Una noche, hace ya unos años, se produjo un curioso cruce de "Dantes". Yo leía en el magnífico blog de Ana Alcolea un post sobre La Divina Comedia a la vez que escuchaba el Vide Cor Meum, una pieza musical compuesta por un irlandés, Patrick Cassidy, que se basa en un soneto de La Vita Nuova, también de Dante.
Sé muy poco sobre la obra literaria, salvo que habla en ella de sus primeras incursiones en la poesía. Es, seguramente, un trabajo menor, aunque para mí es algo extraordinariamente grande que inspiró uno de los hitos musicales en mi vida. Se trata de una ópera de la que sólo existe un dúo y coro, este Vide Cor Meum. Cassidy lo compuso para Hannibal, de Ridley Scott, quien después lo volvió a incluir en El reino de los cielos. Es toda una delicia.
Fue una casualidad que quise comentar en el blog de Ana y hoy también en este. Dejo el enlace de Youtube. Hay muchos vídeos colgados, pero el más neutro es este con la única imagen de su autor. También se pueden encontrar algunos más con imágenes de las secuencias en las que aparece en la películas que menciono. En esos casos no se incluyó la pieza completa.
Posteriormente ha aparecido en un disco de Katherine Jenkins, que se hizo acompañar por Rhys Meirion. Esta es la primera grabación, la que se hizo para el cine, con voces de Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti que interpretan en una escena de Hannibal a Beatrice y Dante, respectivamente. Es, a mi juicio, la mejor.
A disfrutar:
http://es.youtube.com/watch?v=j2Wv5AvqzfE&feature=related
Ahí va el texto.
Coro: E pensando di lei
Mi sopragiunse uno soave sonno
Ego dominus tuus
Vide cor tuum
E d'esto core ardendo
Cor tuum
(Coro: Lei paventosa)
Umilmente pascea.
Appreso gir lo ne vedea piangendo.
La letizia si convertia
In amarissimo pianto
Io sono in pace
Cor meum
Io sono in pace
Vide cor meum
jueves, 24 de julio de 2008
miércoles, 23 de julio de 2008
Vida de una mosca
¡Hay que joderse!, si no tuviera esta cabeza gorda podría meterme por ese agujero y acabar mis días entre toda esa comida, poniéndome ciega. El caso es que... parece estar en buenas condiciones, aunque ya me encargaría yo de echarla a perder. Pero... ajhhh... zffgff... nada, que no hay manera de colarse. ¡Quién me mandaría a mí entrar por esa ventana! Ahora está cerrada y, por más que busco, no hay forma de salir de aquí. ¡Jo-der!, estoy atrapada en un puñetero piso. Hace días, antes de marcharse, lo dejaron todo limpísssimo. Y, claro, ahora no hay nada que chupar por ninguna parte... y ya parece que me empiezan a faltar las fuerzas. Ayer podría haber volado entre la gente, dando el coñazo bien a gusto y haber escapado de cualquier manotazo, incluso del más rápido. Hoy me cazarían a la primera. Estoy en las últimas. Y toda esa comida... para la que pueda entrar ahí, que yo ya...
¡Ay qué leche! En mi próxima vida, cuando vuelva a ser una larva, saldré de una buena boñiga seca y viviré a cuerpo de zángano en una cuadra. Eso es. Seré una mosca del estiércol. Y para la siguiente... uhmmm, ¿qué tal sería darle a este cuerpazo un poco de color? Sí, ese tono verde metálico y glamuroso de las moscardas más petardas. Y me pasaría el día por ahí, entre el pienso en descomposición y los huevos putrefactos... ¡Y a vivir, que son dos días... como mucho!
¡Ay qué leche! En mi próxima vida, cuando vuelva a ser una larva, saldré de una buena boñiga seca y viviré a cuerpo de zángano en una cuadra. Eso es. Seré una mosca del estiércol. Y para la siguiente... uhmmm, ¿qué tal sería darle a este cuerpazo un poco de color? Sí, ese tono verde metálico y glamuroso de las moscardas más petardas. Y me pasaría el día por ahí, entre el pienso en descomposición y los huevos putrefactos... ¡Y a vivir, que son dos días... como mucho!
viernes, 18 de julio de 2008
De embarazos y jardineros
Hace unos días, sesión doble de cine en casa. Cuando no se saben aprovechar las oportunidades que la cartelera brinda en pantalla grande, no queda más remedio que esperar a rescatarlo en deuvedé.
Por un lado, Juno y esa visión práctica y optimista de un embarazo no deseado con resultado feliz en dos direcciones. El mérito está en convertir este drama en una comedia pasándolo en todo momento por la acidez y la mala lengua de su protagonista, una adolescente que decide tener la criatura y darla en adopción.
El guión es el fuerte de la historia y sospecho que el personaje protagonista, encarnado por Ellen Page, podría haber sido la mismísima Diablo Cody, su autora. Quitémosle unos quince años y mantengamos sus valores sólidos y su personalidad que hace de los problemas una nimiedad. Así me imagino a la guionista, cuyo pasado salvaje está en la tinta de su pluma.
¡Ah!, y ese toque de cuento que se despega de lo cotidiano y le da empaque y valores literarios a la ficción. Esta película trae frescor a este verano que empieza a ponerse calentito. Al igual que Conversaciones con mi jardinero, una historia francesa hecha desde el cariño y el profundo conocimiento de la esencia de la amistad.
Dupinceau et Dujardin, o lo que es lo mismo: Del Pincel y Del Jardín, los dos hombres cuya relación nace y se enriquece a lo largo de la película. Un pintor que huye del gran París en busca del sosiego del campo en su pueblo natal y un ferroviario jubilado al que éste contrata para que le haga un huerto y se lo cuide.
Pinceladas largas que van dibujando los retratos de los dos. Daniel Auteuil y Jean-Pierre Darroussin dan carne a estas dos visiones del mundo que se encuentran y combinan, dándose alimento la una a la otra.
Hermosa historia de diálogos sencillos en la que admiro cómo se pinta y se cultiva la amistad entre dos hombres.
Por un lado, Juno y esa visión práctica y optimista de un embarazo no deseado con resultado feliz en dos direcciones. El mérito está en convertir este drama en una comedia pasándolo en todo momento por la acidez y la mala lengua de su protagonista, una adolescente que decide tener la criatura y darla en adopción.
El guión es el fuerte de la historia y sospecho que el personaje protagonista, encarnado por Ellen Page, podría haber sido la mismísima Diablo Cody, su autora. Quitémosle unos quince años y mantengamos sus valores sólidos y su personalidad que hace de los problemas una nimiedad. Así me imagino a la guionista, cuyo pasado salvaje está en la tinta de su pluma.
¡Ah!, y ese toque de cuento que se despega de lo cotidiano y le da empaque y valores literarios a la ficción. Esta película trae frescor a este verano que empieza a ponerse calentito. Al igual que Conversaciones con mi jardinero, una historia francesa hecha desde el cariño y el profundo conocimiento de la esencia de la amistad.
Dupinceau et Dujardin, o lo que es lo mismo: Del Pincel y Del Jardín, los dos hombres cuya relación nace y se enriquece a lo largo de la película. Un pintor que huye del gran París en busca del sosiego del campo en su pueblo natal y un ferroviario jubilado al que éste contrata para que le haga un huerto y se lo cuide.
Pinceladas largas que van dibujando los retratos de los dos. Daniel Auteuil y Jean-Pierre Darroussin dan carne a estas dos visiones del mundo que se encuentran y combinan, dándose alimento la una a la otra.
Hermosa historia de diálogos sencillos en la que admiro cómo se pinta y se cultiva la amistad entre dos hombres.
miércoles, 16 de julio de 2008
La cena
El joyero ofreció a su clienta un medallón con forma de corazón. Era exactamente lo que ella buscaba: una lámina de oro que representaba un corazón listo para quebrarse en dos.
-Fíjese. Cuando usted proceda, cada trozo tendrá su propia anilla para poder colgarlo de una cadena. Él deberá llevar su mitad y usted la de él, claro.
Durante toda la tarde, mientras preparaba una cena deliciosa y vaciaba todo su armario sobre la cama hasta decidir qué ponerse, miró a ratos la cajita envuelta con un papel negro brillante y una cinta blanca irisada.
Tenía ganas de abrir el paquete para contemplar otra vez su corazón junto al de él. Llegaría el momento esperado, le pediría que hiciera los honores y su amor separaría las dos partes. Cada uno tomaría la suya para entregársela al otro. Se llevarían el uno al otro para siempre.
La cena con velas resultó aburrida. Ella estaba muy nerviosa y no conseguía sacar conversación. Todo lo que se le pasaba por la cabeza le resultaba una tontería que estropearía lo que estaba por venir. Prefirió callar, esperando a que él rompiese el hielo.
Pero él no habló. Se limitó a engullir con rapidez el contenido exquisito de los platos que ella había preparado con tanto esmero. Llegaron al postre y a ella le costó mucho partir el pastel de trufa con el que sabía que no podía fallar. El cuchillo se atascaba. Su filo no sólo debía cortar el tierno bizcocho, sino también la tensión.
Por fin él dijo algo. Fue breve, claro y solemne. Que ya no la quería y que su corazón ya no le pertenecía a nadie. Eso dijo.
Ella permaneció muda. En unos pocos segundos dio un repaso completo a sus días con él mientras serenaba sus ganas de llorar. Sacó el paquete que reservaba con tanta ilusión, le quitó la cinta blanca irisada, retiró el papel negro brillante y abrió la cajita en la que el joyero había puesto el medallón. No le pidió que hiciera los honores. Los hizo ella misma. Tomó la pieza de oro y, con ambas manos, en ritual eucarístico, la partió en dos. Entonces salió de su silencio:
-Te equivocas. Tu corazón le pertenece a alguien. Es todo tuyo. Toma, quédatelo.
Después le hizo ver cómo se guardaba el suyo.
-Fíjese. Cuando usted proceda, cada trozo tendrá su propia anilla para poder colgarlo de una cadena. Él deberá llevar su mitad y usted la de él, claro.
Durante toda la tarde, mientras preparaba una cena deliciosa y vaciaba todo su armario sobre la cama hasta decidir qué ponerse, miró a ratos la cajita envuelta con un papel negro brillante y una cinta blanca irisada.
Tenía ganas de abrir el paquete para contemplar otra vez su corazón junto al de él. Llegaría el momento esperado, le pediría que hiciera los honores y su amor separaría las dos partes. Cada uno tomaría la suya para entregársela al otro. Se llevarían el uno al otro para siempre.
