio donde no ha habido sonido, hay un silencio donde no puede haber sonido, en la fría tumba, bajo el profundo... profundo mar." (Del guión de El piano, de Jane Campion)

domingo, 27 de enero de 2013

Acuarela

Hace unos días estrené mi caja de lápices. Tres años ya en un armario, desde que fuera mi regalo de Reyes. Tampoco había usado el bloc ni los pinceles junto con los que los Magos la dejaron una noche mágica como la de hace unas semanas.

Cuando la abrí aparecieron todos alineados, cumpliendo a la perfección las normas de la escala cromática. Lapiceros de dibujo de grados de dureza diversos, lápices de carbón, lápices de colores clásicos, otros de colores metálicos y, para mí los más deseados, los acuarelables. No tenía ni idea de lo que haría con ellos, pero me apetecía experimentar, ver qué salía.

Busqué en varios libros sin dar con el motivo que me arrancase las ganas imprescindibles para dedicarme a dibujar durante horas. Entonces recordé que el primero de mes descolgué de la cocina el calendario de 2012. Lo había guardado porque contenía decenas de fotografías bellísimas con las que algún día, quién sabe, poder hacer algo especial. Lo hojeé, regresando a los instantes, a las citas, a las esperas, los anhelos, las estampas de todo un año. Impresa en papel satinado de excelente calidad, una de las imágenes acabó por seducirme.

Un llamador o aldabón de los que cuelgan de las puertas. Sobre todo de las de hace décadas, cuando aún no había timbres ni porteros automáticos, ni otros medios para avisar, más allá de la voz en grito o de unos golpes sobre la superficie de madera. ¡Cuántos porrazos sufrían aquellas puertas! Hoy estas aldabas ya se emplean como meros adornos, aunque puedan atizar ruidosamente. Una mano de bronce pintada de azul, gastada por la fiera pátina del uso. Toc, toc, toc, toc, así llamaría con una mano sirviéndome de esta otra. Maciza pero delicada.

No muestro la foto que he querido remedar, sino el dibujo y mis licencias en él.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

En 2013 evitaré...

-Comprar cosas que no utilizaré y que, con el tiempo, no recordaré que ya tengo.

-Olvidar que hace no mucho decidí no volver a confiar en los políticos.

-Casarme sin invitar como mínimo a doscientas personas.

-Atender un sólo instante a lo que diga cualquier energúmeno de la ultraderecha.

-Mantenerme templado ante las injusticias.

-Perder el tiempo.

-Desollarme la piel ¡ay! con el borde de una piscina.

-Hacer ciertas cosas como gustan a los demás y no como yo crea oportuno.

-Ver Telecinco y sus teles 'amigas'.

-Salir de casa sin mi kit de manifestante.

-Dar pasto a los marrulleros.

-Hablar con nadie que antes no me haya saludado.

-Pronunciarme acerca de evidentes parecidos físicos de un bebé en presencia de su abuela.

... Hay mucho más, claro, aunque preferiré atreverme, enfrentar y afrontar, emprender y, por supuesto, resistir.

jueves, 25 de octubre de 2012

Pelo ceniza

'Este niño tiene el pelo ceniza'. Las peluqueras de mi madre se llamaban Mari y Sabi, y ese era el color que le adjudicaban a mi cabello. Su peluquería estaba en la primera planta de una casa baja de nuestro barrio. Estuve allí muchas veces, acompañando necesariamente a mi madre, que me llevaba de la mano a todas partes.

Era un lugar curioso, cargado de olores únicos, singulares, algunos atrayentes y otros muy fuertes, como los de los tintes. Las peluqueras usaban un cubilete de plástico del que iban extrayendo con una brocha aquella sustancia para aplicarla sobre la melena de las clientas. Me divertía verlas con el pelo mojado, peinado sobre la cara, con unas marcianas capas de tela de forro en tonos rosa o azul por encima de los hombros.

Pero a veces me tocaba que me cortaran el pelo también a mí. ¡Era un martirio! Hasta que llegaba el momento de pasar a la tijera utilizaban una navaja con peine con la que, a tirones, iban rasgando mechón tras mechón. Aquello sonaba como cuando se raja un pedazo de trapo estirajándolo a golpes secos. Mis rizos iban cayendo al suelo, amontonándose unos sobre otros. Y yo acumulaba tensión y suplicio...

Pero no todo era desagradable en aquella peluquería. Un día sentí una enorme paz al observar a una señora que, bajo un secador, toda cercada de rulos, se estaba comiendo un bocadillo. Recuerdo el tremendo apetito con que la mujer se nutría y el ruido que hacía al remangar el plástico transparente con el que estaba envuelto el bocata. Debía de ser de jamón de york, o de chopped, y no negaré que deseaba estar comiéndomelo yo en vez de ella. Pero, sobre todo, lo que nunca he olvidado es la sensación plácida que aquella escena me transmitió.

