viernes, 26 de septiembre de 2008

Pisando la uva... con torpeza

Enciendo el televisor y me despierta cierta curiosidad ver cómo en un magazine de la mañana la presentadora y un redactor se disponen a pisar la uva. Pienso que debe ser una especie de guiño, una ilustración, ahora que es tiempo de vendimia.

Se meten de pie dentro de un pequeño y redondo lagar lleno de uva. Se apoyan el uno sobre los hombros del otro y comienzan a pisar, desplazándose en movimiento circular, con pasos firmes y cortos dentro del recipiente de madera. Se divierten y comentan su sensación de frescor a medida que notan la humedad en sus pies.

Un plano corto nos muestra que por un orificio comienza a salir el mosto resultante de la operación. Éste es recogido en una jarra de agua, de las de vidrio de litro, que empieza a llenarse con gran rapidez. Sospecho, supongo, que alguien está preparado al pie del chorro para sustituir esa jarra, que va a llenarse en breve, por otra vacía.

Pero no es así. De repente aparece en la pantalla ¡un cubo de fregar! ¡Con su escurridor y todo! Ignoro si con agua de lejía también. No me lo puedo creer: vacían en él el contenido de la jarra para volver a situarla bajo el flujo de mosto.

Los presentadores siguen pisando, disfrutando, ignorando el sacrilegio que se ha producido junto a sus pies. ¡Qué más da! Supongo que ha habido un error de cálculo y nadie preveía que el volumen de mosto superaría la capacidad del recipiente dispuesto para recogerlo. Ya, ¿y qué? Cuando se improvisa tanto y no se cuidan determinados detalles, a muchos nos parece que se nos falta al respeto. Sobre todo a quienes ven, vemos, en el vino algo más que un simple líquido. Y no entiendo nada de vinos, pero los valoro.

Esa ceremonia en el lagar se ha convertido en una chufla irrespetuosa.

El vino

Es ahora, con la vendimia, cuando se fija un punto y seguido en el ciclo del vino. La uva ha madurado bajo el sol y ha adquirido el volumen y grado aceptables, como dicta la tradición, así que será recogida para extraer de ella lo que la hace tan valiosa. El resultado será ese vino que marca el movimiento de los pueblos y las etapas de sus vidas.

Pero, antes, el mosto precisará de un trato conveniente y cuidadoso tras el que dormirá bajo el silencio del tiempo.

Reposará para llenarse de alma.

Sólo un susurro continuado le narrará su historia milenaria y le desvelará ese secreto que deberá guardar para siempre. El secreto que cada pueblo rescata de cuando en cuando para recuperar alguno de sus caldos más delicados.

Y por fin, un buen día, sus hacedores lo sacarán de la bodega acompañado de celebraciones. Desde ese momento habrá vino. Tendrá ya no sólo memoria, sino también espíritu.

jueves, 25 de septiembre de 2008

A vueltas con la magdalena

Es esta misma mañana cuando, ante mis recipientes de reciclaje, me pregunto, como cualquier otra, si el papel de la magdalena pertenece a la familia del papel o al reino de lo orgánico.

Se nos pide que lo separemos todo y destinemos cada cosa al lugar que le corresponda. Y ahí andamos, trabajando por la causa. Pero es que, a pesar de estar concienciado, hay cosas indisociables. Lo siento, pero no podría dedicarle todo mi amor a despegar del papel con un cuchillito esos restos de bizcocho con el único fin de tirarlos a un lugar apropiado.

Abro las puertas bajo el fregadero y, al detenerme frente a los distintos receptáculos, me asalta la misma duda de siempre. Es papel, pero tiene restos de bollo. Aunque... en realidad... ahí queda más pastelillo de lo que parece, ergo va a ser orgánico. Sí, pero, pensándolo bien, si por definición lo que hago es quitarle el papel a la magdalena, será evidente que sus restos deberían ir junto al papel. Ya, pero… ¿qué papel de magdalena, sobao pasiego o bizcocho borracho sería apto para reciclarse junto al resto del cartón? Yo creo que ninguno. ¡Si hasta el perro de mi padre se los comía, y le sabían tan ricos! Eso es que ahí debe quedar todavía mucha chicha. Bastante dudoso que de ahí pueda llegar a sacarse un paquete de folios.

Pero sigo con la indecisión a flor de piel. Sostengo en mi mano el objeto que me trae tantos quebraderos de cabeza. Siento que mis dedos juegan a dos bandas. Se sitúan en dos bandos. Por un lado, tocan la parte del papel, suave en su superficie hecha de celulosa y otras sustancias porosas, ahora algo grasientas. Por otro lado, algún dedo disfruta de la zona más mullida: la de los restos de miga que siguen pegados al material que los contenía; podrían haberse ido con la magdalena pero, al pelarla, optaron por seguir agarrados a la pared, como lapas sobre una roca. Inseparables, ya se ve.

Habrá opiniones para todos los gustos. Es decir, o uno u otro. O blanco, o negro. En mi caso, ante la obligación de acabar esto con rapidez en beneficio del resto de cosas que tengo pendientes, decido no mirar. Que caiga donde le toque esta vez. Hasta que se escriba un libro de estilo del reciclado que establezca qué hacer con estos elementos fronterizos, yo juego a cara o cruz.

martes, 23 de septiembre de 2008

MEME

Pues, Ana, mira por donde me va a gustar esto de participar en un MEME, que no sabía lo que era y que ahora me suena al nombre con que un niño pequeñito, con su media lengua, llamaría a su tía Remedios.

Doy por hecho que, del lado positivo, a todos nos gusta querer y sentirnos queridos y que, del lado malo, a nadie le gusta sentirse mal ni estar enfermo -que ha sido mi caso estos dos últimos días gracias a las malas artes de un virus que habría preferido que fuera informático-, así que voy con otras cosillas que, a medida que se me ocurren, me estimulan.

Uno- Desayunar prontito en una cafetería, preferiblemente en un lugar bañado por la luz de la mañana, leyendo el periódico mientras oigo el sonido de la máquina de café y el cacharreo de tazas, platos y cucharillas.

Dos- Una caminata junto a algún riachuelo de montaña. Alejado de domingueros, por favor.

Tres- Estrenar un libro después de desearlo mucho, respirando el olor que desprende el papel impreso y comprobar que me gusta.

Cuatro- Descubrir por casualidad un nuevo rincón en algún lugar del mundo. De esos lugares que uno tiene la sensación de haber hecho suyos, extrañado de que alguien más haya ido a ellos.

Cinco- Salir del cine o del teatro con la sensación de haber visto algo bueno. Si las imágenes y los sonidos persisten en algún lugar de la mente y quiero recurrir a ellas para recrearme en mi sobrecogimiento, en mi emoción o en mi deleite, es que algo así ha ocurrido.

Seis- Escribir algo que me satisface porque encuentro que en ello hay algún hallazgo o que está bien desarrollado y rematado. ¡Qué gusto!

Por otra parte, y el orden que les he dado no da importancia a unas sobre otras, ahí van algunas de las cosas que no soporto.

Uno- Esperar. Las esperas largas he aprendido a llevarlas con paciencia, o eso creo. Las cortas... en esas no puedo dejar de mirar el reloj.

Dos- Los listos, los sobraos, los maleducaos y los aprovechaos.

Tres- Que se me malinterprete. Tener que dar explicaciones y hacer cabriolas para salir de un lío en el que algún obtuso me ha metido.

Cuatro- Los atascos. Son la razón por la que evito coger el coche muy a menudo.

Cinco- Los ruidos en general. Los gritos en particular. No entiendo cómo dos personas que se sientan juntas pueden hablar a gritos sin que ninguna de las dos esté sorda.

Seis- La pasividad. La propia y la ajena.

Hala, ya he cumplido.

Por ahora mi círculo bloguero es muy reducido, así que no voy a poder cumplir con una de las partes contratantes. Lo que sí se me ocurre es que, si os apetece, cualquiera de los que entráis a leer este blog, hagáis vuestro MEME, por ejemplo, dejándolo como comentario. No obligo a nadie, pero ya es hora de que algunos de quienes sé que me visitáis y no dejáis comentarios se estrenen contando alguna cosita de sí mismos (...)

Por cierto, si queréis saber de dónde viene todo esto del MEME, pasad por el blog de Ana Alcolea (a la izquierda tenéis el enlace) y remontad el curso del río.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Infiel

Falto por estos lares por causa justificada. Tengo en mi poder documentos que aportar en caso de duda administrativa. Mi justificante, como el que nos firma el médico para presentar en el trabajo, es una escapada entre adriática y alpina. Aunque tengo coartada, siento que le he sido infiel a este blog durante unos días. Y es que todo compromiso exige fidelidad por parte de quien lo contrae. Esa es la regla.

Cuando se corta con la cotidianeidad por unos días, tendemos a fallarles a los compromisos. Y abandono el libro que estaba leyendo y lo sustituyo por guías y folletos turísticos. Me alejo de la actualidad de mi ciudad, de mi país. Dejo mis programas de radio y televisión -muy pocos a mi pesar- y flirteo con otros de otros lugares -no doy con ninguno bueno tampoco-. Cambio mis trenes diarios por otros -nocturnos en algún caso, pero esa es otra historia que reservo para otro post-. Sustituyo mi lado en el colchón por otro lado en otro colchón, o por uno para mí solo. Cambio mi gesto impertérrito ante algunas cosas que me rodean habitualmente por otro encantado ante otras igual de corrientes, pero situadas en otras coordenadas.

Mi lealtad a esta página ha sufrido el vacío de unos días alejado de internet y de todo lo demás. Sí, se me ha presentado la oportunidad de conectarme a ratos perdidos, pero he preferido evitarlo. Por breves, claro. Y porque serle infiel a mi propia infidelidad, tan deseada como era, no debía ser buen síntoma.

Ahora vuelvo a abrir este cuaderno, repaso brevemente mis notas, viejas ya, y caliento el grafito de este lápiz virtual. Le cuesta un poco deshacerse sobre el papel, dejarse a sí mismo formando este rastro de letras en lazo discontinuo. Pero vuelve a funcionar como antes. A su ritmo, no sé si bien o mal.

Y antes que nada, antes de lo siguiente, se presta a servirme como medio de disculpa.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Deseada evasión

Quiero poner distancia. Lo suficientemente larga como para sentir que he viajado. Sumar horas a la esfera de mi reloj y verlas pasar con el freno pisado.

Quiero dejar por unos días de zapatear el mismo rodal y que las hierbas se adueñen de él.

Quiero que lleguen a mis oídos otros acentos, que el mío llegue a sonar exótico cuando lo escuche desde dentro.

Quiero desconocerlo todo de mi entorno, mirar otros cielos, que el viento me sople su nombre por saberse extraño.

Quiero coserme a la nariz nuevos aromas, que otros sabores me asalten el paladar y lo conquisten. Que algún día un olor nada frecuente me los evoque con remite claro.

Quiero que el horizonte se recorte siguiendo una línea desconocida y repasarla con ojos extrañados.

Quiero que el sol diario salga en otro lugar y proyecte sombras de otras calidades.