La cena con velas resultó aburrida. Ella estaba muy nerviosa y no conseguía sacar conversación. Todo lo que se le pasaba por la cabeza le resultaba una tontería que estropearía lo que estaba por venir. Prefirió callar, esperando a que él rompiese el hielo.
Pero él no habló. Se limitó a engullir con rapidez el contenido exquisito de los platos que ella había preparado con tanto esmero. Llegaron al postre y a ella le costó mucho partir el pastel de trufa con el que sabía que no podía fallar. El cuchillo se atascaba. Su filo no sólo debía cortar el tierno bizcocho, sino también la tensión.
Por fin él dijo algo. Fue breve, claro y solemne. Que ya no la quería y que su corazón ya no le pertenecía a nadie. Eso dijo.
Ella permaneció muda. En unos pocos segundos dio un repaso completo a sus días con él mientras serenaba sus ganas de llorar. Sacó el paquete que reservaba con tanta ilusión, le quitó la cinta blanca irisada, retiró el papel negro brillante y abrió la cajita en la que el joyero había puesto el medallón. No le pidió que hiciera los honores. Los hizo ella misma. Tomó la pieza de oro y, con ambas manos, en ritual eucarístico, la partió en dos. Entonces salió de su silencio:
-Te equivocas. Tu corazón le pertenece a alguien. Es todo tuyo. Toma, quédatelo.
Después le hizo ver cómo se guardaba el suyo.
miércoles, 9 de julio de 2008
Lo que fue
La casa de mis abuelos aún se alza en mi recuerdo. Hace muchos años que se transformó en tres casitas adosadas, propiedad posterior de mi padre y sus dos hermanas. El abuelo no llegó a conocer aquel producto de su herencia, aunque se ilusionó con quizás poder ver la obra terminada cuando se mejorase de su enfermedad.
De haber ocurrido así, habría reconocido su lila, conservada a un lado del patio, junto a la tapia sur. Hoy sigue dando hermosos racimos de florecillas de belleza y olor intensos. También el abuelo habría identificado parte de los suelos de su casa, que mi padre salvó de acabar entre escombros y formó con ellos un gracioso mosaico en el centro de la porción de patio que a él le tocó.
Esas porciones se hicieron mediante muros bajos y celosía en bloques blancos. Así se acababa con el espacio diáfano que nos permitía a mis primos y a mí rodearlo en bicicleta. Incluso montar una piscina en la que cabíamos todos cuando éramos pequeños. La llenábamos con agua del pozo que sacábamos con una manguera. Nos fascinaba observar cómo su contenido se llenaba poco a poco hasta llegar a un nivel compatible con el volumen de los cuerpos que iba a alojar y todo ese rollo de Arquímedes.
¿El pozo? Me temo que dejó de parecerse al que fue. La obra redujo su brocal y lo condenó a quedar adosado a una fachada interior de una de las casas. Por fortuna su parte subterránea perduró y el agua sigue estando ahí.
Del resto de la vieja casa no quedó casi nada, salvo algunos objetos que también se repartieron, pasando a formar parte de otros entornos y decorados. Como los serijos que el abuelo hizo con el esparto que tanto le gustó trabajar. Llevan mucho tiempo instalados en un contexto algo más urbano y me gusta admirarlos como memoria duradera de su maña artesana.
El abuelo. Fue labrador, aunque yo le recuerdo como un hombre sabio; un gran lector. Cómo me habría gustado conocerle más y mejor.
De haber ocurrido así, habría reconocido su lila, conservada a un lado del patio, junto a la tapia sur. Hoy sigue dando hermosos racimos de florecillas de belleza y olor intensos. También el abuelo habría identificado parte de los suelos de su casa, que mi padre salvó de acabar entre escombros y formó con ellos un gracioso mosaico en el centro de la porción de patio que a él le tocó.
Esas porciones se hicieron mediante muros bajos y celosía en bloques blancos. Así se acababa con el espacio diáfano que nos permitía a mis primos y a mí rodearlo en bicicleta. Incluso montar una piscina en la que cabíamos todos cuando éramos pequeños. La llenábamos con agua del pozo que sacábamos con una manguera. Nos fascinaba observar cómo su contenido se llenaba poco a poco hasta llegar a un nivel compatible con el volumen de los cuerpos que iba a alojar y todo ese rollo de Arquímedes.
¿El pozo? Me temo que dejó de parecerse al que fue. La obra redujo su brocal y lo condenó a quedar adosado a una fachada interior de una de las casas. Por fortuna su parte subterránea perduró y el agua sigue estando ahí.
Del resto de la vieja casa no quedó casi nada, salvo algunos objetos que también se repartieron, pasando a formar parte de otros entornos y decorados. Como los serijos que el abuelo hizo con el esparto que tanto le gustó trabajar. Llevan mucho tiempo instalados en un contexto algo más urbano y me gusta admirarlos como memoria duradera de su maña artesana.
El abuelo. Fue labrador, aunque yo le recuerdo como un hombre sabio; un gran lector. Cómo me habría gustado conocerle más y mejor.
martes, 8 de julio de 2008
De vuelta
Vuelvo del pueblo con la sensación de haber recuperado algo. De haberlo rescatado si acaso.
Veo que ha crecido y que, lejos de envejecer, se ha cuidado y renovado. Un paseo por el centro me devuelve imágenes que ya conocía y me regala otras tantas que me alegra descubrir.
Echo de menos el adoquinado de la calle Real, que quedó sepultado por el asfalto hace ya años. Eran adoquines negros, trabajados en la piedra procedente de los volcanes dormidos de las montañas que rodean el pueblo. Quién sabe si algún día sus conos despertarán y, tras echarlos en falta también, arrojarán de sus entrañas nuevos bloques que formen otra vez aquel sólido pavimento.
Encuentro, además, algunas viejas tiendas cerradas o sustituidas por comercios modernos. Ahora tendría que pasar al autoservicio Telesforo para obtener la misma compra que, hace años, habría hecho "en ca Ramiro". Son el mismo lugar, pero el cambio es sustancial.
Las cosas se han movido, como el agua del río, que me parece más bonito que nunca. El baño en la Tabla la Yedra es ahora inmejorable y una estupenda atracción para muchos que llegan de los alrededores.
Lo que no se mueve es el castillo, que sigue impertérrito en lo alto de su loma. Más erosionado tal vez y con algunas piedras que han dejado de alzarse en sus muros, formando ya parte de un montón a sus pies.
Y subir a la Sierra de la Cruz se ha convertido en una delicia, perfumada en pleno julio por los romeros y tomillos que crecen entre las jaras y los chaparros de su monte bajo. Veo atardecer desde las cimas, contemplando todo el pueblo tendido allá lejos y doy al sol por desaparecido en cuestión de segundos.
Por la noche todo el mundo sale a la calle, algo aliviada ya de tanto calor. Encuentro muchas caras que me son familiares y que los años no han cambiado del todo. Hablo con algunas personas y me parece que el tiempo no ha transcurrido desde la última vez.
Todo cambia y, a la vez, permanece.
Veo que ha crecido y que, lejos de envejecer, se ha cuidado y renovado. Un paseo por el centro me devuelve imágenes que ya conocía y me regala otras tantas que me alegra descubrir.
Echo de menos el adoquinado de la calle Real, que quedó sepultado por el asfalto hace ya años. Eran adoquines negros, trabajados en la piedra procedente de los volcanes dormidos de las montañas que rodean el pueblo. Quién sabe si algún día sus conos despertarán y, tras echarlos en falta también, arrojarán de sus entrañas nuevos bloques que formen otra vez aquel sólido pavimento.
Encuentro, además, algunas viejas tiendas cerradas o sustituidas por comercios modernos. Ahora tendría que pasar al autoservicio Telesforo para obtener la misma compra que, hace años, habría hecho "en ca Ramiro". Son el mismo lugar, pero el cambio es sustancial.
Veo, a cambio, alguna calle renovada con muy buen gusto y conozco el nuevo teatro, un auditorio al aire libre, un centro de enseñanza secundaria, un centro cultural, la ampliación del ayuntamiento...
Las cosas se han movido, como el agua del río, que me parece más bonito que nunca. El baño en la Tabla la Yedra es ahora inmejorable y una estupenda atracción para muchos que llegan de los alrededores.
Lo que no se mueve es el castillo, que sigue impertérrito en lo alto de su loma. Más erosionado tal vez y con algunas piedras que han dejado de alzarse en sus muros, formando ya parte de un montón a sus pies.
Y subir a la Sierra de la Cruz se ha convertido en una delicia, perfumada en pleno julio por los romeros y tomillos que crecen entre las jaras y los chaparros de su monte bajo. Veo atardecer desde las cimas, contemplando todo el pueblo tendido allá lejos y doy al sol por desaparecido en cuestión de segundos.
Por la noche todo el mundo sale a la calle, algo aliviada ya de tanto calor. Encuentro muchas caras que me son familiares y que los años no han cambiado del todo. Hablo con algunas personas y me parece que el tiempo no ha transcurrido desde la última vez.
Todo cambia y, a la vez, permanece.
viernes, 4 de julio de 2008
El pueblo
Vuelvo este fin de semana a mi pueblo paterno, Piedrabuena, en Ciudad Real. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Y mucho más sin haberlo pisado en verano.
De niño, parte de las largas vacaciones transcurría allí. Recuerdo con detalle la casa de mis abuelos, sus grandes puertas falsas pintadas de verde y el patio al que se abrían.
Añoro las horas a la sombra de un toldo de lona blanca, resguardados del sol, aunque no tanto del calor. Las paredes de adobe y piedra que el abuelo encalaba cada año daban paso al frescor del portal que distribuía las alcobas a izquierda y derecha. No lo conocí aún sin sus coloristas suelos de cerámica, cuando por él pasaban los perros, la mula y alguna gallina que picoteaba llevada por su búsqueda mecánica de comida en el suelo.
Aquel portal era un refugio placentero en las horas de fuego intenso.
Devuelvo a mis manos la fricción de la cuerda atada al pozo. Esa pita de hilachos firmes que dejaba correr entre mis palmas tirada por el peso del cubo metálico. Y los tropiezos de éste contra las paredes interiores del pozo. Primero rozando con el cemento de la cara interna del brocal y después, más abajo, chocando contra las piedras que rodeaban la oquedad formando un cilindro que acababa sumergido en el agua del fondo. El ruido brillante de su camino de bajada se hacía opaco y sólido a medida que subía lleno, derramando parte de su contenido al ser izado desde arriba.
