viernes, 5 de agosto de 2011

Limpieza de indignados

Ya tenía ganas de postear algo sobre los INDIGNADOS. También me aplico el adjetivo, aunque no milite a favor de la causa tan combativamente como los que salen a la calle a diario. Me sumo a ellos no solo en la inflamación, en la impaciencia y en la protesta festiva, sino también en la denuncia de las prácticas del sistema financiero, el saqueo consentido por nuestros gobiernos y su mirada culpable hacia otro lado, el recorte imparable de derechos sociales y logros de los trabajadores, la legitimación del poder del capital... hay tanto que denunciar...


Desde el momento en que el Movimiento 15-M toma posiciones en la calle, su 'acantonamiento' es declarado ilegal por el gobierno. Nadie se atreve entonces a levantar la acampada, por miedo a perder los réditos electorales que la tibieza frente a los 'revoltosos' puede reportar. Todo son medias tintas y adopción interesada de lo que puede añadir bondad a la careta astuta del dirigente.

Estos días parece que a los políticos elegidos en nuestra supuesta democracia les ha dado por la limpieza. Aprovechando el agosto vacacional y la tradicional despoblación de Madrid, algunos quieren despejar ciertos espacios de la ciudad, aún más si cabe. Y como si acabara de pasar la cabalgata de Reyes, ¡a limpiar se ha dicho! Hasta han arramblado con el puesto de información que los acampados habían pactado con ellos dejar en la plaza a cambio de retirar el asentamiento. Evidentemente, tienen sus motivos para ponerse a barrer.

Salvando las distancias, que son grandes, podríamos comparar el desalojo de Sol y alrededores con el de la película más vista de la historia de Brasil, Tropa de élite. En ella se recrea una actuación llevada a cabo en Río de Janeiro por el Batallón de Operaciones Policiales Especiales en 1997. Meses antes de la visita del Papa Juan Pablo II, este grupo fue enviado a la favela junto a la que éste iba a hospedarse con el fin de sanear el área y hacer desaparecer a traficantes y delincuentes. Hubo en la brutal intervención muchos muertos y detenidos. Todo para que el Papa pudiera dormir tranquilo.

Casualmente, dentro de dos semanas tendremos al papa Benedicto XVI en Madrid. Nuestra policía tiene orden de eliminar los 'elementos de distorsión', para que nada le pueda 'chirriar' al Sumo Pontífice y la imagen dada durante su visita sea todo lo 'entregada' que se pretende. Por suerte, los métodos de limpieza aquí no tienen nada que ver con los empleados por el BOPE brasileño, pero es sorprendente que un estado aconfesional como España acoja la visita de un jefe religioso con tan extremada pompa y escrúpulo  -y desembolso económico, impensable de haberse tratado de otro asunto-.

Menos mal que hoy, en respuesta a la 'operación depuradora', un supuestamente vacío Madrid vuelve a ser un hervidero de gente y de ideas, sin tantos miramientos a la hora de expresarse, de reclamar lo que le pertenece, de hacer suya la calle otra vez. ¡Ah!, por supuesto que también en esta película, a pesar del ruido, el obispo de Roma podrá conciliar el sueño.

jueves, 28 de julio de 2011

Uno bueno

Nadie como él.
Bueno, sensible, generoso.
Un santo, vamos,
o mejor, un ángel.
(La diferencia
entre uno y el otro,
las alas.
Poco más).

Oxígeno, libertad,
valor para cada acción,
ayuda siempre.
Y calor.

Los demás,
egoístas, desconsiderados.
Era un tipo raro entre ellos.
No le importaba,
aunque pensaba:
Habrá lugares
donde encontrar
amigos de verdad.

Una mañana,
después de una ducha,
desnudo, se miró al espejo.
Detrás, junto al costado,
vió algo extraño.

Dos bultos bajo la piel
apuntando algún cambio.
Crecieron de pronto,
abrieron su carne,
se desplegaron.
Movieron el aire
dos grandes alas blancas.

Pensó:
Sol, cielo despejado
y mi sonrisa.
Se dijo:
Desde arriba
podré ver otro mundo.
Otra gente.

Entonces echó a volar.

sábado, 23 de julio de 2011

Todo termina

Hace pocas semanas, en un autobús, me vi rodeado de adolescentes emocionados/as. Abrazaban  -mejor, atesoraban-  carpetas, fotos, posters firmados con rotulador negro. Me pregunté qué ídolo juvenil los habría garabateado.