Quiero que la novedad me borre de la memoria lo cotidiano. El reencuentro forzoso con ello se producirá sin remedio.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Las burbujas de la suerte

Esta misma mañana ha sido la señalada por la fortuna. La burbuja de aire que todo tubo de pasta de dientes contiene ha estallado. Ha sido la del mío, claro, porque cada uno, o cada dos, o incluso más, tenemos el nuestro. Y es algo que ocurre una sola vez por tubo. Más o menos como con los eclipses, aunque con matices. El caso es que todos los tubos esconden la suya, agazapada mientras aguarda a salir por sorpresa empujada por la presión de unos dedos que nunca esperan que surja.

Hoy ha sido el día pero, en vez de sentirme estafado cuando el tubo ha expelido su traicionero pedo de flúor, he preferido pensar que se trataba del aire fresco de la buena suerte, que hoy ha querido soplar sólo para mí.

El caso es que algunas veces he sentido que ese vacío surgido del envase se transformaba en mi propio vacío. Una oquedad que se abría bajo el desencanto de la expectativa frustrada. Al verme defraudado, podría haberme lanzado a la búsqueda de pistas concluyentes. Habría forzado la vista para leer la minúscula leyenda impresa en el plástico serigrafiado hasta hacerme con la dirección de la empresa que envasa mi dentífrico. Podría después haberme dirigido a ellos exigiendo una explicación: el porqué de esa bolsa de gas acción “blanqueante” estratégicamente situada en mitad de mi elixir. Y así, como en algunas películas americanas que van de abogados y juicios, solicitar una reparación que me compensase por tantas ilusiones de cepillado deshechas cada vez que la pompa revienta.

Pero opto por felicitarme y pensar que esta vez me ha tocado a mí y sólo a mí. Es una vez por cada tubo y si a uno le toca, será buena señal. Ese frescor del polo podría haber sido respirado por la que duerme a mi lado -Mecano dixit-, pero esta vez ha sido la mía.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Somos analógicos

Inmersos en la era digital, sumergidos en este fango fluido de ceros y unos, encuentro que el mundo de lo analógico tiene algo más de vida.

Todo en analógico tiene consistencia. Una hostia analógica no sólo es dolorosa, sino humillante además. No seré quien defienda las peleas entre colegiales, pero ahora los niños pegan con los pulgares. Viven amarrados a las consolas de videojuegos y todo, pies y puños, se activa mediante un botón. Aquel “te espero a la salida” ya no se da tanto, imagino. La razón estará en que hay que salir de clase corriendo, sin permitirse un minuto para achuchones rabiosos. En casa espera lo bueno, agarrados a un mando frente a una pantalla. Y digo yo que la ira se descargará a través de los cables del artefacto, aunque a lo mejor me equivoco: veo muchos gestos de odio y rencor en jóvenes y no tan jóvenes. Rencores siempre analógicos, claro. De los tangibles. Contenidos y realimentados en vaya usté a saber qué entornos digitales. Esa rabia antes se descargaba en escenarios reales. Algo a evitar, desde luego, pero tenía menos efectos secundarios.

Parece que las sorpresas analógicas le pellizcan más a uno. Hace años, cuando revelé por primera vez una fotografía, aquello me produjo una admiración de la que no lograba salir posteriormente, cada vez que volvía a la sala oscura. ¡Ver un papel bañándose en una cubeta y comprobar que algo iba naciendo en su superficie, como elevándose entre blancos y negros… eso era asombroso! Y lo sigue siendo. Ahora miro las fotografías que hice siguiendo todos aquellos pasos cuidadosos y todavía las veo emerger, subir hasta mostrarse como son. Parecen seguir luchando por abandonar su estado latente, aunque hace mucho tiempo que se hicieron visibles. La fotografía digital tiene otras ventajas que todos conocemos. Muchas, sí. Pero nunca me brindará el pellizco de la imagen que se “hace” en un delicioso proceso de alquimia.

Y nuestro flujo neuronal, que es lo más parecido a esa transmisión digital de ceros y unos, se transforma en sensaciones para nuestra piel, sonidos ante los que poder hacer oídos sordos, visiones no sé si lúcidas, sabores –ojalá siempre fueran dulces–, y olores que remiten a todo lo demás y activan en el cerebro ese vaivén de mensajes en Morse.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Marcados

Es la anatomía de lo ocurrido. Cada cosa que hacemos va transformando nuestro aspecto. Unas veces se nota y otras no. Cuando exploramos nuestro cuerpo vamos dando con las marcas que va dejando la vida. Algunas son muy fáciles de encontrar: ha pasado poco tiempo desde que algo las ha originado o se muestran con vehemencia, saltando a primera vista. Otras, en cambio, se han desleído con el tiempo, se han reducido en comparación con el resto del cuerpo, que ha seguido creciendo, o han quedado ocultas por el vello o algunos pliegues no deseados.

Son los accidentes de nuestro propio físico. Sólo hace falta ponerse el sombrero de explorador forrado en caqui, las botas de cuero viejo y avanzar centímetro a centímetro intentando hallar las señales de lo vivido. La piel tiene memoria, que diría un dermatólogo. Guarda el recordatorio claro de lo que nos ha pasado y lo expone para nuestros ojos, dispuesta a resucitarlo todo al primer vistazo.

En este dedo de la mano izquierda veo mi paso por aquel albergue de Viena desde el que tuve tan cerca el Schönbrun, donde Maria Theresia, die Kaiserin, quiso reunir a su incontable familia para que siguiesen multiplicándose hasta el infinito.

Un poco más arriba, cerca de la muñeca, me acuerdo de los ratos difíciles pasados hasta llegar a tiempo a inaugurar el Time Festival de Gante. Hubo mucho trabajo y no tantas satisfacciones, salvo la de haber convivido con la gente del Teatro de los Sentidos. ¡Qué grandes son!

En mi pecho se perpetúa un día en una piscina de Villar del Olmo. Aunque hace muchos años que me cuesta tenerlo presente, todavía huelo la sustancia yodada que me pusieron en la enfermería.

Mi frente alude a una varicela. Mientras la padecí sospecho que mis uñas se convirtieron en garras afiladas que no pude parar de "usar". De pequeño, en el cole, alguna vez me hice el interesante vendiendo alguna de esas marcas como la cicatriz que conservaba de una horrible caída. Ya se sabe, los niños y sus heridas siempre heroicas.

Mi rodilla derecha invoca uno de los peores momentos que he pasado nunca sobre el sillín de una bicicleta. Concretamente en Piedrabuena. Una cuesta abajo. Qué suerte tuve de que la hazaña tuviese lugar a finales de agosto, pues pocos días después podría fardar de costra ante a mis compañeros de clase.

Y podría seguir. Claro.

Sólo es cuestión de recorrer con paciencia la superficie de cada uno para obtener un resumen de los hitos de nuestros días. Una autobiografía que se escribe sin pluma ni papel.

lunes, 25 de agosto de 2008

Deporte sin deporte

Terminan los Juegos y sigo sin sentir el gusanillo. ¿Ese bicho lo lleva uno dentro, como de serie? ¿Le entra a uno por algún lado? Si es así, ese lado yo lo debo tener bien cerradito. En fin, sea cual sea ese lugar, creo que le va a costar colarse por él.

Aunque he hecho un poco de todo -sin pasarse, claro-, nunca me he visto practicando un deporte y disfrutando con ello. Mucho mucho, no. Será que de pequeños sólo jugábamos al fútbol y algún otro juego con una pelota en el que yo no era de los mejores. Digamos que más bien mediocre, sin entrar en detalles que me pongan en una evidencia aún mayor -no me gusta sacarme los colores-. Quizás eso me desanimó a la hora de lanzarme a practicar otras cosas con las que haberme sentido bien. Podría poner algún ejemplo, pero no se me ocurre.

Sin embargo, me gusta ver las competiciones en las que encuentro algún estímulo. Puede ser estético, como en la gimnasia o en la natación sincronizada. Puede tener que ver con el sacrificio o el espíritu de superación, como cualquier prueba de atletismo. Tener un componente de precisión y concentración máximas, como el tiro con arco. Incluso tener toda la carga de la tensión de un momento clave, como el final de un partido de baloncesto muy reñido.

El lema olímpico, Citius, Altius, Fortius, afortunadamente, puede aplicarse a muchos aspectos de la vida. El olimpismo, a pesar de haber degenerado en algo adulterado por todo tipo de intereses, sigue teniendo muchísimas virtudes. Aunque ver todo ese derroche de energía y esfuerzo no me va a despertar las ganas de salir brincando por ahí, al menos sí que induce corrientes positivas que me alientan. Y eso está bien.

domingo, 24 de agosto de 2008

De palomas

Hace ya casi quince años que, por prescripción del doctor -que no médico-, unos cuantos universitarios leímos Estatua con palomas, de Luis Goytisolo. No recuerdo mucho de la novela, salvo que había en ella algo de autobiográfico y que remitía al imperio romano en una comparación entre el mundo actual y aquél. Y poco más. Una mañana le comentamos al profesor que el libro nos estaba aburriendo. "Es que lees, y lees, y lees, y no pasa nada", alguien dijo. Dado que las lecturas también eran materia de examen y acabaríamos teniendo que prepararlo junto al resto de los temas de la asignatura, parece que quiso evitarnos el trance. "Bueno. Acabad de leerlo si os apetece, aunque no entrará en el próximo parcial". Con los años supe que aquella novela era Premio Nacional de Narrativa y pensé que, quizás, la habíamos menospreciado. Tal vez no era el momento de leer una historia así y nos costó mucho adoptar el tono y el ritmo propuestos por el autor.

Nunca he sabido distinguir una torcaz de una tórtola. Las dos son palomas, pero debe de haber sus diferencias. De niño salía con mi padre al campo, donde me enseñaba muchos de los secretos que guarda la naturaleza. Gracias a él hoy reconozco cuatro cosillas -pocas, para todas las que me contaba- y puedo disfrutar de mis escapadas poniendo mayor interés por lo que me rodea. En su afán didáctico, siempre avisaba: "Mira, una torcaz". Y, cuando miraba, ésta ya se había ido lejos o yo seguía sin ser capaz de distinguirla de cualquier paloma común.

Okupo un piso frente al cual el alero de un tejado da albergue a muchas, muchísimas de estas aves. Han hecho su vivar de un holgado canalón. Unos cuantos metros de vivienda donde criar a sus pollos durante todo el año. Se las ve entrar y salir, salir y entrar. Aletean sonoramente, con zumbidos amplificados, anunciando que ya se van o que están de vuelta, con el buche lleno tal vez. Dentro de su refugio arrullan, turnándose unas con otras, y los vecinos se dan por enterados de su presencia en casa. Me asomo a la ventana y, como en una de esas colmenas que los científicos han cortado en sección para el estudio de su actividad interior, puedo ver el trasiego repleto de espasmos de todas ellas.