Hace décadas que no me veo obligado a acompañar a mi madre a la peluquería. También hace muchos años que nadie ha empleado navaja para cortarme de pelo, lo cual agradezco infinitamente. En fin, no quisiera engañarme, pero, de seguir siendo así, hoy mis mechones ceniza ya no caerían al suelo abundantes como antaño.

domingo, 24 de junio de 2012

Los duendes del café

Horarios nocturnos. Este mes ha tocado. A falta de un termo casero cargado de café con leche, una máquina de las apodadas 'de vending' es bienvenida siempre. Aún hoy, después de haber sido usuario de unas cuantas en distintos lugares, sigo sin saber cómo funcionan exactamente. Puede que alguno de los programas de Discovery Channel haya desvelado ya el secreto de los duendes cafeteros que se dedican a moler el grano y a preparar la rica infusión dentro de esa especie de armario con luz.

Ese proceso de alquimia mediante el que una moneda precipitada a través de una ranura se transforma en líquido con espuma caliente contenido en un vasito de plástico sigue siendo todo un enigma para mí. Hace unos cuantos años, en el centro donde tuve mi primer trabajo había una máquina de bebidas que, aparte de café, té y chocolate, ofrecía sopas. Más de una vez alguien me sorprendió agachado, arrodillado incluso, colocando la mirada a la altura de la ventanilla de salida de los brebajes. ¿Era posible que mi café saliera por el mismo tubo del que acababa de brotar una sopa de verduras?

La máquina de hoy no ofrece caldos como aquellos, lo cual me libra de doblarme inevitablemente para vigilar de cerca el conducto del que manan los enjuagues. Eso, sin embargo, no mata del todo mi curiosidad: ¿será el enanito que vive en su interior el que deje caer la cucharilla plana dentro del vaso?

lunes, 4 de junio de 2012

Juegos a la sombra

La calle de mi infancia tenía soportales. La manzana completa estaba rodeada de ellos y en verano se podía salir de casa y jugar a cubierto. Si las patadas al balón se pasaban de largo, lo recuperábamos rápidamente del sol cruel y lo devolvíamos al claustro para seguir con el partidillo.

Mi portal, como los del resto de las viviendas, tenía una escalera amplia en cuyos peldaños se desarrollaban también los juegos, las charlas y las riñas. Cuando nos cansábamos de correr bajo los soportales, acudíamos al asiento fresco de los escalones. No recuerdo cuanto tiempo transcurría hasta que volvíamos a lanzarnos a las sudorosas carreras o a otros tejemanejes entre los pilares que sustentaban el edificio.

En esas columnas también se jugaba. Las niñas ponían una goma sujeta a dos de ellas, evitando así tener que figurar ellas mismas como postes. Algunas conseguían hacer y deshacer con éxito el lío tremendo que armaban entre el elástico y sus piernas. Y los niños nos dedicábamos a subirlo tan alto que, después, ni ellas ni tampoco nosotros éramos capaces de hacerlo descender para recogerlo.

Los gritos, los lloros, los éxitos... todo sucedía bajo techo. Sabíamos que salir de la sombra no convenía.

viernes, 20 de abril de 2012

Escenas

En un andén, carcomidos por el sueño, unos cuantos hacen tiempo. Seis minutos para el último tren. La mitad de los alineados palpan, acarician, pasan las yemas de sus dedos de un lado al otro de diversas pantallitas, dislocadas las cervicales.

Una mujer de edad mediana lee entre bostezos como pompas de jabón las páginas de un manual de academia. ¿Capricho sin más, requisito imprescindible para el trabajo anhelado o reciclaje para una currante con fecha de caducidad? Formación para el empleo, reza la portada.

Una chica muestra un catálogo de moda a sus amigas. Venga, niñas, hablemos de negocios, dice con ecos que rebotan acá y allá. Ellas escudriñan el librillo, se detienen en alguna foto, la comentan. Qué mono este, ¿no?

Dos chavales trajeados portan sendas carpetas transparentes. Uno tiene la suya bajo el brazo, como una barra de pan. El otro, sentado, apoya los antebrazos en la otra, que descansa sobre sus muslos. No hay secretos: el curriculum vitae de ambos expone bajo una foto lo que buscan y, quizás también, lo que son.

Tres señores llegan vistiendo camiseta verde a favor de una educación pública para tod@s. Se sientan junto a una mujer que inspecciona la portada de un periódico gratuito: la disculpa pueril de un rey que se dedica a las cacerías de elefantes mientras en España el gobierno recorta todos los presupuestos menos el del susodicho y su familia. ¡La buena educación debería vestirse de verde a diario!