Uno de los fenómenos que hoy mueven masas de fanes  -qué raro este plural-  es la última peli de Harry Potter. Para el que quiera atar cabos sueltos sin haber leído todos los libros, como yo, no queda otro remedio que verla. El caso es que esto no supone ningún esfuerzo. Al contrario.

Todo acaba, sí, y la guinda está bien puesta sobre el pastel. Quienes justo al comienzo esperen una descarga de fuegos artificiales, tal vez se vean algo defraudados. Aunque poco después, ya concluido el trámite de explicar ciertos porqués, llega por fin el verdadero espectáculo:  pirotecnia y magníficos efectos al servicio de la magia más poderosa de toda la serie. La épica guerrera, cercana a la de El señor de los anillos, está bien ajustada, aunque quizás no se equivoquen los que piensan que otro director habría hecho mejores maravillas.

Harry, después de tantos incidentes, acabará conociendo los motivos de su propia supervivencia. Sabrá por fin qué hacer frente a Voldemort, invariablemente decidido a eliminarlo. 'El que no debe ser nombrado' alcanza por fin el trono entre los grandes villanos de la historia del cine, mérito exclusivo de la autora y, por supuesto, de Ralph Fiennes. Él es uno de tantos y tantos actores británicos que aparecen en la saga. Se podría decir que casi todos los mejores han pasado por las ocho películas con solvencia sobrada. Esa madurez, me temo, se echa en falta en las interpretaciones de los más jóvenes, aunque, claro, hace diez años nadie podía prever cómo evolucionarían el físico y la técnica de aquellos niños. Echo de menos más desgarro, emotividad, expresividad en ciertos momentos. Y, por supuesto, más pasión en el esperadísimo beso entre Ron y Hermione, o el de Ginny y Harry, lástima de beso, tímido y desganado.

Asistimos al cierre de las subtramas que habíamos dejado abandonadas años atrás, apuntando la genialidad y el ingente trabajo de planificación de J. K. Rowling. Conoceremos la verdad de Severus Snape, estrechamente ligada al destino de Potter. La muerte, presidiendo siempre, nos brindará unas cuantas desapariciones  -muchas de ellas resueltas con brevedad, tibiamente, sin la relevancia que se les otorga en otras películas-. Y, a pesar de la muerte, veremos que hay valores que perviven incluso más allá.

En fin, entretenidísimo final de H.P. Por cierto, al día siguiente de haber coincidido con los chavales del  'mundo fan', vi en televisión a los actores que encarnan a los hermanos Weasley. Ron y los gemelos Fred y George enviaban un saludo a los españoles desde una terraza de Madrid. A sus espaldas reconocí el lugar donde me había subido al autobús.

martes, 19 de julio de 2011

El cubo rojo

Lo miro. Ocupa su rincón. Un cono truncado de plástico rojo abierto, con un asa descansando junto a la soga que lo abraza, dibujada en su superficie. Está vacío y seco. No es lo normal.

El diálogo más escueto y repetido en casa a lo largo de los últimos dos años:

-¿Sale caliente? -uno, desde la puerta del cuarto de baño.
-No -el otro, junto a la bañera, sosteniendo el cubo rojo bajo el grifo abierto.

Mañanas, tardes, noches. Siempre lo mismo. El cubo cumplía su función ecológica y económica, resumida en la máxima de no malgastar el agua. Litros y más litros, metros cúbicos a la espera de cada primera gota templada. Dicho recipiente habría necesitado varios socios para contener tanto líquido con el fin de destinarlo a otros menesteres, salvaguardando así el planeta y nuestro bolsillo.

Era un problema no resuelto a pesar de tantas y tantas quejas. Queríamos disponer de agua caliente en las mismas condiciones que el resto de los vecinos. Pero llegaba tarde y tibia. Muchos meses fregando y duchándonos con agua tibia, solo tibia. A veces, tras haber llenado el cubo rojo y tirado decenas de litros, el agua empezaba a caldearse. Era el momento justo para meterse en la bañera y proceder. Champú, gel, alegres cánticos, hasta que, ¡aaah!, el agua caliente se despedía a la francesa y aparecía en su lugar el filo cortante de la fría.