Y su plumón, pegado al aluminio desde el que observo, blanco como un copo de nieve, suave como la nata, vibra con el viento queriendo volar.

jueves, 21 de agosto de 2008

Libros útiles

¿Por qué leemos? ¿Para qué recorremos con la mirada líneas y líneas hechas de caracteres que se casan para adquirir sentido y se divorcian cuando carecen de él? Supongo que para informarnos, para adquirir conocimientos nuevos, o porque sin leer es imposible estudiar. Esa debe ser la parte más práctica del asunto.

Pero también existe otra dimensión. Y en ella escuchamos nuestra voz interior, que adquiere otros timbres, otros colores distintos a los propios. Así nuestros sonidos recónditos se miden con los demás, se ponen a dialogar y se cuentan sus intimidades.

Leer como vía para llegar a la intimidad. Recreados en nuestra soledad, que se enriquece en los contextos imaginados, junto a todas las cosas que existen entre las frases, en los párrafos, en los artículos, en los capítulos. También nuestro aislamiento se hace rico cuando asistimos a los quehaceres de quienes pueblan esos mundos inventados. Invenciones sacadas de la vida misma que ensanchan nuestro mundo.

Qué grandes son las fantasías que descubrimos en nuestra adolescencia, mientras buscamos nuestra identidad. Llenos de dudas y desvelos, nos entregamos a las ficciones para sentirnos alejados de una realidad firme que nos amenaza llena de intransigencia. Y a la vez vamos convirtiendo ese refugio hecho de tinta y papel en un sólido refuerzo para enfrentarnos con todo lo que nos enseña los dientes ahí fuera. Dentro de las fábulas podemos ensayar, hacer experimentos con la gaseosa que siempre nos permitirá volver atrás sin haber arriesgado nada que no pueda salvarse.

En nuestra juventud encontramos necesario ese recogimiento lector para separarnos de quienes impiden que nos reconozcamos como únicos. Queremos apartarnos de las relaciones con nuestros padres o con otros mayores para empezar a descubrirnos. Y si eso nos satisface, acabamos leyendo a todas horas, en todas partes, ignorando que estamos ahí. Empezamos a vivir en otras vidas, en otras historias.

Pero hay un momento en que el poso que tales vivencias han dejado en nosotros pasa a estar en el plano más consciente, a entremezclarse con los detalles corrientes que están en las cosas del día a día. Y así, como en un círculo que se cierra, volvemos al aspecto más práctico que encontramos en leer. Ahí es donde todo lo leído pasa a ser parte de nosotros, empieza a sernos útil.

martes, 19 de agosto de 2008

En busca de lo auténtico

¡Vayamos a todos los lugares remotos del planeta antes que nadie! ¡Vivamos lo auténtico cuando todavía los demás lo ignoran! ¡Jactémonos de conocerlo en exclusiva, de haber sido los primeros en poner su pie allí! ¡Esa huella es la mía: la del primer hombre que pisó aquellas tierras!

Todo ello y mucho más está aquí, encerrado en este pequeño ingenio compuesto de una botonera y un objetivo con lentes que apresan el mundo. Ya verás que no te miento. A las pruebas me remito. Fíjate, qué lugares. Y una vez allí, tampoco sientes que hayas ido tan lejos. De verdad. Puedes pedir la misma bebida que sueles tomar aquí y, si te empeñas, te hablan en tu misma lengua. Ya ves, en el fondo está más cerca de lo que parece.

¿Por qué no nos adelantamos a esas empresas que lo llenan todo de su publicidad, de su mercadotecnia? Que ninguna de sus etiquetas marque uno sólo de los objetos que ahora nos son tan lejanos. Creamos que pueden seguir impolutos para siempre. Que no se apropien de ellos haciéndonos creer que si existen es gracias a su creatividad, su tecnología y su buen hacer. Busquemos lo más exótico, lo más ajeno, alejado -o cercano- a lo que vivimos y respiramos a diario. Protejámoslo de quienes intentan atarle un cordón del que tirar para acercarlo a todo lo que les es familiar. Ellos y sus clientes quieren seguir inmersos en su ambiente inmutable, temerosos de encontrarse perdidos entre tanta novedad, atormentados por el miedo a no reconocerse si les cambiamos el decorado.

Algún día se habrán perdido las pistas de lo que es de acá o de allá. Nos preguntaremos por la esencia de las cosas, que será difícil determinar. Su origen, allí donde nacieron, quedará oculto. Su procedencia, allí donde se fabrican, será lo único que sepamos de ellas. Sólo una etiqueta que ni siquiera habrá conservado un pequeño rastro impreso. Y si todavía existe algún libro lo consultaremos intrigados en busca de algo de claridad.

viernes, 15 de agosto de 2008

Más móviles

Hace unos nueve años, cuando me saqué el carnet de conducir, compré uno. Eran muy baratos. Casi todo su coste era saldo para hacer llamadas o enviar mensajes. Lo quería para llevarlo encima cada vez que cogiera un coche. Sólo por seguridad. No todo el mundo tenía, aunque ya empezaban a ser habituales. Pocos años antes cualquiera que paseaba por la calle agarrado a un móvil era un esnob, un lechuguino. Si no lo necesitaban para sus negocios y el "busca" era todavía la herramienta habitual utilizada por las empresas para localizar a sus empleados, es que eran todos unos engreídos que alardeaban de tecnología pegada a la oreja.

Hoy el móvil se ha convertido en algo casi imprescindible. Tras difundir tu número entre los tuyos, éste pasa a ser la primera opción de quien quiere localizarte. El número de tu teléfono fijo pasa a dejar de existir para casi todos. Menos para los comerciales, que no dejan de insistir tratando de venderte la mejor conexión a internet del mundo o la tarjeta de crédito con la que dejarás de preocuparte por la inflación. Y eso cansa mucho.

Nadie usa ya agendas de papel y tu número fijo quedó apuntado en alguna página olvidada de una de ellas. La tinta ha comenzado a palidecer mientras el papel amarillea. Ya no merece la pena actualizar esas viejas agendas, total, ¿para qué?, pudiéndolo llevar todo en el teléfono. Ahora sólo guardamos dos únicos datos: número de móvil y dirección de e-mail, que almacenamos en sus recipientes correspondientes. Cualquier día, si uno necesita algún dato adicional, siempre puede pedirlo. "Ya te enviaré mis señas por correo electrónico". Pero nunca llegan. Alguna vez uno se encuentra en un lugar remoto y se le ocurre que sería un bonito detalle enviar una postal a alguien. ¿Pero a qué dirección?

Y si te llaman al móvil y éste no está operativo, ya casi nadie se molesta en intentarlo con el fijo. Entre otras cosas porque no está memorizado en su agenda SIM. Todos los huecos de la tarjeta están dedicados a números "portables". No es como antes, que si alguien te llamaba a casa y no estabas, volvía a insistir más tarde. Ahora sabemos que el primer intento habrá quedado reflejado en algún lugar suspendido sobre las microondas y entrará en el móvil receptor cuando éste sea encendido. "Verá mi llamada y sabrá que quiero decirle algo".

En mi caso, el móvil nunca ha sido un objeto al que he tenido apego. O no me acuerdo de encenderlo o, ya conectado, se me olvida llevarlo conmigo. Ahí se queda, en algún lugar de la casa y anejos. Será que no están hechos para mí. Lo siento por quienes intentan localizarme y no siempre lo consiguen. No me preocupa lo suficiente, así que puede pasarse días apagado sin que logre echarlo de menos. Y digo yo... ¿no sigue existiendo el fijo?

miércoles, 13 de agosto de 2008

Pendientes y dependientes

A mi alrededor muchos dedican todo su tiempo a mirar, manosear, abrir, cerrar, teclear, escuchar,... pocos a hablar... Todos centrados en su móvil. Echo de menos los días que los objetos más habituales entre las manos de los viajeros eran libros, revistas, cuadernillos de crucigramas y otras cosas carentes de batería.

No me molesta que se utilicen estos teléfonos de bolsillo. Nos unen y reúnen con mayor facilidad que los de sobremesa. Lo que me preocupa es la patente dependencia que de éste demuestran muchas personas. Me alarma ver a muchos llevándolo entre sus manos, pendientes de cualquier señal que pudiera provenir de él en cualquier momento. Necesitan tenerlo, sostenerlo. No se dedican a otras cosas. Sólo aguardan, esperan, velan.

Posibilidades de comunicación, todas. Comunicación efectiva, prácticamente nula. Es la dependencia que no invita a las palabras. Ésa que mantiene todas las puertas abiertas pero no anima a atravesar ninguna de ellas. Tal vez podrían guardarlo y olvidarlo hasta que algún sonido les recordase que está en algún lugar. Pero ahí siguen, aguardando expectantes a que la posible llamada llegue. O el mensaje. O decidiendo si llamar o no. O repasando los mensajes recibidos. Tal vez los enviados. Y así mantienen caliente el móvil, el objeto en sí mismo, que no el contacto.

Ahí, a su recaudo, se asemejan a una piedra mágica que el brujo debe guardar prieta entre sus dedos, entregándole la energía que mana de sus palmas. Son los escarabajos sagrados que duermen su sueño arropados. El corazón entre las manos. Son las gemas dadoras de fortuna. Hay que acariciarlas bien recogidas y el mimo despertará sus cualidades latentes. Como la luz de la perla atesorada por algún bivalvo. Esa es la luz que todos esperan ver encenderse. Y comenzar a ver en sus sonidos, empezar a oir en su claridad.

Y la espera se llena de ansiedad.

martes, 12 de agosto de 2008

Se nos va

La realidad:

El año se nos va sin darnos cuenta. Apenas. El tiempo pasa embozado, sin dejar que lo veamos. No sé si para evitarnos el mal trago.

La anécdota:

Me he dado cuenta al mirar un calendario que alguien ya tiene fijado en el mes de septiembre. Y advierto que no se ajusta al presente porque la fotografía no es para nada estival. Muestra un valle brumoso donde la silueta de dos rebecos se recorta sobre las laderas de la montaña. No parece que una estampa así sea el motivo más apropiado para un mes como este. Retrocedo en busca de la hoja anterior, la de los meses de julio y agosto. En ella la imagen la protagonizan dos jilgueros que tratan de sacar agua de un antiguo grifo de cobre. Uno de ellos se posa sobre la manilla, como queriendo hacerla girar para abrir el chorro. El otro aletea bajo la boca del grifo, buscando cualquier gota que se haya deslizado desde su interior y pudiera estar pendiendo para regalarle algo de frescor. Prefiero no remontarme más atrás, pues me va a parecer que los meses han pasado más rápido aún.

Mi realidad:

Comencé el año con nuevo estado civil: desempleado. Afortunadamente duró sólo tres meses que, para según qué cosas, se me hicieron eternos. Sin embargo, para otras, fueron cuatro días nada más. Me embarqué en la escritura de una novelita a la que aún sigo dando vueltas. Y más vueltas. Y lo que me queda. Aquellos tres meses únicamente sirvieron para arrancar el motor, ponerlo a punto, engrasar los goznes -si alguien sabe lo que esas cosas son...-, en fin. Para esa tarea el trimestre se hizo muy corto. Y también para otras que no llegué a hacer.