En las paredes, carteleras vacías a falta de campañas publicitarias. Algunas, muy pocas, aguardan la rotación de anuncios. El que promociona la última de Clooney, Los descendientes, parece disecado desde enero. Las máquinas expendedoras de bebidas y snacks rebosan de contenido y el ruido del cobre chocando contra el fondo de sus cajetines se hace de rogar.

Un tren reducido a la mínima expresión, mermado a esta hora tardía, se anuncia con su luz frontal. Podría llamarlo gusanito.

lunes, 26 de marzo de 2012

La niña y sus juguetes

El servicio de correos acaba de dejar el aviso de llegada de otro paquete. ¡Qué ilusión tan grande! ¡Un pedazo más de su nostalgia! La alegría le llena el estómago, se desborda hacia su rostro como el vino espumoso y la hace sonreír igual que cuando miraba a aquel fotógrafo a sus cinco años, ingenua, crédula, para comérsela.

Quiere volver a jugar, acompañarse de las mismas cosas con las que compartió sus mejores ratos cuando era niña. ¡Ah, otra muñeca... su muñeca! Loca de contenta, ya imagina que le vendrán bien los vestiditos que conserva en una caja repleta de tesoros. Les pertenecieron a otras muñecas que, cuando fue haciéndose mayor, acabó dando a otra niña que hoy ni siquiera recuerda qué fue de ellas.

Flor de Loto, la Negrita del Cafetal, Ninfa,... son sus viejas amigas, con quienes hoy se reúne después de veinte años. Les contaría muchas cosas de su vida, de su trabajo, de sus amores, desvelos y alegrías. Pero sabe que no han vuelto para eso. ¡Están aquí otra vez para jugar! Una corriente de colores saca de su pecho una gran pompa de cosquillas y risas.

Por ahi, los cacharritos, los muebles, la trona, las bañeritas... Por aquí, la casita del bosque. La recordaba algo más grande, ¿no? Tal vez sea el paso del tiempo y su intervención en el recuerdo. La abre como si fuera un libro y expone sus dos mitades esperando llenarlas de vida. Es una seta con el interior repartido en dos plantas, con sus barandillas y su chimenea. Atiza el fuego con una palita y pone dos ollas a hervir. ¡Hmmm, esto ya empieza a oler bien! La niña coloca una pequeña valla en el jardín de la casita y dispone sobre el césped una mesa con sillas en forma de flores y verdes hojas.

Y aún le esperan muchas sorpresas. La carroza del bosque se desliza remolcada por un enorme gusano amarillo, quedando dispuesta para que ella ocupe una plaza. Cuando se acomoda en su asiento, le llega a los oídos el sonoro borboteo que surge de las aguas que imagina cerca. Neptuno, con corona y tridente dorados, emerge del océano dirigiendo a los dos caballitos de mar que tiran de su carro. Cuando llega frente a ella, suelta las riendas de oleaje, saluda alegremente y, con su gesto festivo, la invita otra vez a gozar.

miércoles, 25 de enero de 2012

En la nube

Tormenta solar... erupción solar... eyección de masa coronal... Mientras el Sol no se nos acerque lo suficiente como para achicharrarnos los pelillos, parece que no habrá peligro. Eso sí, podríamos tener problemas con la recepción o emisión de satélites, o que los pasajeros de algún avión sufran radiaciones... Aunque, total, con todas las que padecemos a diario incluso en nuestra propia casa...

¿Y Garzón? ¿Tres acusaciones de prevaricación en muy poco tiempo para un solo juez? Huele fatal. Garzón debería convertirse inmediatamente, como en los cómics, en el superhéroe que, de hecho, es, y acabar de una vez por todas con tanto villano...

¡Ah!, The Artist, qué grande. Me gustó el guión, el ritmo, la fotografía. La música me pareció soberbia, los actores en su sitio... El uso de los recursos del cine mudo... y de algunos del sonoro. Ojalá se lleve unos cuantos muñequitos dorados de esos que se agarran por las piernas. Un día de estos hablaré de ella en el blog...

¿Las Vegas en Madrid? ¡Horror! La señora Aguirre & Co. se ha propuesto que tengamos en la región un megacomplejo de juego y ocio que, según dice, supondrá cambiar todas las normas legales que haga falta cambiar. ¿Hará del lugar una isla legal para que los estadounidenses hagan y deshagan a su antojo? No quiero ni pensarlo...

Ayer, plantado frente a una máquina de café fuera de servicio, decidido a buscar una que me sirviera una dosis placentera, la cabeza se me subió a la nube.

viernes, 13 de enero de 2012

Máscaras en mi salón

Dos pares de ojos miran sin ver. Sólo oquedades abiertas en superficies convexas llenas de pliegues personales que podrían ajustarse a una cara cualquiera. Dos máscaras venecianas habitan un mueble donde son camaradas de otro puñado de espectadores que, igualmente, miran sin ver, aunque sus ojos no sean meras cavidades. A diferencia de las máscaras, tras ellos hay cabezas que descansan sobre hombros que laten, se encogen o relajan, cada cual a su manera.