Daban ganas de hacerse el lavado del gato. Miraba las facturas y, a juzgar por las cifras, me preguntaba quién se escaldaba con mi agua caliente, porque a mí, lo que era a mí, no me llegaba una pu... ñetera gota. A veces, haciendo honor a los usos de nuestros abuelos, pensaba en calentar el agua en la placa, como quien se prepara una sopita. Pero acababa abriendo el grifo de mi paciencia, aguardando largos ratos al milagro de los panes  -recién horneados, crujientes-  y los peces  -al vapor, si puede ser, gracias-.

Y el prodigio, ¡oh quimera!, llegó al fin. ¡Tenemos agua caliente! Hace días que nos pellizcamos preguntándonos si es ficción o realidad. Nos parecemos a los himba recién llegados a la ciudad, asombrados por la magia de la civilización. Acostumbrados al agua templada, solo templada, ahora gritamos al abrasarnos con ese caudal que hierve en un santiamén. Son alaridos de felicidad:  nunca habríamos imaginado que una quemadura de primer grado produjera tanta dicha.

Sin embargo, ahora miro el cubo rojo y no puedo evitar sentir algo. Extrañeza, quizás, por verlo arrinconado del todo. Vacío y seco. Ha sido un buen compañero de fatigas, hoy libre de su empleo.

jueves, 14 de julio de 2011

Irse

Buscar la novedad, lo que nos enamore de nuevo, la ilusión perdida, o nunca encontrada. Moverse con una intención  -no tenerla clara es lícito, por el camino a veces surge un objetivo-,  poner distancia y oxígeno.

La clave, no cabe duda, está en ir. Aunque ir suponga marcharse, dejar el lugar en el que uno tiene sus cosas, sus secretos, sus espacios conocidos, los hechos de su pasado.

Jean Echenoz emplea dos palabras para titular, para empezar y también para acabar su novela:  Me voy.  En ella Ferrer, francés posmoderno, se marcha al Gran Norte dejándolo todo, en busca de unos restos étnicos ocultos en un barco hundido. Él huye de lo cotidiano, buscándose, y llegando finalmente casi al mismo punto de partida. Emprender el viaje es lo más valiente que ha hecho y la conclusión algo circunstancial. Al menos lo ha intentado.

José Mota, sociólogo mordaz, buen actor, siempre divertido, nos regaló hace años una de las frases más repetidas en toda clase de círculos:  Si hay que ir se va, pero ir pa ná... es tontería.  Aunque no tengamos idea del para qué, necesariamente tiene que haberlo. Tal vez poniéndonos en marcha empecemos a dibujarlo.

La disyuntiva de Obama en Afganistán:  malo irse, peor quedarse. En fin, qué sé yo, políticas de altos vuelos, crímenes de bajos fondos,... en este caso no hay necesidades atendidas  -no las del pueblo afgano que desea vivir en paz-,  ni corazonadas, ni nada ajeno a la codicia. Muy pocos de los que han ido saben lo que hacen allí.

Bebe, en una de sus mejores canciones, hurgándose muy dentro como siempre, reflexiona sobre la huida más práctica y sanadora:  Me fui pa echarte de menos. Me fui pa volver de nuevo. Me fui pa estar sola...  Una necesidad, creo. Irse para alejarse de lo que duele y redescubrir todo lo bueno que hay en lo que teníamos.

En definitiva:  moverse, sacudirse, revolverse, avanzar. Adelante. Siempre hacia delante.



jueves, 7 de julio de 2011

Una vaca del cielo

Las historias más inverosímiles tienen su espacio. No solo sobre un estante;  también dentro de una existencia gris mate. Un tipo huraño, solitario, metódico hasta la obsesión. Una guerra, tal vez fuente de su propia naturaleza. Una ferretería donde la supervivencia se acerca un poco a la vida. Por suerte, una afición:  a este hombre le gusta coleccionar recortes de periódicos que contienen noticias curiosas, absurdas en su mayoría. Busca y captura ironías, paradojas, desatinos.

Un chino, de China, se cuela en su peculiar orden, catapultado hasta Argentina por la caída de una vaca, nada menos que del cielo. Pero su tragedia no será solo esta. Además desconoce la lengua de su lugar de destino, carece de dinero y, para colmo, no encuentra a un pariente al que está buscando. Es un hombre solo que se cruza con otro hombre solo.

