domingo, 3 de febrero de 2013

Pi y la fe

Acabo de ver una película necesaria, gustosa, esperanzada. Más allá de sus méritos en la competición por los Oscar, de su vistosidad y atractivos, merece la pena ver La vida de Pi. Sobre todo porque hay que verla terminar, pues al final viene lo bueno. Es fantástico poder salir del cine pensando, dándole vueltas a lo que uno ha visto, sacando conclusiones.


El Pi adulto nos habla del Pi niño, del adolescente, del enamorado, del desesperado, del superviviente. Todo ello va a ser un juego desde el inicio del film, desde el comienzo de la narración que su protagonista comparte con un escritor que busca una buena historia para convertirla en novela. Sin embargo, tardaremos en saber que hemos estado jugando, en comprender por qué ciertas cosas se han presentado de una forma fabulada o alegórica.

Ang Lee, que resuelve casi todas sus películas impecablemente, consigue aquí volver a firmar triunfante. Toda la parte marina de la cinta está compuesta con destreza, gracias a una cámara que llega a ser el mismísimo espíritu del protagonista, trasladándonos sus emociones de manera efectiva. Y gracias también a la interpretación de Suraj Sharma, pilar central de esta película. De los buenos actores conviene no olvidarse y éste lo es. Lástima no haber podido verla en 3D, pues en ese tercer plano debe de estar en muchos momentos el refuerzo a la imaginación de Pi y todas sus vivencias.

La vida de Pi tiene interés también por su planteamiento filosófico acerca de las religiones. Hay en ella positividad ante las creencias, una revelación de la fe como tabla de salvación sin forma concreta, sin etiqueta alguna, sin liturgias marcadas. Espero que a nadie pueda echarle atrás la carga religiosa de la que hablo a la hora de acudir a ver esta obra. Para bien y para mal la religión está aquí presente, pero siempre desde la reflexión, desde la libertad; al fin y al cabo la fe es lo único que cuenta, no tanto los variados credos que se han estipulado en torno a ella.

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