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viernes, 27 de septiembre de 2013

La ronda en el Rijksmuseum


La foto no tiene una calidad excelente, dada la escasa pericia de su autor para mantener exposiciones largas con una cámara compacta. Aun así, me gusta su composición casual y el foco que conduce la mirada hacia el maravilloso fondo del corredor.

Ese foco no es otro que uno de los cuadros más impresionantes del mundo. Uno sabe que va a poder verlo allí, en ese museo, aunque no espera encontrárselo expuesto de esa forma tan brillante. Por eso, estar dentro de esta gran sala es una gran suerte. Tienes una de tus pinturas favoritas a golpe de vista y, sin embargo, prefieres ir deteniéndote en otras fantásticas obras que vas encontrándote de camino. Podrías avanzar hacia ella directamente, pero intuyes que lo bueno es disfrutar de otros cuadros con la promesa a tu alcance de un delicioso maná.

La ronda de noche no es, ni mucho menos, una ronda nocturna, sino una escena que se desarrolla en un interior plasmada por Rembrandt sobre un lienzo. Cuando, tiempo después, fue denominada así, dicho lienzo tenía encima tanta mugre que para cualquier observador era indudable que allí se había hecho de noche.

Ahora los interiores ya no son tan oscuros, salvo que se desee que lo sean, y en esa sala de pintura holandesa la luz es la idónea, aunque a mí me cueste adaptarla a las funciones de mi cámara. El Rijksmuseum siempre ha sido un buen lugar para estar pero, últimamente, después de las obras de renovación, es uno de los mejores lugares para estar.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los apuntes de un viaje

"Me gusta su recibimiento, con ese precioso saludo ritual. Las azafatas son guapísimas y muy elegantes. Tal vez, si les decimos que nos encanta como visten, nos regalen la mantita morada..."

Hoy rescato de entre un montón de papeles el conato de un diario de viaje. Está hilvanado a lápiz sobre la magnífica superficie satinada de un taco de bolsas para vómito (no sé llamarlas de una forma más fina) de la Thai Airways. Ahora leo las palabras que escribí y, con pena, pienso que un diario incompleto es como un pedazo de vida suelto, algo así como una naturaleza errante y errada.


El mencionado intento de bitácora resultó doblemente frustrado. Primero, porque quedó reducido al relato de un trayecto de ida, las notas acerca de uno de los días pasados en Bangkok y unas pocas líneas más, escritas durante el vuelo de vuelta. Y, segundo, el diario se frustró porque ahí sigue, a la eterna espera de ser rescatado del abandono. No dejan de ser unas notas sueltas en un papel adornado con una singular magnolia en sedoso púrpura.

Un buen cuaderno de viaje hubiera requerido, para empezar, ser éso: un cuaderno. Es difícil cohesionar un conjunto de pasajes sin la intervención de un poco de hilo y unas grapas. Además, pasar de tener únicamente un puñado de apuntes a disponer de un buen diario exige la dedicación y el compromiso que yo me dejé en el tintero. Habría sido bonito conservar el recuerdo de templos y ruinas siamesas plasmado en unos bocetos rápidos (y torpes, seguro), aparte de retenido en cientos de archivos digitales que hoy reposan bajo la lápida, también digital, de una carpeta guardada en un disco duro. Por supuesto, habría gozado relatando muchas experiencias, concretándolas en la secuencia numerada de unas cuantas páginas.

Pero nada de eso ocurrió y estas notas enmarcadas en morado, "Thai, smooth as silk", permanecerán así, tal cual se ven, en el limbo insustancial de los proyectos mal improvisados.

sábado, 30 de marzo de 2013

Viajeros de pacotilla

Hay personas que no merecen gozar de la gran suerte que es poder viajar. Ni siquiera creo que gozar sea lo que los susodichos hacen cuando viajan.

El viaje es esa gran oportunidad que a veces tenemos de desdoblar nuestras vidas, hacerlas ocurrir en escenarios nuevos, con gentes diferentes de las habituales, de conocer y conocernos, explorar, aprender y crecer.

Pero hay gente que sólo concibe el viaje como un programa que hay que cumplir, pasando por los lugares previstos a la hora prevista, haciendo las fotos previstas, comiendo sólo lo supuesto, intercambiando con otros las palabras justas, aguantando rígidos, correosos, impermeables.

Esos sujetos se niegan a tratar de comprender que el mundo es diverso y comparan constantemente lo que ven con lo que tienen en casa, hacen listas de preferencia donde nunca la novedad queda bien parada respecto de lo ya usado, escupen sin tacto sus estúpidas observaciones y convierten cualquier momento mágico en una majadería.