Agua fresca. Un poco más que la del río Bullaque, al que nos llevaban a bañarnos muchas tardes. Nos calzábamos con zapatillas gomeras y entrábamos en su quietud hasta la zona donde cubría sin alejarnos demasiado de la orilla, poblada de zarzas y juncos.
Eran veranos con bicicleta y algún que otro desollón. Veranos de juegos a indios y vaqueros en los corrales de los vecinos. Veranos de partidas de cartas y partidillos de fútbol, en los que pronto me cansaba de estar, algo desanimado por mi escasa pericia.
Entonces las preocupaciones eran como esa, del tamaño de un niño. Ese niño sigue ahí, y mañana me lo llevo de la mano, otra vez al pueblo.
De niño, parte de las largas vacaciones transcurría allí. Recuerdo con detalle la casa de mis abuelos, sus grandes puertas falsas pintadas de verde y el patio al que se abrían.
Añoro las horas a la sombra de un toldo de lona blanca, resguardados del sol, aunque no tanto del calor. Las paredes de adobe y piedra que el abuelo encalaba cada año daban paso al frescor del portal que distribuía las alcobas a izquierda y derecha. No lo conocí aún sin sus coloristas suelos de cerámica, cuando por él pasaban los perros, la mula y alguna gallina que picoteaba llevada por su búsqueda mecánica de comida en el suelo.
Aquel portal era un refugio placentero en las horas de fuego intenso.
Devuelvo a mis manos la fricción de la cuerda atada al pozo. Esa pita de hilachos firmes que dejaba correr entre mis palmas tirada por el peso del cubo metálico. Y los tropiezos de éste contra las paredes interiores del pozo. Primero rozando con el cemento de la cara interna del brocal y después, más abajo, chocando contra las piedras que rodeaban la oquedad formando un cilindro que acababa sumergido en el agua del fondo. El ruido brillante de su camino de bajada se hacía opaco y sólido a medida que subía lleno, derramando parte de su contenido al ser izado desde arriba.
Agua fresca. Un poco más que la del río Bullaque, al que nos llevaban a bañarnos muchas tardes. Nos calzábamos con zapatillas gomeras y entrábamos en su quietud hasta la zona donde cubría sin alejarnos demasiado de la orilla, poblada de zarzas y juncos.
Eran veranos con bicicleta y algún que otro desollón. Veranos de juegos a indios y vaqueros en los corrales de los vecinos. Veranos de partidas de cartas y partidillos de fútbol, en los que pronto me cansaba de estar, algo desanimado por mi escasa pericia.
Entonces las preocupaciones eran como esa, del tamaño de un niño. Ese niño sigue ahí, y mañana me lo llevo de la mano, otra vez al pueblo.
jueves, 3 de julio de 2008
Maquillaje
Es fascinante ver cómo una mujer improvisa un tocador en cualquier parte. Como en otras ocasiones, el tren es el lugar en el que asisto a todo tipo de escenas. Algunas de ellas acaban repitiéndose tarde o temprano. Esta en concreto me gusta seguirla con interés.
Sentada frente a mí, esta anónima me regala una entrada para contemplar el ritual con que completa toda la operación.
Veo cómo rebusca en su bolso tamaño maxi. Oigo el cacharreo que desencadena su mano en el interior a medida que va encontrando y extrayendo todo lo necesario. Es ágil y lo tiene todo dispuesto con brevedad.
El proceso comienza y utiliza sus instrumentos con precisión. Su espejo: la luna de la ventana que tiene al lado, cuyo laminado y la luz interior del tren obran el milagro de entregarle su propio reflejo.
Un lápiz para marcar la línea de ojos, un líquido espeso que extrae de un botecito y extiende sobre sus párpados, un cepillito que sumerge en una solución de un negro intenso y que sale impregnado para ser aplicado sobre las pestañas.
Sus ojos verdes han quedado bien enmarcados y su mirada parece otra. No me la dirige, pero percibo su expresión cambiada.
El esperado momento en que tiñe sus labios ha llegado. Identifiqué su lápiz desde el principio entre sus cosas, y aguardaba el instante en que lo destaparía y, con un delicado giro, haría surgir la barra que alberga.
Rosa brillante. Unos toques a un lado y al otro. Y el retoque personal, apretando los labios entre sí. Besándoselos de fuera hacia adentro.
No emplea una brocha para sonrojar sus mejillas ni ningún otro paso añadido al proceso. Se gusta así, sin más. Ni menos.
Ha llegado a su destino y, tras devolver al interior de su bolso todo lo que sacó de él, lo cierra, se lo cuelga y abandona su asiento.
La función ha terminado.
Me llega el aire perfumado que va dejando tras de sí.
Sentada frente a mí, esta anónima me regala una entrada para contemplar el ritual con que completa toda la operación.
Veo cómo rebusca en su bolso tamaño maxi. Oigo el cacharreo que desencadena su mano en el interior a medida que va encontrando y extrayendo todo lo necesario. Es ágil y lo tiene todo dispuesto con brevedad.
El proceso comienza y utiliza sus instrumentos con precisión. Su espejo: la luna de la ventana que tiene al lado, cuyo laminado y la luz interior del tren obran el milagro de entregarle su propio reflejo.
Un lápiz para marcar la línea de ojos, un líquido espeso que extrae de un botecito y extiende sobre sus párpados, un cepillito que sumerge en una solución de un negro intenso y que sale impregnado para ser aplicado sobre las pestañas.
Sus ojos verdes han quedado bien enmarcados y su mirada parece otra. No me la dirige, pero percibo su expresión cambiada.
El esperado momento en que tiñe sus labios ha llegado. Identifiqué su lápiz desde el principio entre sus cosas, y aguardaba el instante en que lo destaparía y, con un delicado giro, haría surgir la barra que alberga.
Rosa brillante. Unos toques a un lado y al otro. Y el retoque personal, apretando los labios entre sí. Besándoselos de fuera hacia adentro.
No emplea una brocha para sonrojar sus mejillas ni ningún otro paso añadido al proceso. Se gusta así, sin más. Ni menos.
Ha llegado a su destino y, tras devolver al interior de su bolso todo lo que sacó de él, lo cierra, se lo cuelga y abandona su asiento.
La función ha terminado.
Me llega el aire perfumado que va dejando tras de sí.
miércoles, 2 de julio de 2008
Helicóptero sobre rojo
Un enorme insecto de chapa alza el vuelo y mientras toma altura, lubrica y ejercita los músculos de un ojo que cuelga de su vientre. Una hélice gira concéntrica sobre su dorso y lo mantiene elevado y avanzando hacia el lugar objeto de su misión.
Se diría que se gobierna a sí mismo, que su ánimo le lleva donde quiere ir. La necesidad y el instinto son eficaces motores.
Hoy el calor se inventa espejismos, la bruma tensa un velo sobre lo visible y quienes miran hacia el techo de esta tarde que les abrasa, ven pasar al bicho acompañado de su ruidosa carraspera.
Comienzo a mirar por su ojo y contemplo en pleno vuelo los primeros rincones de una aldea. Y al instante, tras ver en una sola estampa toda su extensión, sus últimos recodos han quedado ya lejos.
La misma secuencia se repite de nuevo, y así otras cuantas veces. Y a golpe de vistazo rápido: otras sucesiones de campos en colcha de un patchwork de combinación esmerada.
Después de la alternancia, que parece estudiada, el ojo que pende del cielo me muestra una gran ciudad. El insecto hace virar todo su metal y, siguiendo el hilo tensado de una de las vías principales de la urbe, se sitúa colgado sobre una zona rojiza.
Es un campo de amapolas que llenan una plaza.
Aparecen agitadas por el viento.
En realidad no es un movimiento de agitación. Más bien una vibración. Se mueven a voluntad, formando un oleaje que no se atiene a ninguna marea ni corriente natural.
Quiero que el visor por el que observo me dé el detalle de los seres plantados ahí abajo. La agudeza de su lente me sitúa muy cerca. Tanto como para comprobar que no son flores rojas, de las que otro insecto más orgánico que este podría haber extraído su polen.
Son otros seres, hoy vestidos de rojo para demostrar que algo les pone en común y les iguala sobre todas las cosas. Apiñados porque se sienten unidos, vibran con una fuerza que se eleva y me alcanza.
Me impresiona esta imagen, que retengo incluso después de haber abandonado este bicho de hélices cortantes. Acallado ya su ronco rumor. Cerrado ya el párpado sobre su córnea eléctrica, el ojo por el que miré guarda en su retina los ecos rojos de un atardecer muy encendido.
Se diría que se gobierna a sí mismo, que su ánimo le lleva donde quiere ir. La necesidad y el instinto son eficaces motores.
Hoy el calor se inventa espejismos, la bruma tensa un velo sobre lo visible y quienes miran hacia el techo de esta tarde que les abrasa, ven pasar al bicho acompañado de su ruidosa carraspera.
Comienzo a mirar por su ojo y contemplo en pleno vuelo los primeros rincones de una aldea. Y al instante, tras ver en una sola estampa toda su extensión, sus últimos recodos han quedado ya lejos.
La misma secuencia se repite de nuevo, y así otras cuantas veces. Y a golpe de vistazo rápido: otras sucesiones de campos en colcha de un patchwork de combinación esmerada.
Después de la alternancia, que parece estudiada, el ojo que pende del cielo me muestra una gran ciudad. El insecto hace virar todo su metal y, siguiendo el hilo tensado de una de las vías principales de la urbe, se sitúa colgado sobre una zona rojiza.
Es un campo de amapolas que llenan una plaza.
Aparecen agitadas por el viento.
En realidad no es un movimiento de agitación. Más bien una vibración. Se mueven a voluntad, formando un oleaje que no se atiene a ninguna marea ni corriente natural.
Quiero que el visor por el que observo me dé el detalle de los seres plantados ahí abajo. La agudeza de su lente me sitúa muy cerca. Tanto como para comprobar que no son flores rojas, de las que otro insecto más orgánico que este podría haber extraído su polen.
Son otros seres, hoy vestidos de rojo para demostrar que algo les pone en común y les iguala sobre todas las cosas. Apiñados porque se sienten unidos, vibran con una fuerza que se eleva y me alcanza.
Me impresiona esta imagen, que retengo incluso después de haber abandonado este bicho de hélices cortantes. Acallado ya su ronco rumor. Cerrado ya el párpado sobre su córnea eléctrica, el ojo por el que miré guarda en su retina los ecos rojos de un atardecer muy encendido.
domingo, 29 de junio de 2008
¡Podemos!