Sebastián Borensztein dirige esta comedia con tono y ritmo admirables, soltando a tiempo cada miga de información que trama y espectador van requiriendo. Se sirve de un surrealismo fresco que entrevera en el costumbrismo atemporal propio de las fábulas, potenciado por una cuidadísima dirección de arte y por la música de Lucio Godoy. Gracias a estos tintes podremos creer en las casualidades, por muy aleatorias que resulten ser.

Ricardo Darín, excelente dando piel a Roberto, es la clave del humor en esta película. Gruñón con buen fondo, verá alterado su equilibrio cotidiano y no podrá remediar tener que volcarse en la ayuda al desamparado. La reacción ante lo inesperado será para él forzosa. Y balsámica.

Estamos habituados a los finales de Hollywood. Es más, solemos desear que haya cierres por el estilo. Tal vez uno de ellos aparezca en Un cuento chino, tras haber seguido un hilo lleno de nudos de aislamiento y desesperanza.

Es esta una historia acerca de la rotura de las cadenas que nos atan al pasado. Es este un reencuentro con la vida para quienes se han desentendido de ella. Cuento o fábula, qué más da.

miércoles, 29 de junio de 2011

Tiovivo de verano

En casa la barra de mercurio parece hierro candente. Araña con su filo esos números de los que preferiría mantenerla lejos. Calor, calor, calor. Pero es lo que debe ser, que para esto hemos cambiado la ropa de invierno por otra más ligera. Me pongo dos de esas prendas  -algodón ligero y lino-  y me marcho al trabajo. En el portal se está fresquito. Miro a través del vidrio de la puerta  -barrotes negros, tiradores dorados-. Al otro lado me ciega una luz blanca propia de las apariciones marianas. Me quedaría un buen rato al pie de los buzones, revisando el correo. Cachis, solo folletos comerciales y propagandas que tiro ipso facto a la papelera.

De camino a la estación busco la sombra como el perro en febrero. A mi lado pasa una furgoneta haciendo un ruido de larga pegatina arrancada pesadamente. No me haría ninguna gracia ver mis suelas adheridas al asfalto como sus ruedas, deshiladas cual chicle requetemascado.

Sudo. Accedo al andén por un subterráneo. De la fresca sombra salgo de nuevo al fuego. 5 minutos para mi tren. Me pongo los cascos. La radio anuncia otra subida de las temperaturas. La canícula me nubla la visión. Mi tren llega borroso, frena difuso, se detiene turbio y abre sus puertas imprecisas. Han configurado el climatizador en el preset Aldea Siberiana. Me desoriento mientras mi cabeza asimila la anunciada subida del calor y mi cuerpo experimenta, digamos, cierta gelidez.

No sin esfuerzo, me aclimato. El recorrido termina. Prepárate, amigo, la bofetada será despiadada. ¡Zas! Camino a duras penas, cuesta respirar. Cruzo una calle. Más neumáticos pegados a la calzada, olor a alquitrán y a goma chamuscada. Mi autobús espera. Subo. Otra lanza de frío. Pico mi billete, me encojo. En menos de 10 minutos de trayecto y tiritona me acuerdo con nostalgia de mi gorro, mis guantes, mi bufanda y mis botas de borrego. Paramos. El par de puertas se pliega. Esta vez agradezco el manotazo de fuego, pero solo hasta tener el sol encima otra vez. Panel con reloj-termómetro. No sé si mirarlo, ya se sabe, por lo del calor psicológico. Venga, hombre, que es verano, ya tocaba, ¿no?

14:55 / 42ºC

Me hago bajito por momentos. Últimos metros, por fin, abro la puerta del edificio. Ay, otra vez enero, ya no sé cómo tomármelo. Hall. Saludos. Ascensor:  los focos radian una primavera encerrada en una caja. Primera. Segunda. Tercera planta. Ya estoy. Bienvenidos a la Antártida.

sábado, 25 de junio de 2011

Sunset Park

En lo último de Paul Auster reconozco su estilo, sus temas, sus personajes, su forma de mirar sobre Nueva York. Es esta la realidad actual de los Estados Unidos en plena crisis, cebada en las carnes de Miles Heller y otros personajes con quienes convivirá. Todos ellos atraviesan por episodios que no dejan de ser distintas caras de ese mismo problema y, a la vez, piezas que completan para el lector el rompecabezas de la historia del protagonista.