¡Líbranos, oh señor agente de viajes, de compañías tan estúpidas y no nos dejes caer en la imbecilidad! Y ahora..., ¿debo decir amén?

domingo, 29 de julio de 2012

Regusto de Viena II

En el DRAE la palabra "regusto" aparece definida así en su tercera acepción: "Sensación o evocación imprecisas, placenteras o dolorosas, que despiertan la vivencia de cosas pretéritas". Es con la que me quedé para el post anterior. Ahora usaré su sentido más común: 

"Sabor que queda de la comida o bebida". ¡Ay, qué cosas! Intento recuperar alguno, aunque sea difícil en ausencia de los imprescindibles aromas que suelen conectar un no sé qué con otro no sé qué para evocar ese sabor. Por ejemplo, el de una Frittatensuppe, que parece más bien un juego para niños en el que alguien se haya encargado de cortar unos pocos crepes en tiras para, después, sumergirlas en un consomé.

Aparte de esta y otras sopas, consigo rescatar uno de esos fuertes Gulash de ternera acompañados de Knödel, unas enormes bolas de miga de pan que bien podrían usarse para jugar a la pentanca; o también el de los Schnitzeln gigantescos que sirven en algunos restaurantes y que, aparte de su gran tamaño, no aportan nada distinto del filete empanado de toda la vida.

Inolvidable el Apfelstrudel del Café Central, combinación templada de manzana con canela, pasas y nueces dentro de un rollo de hojaldre espolvoreado con azúcar glass. Hay cientos de Strudeln más, como el de Powidl, esa mermelada típica austriaca hecha con ciruelas muy maduras, pero el de manzana es el mejor. Insuperable.

Durante mi primera vez en Austria me sorprendió el uso habitual que le daban a las semillas de amapola. Creo que mi primer encuentro con ellas fue en la salsa que bañaba unos ñoquis. Después no dejaron de aparecer sobre muchos tipos de pan o, también, como relleno de otros rollos tirando a sosos a los que llaman Mohnstrudeln.

¿Y qué más? Pues, resumiendo, un paraíso de regustos dulces y salados de los que me quedo con los cafés y las tartitas.

viernes, 20 de julio de 2012

Regusto de Viena I

Después de un viaje viene otro. Del físico y vivencial se pasa al del recuerdo, durante el que revisamos los momentos e imágenes que nos hemos traído, bien dobladitos en la maleta de la memoria.

Mientras saco del trolley la ropa usada y la no usada, vuelvo a ver los colores y formas dispares de las creaciones de Hundertwasser. El Gaudí vienés te hace jugar, tenerle miedo a la línea recta, ondularte con el suelo y las paredes, buscarles las raíces a las plantas que coloca acá y allá, y volverte, de algún modo, irracional.

Separo algunos objetos  -cámara de fotos, algún recuerdo de cerámica, las Mozartkugeln, souvenir comestible-  y vuelvo a bordear la orilla del Danubio, esa impresionante masa de agua que no se parece a ningún río de este país del sur, tan distinto.

Hojeo folletos de museos y les echo otro ojo a las pinturas de Klimt, Schiele, o Brueghel. Entonces paseo con placer por las salas del Belvedere, del Kunsthistorisches o del Leopold, ambientes construidos de luz, atmósferas donde los trazos y los pigmentos van transformando el mundo.

Mientras pongo una lavadora convierto el perfume del suavizante en delicioso olor a café. Entro de nuevo al Hawelka, con sus muebles ancianos, al palaciego Central y toda su altiva exquisitez, al Corbaci del Museumsquartier y la combinación funcional del hormigón con techos de cálidos azulejos; y también paso a alguna que otra cafetería Aïda, donde los precios son más practicables y casi todo tiende al rosita.

Al guardar el calzado escucho otra vez los valses tocados con violín y acordeón en un Heuriger de Grinzing, ese pueblecito salpicado de encantadoras tabernas que un día quedó pegado a Viena.

Todo el viaje queda "deshecho" y recolocado en cajones y armarios. Pero sigue desarrollándose en mi cabeza, que insiste en encontrarles el sentido a casualidades, meteorologías, reencuentros, hallazgos, palabras, gestos y sabores.

viernes, 20 de enero de 2012

Té en Edimburgo

¡Clac! El hervidor acaba su tarea. Tan solo el borboteo del agua, ya serenado, fractura el silencio. Chssssss... el vapor se escabulle mientras lo vierto a chorro sobre una bolsita de té.

Saco una taza del armario de las tazas. No me hace falta escogerla. Su asa se dispone hacia fuera, accesible, poniéndome fácil su obtención de entre otras. Es del tipo mug, loza blanca, rota en azul índigo por un grabado de estilo clásico. Edinburgh, reza en letras elegantes, suspendidas sobre la vista de un castillo. El calor de la infusión de té verde parece dilatar la silueta del edificio, imponente construcción levantada sobre roca volcánica que ahora recobra el fuego que hace siglos se la inventó. Agito con una cucharilla una pizca de azúcar, tin tin tin... Golpeo el acantilado, abrupta madre cuyo corazón late así en la ciudadela.

