En mi nuevo barrio hay una biblio pública municipal. Casi cada distrito de esta ciudad cuenta con la suya. Concretamente, la que tengo más cerca de casa la alberga un edificio clónico de otros dos o tres que guardan un número similar de volúmenes, enclavados en sendos distritos complutenses.
Pues bien, tras averiguar dónde se encuentra -resulta quedar bastante cerquita- y buscarla físicamente bajo el pesado sol de julio cargado con bolsas de un Mercadona de la zona -está más escondida de lo que revela el plano de Google Maps-, veo detrás de su cierre que éste no sólo va a permanecer echado durante casi todo el verano sino que, además, la biblioteca cuenta con horarios habituales de lunes a viernes de 14:30 a 21:30. A eso le llamo yo flexibilidad y facilidades.
En mi barrio anterior tenía la suerte de contar con una biblioteca bastante más grande y con horarios matinales. Pero ya no me pilla cerca. Teniendo en cuenta que trabajo habitualmente por las tardes me temo que, de hacerme el carnet de la biblio vespertina, voy a convertirme en un moroso habitual, reincidente y sin ganas de volver a ser cumplidor de las normas. Lo bueno será que podré coger supertochos de los que uno nunca se lleva a casa porque los rácanos quince días de préstamo no dan para tanto -sí, ya sé que en otras ciudades se pueden ampliar en otros quince o, incluso, hasta te dan un mes-. Hasta tendré tiempo de sobra para releerlos. Y, entre que acabe un libro y pueda pasarme a devolverlo, cumpla los días de penalización por mi largo retraso y pueda coger otro, podré ir reduciendo la lista de libros propios y ajenos que tengo en casa.
No, si..., en el fondo, creo que todo van a ser ventajas. Voy a ir preparando una fotocopia de mi DNI caducado -hasta noviembre no me han dado cita en la comisaría- y dos fotos de las que todavía me quedan del 2003 -sigo pareciéndome bastante-.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
sábado, 26 de septiembre de 2009
Rabos de lagartija
Hace unos días terminé la novela de Marsé. Hacía años que no leía nada suyo y este libro ha sido un grato reencuentro. Es el mismo de siempre, experimentando acaso un poco más.
Un no nacido que narra como si, no estando aún en este mundo, se lo conociera al dedillo. Nacerá de una madre represaliada que pasa de ser maestra a coser por encargo y que encuentra algo de aliento en las visitas de un policía que investiga sobre su marido desaparecido. El renacuajo tendrá un hermano en busca de su lugar, de algún universo de supervivencia, poblado de personajes reales e imaginados. Los hechos, marcadamente cotidianos pero cargados de simbolismo, hablarán a las claras de la situación, llena de abusos, represión, frustración, de la lucha que sigue a la contienda. Estamos en un país de posguerra, en el Guinardó marginal de aquella Barcelona donde la esperanza debía perseguirse un poco más allá del arroyo.
Entramos en las existencias de estos personajes lentamente, no sin dificultad, como si cada hecho se limitase a un círculo aislado del resto. Y entre todos ellos, la presencia más plácida, sumergida en su útero esférico, en una paz amniótica.
Asistimos a la viveza de los acontecimientos, a su sencillez y lucidez, encontradas y confundidas a veces con la imaginación. También damos de morros contra la condena final de unos supervivientes sin oportunidades. La guerra dejó sólo víctimas, encarnadas en personajes cargados de matices abiertos a interpretaciones.
Final redondo para estos rabos palpitantes que se revuelven como látigos de la crudeza, fustas para los sueños de difícil realización.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Entre cepas
Acaban de hacer unas fotos ante la fachada de una célebre bodega, ondulación imponente con ecos de templo. Desean continuar hacia el lugar donde se ha erigido otra bodega icono, hotel en este caso, pero la mecánica se niega a responder. Al girar la llave, el motor de arranque tose sin parar.
El camino entre las viñas tiene una leve pendiente que aprovecharán para lanzar el vehículo e intentar que el motor despierte. Nada. Intento fallido, como todos los posteriores. Se han quedado colgados y no saben si empezar a guardar en el maletero sus ganas de conocer aquellos lugares. El pueblo de Laguardia hace honor a su nombre desde lo alto. Tal vez deberán pasar el día, y quizás la noche, entre cepas. Entre copas. Como en la película, una tarde de tonos dorados podría haberles deparado un picnic entre los viñedos. Precioso, si no fuera porque sólo es la una del mediodía y comienza a llover.
Reclaman ayuda por teléfono. Piensan que están en un bellísimo lugar, ideal para quedarse tirados y preferible siempre a cualquier Gran Vía de cualquier ciudad. Divisan la grúa a lo lejos. Como de juguete. Les alcanza, carga el vehículo y se los lleva a los tres.
En La Rioja se viven las vidas de la uva. La vendimia comienza y de cada racimo se desgranan muchas historias: la de su agosto de engorde y maduración, la de los métodos para llegar a hacer buen vino, la de quien cuenta a clientes potenciales su forma de conseguirlo, la de esos posibles compradores y su peregrinar entre viñas, la de alguno de esos viñedos, presidido por la creación de un Calatrava o un Gehry. Y también la historia de quienes abandonan el escenario deseando volver a él.
El camino entre las viñas tiene una leve pendiente que aprovecharán para lanzar el vehículo e intentar que el motor despierte. Nada. Intento fallido, como todos los posteriores. Se han quedado colgados y no saben si empezar a guardar en el maletero sus ganas de conocer aquellos lugares. El pueblo de Laguardia hace honor a su nombre desde lo alto. Tal vez deberán pasar el día, y quizás la noche, entre cepas. Entre copas. Como en la película, una tarde de tonos dorados podría haberles deparado un picnic entre los viñedos. Precioso, si no fuera porque sólo es la una del mediodía y comienza a llover.
Reclaman ayuda por teléfono. Piensan que están en un bellísimo lugar, ideal para quedarse tirados y preferible siempre a cualquier Gran Vía de cualquier ciudad. Divisan la grúa a lo lejos. Como de juguete. Les alcanza, carga el vehículo y se los lleva a los tres.
En La Rioja se viven las vidas de la uva. La vendimia comienza y de cada racimo se desgranan muchas historias: la de su agosto de engorde y maduración, la de los métodos para llegar a hacer buen vino, la de quien cuenta a clientes potenciales su forma de conseguirlo, la de esos posibles compradores y su peregrinar entre viñas, la de alguno de esos viñedos, presidido por la creación de un Calatrava o un Gehry. Y también la historia de quienes abandonan el escenario deseando volver a él.
martes, 15 de septiembre de 2009
Ötzi
Lo encontraron en el Valle de Ötz, durmiendo en un glaciar. Se había quedado helado. Llevo varios días bromeando sobre la postura en la que acabó sus días. Con sólo mantenerla unos segundos a mí me dejaría una contractura difícil de recuperar. La llamo "la postura del mal crucificado": uno de los brazos se abre perpendicular a su espalda, pero no hacia el lado más natural sino en forzada torsión en dirección contraria, más o menos como el que estira el brazo para olerse el alerón.
Lo han traído a Alcalá, al Museo Arqueológico Regional. Bueno, no es el Ötzi auténtico, sino una réplica de su cuerpo, cual esqueleto recubierto por su propia mojama, y de todos los objetos que portaba. El Hombre de Hielo real no puede abandonar su museo de origen, en Bolzano, pues su conservación óptima depende de la temperatura y la humedad relativa. Y que lo digan, la humedad es siempre relativa.
Ahora, cincomil años después de haber estirado la pata -y el brazo-, van y le dicen que es italiano. Incluso que por poco no es austríaco, como si él supiera de qué va nada de eso de las nacionalidades. Ötzi vivió entre las montañas de una región que, seguramente, conocería mejor que cualquiera de los que trazaron la frontera que lo dejó a este lado y no en el de allá. No sospechaba que era tirolés del sur ni que por sus venas correrían algún día ecos de Yodeln. Estaba muy tatuado, con motivos algo chungos de hecho, así que cualquiera se atreve hoy a decirle que está catalogado como hombre de la Edad del Cobre.
Quienes lo encontraron en aquel glaciar de los Alpes también se quedaron helados al verlo y alertaron a las autoridades. Llegaron especialistas de todas partes, excavaron el hielo y se pelearon por llevárselo cada cual a su terreno. Aparte de sacarlo a él y sus ropas, extrajeron muchos objetos, incluso un fascinante kit completo para hacer fuego que me trajo bonitos recuerdos de mi breve vida de cavernícola. Pero entre todo lo que portaba algo inquietante se alojaba en su interior: la flecha que lo mató.
A pesar de hablar de Ötzi en estos términos, acordes quizás con la exhibición que de él se hace, algo me entristece: su estirpe ya se extinguió.
Lo han traído a Alcalá, al Museo Arqueológico Regional. Bueno, no es el Ötzi auténtico, sino una réplica de su cuerpo, cual esqueleto recubierto por su propia mojama, y de todos los objetos que portaba. El Hombre de Hielo real no puede abandonar su museo de origen, en Bolzano, pues su conservación óptima depende de la temperatura y la humedad relativa. Y que lo digan, la humedad es siempre relativa.
Ahora, cincomil años después de haber estirado la pata -y el brazo-, van y le dicen que es italiano. Incluso que por poco no es austríaco, como si él supiera de qué va nada de eso de las nacionalidades. Ötzi vivió entre las montañas de una región que, seguramente, conocería mejor que cualquiera de los que trazaron la frontera que lo dejó a este lado y no en el de allá. No sospechaba que era tirolés del sur ni que por sus venas correrían algún día ecos de Yodeln. Estaba muy tatuado, con motivos algo chungos de hecho, así que cualquiera se atreve hoy a decirle que está catalogado como hombre de la Edad del Cobre.
Quienes lo encontraron en aquel glaciar de los Alpes también se quedaron helados al verlo y alertaron a las autoridades. Llegaron especialistas de todas partes, excavaron el hielo y se pelearon por llevárselo cada cual a su terreno. Aparte de sacarlo a él y sus ropas, extrajeron muchos objetos, incluso un fascinante kit completo para hacer fuego que me trajo bonitos recuerdos de mi breve vida de cavernícola. Pero entre todo lo que portaba algo inquietante se alojaba en su interior: la flecha que lo mató.
A pesar de hablar de Ötzi en estos términos, acordes quizás con la exhibición que de él se hace, algo me entristece: su estirpe ya se extinguió.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Me fui sin mí
Me fui, pero no me llevé. Acarreé bultos, pesos de los que tirar, cosas y más cosas. Les preví una utilidad, pero yo no estaría allí para usarlas. Cada necesidad hipotética tendría su parche, aunque no hubiera quien lo pusiera.
Había hecho mis planes con todo el cuidado. Me alojaría en cualquier hotel sin llegar a estar en él. Pisaría sus mullidas moquetas con los bolsillos llenos de llaveros mastodónticos, apartaría de mi cama ocasional la pesada colcha y dejaría caer sobre el colchón mi peso muerto exhalando un suspiro de relajación. Todo sin mí.
Probaría los platos propios de allí. Sin degustarlos, con el olfato agarrado a los olores que impregnan el sitio donde que me habría dejado. Haría infinidad de fotos, llenaría mi memoria SD hasta los topes -bip bip, memory card is full!-. Lugares en los que no recordaría haber estado, donde compraría recuerdos que nunca apelarían a ninguna experiencia. Incluso traería las maletas de vuelta más engordadas, con muchos otros suvenires de los que no sabría qué decir en el momento de entregárselos a amigos y familiares. Ahí los tenéis... ah,... pues... no sé, es muy típico, sí.
Así sería, así fue. Antes de marcharme puse en la cartera mi pasaporte, el carnet de conducir, el carnet de identidad y cualquier otro rectángulo portador de mi foto, mi nombre completo y un número diferenciador. Me convertí en una simple identidad, sin más. No me acompañé para hablarle a nadie sobre la persona identificada por aquellos documentos. Me quedé en tierra.
Tiré de maletas repletas de objetos sin atenderme en lo elemental. En todo lo que hiciese faltaría yo.
Había hecho mis planes con todo el cuidado. Me alojaría en cualquier hotel sin llegar a estar en él. Pisaría sus mullidas moquetas con los bolsillos llenos de llaveros mastodónticos, apartaría de mi cama ocasional la pesada colcha y dejaría caer sobre el colchón mi peso muerto exhalando un suspiro de relajación. Todo sin mí.
Probaría los platos propios de allí. Sin degustarlos, con el olfato agarrado a los olores que impregnan el sitio donde que me habría dejado. Haría infinidad de fotos, llenaría mi memoria SD hasta los topes -bip bip, memory card is full!-. Lugares en los que no recordaría haber estado, donde compraría recuerdos que nunca apelarían a ninguna experiencia. Incluso traería las maletas de vuelta más engordadas, con muchos otros suvenires de los que no sabría qué decir en el momento de entregárselos a amigos y familiares. Ahí los tenéis... ah,... pues... no sé, es muy típico, sí.
Así sería, así fue. Antes de marcharme puse en la cartera mi pasaporte, el carnet de conducir, el carnet de identidad y cualquier otro rectángulo portador de mi foto, mi nombre completo y un número diferenciador. Me convertí en una simple identidad, sin más. No me acompañé para hablarle a nadie sobre la persona identificada por aquellos documentos. Me quedé en tierra.
Tiré de maletas repletas de objetos sin atenderme en lo elemental. En todo lo que hiciese faltaría yo.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Nido vacío
Han volado. Mutis sin decir ni pío. Las descubrió Salvia, hace un mes escaso. Le alertaron las continuas y sonoras huidas protagonizadas por una paloma en momentos muy concretos. Para ser exactos, cada vez que abría, cerraba o se acercaba a una ventana de la terraza.
¿Sabes lo que hay en una jardinera del balcón?
Pues... tú dirás qué ha crecido.
No, no es que haya crecido. Han nacido. Son dos pollos de paloma: dos "palominos".
Y con ese cariñoso apelativo se quedaron. Allí estaban, dos seres palpitantes acurrucados uno junto al otro, negros y feos como dos demonios. El rincón de la jardinera más alejado de nuestro alcance había servido a su madre para poner sus huevos y éstos habían eclosionado sin que supiéramos siquiera que habían sido incubados. La jodía acabó delatándose a hechos consumados, echando a volar con ruidosos aleteos una y otra vez, hasta que alguien perspicaz descubrió el pastel.
Los hemos visto crecer a ratos, sin causarles molestias, constatando invariablemente que su progenitora jamás se enfrentaría a un posible atacante, salvando siempre el culo propio antes que el de sus criaturas. Aunque no tuviera de qué temer: dió con caseros sin ganas de cobrarle alquiler, dispuestos a permitir que criase a su prole de prestado. Hasta nos ha enternecido ver a sus crías ensayar su propia evasión, tocadas aún con su plumón residual, amarillito él. Pero no pueden negar que son hijas de mala madre y, como tales, en cuanto han podido volar, lo han hecho con el mismo brío que ella.
Cuando se tiene un inquilino del que no se ha sabido siquiera que ya ha metido los muebles y se ha instalado con toda comodidad, no puede esperarse que se despida. Sí, les disculpamos el allanamiento, pero no les hemos dado nada que echarse al pico. Tal vez a eso se deba su mutismo a la hora de largarse. Desconocemos la dirección en la que volarán y, sea cual sea, les deseamos que no acaben siendo el blanco de ningún tirador de pichón.
Ahora no sabemos si adoptar algunos de los síntomas que sufren muchas madres cuando se les marchan los polluelos.
¿Sabes lo que hay en una jardinera del balcón?
Pues... tú dirás qué ha crecido.
No, no es que haya crecido. Han nacido. Son dos pollos de paloma: dos "palominos".