Cuatro puede presumir de haberlo hecho bien. Han conseguido popularizar este pulso de aliento. Un hálito que surge de dentro. Del ánimo de cada uno de nosotros.
¡Podemos! ¡Claro que sí! Queremos sentirnos capaces y darles alas para que ellos lo consigan. Si ellos pueden nosotros también. Y si ganan vencemos todos.
Yes, we can! Eran las palabras que el equipo que diseñó la campaña de primarias de Obama hizo que se pegasen a los labios de quienes le auparon hasta su victoria. Cada uno de ellos quería darle fuerzas y darse fuerzas. Todos buscamos nuestro propio refuerzo.
La misma fórmula funciona en cualquier ámbito. También en la política. Somos individuos dentro de un grupo al que damos fuerza y de él la extraemos.
Una breve arenga a la tropa. Necesaria en momentos clave. Como cuando los soldados están desmoralizados tras largos años de fracasos en la lucha.
Así somos. Y Cuatro ha conseguido que nos impliquemos y nos veamos coronados por los deseados laureles.
¡Podemos! ¡Claro que sí! Queremos sentirnos capaces y darles alas para que ellos lo consigan. Si ellos pueden nosotros también. Y si ganan vencemos todos.
Yes, we can! Eran las palabras que el equipo que diseñó la campaña de primarias de Obama hizo que se pegasen a los labios de quienes le auparon hasta su victoria. Cada uno de ellos quería darle fuerzas y darse fuerzas. Todos buscamos nuestro propio refuerzo.
La misma fórmula funciona en cualquier ámbito. También en la política. Somos individuos dentro de un grupo al que damos fuerza y de él la extraemos.
Una breve arenga a la tropa. Necesaria en momentos clave. Como cuando los soldados están desmoralizados tras largos años de fracasos en la lucha.
Así somos. Y Cuatro ha conseguido que nos impliquemos y nos veamos coronados por los deseados laureles.
sábado, 28 de junio de 2008
Siempretodavía
O Everstill. Como uno prefiera.
La Huerta de San Vicente, corazón cultural granadino, recibe estos días las obras de un puñado de artistas contemporáneos que se permiten darnos su visión de García Lorca a través de su vida cotidiana en esta casa.
Siento que me cuelo en casa de Federico, que se ha marchado fuera durante una temporada, y que puedo husmear entre sus cosas sin que nadie me llame la atención. Y mi curiosidad se alimenta doblemente, pues veo cómo todos estos artistas han establecido una relación íntima con el poeta para crear algo a partir de ella. Entro también en su mundo privado.
Los García Lorca reciben varias visitas al día. Son buenos anfitriones. Me encuentro entre los concurrentes. Todos poblamos las dos plantas de la casa, al igual que muchos objetos que Federico nunca conoció pero que le resultarían como suyos de poder verlos.
Sobre la mesa del poeta, una máquina de escribir. Cualquiera puede utilizarla pero sólo conseguirá concretar unos cuantos ceros en el papel. Sobre ese escritorio ya todo se escribió. Nada queda por contar.
Dos artistas de la vanguardia actual osan acostarse en la cama de Federico y fotografiarse soñando. O aspirando a soñar lo mismo que él. ¡Quién pudiera tener una de sus pesadillas!
Alguien ha decidido devolverle la vida a la casa mediante el correo. Evocando los días que Federico mantenía su relación epistolar con Eduardo Marquina, Jorge Guillén o Ana María Dalí, o tantos otros. Cada día, sin descanso, llega a la huerta una postal que nos devuelve la ilusión de que alguien sigue recibiendo correspondencia en la casa. Se trata siempre de la misma estampa pero lo valioso es que da nueva vida a un buzón que recibe visita sin falta otra vez.
El mérito de quien nos regala un nuevo retrato del poeta a través de la literatura es también grande. Nos muestra decenas de libros en los que ha visto la presencia de Lorca plasmada de una u otra forma. Un retrato hecho de páginas que él no escribió.
Y la presencia de sus obras. Cómo no.
Un placer.
Siempre.
Todavía.
La Huerta de San Vicente, corazón cultural granadino, recibe estos días las obras de un puñado de artistas contemporáneos que se permiten darnos su visión de García Lorca a través de su vida cotidiana en esta casa.
Siento que me cuelo en casa de Federico, que se ha marchado fuera durante una temporada, y que puedo husmear entre sus cosas sin que nadie me llame la atención. Y mi curiosidad se alimenta doblemente, pues veo cómo todos estos artistas han establecido una relación íntima con el poeta para crear algo a partir de ella. Entro también en su mundo privado.
Los García Lorca reciben varias visitas al día. Son buenos anfitriones. Me encuentro entre los concurrentes. Todos poblamos las dos plantas de la casa, al igual que muchos objetos que Federico nunca conoció pero que le resultarían como suyos de poder verlos.
Sobre la mesa del poeta, una máquina de escribir. Cualquiera puede utilizarla pero sólo conseguirá concretar unos cuantos ceros en el papel. Sobre ese escritorio ya todo se escribió. Nada queda por contar.
Dos artistas de la vanguardia actual osan acostarse en la cama de Federico y fotografiarse soñando. O aspirando a soñar lo mismo que él. ¡Quién pudiera tener una de sus pesadillas!
Alguien ha decidido devolverle la vida a la casa mediante el correo. Evocando los días que Federico mantenía su relación epistolar con Eduardo Marquina, Jorge Guillén o Ana María Dalí, o tantos otros. Cada día, sin descanso, llega a la huerta una postal que nos devuelve la ilusión de que alguien sigue recibiendo correspondencia en la casa. Se trata siempre de la misma estampa pero lo valioso es que da nueva vida a un buzón que recibe visita sin falta otra vez.
El mérito de quien nos regala un nuevo retrato del poeta a través de la literatura es también grande. Nos muestra decenas de libros en los que ha visto la presencia de Lorca plasmada de una u otra forma. Un retrato hecho de páginas que él no escribió.
Y la presencia de sus obras. Cómo no.
Un placer.
Siempre.
Todavía.
lunes, 23 de junio de 2008
Emma
Muchos días me doy de cabezazos contra las paredes del este pasillo por el que recorro la vida. Sé que me lleva a casi todas partes. Voy encontrando infinidad de puertas por las que colarme para experimentar cosas nuevas, o incluso para replantear el rumbo emprendido.
Y hay momentos en los que, después de haber visitado algo al otro lado de una de esas puertas, siento mucho no haberla atravesado antes. ¡Qué tonto!
La que da paso al mundo de Madame Bovary hace que me sienta así. Sabía que estaba ahí, disponible para ser visitado el día menos pensado. Lo que no sabía era que no era un escaparate ante el que uno se para a mirar. No. Era algo más.He entrado a vivir.
Después de conocer a Charles, y a Emma de su mano, me he quedado con ésta última. ¡Y cómo he disfrutado con ella! Aunque también he sufrido sus frustraciones, sus anhelos y sus rencores. Por eso en algunos momentos he querido acompañarla de la mano y en otros apartarme con cuidado, por miedo a ser dañado.
La odio, me atrae, me produce rechazo, la quiero. Siento terriblemente su desgracia y la de los suyos. Suyos muy a su pesar.
Aun así, siento mucho no haberla conocido antes. Por eso voy lamentándome contra estas duras paredes.
jueves, 19 de junio de 2008
Mi radio
En mi vieja radio, la de bolsillo comprada durante mi primer curso universitario, aparecen sonidos que echo de menos en otras radios. En una nueva, mucho más pequeña, con pantalla LCD y memoria suficiente para grabar la emisión completa de Radio Nacional, sólo encuentro tecnología, pero nada de encanto.
Mi radio de siempre, aunque ahora parezca un cacharro, ya era muy pequeña en su momento. Tenía tanta o más tecnología, pero de la de hace años, claro. Tiene una carcasa plateada que ha perdido todo su brillo con el tiempo y el uso. Cuenta con las marcas de la batalla diaria y con los golpes de innumerables caídas involuntarias. Ella no las quería, ni yo tampoco. Pero sigue dándome las alegrías de siempre. Sólo me pide pilas. Nada más. Y le cunden mucho. Ya lo creo. Qué buena es.
Tiene una rueda con la que siempre he encontrado en el dial todas las emisiones que me han interesado. Todo un placer dar con algo nuevo, que se sale de la rutina, de lo más trillado a diario, y de esos lugares comunes entre todos los oyentes. Comunes, incluso, conmigo mismo.
Girar esa rueda es casi darle a la fortuna un motor y ponerla a rodar. Un milímetro en el dial es un trecho largo en el mundo. A mí siempre me ha gustado ir haciendo paradas y detenerme a husmear entre los sonidos que voy encontrando a lo largo de esa regla de centímetros desiguales. Puedo saltar de un punto a otro trazando siempre una linea recta, y así me dirijo directamente al grano, sin dar rodeos.
Me muevo en un espacio de ruido de nieve, la nieve de las frecuencias en blanco por las que debo transitar hasta dar con alguna válida. Y cuando la encuentro está llena de sonidos que acaban dando sentido a mi travesía casi esteparia. Me quedo admirando las vistas y permanezco, o decido marcharme a otro sitio. Salto de una canción a otra, de una voz a otra, o de todas ellas al silencio.
Y todo ello sólo con mi ruedecita.
Por eso me gusta más mi vieja radio.
Mi radio de siempre, aunque ahora parezca un cacharro, ya era muy pequeña en su momento. Tenía tanta o más tecnología, pero de la de hace años, claro. Tiene una carcasa plateada que ha perdido todo su brillo con el tiempo y el uso. Cuenta con las marcas de la batalla diaria y con los golpes de innumerables caídas involuntarias. Ella no las quería, ni yo tampoco. Pero sigue dándome las alegrías de siempre. Sólo me pide pilas. Nada más. Y le cunden mucho. Ya lo creo. Qué buena es.
Tiene una rueda con la que siempre he encontrado en el dial todas las emisiones que me han interesado. Todo un placer dar con algo nuevo, que se sale de la rutina, de lo más trillado a diario, y de esos lugares comunes entre todos los oyentes. Comunes, incluso, conmigo mismo.
Girar esa rueda es casi darle a la fortuna un motor y ponerla a rodar. Un milímetro en el dial es un trecho largo en el mundo. A mí siempre me ha gustado ir haciendo paradas y detenerme a husmear entre los sonidos que voy encontrando a lo largo de esa regla de centímetros desiguales. Puedo saltar de un punto a otro trazando siempre una linea recta, y así me dirijo directamente al grano, sin dar rodeos.