Prescindo del asa. Me gusta abrazar la cerámica con las dos palmas y tantos dedos como quepan sobre ella. Sorbo con tiento: otras veces la flama me hirió la lengua. El calor humeante me nubla los ojos, cortina de niebla espesa sobre el Monumento a Walter Scott y su piedra ennegrecida por la contaminación añeja. Camino sobre piedras mojadas, entre tabernas y casas medievales que reavivan entre sus paredes todos los mitos imaginables.

Vuelvo a fijarme en la ilustración del viejo castillo, finas líneas en relieve sobre la cerámica. Llego a éste por una cuesta empedrada, alcanzo cada una de sus terrazas y la más alta de sus torres, enfriadas ya. El té se termina, y también el fuego. Mi viaje se agota pero las sensaciones perdurarán.

lunes, 17 de octubre de 2011

Las galletas de Ben

Acabo de pasearme por el centro de Oxford. Google Maps, con todo el mundo plegado en su impresionante colección de planos y herramientas visuales, me ha prestado un vuelo instantáneo y los zapatos con que patear por uno de los cascos históricos más hermosos que conozco.

Hacía ya tiempo que no volvía por allí y la sensación ha sido especial. Las mismas piedras, el mismo césped, alguna línea nueva en la calzada y algunos rótulos diferentes sobre ciertas fachadas. Pero el mismo cielo. High Street, el Asmolean Museum, St Mary's Church, el Balliol College, Carfax Tower y, por su puesto, pegado a Turl Street, el Covered Market:  más de doscientos años abierto desde que alguien decidiera reunir muchos puestos callejeros en un recinto cerrado, a salvo de la suciedad y el desorden.

Cuando algo nos gusta solemos hablar de ello y recomendarlo entre amigos y conocidos. Pues bien, no es ningún secreto que en ese mercado se venden unas galletas excepcionales. Las elaboran al estilo americano y las dispensan recién hechas, todavía calientes. Si algún día tuviera que hacer promoción de algo, creo que sería de las Ben's Cookies. De hecho -saliendo del subjuntivo- ya he sido su apóstol decenas de ocasiones desde que las probé por primera vez hace once años.

A menudo, aprovechando un receso en el trabajo, mis compañeros y yo salíamos a comprarlas. Nos las comíamos despacio, oh sí, alargándolas, como cuando uno quiere que algo nunca se acabe y mientras lo está disfrutando está sufriendo lo indecible porque sabe que va a terminarse.

Oxford ya no es el único lugar del mundo en el que pueden encontrarse estas delicias. La empresa ha ido abriendo tiendas en muchos otros lugares de Inglaterra, Arabia Saudí, Dubai e, incluso, Corea del Sur. En fin, debo de parecer tonto al sentirme parcialmente dueño de un goce gastronómico que ya casi se ha globalizado.

Ahora, mientras he caminado por el viejo Oxon me ha saltado a la mente multitud de imágenes y el estómago se me ha llenado de esa especie de rara inquietud que acaba agarrada a la garganta como las grandes emociones, mezclada inevitablemente con el olor de las galletas de Ben.

domingo, 20 de febrero de 2011

Otra vida en Venecia

Venecia puede ser el mejor lugar para descansar. Eso pensaron muchos cuando la eligieron para hacerlo eternamente y otros tantos que les concedieron su deseo y cumplieron con el ritual. Algún ritual más o menos clandestino.

Cosas que hacer cuando mueras en Venecia...

Como si de las tablas de los mandamientos se tratara, hay un precepto oculto, una serie de decisiones sobre planes que uno desconoce pero está dispuesto a consumar un poco más allá del acá.

En los canales se deja escapar algo de eso que trasciende a la belleza más insoportable. El agua tiene mucho de liberador y libertador del alma, que se escabulle además por las grietas de muros húmedos, oxidados, corrompidos; se filtra en las vetas abiertas de la madera sumergida y se cuela por trampillas en acuático vaivén.

Y renacida en los brillos de cada pequeña cresta de ola puede permanecer, regalarse otra existencia.

Ahora, frente a la cara más prosaica de esta vida, el gobierno de la Serenissima ha decidido convertir esos sueños dorados en tesoro contante y sonante y encauzar las corrientes del deseo hacia otra caja de otros caudales. Ayer las cenizas se esparcían en secreto y los seres queridos, furtivos, partían hacia sus anhelos. El rito carecía de etiqueta y el cortejo se permitía voluble. Hoy la propia ciudad sugiere que lo hagan tras pagar una tasa, bajo el protocolo de una ceremonia instituida, desde el muelle fijado para soltar cabos.

Por tanto, señores, muéranse con la cartera en el bolsillo si quieren una otra vida en Venecia.

sábado, 16 de octubre de 2010

Entre olivos

El colofón para una escapada como la de este verano podía ser un paseo al sol. Tras un periplo andaluz (casi enteramente gaditano) la vuelta a casa requería de su etapa de transición, y nada mejor que un par de días en el pueblo para acortar distancias entre los aires del sur y los del centro.

