jueves, 15 de julio de 2010

La bandera

Jamás pensó que tendría un capricho como aquel, aunque a medida que el Mundial avanzaba el antojo crecía. El día de la semifinal contra Alemania al fin decidió comprar una bandera, pero a escasos minutos del comienzo del partido no encontró ninguna tienda abierta. Le bastó entonces con unos toques de pintura sobre sus mejillas, aunque la euforia nacida del resultado final le hizo prometerse que los días posteriores se haría con la enseña como fuera. Sabía, sin embargo, que no sería fácil.

Le sorprendió que París no fuese tan ajeno a sus colores. A menudo se cruzó con referencias a  'la roja', camisetas, gorras y banderas... al pie de Notre-Dame, en los bateaux del Sena, a la sombra de las columnas del Panthéon, en los jardines de Luxemburgo. Mantuvo así la esperanza de llegar a ver la final con bandera. Paseando por la plaza del Trocadéro se presentó una posibilidad, así que regateó hasta llegar a un precio razonable. Ya era suya. Dos días después la llevaría consigo y animaría a la Selección como nunca antes lo había hecho.

Aguardó su turno en la cola de espera para subir a la Torre Eiffel. Había decidido que le anocheciera contemplando las vistas de la ciudad desde uno de los miradores de aquel gigantesco andamio de hierro. Sería otra hermosa vivencia, inolvidable como tantas aquel día.

Open your bags, please!  Uno de los vigilantes se anticipaba al control de seguridad previo a la entrada. Ella le mostró el contenido de su mochila. El guarda revolvió en el interior hasta dar con algo. Lo siento, no puede subir con la bandera, dijo en su inglés afrancesado. Ella le rió la gracia. Era evidente que estaba de guasa. La bandera no pasa, insistió él forzando una seriedad poco convincente. ¿O sea que no es una broma?, dedujo ella al fin. Ni banderas ni otros símbolos, recalcó el centinela. Descuide, no voy a desplegarla ahí arriba, le aclaró. Son las normas, le lanzó otra negativa. ¿Y qué hago con ella? ¿La tiro? Acabo de comprarla, se explicó tratando de obtener una pizca de comprensión. Haga lo que quiera con ella y a la vuelta podrá pasar, última palabra.

No se lo podía creer. Salió de la cola totalmente anonadada. Nadie iba a darle crédito cuando lo contase. Buscó un escondrijo bajo la pata norte de la Torre. Llevaba la bandera doblada y todavía precintada. Un hueco en el pavimento de un escalón sirvió para arrebujarla y unas piedrecitas y un pedazo de corteza de árbol acabaron de ocultarla. Al volver a la cola y demostrar al controlador que el trapo ya había desaparecido no pudo resistirse a hacerle una breve consulta: ¿Y si la bandera hubiera sido la de Francia?

Decidió dejarlo así para no discutir. Quería recrearse en el ascenso, en el aire, en las vistas. Y lo consiguió. Al cabo de un rato las luces de la Torre comenzaron a destellar en el encendido más espectacular que había vivido nunca.

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2 comentarios:

Gustavo dijo...

QUE INCOGNITA PLANTEAS...PERO PARIS BIEN VALE NO BUSCAR LA RESPUESTA. BELLEZA INIGUALABLE, DE CIUDAD LUZ, EN TU ESCRITO. SALUDOS.

Daniel Buitrago dijo...

La incógnita se ha quedado allí, sí. Y cada vez que volvemos un pedazo más de nuestro corazón.
Muchas gracias, Gustavo.