Y con ese cariñoso apelativo se quedaron. Allí estaban, dos seres palpitantes acurrucados uno junto al otro, negros y feos como dos demonios. El rincón de la jardinera más alejado de nuestro alcance había servido a su madre para poner sus huevos y éstos habían eclosionado sin que supiéramos siquiera que habían sido incubados. La jodía acabó delatándose a hechos consumados, echando a volar con ruidosos aleteos una y otra vez, hasta que alguien perspicaz descubrió el pastel.
Los hemos visto crecer a ratos, sin causarles molestias, constatando invariablemente que su progenitora jamás se enfrentaría a un posible atacante, salvando siempre el culo propio antes que el de sus criaturas. Aunque no tuviera de qué temer: dió con caseros sin ganas de cobrarle alquiler, dispuestos a permitir que criase a su prole de prestado. Hasta nos ha enternecido ver a sus crías ensayar su propia evasión, tocadas aún con su plumón residual, amarillito él. Pero no pueden negar que son hijas de mala madre y, como tales, en cuanto han podido volar, lo han hecho con el mismo brío que ella.
Cuando se tiene un inquilino del que no se ha sabido siquiera que ya ha metido los muebles y se ha instalado con toda comodidad, no puede esperarse que se despida. Sí, les disculpamos el allanamiento, pero no les hemos dado nada que echarse al pico. Tal vez a eso se deba su mutismo a la hora de largarse. Desconocemos la dirección en la que volarán y, sea cual sea, les deseamos que no acaben siendo el blanco de ningún tirador de pichón.
Ahora no sabemos si adoptar algunos de los síntomas que sufren muchas madres cuando se les marchan los polluelos.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Un guión propio
Veo en vallas publicitarias el mensaje de una marca de whisky. Negro, blanco y, sobre todo, mucho rojo. En este caso Quentin Tarantino es quien pone su rostro y su voz: Escribo mi propio guión.
Grandes letras mayúsculas, manuscritas quizás. Afirmación rotunda acompañada de actitud afirmativa también. No parece una pose sino un hecho. "Vivo mi propia película, la que yo me escribo". Si él puede, cualquiera sería capaz también: vivir de acuerdo a lo que uno ha previsto.
Una vez vi una animación en la que, partiendo de un punto sobre fondo blanco, era el propio dibujo quien se creaba a sí mismo. Él solito iba trazando con el grafito las líneas de su contorno. Cuando se había dado forma por completo y se había reconocido como un ser terminado, miraba a su alrededor y se situaba en aquel vacío. Un blanco sin ecos, abierto e infinito. Entonces se daba cuenta de que poseía el lápiz del creador. Tenía entre los dedos el utensilio más valioso de todos. Con él se dispondría a hacerse un mundo.
Qué bueno sería poder hacernos el mundo y escribirnos una existencia en él. Decidir donde nos encontramos y lo que vamos a iniciar. Esbozar nuestra historia, emprenderla y si algo no nos convence, poder corregirlo. Un lápiz... y una goma de borrar para darnos una segunda oportunidad.
El otro día leí en un dominical una entrevista a Paulo Coelho. En la portada, su rostro y sus manos sobre negro. Soy el ejemplo de todo lo que puedes lograr si te lo propones. Grandes letras mayúsculas. Otra afirmación rotunda y actitud que defiende el mensaje. En el interior, entre preguntas y respuestas, la constatación de que alguien más compone su historia: Disfruto de mi tiempo como quiero. En la misma revista, dentro de un relato con moraleja, el mismo autor concluye con un siempre hay una segunda oportunidad.
Las segundas oportunidades pueden llegar por su propio pie, o procurárselas uno mismo. Démonos segundas oportunidades. Y terceras.
Grandes letras mayúsculas, manuscritas quizás. Afirmación rotunda acompañada de actitud afirmativa también. No parece una pose sino un hecho. "Vivo mi propia película, la que yo me escribo". Si él puede, cualquiera sería capaz también: vivir de acuerdo a lo que uno ha previsto.
Una vez vi una animación en la que, partiendo de un punto sobre fondo blanco, era el propio dibujo quien se creaba a sí mismo. Él solito iba trazando con el grafito las líneas de su contorno. Cuando se había dado forma por completo y se había reconocido como un ser terminado, miraba a su alrededor y se situaba en aquel vacío. Un blanco sin ecos, abierto e infinito. Entonces se daba cuenta de que poseía el lápiz del creador. Tenía entre los dedos el utensilio más valioso de todos. Con él se dispondría a hacerse un mundo.
Qué bueno sería poder hacernos el mundo y escribirnos una existencia en él. Decidir donde nos encontramos y lo que vamos a iniciar. Esbozar nuestra historia, emprenderla y si algo no nos convence, poder corregirlo. Un lápiz... y una goma de borrar para darnos una segunda oportunidad.
El otro día leí en un dominical una entrevista a Paulo Coelho. En la portada, su rostro y sus manos sobre negro. Soy el ejemplo de todo lo que puedes lograr si te lo propones. Grandes letras mayúsculas. Otra afirmación rotunda y actitud que defiende el mensaje. En el interior, entre preguntas y respuestas, la constatación de que alguien más compone su historia: Disfruto de mi tiempo como quiero. En la misma revista, dentro de un relato con moraleja, el mismo autor concluye con un siempre hay una segunda oportunidad.
Las segundas oportunidades pueden llegar por su propio pie, o procurárselas uno mismo. Démonos segundas oportunidades. Y terceras.
domingo, 16 de agosto de 2009
Muerte de una cucaracha
¡Crac! Así murió el otro día nuestra prima: bajo una pesada suela. Dicen que sólo salvó las antenas, aunque de poco le servían ya. No quise mirar. No pude, la verdad, tan ocupada como estaba echando a correr cual centella. Mira que se lo advertí. Que en aquella cocina no había más que rascar. Pero nada. Se empeñó en salir de aquel desagüe a la pila y desde allí a la encimera. Yo iba detrás, intentando trepar torpemente hasta el borde. Pero, cuando por fin llegué, ¡zas!, algo la barrió de sopetón. Cayó al suelo y lo único que oí después fue aquel crujido espantoso. Aún me falta el resuello. No pude correr más deprisa. El eco rugoso de aquel estallido se realimentó en mi cabeza y se mezcló con el rumor de la tubería.
Nos pasamos la vida dándonos todos esos avisos y alertas. Otra prima me dijo que no fuese tonta, que no saliera de mi rendija a cualquier hora. Y tenía razón. Pero ella fue la primera en abandonar su escondrijo en cuanto le dio el olor de unas migas de queso y... ¡flissssss! Sufrió los efectos de un spray sobre el dorso. No alcanzó su agujero a tiempo y pereció bajo los efectos de la muerte dulce. Dicen que no duele, pero mejor no llegar a probarla.
Estamos condenadas, primas. A pesar de que los cebos sólo son sacacuartos, de que las lacas permanentes carecen de tal permanencia -yo me paseo por encima como si nada-, del breve efecto de los insecticidas, plaguicidas y todos los cidas de las empresas exterminadoras,... a pesar de todo ello tenemos los días contados. Si hasta lo llevamos en el nombre: ¡cucaracha! Suena como... parece que roncha como cuando nos... en fin, nuestro nombre es nuestra más negra profecía.
¡Que ni el peor holocausto cucarachil podría con nosotras, primas! Que sobreviviríamos incluso a un ataque nuclear. Eso decían. ¡Malditas leyendas urbanas!
Nos pasamos la vida dándonos todos esos avisos y alertas. Otra prima me dijo que no fuese tonta, que no saliera de mi rendija a cualquier hora. Y tenía razón. Pero ella fue la primera en abandonar su escondrijo en cuanto le dio el olor de unas migas de queso y... ¡flissssss! Sufrió los efectos de un spray sobre el dorso. No alcanzó su agujero a tiempo y pereció bajo los efectos de la muerte dulce. Dicen que no duele, pero mejor no llegar a probarla.
Estamos condenadas, primas. A pesar de que los cebos sólo son sacacuartos, de que las lacas permanentes carecen de tal permanencia -yo me paseo por encima como si nada-, del breve efecto de los insecticidas, plaguicidas y todos los cidas de las empresas exterminadoras,... a pesar de todo ello tenemos los días contados. Si hasta lo llevamos en el nombre: ¡cucaracha! Suena como... parece que roncha como cuando nos... en fin, nuestro nombre es nuestra más negra profecía.
¡Que ni el peor holocausto cucarachil podría con nosotras, primas! Que sobreviviríamos incluso a un ataque nuclear. Eso decían. ¡Malditas leyendas urbanas!
jueves, 13 de agosto de 2009
De lo casual... o no
Me ha vuelto a pasar. Es uno de esos fenómenos recurrentes ante los que no paso de una ligera perplejidad. Suelo quedarme un poco extrañado y al instante vuelvo a lo mío.
Hoy escribía algo insustancial empleando, a falta de otras mejores, las mismas palabras de siempre -palabras idénticas sirven para dos fines: o contar bien las cosas, o garrapatear sinsentidos-. En ese texto introducía el término "hambre" cuando, al mismo tiempo, alguien en la radio lo utilizaba también. No me ha sorprendido, pero algo en mi cabeza ha hecho corto. Un pequeño chispazo. Se ha producido un cruce de hambres, como si se hubieran juntado el hambre y las ganas de comer. Resultado: al poco me ha invadido una gazuza incontenible a la que he tenido que dar remedio.
Me ocurre con frecuencia, sobre todo lo de la gula, aunque ese es otro asunto. Digo "tifón" y al momento aparece esa palabra materializada entre los textos de las entradas resultantes de una búsqueda en Google. Pienso en algo que incluye el vocablo "polilla" y no tardo en ver una revoloteando, buscando el resquicio idóneo para meterse en mi armario a comer -éstas también pasan hambre-. Alguien a mi lado pronuncia "viña" y... ¡ahí está!, la misma voz de trazos sarmentosos subida a la página del libro que leo en ese preciso momento. "Viña", con la rayita de la eñe encaramada a las ramas de la ene, agarrada a ella con sus zarcillos rizados.
Puede que sean casualidades, carambolas sin ningún fundamento a las que no merece la pena hacer caso.
O no. Tal vez las palabras atraen a sus homólogas. Voces que invocan textos. Líneas que motivan hechos. Ideas que llaman a los seres y a las cosas.
Hoy escribía algo insustancial empleando, a falta de otras mejores, las mismas palabras de siempre -palabras idénticas sirven para dos fines: o contar bien las cosas, o garrapatear sinsentidos-. En ese texto introducía el término "hambre" cuando, al mismo tiempo, alguien en la radio lo utilizaba también. No me ha sorprendido, pero algo en mi cabeza ha hecho corto. Un pequeño chispazo. Se ha producido un cruce de hambres, como si se hubieran juntado el hambre y las ganas de comer. Resultado: al poco me ha invadido una gazuza incontenible a la que he tenido que dar remedio.
Me ocurre con frecuencia, sobre todo lo de la gula, aunque ese es otro asunto. Digo "tifón" y al momento aparece esa palabra materializada entre los textos de las entradas resultantes de una búsqueda en Google. Pienso en algo que incluye el vocablo "polilla" y no tardo en ver una revoloteando, buscando el resquicio idóneo para meterse en mi armario a comer -éstas también pasan hambre-. Alguien a mi lado pronuncia "viña" y... ¡ahí está!, la misma voz de trazos sarmentosos subida a la página del libro que leo en ese preciso momento. "Viña", con la rayita de la eñe encaramada a las ramas de la ene, agarrada a ella con sus zarcillos rizados.
Puede que sean casualidades, carambolas sin ningún fundamento a las que no merece la pena hacer caso.
O no. Tal vez las palabras atraen a sus homólogas. Voces que invocan textos. Líneas que motivan hechos. Ideas que llaman a los seres y a las cosas.
martes, 11 de agosto de 2009
Para Da Vinci, sin teína
La Gioconda goza de un espacio en exclusiva dentro de la sala de los Estados del Museo del Louvre. Éso, que yo sepa, fue cosa de los japoneses: una televisión nipona hizo posible que Lisa Gherardini pudiese reinar en la sala donde también se exponen otras obras de maestros venecianos. Y todo por obra y arte de los yenes, al igual que la restauración de la Capilla Sixtina.
La esposa de Del Giocondo quedó dentro de una urna de cristal blindado, protegida incluso de posibles heridas de bala y a muchos metros de distancia de otra de las joyas de la sala, Las Bodas de Caná, de Veronese. Frente a frente, una mujer sola, aislada, y toda una multitud en plena celebración.
Así pues, parece que la Mona Lisa nunca está sola. Durante las horas de visita, además de los personajes de todos los cuadros de la sala, tiene la compañía de miles y miles de visitantes. Todo el que llega al museo acaba pasando a contemplarla. Aunque cierto es que muchos de quienes se plantan ante ella no tienen demasiado interés por desentrañar el misterio de sus pinceladas.
Creedme, he visto a La Gioconda literalmente achicharrada a flashazos. Por momentos, me parecía verla abandonar su "mano sobre mano" para poderse tapar los ojos y evitar así una ceguera irreversible. Ninguno de los empleados del museo decía ni pío. Y si pió, nadie le oyó. Casi todos disparaban sobre la dama a bocajarro. Sin piedad. Sin plantearse lo práctico de emplear el tiempo ante el cuadro para admirarlo. Sin más. Después, es sencillo hacerse con una postal, una lámina, un catálogo, cualquier impresión. Éstos nos muestran la pintura infinitamente mejor que la foto que podamos hacer.
Pero existen otras maneras de aprehender una obra tan valiosa. Incluso hay quien le lanza objetos. Hace unos días una turista rusa arrojó una taza de té contra la pintura. Supongo que quería comprobar la dureza del cristal que la escuda. El blindaje quedó fuera de toda duda. La porcelana no contenía ningún líquido. Ni té ni nada que pudiera dejar mancha. ¿Cuál fue su intención? Quizás quería conseguir una impresión de la obra, como en una de esas tazas serigrafiadas que compramos de recuerdo cuando viajamos. Tal vez creyese que podría obtener una estampa por contacto.
No lo sé. El caso es que la dama florentina, al igual que su parapeto nipón, ni se inmutó. O puede que sí.
La esposa de Del Giocondo quedó dentro de una urna de cristal blindado, protegida incluso de posibles heridas de bala y a muchos metros de distancia de otra de las joyas de la sala, Las Bodas de Caná, de Veronese. Frente a frente, una mujer sola, aislada, y toda una multitud en plena celebración.
Así pues, parece que la Mona Lisa nunca está sola. Durante las horas de visita, además de los personajes de todos los cuadros de la sala, tiene la compañía de miles y miles de visitantes. Todo el que llega al museo acaba pasando a contemplarla. Aunque cierto es que muchos de quienes se plantan ante ella no tienen demasiado interés por desentrañar el misterio de sus pinceladas.Creedme, he visto a La Gioconda literalmente achicharrada a flashazos. Por momentos, me parecía verla abandonar su "mano sobre mano" para poderse tapar los ojos y evitar así una ceguera irreversible. Ninguno de los empleados del museo decía ni pío. Y si pió, nadie le oyó. Casi todos disparaban sobre la dama a bocajarro. Sin piedad. Sin plantearse lo práctico de emplear el tiempo ante el cuadro para admirarlo. Sin más. Después, es sencillo hacerse con una postal, una lámina, un catálogo, cualquier impresión. Éstos nos muestran la pintura infinitamente mejor que la foto que podamos hacer.
Pero existen otras maneras de aprehender una obra tan valiosa. Incluso hay quien le lanza objetos. Hace unos días una turista rusa arrojó una taza de té contra la pintura. Supongo que quería comprobar la dureza del cristal que la escuda. El blindaje quedó fuera de toda duda. La porcelana no contenía ningún líquido. Ni té ni nada que pudiera dejar mancha. ¿Cuál fue su intención? Quizás quería conseguir una impresión de la obra, como en una de esas tazas serigrafiadas que compramos de recuerdo cuando viajamos. Tal vez creyese que podría obtener una estampa por contacto.