Me muevo en un espacio de ruido de nieve, la nieve de las frecuencias en blanco por las que debo transitar hasta dar con alguna válida. Y cuando la encuentro está llena de sonidos que acaban dando sentido a mi travesía casi esteparia. Me quedo admirando las vistas y permanezco, o decido marcharme a otro sitio. Salto de una canción a otra, de una voz a otra, o de todas ellas al silencio.
Y todo ello sólo con mi ruedecita.
Por eso me gusta más mi vieja radio.
viernes, 13 de junio de 2008
La llamada
Jack viajaba en un autobús urbano. Era lunes. De madrugada. A esa hora Madrid aún dormía y todavía no se habían desperezado las primeras almas para comenzar otra semana más. Se había montado en Cibeles y se dirigía hacia Canillejas, confirmando por el camino que el conductor hacía la misma ruta de siempre. Ninguna alteración sobre lo previsto.
Tercera parada del trayecto. Una chica subió y tomó asiento enfrente de Jack. Le sonrió abiertamente y dejó que su mirada se perdiese hacia el fondo del autobús.
Jack la observó con interés. Advirtió cómo ese gesto amable y momentáneo se había empezado a borrar de sus labios. Sus ojos se estaban entristeciendo, una pena enorme se escapaba de ellos y empezaba a envolverla toda entera. ¿Por qué aquella sonrisa tan hermosa se había perdido en la amargura? Se preguntó Jack al tiempo que su teléfono empezó a sonar. Era una llamada de origen desconocido.
-¿Sí? -atendió. Una voz le dijo al oído algo que llevó su interés de nuevo hacia la chica. Cabeceó asintiendo, sin perderla de vista, como queriendo establecer contacto con ella.
Con el móvil pegado a la oreja, incredulidad ante la situación y mucha cautela, trató de llamar su atención con su otro brazo, el que no sostenía el aparato. Los ojos apenados que antes miró sin que le vieran, ahora se posaban otra vez en él.
-Disculpa. Es que... esta llamada es para ti -la chica mostró su enorme extrañeza y, sin decir nada, tendió su mano para recoger el objeto que Jack le estaba ofreciendo. Se puso al habla.
-¿Hola?
Jack escrutó su expresión. La chica miraba al suelo y también le miraba a él. Sólo le transmitía sorpresa y recelo mientras atendía a lo que alguien le decía a través del auricular.
Parecía un monólogo del que Jack no podía escuchar nada, aunque la cara de su, ahora, invitada empezaba a translucir otro color. Algo de luz iluminaba la cabina del autobús y no provenía de las mortecinas farolas que pespunteaban la calle. Su abatimiento tendía a desaparecer.
Se le volvía a escapar la misma sonrisa que Jack recibió de ella cuando se sentó frente a él, y se la volvía a dedicar completa. Vió en sus ojos un chispazo de alegría que le hacía olvidar la inmensa tristeza que le había transmitido. Era como si su aflicción hubiese quedado aislada en un segmento del tiempo que, afortunadamente, ya estaba enterrado.
-Gracias. Muchas gracias -dijo la chica a su interlocutor. Colgó la llamada, se levantó de su asiento y le devolvió a Jack el teléfono poniéndoselo sobre una mano. Cogiéndole la otra, reunió las cuatro manos, las suyas y las de él, con el móvil arropado entre todas ellas. Ahora estaba feliz y quería que Jack participase de su momento.
El autobús paró, le dió un beso y corrió hacia la salida para alejarse sin mirar atrás. Se la vió doblar una esquina mientras el vehículo marchaba adelante.
Jack atesoraba el aparato entre las palmas de sus manos, encerrándolo como oro dentro de un cofre. Imaginó que ese mismo cofre se abría y la sonrisa recobrada de la chica salía de él llenando todo su entorno de dicha.
Bip bip. Bip bip. Era un mensaje. Nuevamente un desconocido. Se apresuró a leerlo.
"Gracias, Jack. Juntos hemos logrado algo hermoso".
Tercera parada del trayecto. Una chica subió y tomó asiento enfrente de Jack. Le sonrió abiertamente y dejó que su mirada se perdiese hacia el fondo del autobús.
Jack la observó con interés. Advirtió cómo ese gesto amable y momentáneo se había empezado a borrar de sus labios. Sus ojos se estaban entristeciendo, una pena enorme se escapaba de ellos y empezaba a envolverla toda entera. ¿Por qué aquella sonrisa tan hermosa se había perdido en la amargura? Se preguntó Jack al tiempo que su teléfono empezó a sonar. Era una llamada de origen desconocido.
-¿Sí? -atendió. Una voz le dijo al oído algo que llevó su interés de nuevo hacia la chica. Cabeceó asintiendo, sin perderla de vista, como queriendo establecer contacto con ella.
Con el móvil pegado a la oreja, incredulidad ante la situación y mucha cautela, trató de llamar su atención con su otro brazo, el que no sostenía el aparato. Los ojos apenados que antes miró sin que le vieran, ahora se posaban otra vez en él.
-Disculpa. Es que... esta llamada es para ti -la chica mostró su enorme extrañeza y, sin decir nada, tendió su mano para recoger el objeto que Jack le estaba ofreciendo. Se puso al habla.
-¿Hola?
Jack escrutó su expresión. La chica miraba al suelo y también le miraba a él. Sólo le transmitía sorpresa y recelo mientras atendía a lo que alguien le decía a través del auricular.
Parecía un monólogo del que Jack no podía escuchar nada, aunque la cara de su, ahora, invitada empezaba a translucir otro color. Algo de luz iluminaba la cabina del autobús y no provenía de las mortecinas farolas que pespunteaban la calle. Su abatimiento tendía a desaparecer.
Se le volvía a escapar la misma sonrisa que Jack recibió de ella cuando se sentó frente a él, y se la volvía a dedicar completa. Vió en sus ojos un chispazo de alegría que le hacía olvidar la inmensa tristeza que le había transmitido. Era como si su aflicción hubiese quedado aislada en un segmento del tiempo que, afortunadamente, ya estaba enterrado.
-Gracias. Muchas gracias -dijo la chica a su interlocutor. Colgó la llamada, se levantó de su asiento y le devolvió a Jack el teléfono poniéndoselo sobre una mano. Cogiéndole la otra, reunió las cuatro manos, las suyas y las de él, con el móvil arropado entre todas ellas. Ahora estaba feliz y quería que Jack participase de su momento.
El autobús paró, le dió un beso y corrió hacia la salida para alejarse sin mirar atrás. Se la vió doblar una esquina mientras el vehículo marchaba adelante.
Jack atesoraba el aparato entre las palmas de sus manos, encerrándolo como oro dentro de un cofre. Imaginó que ese mismo cofre se abría y la sonrisa recobrada de la chica salía de él llenando todo su entorno de dicha.
Bip bip. Bip bip. Era un mensaje. Nuevamente un desconocido. Se apresuró a leerlo.
"Gracias, Jack. Juntos hemos logrado algo hermoso".
jueves, 5 de junio de 2008
Los unos y los otros
Uno dice que no ha sido él, que ha sido el otro. El otro le replica que no sólo no lo ha hecho, sino que es algo que jamás haría y que es propio del estilo del uno.
El uno se defiende y señala que no sabe de qué se le habla. Ya no se acuerda de cual era el objeto de su acusación sobre el otro.
El otro aprovecha para jactarse de algo que ha hecho. El uno opina que no está bien y que él lo habría hecho mejor. El otro se ofende y le recuerda al uno que cuando tuvo ocasión de hacerlo no lo hizo, por lo cual ahora no está autorizado a reclamar.
El uno calla al respecto y se atribuye el mérito de otra acción muy distinta de la que el otro también se considera responsable. De hecho, cree que no se habría conseguido sin su aportación. El uno no le quita la razón, pero estima que ese apoyo debía haber existido también en otras ocasiones. El otro alega que siempre ha estado ahí, pero que no se ha contado con su ayuda.
El uno replica que la última vez que pudieron lograr algo no existió esa mano tendida. Y el otro ya ha olvidado aquel momento, pero insiste en que siempre se ha contado con él para todo.
¿Sí? ¿Como cuando te pedí colaboración y me la negaste? Le pregunta el uno y el otro apunta que nunca dijo que no, sino todo lo contrario.
¿Nunca has dicho lo que dijiste?
Ya no lo recuerdo. Ni quiero acordarme.
Pues así nunca nos entenderemos. No llegaremos a un acuerdo.
Estoy de acuerdo.
El uno se defiende y señala que no sabe de qué se le habla. Ya no se acuerda de cual era el objeto de su acusación sobre el otro.
El otro aprovecha para jactarse de algo que ha hecho. El uno opina que no está bien y que él lo habría hecho mejor. El otro se ofende y le recuerda al uno que cuando tuvo ocasión de hacerlo no lo hizo, por lo cual ahora no está autorizado a reclamar.
El uno calla al respecto y se atribuye el mérito de otra acción muy distinta de la que el otro también se considera responsable. De hecho, cree que no se habría conseguido sin su aportación. El uno no le quita la razón, pero estima que ese apoyo debía haber existido también en otras ocasiones. El otro alega que siempre ha estado ahí, pero que no se ha contado con su ayuda.
El uno replica que la última vez que pudieron lograr algo no existió esa mano tendida. Y el otro ya ha olvidado aquel momento, pero insiste en que siempre se ha contado con él para todo.
¿Sí? ¿Como cuando te pedí colaboración y me la negaste? Le pregunta el uno y el otro apunta que nunca dijo que no, sino todo lo contrario.
¿Nunca has dicho lo que dijiste?
Ya no lo recuerdo. Ni quiero acordarme.
Pues así nunca nos entenderemos. No llegaremos a un acuerdo.
Estoy de acuerdo.
miércoles, 4 de junio de 2008
Dentro de un tren
Subido en el primer piso de este tren veo que todo pasa a mi lado y se marcha. Yo no me muevo. El traqueteo zarandea a derecha e izquierda a los que me rodean. Sólo permanecen inmóviles las señales fijadas a las paredes del vagón: la del extintor, la del cigarrillo negado, la de los escalones peligrosos, la del asiento reservado...
A mi espalda un grupo de chavales toca las palmas flamencas. Creo que fuera de contexto. Aunque no tanto de horario. El duende gitano se arranca bien entrada la noche.