Incertidumbres:

Mirar lo que le queda al año y pensar en las cosas que están por venir puede ser un estímulo, siempre que no se piense que cada vez le queda menos para terminar. Y determinadas cosas podrían no llegar. Y otras no acabar nunca.

Deseos:

Que lleguen las que deseamos que lleguen. Que concluyan las que ansiamos terminar. Y que cada cual se aplique la fórmula como le convenga.

domingo, 10 de agosto de 2008

Hablando de los Juegos

-Oye, Lu, que me gusta mucho lo que habéis hecho en Pekín con esto de los juegos olímpicos. De verdad, quería daros la enhorabuena porque la ceremonia del viernes fue impresionante. Una auténtica maravilla que nos ha dejado a todos asombrados. Qué belleza. En algunos momentos se nos ponía el vello de punta y tuvimos esa sensación de la emoción que sale del estómago y sube hasta la garganta, pero uno la ahoga por pudor más que nada. Todos esperábamos ver algo grande, que los chinos para esto sóis muy buenos ¿eh?, pero habéis superado cualquier expectativa. Menuda sincronización de movimientos, qué vestuario, qué música. Muy bien. De verdad, Lu. Y, además, nos han entrado ganas de ir a China, con esa mezcla de tradición y modernidad que tan bien nos habéis enseñado. Oye, y el que ha dirigido todo eso es el que ha hecho todas estas películas tan bonitas, las de las dagas voladoras, que nos gustó mucho, y la de la flor dorada... de ésa sólo hemos visto un trocito, pero debe ser también muy buena. Se nota que él ha estado ahí, en la ceremonia, con tantos miles de bailarines y acróbatas en el estadio del nido. ¿No es el tal Zhang Yimou? ¿Cómo se dice en chino?

-Yan I Mo.

-Yani Mu... ah, vale. Qué bien estaría saber algo de chino, pero qué difícil ¿no? Bueno, que no te entretengo más, que veo que tienes gente. Me dices cuánto es y ya, si eso, hablamos otro día.

lunes, 4 de agosto de 2008

Paraísos cotidianos

Salvia me sugiere que cuente en uno de estos apartes de mis días lo que le digo en confidencia cuando pasamos rodeando juntos la valla de mi jardín de las delicias. Yo, como en otras ocasiones, no le digo que no. Tampoco le digo que sí. Sólo le sigo transmitiendo lo que pasa cuando entro y lo paseo. Finalmente decido que sí, y aquí se lo describo, evocado a mi manera.

Me alegra verlo abierto, como a mi disposición, casi exclusivo. A diario no puedo detenerme allí dentro, a conversar con la soledad. Sólo algunos días dedico algún rato ganado a las prisas a recorrerlo con algo más de consciencia. Unos primeros pasos me llevan hacia una fuente en torno a la que se vertebra la geometría del dibujo de sus calles. Hasta alcanzar el agua camino bajo la sombra de árboles que han estado ahí durante muchos años. Este fue un jardín anónimo que abrazaba una quinta cercada por altos muros. Desde el exterior sólo se avistaban algunos árboles, que se alzaban desde dentro, como queriendo señalar que allí, junto a sus raíces, el suelo había conservado un mundo ajeno a los pavimentos y el asfalto de afuera.

La quinta ya llevaba muchos años deshabitada y el jardín se había convertido en un bosque algo dejado y enmarañado. Ya nadie desbrozaba, ni limpiaba el suelo de malas hierbas, ni podaba los árboles para dejarlos descargados de ramas inconvenientes.

Debió ser un jardín salvajemente secreto que algún niño disfrutaría haciendo de él su amazónico deleite. Y entonces llegó la idea afortunada de alguien que lo sacó de su destierro. Así pues, los árboles de ayer encajaron en el diseño de hoy y le dieron el poder que sólo tienen los seres muy vividos.

Camino resguardado por su proyección de encaje hecho de sombras y luces hasta llegar al sencillo surtidor que despide con presión ajustada un ramillete de chorros. Agua que describe un arco en el aire y lo rompe después, haciéndolo pasar de su rigidez metálica a la segmentación de varias gotas que se persiguen las unas a las otras. Me parece que son cuentas transparentes que se deslizan escapando del hilo que, hacía unos instantes, las sostenía atravesadas por sus entrañas. Y caen liberadas, ansiando diluirse en el pequeño estanque al que llegan para dejar de ser únicas. En él viven sumergidas algunas plantas de papiro cohabitando junto a las calas, cuyas flores blancas reflejan el sol como pequeñas velas que recogen el viento y multiplican sus rayos.

Continúo refrescado por el agua y las sombras generosas. Me es posible, durante sólo unos instantes, caminar junto a parterres de flores combinadas con tino, hasta llegar junto a las puertas de la casa que se asienta dentro del paraíso. Es la quinta desde cuyo torreón el inquilino siempre enigmático que imagino puede vigilar cualquier cosa que ocurra en sus dominios. Es el guardián del edén, ocupado en seguir el discurrir del tiempo y de quienes lo habitan permanente o, como yo, fugazmente.

Prefiero recorrer este pequeño paraíso por la mañana, cuando la mente no está cargada de pensamientos desatentos. Es este el lugar donde a veces encuentro mis ficciones, las más buscadas, que son lo único real dentro de este absurdo de la vida.

jueves, 31 de julio de 2008

Des-seguridad

Nunca podemos dar nada por seguro. Ni siquiera cuando ya ha pasado, cuando ya ha sido. Eso tampoco.

La calma ha llegado tras el temporal y lo que veo es: que la tormenta ya se ha ido. Me relajo y salgo a descubierto con total despreocupación porque nada me acecha ya. Y le entrego mi confianza a ese claro que cada vez se abre más y más. No esconde nada, tan diáfano como es. Eso me tranquiliza.

Pero lo que no sé es que tiene otra cara que nunca me muestra. Tampoco en esta ocasión. Su bondad aparente me tiene encantado, alejado de la sospecha. ¿No debería plantearme que una buena faceta puede tener su lado turbio? Me temo que sí. Pero ya es tarde y, nuevamente, la vida vuelve a jugármela con sus cartas marcadas.

Lo que veo no es todo lo que hay. Por desgracia. Por fortuna. Así que no puedo dejarme en paz; tengo que renunciar a la sensación de seguridad dada por tanta quietud.

martes, 29 de julio de 2008

Sjón

Bailar en la oscuridad fue la estremecedora revelación de Björk en el terreno de la interpretación. La acompañaba Catherine Deneuve, pero ni siquiera su belleza lograba restar destellos a la estrella de la islandesa.

Lars von Trier quiso que las letras de las canciones de esta película fuesen de Sjón, un autor compatriota de Björk que ya destacaba dentro de la vanguardia de las letras nórdicas.

Ayer ocupé mis ratos de lectura con una novelita de Sjón -cuyo nombre completo es Sigurjón Birgir Sigurðsson- que me llevó a los hielos glaciares de Islandia y me tuvo encantado, envuelto por su calidez.

Calidez y calidad la de El zorro ártico, una breve joyita que me lleva a vivir una historia de cazadores cazados llena de la sensibilidad y la poesía que destilan su concisión y, podría decirse, necesaria parquedad.

Cuatro capítulos que acaban entrelazándose y revelando un misterio, empleando elementos mitológicos y del folclore de aquel país para acabar haciendo justicia y poner al malvado en su lugar. Es la Islandia de mediados del siglo XIX, en su aislamiento esencial; donde todo, lo bueno y también lo malo, provenía del mar.

jueves, 24 de julio de 2008

Vide cor meum

Una noche, hace ya unos años, se produjo un curioso cruce de "Dantes". Yo leía en el magnífico blog de Ana Alcolea un post sobre La Divina Comedia a la vez que escuchaba el Vide Cor Meum, una pieza musical compuesta por un irlandés, Patrick Cassidy, que se basa en un soneto de La Vita Nuova, también de Dante.

Sé muy poco sobre la obra literaria, salvo que habla en ella de sus primeras incursiones en la poesía. Es, seguramente, un trabajo menor, aunque para mí es algo extraordinariamente grande que inspiró uno de los hitos musicales en mi vida. Se trata de una ópera de la que sólo existe un dúo y coro, este Vide Cor Meum. Cassidy lo compuso para Hannibal, de Ridley Scott, quien después lo volvió a incluir en El reino de los cielos. Es toda una delicia.

Fue una casualidad que quise comentar en el blog de Ana y hoy también en este. Dejo el enlace de Youtube. Hay muchos vídeos colgados, pero el más neutro es este con la única imagen de su autor. También se pueden encontrar algunos más con imágenes de las secuencias en las que aparece en la películas que menciono. En esos casos no se incluyó la pieza completa.

Posteriormente ha aparecido en un disco de Katherine Jenkins, que se hizo acompañar por Rhys Meirion. Esta es la primera grabación, la que se hizo para el cine, con voces de Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti que interpretan en una escena de Hannibal a Beatrice y Dante, respectivamente. Es, a mi juicio, la mejor.

A disfrutar:

http://es.youtube.com/watch?v=j2Wv5AvqzfE&feature=related

Ahí va el texto.

Coro: E pensando di lei
Mi sopragiunse uno soave sonno

Ego dominus tuus
Vide cor tuum
E d'esto core ardendo
Cor tuum
(Coro: Lei paventosa)
Umilmente pascea.
Appreso gir lo ne vedea piangendo.

La letizia si convertia
In amarissimo pianto

Io sono in pace
Cor meum
Io sono in pace
Vide cor meum

miércoles, 23 de julio de 2008

Vida de una mosca

¡Hay que joderse!, si no tuviera esta cabeza gorda podría meterme por ese agujero y acabar mis días entre toda esa comida, poniéndome ciega. El caso es que... parece estar en buenas condiciones, aunque ya me encargaría yo de echarla a perder. Pero... ajhhh... zffgff... nada, que no hay manera de colarse. ¡Quién me mandaría a mí entrar por esa ventana! Ahora está cerrada y, por más que busco, no hay forma de salir de aquí. ¡Jo-der!, estoy atrapada en un puñetero piso. Hace días, antes de marcharse, lo dejaron todo limpísssimo. Y, claro, ahora no hay nada que chupar por ninguna parte... y ya parece que me empiezan a faltar las fuerzas. Ayer podría haber volado entre la gente, dando el coñazo bien a gusto y haber escapado de cualquier manotazo, incluso del más rápido. Hoy me cazarían a la primera. Estoy en las últimas. Y toda esa comida... para la que pueda entrar ahí, que yo ya...

¡Ay qué leche! En mi próxima vida, cuando vuelva a ser una larva, saldré de una buena boñiga seca y viviré a cuerpo de zángano en una cuadra. Eso es. Seré una mosca del estiércol. Y para la siguiente... uhmmm, ¿qué tal sería darle a este cuerpazo un poco de color? Sí, ese tono verde metálico y glamuroso de las moscardas más petardas. Y me pasaría el día por ahí, entre el pienso en descomposición y los huevos putrefactos... ¡Y a vivir, que son dos días... como mucho!

viernes, 18 de julio de 2008

De embarazos y jardineros

Hace unos días, sesión doble de cine en casa. Cuando no se saben aprovechar las oportunidades que la cartelera brinda en pantalla grande, no queda más remedio que esperar a rescatarlo en deuvedé.