No lo sé. El caso es que la dama florentina, al igual que su parapeto nipón, ni se inmutó. O puede que sí.
domingo, 9 de agosto de 2009
Se caga en sus viejos
Este año me reencuentro o, más bien, nos reencontramos -pues creo que somos legión- con los textos del misterioso Carlos Cay en El País. Me entretuvo y divirtió todo el pasado agosto con sus cosas de chaval condenado a galeras para volver a intentar aprobar la selectividad en septiembre. Su verano transcurrió lejos de Madrid, lejos de sus deseos, obligado por sus padres a trasladarse a un pueblo con playa, a la que no podría ir pues debería encerrarse a empollar.
Pero cada día dedicó un buen rato a escribir. Y no precisamente los esquemas o resúmenes que le podrían haber servido para alcanzar un aprobado. Lo que escribió fue un diario cuyo único propósito era el de cagarse en sus viejos y contarnos todo lo que hacía dentro y fuera de su cuarto.
Este verano vuelve a la carga, como está mandado para seguir con la serie. No tenía por qué, pero parece que gustó. Sus compañeros del instituto ya están en la universidad. Y él no pasó. No era probable, viendo el panorama y las ganas.
Estos días nos ha estado contando algo de lo que ha hecho a lo largo del año. Tras su cantado fracaso en los exámenes no lo ha pasado muy bien y nos relata algunas de las cosas que se le cruzan por la mente, con o sin la ayuda de los porros.
Simplemente me gusta, me atrae la forma que tiene este chico de contarnos sus chácharas, por triviales que puedan parecer. Que no me lo parecen. Seguiré leyéndolo a sol y a sombra, esperando a ver por dónde nos quiere llevar esta vez.
Pero cada día dedicó un buen rato a escribir. Y no precisamente los esquemas o resúmenes que le podrían haber servido para alcanzar un aprobado. Lo que escribió fue un diario cuyo único propósito era el de cagarse en sus viejos y contarnos todo lo que hacía dentro y fuera de su cuarto.
Este verano vuelve a la carga, como está mandado para seguir con la serie. No tenía por qué, pero parece que gustó. Sus compañeros del instituto ya están en la universidad. Y él no pasó. No era probable, viendo el panorama y las ganas.
Estos días nos ha estado contando algo de lo que ha hecho a lo largo del año. Tras su cantado fracaso en los exámenes no lo ha pasado muy bien y nos relata algunas de las cosas que se le cruzan por la mente, con o sin la ayuda de los porros.
Simplemente me gusta, me atrae la forma que tiene este chico de contarnos sus chácharas, por triviales que puedan parecer. Que no me lo parecen. Seguiré leyéndolo a sol y a sombra, esperando a ver por dónde nos quiere llevar esta vez.
jueves, 6 de agosto de 2009
Dulces sueños
El cuerpo hecho un lío. Sí, señor. Parecerá extraño, pero se puede tener el cuerpo hecho un auténtico lío sin que ello implique ningún retorcimiento ni torsión. ¡Menuda confusión!, desconcierto de lumbares, paletillas, espinazo y curcusilla.
Buscar colchón requiere de vista, olfato, una sensibilidad especial y tremenda concentración. Como en una cata, se trata de ir probando, saboreando, dando alas al paladar dorsal. Con cuidado, sin saturarlo. Y sin tragar, que no es cuestión de emborracharse de comodidad. Con vinos y licores hará falta blindarse el hígado, pero aquí no será éste el caso: bastará con unos buenos riñones.
Sumiller de colchones, especialista en bienestar... biendormir... -estar y dormir tal vez sean dos estados de la conciencia, diferentes, complementarios incluso-. Comparar grados de firmeza en superficies mullidas lleva a confusión. Por eso hay que espabilar, ser capaz de diferenciar tactos y materiales: viscoleches merengadas, nosequelátex salvaje, espumación sobre lecho de muelles al jerez... ¡Pura gastronomía!
En el fondo, podríamos estar hablando de postres. Lo que yo quiero comprarle a esta señorita que me atiende con tantos tecnicismos de nombres irrepetibles son siestas azucaradas. Pagaré por los sueños más dulces. Quiero llevarme a casa la fuente de todos los placeres. No se lleve usté a engaño. Nada que ver con Casanova o Don Juan. Éstos preparaban el terreno a su manera, aunque seguro que eran grandes entendidos en camas, camastros, jergones... cada uno en su línea, no vayamos a ponerlos a dormir juntos. Eso no.
El caso es que, con este embrollo de físico y las sensaciones en pleno desbarajuste, uno ha de tomar la decisión. Y resulta complicado, después de encamarse a ratitos de acá para allá sin poder echar una cabezadita. Dicen que sólo se debe elegir colchón cuando se está descansado, para evitar que la fatiga decida por ti. De una buena elección dependerán en parte las mejores noches, las de caramelo.
Que sean sueños garrapiñados.
Buscar colchón requiere de vista, olfato, una sensibilidad especial y tremenda concentración. Como en una cata, se trata de ir probando, saboreando, dando alas al paladar dorsal. Con cuidado, sin saturarlo. Y sin tragar, que no es cuestión de emborracharse de comodidad. Con vinos y licores hará falta blindarse el hígado, pero aquí no será éste el caso: bastará con unos buenos riñones.
Sumiller de colchones, especialista en bienestar... biendormir... -estar y dormir tal vez sean dos estados de la conciencia, diferentes, complementarios incluso-. Comparar grados de firmeza en superficies mullidas lleva a confusión. Por eso hay que espabilar, ser capaz de diferenciar tactos y materiales: viscoleches merengadas, nosequelátex salvaje, espumación sobre lecho de muelles al jerez... ¡Pura gastronomía!
En el fondo, podríamos estar hablando de postres. Lo que yo quiero comprarle a esta señorita que me atiende con tantos tecnicismos de nombres irrepetibles son siestas azucaradas. Pagaré por los sueños más dulces. Quiero llevarme a casa la fuente de todos los placeres. No se lleve usté a engaño. Nada que ver con Casanova o Don Juan. Éstos preparaban el terreno a su manera, aunque seguro que eran grandes entendidos en camas, camastros, jergones... cada uno en su línea, no vayamos a ponerlos a dormir juntos. Eso no.
El caso es que, con este embrollo de físico y las sensaciones en pleno desbarajuste, uno ha de tomar la decisión. Y resulta complicado, después de encamarse a ratitos de acá para allá sin poder echar una cabezadita. Dicen que sólo se debe elegir colchón cuando se está descansado, para evitar que la fatiga decida por ti. De una buena elección dependerán en parte las mejores noches, las de caramelo.
Que sean sueños garrapiñados.
jueves, 30 de julio de 2009
El tiempo de los sueños
Estoy viendo El tiempo de la felicidad, de Manuel Iborra. Es como estar también en Ibiza, trasladando este verano hacia principios de los setenta. Es una de esas películas que me despiertan la clase de sensaciones en las que me gusta recrearme. Como esta sonrisa permanente que ahora me cuesta relajar.
Un verano en la playa puede dar para mucho. Para esta familia este es el tiempo de buscarse, cada uno a sí mismo y también a los demás. Básicamente todo aquí es amor. Como el de la madre, Verónica Forqué. El suyo es incondicional y lo recibe todo con la ternura de quien no cuestiona a sus hijos. Era actriz, pero sacrificó su carrera para dedicarse a ellos y así nació su ocupación como escritora.
Me divierte la relación fraternal de María Adánez y Silvia Abascal, quienes aquí vuelven a ser las hijas de la Forqué. Es el mismo trío de chicas de Pepa y Pepe, aquella estupenda serie planteada también por Iborra con el desenfado y el espíritu entrañable que encuentro aquí. Alegrías y tristezas en ese verano. También la zozobra de los pensamientos de futuro. Eso es lo que les ocupa, que no es poco.
Diálogos llenos de ingenuidad, humanidad. "Ser pintora me llevará hacia adentro, pero la música me llevará hacia afuera" -Silvia Abascal decide que en vez de a la pintura, prefiere dedicarse a cantar-. La Adánez sueña con hacer una audición con Nuria Espert y frivoliza planteándole a su madre lo que piensa hacer con respecto a un posible nuevo amor... "Como le quites el novio a tu hermana te la cargas", le responde la Forqué.
Pepón Nieto hace el papel del hijo mayor, el que necesita más ayuda de todos y despierta todas las simpatías. Se enamora de la más hippie de la isla, una alocada Clara Sanchís a quien la muerte de Janis Joplin le duele en el alma. Es una más de las almas libres del Mediterráneo. Como el cartero. Reparte el correo y con éste entrega también versos de Sylvia Plath, contribuyendo a un juego literario con las chicas.
El tiempo de la felicidad será uno de esos veranos en los que algunas vidas pueden dar un giro inesperado o encontrar un sentido, una nueva dirección. Como se dice en la película, en el fondo todos vivimos de sueños, aunque sepamos que lo son. Y a veces algo los hace reales.
Un verano en la playa puede dar para mucho. Para esta familia este es el tiempo de buscarse, cada uno a sí mismo y también a los demás. Básicamente todo aquí es amor. Como el de la madre, Verónica Forqué. El suyo es incondicional y lo recibe todo con la ternura de quien no cuestiona a sus hijos. Era actriz, pero sacrificó su carrera para dedicarse a ellos y así nació su ocupación como escritora.
Me divierte la relación fraternal de María Adánez y Silvia Abascal, quienes aquí vuelven a ser las hijas de la Forqué. Es el mismo trío de chicas de Pepa y Pepe, aquella estupenda serie planteada también por Iborra con el desenfado y el espíritu entrañable que encuentro aquí. Alegrías y tristezas en ese verano. También la zozobra de los pensamientos de futuro. Eso es lo que les ocupa, que no es poco.
Diálogos llenos de ingenuidad, humanidad. "Ser pintora me llevará hacia adentro, pero la música me llevará hacia afuera" -Silvia Abascal decide que en vez de a la pintura, prefiere dedicarse a cantar-. La Adánez sueña con hacer una audición con Nuria Espert y frivoliza planteándole a su madre lo que piensa hacer con respecto a un posible nuevo amor... "Como le quites el novio a tu hermana te la cargas", le responde la Forqué.
Pepón Nieto hace el papel del hijo mayor, el que necesita más ayuda de todos y despierta todas las simpatías. Se enamora de la más hippie de la isla, una alocada Clara Sanchís a quien la muerte de Janis Joplin le duele en el alma. Es una más de las almas libres del Mediterráneo. Como el cartero. Reparte el correo y con éste entrega también versos de Sylvia Plath, contribuyendo a un juego literario con las chicas.
El tiempo de la felicidad será uno de esos veranos en los que algunas vidas pueden dar un giro inesperado o encontrar un sentido, una nueva dirección. Como se dice en la película, en el fondo todos vivimos de sueños, aunque sepamos que lo son. Y a veces algo los hace reales.
lunes, 27 de julio de 2009
Al fresco
Hace poco más de mil años Almanzor arrasó la ciudad de León, y con ella la Colegiata de San Isidoro. Sobre sus cimientos se edificó posteriormente un nuevo templo al que se dotó de los restos del santo de turno. Había que darle relevancia. Y no sería uno, sino dos santos: desde Ávila se trasladó parte de San Vicente y de Sevilla se llevaron las reliquias de San Isidoro.
No conozco el aspecto de lo que se guarda de los santos en San Isidoro. Pero lo más llamativo de esta iglesia no está en su interior, sino bajo éste. La cripta se utilizó como Panteón de Reyes y sus bóvedas fueron cubiertas a comienzos del siglo XII por magníficos frescos. Se la ha llamado la Capilla Sixtina del arte románico aunque, haciendo patria, ¿no sería mejor llamar a los techos que pintó Miguel Ángel el San Isidoro del Cinquecento?
Es sorprendente su estado de conservación y la viveza de su colorido, casi intacto en las seis bóvedas y alguna de las paredes. Cuando hace casi veinte años -de tantas cosas hace ya veinte años- los conocí proyectados por un haz de luz sobre una pared, debí imaginar que aquello estaría restaurado, repintado incluso con un pincelito mojado de ocre, rojo, amarillo, azul y gris. Cierto era que habían sido limpiados hacía poco tiempo, pero nunca habían sido restaurados. Y siguen sin tocarse, aunque a muchos les gustaría meterles mano. Sorprende también que no sufrieran grandes daños durante la ocupación francesa. Las tropas de Napoleón utilizaron la cripta como almacén y ataban los caballos a los fustes de sus columnas, coronadas por capiteles increibles.
Cuando se accede a este "sótano" a uno le entran ganas de tumbarse sobre una de las tumbas -de ahí le supongo el nombre al verbo- para obtener el mejor punto de vista. Todas menos la de doña Urraca. No sé... pero es que con ese nombre...
El Pantocrátor no resulta tan severo como el de San Clemente de Tahull, aunque vienen a ser dos composiciones casi idénticas. La Anunciación a los pastores es mi escena preferida. ¡Menudo susto debieron de pegarse! Y ante la visión del calendario representado en uno de sus arcos a veces me gustaría poder hacer lo que dicta, por ejemplo en diciembre.
De pie o tumbado, da lo mismo, podría haber estado horas admirando estos frescos. Pero la visita marca sus tiempos, más breves que los del calendario románico.
No conozco el aspecto de lo que se guarda de los santos en San Isidoro. Pero lo más llamativo de esta iglesia no está en su interior, sino bajo éste. La cripta se utilizó como Panteón de Reyes y sus bóvedas fueron cubiertas a comienzos del siglo XII por magníficos frescos. Se la ha llamado la Capilla Sixtina del arte románico aunque, haciendo patria, ¿no sería mejor llamar a los techos que pintó Miguel Ángel el San Isidoro del Cinquecento?
Es sorprendente su estado de conservación y la viveza de su colorido, casi intacto en las seis bóvedas y alguna de las paredes. Cuando hace casi veinte años -de tantas cosas hace ya veinte años- los conocí proyectados por un haz de luz sobre una pared, debí imaginar que aquello estaría restaurado, repintado incluso con un pincelito mojado de ocre, rojo, amarillo, azul y gris. Cierto era que habían sido limpiados hacía poco tiempo, pero nunca habían sido restaurados. Y siguen sin tocarse, aunque a muchos les gustaría meterles mano. Sorprende también que no sufrieran grandes daños durante la ocupación francesa. Las tropas de Napoleón utilizaron la cripta como almacén y ataban los caballos a los fustes de sus columnas, coronadas por capiteles increibles.
Cuando se accede a este "sótano" a uno le entran ganas de tumbarse sobre una de las tumbas -de ahí le supongo el nombre al verbo- para obtener el mejor punto de vista. Todas menos la de doña Urraca. No sé... pero es que con ese nombre...
El Pantocrátor no resulta tan severo como el de San Clemente de Tahull, aunque vienen a ser dos composiciones casi idénticas. La Anunciación a los pastores es mi escena preferida. ¡Menudo susto debieron de pegarse! Y ante la visión del calendario representado en uno de sus arcos a veces me gustaría poder hacer lo que dicta, por ejemplo en diciembre.
De pie o tumbado, da lo mismo, podría haber estado horas admirando estos frescos. Pero la visita marca sus tiempos, más breves que los del calendario románico.
domingo, 26 de julio de 2009
Traerse, dejarse León
Siempre dejamos algo de nosotros en los lugares donde hemos vivido buenos momentos. No me refiero a las cosas que se nos olvidan en los hoteles, donde lo mejor antes de marcharnos es echar un vistazo debajo de la cama, mantener las puertas de los armarios abiertas y haber evitado meter nada en los cajones, donde es matemático que nunca miremos para rescatar lo guardado. En realidad lo que nos dejamos tiene que ver con nuestros adentros, con todo lo que nos despiertan la novedad, o la belleza, o tal vez la sorpresa.