A mi derecha dos gigantones de origen africano se empeñan en conversar a un volumen exageradamente alto. También fuera de lugar. Tienen costumbre de comunicarse a gritos en esa mezcla de inglés y alguna lengua tropical. En otros momentos del día no me habrían fastidiado, pero ahora me obligan a buscar otro sitio alejado del ruido.
La prensa gratuíta se desparrama por los asientos y el suelo. Algunas personas no son capaces de mantener un periódico entero, sin desmontarlo. Desperdigados los titulares, los anuncios por palabras, la publicidad de agencias de viajes y algún sudoku relleno ya, no sé si con éxito.
El resto del trayecto sigo oyendo voces africanas con un fondo de palmas. Me temo que la fusión no es muy afortunada, o yo no estoy para experimentos.
A mi izquierda la ventana. Me miro en mi reflejo translúcido, a través del que veo las nubes y los edificios recortados sobre el cielo que se apaga en tonos tibios. Y en mis ojos todo el cansancio de una jornada y el deseo de cenar en compañía muy deseada.
A mi espalda un grupo de chavales toca las palmas flamencas. Creo que fuera de contexto. Aunque no tanto de horario. El duende gitano se arranca bien entrada la noche.
A mi derecha dos gigantones de origen africano se empeñan en conversar a un volumen exageradamente alto. También fuera de lugar. Tienen costumbre de comunicarse a gritos en esa mezcla de inglés y alguna lengua tropical. En otros momentos del día no me habrían fastidiado, pero ahora me obligan a buscar otro sitio alejado del ruido.
La prensa gratuíta se desparrama por los asientos y el suelo. Algunas personas no son capaces de mantener un periódico entero, sin desmontarlo. Desperdigados los titulares, los anuncios por palabras, la publicidad de agencias de viajes y algún sudoku relleno ya, no sé si con éxito.
El resto del trayecto sigo oyendo voces africanas con un fondo de palmas. Me temo que la fusión no es muy afortunada, o yo no estoy para experimentos.
A mi izquierda la ventana. Me miro en mi reflejo translúcido, a través del que veo las nubes y los edificios recortados sobre el cielo que se apaga en tonos tibios. Y en mis ojos todo el cansancio de una jornada y el deseo de cenar en compañía muy deseada.
martes, 3 de junio de 2008
El jugador
Un energúmeno de cabeza pelada, cuerpo doble y músculos inventados corta cabezas con artes de segador. Su hoja, de precisión quirúrgica, rebana y desmembra sin el apoyo de una piedra de carnicero. El barbero de la calle Fleet la querría para sí.
El asesino mata frenéticamente, con la mirada perdida y la expresión dibujada a rayajos. Los cuerpos de sus oponentes caen y quedan diseminados a su alrededor. Algunos han logrado, en defensa o en ataque, herir con dagas y navajas al impertérrito fenómeno. Heridas rojas de arma blanca.
Las mellas no le detienen y, aunque ha perdido su espada, sigue armado con sus puños de forja. Lanzados con tino son tan demoledores como el hierro, y el animal derriba con ellos a otro buen número de rivales. Los desarma y después los desalma. Y así ve crecer el saldo de su barbarie.
La gesta sangrienta progresa hasta que un descuido le hace fallar. Otro guerrero le ha batido y el héroe cae fulminado. Todo se detiene. Su cuerpo, inerte, parpadea durante unos instantes hasta desaparecer.
Una maldición y un manotazo al aire sacan al jugador de su trance. Se incorpora y vuelve a sentarse, removiéndose incómodo. Golpea contra sus rodillas el instrumento con el que manejaba el poder del bruto y relaja sus pulgares, todavía palpitantes tras pulsar tanto y tan rápido. Para que otro salvaje surja de la nada y luche a merced de dos dedos imparables, sólo debe apretar un botón.
No se lo piensa y vuelve a la carga.
El asesino mata frenéticamente, con la mirada perdida y la expresión dibujada a rayajos. Los cuerpos de sus oponentes caen y quedan diseminados a su alrededor. Algunos han logrado, en defensa o en ataque, herir con dagas y navajas al impertérrito fenómeno. Heridas rojas de arma blanca.
Las mellas no le detienen y, aunque ha perdido su espada, sigue armado con sus puños de forja. Lanzados con tino son tan demoledores como el hierro, y el animal derriba con ellos a otro buen número de rivales. Los desarma y después los desalma. Y así ve crecer el saldo de su barbarie.
La gesta sangrienta progresa hasta que un descuido le hace fallar. Otro guerrero le ha batido y el héroe cae fulminado. Todo se detiene. Su cuerpo, inerte, parpadea durante unos instantes hasta desaparecer.
Una maldición y un manotazo al aire sacan al jugador de su trance. Se incorpora y vuelve a sentarse, removiéndose incómodo. Golpea contra sus rodillas el instrumento con el que manejaba el poder del bruto y relaja sus pulgares, todavía palpitantes tras pulsar tanto y tan rápido. Para que otro salvaje surja de la nada y luche a merced de dos dedos imparables, sólo debe apretar un botón.
No se lo piensa y vuelve a la carga.
domingo, 1 de junio de 2008
Mucho ruido y pocas nueces
Mi obligación laboral me tiene despierto hasta las tantas. En una de las pantallas que tengo delante empiezan a aparecer imágenes que me resultan familiares. Las selecciono para traerlas cerca. Quiero reconocerlas mejor.
Se trata de "Mucho ruido y pocas nueces", una película que recuerdo con cariño y que... ¡veré otra vez! Después de quince años de su estreno no sé si me dará lo mismo que recibí de ella en su momento. Veremos.
Y digo veremos porque lo que sí he revisitado de vez en cuando ha sido su banda sonora. Conozco bien todos sus pasajes y canciones, con el grandísimo Patrick Doyle regalándonos una partitura excelente, aparte de su voz y su presencia como Balthasar en la película. Sin duda, buena parte de la vitalidad de la cinta tiene que ver con la música de Doyle. Desde la prometedora obertura hasta su grandioso finale. Es uno de mis compositores favoritos y lo traeré a estas líneas más de una vez.
Disfruto de nuevo de los enredos, de los malentendidos y de toda la carga poética y sensual que su director, Kenneth Branagh, supo manejar muy bien. Gracias siempre al gran Shakespeare.
Son muchos elementos en uno: estupendos actores y actrices, buena fotografía, un texto infalible... ¡y cómo me gusta haber vuelto a la Toscana!
Se trata de "Mucho ruido y pocas nueces", una película que recuerdo con cariño y que... ¡veré otra vez! Después de quince años de su estreno no sé si me dará lo mismo que recibí de ella en su momento. Veremos.
Y digo veremos porque lo que sí he revisitado de vez en cuando ha sido su banda sonora. Conozco bien todos sus pasajes y canciones, con el grandísimo Patrick Doyle regalándonos una partitura excelente, aparte de su voz y su presencia como Balthasar en la película. Sin duda, buena parte de la vitalidad de la cinta tiene que ver con la música de Doyle. Desde la prometedora obertura hasta su grandioso finale. Es uno de mis compositores favoritos y lo traeré a estas líneas más de una vez.
Disfruto de nuevo de los enredos, de los malentendidos y de toda la carga poética y sensual que su director, Kenneth Branagh, supo manejar muy bien. Gracias siempre al gran Shakespeare.
Son muchos elementos en uno: estupendos actores y actrices, buena fotografía, un texto infalible... ¡y cómo me gusta haber vuelto a la Toscana!
miércoles, 28 de mayo de 2008
... sobre mojado
Abro un paraguas todavía a cubierto y salgo hacia donde el agua no cesa de caer. La oigo chocar contra la tela que me cubre. Estallidos sobre un lienzo tenso.
Sobre mí dos cielos. Uno sujeto por un árbol de varillas metálicas que despliego para protegerme del otro, ése al que miro disgustado.
Mientras se aguan mis planes de escapada primaveral también lo hacen los pantanos. Mi pequeña desgracia es una gran suerte para todos.
Sobre mí dos cielos. Uno sujeto por un árbol de varillas metálicas que despliego para protegerme del otro, ése al que miro disgustado.
Mientras se aguan mis planes de escapada primaveral también lo hacen los pantanos. Mi pequeña desgracia es una gran suerte para todos.
viernes, 23 de mayo de 2008
Llueve
Tras varios días de lluvia incesante y cielos cubiertos que la pregonan todavía, necesito ver un claro por alguna parte. Un pequeño resquicio por el que la luz del sol se cuele, llegue al suelo y lo encienda.
La verdadera energía, por mucho que al átomo le duela, es la del sol. A él le debemos la vida y echarlo de menos cuando no está presente nos es innato. Y suspiramos anhelantes mientras vemos la lluvia caer. Quizás por eso las tristezas y desánimos vienen llovidos del cielo, que cierra con nubes el paso de esa luz que nos da alegría.
La verdadera energía, por mucho que al átomo le duela, es la del sol. A él le debemos la vida y echarlo de menos cuando no está presente nos es innato. Y suspiramos anhelantes mientras vemos la lluvia caer. Quizás por eso las tristezas y desánimos vienen llovidos del cielo, que cierra con nubes el paso de esa luz que nos da alegría.
jueves, 22 de mayo de 2008
Actores
Veo en La 2 un reportaje basado en entrevistas a actores españoles. En apariencia, la plantilla empleada es un cuestionario que alguien ha ido formulando a todos ellos, uno a uno. Los encuentros con cada actor y actriz han debido producirse hace no mucho tiempo pero, por desgracia, alguno ya ha fallecido. Como el maestro Fernando Fernán Gómez.
A solas, reunidos en el mismo montaje, van desentrañando lo que es para ellos ser actor. Hablan de los difíciles comienzos y del aprendizaje en escuelas o viendo trabajar a los más grandes. De la ilusión con que, durante años, se han enfrentado al día a día.
Coinciden en lo enormemente afortunados que son por haber dado con su profesión. De entre todas las posibles, no podrían haber encontrado ninguna mejor.
Mencionan la vanidad como uno de sus fuertes... o flaquezas. Y también al espectador como espejo en el que mirarse para saber si lo están haciendo bien o no tanto.
Nos descubren una de las cualidades imprescindibles para dedicarse a la interpretación: la fortaleza física. Deben cuidarse para evitar caer enfermos, pues saben que de ellos depende que aquello que están haciendo siga adelante. Y la incertidumbre siempre presente. ¿Tendré trabajo? ¿Me llamarán? Pueden tener el favor del público, pero de nada sirve si los directores y los productores no se acuerdan de ellos.
Su consejo para quienes quieren también ser actores: intentarlo, perseguirlo, empeñarse en ello. Actuar sin parar, crear, hacer sin descanso.