Auster no puede ocultar el dolor que le produce esta situación crítica, la de los deshaucios de los caídos en tan desalentadora batalla y los parados que se rascan los bolsillos sin dar con un mísero tintineo. Damos en la novela con jóvenes desamparados  -el mismo Heller, su novia menor de edad, y sus compañeros de casa okupada, que estudian y no tienen grandes ambiciones-,  pero también conocemos a otras personas, como Morris Heller, el padre editor, o a la madre, reconocida actriz, o a otros de quienes Miles se ha alejado durante años. Éstos últimos, lejos de sufrir problemas económicos, sobrellevan las secuelas que ha ido dejando la actitud del joven Miles, herrante, abandonando y siendo abandonado, roído por su sentimiento de culpa, el que lo atormenta y no le deja vivir en paz.

En Sunset Park su autor trata sobre el azar y la intervención sobre él y sobre el destino. Muestra, además, su compromiso firme con la realidad y con el cambio. Confía en aplicar la creatividad ante las dificultades, asumiendo en todo momento lo que a cada cual toque asumir. Y cómo no, también en recuperar el pasado. Relaciona lo ocurrido décadas atrás en su país con la narración, encontrando puntos en común entre ello y el presente de sus personajes. Aparecen Liu Xiaobo y su lucha personal en la censora China, así como Obama y las guerras en las que el imperio decadente sigue metido y sus efectos colaterales en territorio propio. La lucha en estas grandes guerras y el destino incierto de quienes vuelven de ellas sin recompensa se relaciona con historias similares contadas por el cine. Por ejemplo, en Los mejores años de nuestra vida, el clásico de William Wyler, diseccionado desde la mesa de trabajo de la compañera okupa de Heller, que prepara su tesis doctoral.


La novela cuenta con una técnica muy lograda, ágil, que dirige el interés del lector hasta el final. Quizás al llegar al él Auster se deja sin completar algunas historias laterales de gran entidad. Me quedo con ganas de más. Aun así, no evito reconocer sus grandes méritos y los buenos ratos pasados entre sus páginas.

miércoles, 22 de junio de 2011

Noche de San Juan

La noche ha sido... uff, creo que demasiado corta. Mucha luz ya. Hace un buen rato salió el sol, seguro que hace horas, y ni me he enterado. Alguien me puso en la cara... ¡coño, mi camiseta!... a lo mejor fui yo mismo. Ya me pareció que hacía un poco de rasca:  la camiseta había pasado de estar en mi cuerpo a, ¿vestir mi cabeza?

Me han abandonado. Estos cabrones se han marchado ya y, o me voy yo también, o esa máquina rastrilladora o como se llame no va a dejar de mí ni este trapo. Haremos un esfuerzo y nos levantaremos, ay, por el pellejo propio. ¡Puaf!, estoy de arena hasta las cejas y, entre la lengua zapatilla y los granos de tierra, mi boca es lo más parecido a una pista forestal. Mira que les dije que unas esterillas o unas toallas nos vendrían de lujo, pero ya salió el Chema con que era peligroso, no fueran a prenderse con una chispa de la hoguera y, claro, como todo lo que dice el Chema va a misa... Jo-der, vaya resacón. Esto no lo arreglo ni con el agua del rocío de hoy, tan milagrosa que dicen que es.

Mucho rollo con lo de purificarse, la destrucción de lo maligno y todo lo demás, pero aquí la peña se ha dejado los plásticos, las latas, las botellas... No venían más que a beber y hacer el indio, que nosotros también, aunque, dicho sea de paso, además le dedicamos un ratito al espíritu. Anda que no nos pusimos profundos ni nada con eso de pasar al otro lado y que esta noche era la puerta de los hombres, a diferencia del solsticio de invierno que es la puerta de los dioses; o lo de que la tierra remueve los tesoros ocultos en sus entrañas y los hace salir a la luz de la luna. En fin, las movidas del Tole y todas esas cosas que lee. La verdad, a mí siempre me deja pensativo. Me gustó sobre todo cuando hicimos el conjuro. Será que soy algo supersticioso y la magia, las brujas, los encantamientos, los seres del inframundo, todo eso me da bastante que pensar.