Pueden ser las miradas de quienes están allí a nuestro lado. Quienes caminan con nosotros. Compartimos sensaciones, impresiones, emociones, algún que otro sobresalto. Todos ellos se reflejan en la mirada, se transmiten con los ojos. Acabamos quedándonos con las percepciones pero no con las miradas, que permanecerán allí para siempre.
Pero hay también un intercambio. Nos llevamos algo dentro. Quizás lo que nos traemos llena el hueco de lo que allí dejamos.
De León me he traído multitud de paseos. Por el centro, a lo largo del río, en sus plazas, bajo el sol y bajo la lluvia. A cambio me dejo allí esas miradas de las que hablaba y, aunque quede poco humilde, alguna huella sobre sus losas de piedra.
Desayunos abriendo un hueco en la mesa para el Diario de León, entre la taza de café, el zumo y la tostada. Abriendo un espacio a los hechos. También la visión de peregrinos ocupados en andar el camino. Sus miradas y las mías siguen allí, fijadas en algún punto.
En los oídos el eco de voces de un concierto de música barroca en la catedral. Mezcladas las notas con la luz filtrada a través de sus vidrios coloristas. Uno quisiera traerse todo aquel sonido, pero permanece entre los muros, recreado en su brillo único. No queda más remedio que dejárselo también.
El ánimo alegrado por alguna bebida en el Húmedo. Y alguna tapa, cómo no. En los bares, otra clase de peregrinos en rutas nocturnas.
Redescubro una ruta más, la de la Seda, en el MUSAC. Allí es posible conectar ciudades de la antigua ruta y encontrar los elementos que las convierten en una sola. Me dejo una sombra proyectada sobre un gigantesco mapa físico de Asia. Marco Polo hubiera querido ver el Mundo así.
El día que vuelva quizás busque algo de lo que me dejé y trate de llevarme algo parecido a lo que me traje.
Pueden ser las miradas de quienes están allí a nuestro lado. Quienes caminan con nosotros. Compartimos sensaciones, impresiones, emociones, algún que otro sobresalto. Todos ellos se reflejan en la mirada, se transmiten con los ojos. Acabamos quedándonos con las percepciones pero no con las miradas, que permanecerán allí para siempre.
Pero hay también un intercambio. Nos llevamos algo dentro. Quizás lo que nos traemos llena el hueco de lo que allí dejamos.
De León me he traído multitud de paseos. Por el centro, a lo largo del río, en sus plazas, bajo el sol y bajo la lluvia. A cambio me dejo allí esas miradas de las que hablaba y, aunque quede poco humilde, alguna huella sobre sus losas de piedra.
Desayunos abriendo un hueco en la mesa para el Diario de León, entre la taza de café, el zumo y la tostada. Abriendo un espacio a los hechos. También la visión de peregrinos ocupados en andar el camino. Sus miradas y las mías siguen allí, fijadas en algún punto.
En los oídos el eco de voces de un concierto de música barroca en la catedral. Mezcladas las notas con la luz filtrada a través de sus vidrios coloristas. Uno quisiera traerse todo aquel sonido, pero permanece entre los muros, recreado en su brillo único. No queda más remedio que dejárselo también.
El ánimo alegrado por alguna bebida en el Húmedo. Y alguna tapa, cómo no. En los bares, otra clase de peregrinos en rutas nocturnas.
Redescubro una ruta más, la de la Seda, en el MUSAC. Allí es posible conectar ciudades de la antigua ruta y encontrar los elementos que las convierten en una sola. Me dejo una sombra proyectada sobre un gigantesco mapa físico de Asia. Marco Polo hubiera querido ver el Mundo así.
El día que vuelva quizás busque algo de lo que me dejé y trate de llevarme algo parecido a lo que me traje.
viernes, 17 de julio de 2009
Día cero
Esperaba al pie del portal,
empeñado en ver la luz.
Sólo un resquicio para prenderla
tras mi ruta en negativo.
Acariciaba las puertas del cero,
ese día en que el mundo nace,
umbral del todo positivo.
La paciencia me había pesado,
lastre de obstinados y dolientes,
fardo sin contrapeso
siempre vencido a la espera.
Tendría de mi entrega el pago,
de la ilusión el reintegro
y del aliento un refuerzo.
Estaba por llegar y lo vi venir,
mas no me preparé.
El tiempo se había disuelto
y un invisible alud de copos sutiles
limpió la medida de las cosas,
borró la senda marcada.
Cegó el atisbo ansiado.
Nada quedó.
Había perdido la ocasión.
Llovió con telón de plomo:
pesadas gotas, punzones del suelo.
Munición en ráfaga salvaje
espoleando pueblos en mí,
dejando recias pilas de casquillos.
Pólvora mojada entre papeles calados.
Los busqué en el agua
sin texto sumergidos
para izarlos, enjugarlos.
Recorté sin medios.
Dedos sin uñas: las perdí en la lucha.
De papel mariposas,
las de mi ánimo sin vuelo.
El valor de lo amargo tiende a infinito,
se me tragó la noche.
empeñado en ver la luz.
Sólo un resquicio para prenderla
tras mi ruta en negativo.
Acariciaba las puertas del cero,
ese día en que el mundo nace,
umbral del todo positivo.
La paciencia me había pesado,
lastre de obstinados y dolientes,
fardo sin contrapeso
siempre vencido a la espera.
Tendría de mi entrega el pago,
de la ilusión el reintegro
y del aliento un refuerzo.
Estaba por llegar y lo vi venir,
mas no me preparé.
El tiempo se había disuelto
y un invisible alud de copos sutiles
limpió la medida de las cosas,
borró la senda marcada.
Cegó el atisbo ansiado.
Nada quedó.
Había perdido la ocasión.
Llovió con telón de plomo:
pesadas gotas, punzones del suelo.
Munición en ráfaga salvaje
espoleando pueblos en mí,
dejando recias pilas de casquillos.
Pólvora mojada entre papeles calados.
Los busqué en el agua
sin texto sumergidos
para izarlos, enjugarlos.
Recorté sin medios.
Dedos sin uñas: las perdí en la lucha.
De papel mariposas,
las de mi ánimo sin vuelo.
El valor de lo amargo tiende a infinito,
se me tragó la noche.
lunes, 13 de julio de 2009
Día uno
Abanicando mariposas de papel,
así nos mezclamos en el día uno.
Cada cual las suyas,
en el aire las de los dos.
Yo alentaba las de mi ánimo
caído tras el diluvio del día cero,
sentado al raso sin cielo,
anclado al barro agrietado.
Tú aventabas alas rotas,
reunías pedazos de viento,
minúsculas corrientes,
las de tus jirones.
Nuestros vuelos no se tocaron.
Suspendidos. No pudieron.
Aleteos en trino,
juegos en el vacío.
Planear acaso fuera de ayuda.
Detener el soplido,
abandonarse al sereno.
Dejados de nosotros.
Al sabernos en el aire
atrapamos cada pizca.
Pavesas de un fuego extinto
por la brisa mecidas.
Con las tuyas en mi mano
vi las mías contigo.
Eran para ti en mi quietud.
Me las diste en tu sosiego.
así nos mezclamos en el día uno.
Cada cual las suyas,
en el aire las de los dos.
Yo alentaba las de mi ánimo
caído tras el diluvio del día cero,
sentado al raso sin cielo,
anclado al barro agrietado.
Tú aventabas alas rotas,
reunías pedazos de viento,
minúsculas corrientes,
las de tus jirones.
Nuestros vuelos no se tocaron.
Suspendidos. No pudieron.
Aleteos en trino,
juegos en el vacío.
Planear acaso fuera de ayuda.
Detener el soplido,
abandonarse al sereno.
Dejados de nosotros.
Al sabernos en el aire
atrapamos cada pizca.
Pavesas de un fuego extinto
por la brisa mecidas.
Con las tuyas en mi mano
vi las mías contigo.
Eran para ti en mi quietud.
Me las diste en tu sosiego.
miércoles, 8 de julio de 2009
Salir corriendo
¡Vaya! Rojiblanco y no es del Atleti. ¡Ya está: pamplonica! ¡Si hasta lleva el periódico! Pero el encierro pasó hace unas horas... a unos cuantos cientos de kilómetros de aquí. No puedo evitar que algo no me cuadre.
Por todas partes existen casas regionales, sucursales patria chica de quienes viven lejos de su añorado lugar de nacimiento. Ignoro si en mi ciudad existe una casa de Navarra. Tal vez ese tío de blanco impoluto marcado de rojo haya salido de un lugar así. O quizás no.
Hay cosas que me inquietan. También en otros momentos del año. Cuando veo por estos lares a algunas mujeres ataviadas de rocieras acompañadas de hombres vestidos de corto, mi mente salta directamente hacia el sur. Pero yo sigo aquí, pisando la Meseta.
Y llevando el asunto mucho más lejos, las calabazas huecas de Halloween me desubican lo suficiente como para emborronar por momentos lo más valioso del día de Todos los Santos. No acabo de verme diciendo Trick or treat ante la lápida sobre la que acabo de dejar unas flores.
Vuelvo al presente y lo de hoy me hace pensar que a alguien vestido de sanferminero no le queda otro remedio que echarse a correr. La actitud necesariamente va con la ropa. Quizás estos días, si uno se propone salir por patas -da igual de lo que se quiera huir-, deba vestirse de blanco y ponerse fajín y pañoleta blancos. Muchos toros sin pinta de toro también cornean.
A veces hay que alejarse de ciertas cosas a todo meter.
Por todas partes existen casas regionales, sucursales patria chica de quienes viven lejos de su añorado lugar de nacimiento. Ignoro si en mi ciudad existe una casa de Navarra. Tal vez ese tío de blanco impoluto marcado de rojo haya salido de un lugar así. O quizás no.
Hay cosas que me inquietan. También en otros momentos del año. Cuando veo por estos lares a algunas mujeres ataviadas de rocieras acompañadas de hombres vestidos de corto, mi mente salta directamente hacia el sur. Pero yo sigo aquí, pisando la Meseta.
Y llevando el asunto mucho más lejos, las calabazas huecas de Halloween me desubican lo suficiente como para emborronar por momentos lo más valioso del día de Todos los Santos. No acabo de verme diciendo Trick or treat ante la lápida sobre la que acabo de dejar unas flores.
Vuelvo al presente y lo de hoy me hace pensar que a alguien vestido de sanferminero no le queda otro remedio que echarse a correr. La actitud necesariamente va con la ropa. Quizás estos días, si uno se propone salir por patas -da igual de lo que se quiera huir-, deba vestirse de blanco y ponerse fajín y pañoleta blancos. Muchos toros sin pinta de toro también cornean.
A veces hay que alejarse de ciertas cosas a todo meter.
martes, 7 de julio de 2009
Tirar el cigarro II
Todavía no he visto a nadie deshacerse de dos cigarrillos a la vez. Supongo que nadie los fuma de dos en dos. Pero sí los he visto rodar al unísono, en pirueta casi coreografiada por Pina Bausch. Quizás haya quienes conecten entre sí a la hora de ver la necesidad de soltar sus respectivos y los hagan volar y rodar después, todo ello al mismo tiempo.
Hay quien espera el autobús mientras tira del aire a través de una chimenea envuelta de papel. Inhalaciones a contrarreloj cuando vislumbra su llegada. Una silueta motorizada se hace grande a medida que avanza. Los dedos se ocupan en la búsqueda de un billete, unas monedas o un bono de transporte. Se libran de la pequeña hoguera, soltándola viva todavía. Reavivada en su descenso, choca dejándose unas cuantas chispas en el suelo. Morirá junto a otras tantas abandonadas en la urgencia.
Los cigarrillos nos observan. De noche, cuando el fuego consume el aire y también la oscuridad, es fácil descubrir sus miradas. Algo las enciende desde dentro. Las enrojece de aliento. Después las abandona y se ahogan con ascuas en las pupilas. En su vida de ansiedad e incendio acabarán mirando hacia abajo. Volarán en barrena arrastrando una cola de humo.
Alguna vez me ha parecido ver en el aire el dibujo de un lazo encendido, la incandescencia trazando las letras de un adiós. Quizás algo más sencillo aún, la palabra "fin" por ejemplo.
Hay quien espera el autobús mientras tira del aire a través de una chimenea envuelta de papel. Inhalaciones a contrarreloj cuando vislumbra su llegada. Una silueta motorizada se hace grande a medida que avanza. Los dedos se ocupan en la búsqueda de un billete, unas monedas o un bono de transporte. Se libran de la pequeña hoguera, soltándola viva todavía. Reavivada en su descenso, choca dejándose unas cuantas chispas en el suelo. Morirá junto a otras tantas abandonadas en la urgencia.
Los cigarrillos nos observan. De noche, cuando el fuego consume el aire y también la oscuridad, es fácil descubrir sus miradas. Algo las enciende desde dentro. Las enrojece de aliento. Después las abandona y se ahogan con ascuas en las pupilas. En su vida de ansiedad e incendio acabarán mirando hacia abajo. Volarán en barrena arrastrando una cola de humo.
Alguna vez me ha parecido ver en el aire el dibujo de un lazo encendido, la incandescencia trazando las letras de un adiós. Quizás algo más sencillo aún, la palabra "fin" por ejemplo.
sábado, 27 de junio de 2009
Bajo el león de San Marcos
Volver a Venecia siempre es un placer. Caminar junto a sus canales, dejarse deslumbrar por la luz y sus destellos infinitos que saltan entre campos, palacios y puentes, entregarse al hechizo y saber perderse. No importa no encontrarse si el extravío es ansiado.
Leer la nueva novela de Ana Alcolea tiene algo de ese anhelo. Que ha sido el mío y también el de Ángela, la escritora que la protagoniza. Ella desea perderse en esta ciudad con la intención de darles vida a sus personajes y darse vida a sí misma. Por los canales de su Venecia irán fluyendo reflexiones acerca de muchos aspectos de su vida, además de la peripecia de los personajes que habitarán su creación.Bajo el león de San Marcos es el juego de espejos y reflejos que su autora encuentra en la propia Venecia y en la vida misma. Para su Ángela traspasar el espejo parece posible cuando lo real da alas a la ficción, y de ésta vuelven los objetos para integrarse en el lugar del que salieron tal vez. La pintura. Los pintores. La realidad de algunos retratos remite a ciertos personajes o inspira otros tantos.
De la tinta de Ángela veremos surgir a la Angélica niña, junto a quien maduraremos dentro de una suerte de fábula llena de sueños y aprendizaje. Interviene ahí la habilidad de Ana para recrearse en ese juego de espejos y reflejos del que tanto disfruta. Así, cada paso de Ángela por la Venecia actual es un paso de Angélica en busca de su vida. Cuando Angélica descubre con caricias de jabón perfumado cada palmo de su piel receptiva, Ángela busca en la suya la memoria de otras pieles. Y la sensualidad del deseo irreprimible de aquélla es para ésta pasión ocasional e inevitable, por consentida.
En Bajo el león de San Marcos la Venecia actual nos devuelve a la del siglo XV, permitiéndonos conocer a Caterina Cornaro, quien fuera reina de Chipre, Armenia y Jerusalén. Interesantísimo personaje y magnífica figura. Su Serenísima fue hogar dorado de patricios, seno alimentador de mecenazgos y escenario de los sueños de muchos. Pero fue al tiempo la terrible fiera que codició el Mediterráneo, ejecutora implacable, cloaca para el rebose de las desdichas.
Como escribió Fernando Marías, los sueños son de agua. Perseguirlos y encontrarlos en la ciudad flotante tal vez sea posible para Angélica. Asistiremos a su búsqueda y acabaremos entrando en terreno pantanoso. Llegaremos donde la tierra deja de ser firme y las aguas de la laguna pueden envolver oscuros misterios y alimentar intrigas, meciéndolas con olas que traen el pasado al presente, azotan la costa y se retiran arrastrando algo del hoy hacia el ayer.
