MIS AFUERAS
La locura es un idioma sagrado.
Lengua viva en la cabeza. Silencio en el corazón.
Hay en mi casa treinta ramos secos de mujer.
Me despierto en el cuadro de los sueños;
Pintado sobre tela:
Ahora, hasta mediados de junio, se puede ver parte del trabajo que Miquel Barceló ha realizado a lo largo de tres décadas. Hace tiempo trajeron a este centro una muestra sobre el proceso de creación de su bóveda para la Sala de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de Ginebra. Era un proyecto envuelto por las críticas y la polémica, así que no fue difícil leer en los gestos y reconocer en las voces del público cierto grado de desaprobación. Esta muestra es, sin embargo, una reconciliación con Barceló.
Otra lectura de las que no es posible despegarse. Tres mujeres que confluyen en la actualidad agarradas al hilo de su pasado.
Al poco de comenzarla, sin saber qué podía encontrar en ella, me veo sumergido en el Egipto más clásico y decadente a la vez: el del desconcierto religioso, el de la multitud de dioses que buscan su sitio en los altares públicos y privados. El mismo de la reciente Ágora de Amenábar. Comprendo ahora que la reedición no es casual y me alegra que estas conexiones se produzcan de cuando en cuando.
Estos días, leyendo El Palacio de la Luna, de Paul Auster, he pensado más de una vez que su protagonista tenía mucho que ver con el de El guardián entre el centeno. Ayer murió J. D. Salinger, padre de la criatura, y vuelvo a pensar que las casualidades existen, o que, sin llamarlas necesariamente así, el mundo está hecho de las conexiones entre el sinfín de cosas que nos rodean, los millones de sensaciones que nos asaltan a todos a la vez, y el cruce de nuestros pensamientos y su producción imparable.
Tanto Holden Caulfield como Fogg son dos jóvenes en plena búsqueda de sí mismos. Muchos, cuando leen El guardián entre el centeno a eso de los quince años, acaban identificados con su protagonista, reconociéndose en su actitud y en su rebeldía. Les entiendo, aunque es posible que hoy nuestro modo de vida les separe de esas pulsiones algo más básicas de Caulfield, distintas de otras más "tecnológicas" que hoy les asaltan. Quizás porque lo leí con el doble de la edad que se le supone a su lector ideal, no tuve la sensación de que debía estar entre mis libros de cabecera (¿los tengo?). Tal vez también rechacé ese tesón autodestructivo del protagonista, algo en lo que coincide con Fogg, al menos en una buena parte de la novela.He dado el primer paso hacia la libertad. Bueno, más que un paso ha sido una carrera. En cuanto la rubia me ha hecho su petición he salido pitando a corresponderla. Jamás habría imaginado que acudiría como alma que lleva el diablo a pagar por un trozo de cartón plastificado relleno de tabaco picado. ¿Alguien ha conseguido alguna vez correr los cien metros lisos con un cigarrillo invadiéndole los pulmones?
Pulmones, por cierto, con su volumen ampliado por mi respiración alterada. El humo disfruta ahora de mucho más espacio para hacerse conmigo. Toso compulsivamente y me vuelve a los oídos la voz de la máquina expendedora: "Su tabaco, gracias". No, no es mi tabaco, pero como si lo fuera. Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. El mensaje impreso en la cajetilla despierta mi compasión por la rubia, y creo que también por mí mismo. Pero ahora me resulta necesario. Se me empieza a enturbiar la vista: "Fumar puede ser a veces necesario". ¿Es ésa realmente la frase impresa?
Ahora no sería capaz de leer una sóla de las letras de este libro que sigue en mi mano izquierda. Mi dedo índice continúa pillado entre sus páginas como un ratón en una ratonera. Que yo sepa, los genios no tenían que dejarse el alma corriendo de acá para allá y debería de haber alguna manera algo más... no sé, mágica, de llegar a los sitios. En fin, voy sin resuello pero con los deberes hechos. Ahora me resta hacer que la rubia desee un par de cosas más.