Me quedé pillado mirando las estrellas con Sonia, ya ves tú la gilipollez. Cuando me quise dar cuenta, estos ya se estaban dando un chapuzón. No nos vino mal quedarnos los dos solos, que así aprovechamos para buscarnos el trébole, a ver si lo recogíamos, jeje. Además, en cuanto salieron del agua no hacían más que quejarse de que la chasca ya no calentaba y no sabían qué hacer para secarse, danzando alrededor de las pocas llamas que quedaban aún y pegándose carreras por toda la playa.

Lo que no sé es de qué me sirvió estar anoche con Sonia, si hoy me despierto aquí tirado y más solo que la una. Hace unas horas me hacía mis ilusiones, pero ahora ya no estoy seguro de nada. Bueno, sí, de algo estoy seguro:  de lo que dijo el Tole sobre la belleza del fuego y lo de que las hogueras ayudan al sol a renacer con más energía. En eso no se equivocaba, ¡no veas cómo pega!

miércoles, 8 de junio de 2011

Taxidermia

Diré solo el pecado:  el escaparate de una armería junto a la que paso de vez en cuando guarda uno de los peores ejemplares de animal disecado que jamás he visto. Se trata de una cabeza de jabalí que, desgraciadamente para el difunto y para todos sus congéneres vivos, cuelga con mueca estúpida y bien podría pasar por oso Gummi.

No es que tenga nada contra la taxidermia, pero mucho me temo que hay quienes se hacen llamar profesionales del ramo y bien podrían merecer ser naturalizados con las mismas malas artes que ellos mismos suelen gastarse en estos menesteres. Y, por si a alguien se le pasara por la cabeza, mejor no hablar de darles un destino similar al que Arturo Pérez-Reverte le dedica en  El asedio a su enigmático taxidermista, Gregorio Fumagal. En todo caso me inclinaría por invitarles a tomar un chatito de jugo de Gommi-baya, aquella poción que hacía a los osos Gummi saltar muy muy alto y ponerse a rebotar, boing boing, durante un buen rato. (Sí, ya sé que a los humanos ese brebaje les daba una fuerza descomunal, pero mejor ignoremos el detalle y démosles el gusto a los pobrecitos jabalíes agraviados).

En el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, entre piezas de animales disecados con menor o mayor suerte encontramos un puñado de escenas colectivas perfectamente logradas. Una muy llamativa representa con tremenda fortuna una colonia de abejarucos dentro de una magnífica réplica de su hábitat. Esta obra de 1916, maestra sin duda, se debe a José María Benedito, quien logró reproducir con fidelidad este numeroso grupo de aves y permitirnos observarlas desde todos los ángulos en una escena posible en su vida cotidiana. Cuando uno rodea la urna que conserva todo ello, no puede evitar hacer comparaciones entre unos escaparates y otros muy distintos...

Gracias a los hermanos Benedito Vives y a otros taxidermistas conservamos una huella realista de algunas especies animales ya extinguidas y podemos asistir a su expresión espontánea. Es el fruto de estudios exhaustivos al natural, realizados en el campo con la intención de captar sus movimientos y trasladarlos en el taller de manera equilibrada y estéticamente acertada. Un buen profesional, aparte de conocedor de diversas técnicas, debe ser también experto en anatomía, escultura y pintura.

Ya que esta disciplina se prestaría a un larguísimo debate entre defensores y detractores de la misma, prefiero quedarme en estas líneas con la escandalosa diferencia entre el arte o artesanía y la más terrible impostura o villanía.

lunes, 6 de junio de 2011

Abejarucos

Mi tren pasa junto a un corte hecho en el terreno para facilitar el discurrir de las vías, una pared de arena firme y compacta que exhibe los estratos de su vida milenaria. Es algo así como un depósito de tiempo que una máquina carente de respeto por la intimidad ha dejado al descubierto. Ese cúmulo de siglos, hoy escaparate indiscreto, es el lugar donde muchos seres se las apañan para vivir a su manera, haciendo de tan agreste fondo el soporte perfecto para lucir toda su vistosidad.

El abejaruco me ha fascinado desde niño, supongo que por la policromía de su plumaje, singular dentro de la fauna ibérica, dominantemente parda. No me sorprende que haya llamado la atención de muchos otros también, pues parece cierto que todos los colores están presentes en él, incluido el rojo, ausente en sus plumas pero no en el iris de sus ojos.