Ana Alcolea ha conseguido dar a sus historias la agilidad que requiere el desarrollo de una novela así. Me alegra encontrármela en su propia narración, perteneciente a ninguno y a muchos géneros a la vez y, sobre todo, disfrutar de tantos y tan gozosos momentos de lectura.
martes, 23 de junio de 2009
Adiós, Kodachrome
Erre que erre. Ahí sigo, en mis trece. No me lograrán quitar la idea de que somos analógicos. Por eso, cada paso triunfal que damos hacia la digitalización completa me parece un triste retroceso en nuestra evolución. Hay en él algo de deshumanización.
Kodak deja de fabricar su mejor película de diapositiva. Un golpe más a la fotografía analógica: Kodachrome pasa a ser historia.
Es el momento de recordar las sesiones de proyección de diapositivas que todos hemos disfrutado en muchas ocasiones. Filminas, las llamaba alguno de mis profesores del instituto. ¿Qué habría sido de las clases de anatomía sin ellas? ¿Y de las clases de arte? Cuántas imágenes maravillosas pudimos ver proyectadas gracias a esos marquitos portadores de tanta belleza. Grecia, el Gótico, el Renacimiento, los impresionistas,... Todos conservamos en las retinas alguna de aquellas estampas, desaparecida ya de la pared del aula, persistiendo en nuestro fondo de ojo cada vez que cerramos los párpados.
En mi caso, aunque me gustaba ver diapositivas, a la hora de manipular fotografías prefería trabajar en blanco y negro. El proceso de revelado era más sencillo y uno podía montar su humilde laboratorio en cualquier habitación de la casa.
Merecía la pena encerrarse a oscuras, a salvo de la luz, y vampirizarse para vivir auténticos instantes de magia. Aquellos momentos en los que, bajo la única luz de la bombilla roja, surgía sobre el papel la misma escena ya elegida y encuadrada con anterioridad.
Voluntaria pero desgraciadamente, el revelado manual cedió su sitio a la informática. Literalmente. No es que de la noche al día pasase de disparar películas con mi réflex y revelarlas yo mismo, a la cámara digital y a su socio el ordenador. No, eso llegaría mucho después. Lo que ocurrió fue que la entrada de un PC en casa requería de espacio. Todo el paquete tecnológico pasó a ocupar la mesa sobre la que estaba instalada la ampliadora, acompañada de sus filtros, las cubetas, los químicos y demás achiperres imprescindibles para convertir lo latente en visible.
Por propia experiencia, parafraseando a aquel grupo del pop de los 80, debería preguntarme si the computer killed Kodachrome.
Kodak deja de fabricar su mejor película de diapositiva. Un golpe más a la fotografía analógica: Kodachrome pasa a ser historia.
Es el momento de recordar las sesiones de proyección de diapositivas que todos hemos disfrutado en muchas ocasiones. Filminas, las llamaba alguno de mis profesores del instituto. ¿Qué habría sido de las clases de anatomía sin ellas? ¿Y de las clases de arte? Cuántas imágenes maravillosas pudimos ver proyectadas gracias a esos marquitos portadores de tanta belleza. Grecia, el Gótico, el Renacimiento, los impresionistas,... Todos conservamos en las retinas alguna de aquellas estampas, desaparecida ya de la pared del aula, persistiendo en nuestro fondo de ojo cada vez que cerramos los párpados.
En mi caso, aunque me gustaba ver diapositivas, a la hora de manipular fotografías prefería trabajar en blanco y negro. El proceso de revelado era más sencillo y uno podía montar su humilde laboratorio en cualquier habitación de la casa.
Merecía la pena encerrarse a oscuras, a salvo de la luz, y vampirizarse para vivir auténticos instantes de magia. Aquellos momentos en los que, bajo la única luz de la bombilla roja, surgía sobre el papel la misma escena ya elegida y encuadrada con anterioridad.
Voluntaria pero desgraciadamente, el revelado manual cedió su sitio a la informática. Literalmente. No es que de la noche al día pasase de disparar películas con mi réflex y revelarlas yo mismo, a la cámara digital y a su socio el ordenador. No, eso llegaría mucho después. Lo que ocurrió fue que la entrada de un PC en casa requería de espacio. Todo el paquete tecnológico pasó a ocupar la mesa sobre la que estaba instalada la ampliadora, acompañada de sus filtros, las cubetas, los químicos y demás achiperres imprescindibles para convertir lo latente en visible.
Por propia experiencia, parafraseando a aquel grupo del pop de los 80, debería preguntarme si the computer killed Kodachrome.
miércoles, 17 de junio de 2009
@rroba
La arroba siempre ha tenido su peso. Concretando un poco, unos once kilos y medio.
Hace ya muchos años participé en un campo de trabajo. Se celebraba en un pueblo de Palencia y durante veinte días nos dedicaríamos a excavar lo que se suponía eran los restos de un castillo del siglo X, más o menos. En torno a aquel proyecto arqueológico nos reunimos unos cuantos españoles a los que se sumaron extranjeros procedentes de Francia, Dinamarca, Inglaterra, Canadá y Eslovaquia. Fueron días maravillosos, llenos de experiencias inolvidables, imborrables.
Pasaron los días y llegó el momento de las despedidas. Todos buscábamos llenar unas páginas de direcciones, teléfonos y dedicatorias divertidas. Yo también me hice con las mías y entre ellas encontré algo muy raro. Uno de los eslovacos, Rastislav, aparte de su dirección postal apuntaba en una línea unas cuantas letras entre las que había un símbolo desconocido. Rasto me decía que era su dirección de la universidad, que ahí podía localizarle en horas lectivas, y que sólo hacía falta sentarse frente a un ordenador conectado no sé de qué extraña manera a no sé qué red singular.
Aquello no me sonaba de nada. Ignoraba si en mi Facultad existía algo similar y descarté por completo utilizar aquel canal de comunicación. Con Rasto, como con los demás, la comunicación fue epistolar.
Años después todos comenzamos a tener alguna cuenta de correo electrónico. Casi nadie tenía internet en casa y la mayoría aprovechábamos las conexiones de bibliotecas y centros de trabajo.
Aquellas arrobas medio olvidadas como unidad de medida ganaban peso nuevamente. Mucho, muchísimo, más que los once kilos y medio tradicionales. Hoy el padre del correo electrónico, Ray Tomlinson, ha sido premiado con un Príncipe de Asturias. Nunca sospechó que su invento llegaría a tener tanta importancia.
Hace ya muchos años participé en un campo de trabajo. Se celebraba en un pueblo de Palencia y durante veinte días nos dedicaríamos a excavar lo que se suponía eran los restos de un castillo del siglo X, más o menos. En torno a aquel proyecto arqueológico nos reunimos unos cuantos españoles a los que se sumaron extranjeros procedentes de Francia, Dinamarca, Inglaterra, Canadá y Eslovaquia. Fueron días maravillosos, llenos de experiencias inolvidables, imborrables.
Pasaron los días y llegó el momento de las despedidas. Todos buscábamos llenar unas páginas de direcciones, teléfonos y dedicatorias divertidas. Yo también me hice con las mías y entre ellas encontré algo muy raro. Uno de los eslovacos, Rastislav, aparte de su dirección postal apuntaba en una línea unas cuantas letras entre las que había un símbolo desconocido. Rasto me decía que era su dirección de la universidad, que ahí podía localizarle en horas lectivas, y que sólo hacía falta sentarse frente a un ordenador conectado no sé de qué extraña manera a no sé qué red singular.
Aquello no me sonaba de nada. Ignoraba si en mi Facultad existía algo similar y descarté por completo utilizar aquel canal de comunicación. Con Rasto, como con los demás, la comunicación fue epistolar.
Años después todos comenzamos a tener alguna cuenta de correo electrónico. Casi nadie tenía internet en casa y la mayoría aprovechábamos las conexiones de bibliotecas y centros de trabajo.
Aquellas arrobas medio olvidadas como unidad de medida ganaban peso nuevamente. Mucho, muchísimo, más que los once kilos y medio tradicionales. Hoy el padre del correo electrónico, Ray Tomlinson, ha sido premiado con un Príncipe de Asturias. Nunca sospechó que su invento llegaría a tener tanta importancia.
domingo, 14 de junio de 2009
A la sombra de un león
Esta mañana los árboles del Retiro se guardaban la sombra. A primera hora las nubes les ahorraban el esfuerzo. Ayer las tormentas pactaron con el sol una esperada tregua, o eso nos hicieron creer.
Nos las prometíamos felices. Pasearíamos entre autores, editores, lectores y, por supuesto, libros. Éstos resguardados por toldos y nosotros descuidados del calor.
Éramos reincidentes, así que nuestra segunda visita de este año a la Feria tenía una prevención: la de caer en la tentación. Sobra decir que ha sido imposible. Comprábamos la semana pasada y también hoy.
En realidad llegábamos para ver a Ana Alcolea, amiga escritora zaragozana que acaba de publicar su novela Bajo el león de San Marcos en la editorial Algaida. Le llevábamos nuestro ejemplar, ávidos por tener su dedicatoria en él y también su cariño.
Debimos perdernos el momento en que la megafonía de la Feria anunciaba la presencia del sol. No oímos cuál era su caseta ni su horario. El caso es que se sacudía de repente las nubes y, sin miramientos, se disponía a estampar su firma de tinta bochornosa. Esa tinta que engulle el aire.
Salvia y yo acabábamos persiguiendo un respiro, un refugio a salvo del fuego despedido desde la caseta incendiada. Y lo encontrábamos en compañía de Ana. La sombra fresca que su león proyecta y el regalo de su compañía eran suficientes para olvidar tanto calor.
Nos las prometíamos felices. Pasearíamos entre autores, editores, lectores y, por supuesto, libros. Éstos resguardados por toldos y nosotros descuidados del calor.
Éramos reincidentes, así que nuestra segunda visita de este año a la Feria tenía una prevención: la de caer en la tentación. Sobra decir que ha sido imposible. Comprábamos la semana pasada y también hoy.
En realidad llegábamos para ver a Ana Alcolea, amiga escritora zaragozana que acaba de publicar su novela Bajo el león de San Marcos en la editorial Algaida. Le llevábamos nuestro ejemplar, ávidos por tener su dedicatoria en él y también su cariño.
Debimos perdernos el momento en que la megafonía de la Feria anunciaba la presencia del sol. No oímos cuál era su caseta ni su horario. El caso es que se sacudía de repente las nubes y, sin miramientos, se disponía a estampar su firma de tinta bochornosa. Esa tinta que engulle el aire.
Salvia y yo acabábamos persiguiendo un respiro, un refugio a salvo del fuego despedido desde la caseta incendiada. Y lo encontrábamos en compañía de Ana. La sombra fresca que su león proyecta y el regalo de su compañía eran suficientes para olvidar tanto calor.
viernes, 12 de junio de 2009
Ur
Ur Teatro. Míticos ya. Tuve la gran suerte de conocer su trabajo allá por el 98. Su Romeo y Julieta me dejó asombrado. Era una adaptación de la obra de Shakespeare, llevada a un tiempo en el que no habríamos reconocido ni el nuestro ni el de su autor. Ni siquiera habríamos sido capaces de situarlo en una época concreta.
Era sorprendente su dominio escénico: caja negra, cuatro paneles y elementos escenográficos, diseño de luces muy trabajado y fabulosa ambientación sonora. Pero lo realmente espectacular era el trabajo de los actores. Eso sí era teatro. Admirable su dominio de voz y cuerpo, combinando el texto con la expresión gestual entre acrobacias y otros efectos físicos.
Ahora Ur ha reestrenado su montaje de El sueño de una noche de verano. Hace una década me quedé con ganas de verlo y ahora lo han recuperado algo actualizado, poniendo al día algunos de sus aspectos. Helena Pimenta sigue al frente de este espectáculo, logrando de nuevo sacarnos de la realidad a lo largo de esa noche en la que los sueños no lo son.
Los espectadores quedamos hechizados también, embrujados, enredados en su juego imaginativo, divertidos con su espontaneidad, satisfechos por tantos aciertos, agradecidos por tanto esfuerzo y honestidad.
Difícil saber si el bueno de William habría aprobado en el siglo XVI esta versión. Fácil darles hoy un diez.
Era sorprendente su dominio escénico: caja negra, cuatro paneles y elementos escenográficos, diseño de luces muy trabajado y fabulosa ambientación sonora. Pero lo realmente espectacular era el trabajo de los actores. Eso sí era teatro. Admirable su dominio de voz y cuerpo, combinando el texto con la expresión gestual entre acrobacias y otros efectos físicos.
Ahora Ur ha reestrenado su montaje de El sueño de una noche de verano. Hace una década me quedé con ganas de verlo y ahora lo han recuperado algo actualizado, poniendo al día algunos de sus aspectos. Helena Pimenta sigue al frente de este espectáculo, logrando de nuevo sacarnos de la realidad a lo largo de esa noche en la que los sueños no lo son.
Los espectadores quedamos hechizados también, embrujados, enredados en su juego imaginativo, divertidos con su espontaneidad, satisfechos por tantos aciertos, agradecidos por tanto esfuerzo y honestidad.
Difícil saber si el bueno de William habría aprobado en el siglo XVI esta versión. Fácil darles hoy un diez.
martes, 9 de junio de 2009
Para qué hablar
Que no me hablen de los fichajes del fútbol, ni de los mil euros que va a cobrar Kaká cada hora de su vida, ni de los seis goles del Barça, ni de todos los trofeos que han venido después. Tampoco me hablen de la crisis, ni de quienes dicen lograr empleos para sus conciudadanos, por precarios que éstos sean de principio a fin. No me hablen de la pasada campaña de Elecciones Europeas, durante la que todos rogábamos por alguna mención a Europa, acaso unas pocas palabras alusivas a ese Parlamento hacia el que acabamos de facturar a cerca de ochocientos representantes. Que no me hablen de la incomprensible y repentina fiebre de este Ayuntamiento por excavarlo todo, ni de las zanjas rodeadas de tubos, máquinas, escombros y gases que, circundadas por vallas, me obligan a recorrer distancias mayores de lo habitual. Mejor no mentar la porción de mis impuestos que se escapa por el sumidero de las decisiones inútiles y caprichosas de quienes no deberían estar tomando decisiones. No me hablen de los cientos de parásitos que ocupan esos puestos y se acomodan en sus mullidos asientos desde los que justifican cualquier gilipollez que sus cerebros defecan. Para qué hablar de los defenestrados, de los apartados, de los desplazados por esa ralea de mediocres con enchufe. Mejor no hablar de los encantos de lo vacuo, de lo creado para idiotizar, de todo lo que nos aparta del objetivo, de lo que nos eterniza en la búsqueda. ¡Bah! Para qué.
lunes, 8 de junio de 2009
Chufi
Había que ponerle nombre. Bautizarlo de algún modo. Aquella tarde de celebración, entre aperitivos, refrescos y tarta, un nuevo miembro se hacía su hueco. No era sólo el regalo de una abuela para su nieta. Pasaría a formar parte de una familia y tendría su espacio, sus rutinas, sus atenciones y, por supuesto, un nombre.
Al fondo de la tienda, los habitantes de una de las jaulas formaban una algarabía mayor que todo el conjunto de voces del resto de mascotas. Dar con la ubicación de los periquitos era fácil. Difícil elegir uno.
Verdes con parte del plumaje amarillo, azules con un toque más claro bajo el pico y manchas negras... El colorido podía ser un criterio, sí. Unos dormitaban acurrucados junto a otros. Algunos empleaban a fondo sus gargantas, incitando a sus vecinos también al alboroto. Y otros revoloteaban de extremo a extremo haciendo de tanto desorden algo más logrado. Desde luego, la actitud era otro criterio para tratar de decidirse.
La cosa estuvo clara al ver cómo uno de ellos combinaba las artes sociales con las circenses. No sólo se relacionaba con sus compañeros de la forma más vital, sino que además se encaramaba a lugares inverosímiles para ejecutar toda clase de piruetas y vuelos. Parecía el más divertido, alegre, resuelto y cantor.