Por un lado, Juno y esa visión práctica y optimista de un embarazo no deseado con resultado feliz en dos direcciones. El mérito está en convertir este drama en una comedia pasándolo en todo momento por la acidez y la mala lengua de su protagonista, una adolescente que decide tener la criatura y darla en adopción.

El guión es el fuerte de la historia y sospecho que el personaje protagonista, encarnado por Ellen Page, podría haber sido la mismísima Diablo Cody, su autora. Quitémosle unos quince años y mantengamos sus valores sólidos y su personalidad que hace de los problemas una nimiedad. Así me imagino a la guionista, cuyo pasado salvaje está en la tinta de su pluma.

¡Ah!, y ese toque de cuento que se despega de lo cotidiano y le da empaque y valores literarios a la ficción. Esta película trae frescor a este verano que empieza a ponerse calentito. Al igual que Conversaciones con mi jardinero, una historia francesa hecha desde el cariño y el profundo conocimiento de la esencia de la amistad.

Dupinceau et Dujardin, o lo que es lo mismo: Del Pincel y Del Jardín, los dos hombres cuya relación nace y se enriquece a lo largo de la película. Un pintor que huye del gran París en busca del sosiego del campo en su pueblo natal y un ferroviario jubilado al que éste contrata para que le haga un huerto y se lo cuide.

Pinceladas largas que van dibujando los retratos de los dos. Daniel Auteuil y Jean-Pierre Darroussin dan carne a estas dos visiones del mundo que se encuentran y combinan, dándose alimento la una a la otra.

Hermosa historia de diálogos sencillos en la que admiro cómo se pinta y se cultiva la amistad entre dos hombres.

miércoles, 16 de julio de 2008

La cena

El joyero ofreció a su clienta un medallón con forma de corazón. Era exactamente lo que ella buscaba: una lámina de oro que representaba un corazón listo para quebrarse en dos.

-Fíjese. Cuando usted proceda, cada trozo tendrá su propia anilla para poder colgarlo de una cadena. Él deberá llevar su mitad y usted la de él, claro.

Durante toda la tarde, mientras preparaba una cena deliciosa y vaciaba todo su armario sobre la cama hasta decidir qué ponerse, miró a ratos la cajita envuelta con un papel negro brillante y una cinta blanca irisada.

Tenía ganas de abrir el paquete para contemplar otra vez su corazón junto al de él. Llegaría el momento esperado, le pediría que hiciera los honores y su amor separaría las dos partes. Cada uno tomaría la suya para entregársela al otro. Se llevarían el uno al otro para siempre.


La cena con velas resultó aburrida. Ella estaba muy nerviosa y no conseguía sacar conversación. Todo lo que se le pasaba por la cabeza le resultaba una tontería que estropearía lo que estaba por venir. Prefirió callar, esperando a que él rompiese el hielo.

Pero él no habló. Se limitó a engullir con rapidez el contenido exquisito de los platos que ella había preparado con tanto esmero. Llegaron al postre y a ella le costó mucho partir el pastel de trufa con el que sabía que no podía fallar. El cuchillo se atascaba. Su filo no sólo debía cortar el tierno bizcocho, sino también la tensión.

Por fin él dijo algo. Fue breve, claro y solemne. Que ya no la quería y que su corazón ya no le pertenecía a nadie. Eso dijo.

Ella permaneció muda. En unos pocos segundos dio un repaso completo a sus días con él mientras serenaba sus ganas de llorar. Sacó el paquete que reservaba con tanta ilusión, le quitó la cinta blanca irisada, retiró el papel negro brillante y abrió la cajita en la que el joyero había puesto el medallón. No le pidió que hiciera los honores. Los hizo ella misma. Tomó la pieza de oro y, con ambas manos, en ritual eucarístico, la partió en dos. Entonces salió de su silencio:

-Te equivocas. Tu corazón le pertenece a alguien. Es todo tuyo. Toma, quédatelo.

Después le hizo ver cómo se guardaba el suyo.

miércoles, 9 de julio de 2008

Lo que fue

La casa de mis abuelos aún se alza en mi recuerdo. Hace muchos años que se transformó en tres casitas adosadas, propiedad posterior de mi padre y sus dos hermanas. El abuelo no llegó a conocer aquel producto de su herencia, aunque se ilusionó con quizás poder ver la obra terminada cuando se mejorase de su enfermedad.

De haber ocurrido así, habría reconocido su lila, conservada a un lado del patio, junto a la tapia sur. Hoy sigue dando hermosos racimos de florecillas de belleza y olor intensos. También el abuelo habría identificado parte de los suelos de su casa, que mi padre salvó de acabar entre escombros y formó con ellos un gracioso mosaico en el centro de la porción de patio que a él le tocó.

Esas porciones se hicieron mediante muros bajos y celosía en bloques blancos. Así se acababa con el espacio diáfano que nos permitía a mis primos y a mí rodearlo en bicicleta. Incluso montar una piscina en la que cabíamos todos cuando éramos pequeños. La llenábamos con agua del pozo que sacábamos con una manguera. Nos fascinaba observar cómo su contenido se llenaba poco a poco hasta llegar a un nivel compatible con el volumen de los cuerpos que iba a alojar y todo ese rollo de Arquímedes.

¿El pozo? Me temo que dejó de parecerse al que fue. La obra redujo su brocal y lo condenó a quedar adosado a una fachada interior de una de las casas. Por fortuna su parte subterránea perduró y el agua sigue estando ahí.

Del resto de la vieja casa no quedó casi nada, salvo algunos objetos que también se repartieron, pasando a formar parte de otros entornos y decorados. Como los serijos que el abuelo hizo con el esparto que tanto le gustó trabajar. Llevan mucho tiempo instalados en un contexto algo más urbano y me gusta admirarlos como memoria duradera de su maña artesana.

El abuelo. Fue labrador, aunque yo le recuerdo como un hombre sabio; un gran lector. Cómo me habría gustado conocerle más y mejor.

martes, 8 de julio de 2008

De vuelta

Vuelvo del pueblo con la sensación de haber recuperado algo. De haberlo rescatado si acaso.

Veo que ha crecido y que, lejos de envejecer, se ha cuidado y renovado. Un paseo por el centro me devuelve imágenes que ya conocía y me regala otras tantas que me alegra descubrir.

Echo de menos el adoquinado de la calle Real, que quedó sepultado por el asfalto hace ya años. Eran adoquines negros, trabajados en la piedra procedente de los volcanes dormidos de las montañas que rodean el pueblo. Quién sabe si algún día sus conos despertarán y, tras echarlos en falta también, arrojarán de sus entrañas nuevos bloques que formen otra vez aquel sólido pavimento.

Encuentro, además, algunas viejas tiendas cerradas o sustituidas por comercios modernos. Ahora tendría que pasar al autoservicio Telesforo para obtener la misma compra que, hace años, habría hecho "en ca Ramiro". Son el mismo lugar, pero el cambio es sustancial.

Veo, a cambio, alguna calle renovada con muy buen gusto y conozco el nuevo teatro, un auditorio al aire libre, un centro de enseñanza secundaria, un centro cultural, la ampliación del ayuntamiento...

Las cosas se han movido, como el agua del río, que me parece más bonito que nunca. El baño en la Tabla la Yedra es ahora inmejorable y una estupenda atracción para muchos que llegan de los alrededores.

Lo que no se mueve es el castillo, que sigue impertérrito en lo alto de su loma. Más erosionado tal vez y con algunas piedras que han dejado de alzarse en sus muros, formando ya parte de un montón a sus pies.

Y subir a la Sierra de la Cruz se ha convertido en una delicia, perfumada en pleno julio por los romeros y tomillos que crecen entre las jaras y los chaparros de su monte bajo. Veo atardecer desde las cimas, contemplando todo el pueblo tendido allá lejos y doy al sol por desaparecido en cuestión de segundos.

Por la noche todo el mundo sale a la calle, algo aliviada ya de tanto calor. Encuentro muchas caras que me son familiares y que los años no han cambiado del todo. Hablo con algunas personas y me parece que el tiempo no ha transcurrido desde la última vez.

Todo cambia y, a la vez, permanece.

viernes, 4 de julio de 2008

El pueblo

Vuelvo este fin de semana a mi pueblo paterno, Piedrabuena, en Ciudad Real. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Y mucho más sin haberlo pisado en verano.

De niño, parte de las largas vacaciones transcurría allí. Recuerdo con detalle la casa de mis abuelos, sus grandes puertas falsas pintadas de verde y el patio al que se abrían.

Añoro las horas a la sombra de un toldo de lona blanca, resguardados del sol, aunque no tanto del calor. Las paredes de adobe y piedra que el abuelo encalaba cada año daban paso al frescor del portal que distribuía las alcobas a izquierda y derecha. No lo conocí aún sin sus coloristas suelos de cerámica, cuando por él pasaban los perros, la mula y alguna gallina que picoteaba llevada por su búsqueda mecánica de comida en el suelo.

Aquel portal era un refugio placentero en las horas de fuego intenso.

Devuelvo a mis manos la fricción de la cuerda atada al pozo. Esa pita de hilachos firmes que dejaba correr entre mis palmas tirada por el peso del cubo metálico. Y los tropiezos de éste contra las paredes interiores del pozo. Primero rozando con el cemento de la cara interna del brocal y después, más abajo, chocando contra las piedras que rodeaban la oquedad formando un cilindro que acababa sumergido en el agua del fondo. El ruido brillante de su camino de bajada se hacía opaco y sólido a medida que subía lleno, derramando parte de su contenido al ser izado desde arriba.

Agua fresca. Un poco más que la del río Bullaque, al que nos llevaban a bañarnos muchas tardes. Nos calzábamos con zapatillas gomeras y entrábamos en su quietud hasta la zona donde cubría sin alejarnos demasiado de la orilla, poblada de zarzas y juncos.

Eran veranos con bicicleta y algún que otro desollón. Veranos de juegos a indios y vaqueros en los corrales de los vecinos. Veranos de partidas de cartas y partidillos de fútbol, en los que pronto me cansaba de estar, algo desanimado por mi escasa pericia.

Entonces las preocupaciones eran como esa, del tamaño de un niño. Ese niño sigue ahí, y mañana me lo llevo de la mano, otra vez al pueblo.

jueves, 3 de julio de 2008

Maquillaje

Es fascinante ver cómo una mujer improvisa un tocador en cualquier parte. Como en otras ocasiones, el tren es el lugar en el que asisto a todo tipo de escenas. Algunas de ellas acaban repitiéndose tarde o temprano. Esta en concreto me gusta seguirla con interés.

Sentada frente a mí, esta anónima me regala una entrada para contemplar el ritual con que completa toda la operación.

Veo cómo rebusca en su bolso tamaño maxi. Oigo el cacharreo que desencadena su mano en el interior a medida que va encontrando y extrayendo todo lo necesario. Es ágil y lo tiene todo dispuesto con brevedad.

El proceso comienza y utiliza sus instrumentos con precisión. Su espejo: la luna de la ventana que tiene al lado, cuyo laminado y la luz interior del tren obran el milagro de entregarle su propio reflejo.