Casi a diario suelo permanecer atento al momento en el que puedo empezar a divisar la zona habitada por esta ave. Entonces, cambio una página del libro que leo por un folio del tamaño de la ventana junto a la que voy sentado. En apenas unos segundos el espacio se llena de aleteos en tonos azules, amarillos, verdes, negros, anaranjados. Los abejarucos planean desde sus nidos perforados en el talud terroso hasta posarse en el cableado ferroviario. Muchos descansan sobre las líneas aéreas, intentando atrapar a simple vista los insectos que acto seguido apresarán al vuelo con su pico puntiagudo. Otros se asoman desde sus agujeros, mirando quizás el paso de este gran gusano de metal que ni en sus mejores sueños lograrían tragarse.

Apenas unos segundos...  y el tren pasa. La vida a todo color sigue ahí, dispuesta a engendrar más vida este verano. Nuevos seres saldrán de su cueva-útero profunda y oscura. Por mi parte, mis deseos vivos de seguir asistiendo a ella, a la vida, aunque deba ser girando el cuello de izquierda a derecha, al otro lado de un vidrio que no tiene previsto detenerse frente a ella.

domingo, 27 de marzo de 2011

Di que fue un mal sueño

Polillas en el telón
y una luz
a través del tejido
de su gula destructiva.
La función no ha terminado.
Es muy simple,
ha sido deglutida.

Los focos proyectan arena
y el aire no encuentra muros,
arranca el fulgor y el color.

Madera clavada
sobre madera,
pasos de ficciones encarnadas
resuenan cuando nadie queda.
Ni Medeas ni Laurencias,
no hay Titos ni Pantalones,
un suspiro en suspenso
por la ardiente calle
de ambarina sombra.

Te diré,
las butacas engullen ecos
de gritos, risas, aplausos, bostezos.
Serrín de carcoma,
yeso muerto en el hueco
del cielo raso,
flores secas
donde pisó la vida,
voces distantes, más aún.

Despego los ojos
sin esfuerzo;
estaban abiertos
asistiendo al mal sueño.

Miro el reloj:
hay tiempo, ¡sí!
y qué suerte,
a su lado una entrada.

jueves, 24 de marzo de 2011

La musa

En el 99 tuve la suerte de poder asistir a un ensayo general de Sansón y Dalila, la ópera de Camille Saint-Saëns, en el Teatro Real de Madrid. Entonces no conocía la obra e ignoraba lo que podría encontrarme. Solo estaba convencido de hallar, al menos, una gran voz:  la de Plácido Domingo. Él encarnaría al héroe de Israel acompañado de Carolyn Sebron, la mezzosoprano que haría las veces de la seductora princesa filistea Dalila.

Cuando la orquesta terminó y el telón cayó no podía pensar. La representación había sido fantástica, transmisora de toda la energía que la Orquesta Sinfónica de Madrid podía sacar acompañada de voces míticas. Pasados unos instantes el riego acabó regresándome al cerebro desde allá donde anduviera perdido. Concluí que la ópera era de las más bonitas que nunca había escuchado. Lo tenía todo:  arias y dúos magníficos, melodías soberbias y fragmentos instrumentales de tremenda entidad.


Esta no es la del Real, pero es una preciosa interpretación en versión de concierto.

Hace poco que escuché el último disco de Muse, The Resistance, y encontré en él una curiosa sorpresa. Entre las canciones del cedé, precediendo a una singular pieza en tres partes nada habitual para un álbum de rock llamada  Exogenesis: Symphony, hay una joya, otra más. Se trata de  I belong to you, que cuenta con una primera parte rockera que remite nada menos que a Queen, seguida de un piano delicado, preludio de la parte más operística, vibrante, espectacular, apasionada. Es en ella donde aparece  Mon coeur s'ouvre à ta voix, el momento más seductor de Sansón y Dalila. Ahí está otra vez la cúspide de la obra de Saint-Saëns, esa aria-dúo perfectamente encajada en esta canción.