Hay sólo unos pasos entre el asfalto de la calle donde vivo temporalmente y la grava del camino que sube al monte. Casas a medio hacer, algunas ya habitables aunque por fuera no tengan ese aspecto. Junto a una de ellas un arroyuelo corta el terreno, dando vida a juncos y zarzas, y un medio natural a innumerables insectos. Tras salvarlo, el camino pasa al lado de un corral donde tres perros y siete ciervos comparten piso. Los machos berrean... están en esos días. Los perros, por su parte, no paran de ladrarle a todo lo que se mueve.

Más arriba, el olivar. Árboles que ya empiezan a cargarse del peso de la aceituna. Ésta aún tiene que engordar, aunque ya va sometiendo a las ramas a mantener una reverencia continua y cada día un poco más forzada. Será así hasta que en diciembre llegue el vareo, y con éste el alivio para el olivo. Hay mucha diferencia entre los terrenos que este verano han sido estallicados, limpiados, y los que acumulan ramajes y brozas, más densos de verde y ligeros de fruto. Me acuden a la cabeza, desvaídos ya, algunos instantes vividos de niño entre los olivos que fueron del abuelo y aquellos trabajos propios del verano.

También recuerdo las tareas del invierno: el esfuerzo pagado con aceite. En unos pocos meses la aceituna pasará de la rama a la manta y al capazo, de éste al remolque, a la tolva, la báscula y por fin a la muela, donde entregará su néctar dorado para nuestro deleite gastronómico. Por el mismo camino, de vuelta, bajo relamiéndome al pensar en tostadas con savia de oliva, en aliños de frescas ensaladas, pompas de masa frita y guisos burbujeantes. ¡Qué raras asociaciones entre sólidos y líquidos!

jueves, 14 de octubre de 2010

Paréntesis

Paréntesis bloguero. Tal vez podría llamarse "abierto por vacaciones". Nos marchamos durante un tiempo y lo único que cerramos es la casa. Un par de vueltas de llave y listo. Todo lo demás sigue abierto, aguardando a ser retomado, o arrancado, emprendido, zanjado.

Los teleadictos llamarían a ese aparte practicado en pos del relax  "hacer un kit-kat". Dos corchetes y el vacío entre ambos. Placer vacui. Detener el fluir de las cosas para abrir un espacio donde la corriente se remanse. Cada elemento de los que corren tirados por el flujo debe despojarse de la inercia, abandonarse a su albedrío, perderse un tiempo para encontrar su propia cadencia.

El hilo tenso por el que todo circula se afloja y lo que en éste ocurría puede ahora verse de otro modo. En vacaciones podemos afinar la vista e intentar desentrañar los detalles de todo aquello que no comprendíamos poco antes. Es dedicar tiempo al análisis y recrearse en todo lo cotidiano, pero tomándose un relajado té. O también es posible soltarse de todo ello, abrir la mano y dejar que se nos desprenda de los dedos, de la piel. Contacto nulo. Nada de anteojos ni bifocales. Fuera lentes de aumento. Mirar algo más allá, que lo de más acá seguirá ahí, sin duda, aguardando para más adelante.

Y entre lo de allá y lo de acá, otro espacio: este blog. Recoger un poco de todo y mezclarlo en dosis inexactas, arbitrarias, adulteradas. Un irreal cálculo de distancias, una lupa sobre los días. La vida, siempre por hacerse.

martes, 12 de octubre de 2010

Atardecer en la Caleta

Corren. A tramos, cogidos de la mano. Otros, se sueltan para avanzar más rápido y sortear personas, cosas. Se les ha hecho algo tarde, aunque tal vez todavía lleguen a tiempo.

Tropiezan. Se equivocan de dirección, de calle; corrigen al instante. La ciudad es aún desconocida. Baten el empedrado, dejando a un lado y a otro las viejas casas de los comerciantes con sus torres vigía, altos testigos de la llegada de barcos cargados de riquezas. Quedan atrás frescos portales, boca de exquisitos patios donde aquellos tesoros se degustaban transformados en manjares, o se admiraban en forma de ricos vestidos.

El tiempo vuela. Oyen latir sus respiraciones aceleradas y resonar las voces lejanas de la Gadir fenicia, la Gades romana. Al final de una calleja vislumbran la luz y sus colores virados. Por fin pueden tomar aire. Sólo resta un último esfuerzo.

El sol que les ha quemado durante el día se esconde ahora. Corren hacia su final rojo. Y, en la playa, lo ven desangrado.

domingo, 18 de julio de 2010

El destino de la bandera

Ni por asomo habría imaginado que la bandera acabaría viajando hacia algún lugar de California.