Un lápiz para marcar la línea de ojos, un líquido espeso que extrae de un botecito y extiende sobre sus párpados, un cepillito que sumerge en una solución de un negro intenso y que sale impregnado para ser aplicado sobre las pestañas.

Sus ojos verdes han quedado bien enmarcados y su mirada parece otra. No me la dirige, pero percibo su expresión cambiada.

El esperado momento en que tiñe sus labios ha llegado. Identifiqué su lápiz desde el principio entre sus cosas, y aguardaba el instante en que lo destaparía y, con un delicado giro, haría surgir la barra que alberga.

Rosa brillante. Unos toques a un lado y al otro. Y el retoque personal, apretando los labios entre sí. Besándoselos de fuera hacia adentro.

No emplea una brocha para sonrojar sus mejillas ni ningún otro paso añadido al proceso. Se gusta así, sin más. Ni menos.

Ha llegado a su destino y, tras devolver al interior de su bolso todo lo que sacó de él, lo cierra, se lo cuelga y abandona su asiento.

La función ha terminado.

Me llega el aire perfumado que va dejando tras de sí.

miércoles, 2 de julio de 2008

Helicóptero sobre rojo

Un enorme insecto de chapa alza el vuelo y mientras toma altura, lubrica y ejercita los músculos de un ojo que cuelga de su vientre. Una hélice gira concéntrica sobre su dorso y lo mantiene elevado y avanzando hacia el lugar objeto de su misión.

Se diría que se gobierna a sí mismo, que su ánimo le lleva donde quiere ir. La necesidad y el instinto son eficaces motores.

Hoy el calor se inventa espejismos, la bruma tensa un velo sobre lo visible y quienes miran hacia el techo de esta tarde que les abrasa, ven pasar al bicho acompañado de su ruidosa carraspera.

Comienzo a mirar por su ojo y contemplo en pleno vuelo los primeros rincones de una aldea. Y al instante, tras ver en una sola estampa toda su extensión, sus últimos recodos han quedado ya lejos.

La misma secuencia se repite de nuevo, y así otras cuantas veces. Y a golpe de vistazo rápido: otras sucesiones de campos en colcha de un patchwork de combinación esmerada.

Después de la alternancia, que parece estudiada, el ojo que pende del cielo me muestra una gran ciudad. El insecto hace virar todo su metal y, siguiendo el hilo tensado de una de las vías principales de la urbe, se sitúa colgado sobre una zona rojiza.

Es un campo de amapolas que llenan una plaza.

Aparecen agitadas por el viento.

En realidad no es un movimiento de agitación. Más bien una vibración. Se mueven a voluntad, formando un oleaje que no se atiene a ninguna marea ni corriente natural.

Quiero que el visor por el que observo me dé el detalle de los seres plantados ahí abajo. La agudeza de su lente me sitúa muy cerca. Tanto como para comprobar que no son flores rojas, de las que otro insecto más orgánico que este podría haber extraído su polen.

Son otros seres, hoy vestidos de rojo para demostrar que algo les pone en común y les iguala sobre todas las cosas. Apiñados porque se sienten unidos, vibran con una fuerza que se eleva y me alcanza.

Me impresiona esta imagen, que retengo incluso después de haber abandonado este bicho de hélices cortantes. Acallado ya su ronco rumor. Cerrado ya el párpado sobre su córnea eléctrica, el ojo por el que miré guarda en su retina los ecos rojos de un atardecer muy encendido.

domingo, 29 de junio de 2008

¡Podemos!

Cuatro puede presumir de haberlo hecho bien. Han conseguido popularizar este pulso de aliento. Un hálito que surge de dentro. Del ánimo de cada uno de nosotros.

¡Podemos! ¡Claro que sí! Queremos sentirnos capaces y darles alas para que ellos lo consigan. Si ellos pueden nosotros también. Y si ganan vencemos todos.

Yes, we can! Eran las palabras que el equipo que diseñó la campaña de primarias de Obama hizo que se pegasen a los labios de quienes le auparon hasta su victoria. Cada uno de ellos quería darle fuerzas y darse fuerzas. Todos buscamos nuestro propio refuerzo.

La misma fórmula funciona en cualquier ámbito. También en la política. Somos individuos dentro de un grupo al que damos fuerza y de él la extraemos.

Una breve arenga a la tropa. Necesaria en momentos clave. Como cuando los soldados están desmoralizados tras largos años de fracasos en la lucha.

Así somos. Y Cuatro ha conseguido que nos impliquemos y nos veamos coronados por los deseados laureles.

sábado, 28 de junio de 2008

Siempretodavía

O Everstill. Como uno prefiera.

La Huerta de San Vicente, corazón cultural granadino, recibe estos días las obras de un puñado de artistas contemporáneos que se permiten darnos su visión de García Lorca a través de su vida cotidiana en esta casa.

Siento que me cuelo en casa de Federico, que se ha marchado fuera durante una temporada, y que puedo husmear entre sus cosas sin que nadie me llame la atención. Y mi curiosidad se alimenta doblemente, pues veo cómo todos estos artistas han establecido una relación íntima con el poeta para crear algo a partir de ella. Entro también en su mundo privado.

Los García Lorca reciben varias visitas al día. Son buenos anfitriones. Me encuentro entre los concurrentes. Todos poblamos las dos plantas de la casa, al igual que muchos objetos que Federico nunca conoció pero que le resultarían como suyos de poder verlos.

Sobre la mesa del poeta, una máquina de escribir. Cualquiera puede utilizarla pero sólo conseguirá concretar unos cuantos ceros en el papel. Sobre ese escritorio ya todo se escribió. Nada queda por contar.

Dos artistas de la vanguardia actual osan acostarse en la cama de Federico y fotografiarse soñando. O aspirando a soñar lo mismo que él. ¡Quién pudiera tener una de sus pesadillas!

Alguien ha decidido devolverle la vida a la casa mediante el correo. Evocando los días que Federico mantenía su relación epistolar con Eduardo Marquina, Jorge Guillén o Ana María Dalí, o tantos otros. Cada día, sin descanso, llega a la huerta una postal que nos devuelve la ilusión de que alguien sigue recibiendo correspondencia en la casa. Se trata siempre de la misma estampa pero lo valioso es que da nueva vida a un buzón que recibe visita sin falta otra vez.

El mérito de quien nos regala un nuevo retrato del poeta a través de la literatura es también grande. Nos muestra decenas de libros en los que ha visto la presencia de Lorca plasmada de una u otra forma. Un retrato hecho de páginas que él no escribió.

Y la presencia de sus obras. Cómo no.

Un placer.

Siempre.

Todavía.

lunes, 23 de junio de 2008

Emma

Muchos días me doy de cabezazos contra las paredes del este pasillo por el que recorro la vida. Sé que me lleva a casi todas partes. Voy encontrando infinidad de puertas por las que colarme para experimentar cosas nuevas, o incluso para replantear el rumbo emprendido.

Y hay momentos en los que, después de haber visitado algo al otro lado de una de esas puertas, siento mucho no haberla atravesado antes. ¡Qué tonto!

La que da paso al mundo de Madame Bovary hace que me sienta así. Sabía que estaba ahí, disponible para ser visitado el día menos pensado. Lo que no sabía era que no era un escaparate ante el que uno se para a mirar. No. Era algo más.

He entrado a vivir.

Después de conocer a Charles, y a Emma de su mano, me he quedado con ésta última. ¡Y cómo he disfrutado con ella! Aunque también he sufrido sus frustraciones, sus anhelos y sus rencores. Por eso en algunos momentos he querido acompañarla de la mano y en otros apartarme con cuidado, por miedo a ser dañado.

La odio, me atrae, me produce rechazo, la quiero. Siento terriblemente su desgracia y la de los suyos. Suyos muy a su pesar.

Aun así, siento mucho no haberla conocido antes. Por eso voy lamentándome contra estas duras paredes.

jueves, 19 de junio de 2008

Mi radio

En mi vieja radio, la de bolsillo comprada durante mi primer curso universitario, aparecen sonidos que echo de menos en otras radios. En una nueva, mucho más pequeña, con pantalla LCD y memoria suficiente para grabar la emisión completa de Radio Nacional, sólo encuentro tecnología, pero nada de encanto.

Mi radio de siempre, aunque ahora parezca un cacharro, ya era muy pequeña en su momento. Tenía tanta o más tecnología, pero de la de hace años, claro. Tiene una carcasa plateada que ha perdido todo su brillo con el tiempo y el uso. Cuenta con las marcas de la batalla diaria y con los golpes de innumerables caídas involuntarias. Ella no las quería, ni yo tampoco. Pero sigue dándome las alegrías de siempre. Sólo me pide pilas. Nada más. Y le cunden mucho. Ya lo creo. Qué buena es.

Tiene una rueda con la que siempre he encontrado en el dial todas las emisiones que me han interesado. Todo un placer dar con algo nuevo, que se sale de la rutina, de lo más trillado a diario, y de esos lugares comunes entre todos los oyentes. Comunes, incluso, conmigo mismo.

Girar esa rueda es casi darle a la fortuna un motor y ponerla a rodar. Un milímetro en el dial es un trecho largo en el mundo. A mí siempre me ha gustado ir haciendo paradas y detenerme a husmear entre los sonidos que voy encontrando a lo largo de esa regla de centímetros desiguales. Puedo saltar de un punto a otro trazando siempre una linea recta, y así me dirijo directamente al grano, sin dar rodeos.

Me muevo en un espacio de ruido de nieve, la nieve de las frecuencias en blanco por las que debo transitar hasta dar con alguna válida. Y cuando la encuentro está llena de sonidos que acaban dando sentido a mi travesía casi esteparia. Me quedo admirando las vistas y permanezco, o decido marcharme a otro sitio. Salto de una canción a otra, de una voz a otra, o de todas ellas al silencio.

Y todo ello sólo con mi ruedecita.

Por eso me gusta más mi vieja radio.

viernes, 13 de junio de 2008

La llamada

Jack viajaba en un autobús urbano. Era lunes. De madrugada. A esa hora Madrid aún dormía y todavía no se habían desperezado las primeras almas para comenzar otra semana más. Se había montado en Cibeles y se dirigía hacia Canillejas, confirmando por el camino que el conductor hacía la misma ruta de siempre. Ninguna alteración sobre lo previsto.

Tercera parada del trayecto. Una chica subió y tomó asiento enfrente de Jack. Le sonrió abiertamente y dejó que su mirada se perdiese hacia el fondo del autobús.

Jack la observó con interés. Advirtió cómo ese gesto amable y momentáneo se había empezado a borrar de sus labios. Sus ojos se estaban entristeciendo, una pena enorme se escapaba de ellos y empezaba a envolverla toda entera. ¿Por qué aquella sonrisa tan hermosa se había perdido en la amargura? Se preguntó Jack al tiempo que su teléfono empezó a sonar. Era una llamada de origen desconocido.

-¿Sí? -atendió. Una voz le dijo al oído algo que llevó su interés de nuevo hacia la chica. Cabeceó asintiendo, sin perderla de vista, como queriendo establecer contacto con ella.