Me planteo que sin esa perseverancia nunca habría llegado a enamorarme, ni emocionarme, ni a divertirme tanto con los actores y actrices a los que admiro.
Mi aplauso para todos ellos, siempre.
A solas, reunidos en el mismo montaje, van desentrañando lo que es para ellos ser actor. Hablan de los difíciles comienzos y del aprendizaje en escuelas o viendo trabajar a los más grandes. De la ilusión con que, durante años, se han enfrentado al día a día.
Coinciden en lo enormemente afortunados que son por haber dado con su profesión. De entre todas las posibles, no podrían haber encontrado ninguna mejor.
Mencionan la vanidad como uno de sus fuertes... o flaquezas. Y también al espectador como espejo en el que mirarse para saber si lo están haciendo bien o no tanto.
Nos descubren una de las cualidades imprescindibles para dedicarse a la interpretación: la fortaleza física. Deben cuidarse para evitar caer enfermos, pues saben que de ellos depende que aquello que están haciendo siga adelante. Y la incertidumbre siempre presente. ¿Tendré trabajo? ¿Me llamarán? Pueden tener el favor del público, pero de nada sirve si los directores y los productores no se acuerdan de ellos.
Su consejo para quienes quieren también ser actores: intentarlo, perseguirlo, empeñarse en ello. Actuar sin parar, crear, hacer sin descanso.
Me planteo que sin esa perseverancia nunca habría llegado a enamorarme, ni emocionarme, ni a divertirme tanto con los actores y actrices a los que admiro.
Mi aplauso para todos ellos, siempre.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Calles descubiertas
Tengo la increíble fortuna de poder recorrer uno de los callejones rescatados para mi ciudad. Quiero gozar mientras camino por él y pisar con sentido, refrescado por sus guijarros mojados tras un chubasco de primavera. Después del chaparrón llega un baño de luz.
Siento que todo se ha dispuesto para que lo disfrute a solas. Me dispongo a pasear con los ojos bien abiertos y mi piel tendida al sol. Quiero recoger sus rayos, que saltan por encima de los aleros de los tejados y se lanzan al suelo retozando.
Y avanzo.
Admiro los muros que enmarcan el trazado de la calleja, otros días enmascarados o hurtados a cualquier ojeada. Son las tapias laterales de edificios del pasado, hechas de piedra y paños de ladrillo. Sólidos tabiques que separan el aire de fuera, que fluye y no se detiene, del de dentro, suspendido entre paredes.
Adivino una silueta lejana al fondo. Aparece y desaparece sin que pueda describir ningún detalle. Ha sido una sombra a contraluz que se marcha e ignora que paseo transportado. Me reanima una palmada en el hombro del viento, que encuentra en este angostillo su camino para alborotarse. Levanto la vista y, buscando el cielo, trepo con los ojos por las paredes, aferrado a sus piedras hasta encaramarme a las tejas. Y desde arriba me veo abajo, casi al final de mi travesía.
Oigo una voz cuyo eco reverbera a mi espalda y corretea entre las paredes centenarias. He llegado al final del camino habiendo conquistado un nuevo espacio. O un viejo territorio. Dentro de un instante quien deja escapar su voz detrás de mí va a tener la suerte de hacerlo suyo también.
Siento que todo se ha dispuesto para que lo disfrute a solas. Me dispongo a pasear con los ojos bien abiertos y mi piel tendida al sol. Quiero recoger sus rayos, que saltan por encima de los aleros de los tejados y se lanzan al suelo retozando.
Y avanzo.
Admiro los muros que enmarcan el trazado de la calleja, otros días enmascarados o hurtados a cualquier ojeada. Son las tapias laterales de edificios del pasado, hechas de piedra y paños de ladrillo. Sólidos tabiques que separan el aire de fuera, que fluye y no se detiene, del de dentro, suspendido entre paredes.
Adivino una silueta lejana al fondo. Aparece y desaparece sin que pueda describir ningún detalle. Ha sido una sombra a contraluz que se marcha e ignora que paseo transportado. Me reanima una palmada en el hombro del viento, que encuentra en este angostillo su camino para alborotarse. Levanto la vista y, buscando el cielo, trepo con los ojos por las paredes, aferrado a sus piedras hasta encaramarme a las tejas. Y desde arriba me veo abajo, casi al final de mi travesía.
Oigo una voz cuyo eco reverbera a mi espalda y corretea entre las paredes centenarias. He llegado al final del camino habiendo conquistado un nuevo espacio. O un viejo territorio. Dentro de un instante quien deja escapar su voz detrás de mí va a tener la suerte de hacerlo suyo también.
martes, 20 de mayo de 2008
Calles secretas
Estoy descubriendo mi enorme interés por la recuperación urbana. No me atrae tanto la proyección de entornos habitables en los que las calles nos llevan de unas casas a otras. Ni tampoco el delineado de planos que esbozan ciudades. Prefiero la recreación de éstas a partir de lo que ya existía y, aunque no lo supiéramos, aún sigue ahí. Podría llamarlo arqueología de superficie.
Tómese una zona en la que hace siglos existieron varios edificios y algunas calles entre ellos. Con el paso de los años esas construcciones se han envuelto y revestido, incluso han cambiado de uso o dejado de tenerlo. Tal vez también por el desuso las calles que las separaban y unían se han cerrado. Puertas y tapias han celado la luz que antes las hacía visibles y, durante mucho tiempo, hemos rozado al pasar sus accesos ocultos.
Muchos calendarios después un nuevo plan urbano o la regeneración puntual de una manzana hace que un par de calles vuelva a abrirse. Y muchos de los que ignorábamos que algún día del pasado a alguien le sirvieron para atajar de un punto a otro quedamos fascinados. Nos ocurre lo mismo al comprobar que una fachada que solo escondía ruinas ha pasado a ser la delantera de una edificación viva otra vez.
Construcciones que regresan a la vida y calles que vuelven a verla pasar. Me abstraigo y sueño despierto que me adentro en uno de esos nuevos accesos y piso su empedrado con zapatos de suela delgada. Un nuevo acceso que, por su antigüedad, no se llamará así. Por fuerza deberá tomar el nombre de travesía, o corredera, o pasaje, o calleja, o incluso angostillo. Como debe ser.
Tómese una zona en la que hace siglos existieron varios edificios y algunas calles entre ellos. Con el paso de los años esas construcciones se han envuelto y revestido, incluso han cambiado de uso o dejado de tenerlo. Tal vez también por el desuso las calles que las separaban y unían se han cerrado. Puertas y tapias han celado la luz que antes las hacía visibles y, durante mucho tiempo, hemos rozado al pasar sus accesos ocultos.
Muchos calendarios después un nuevo plan urbano o la regeneración puntual de una manzana hace que un par de calles vuelva a abrirse. Y muchos de los que ignorábamos que algún día del pasado a alguien le sirvieron para atajar de un punto a otro quedamos fascinados. Nos ocurre lo mismo al comprobar que una fachada que solo escondía ruinas ha pasado a ser la delantera de una edificación viva otra vez.
Construcciones que regresan a la vida y calles que vuelven a verla pasar. Me abstraigo y sueño despierto que me adentro en uno de esos nuevos accesos y piso su empedrado con zapatos de suela delgada. Un nuevo acceso que, por su antigüedad, no se llamará así. Por fuerza deberá tomar el nombre de travesía, o corredera, o pasaje, o calleja, o incluso angostillo. Como debe ser.
lunes, 19 de mayo de 2008
El sonido del horror
Esta tarde he asistido a varias escenas de guerra. No he visto luchas, ni armas, ni sangre, ni nada de lo habitual en estas situaciones. No había nada ante mí. Tampoco una pantalla de cine o televisión en la que hubiera podido verlo todo sin estar en el lugar de los hechos. Pero estaba. No veía pero oía.
Mediante el oído he podido despertarme una mañana hace doscientos años, salir a la calle y recorrerla entre el sonido de los carros, los animales y los ecos de voces lejanas y cercanas. La cotidianeidad de un día en el Madrid de 1808 y la calma tensa que se rompe sin remedio. He escuchado los pasos de los soldados franceses a pie y los de los cascos de los caballos. Gritos valerosos de quienes se enfrentan a ellos. Otros aterrorizados de quienes les combaten sin posibilidad de salir con vida de las refriegas. El choque de hojas de espada contra navajas y otros hierros no ideados para pelear. Y más gritos y alaridos acallados por cañonazos y disparos.
En mis oídos todo un día de combates sangrientos en los que muchos madrileños no sólo han perdido sus vidas. Y también una noche en la que la justicia del invasor, rotunda y brutal, ha sido aplicada.
Los últimos tiros ejecutores resuenan aún, mezclados con el canto de grillos y chicharras. A partir de entonces dejo de oír, de auscultar la noche, y veo el sol. Ha llegado el día, pero la luz no trae felicidad.
(Para los que queráis vivir algo parecido, basta con que os acerquéis al Cuartel del Conde Duque, en Madrid, y entréis en una pirámide negra que encontraréis en uno de sus patios).
Mediante el oído he podido despertarme una mañana hace doscientos años, salir a la calle y recorrerla entre el sonido de los carros, los animales y los ecos de voces lejanas y cercanas. La cotidianeidad de un día en el Madrid de 1808 y la calma tensa que se rompe sin remedio. He escuchado los pasos de los soldados franceses a pie y los de los cascos de los caballos. Gritos valerosos de quienes se enfrentan a ellos. Otros aterrorizados de quienes les combaten sin posibilidad de salir con vida de las refriegas. El choque de hojas de espada contra navajas y otros hierros no ideados para pelear. Y más gritos y alaridos acallados por cañonazos y disparos.
En mis oídos todo un día de combates sangrientos en los que muchos madrileños no sólo han perdido sus vidas. Y también una noche en la que la justicia del invasor, rotunda y brutal, ha sido aplicada.
Los últimos tiros ejecutores resuenan aún, mezclados con el canto de grillos y chicharras. A partir de entonces dejo de oír, de auscultar la noche, y veo el sol. Ha llegado el día, pero la luz no trae felicidad.
(Para los que queráis vivir algo parecido, basta con que os acerquéis al Cuartel del Conde Duque, en Madrid, y entréis en una pirámide negra que encontraréis en uno de sus patios).
domingo, 18 de mayo de 2008
Esperando el tren
Hoy la estación de Atocha vive su hora punta sin serlo. Son casi las doce de la noche y hay muchos más viajeros de lo acostumbrado. Les observo sentado en uno de los bancos de metal rojo calado.