La dejó durmiendo en el hotel durante dos días. Aunque recuperarla tras la subida a la Torre Eiffel fue sencillo, no quería arriesgarse a tener que perder ni un solo segundo ingeniándoselas para dejarla a buen recaudo mientras hacía sus visitas.

La tarde de la gran final uno de sus familiares dio una sorpresa al resto del grupo reservando sitio en una terraza del Boulevard du Temple. Cenarían al aire libre, frente a una gran pantalla que los propietarios del bistro habían dispuesto fuera del local. La emisión de la TF1 sirvió de eficaz imán que atrajo a mucha clientela, buena parte de la cual estaba con  'la roja'.  ¡Viva España!, gritaba una efusiva italiana con gran sonrisa y camiseta a tono. ¡Vamos!, repetía una pareja de americanos a quienes no les faltó cerveza en ningún momento. De los dos la chica parecía hablar algo de español, lo cual podía ser causa, o tal vez consecuencia, de su afinidad por la Selección.

La bandera ondeó, vibró, flotó con empeño, marcando un territorio al que la mayoría de los presentes habría querido afiliarse. Sólo unos pocos eran de presumible inclinación holandesa, aparte del camarero. Cuidado con Robben, murmuraba éste asintiendo, como queriendo subir al marcador los goles que el delantero estuvo a punto de marcar.

Y llegó el de Iniesta. Parecía como si todo París lo celebrase. O casi todo. Al poco, cuando las repeticiones del tanto ya se habían sucedido y el entusiasmo esperaba al final del partido para volver a exaltarse, la chica americana volvió apresurada a su mesa. ¡Lo sabía, sabía que no podía marcharme!, le decía a su novio bastante disgustada. Era la anécdota del momento y todos lo comentaban.

Cuando el árbitro dio fin a la prórroga el delirio estalló y la bandera siguió agitándose en una fiesta que llegaba de forma natural. Cerveza en mano, el chico americano se acercó al grupo. Somos de California, dijo. El otro día, el del partido contra Alemania, mi novia quiso comprar una bandera pero no la encontró. Hemos seguido a España durante todo el Mundial y hoy, la pobre, justo cuando se va al servicio se pierde el gol y... I wondered if... your flag... me preguntaba, no sé... si pudieras darle tu bandera...

No supo negarse. Buscó la aprobación en los ojos de su gente, pero ya había decidido regalarla gustosa. La chica americana saltó y gritó de pura alegría. ¡Muchas gracias!, repetía con verdadera ilusión. Se hicieron una foto en la que retendrían aquella cesión. La bandera tendría un destino imprevisto y una historia que su nueva propietaria quizás algún día llegaría a conocer.

jueves, 15 de julio de 2010

La bandera

Jamás pensó que tendría un capricho como aquel, aunque a medida que el Mundial avanzaba el antojo crecía. El día de la semifinal contra Alemania al fin decidió comprar una bandera, pero a escasos minutos del comienzo del partido no encontró ninguna tienda abierta. Le bastó entonces con unos toques de pintura sobre sus mejillas, aunque la euforia nacida del resultado final le hizo prometerse que los días posteriores se haría con la enseña como fuera. Sabía, sin embargo, que no sería fácil.

Le sorprendió que París no fuese tan ajeno a sus colores. A menudo se cruzó con referencias a  'la roja', camisetas, gorras y banderas... al pie de Notre-Dame, en los bateaux del Sena, a la sombra de las columnas del Panthéon, en los jardines de Luxemburgo. Mantuvo así la esperanza de llegar a ver la final con bandera. Paseando por la plaza del Trocadéro se presentó una posibilidad, así que regateó hasta llegar a un precio razonable. Ya era suya. Dos días después la llevaría consigo y animaría a la Selección como nunca antes lo había hecho.

Aguardó su turno en la cola de espera para subir a la Torre Eiffel. Había decidido que le anocheciera contemplando las vistas de la ciudad desde uno de los miradores de aquel gigantesco andamio de hierro. Sería otra hermosa vivencia, inolvidable como tantas aquel día.

Open your bags, please!  Uno de los vigilantes se anticipaba al control de seguridad previo a la entrada. Ella le mostró el contenido de su mochila. El guarda revolvió en el interior hasta dar con algo. Lo siento, no puede subir con la bandera, dijo en su inglés afrancesado. Ella le rió la gracia. Era evidente que estaba de guasa. La bandera no pasa, insistió él forzando una seriedad poco convincente. ¿O sea que no es una broma?, dedujo ella al fin. Ni banderas ni otros símbolos, recalcó el centinela. Descuide, no voy a desplegarla ahí arriba, le aclaró. Son las normas, le lanzó otra negativa. ¿Y qué hago con ella? ¿La tiro? Acabo de comprarla, se explicó tratando de obtener una pizca de comprensión. Haga lo que quiera con ella y a la vuelta podrá pasar, última palabra.

