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No es que Holden Caulfield, el hijo de Salinger, sea primo hermano de Marco Stanley Fogg, el de Auster. Cada uno vive en un momento diferente y los Estados Unidos han cambiado también lo suyo entre los años cincuenta y los sesenta. Lo que sí ocurre es que en las dos novelas hay unos cuantos puntos comunes, aparte del gran escenario en el que las dos se desarrollan: Nueva York.
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Otros personajes también me recuerdan los unos a los otros. Sunny, la prostituta de El guardián, aparece casi de la misma forma que Kitty Woo, la amante y después novia de Fogg. Otros individuos con un toque redentor surgen para dar un poco de esperanza (no tanto a los protagonistas como al propio lector). Son el señor Spencer, ex-profesor de Holden, y Effing, viejo excéntrico que sirve a Fogg para centrarse y asumir alguna responsabilidad.
Fogg acaba tocando fondo cuando pasa una temporada viviendo en Central Park. Allí mismo se produce uno de los hitos de El guardián: la conversación surrealista que Holden mantiene una noche con un taxista, preocupado por saber dónde van los patos del lago de Central Park cuando éste se congela cada invierno. En El Palacio hay otro encuentro nocturno: un encuentro con la imaginación más pura, la de un joven negro que juega con un paraguas roto. Esto traerá alguna consecuencia; la noche cumple su papel motor en ambas novelas.
Y digo yo: tanto rollo para recordar a Salinger y reconocer a Auster.
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