Y algo lo diferenciaba de los demás. Era blanco.
Esa blancura fue determinante para darle un nombre y en familia resultó ser tan divertido, alegre y resuelto como prometía. Era todo un acróbata y, a pesar de sus caídas simpáticas, se mostraba incansable en sus juegos. Así era: jugaba a todo. De eso deberíamos aprender los humanos.
Desconozco si hay un cielo para las personas, aunque sospecho que no sería nuestro medio natural. Sí es, en cambio, el medio de las aves. Por eso no dudo que exista un cielo de los pájaros. Un cielo al que vuelan una sola vez.
Chufi ha querido volar hacia él.
Era blanco. Como la horchata.
Al fondo de la tienda, los habitantes de una de las jaulas formaban una algarabía mayor que todo el conjunto de voces del resto de mascotas. Dar con la ubicación de los periquitos era fácil. Difícil elegir uno.
Verdes con parte del plumaje amarillo, azules con un toque más claro bajo el pico y manchas negras... El colorido podía ser un criterio, sí. Unos dormitaban acurrucados junto a otros. Algunos empleaban a fondo sus gargantas, incitando a sus vecinos también al alboroto. Y otros revoloteaban de extremo a extremo haciendo de tanto desorden algo más logrado. Desde luego, la actitud era otro criterio para tratar de decidirse.
La cosa estuvo clara al ver cómo uno de ellos combinaba las artes sociales con las circenses. No sólo se relacionaba con sus compañeros de la forma más vital, sino que además se encaramaba a lugares inverosímiles para ejecutar toda clase de piruetas y vuelos. Parecía el más divertido, alegre, resuelto y cantor.
Y algo lo diferenciaba de los demás. Era blanco.
Esa blancura fue determinante para darle un nombre y en familia resultó ser tan divertido, alegre y resuelto como prometía. Era todo un acróbata y, a pesar de sus caídas simpáticas, se mostraba incansable en sus juegos. Así era: jugaba a todo. De eso deberíamos aprender los humanos.
Desconozco si hay un cielo para las personas, aunque sospecho que no sería nuestro medio natural. Sí es, en cambio, el medio de las aves. Por eso no dudo que exista un cielo de los pájaros. Un cielo al que vuelan una sola vez.
Chufi ha querido volar hacia él.
Era blanco. Como la horchata.
miércoles, 3 de junio de 2009
Fundido encadenado
En teatro no quedaría más remedio que cambiar de decorado. Dos escenas distintas, diferente decorado. Telón abajo para realizar las variaciones precisas o, tal vez, cambio de luces y algunos movimientos ajustados a las necesidades.
Pero en este caso es el encadenado lo que da a la realidad matices más fieles. La jerga cinematográfica se me antoja más apropiada. La última imagen de un plano se disuelve mientras, poco a poco, podemos ver la primera imagen del plano siguiente.
Plano 1. Salón vacío con cristalera que da a una terraza con maceteros. En ellos crecen claveles de color rosa, aliso de flor blanca, tallos de tulipanes de pétalos marchitos, uña de gato, y algún cactus reseco sospechoso de seguir con vida. A través de los cristales pueden verse los tejados rojos de las casas de enfrente. Casas bajas de dos plantas a lo sumo. Vecindario de dimensiones humanas. La torre-campanario de una catedral se alza imponente al fondo. Y palomas.
Fundido encadenado.
Plano 2. Dormitorio pintado de verde poblado por el desorden, con ventana a la calle. Vista picada de edificios altos con terrazas, chimeneas y antenas. Hay muchas ventanas cuadriculando, compartimentando. Recuerda a algún plano de Wim Wenders en El cielo sobre Berlín. Al fondo a la derecha, vistas de la capital de la provincia contigua. Al frente, la sierra se dibuja tras la bruma. Al fondo a la izquierda, visión neblinosa de la gran ciudad. Y palomas.
Pero en este caso es el encadenado lo que da a la realidad matices más fieles. La jerga cinematográfica se me antoja más apropiada. La última imagen de un plano se disuelve mientras, poco a poco, podemos ver la primera imagen del plano siguiente.
Plano 1. Salón vacío con cristalera que da a una terraza con maceteros. En ellos crecen claveles de color rosa, aliso de flor blanca, tallos de tulipanes de pétalos marchitos, uña de gato, y algún cactus reseco sospechoso de seguir con vida. A través de los cristales pueden verse los tejados rojos de las casas de enfrente. Casas bajas de dos plantas a lo sumo. Vecindario de dimensiones humanas. La torre-campanario de una catedral se alza imponente al fondo. Y palomas.
Fundido encadenado.
Plano 2. Dormitorio pintado de verde poblado por el desorden, con ventana a la calle. Vista picada de edificios altos con terrazas, chimeneas y antenas. Hay muchas ventanas cuadriculando, compartimentando. Recuerda a algún plano de Wim Wenders en El cielo sobre Berlín. Al fondo a la derecha, vistas de la capital de la provincia contigua. Al frente, la sierra se dibuja tras la bruma. Al fondo a la izquierda, visión neblinosa de la gran ciudad. Y palomas.
miércoles, 27 de mayo de 2009
El tejo
Me gustan por muchas razones. La lebaniega Braña de los Tejos me dejó marcado, con ese halo misterioso y la energía perpetua de sus moradores. Y también aquel enorme ejemplar de Sotiello, pegado a la ermita, con sus frutos maduros, apetecibles. O un solitario habitante de la selva de Irati, resistente por los siglos entre otros árboles ajenos a su estirpe milenaria.
Me atraen las historias sobre estos seres longevos y, sobre todo, aquellas de las que han sido mudos espectadores. Tan larga vida sirve para mucho. Para ver pasar la Historia, por ejemplo. Para lo sagrado y también para lo pagano. Para lo cotidiano y para lo trascendente. Y para todo ello el árbol se agarra a la tierra, capaz de sacarle vida e irrigar su viejo tronco.
Es la tenacidad dilatada por los siglos. La severidad del que envenena. La resistencia y la fuerza a pesar de todo. El tejo es testigo de tantas cosas que, junto a él, uno tiene la sensación de abrazarse a la eternidad.
Hoy observo mi pequeño ejemplar de siete años, al que presumo las mismas artes de sus hermanos. Lo tenemos otra vez con nosotros, en casa, y aunque ayer parecía algo triste hoy se yergue otra vez con fuerza. Le hacían falta más riegos. Tal vez más cuidados. No sé. Compañía quizás.
Hoy luce su cara feliz.
Me atraen las historias sobre estos seres longevos y, sobre todo, aquellas de las que han sido mudos espectadores. Tan larga vida sirve para mucho. Para ver pasar la Historia, por ejemplo. Para lo sagrado y también para lo pagano. Para lo cotidiano y para lo trascendente. Y para todo ello el árbol se agarra a la tierra, capaz de sacarle vida e irrigar su viejo tronco.
Es la tenacidad dilatada por los siglos. La severidad del que envenena. La resistencia y la fuerza a pesar de todo. El tejo es testigo de tantas cosas que, junto a él, uno tiene la sensación de abrazarse a la eternidad.
Hoy observo mi pequeño ejemplar de siete años, al que presumo las mismas artes de sus hermanos. Lo tenemos otra vez con nosotros, en casa, y aunque ayer parecía algo triste hoy se yergue otra vez con fuerza. Le hacían falta más riegos. Tal vez más cuidados. No sé. Compañía quizás.
Hoy luce su cara feliz.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Tirar el cigarro
Ese tío acaba de deshacerse de su cigarrillo lanzándolo a las vías desde el andén. Lo desecha a medias aún. El tren va a llegar en unos instantes y, como la mayoría de quienes lo tiran sin acabarlo, ya ve las luces de la máquina asomar.
Cada uno a su manera. Todavía encendido, lo hacen volar hasta caer entre los raíles sobre el duro y compacto cemento. Muchos le dan un golpecito con el pulgar. Tobita lo llaman. Ya me sirves de poco. Otros lo lanzan impulsándolo con un juego completo de brazo, como el que se entrena al bolo leonés. Donde pongo el ojo pongo el cigarro. Algunos lo tiran como una peonza sin cuerda, tratando de clavarlo. Consúmete ahí. Ni te muevas.
Y están quienes lo apagan. Se plantan cerca de la línea amarilla, lo arrojan a sus pies, pisan lo que queda de él y, ahogado bajo la suela, convertido en rastrera colilla, le dan un puntapié. Cae dejando el pavimento ennegrecido.
¿Qué se dejan con el cigarro? Me pregunto qué abandonan al calor del fuego del tabaco y si el humo que sigue brotando de la colilla es su demonio liberado.
Podría tratar de averiguarlo. Pero no fumo. Ni ganas.
Cada uno a su manera. Todavía encendido, lo hacen volar hasta caer entre los raíles sobre el duro y compacto cemento. Muchos le dan un golpecito con el pulgar. Tobita lo llaman. Ya me sirves de poco. Otros lo lanzan impulsándolo con un juego completo de brazo, como el que se entrena al bolo leonés. Donde pongo el ojo pongo el cigarro. Algunos lo tiran como una peonza sin cuerda, tratando de clavarlo. Consúmete ahí. Ni te muevas.
Y están quienes lo apagan. Se plantan cerca de la línea amarilla, lo arrojan a sus pies, pisan lo que queda de él y, ahogado bajo la suela, convertido en rastrera colilla, le dan un puntapié. Cae dejando el pavimento ennegrecido.
¿Qué se dejan con el cigarro? Me pregunto qué abandonan al calor del fuego del tabaco y si el humo que sigue brotando de la colilla es su demonio liberado.
Podría tratar de averiguarlo. Pero no fumo. Ni ganas.
lunes, 18 de mayo de 2009
Mudarse
Eunice Tietjens no contó en su poesía que a los niños se les aparta de enmedio cuando se está cargando con los armarios de luna, los sofás Luis XV y las mesas en pino castellano. Ellos, más que ayudar, suelen estorbar y, como mucho, se les deja que lleven algo ligero y prescindible.
En cambio sí se les puede pedir que ayuden con los preparativos. No es complicado envolver algunas cosas con plástico de burbujas y pueden divertirse haciéndolas estallar entretanto. Tampoco lo es embalar con papeles de periódico, ni meter cosas en cajas de cartón. Encajar: meter cosas en cajas.
Encajar para después trasladarlo todo evitando que las cosas se pierdan. Algunas cajas quedan tan perfectamente llenas y herméticamente cerradas que, cuando llegan a su destino, es una lástima deshacer todo lo hecho.
Embalar, envolver, cargar, apilar...
...para descargar, desenvolver y desembalar.
Deshacemos un mundo para rehacerlo en otra parte.
En cambio sí se les puede pedir que ayuden con los preparativos. No es complicado envolver algunas cosas con plástico de burbujas y pueden divertirse haciéndolas estallar entretanto. Tampoco lo es embalar con papeles de periódico, ni meter cosas en cajas de cartón. Encajar: meter cosas en cajas.
Encajar para después trasladarlo todo evitando que las cosas se pierdan. Algunas cajas quedan tan perfectamente llenas y herméticamente cerradas que, cuando llegan a su destino, es una lástima deshacer todo lo hecho.
Embalar, envolver, cargar, apilar...
...para descargar, desenvolver y desembalar.
Deshacemos un mundo para rehacerlo en otra parte.
jueves, 14 de mayo de 2009
Crisis, cambio, mundanza
Ya no la vemos así. La inmersión es ahora completa y esta crisis ya no se interpreta solamente en términos lingüísticos. Al principio, hace meses, cuando la palabra se empezaba a utilizar para describir el estado de las cosas, ésta se tradujo como cambio.
Es evidente que casi todo está cambiando -en muchos casos para mal- y la situación nos conduce a hacer las cosas de forma distinta, de acuerdo con las nuevas reglas del juego. Hay que desmontar las estructuras, desechar lo inservible, recomponer las cosas y organizarlas con orden nuevo.
Como en una mudanza. El cambio es inminente y para llevarlo a cabo con orden, obteniendo un buen resultado, hay que prepararlo bien. Como en toda crisis, pasamos bruscamente de una situación a otra con la consecuente alteración del estado de las cosas. Debemos desmontar nuestro mundo de la noche a la mañana, apilarlo en cajas y trasladarlo ipso facto.
En uno de los libros con los que estudié la extinta EGB aparecía un poemita de una escritora americana de la primera mitad del siglo pasado, Eunice Tietjens. Cuando me he enfrentado a una mudanza he recordado sus primeros versos con el mismo canturreo con que lo leí hace muchos años.
Lo rescato aquí e intento quedarme con parte del espíritu que transmite. Es el mundo atrapado en los objetos que se trasladan, captado por la mirada lúdica de un niño.
LA MUDANZA
Me encantan las mudanzas
me gusta ese trajín,
sin fin de ir y venir,
bajar, subir, entrar, salir.
Hombres con bultos y con paquetes.
Lámparas, sillas, mesas, juguetes,
libros, pucheros, ollas, colchones,
todo revuelto por los rincones...
Pero no me gusta sólo mirar;
en los trajines quiero ayudar,
ir, venir, bajar, subir.
Y hacer paquetes muy primorosos...
con perros, gatos, muñecos, osos...
Una mudanza es tan movida,
tan animada, tan divertida.
Es evidente que casi todo está cambiando -en muchos casos para mal- y la situación nos conduce a hacer las cosas de forma distinta, de acuerdo con las nuevas reglas del juego. Hay que desmontar las estructuras, desechar lo inservible, recomponer las cosas y organizarlas con orden nuevo.
Como en una mudanza. El cambio es inminente y para llevarlo a cabo con orden, obteniendo un buen resultado, hay que prepararlo bien. Como en toda crisis, pasamos bruscamente de una situación a otra con la consecuente alteración del estado de las cosas. Debemos desmontar nuestro mundo de la noche a la mañana, apilarlo en cajas y trasladarlo ipso facto.
En uno de los libros con los que estudié la extinta EGB aparecía un poemita de una escritora americana de la primera mitad del siglo pasado, Eunice Tietjens. Cuando me he enfrentado a una mudanza he recordado sus primeros versos con el mismo canturreo con que lo leí hace muchos años.
Lo rescato aquí e intento quedarme con parte del espíritu que transmite. Es el mundo atrapado en los objetos que se trasladan, captado por la mirada lúdica de un niño.
LA MUDANZA
Me encantan las mudanzas
me gusta ese trajín,
sin fin de ir y venir,
bajar, subir, entrar, salir.
Hombres con bultos y con paquetes.
Lámparas, sillas, mesas, juguetes,
libros, pucheros, ollas, colchones,
todo revuelto por los rincones...
Pero no me gusta sólo mirar;
en los trajines quiero ayudar,
ir, venir, bajar, subir.
Y hacer paquetes muy primorosos...
con perros, gatos, muñecos, osos...
Una mudanza es tan movida,
tan animada, tan divertida.
Eunice Tietjens
sábado, 9 de mayo de 2009
Sorpresa y haba
El pasado día de Reyes, como siempre, tuvimos nuestro roscón. Uff, qué lejos quedan ya tanto Reyes como el roscón. En realidad fueron dos roscones. Ambos contenían su sorpresa, este año de Disney, y haba. Era la primera vez que los que traíamos a casa tenían haba y nos hizo mucha ilusión.
-Qué chulas las habas.
-Fíjate, parecen de verdad. Hasta son diferentes entre si. Mira que como sean de verdad...
-No puede ser. Serán de plástico, como Mickey y Minnie. Anda, límpiales la nata.
-Espera. Tengo que encontrar la junta del plástico por algún lado.
-¿En el borde quizás?
-Oye, nada, que no hay ni junta, ni rebaba, ni nada. Te digo yo que son de verdad.
-Pues nadie lo diría. Parecen como barnizadas.