No se lo podía creer. Salió de la cola totalmente anonadada. Nadie iba a darle crédito cuando lo contase. Buscó un escondrijo bajo la pata norte de la Torre. Llevaba la bandera doblada y todavía precintada. Un hueco en el pavimento de un escalón sirvió para arrebujarla y unas piedrecitas y un pedazo de corteza de árbol acabaron de ocultarla. Al volver a la cola y demostrar al controlador que el trapo ya había desaparecido no pudo resistirse a hacerle una breve consulta: ¿Y si la bandera hubiera sido la de Francia?

Decidió dejarlo así para no discutir. Quería recrearse en el ascenso, en el aire, en las vistas. Y lo consiguió. Al cabo de un rato las luces de la Torre comenzaron a destellar en el encendido más espectacular que había vivido nunca.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Entre cepas

Acaban de hacer unas fotos ante la fachada de una célebre bodega, ondulación imponente con ecos de templo. Desean continuar hacia el lugar donde se ha erigido otra bodega icono, hotel en este caso, pero la mecánica se niega a responder. Al girar la llave, el motor de arranque tose sin parar.

El camino entre las viñas tiene una leve pendiente que aprovecharán para lanzar el vehículo e intentar que el motor despierte. Nada. Intento fallido, como todos los posteriores. Se han quedado colgados y no saben si empezar a guardar en el maletero sus ganas de conocer aquellos lugares. El pueblo de Laguardia hace honor a su nombre desde lo alto. Tal vez deberán pasar el día, y quizás la noche, entre cepas. Entre copas. Como en la película, una tarde de tonos dorados podría haberles deparado un picnic entre los viñedos. Precioso, si no fuera porque sólo es la una del mediodía y comienza a llover.

Reclaman ayuda por teléfono. Piensan que están en un bellísimo lugar, ideal para quedarse tirados y preferible siempre a cualquier Gran Vía de cualquier ciudad. Divisan la grúa a lo lejos. Como de juguete. Les alcanza, carga el vehículo y se los lleva a los tres.

En La Rioja se viven las vidas de la uva. La vendimia comienza y de cada racimo se desgranan muchas historias: la de su agosto de engorde y maduración, la de los métodos para llegar a hacer buen vino, la de quien cuenta a clientes potenciales su forma de conseguirlo, la de esos posibles compradores y su peregrinar entre viñas, la de alguno de esos viñedos, presidido por la creación de un Calatrava o un Gehry. Y también la historia de quienes abandonan el escenario deseando volver a él.

domingo, 26 de julio de 2009

Traerse, dejarse León

Siempre dejamos algo de nosotros en los lugares donde hemos vivido buenos momentos. No me refiero a las cosas que se nos olvidan en los hoteles, donde lo mejor antes de marcharnos es echar un vistazo debajo de la cama, mantener las puertas de los armarios abiertas y haber evitado meter nada en los cajones, donde es matemático que nunca miremos para rescatar lo guardado. En realidad lo que nos dejamos tiene que ver con nuestros adentros, con todo lo que nos despiertan la novedad, o la belleza, o tal vez la sorpresa.

Pueden ser las miradas de quienes están allí a nuestro lado. Quienes caminan con nosotros. Compartimos sensaciones, impresiones, emociones, algún que otro sobresalto. Todos ellos se reflejan en la mirada, se transmiten con los ojos. Acabamos quedándonos con las percepciones pero no con las miradas, que permanecerán allí para siempre.

Pero hay también un intercambio. Nos llevamos algo dentro. Quizás lo que nos traemos llena el hueco de lo que allí dejamos.

De León me he traído multitud de paseos. Por el centro, a lo largo del río, en sus plazas, bajo el sol y bajo la lluvia. A cambio me dejo allí esas miradas de las que hablaba y, aunque quede poco humilde, alguna huella sobre sus losas de piedra.

Desayunos abriendo un hueco en la mesa para el Diario de León, entre la taza de café, el zumo y la tostada. Abriendo un espacio a los hechos. También la visión de peregrinos ocupados en andar el camino. Sus miradas y las mías siguen allí, fijadas en algún punto.

En los oídos el eco de voces de un concierto de música barroca en la catedral. Mezcladas las notas con la luz filtrada a través de sus vidrios coloristas. Uno quisiera traerse todo aquel sonido, pero permanece entre los muros, recreado en su brillo único. No queda más remedio que dejárselo también.

El ánimo alegrado por alguna bebida en el Húmedo. Y alguna tapa, cómo no. En los bares, otra clase de peregrinos en rutas nocturnas.

Redescubro una ruta más, la de la Seda, en el MUSAC. Allí es posible conectar ciudades de la antigua ruta y encontrar los elementos que las convierten en una sola. Me dejo una sombra proyectada sobre un gigantesco mapa físico de Asia. Marco Polo hubiera querido ver el Mundo así.