La mayoría de ellos esperan solos. Como yo. A mi lado un joven sudamericano oye en sus auriculares música electrónica mientras lee la Biblia. Abierta concretamente por el libro de Daniel. ¿Coincidencia?
Si levanto la vista de las páginas de la Biblia de mi vecino me topo con un kamikaze que bordea el andén ignorando el peligro que corre. Seguramente confía más en el agarre de sus suelas a ese filo de piedra que cualquiera de los que asistimos a su improvisado espectáculo de funambulismo. La banda sonora la pone la música que sigue llegándome alta y clara desde los cascos de mi compañero. Le va como un guante a la escena.
Distrae mi atención el desagradable ruido que produce un elemento que escupe contra el suelo. Viste traje y corbata. Eso, lleva corbata. Sólo espero ver cómo se limpia con ella tras lanzar un par de escupitajos más. Los ha enviado con soltura a viajar sobre raíles. ¡Qué virtuoso!
Me desentiendo de él cuando el aire movido por unos papeles me da en la cara. Huele a tinta seca. La que llena las páginas de unos cuantos ejemplares de prensa gratuita que una señora sacude con intención de plancharles las arrugas. Se sienta entre el chico que lee la Biblia y yo. Es muy tarde para hacer el esfuerzo de leer de reojo los titulares de alguno de esos periódicos. Se imprimieron hace más de veinticuatro horas y ya los llenan noticias del pasado.
El tren llega puntual, con sus dos plantas habitadas con poco orden. Es el último del día y el andén, en ese preciso momento, despide a la vez a los que salen y de él a los que nos subimos.
La mayoría de ellos esperan solos. Como yo. A mi lado un joven sudamericano oye en sus auriculares música electrónica mientras lee la Biblia. Abierta concretamente por el libro de Daniel. ¿Coincidencia?
Si levanto la vista de las páginas de la Biblia de mi vecino me topo con un kamikaze que bordea el andén ignorando el peligro que corre. Seguramente confía más en el agarre de sus suelas a ese filo de piedra que cualquiera de los que asistimos a su improvisado espectáculo de funambulismo. La banda sonora la pone la música que sigue llegándome alta y clara desde los cascos de mi compañero. Le va como un guante a la escena.
Distrae mi atención el desagradable ruido que produce un elemento que escupe contra el suelo. Viste traje y corbata. Eso, lleva corbata. Sólo espero ver cómo se limpia con ella tras lanzar un par de escupitajos más. Los ha enviado con soltura a viajar sobre raíles. ¡Qué virtuoso!
Me desentiendo de él cuando el aire movido por unos papeles me da en la cara. Huele a tinta seca. La que llena las páginas de unos cuantos ejemplares de prensa gratuita que una señora sacude con intención de plancharles las arrugas. Se sienta entre el chico que lee la Biblia y yo. Es muy tarde para hacer el esfuerzo de leer de reojo los titulares de alguno de esos periódicos. Se imprimieron hace más de veinticuatro horas y ya los llenan noticias del pasado.
El tren llega puntual, con sus dos plantas habitadas con poco orden. Es el último del día y el andén, en ese preciso momento, despide a la vez a los que salen y de él a los que nos subimos.
viernes, 16 de mayo de 2008
Por debajo
Es de noche. Atravieso Madrid por debajo. Por donde nadie en la superficie puede ver los faros encendidos de mi coche ni oír la ronca monotonía de su motor. Es el territorio de los insectos y de otros muchos seres que perforan el suelo en un punto y parten desde él horadando la tierra, abriendo galerías que les llevan a otro espacio distinto. Ignoro qué hacen por el camino y si ese trayecto hacia un punto final tiene algún sentido más que el propio fin que intentan alcanzar. En definitiva, eso son cosas de bichos.
El caso es que me siento uno más de ellos, oxigenando la tierra o moviendo, al menos, el aire en sus entrañas. Encuentro semejantes por el camino. Seres noctámbulos como yo que habitan en tránsito estas galerías. Me dan su compañía por un momento, marchando parejos hasta que su rumbo deja de ser como el mío. Me pregunto si desean llegar a su destino tanto como yo. Son individuos que se saben anónimos, que no conocen a quien deambula junto a ellos. Pero en ese estrato, por debajo de la realidad, tienen la certeza de estar conectados entre sí. Ellos y yo tenemos mucho en común: un mucho que es todo lo que cabe en ese espacio que vamos salvando en paralelo. Una conexión temporal que se rompe en cuanto cada cual se dirige hacia su salida. Yo también encuentro la mía y me olvido, como todos ellos, de ese cosmos cavernoso que permanecerá ahí. Pero para otros.
Recorremos el Madrid subterráneo buscando salir de él. No queremos estar ahí porque no es Madrid.
El caso es que me siento uno más de ellos, oxigenando la tierra o moviendo, al menos, el aire en sus entrañas. Encuentro semejantes por el camino. Seres noctámbulos como yo que habitan en tránsito estas galerías. Me dan su compañía por un momento, marchando parejos hasta que su rumbo deja de ser como el mío. Me pregunto si desean llegar a su destino tanto como yo. Son individuos que se saben anónimos, que no conocen a quien deambula junto a ellos. Pero en ese estrato, por debajo de la realidad, tienen la certeza de estar conectados entre sí. Ellos y yo tenemos mucho en común: un mucho que es todo lo que cabe en ese espacio que vamos salvando en paralelo. Una conexión temporal que se rompe en cuanto cada cual se dirige hacia su salida. Yo también encuentro la mía y me olvido, como todos ellos, de ese cosmos cavernoso que permanecerá ahí. Pero para otros.
Recorremos el Madrid subterráneo buscando salir de él. No queremos estar ahí porque no es Madrid.
martes, 13 de mayo de 2008
¿La vida es sueño?
Hoy vivo en la nebulosa del jet lag que sufro cada vez que paso del horario nocturno al diurno. Debo adaptarme nuevamente al ritmo que está marcado para casi todos. Vivir cuando casi todos y dormir también cuando casi todos. Diferencio vivir de dormir pues hace tiempo que siento que durmiendo no vivo.
Estos días se habla de que varias universidades de distintos países han completado el mapa genético del ornitorrinco. ¡Por fin! Ya sabemos cuánto tenemos en común con ese simpático puzzle disparatado de la creación. Pero a mí estos días me interesa más saber si mi genoma y el del lirón careto tienen algo que ver entre sí. Mi necesidad de sueño es abundante y, aunque hoy el lapso temporal que dedico a dormir se ha desplazado unas horitas, voy cubriéndola sin grandes problemas.
Vamos, que duermo a pierna suelta. Eso del lado positivo. Del negativo la más amarga frustración que se adueña de mí cada vez que intento recordar lo que he soñado y no lo consigo. ¿Horas y horas durmiendo para nada? ¡Es como si todo ese tiempo no existiese! A veces quisiera tener la seguridad de que no sueño, pero la evidencia me rompe la cara cuando me sorprendo a mí mismo siendo protagonista de historias en las que mi subconsciente me implica. Ahí está el peligro de desvelarnos mientras dormimos y toparnos con nuestras otras realidades.
Así que por más que quisiera no podría negarlo. Hay sueños dentro de mi sueño. Vidas dentro de la mía. O serían eso si fuese capaz de evocarlas y entregarlas a la memoria para que las manejase junto al resto de los recuerdos. De ellos está la vida hecha. De los recuerdos que la memoria va almacenando y gestionando. Son los objetos que ésta toma y organiza en sus estantes. Muchos de ellos debe moverlos constantemente, bajo petición. Alguna exigencia le obliga a tenerlos a mano, en las primeras filas. Por eso va rescatándolos del fondo a medida que van llegando otras piezas, siendo depositados con método en las líneas delanteras.
Hay determinados recuerdos que siempre deben estar a mano y me gustaría que entre ellos se encontrasen mis sueños. Trabajaré para conseguir que mi memoria también los tenga en cuenta. Va a ser un proceso difícil, propio de un negociador curtido. Pero algún día tendré mi premio y comenzarán a ser trozos de mi vida. Así viviré mientras duermo.
Estos días se habla de que varias universidades de distintos países han completado el mapa genético del ornitorrinco. ¡Por fin! Ya sabemos cuánto tenemos en común con ese simpático puzzle disparatado de la creación. Pero a mí estos días me interesa más saber si mi genoma y el del lirón careto tienen algo que ver entre sí. Mi necesidad de sueño es abundante y, aunque hoy el lapso temporal que dedico a dormir se ha desplazado unas horitas, voy cubriéndola sin grandes problemas.
Vamos, que duermo a pierna suelta. Eso del lado positivo. Del negativo la más amarga frustración que se adueña de mí cada vez que intento recordar lo que he soñado y no lo consigo. ¿Horas y horas durmiendo para nada? ¡Es como si todo ese tiempo no existiese! A veces quisiera tener la seguridad de que no sueño, pero la evidencia me rompe la cara cuando me sorprendo a mí mismo siendo protagonista de historias en las que mi subconsciente me implica. Ahí está el peligro de desvelarnos mientras dormimos y toparnos con nuestras otras realidades.
Así que por más que quisiera no podría negarlo. Hay sueños dentro de mi sueño. Vidas dentro de la mía. O serían eso si fuese capaz de evocarlas y entregarlas a la memoria para que las manejase junto al resto de los recuerdos. De ellos está la vida hecha. De los recuerdos que la memoria va almacenando y gestionando. Son los objetos que ésta toma y organiza en sus estantes. Muchos de ellos debe moverlos constantemente, bajo petición. Alguna exigencia le obliga a tenerlos a mano, en las primeras filas. Por eso va rescatándolos del fondo a medida que van llegando otras piezas, siendo depositados con método en las líneas delanteras.
Hay determinados recuerdos que siempre deben estar a mano y me gustaría que entre ellos se encontrasen mis sueños. Trabajaré para conseguir que mi memoria también los tenga en cuenta. Va a ser un proceso difícil, propio de un negociador curtido. Pero algún día tendré mi premio y comenzarán a ser trozos de mi vida. Así viviré mientras duermo.
sábado, 10 de mayo de 2008
Soy virgen
Acabo de lanzarme, con nocturnidad e inconsciencia, a esto de las bitácoras online. A estas horas y con este sueño tremendo ignoro todo tipo de respeto o miedo ante la nueva aventura. Y me lanzo sin más.
Espero ser constante y encontrar a menudo una excusa para entrar y escribir.
Espero ser constante y encontrar a menudo una excusa para entrar y escribir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)