Escuchar un disco de Muse tiene asegurada, al igual que un escenario sobre el que esté Plácido Domingo, una voz prodigiosa. La de Matt Bellamy es una de las más grandes del rock hoy, comparable a la de Freddie Mercury. Su inquietud musical es el corazón de este grupo y le sobran aptitudes como músico. Aquí ha encontrado a su otra musa, Dalila, y es un gusto tenerla también así.

viernes, 18 de marzo de 2011

Educar en la creatividad

Ayer Eduard Punset se entrevistaba con Ken Robinson en uno de sus programas de Redes, gran bastión dentro de la feliz programación-oasis, a la vez tristemente insular, de La 2. Su invitado, especialista en educación y creatividad, está convencido de que lo mejor del aprendizaje está en el camino, en la experiencia, en lo bueno de pensar qué es lo que despierta nuestra inquietud para, en consecuencia, formular las preguntas.

Tiene razón. O eso creo. Muchos niños pasan por el colegio sin acabar de saber cuáles son sus aptitudes, sus capacidades, sin tener claro lo que quieren en la vida y cuáles son sus talentos. Esto sin duda termina siendo fuente de frustración. A diario se aburren soberanamente aguantando charlas interminables o teniendo que reproducir de memoria eternas listas, inservibles a la larga.

Hay en muchos casos una fijación por el destino final de lo que hacemos, una obsesión por formarnos para ocupar un lugar en esta sociedad enfocada a la producción. Es como si en el mundo todo se dispusiera en ese triste sentido. Se han jerarquizado las disciplinas y se ha dado más importancia a, por ejemplo, las matemáticas, o a las ciencias en general, a todo lo que conduce a convertirnos en piezas útiles para ese engranage industrial. Y digo yo, ¿cuándo encontraremos a las artes en un nivel superior o, al menos, a la altura de esas materias? Lo que realmente tiene valor en esta vida es la empatía, la pasión, la emoción, y fijarnos solo en ese destino final va eliminando la alegría de lo que nos ocurre por el camino. Es una pena dejar de disfrutar del proceso porque el resultado es lo único valioso.


Punset se plantea que es como si la educación no hubiera cambiado apenas con respecto a la de muchas décadas atrás. Es como si nadie estuviera dispuesto a replantearse la creatividad, a darle un fuerte impulso a la originalidad. Y el profesor Robinson concluye que si no estás dispuesto a equivocarte, nunca llegarás a nada original.

jueves, 10 de marzo de 2011

Todo mi tiempo

Salgo sin reloj
con rumbo inconcreto.
Qué bueno
olvidar la hebilla,
y el bocado en la correa.

Puedo desandarme,
desentenderme,
descolgarme,
perderme.

Paseo junto al río
y la caricia de su corriente,
agua en fuga ruidosa
con saltos de escamas.

La esquina del rato de sol
es hoy cualquiera.
Cara al astro y a su calor
callo, cierro los ojos.

Mi no tiempo
no se escapa,
suficiente
para invertirlo en nada.

Seguiré caminando
por no olvidar
que avanzo
para mover las fechas.
¿Cuáles?

Pasos sin remite,
sin marca ni huella;
no recordaré el camino.
Para qué.

viernes, 4 de marzo de 2011

Días de nieve

El patio de luces tiene hoy otro aspecto. Sobre los tendederos hay tiras blandas, rotas por partes, como queriendo escribir un mensaje en algún peculiar código Morse. Las poleas mantienen tirante el soporte y se resisten a lanzar sus habituales gritos de cotorra. Nadie pulsa las cuerdas y en las líneas de pentagrama sólo hay escrito ruido blanco.

Cualquier sonido queda disuelto, atrapado, silenciado.

Los gatos vecinos dejan sus huellas en la hoja virgen. Llenan los tejados de firmas, estampan marcas efímeras, irregulares líneas de puntos por las que la página nevada quedará cortada. Se desprenderá para desplomarse, formando una nueva cobertura. Tal vez los niños, ya en el suelo, harán de ella porciones arrojadizas, o darán vida a algún muñeco de hechuras más o menos reconocibles, ya con las horas contadas desde su minuto cero.

Las ramas de los árboles soportan delicadas cargas. Sólo algún chasquido da a entender que se trata de un peso añadido, y tensión y elasticidad echan su pulso constante hasta que la resistencia decida por sí misma.

La nieve siempre es inspiradora. Su mera visión lo es. También caminar sobre ella, bajo ella;  patearla, cogerla, compactarla y moldearla, lanzarla. Una nevada suave, levemente acunada por el viento, nos regala imágenes sosegadas y reparadoras. Conlleva la despreocupación de las cosas que se caen y uno sabe que no se van a romper.