El día que vuelva quizás busque algo de lo que me dejé y trate de llevarme algo parecido a lo que me traje.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Cazorla

Fin de semana de intensas pateadas, de hacer de piernas corazón. Magnífico destino el pueblo de Cazorla, enclavado entre peñas y vastos olivares. Dicen que la Sierra de Cazorla es la más extensa de España y la segunda más larga de Europa. Habría sido un placer tener más tiempo para seguir descubriendo muchos otros de sus rincones. Aun así, nos ha cundido tanto como para llegar a recorrer unos treinta kilómetros a golpe de bomba de sangre, abriendo bien los pulmones.

Hoy me visitan las agujetas, que no serán tan punzantes gracias al placer del recuerdo de esas magníficas visiones. Ascender para después descender con el alma llena de imágenes hermosas.

La primera subida, desde el mismo centro del pueblo, resultó ser el tramo más difícil de todos. El guía impuso un ritmo que nadie se atrevió a frenar -al urbanita le cuesta reconocerse más torpe que el lugareño y prefiere una buena pájara al menoscabo de su orgullo-. Por fin llegamos al primer mirador, terraza sobre la que fue vital tomar la decisión de aminorar el paso. A partir de allí todo resultó más leve, menos pindio -como dirían en mis añoradas montañas cántabras-, y pasamos a preocuparnos menos por nuestras piernas y más por el paisaje, que acaba siempre acompañando al espíritu en forma de luz y de viento.

Qué placer poder oír el sonido de las hojas de los árboles al caer. En la ciudad también suenan pero nadie se molesta en escuchar. A veces el ruido lo enmascara todo. Qué gusto mirar al cielo y ver los buitres leonados y algún águila planeando en busca de comida, o bajar la vista y reconocer un grupo de ciervos que, en su ruta, se dirigen hacia el paso natural entre dos picos. O sorprender a un muflón que nos observa con escepticismo y con la seguridad de saberse a salvo entre el follaje. Incluso encontrar en el Pico de los Halcones algún fósil lleno de formas que alguna vez fueron seres, estuvieron vivos; o leer en la espectacular Cerrada del Utrero las palabras que el agua del Guadalquivir ha escrito sobre la superficie de la roca.

Tierras que, hasta la desamortización del XIX, pertenecieron durante muchos siglos a Toledo. El propio Cardenal Cisneros, vecino de Alcalá, tuvo bastante que ver con Cazorla. Era ya Arzobispo de Toledo y, por tanto, dueño y señor de este pueblo, cuando decidió permanecer dedicado al estudio y nombrar un Adelantado. Él se lo perdió. No quiso dejarse caer por aquel pueblo que tanto costó a los cristianos defender de los musulmanes, quienes, por otra parte, tanto bien hicieron en muchos sentidos. Los guías de montaña no sólo conocen al dedillo cómo llevarte por los caminos. También te hablan de Historia. Y te cuentan historias.

Y vuelta a casa, pasando por Úbeda y su espléndido casco histórico, que estos días exhibe pendones anunciando su Festival de Música Antigua, compartido con Baeza. Como tantas otras cosas.

martes, 18 de noviembre de 2008

El Oxford escogido

Anoche "Madrileños por el mundo" (MXM) dedicó su espacio a Oxford. Al igual que con otros destinos, varias personas de Madrid y aledaños llevan equis tiempo viviendo por allí y Telemadrid nos lo muestra. El programa es excelente, una de las pocas cosas que hoy merecen la pena cuando uno se propone pasar un rato frente a la tele. Ya se emiten varias versiones del mismo en las autonómicas de otras comunidades y no dudo que estén triunfando.

Hace ocho años yo también pasé en el viejo Oxon una temporada. Fueron casi seis meses de los que guardo muy buenos recuerdos. Great remembrances! Me marché con la intención de mejorar mi inglés, con la espinita de no haber hecho un Erasmus durante mis estudios universitarios clavada aún. Creo que cumplí con mi objetivo, aunque con los idiomas nunca se acaba -por favor, que nunca se acabe, y menos con el castellano-. Fue en el 2000 y no he vuelto desde entonces aunque últimamente, por varias razones, tengo todo aquello bastante presente.

Entiendo que el programa se propone mostrarnos cómo viven todos esos madrileños por allí. Cada uno lleva la vida que lleva y, dentro del mosaico que construyen, todo es arbitrario. Es evidente que no se nos muestra mucho de lo que nos gustaría ver de esta o de otras ciudades. Una gran pega: eché de menos el sol. Cuesta creerlo, pero también sale en Inglaterra. Aquel año que fui vecino de sus vecinos -aunque me negase al pago de una parte de la Council Tax que mi landlord insinuó que tendría que apoquinar- pude disfrutar de los meses más cálidos en esa ciudad.