-¿Sabes qué? Que las voy a plantar.
-Eso no puede germinar. Las habrán cocido con el roscón.
-No, hombre. Iban dentro de la nata y la ponen cuando lo abren, ya cocido.
-Bueno bueno, tú verás.
El mes pasado germinaron y hoy mismo las he visto amarradas a unas varas con algunas de sus flores ya cuajadas. Una de ellas exhibe una vaina de la que saldrán unas cuatro habas y las demás aún son pequeñas. Crecerán, seguro.
De éstas podrán salir más y acabaremos convirtiendo el patio en una plantación. Yo lo flipo.
-Qué chulas las habas.
-Fíjate, parecen de verdad. Hasta son diferentes entre si. Mira que como sean de verdad...
-No puede ser. Serán de plástico, como Mickey y Minnie. Anda, límpiales la nata.
-Espera. Tengo que encontrar la junta del plástico por algún lado.
-¿En el borde quizás?
-Oye, nada, que no hay ni junta, ni rebaba, ni nada. Te digo yo que son de verdad.
-Pues nadie lo diría. Parecen como barnizadas.
-¿Sabes qué? Que las voy a plantar.
-Eso no puede germinar. Las habrán cocido con el roscón.
-No, hombre. Iban dentro de la nata y la ponen cuando lo abren, ya cocido.
-Bueno bueno, tú verás.
El mes pasado germinaron y hoy mismo las he visto amarradas a unas varas con algunas de sus flores ya cuajadas. Una de ellas exhibe una vaina de la que saldrán unas cuatro habas y las demás aún son pequeñas. Crecerán, seguro.
De éstas podrán salir más y acabaremos convirtiendo el patio en una plantación. Yo lo flipo.
jueves, 30 de abril de 2009
Recobrarnos
Guardar lo mejor de los días,
Reservarlo por si el ayer nos faltase,
Vivir lo recuperable
Ignorando que lo será.
Las fotos son sólo estampas.
Las palabras tintineos de cucharilla cortando vapor de café.
¿Los placeres?
Quedarán abocados al destierro.
Las risas, agostadas, no volverán a brillar.
Estómagos al punto de ebullición
Devueltos a la calma.
Emociones abiertas al calor
Enfriadas en invierno.
Los inviernos.
La memoria preserva sensaciones.
Las ordena el sentido.
Los sentidos las despiertan.
¿Y los placeres?
Se cubrirán de hormigas.
Reservarlo por si el ayer nos faltase,
Vivir lo recuperable
Ignorando que lo será.
Las fotos son sólo estampas.
Las palabras tintineos de cucharilla cortando vapor de café.
¿Los placeres?
Quedarán abocados al destierro.
Las risas, agostadas, no volverán a brillar.
Estómagos al punto de ebullición
Devueltos a la calma.
Emociones abiertas al calor
Enfriadas en invierno.
Los inviernos.
La memoria preserva sensaciones.
Las ordena el sentido.
Los sentidos las despiertan.
¿Y los placeres?
Se cubrirán de hormigas.
jueves, 23 de abril de 2009
Libros
¿El santo del día? San Cervantes.
Así le decimos en Alcalá, aunque el auténtico día de Cervantes se celebre el 9 de octubre. Hoy se conmemoran muchas cosas. Es el día que más cosas podemos celebrar o recordar. El Día del Libro es fiesta, aunque cada uno siga con sus quehaceres y sus obligatorias ocupaciones.
Estos días las librerías sacarán sus expositores a la calle. Unas junto a sus puertas de entrada. Otras, en corrillo con otras, dentro de casetas que preserven tan valioso papel de algún que otro chubasco. Una de las de las complutenses, Liberarte, exhibe como eslógan una frase, creo que de Gamoneda: Leer es vivir dos veces.
Hay mucho de verdad en esa frase. Cada libro es una y varias vidas en sí mismo. Las sumamos a la nuestra y logramos desdoblarnos. Leer es alargar la vida, multiplicarla por n.
Hoy es la fiesta de lo leído y de lo que está por leerse. Si la imaginación es inabarcable, también es insondable todo lo que celebramos hoy.
Así le decimos en Alcalá, aunque el auténtico día de Cervantes se celebre el 9 de octubre. Hoy se conmemoran muchas cosas. Es el día que más cosas podemos celebrar o recordar. El Día del Libro es fiesta, aunque cada uno siga con sus quehaceres y sus obligatorias ocupaciones.
Estos días las librerías sacarán sus expositores a la calle. Unas junto a sus puertas de entrada. Otras, en corrillo con otras, dentro de casetas que preserven tan valioso papel de algún que otro chubasco. Una de las de las complutenses, Liberarte, exhibe como eslógan una frase, creo que de Gamoneda: Leer es vivir dos veces.
Hay mucho de verdad en esa frase. Cada libro es una y varias vidas en sí mismo. Las sumamos a la nuestra y logramos desdoblarnos. Leer es alargar la vida, multiplicarla por n.
Hoy es la fiesta de lo leído y de lo que está por leerse. Si la imaginación es inabarcable, también es insondable todo lo que celebramos hoy.
miércoles, 22 de abril de 2009
En negro
Los días en negro no deberían existir. Uno puede vivir un día en blanco, que es como habitar una nebulosa dentro de la que es difícil encontrarse y dar con las cosas. Forma parte del devenir de los días, de un fluido existir, de la cadencia de la vida.
El tiempo debe poder perderse y los días en blanco tendrán ese cometido. Servirán para que uno se justifique en su torpeza, o en su inutilidad, o en la voluntad de vivirlos para nada. La nada consentida, aunque no nos quede otro remedio, también nos enriquece.
El negro es otra cosa. Es ausencia en sí mismo. La negatividad de lo arrebatado. Algo existente deja de estar ahí, pasando a faltarnos. Sólo hay en él lo que ya no hay.
En imágenes, interpretar el negro es difícil. Nada está definido y, por tanto, todo puede decirse. Difícil es verlo con positividad, pues no la hay. Una pantalla en negro sin solución de continuidad es algo grave en sí mismo. No tiene nada que ver con un fundido a negro, sobre todo los del cine clásico, tan llenos; tan ricos. El negro a secas puede interpretarse de maneras dispares. La pantalla está encendida, pero nada aparece en ella.
¿Por qué? La explicación es tan difusa como la propia naturaleza de ese negro. ¿Luz negada o luz retenida?
El tiempo debe poder perderse y los días en blanco tendrán ese cometido. Servirán para que uno se justifique en su torpeza, o en su inutilidad, o en la voluntad de vivirlos para nada. La nada consentida, aunque no nos quede otro remedio, también nos enriquece.
El negro es otra cosa. Es ausencia en sí mismo. La negatividad de lo arrebatado. Algo existente deja de estar ahí, pasando a faltarnos. Sólo hay en él lo que ya no hay.
En imágenes, interpretar el negro es difícil. Nada está definido y, por tanto, todo puede decirse. Difícil es verlo con positividad, pues no la hay. Una pantalla en negro sin solución de continuidad es algo grave en sí mismo. No tiene nada que ver con un fundido a negro, sobre todo los del cine clásico, tan llenos; tan ricos. El negro a secas puede interpretarse de maneras dispares. La pantalla está encendida, pero nada aparece en ella.
¿Por qué? La explicación es tan difusa como la propia naturaleza de ese negro. ¿Luz negada o luz retenida?
martes, 21 de abril de 2009
Mirar alrededor
Este domingo visitamos la exposición de José Ibarrola en la Casa de Vacas de El Retiro. Mirar alrededor nos sorprendió con una simplicidad aparente que esconde muchas voces tras tantos silencios.
Silencios visibles. Palpables.
Transmitir sin comunicar.
Los cuadros de Ibarrola presentan a personas de ciudad encuadradas en ámbitos urbanos, que se relacionan dentro de la soledad más expresiva. Son retratos de urbanitas en pose de triunfadores, cerrados frente a su entorno y a todos los que les rodean, encerrados en un gesto perenne, siempre encajado. Sus pieles de cartón-piedra encierran interiores inquietantes.
Hay en ellos ganas de un grito necesario. Pero, ¿para qué? ¿Para salir de dónde? En el fondo están cómodos en ese territorio que les garantiza el status del que disfrutan. O creen que disfrutan aunque, en realidad, no sepan qué es disfrutar.
Recomendable.
Silencios visibles. Palpables.
Transmitir sin comunicar.
Los cuadros de Ibarrola presentan a personas de ciudad encuadradas en ámbitos urbanos, que se relacionan dentro de la soledad más expresiva. Son retratos de urbanitas en pose de triunfadores, cerrados frente a su entorno y a todos los que les rodean, encerrados en un gesto perenne, siempre encajado. Sus pieles de cartón-piedra encierran interiores inquietantes.
Hay en ellos ganas de un grito necesario. Pero, ¿para qué? ¿Para salir de dónde? En el fondo están cómodos en ese territorio que les garantiza el status del que disfrutan. O creen que disfrutan aunque, en realidad, no sepan qué es disfrutar.
Recomendable.
martes, 7 de abril de 2009
Calambrazos
Marco un número novecientos de los de atención al cliente. Tras el estallido de la música corporativa de la eléctrica en mi oído, "así lo reciben a uno, con fanfarrias", escucho la voz de una grabación que me va pidiendo que vaya especificando el motivo de mi llamada. Procedo.
"Lo de siempre: la máquina no me va a entender. Estoy por decir ¡operador! y acabaremos antes". Me da un calambre en los dedos y me cambio el auricular de mano. Aguardo con paciencia y contesto a todo lo que el sistema pregunta hasta que éste, él solito, me sale con "le va a atender un operador".
Una señorita. Le doy de nuevo todos los datos que ya he dado a la máquina. La señorita me los pide en el mismo orden como si a las dos, a ella y a la máquina, las hubiera programado el mismo cerebro. Por fin puedo plantear mi petición:
-Quisiera hacer un cambio de titular del contrato del servicio eléctrico.
-Muy bien. Manténgase a la espera unos instantes.
"Necesitará su tiempo para procesar lo que le he dicho; se acaban identificando con el sistema y, claro, la RAM requiere tiempo para trabajar". Podría ponerme a tararear la canción corporativa, pero temo ser sorprendido por la señorita a su vuelta, ...o por la máquina.
-Muy bien, necesitaría los siguientes datos...
Repito, paso a paso, todo lo que la máquina no le ha transmitido a la humana. "A la siguiente se lo suelto de memoria. Y si no me lo sé, que me dé un chispazo".
-Además de cambiar de titular quisiera modificar la potencia contratada.
-¿Podría esperar un momentito?
Vuelvo a deleitarme con los instantes musicales cortesía de la eléctrica. "¿Tendrán un espacio de peticiones del oyente?".
-¿Señor? Mire, resulta que no podemos hacer dos cambios en la misma llamada. Para modificar también el dato de la potencia debería darle de baja y después de alta, lo que le costaría unos cien euros.
-¿Cien? No, claro que no, se supone que estas cosas son gratuitas.
-Si quiere que no le cueste nada deberá llamar en otra ocasión y solicitarlo.
-Así que se trata de llamar otra vez, ¿sin más?
-Eso es.
Se me saltan los plomos.
"Lo de siempre: la máquina no me va a entender. Estoy por decir ¡operador! y acabaremos antes". Me da un calambre en los dedos y me cambio el auricular de mano. Aguardo con paciencia y contesto a todo lo que el sistema pregunta hasta que éste, él solito, me sale con "le va a atender un operador".
Una señorita. Le doy de nuevo todos los datos que ya he dado a la máquina. La señorita me los pide en el mismo orden como si a las dos, a ella y a la máquina, las hubiera programado el mismo cerebro. Por fin puedo plantear mi petición:
-Quisiera hacer un cambio de titular del contrato del servicio eléctrico.
-Muy bien. Manténgase a la espera unos instantes.
"Necesitará su tiempo para procesar lo que le he dicho; se acaban identificando con el sistema y, claro, la RAM requiere tiempo para trabajar". Podría ponerme a tararear la canción corporativa, pero temo ser sorprendido por la señorita a su vuelta, ...o por la máquina.
-Muy bien, necesitaría los siguientes datos...
Repito, paso a paso, todo lo que la máquina no le ha transmitido a la humana. "A la siguiente se lo suelto de memoria. Y si no me lo sé, que me dé un chispazo".
-Además de cambiar de titular quisiera modificar la potencia contratada.
-¿Podría esperar un momentito?
Vuelvo a deleitarme con los instantes musicales cortesía de la eléctrica. "¿Tendrán un espacio de peticiones del oyente?".
-¿Señor? Mire, resulta que no podemos hacer dos cambios en la misma llamada. Para modificar también el dato de la potencia debería darle de baja y después de alta, lo que le costaría unos cien euros.
-¿Cien? No, claro que no, se supone que estas cosas son gratuitas.
-Si quiere que no le cueste nada deberá llamar en otra ocasión y solicitarlo.
-Así que se trata de llamar otra vez, ¿sin más?
-Eso es.
Se me saltan los plomos.
lunes, 6 de abril de 2009
La sonrisa de Bruno
Vuelvo a Italia, pero no como estos dos años pasados. Esta vez no la piso con los pies. Tampoco asisto a las cosas de la vida de los toscanos ni de los venecianos. No me asomo a ninguno de sus instantes desde esta mirada de turista que intenta ser viajero. Ni siquiera trato de llevármela en imágenes, traérmela hurtándoles a las cosas su reflejo.Estos días la "tengo" de otra forma, gracias a La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro, y a Salvia, que me cede sus estanterías y las asalto con su permiso. También estos días decido dejar de lamentarme siempre que cojo algún libro que guardaba hacía años y, tras leerlo al fin, acaba gustándome mucho. Como el de Sampedro.
No he dejado de recorrer Italia de punta a punta, de Milán a Roccasera, llenándome de sus paisajes: el urbano que a Bruno tanto le desagrada y el calabrés, evocado siempre y para siempre. Pasando, además, por Roma para visitar a Los Esposos en Villa Giulia.
Es la actitud de este matrimonio etrusco de terracota lo que llama la atención de Bruno en sus últimos días. Admirable la energía de este viejo y el ejemplo vivo que le da a su nietecito y a todos nosotros. Este partisano sigue luchando, defendiendo a los suyos de los tedescos aunque la Guerra terminase hace muchos años. Y acaba descubriendo toda su ternura, ignorada o reservada ante la vacuidad que les presume a los milaneses.
Magnífica novela, llena llenísima de vida.
martes, 31 de marzo de 2009
Pin
¿Era el niño o la niña? Uff, no me acuerdo bien.
¿Un pin? Yo creía que era un clavito, una chincheta, en fin, algo que poder pinchar. Siempre me hizo gracia la manera de tener agujetas de los ingleses. Para ellos son pins and needles, clavos y agujas, lo cual resulta incluso más gráfico que lo nuestro. A ellos les deben doler más.
Sí, hombre, aquellos microbios cabezones que dieron por perdidos en más de una casa, apareciendo años después tras desmontar los muebles del salón. Venían con todo: su casita, su cochecito, su escuela,... Y acababan extraviados sin remedio. Tan pequeños eran...
Hace tiempo que los pines pasaron a ser los números que introducimos en los móviles para ponerlos a funcionar. También las claves que tecleamos en un cajero cuando queremos sacar dinero. PIN (Número de Identificación Personal). Tenemos la cabeza llena de ellos: para el móvil, para la banca electrónica, para las tarjetas. Son tantos que es difícil retenerlos todos. Deberíamos sujetarlos al cráneo con alfileres, claro, como si llevásemos una sesión permanente de acupuntura que, aparte de darnos bienestar, nos ayudase a portar todos esos datos.
El caso es que... creo que era la niña. Sí, Pin debía ser ella porque Pon suena más bruto. De plástico, por supuesto, pero bien bruto.