Con el móvil pegado a la oreja, incredulidad ante la situación y mucha cautela, trató de llamar su atención con su otro brazo, el que no sostenía el aparato. Los ojos apenados que antes miró sin que le vieran, ahora se posaban otra vez en él.

-Disculpa. Es que... esta llamada es para ti -la chica mostró su enorme extrañeza y, sin decir nada, tendió su mano para recoger el objeto que Jack le estaba ofreciendo. Se puso al habla.

-¿Hola?

Jack escrutó su expresión. La chica miraba al suelo y también le miraba a él. Sólo le transmitía sorpresa y recelo mientras atendía a lo que alguien le decía a través del auricular.

Parecía un monólogo del que Jack no podía escuchar nada, aunque la cara de su, ahora, invitada empezaba a translucir otro color. Algo de luz iluminaba la cabina del autobús y no provenía de las mortecinas farolas que pespunteaban la calle. Su abatimiento tendía a desaparecer.

Se le volvía a escapar la misma sonrisa que Jack recibió de ella cuando se sentó frente a él, y se la volvía a dedicar completa. Vió en sus ojos un chispazo de alegría que le hacía olvidar la inmensa tristeza que le había transmitido. Era como si su aflicción hubiese quedado aislada en un segmento del tiempo que, afortunadamente, ya estaba enterrado.

-Gracias. Muchas gracias -dijo la chica a su interlocutor. Colgó la llamada, se levantó de su asiento y le devolvió a Jack el teléfono poniéndoselo sobre una mano. Cogiéndole la otra, reunió las cuatro manos, las suyas y las de él, con el móvil arropado entre todas ellas. Ahora estaba feliz y quería que Jack participase de su momento.

El autobús paró, le dió un beso y corrió hacia la salida para alejarse sin mirar atrás. Se la vió doblar una esquina mientras el vehículo marchaba adelante.

Jack atesoraba el aparato entre las palmas de sus manos, encerrándolo como oro dentro de un cofre. Imaginó que ese mismo cofre se abría y la sonrisa recobrada de la chica salía de él llenando todo su entorno de dicha.

Bip bip. Bip bip. Era un mensaje. Nuevamente un desconocido. Se apresuró a leerlo.

"Gracias, Jack. Juntos hemos logrado algo hermoso".

jueves, 5 de junio de 2008

Los unos y los otros

Uno dice que no ha sido él, que ha sido el otro. El otro le replica que no sólo no lo ha hecho, sino que es algo que jamás haría y que es propio del estilo del uno.

El uno se defiende y señala que no sabe de qué se le habla. Ya no se acuerda de cual era el objeto de su acusación sobre el otro.

El otro aprovecha para jactarse de algo que ha hecho. El uno opina que no está bien y que él lo habría hecho mejor. El otro se ofende y le recuerda al uno que cuando tuvo ocasión de hacerlo no lo hizo, por lo cual ahora no está autorizado a reclamar.

El uno calla al respecto y se atribuye el mérito de otra acción muy distinta de la que el otro también se considera responsable. De hecho, cree que no se habría conseguido sin su aportación. El uno no le quita la razón, pero estima que ese apoyo debía haber existido también en otras ocasiones. El otro alega que siempre ha estado ahí, pero que no se ha contado con su ayuda.

El uno replica que la última vez que pudieron lograr algo no existió esa mano tendida. Y el otro ya ha olvidado aquel momento, pero insiste en que siempre se ha contado con él para todo.

¿Sí? ¿Como cuando te pedí colaboración y me la negaste? Le pregunta el uno y el otro apunta que nunca dijo que no, sino todo lo contrario.
¿Nunca has dicho lo que dijiste?
Ya no lo recuerdo. Ni quiero acordarme.
Pues así nunca nos entenderemos. No llegaremos a un acuerdo.
Estoy de acuerdo.

miércoles, 4 de junio de 2008

Dentro de un tren

Subido en el primer piso de este tren veo que todo pasa a mi lado y se marcha. Yo no me muevo. El traqueteo zarandea a derecha e izquierda a los que me rodean. Sólo permanecen inmóviles las señales fijadas a las paredes del vagón: la del extintor, la del cigarrillo negado, la de los escalones peligrosos, la del asiento reservado...

A mi espalda un grupo de chavales toca las palmas flamencas. Creo que fuera de contexto. Aunque no tanto de horario. El duende gitano se arranca bien entrada la noche.

A mi derecha dos gigantones de origen africano se empeñan en conversar a un volumen exageradamente alto. También fuera de lugar. Tienen costumbre de comunicarse a gritos en esa mezcla de inglés y alguna lengua tropical. En otros momentos del día no me habrían fastidiado, pero ahora me obligan a buscar otro sitio alejado del ruido.

La prensa gratuíta se desparrama por los asientos y el suelo. Algunas personas no son capaces de mantener un periódico entero, sin desmontarlo. Desperdigados los titulares, los anuncios por palabras, la publicidad de agencias de viajes y algún sudoku relleno ya, no sé si con éxito.

El resto del trayecto sigo oyendo voces africanas con un fondo de palmas. Me temo que la fusión no es muy afortunada, o yo no estoy para experimentos.

A mi izquierda la ventana. Me miro en mi reflejo translúcido, a través del que veo las nubes y los edificios recortados sobre el cielo que se apaga en tonos tibios. Y en mis ojos todo el cansancio de una jornada y el deseo de cenar en compañía muy deseada.

martes, 3 de junio de 2008

El jugador

Un energúmeno de cabeza pelada, cuerpo doble y músculos inventados corta cabezas con artes de segador. Su hoja, de precisión quirúrgica, rebana y desmembra sin el apoyo de una piedra de carnicero. El barbero de la calle Fleet la querría para sí.

El asesino mata frenéticamente, con la mirada perdida y la expresión dibujada a rayajos. Los cuerpos de sus oponentes caen y quedan diseminados a su alrededor. Algunos han logrado, en defensa o en ataque, herir con dagas y navajas al impertérrito fenómeno. Heridas rojas de arma blanca.

Las mellas no le detienen y, aunque ha perdido su espada, sigue armado con sus puños de forja. Lanzados con tino son tan demoledores como el hierro, y el animal derriba con ellos a otro buen número de rivales. Los desarma y después los desalma. Y así ve crecer el saldo de su barbarie.

La gesta sangrienta progresa hasta que un descuido le hace fallar. Otro guerrero le ha batido y el héroe cae fulminado. Todo se detiene. Su cuerpo, inerte, parpadea durante unos instantes hasta desaparecer.

Una maldición y un manotazo al aire sacan al jugador de su trance. Se incorpora y vuelve a sentarse, removiéndose incómodo. Golpea contra sus rodillas el instrumento con el que manejaba el poder del bruto y relaja sus pulgares, todavía palpitantes tras pulsar tanto y tan rápido. Para que otro salvaje surja de la nada y luche a merced de dos dedos imparables, sólo debe apretar un botón.

No se lo piensa y vuelve a la carga.

domingo, 1 de junio de 2008

Mucho ruido y pocas nueces

Mi obligación laboral me tiene despierto hasta las tantas. En una de las pantallas que tengo delante empiezan a aparecer imágenes que me resultan familiares. Las selecciono para traerlas cerca. Quiero reconocerlas mejor.

Se trata de "Mucho ruido y pocas nueces", una película que recuerdo con cariño y que... ¡veré otra vez! Después de quince años de su estreno no sé si me dará lo mismo que recibí de ella en su momento. Veremos.

Y digo veremos porque lo que sí he revisitado de vez en cuando ha sido su banda sonora. Conozco bien todos sus pasajes y canciones, con el grandísimo Patrick Doyle regalándonos una partitura excelente, aparte de su voz y su presencia como Balthasar en la película. Sin duda, buena parte de la vitalidad de la cinta tiene que ver con la música de Doyle. Desde la prometedora obertura hasta su grandioso finale. Es uno de mis compositores favoritos y lo traeré a estas líneas más de una vez.

Disfruto de nuevo de los enredos, de los malentendidos y de toda la carga poética y sensual que su director, Kenneth Branagh, supo manejar muy bien. Gracias siempre al gran Shakespeare.

Son muchos elementos en uno: estupendos actores y actrices, buena fotografía, un texto infalible... ¡y cómo me gusta haber vuelto a la Toscana!

miércoles, 28 de mayo de 2008

... sobre mojado

Abro un paraguas todavía a cubierto y salgo hacia donde el agua no cesa de caer. La oigo chocar contra la tela que me cubre. Estallidos sobre un lienzo tenso.

Sobre mí dos cielos. Uno sujeto por un árbol de varillas metálicas que despliego para protegerme del otro, ése al que miro disgustado.

Mientras se aguan mis planes de escapada primaveral también lo hacen los pantanos. Mi pequeña desgracia es una gran suerte para todos.

viernes, 23 de mayo de 2008

Llueve

Tras varios días de lluvia incesante y cielos cubiertos que la pregonan todavía, necesito ver un claro por alguna parte. Un pequeño resquicio por el que la luz del sol se cuele, llegue al suelo y lo encienda.

La verdadera energía, por mucho que al átomo le duela, es la del sol. A él le debemos la vida y echarlo de menos cuando no está presente nos es innato. Y suspiramos anhelantes mientras vemos la lluvia caer. Quizás por eso las tristezas y desánimos vienen llovidos del cielo, que cierra con nubes el paso de esa luz que nos da alegría.

jueves, 22 de mayo de 2008

Actores

Veo en La 2 un reportaje basado en entrevistas a actores españoles. En apariencia, la plantilla empleada es un cuestionario que alguien ha ido formulando a todos ellos, uno a uno. Los encuentros con cada actor y actriz han debido producirse hace no mucho tiempo pero, por desgracia, alguno ya ha fallecido. Como el maestro Fernando Fernán Gómez.

A solas, reunidos en el mismo montaje, van desentrañando lo que es para ellos ser actor. Hablan de los difíciles comienzos y del aprendizaje en escuelas o viendo trabajar a los más grandes. De la ilusión con que, durante años, se han enfrentado al día a día.

Coinciden en lo enormemente afortunados que son por haber dado con su profesión. De entre todas las posibles, no podrían haber encontrado ninguna mejor.

Mencionan la vanidad como uno de sus fuertes... o flaquezas. Y también al espectador como espejo en el que mirarse para saber si lo están haciendo bien o no tanto.

Nos descubren una de las cualidades imprescindibles para dedicarse a la interpretación: la fortaleza física. Deben cuidarse para evitar caer enfermos, pues saben que de ellos depende que aquello que están haciendo siga adelante. Y la incertidumbre siempre presente. ¿Tendré trabajo? ¿Me llamarán? Pueden tener el favor del público, pero de nada sirve si los directores y los productores no se acuerdan de ellos.

Su consejo para quienes quieren también ser actores: intentarlo, perseguirlo, empeñarse en ello. Actuar sin parar, crear, hacer sin descanso.

Me planteo que sin esa perseverancia nunca habría llegado a enamorarme, ni emocionarme, ni a divertirme tanto con los actores y actrices a los que admiro.