Cuando llegué me dijeron que me había librado de uno de los inviernos más fríos que se recordaban por allá. No me libré, sin embargo, de pasar frío y humedades cuando me movía en bici. De eso no se libra nadie una buena parte del año -ni siquiera los viejos profesores de aquellos colleges, paseando en equilibrio inestable sobre sus bicicletas de manillares rectos-. Lo cierto es que recuerdo otro colorido en las calles y en el cielo. El Oxford de la pantalla era anoche más gris y oscuro que el que conocí.

Esperaba encontrar algunos lugares. Por ejemplo, no apareció el Sheldonian Theatre; no se oían los ecos de ninguno de los pasajes del Carmina Burana a cuya interpretación pude asistir una noche. Era la primera vez que lo escuchaba en directo y me lamenté de no haber estado más relajado para haberlo disfrutado más. Al principio tuve mala suerte con el alojamiento y pasé muchos días buscando casa. Aquella mañana me había trasladado al que fue mi hogar definitivo durante esos meses. El caso es que no estaba seguro de haber tomado una buena decisión y me rondaban dudas de todo tipo.

Tampoco anoche nos llevaron a The Trout, un magnífico pub alejado del centro, a las orillas del Támesis. Me llevaron Adrienne y su novio Colin. Se portaron muy bien conmigo y siempre les estaré agradecido por muchas cosas. Pasamos un día estupendo y comimos muy bien. Recuerdo el dintel de una de las puertas interiores del local, más baja de lo normal, sobre cuya viga de madera avisaban con un cartelito de que te agachases para no tener que quejarte después. Duck or grouse. El que avisa no es traidor.

Y eché de menos muchas otras cosas. Podrían hacerse cientos, qué digo, miles de programas de MXM sin salir del mismo enclave.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Deseada evasión

Quiero poner distancia. Lo suficientemente larga como para sentir que he viajado. Sumar horas a la esfera de mi reloj y verlas pasar con el freno pisado.

Quiero dejar por unos días de zapatear el mismo rodal y que las hierbas se adueñen de él.

Quiero que lleguen a mis oídos otros acentos, que el mío llegue a sonar exótico cuando lo escuche desde dentro.

Quiero desconocerlo todo de mi entorno, mirar otros cielos, que el viento me sople su nombre por saberse extraño.

Quiero coserme a la nariz nuevos aromas, que otros sabores me asalten el paladar y lo conquisten. Que algún día un olor nada frecuente me los evoque con remite claro.

Quiero que el horizonte se recorte siguiendo una línea desconocida y repasarla con ojos extrañados.

Quiero que el sol diario salga en otro lugar y proyecte sombras de otras calidades.

Quiero que la novedad me borre de la memoria lo cotidiano. El reencuentro forzoso con ello se producirá sin remedio.

sábado, 28 de junio de 2008

Siempretodavía

O Everstill. Como uno prefiera.

La Huerta de San Vicente, corazón cultural granadino, recibe estos días las obras de un puñado de artistas contemporáneos que se permiten darnos su visión de García Lorca a través de su vida cotidiana en esta casa.

Siento que me cuelo en casa de Federico, que se ha marchado fuera durante una temporada, y que puedo husmear entre sus cosas sin que nadie me llame la atención. Y mi curiosidad se alimenta doblemente, pues veo cómo todos estos artistas han establecido una relación íntima con el poeta para crear algo a partir de ella. Entro también en su mundo privado.

Los García Lorca reciben varias visitas al día. Son buenos anfitriones. Me encuentro entre los concurrentes. Todos poblamos las dos plantas de la casa, al igual que muchos objetos que Federico nunca conoció pero que le resultarían como suyos de poder verlos.

Sobre la mesa del poeta, una máquina de escribir. Cualquiera puede utilizarla pero sólo conseguirá concretar unos cuantos ceros en el papel. Sobre ese escritorio ya todo se escribió. Nada queda por contar.

Dos artistas de la vanguardia actual osan acostarse en la cama de Federico y fotografiarse soñando. O aspirando a soñar lo mismo que él. ¡Quién pudiera tener una de sus pesadillas!

Alguien ha decidido devolverle la vida a la casa mediante el correo. Evocando los días que Federico mantenía su relación epistolar con Eduardo Marquina, Jorge Guillén o Ana María Dalí, o tantos otros. Cada día, sin descanso, llega a la huerta una postal que nos devuelve la ilusión de que alguien sigue recibiendo correspondencia en la casa. Se trata siempre de la misma estampa pero lo valioso es que da nueva vida a un buzón que recibe visita sin falta otra vez.

El mérito de quien nos regala un nuevo retrato del poeta a través de la literatura es también grande. Nos muestra decenas de libros en los que ha visto la presencia de Lorca plasmada de una u otra forma. Un retrato hecho de páginas que él no escribió.

Y la presencia de sus obras. Cómo no.

Un placer.

Siempre.

Todavía.