Un Zanni, sirviente tonto y ramplón que, de ceñirse a la piel de un actor, acabaría convertido en listo y astuto, mira al espigado payaso de Lladró que sostiene una flor con gesto delicado. ¡Jaja! Algún día acabarás regalándola, podría estar diciéndole. Capitano, de cerámica multicolor, su nariz recta y poderosa, pasa revista a la mandíbula retadora de un Cascanueces alemán, bien uniformado y cuadrado al servicio de su mando, zu Befehl!

Buda y Ganesh, pequeños recuerdos de viaje, aseguran en piedra negra y blanca, respectivamente, la vida espiritual dentro de la comunidad. Una geisha curiosea desde la balda superior, respirando tras una compacta capa de polvos de arroz. Su figura estampada en el lomo de un libro, cuadrangular casa de té con tapas duras y punto de lectura, no pierde ripio de todo lo que acontece. Ha reparado en el rostro de un Alonso Quijano vestido con camisón y gorro de dormir cuyo dedo alucinado alecciona sobre su mejor libro de caballerías.

Reviso formas y colores, brillos y texturas, energías reales o imaginadas, percibidas entre objetos que reposan y miran sin ver. Miradas ciegas cuya intención dependerá en cada instante de la mía propia. Mis ojos intencionados darán, tal vez, un sentido a los suyos.

martes, 27 de diciembre de 2011

Al rico mazapán

El otro día quise lanzarle un guante a mi propia maña artesana. Todo es ponerse, dicen, aunque a veces no parece fácil arrojarse a determinadas obras y ejecutarlas como se espera. Ya había entrado en el territorio de la repostería, en pruebas como tartas, bizcochos, algún tiramisú, y el producto solía resultar bastante comestible, sí, aunque siempre adolecía del toque maestro. La maestría, ay, algo casi imposible de alcanzar.

Este año, para variar, quería intentar hacer algo más sagrado, un dulce de los de toda la vida que no mucha gente se atreve a elaborar en casa. Cuántas veces habré pasado por las confiterías de la Plaza de Zocodóver de Toledo, con sus exquisitas anguilas y sus espectaculares arquitecturas de auténtico mazapán, o frente a pastelerías míticas de Madrid, como La Mallorquina o Casa Mira, y observado, ¡mmm!, con dientes largos y salivación abundante, los mazapanes de sus escaparates. Seguramente, en aquellos instantes mi cerebro, favoreciendo mis pulsiones más trogloditas, inhibía cualquier cuestión práctica relativa al proceso y rito necesarios hasta llegar a adornar sus vitrinas con todas esas maravillas. Eran preciosas y tenían que estar riquísimas. Sí o sí.

Terminada la operación, no sé si el resultado de la suma de los factores es el exacto. Podría decir que tienen pinta de figuritas. Tal vez les falte algo más de azúcar, o les sobre un poco de almendra, o quizás la forma no esté muy lograda y la textura no sea la más habitual o acostumbrada. Puede. Pero están buenas, eso sí. Y dulces.

sábado, 3 de diciembre de 2011

El club de los bonsáis muertos

Duele. Sobre todo por el arbolito, pero también por el regalo que en su momento fue. El valor sentimental de las cosas es a veces inconmensurable, y no digamos ya el de los seres. A diferencia de mi pobre tejo, el ficus no era uno de los bultos que mudé de una casa a otra. El tejo finalmente no llegó a adaptarse a su nuevo hogar. Declarado en huelga de estímulos, terminó aliado con el despiadado calor estival, que le ayudó a morir dignamente.

Del ficus dicen que supera todos los apuros y, sin embargo, hoy certifico su defunción. Aunque superó varias crisis y recuperó buena parte de las hojas que dejó caer, un día acabó tirándolas todas. He esperado su resurrección regándolo como a las naturalezas caducas durante el invierno. Pero hoy, con todo el dolor de mi cepellón, no tengo más remedio que declararlo cadáver. Lo que es de la tierra pasará a la tierra. Y aquí, sobre ella, permanecerá su tiesto rectangular de barro esmaltado, apilado sobre el de su predecesor, arrinconado hasta que las raíces de otro arbolito lo habiten. Ojalá.

Allá, en el lugar al que van a parar todos los árboles muertos, los bonsáis son niños mimados y reciben los cuidados y la comprensión que sus propietarios no fuimos capaces de prestarles por estos lares. Algún día aprenderé a criar un bonsái como se debe hacer. Espero que sea entonces cuando sus congéneres del club de los difuntos vuelvan a congraciarse conmigo y con mis mejores intenciones.