Mi aplauso para todos ellos, siempre.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Calles descubiertas

Tengo la increíble fortuna de poder recorrer uno de los callejones rescatados para mi ciudad. Quiero gozar mientras camino por él y pisar con sentido, refrescado por sus guijarros mojados tras un chubasco de primavera. Después del chaparrón llega un baño de luz.

Siento que todo se ha dispuesto para que lo disfrute a solas. Me dispongo a pasear con los ojos bien abiertos y mi piel tendida al sol. Quiero recoger sus rayos, que saltan por encima de los aleros de los tejados y se lanzan al suelo retozando.

Y avanzo.

Admiro los muros que enmarcan el trazado de la calleja, otros días enmascarados o hurtados a cualquier ojeada. Son las tapias laterales de edificios del pasado, hechas de piedra y paños de ladrillo. Sólidos tabiques que separan el aire de fuera, que fluye y no se detiene, del de dentro, suspendido entre paredes.

Adivino una silueta lejana al fondo. Aparece y desaparece sin que pueda describir ningún detalle. Ha sido una sombra a contraluz que se marcha e ignora que paseo transportado. Me reanima una palmada en el hombro del viento, que encuentra en este angostillo su camino para alborotarse. Levanto la vista y, buscando el cielo, trepo con los ojos por las paredes, aferrado a sus piedras hasta encaramarme a las tejas. Y desde arriba me veo abajo, casi al final de mi travesía.

Oigo una voz cuyo eco reverbera a mi espalda y corretea entre las paredes centenarias. He llegado al final del camino habiendo conquistado un nuevo espacio. O un viejo territorio. Dentro de un instante quien deja escapar su voz detrás de mí va a tener la suerte de hacerlo suyo también.

martes, 20 de mayo de 2008

Calles secretas

Estoy descubriendo mi enorme interés por la recuperación urbana. No me atrae tanto la proyección de entornos habitables en los que las calles nos llevan de unas casas a otras. Ni tampoco el delineado de planos que esbozan ciudades. Prefiero la recreación de éstas a partir de lo que ya existía y, aunque no lo supiéramos, aún sigue ahí. Podría llamarlo arqueología de superficie.

Tómese una zona en la que hace siglos existieron varios edificios y algunas calles entre ellos. Con el paso de los años esas construcciones se han envuelto y revestido, incluso han cambiado de uso o dejado de tenerlo. Tal vez también por el desuso las calles que las separaban y unían se han cerrado. Puertas y tapias han celado la luz que antes las hacía visibles y, durante mucho tiempo, hemos rozado al pasar sus accesos ocultos.

Muchos calendarios después un nuevo plan urbano o la regeneración puntual de una manzana hace que un par de calles vuelva a abrirse. Y muchos de los que ignorábamos que algún día del pasado a alguien le sirvieron para atajar de un punto a otro quedamos fascinados. Nos ocurre lo mismo al comprobar que una fachada que solo escondía ruinas ha pasado a ser la delantera de una edificación viva otra vez.

Construcciones que regresan a la vida y calles que vuelven a verla pasar. Me abstraigo y sueño despierto que me adentro en uno de esos nuevos accesos y piso su empedrado con zapatos de suela delgada. Un nuevo acceso que, por su antigüedad, no se llamará así. Por fuerza deberá tomar el nombre de travesía, o corredera, o pasaje, o calleja, o incluso angostillo. Como debe ser.

lunes, 19 de mayo de 2008

El sonido del horror

Esta tarde he asistido a varias escenas de guerra. No he visto luchas, ni armas, ni sangre, ni nada de lo habitual en estas situaciones. No había nada ante mí. Tampoco una pantalla de cine o televisión en la que hubiera podido verlo todo sin estar en el lugar de los hechos. Pero estaba. No veía pero oía.

Mediante el oído he podido despertarme una mañana hace doscientos años, salir a la calle y recorrerla entre el sonido de los carros, los animales y los ecos de voces lejanas y cercanas. La cotidianeidad de un día en el Madrid de 1808 y la calma tensa que se rompe sin remedio. He escuchado los pasos de los soldados franceses a pie y los de los cascos de los caballos. Gritos valerosos de quienes se enfrentan a ellos. Otros aterrorizados de quienes les combaten sin posibilidad de salir con vida de las refriegas. El choque de hojas de espada contra navajas y otros hierros no ideados para pelear. Y más gritos y alaridos acallados por cañonazos y disparos.

En mis oídos todo un día de combates sangrientos en los que muchos madrileños no sólo han perdido sus vidas. Y también una noche en la que la justicia del invasor, rotunda y brutal, ha sido aplicada.

Los últimos tiros ejecutores resuenan aún, mezclados con el canto de grillos y chicharras. A partir de entonces dejo de oír, de auscultar la noche, y veo el sol. Ha llegado el día, pero la luz no trae felicidad.

(Para los que queráis vivir algo parecido, basta con que os acerquéis al Cuartel del Conde Duque, en Madrid, y entréis en una pirámide negra que encontraréis en uno de sus patios).

domingo, 18 de mayo de 2008

Esperando el tren

Hoy la estación de Atocha vive su hora punta sin serlo. Son casi las doce de la noche y hay muchos más viajeros de lo acostumbrado. Les observo sentado en uno de los bancos de metal rojo calado.

La mayoría de ellos esperan solos. Como yo. A mi lado un joven sudamericano oye en sus auriculares música electrónica mientras lee la Biblia. Abierta concretamente por el libro de Daniel. ¿Coincidencia?

Si levanto la vista de las páginas de la Biblia de mi vecino me topo con un kamikaze que bordea el andén ignorando el peligro que corre. Seguramente confía más en el agarre de sus suelas a ese filo de piedra que cualquiera de los que asistimos a su improvisado espectáculo de funambulismo. La banda sonora la pone la música que sigue llegándome alta y clara desde los cascos de mi compañero. Le va como un guante a la escena.

Distrae mi atención el desagradable ruido que produce un elemento que escupe contra el suelo. Viste traje y corbata. Eso, lleva corbata. Sólo espero ver cómo se limpia con ella tras lanzar un par de escupitajos más. Los ha enviado con soltura a viajar sobre raíles. ¡Qué virtuoso!

Me desentiendo de él cuando el aire movido por unos papeles me da en la cara. Huele a tinta seca. La que llena las páginas de unos cuantos ejemplares de prensa gratuita que una señora sacude con intención de plancharles las arrugas. Se sienta entre el chico que lee la Biblia y yo. Es muy tarde para hacer el esfuerzo de leer de reojo los titulares de alguno de esos periódicos. Se imprimieron hace más de veinticuatro horas y ya los llenan noticias del pasado.

El tren llega puntual, con sus dos plantas habitadas con poco orden. Es el último del día y el andén, en ese preciso momento, despide a la vez a los que salen y de él a los que nos subimos.

viernes, 16 de mayo de 2008

Por debajo

Es de noche. Atravieso Madrid por debajo. Por donde nadie en la superficie puede ver los faros encendidos de mi coche ni oír la ronca monotonía de su motor. Es el territorio de los insectos y de otros muchos seres que perforan el suelo en un punto y parten desde él horadando la tierra, abriendo galerías que les llevan a otro espacio distinto. Ignoro qué hacen por el camino y si ese trayecto hacia un punto final tiene algún sentido más que el propio fin que intentan alcanzar. En definitiva, eso son cosas de bichos.

El caso es que me siento uno más de ellos, oxigenando la tierra o moviendo, al menos, el aire en sus entrañas. Encuentro semejantes por el camino. Seres noctámbulos como yo que habitan en tránsito estas galerías. Me dan su compañía por un momento, marchando parejos hasta que su rumbo deja de ser como el mío. Me pregunto si desean llegar a su destino tanto como yo. Son individuos que se saben anónimos, que no conocen a quien deambula junto a ellos. Pero en ese estrato, por debajo de la realidad, tienen la certeza de estar conectados entre sí. Ellos y yo tenemos mucho en común: un mucho que es todo lo que cabe en ese espacio que vamos salvando en paralelo. Una conexión temporal que se rompe en cuanto cada cual se dirige hacia su salida. Yo también encuentro la mía y me olvido, como todos ellos, de ese cosmos cavernoso que permanecerá ahí. Pero para otros.

Recorremos el Madrid subterráneo buscando salir de él. No queremos estar ahí porque no es Madrid.

martes, 13 de mayo de 2008

¿La vida es sueño?

Hoy vivo en la nebulosa del jet lag que sufro cada vez que paso del horario nocturno al diurno. Debo adaptarme nuevamente al ritmo que está marcado para casi todos. Vivir cuando casi todos y dormir también cuando casi todos. Diferencio vivir de dormir pues hace tiempo que siento que durmiendo no vivo.

Estos días se habla de que varias universidades de distintos países han completado el mapa genético del ornitorrinco. ¡Por fin! Ya sabemos cuánto tenemos en común con ese simpático puzzle disparatado de la creación. Pero a mí estos días me interesa más saber si mi genoma y el del lirón careto tienen algo que ver entre sí. Mi necesidad de sueño es abundante y, aunque hoy el lapso temporal que dedico a dormir se ha desplazado unas horitas, voy cubriéndola sin grandes problemas.

Vamos, que duermo a pierna suelta. Eso del lado positivo. Del negativo la más amarga frustración que se adueña de mí cada vez que intento recordar lo que he soñado y no lo consigo. ¿Horas y horas durmiendo para nada? ¡Es como si todo ese tiempo no existiese! A veces quisiera tener la seguridad de que no sueño, pero la evidencia me rompe la cara cuando me sorprendo a mí mismo siendo protagonista de historias en las que mi subconsciente me implica. Ahí está el peligro de desvelarnos mientras dormimos y toparnos con nuestras otras realidades.

Así que por más que quisiera no podría negarlo. Hay sueños dentro de mi sueño. Vidas dentro de la mía. O serían eso si fuese capaz de evocarlas y entregarlas a la memoria para que las manejase junto al resto de los recuerdos. De ellos está la vida hecha. De los recuerdos que la memoria va almacenando y gestionando. Son los objetos que ésta toma y organiza en sus estantes. Muchos de ellos debe moverlos constantemente, bajo petición. Alguna exigencia le obliga a tenerlos a mano, en las primeras filas. Por eso va rescatándolos del fondo a medida que van llegando otras piezas, siendo depositados con método en las líneas delanteras.

Hay determinados recuerdos que siempre deben estar a mano y me gustaría que entre ellos se encontrasen mis sueños. Trabajaré para conseguir que mi memoria también los tenga en cuenta. Va a ser un proceso difícil, propio de un negociador curtido. Pero algún día tendré mi premio y comenzarán a ser trozos de mi vida. Así viviré mientras duermo.

sábado, 10 de mayo de 2008

Soy virgen

Acabo de lanzarme, con nocturnidad e inconsciencia, a esto de las bitácoras online. A estas horas y con este sueño tremendo ignoro todo tipo de respeto o miedo ante la nueva aventura. Y me lanzo sin más.

Espero ser constante y encontrar a menudo una excusa para entrar y escribir.