¿Un pin? Yo creía que era un clavito, una chincheta, en fin, algo que poder pinchar. Siempre me hizo gracia la manera de tener agujetas de los ingleses. Para ellos son pins and needles, clavos y agujas, lo cual resulta incluso más gráfico que lo nuestro. A ellos les deben doler más.
Sí, hombre, aquellos microbios cabezones que dieron por perdidos en más de una casa, apareciendo años después tras desmontar los muebles del salón. Venían con todo: su casita, su cochecito, su escuela,... Y acababan extraviados sin remedio. Tan pequeños eran...
Hace tiempo que los pines pasaron a ser los números que introducimos en los móviles para ponerlos a funcionar. También las claves que tecleamos en un cajero cuando queremos sacar dinero. PIN (Número de Identificación Personal). Tenemos la cabeza llena de ellos: para el móvil, para la banca electrónica, para las tarjetas. Son tantos que es difícil retenerlos todos. Deberíamos sujetarlos al cráneo con alfileres, claro, como si llevásemos una sesión permanente de acupuntura que, aparte de darnos bienestar, nos ayudase a portar todos esos datos.
El caso es que... creo que era la niña. Sí, Pin debía ser ella porque Pon suena más bruto. De plástico, por supuesto, pero bien bruto.
lunes, 30 de marzo de 2009
No hay quien se aclare
¿Alteraciones? ¿Quién se entretiene hoy en buscar esas asomos de piel que aparecían hace unos días por doquier? ¿Astenia? ¿Quién habló de ella? El atontamiento pasado trae el desconcierto presente, pasando por el descoloque forzoso causado por ese maldito cambio de hora, ladrón -esta vez sí- de nuestro tiempo.
¿Calor? Ayer me sobraba y hoy me falta. Kiko Veneno diría que hoy lo echa de menos, mientras que antes lo echaba de más. Escribo con las manos heladas. No sé si tanto como los pies, o la nariz.
Los ingleses recurren mucho a estas conversaciones sobre el tiempo. Allí es tan cambiante que es comprensible que les sirva de comodín tan a menudo. ¿Nos estaremos britanizando? Y si a nosotros el clima se nos va a ir pareciendo al suyo, ¿a cuál se les va a parecer el que ahora tienen ellos?
¿Calor? Ayer me sobraba y hoy me falta. Kiko Veneno diría que hoy lo echa de menos, mientras que antes lo echaba de más. Escribo con las manos heladas. No sé si tanto como los pies, o la nariz.
Los ingleses recurren mucho a estas conversaciones sobre el tiempo. Allí es tan cambiante que es comprensible que les sirva de comodín tan a menudo. ¿Nos estaremos britanizando? Y si a nosotros el clima se nos va a ir pareciendo al suyo, ¿a cuál se les va a parecer el que ahora tienen ellos?
jueves, 26 de marzo de 2009
De alteraciones
La primavera las provoca. Nuestras hormonas la esperan para revolucionarse. Los niños aguardan la llegada de sus primos para salir y desmandarse, lo mismo que nuestros adentros, puestos a bullir cuando el sol hace de las suyas por fin.
Dejamos de dormir bien de noche y no podemos evitar el adormecimiento sobre la mesa de trabajo. Nos aliviamos del peso de ropas sobrantes -nos pican si no, como erupciones alérgicas-, mostrando así alguna porción de carne cuyo aspecto habíamos olvidado bajo telas de abrigo.
Quien moquea, restriega sus ojos y traga para aliviarse la garganta sabe ya de alteraciones. Su ánimo también las sufre, rebelándose contra el malestar y la repetición. Es lo que toca, año tras año.
En otros momentos el decaimiento, la apatía y la falta de fuerzas podrían traducirse de otra forma. Estos días los llamamos astenia, otra de las alteraciones que deseamos perder de vista.
Dejamos de dormir bien de noche y no podemos evitar el adormecimiento sobre la mesa de trabajo. Nos aliviamos del peso de ropas sobrantes -nos pican si no, como erupciones alérgicas-, mostrando así alguna porción de carne cuyo aspecto habíamos olvidado bajo telas de abrigo.
Quien moquea, restriega sus ojos y traga para aliviarse la garganta sabe ya de alteraciones. Su ánimo también las sufre, rebelándose contra el malestar y la repetición. Es lo que toca, año tras año.
En otros momentos el decaimiento, la apatía y la falta de fuerzas podrían traducirse de otra forma. Estos días los llamamos astenia, otra de las alteraciones que deseamos perder de vista.
lunes, 23 de marzo de 2009
La ceremonia
Dos gaitas llenan con sus voces el aire. Alboroto de entrada y besos estallando en las mejillas de muchos reencontrados. Telas frotándose unas con otras en roces mezclados con algún chasquido de articulaciones. Crujidos de madera bajo los pies. Toses y carrasperas multiplicadas contra paredes y bóvedas. Murmullos entre los que se esconden conversaciones privadas. Banales, seguro. Un niño ahoga un grito a la oportuna señal de "ya" de su madre. Otro, en cambio, no tiene quien lo controle. Golpeteos algo lejanos, seguramente procedentes del exterior. Algún motor que también llega de fuera.
De fondo alguien lee, otros oran y dos personas se buscan las manos, desnudas de anillos aún. Las gaitas vuelven a sonar. Nos llenan el aire y el alma. No logramos oír cómo nuestro vello se eriza.
Bajo el sol esperamos a que los protagonistas salgan a cegarse también. El estallido de una traca nos ensordece y lo engulle todo.
De fondo alguien lee, otros oran y dos personas se buscan las manos, desnudas de anillos aún. Las gaitas vuelven a sonar. Nos llenan el aire y el alma. No logramos oír cómo nuestro vello se eriza.
Bajo el sol esperamos a que los protagonistas salgan a cegarse también. El estallido de una traca nos ensordece y lo engulle todo.
sábado, 7 de marzo de 2009
A la expectativa
Esperamos que llegue y que las cosas acaben en su sitio, en el que deben estar, el que queremos que ocupen. Cuando se espera con ese anhelo es difícil apartar del pensamiento la idea de que algo podría fallar, o torcerse, o salir mal. Muchas veces no todo depende de uno mismo. Más de las que nos gustaría. En los asuntos de uno intervienen factores y agentes que no se pueden manejar del todo. Es eso que se nos escapa o podría escaparse lo que nos mantiene en ascuas.
Hace unos días oí a alguien decir que en los campamentos del Sáhara, donde tantos seres humanos no le ven el fin a su tragedia, el tiempo no pasa. Allí puedes quitarte el reloj y adueñarte de cada minuto. A veces -casi siempre- nos gustaría ser los amos del tiempo y poder decidir qué horas deben ser cortas y cuáles podrían durar agusto una eternidad.
En las largas esperas es ese epíteto el que define cada segundo que pasa. Aguardar, acechar, y no llegar a ver que el momento se acerca. Postergar, prorrogar, diferir, todas ellas haciendo daño, acrecentando nuestra sensación de que nada está al alcance aún.
Pero acaba llegando. Lo que se esperó con desvelo termina siendo parte de la realidad. Entonces es cuando aparecen en ella otras metas y el tiempo vuelve a pasar lentamente. Inexorablemente lento.
Hace unos días oí a alguien decir que en los campamentos del Sáhara, donde tantos seres humanos no le ven el fin a su tragedia, el tiempo no pasa. Allí puedes quitarte el reloj y adueñarte de cada minuto. A veces -casi siempre- nos gustaría ser los amos del tiempo y poder decidir qué horas deben ser cortas y cuáles podrían durar agusto una eternidad.
En las largas esperas es ese epíteto el que define cada segundo que pasa. Aguardar, acechar, y no llegar a ver que el momento se acerca. Postergar, prorrogar, diferir, todas ellas haciendo daño, acrecentando nuestra sensación de que nada está al alcance aún.
Pero acaba llegando. Lo que se esperó con desvelo termina siendo parte de la realidad. Entonces es cuando aparecen en ella otras metas y el tiempo vuelve a pasar lentamente. Inexorablemente lento.
jueves, 5 de marzo de 2009
La niña de la foto
Esa noche se acurrucó junto a ella más que nunca. Quería fundirse con su calor.
Sobre el mueble del salón, hacía tiempo que ella había puesto una fotografía en un marco plateado. Era de cuando era pequeña, uno de esos retratos que les hacían a los niños en el colegio. En ella estaba, como dirían las tías cuando ven a sus sobrinos pequeños, para comérsela. El pelo, peinado hasta el punto que la rebeldía permitía. El gesto, entre curioso y desenfadado, lleno de la inocencia y conformidad que despiertan ternuras. En poco más de un año, la foto se había paseado por varias baldas del mismo mueble. A ella le gustaba reorganizar las cosas y, de cuando en cuando, poner a la niña a mirar desde un lugar diferente, desde alturas distintas.
Se le había hecho tarde y llegó a la cama cuando ella dormía profundamente. Se metió procurando no hacer ningún movimiento brusco que pudiese despertarla. Tiró del edredón hacia sí y, tras detener el refrote de su cuerpo con las telas y el de estas unas con otras, se detuvo a escuchar. Buscó oírla respirar en el silencio reciente. Y encontró un vaivén de aire susurrante que acariciaba la almohada y le llenaba de paz.
Él, sereno ya, a punto de quedarse dormido, se volvió hacia ella y la rozó sin querer. Desvelada a medias, se movió respirando más sonoramente, gruñendo una retahíla imposible de entender. Levantó uno de sus brazos y lo dejó caer sobre la ropa con un golpe travieso y una sonrisa invisible en la oscuridad. La niña de la foto volvía a paladear su sueño y a él le daban ganas de comérsela.
Sobre el mueble del salón, hacía tiempo que ella había puesto una fotografía en un marco plateado. Era de cuando era pequeña, uno de esos retratos que les hacían a los niños en el colegio. En ella estaba, como dirían las tías cuando ven a sus sobrinos pequeños, para comérsela. El pelo, peinado hasta el punto que la rebeldía permitía. El gesto, entre curioso y desenfadado, lleno de la inocencia y conformidad que despiertan ternuras. En poco más de un año, la foto se había paseado por varias baldas del mismo mueble. A ella le gustaba reorganizar las cosas y, de cuando en cuando, poner a la niña a mirar desde un lugar diferente, desde alturas distintas.
Se le había hecho tarde y llegó a la cama cuando ella dormía profundamente. Se metió procurando no hacer ningún movimiento brusco que pudiese despertarla. Tiró del edredón hacia sí y, tras detener el refrote de su cuerpo con las telas y el de estas unas con otras, se detuvo a escuchar. Buscó oírla respirar en el silencio reciente. Y encontró un vaivén de aire susurrante que acariciaba la almohada y le llenaba de paz.
Él, sereno ya, a punto de quedarse dormido, se volvió hacia ella y la rozó sin querer. Desvelada a medias, se movió respirando más sonoramente, gruñendo una retahíla imposible de entender. Levantó uno de sus brazos y lo dejó caer sobre la ropa con un golpe travieso y una sonrisa invisible en la oscuridad. La niña de la foto volvía a paladear su sueño y a él le daban ganas de comérsela.
lunes, 23 de febrero de 2009
And the Oscar goes to...
Hace años -muchos ya- un grupo de amigos y yo buscábamos algo para regalar a otro. El presupuesto era muy limitado, tanto como las pagas semanales que cada uno de nosotros recibía en casa. Éramos adolescentes, estudiantes del desaparecido BUP y, como la mayoría a esas edades, perdidos entre las dudas sobre qué hacer con nuestros respectivos futuros.
Llegaría la noche y nos veríamos en La Chopera, el lugar ideal para celebrar los cumpleaños. Allí uno podía permitirse invitar a unas raciones y unos cuantos litros de las bebidas habituales, siempre a buen precio. Además, si decidíamos llevar una tarta para compartir al final de la sesión, los dueños nos dejaban un cuchillo y platos para todos. Era un bar siempre animado y cada noche podía oírse algún "cumpleaños feliz", mal entonado pero entusiasta, mezclado con los golpes secos del futbolín.
No recuerdo qué acabamos comprando para el cumpleañero. Como el dinero no llegaba para "algo bueno", solíamos cargar con cuatro baratijas que nos parecían simpáticas. Una de ellas acabó siendo un Oscar de plástico, de los que exhiben juntas doradas con alguna rebaba que va de arriba abajo, evidenciando su acabado mediocre. Supongo que hoy siguen vendiéndolas por ahí. "A la mejor madre", "Al mejor abuelo", "Al mejor amigo".
Entonces en Hollywood la fórmula verbal para entregarlos era "and the winner is...", que acabó siendo sustituida por otra más políticamente correcta, "and the Oscar goes to...", tratando de eliminar el matiz más competitivo de la expresión. En nuestra particular entrega debimos hacer el paripé y tal vez nuestro amigo también actuó al recibirlo.
Quizás ese Oscar acabó cogiendo polvo sobre una estantería y nadie nunca más lo sostuvo mientras improvisaba un emocionado agradecimiento. Anoche Kate Winslet dijo que a los ocho años ya fantaseaba ante el espejo del cuarto de baño, recogiendo un bote de champú, supongo que también de plástico, que algún día podría convertirse en el trofeo que ya ha recibido por fin.
Quizás ese Oscar de plástico fue el juguete con el que nuestro amigo, mirándose a un espejo, dejó correr su fantasía más de una vez, soñando con que en la vida acabase ocurriéndole "algo bueno". Tal vez fue su particular bote de champú.
Llegaría la noche y nos veríamos en La Chopera, el lugar ideal para celebrar los cumpleaños. Allí uno podía permitirse invitar a unas raciones y unos cuantos litros de las bebidas habituales, siempre a buen precio. Además, si decidíamos llevar una tarta para compartir al final de la sesión, los dueños nos dejaban un cuchillo y platos para todos. Era un bar siempre animado y cada noche podía oírse algún "cumpleaños feliz", mal entonado pero entusiasta, mezclado con los golpes secos del futbolín.
No recuerdo qué acabamos comprando para el cumpleañero. Como el dinero no llegaba para "algo bueno", solíamos cargar con cuatro baratijas que nos parecían simpáticas. Una de ellas acabó siendo un Oscar de plástico, de los que exhiben juntas doradas con alguna rebaba que va de arriba abajo, evidenciando su acabado mediocre. Supongo que hoy siguen vendiéndolas por ahí. "A la mejor madre", "Al mejor abuelo", "Al mejor amigo".
Entonces en Hollywood la fórmula verbal para entregarlos era "and the winner is...", que acabó siendo sustituida por otra más políticamente correcta, "and the Oscar goes to...", tratando de eliminar el matiz más competitivo de la expresión. En nuestra particular entrega debimos hacer el paripé y tal vez nuestro amigo también actuó al recibirlo.
Quizás ese Oscar acabó cogiendo polvo sobre una estantería y nadie nunca más lo sostuvo mientras improvisaba un emocionado agradecimiento. Anoche Kate Winslet dijo que a los ocho años ya fantaseaba ante el espejo del cuarto de baño, recogiendo un bote de champú, supongo que también de plástico, que algún día podría convertirse en el trofeo que ya ha recibido por fin.
Quizás ese Oscar de plástico fue el juguete con el que nuestro amigo, mirándose a un espejo, dejó correr su fantasía más de una vez, soñando con que en la vida acabase ocurriéndole "algo bueno". Tal vez fue su particular bote de champú.
viernes, 20 de febrero de 2009
Cotorras y cínicas
El caso es que se las veía venir. Dos señoras emperifolladas que se adentran en el patio de butacas de la sala y, aunque van diciéndose la una a la otra "elije tú, que a mí me da igual la once que la doce", acaban sentándose justo detrás de nosotros, que estamos en la fila diez.
No me gusta el ruido. Y menos en el cine. Reconozco que me molesta mucho que alguien rasque con las uñas ese aparatoso cartón lleno de palomitas. También que las mastique sacándoles toda su sonoridad -el recital de crujidos puede ser asombroso-. El chocar de hielos dentro de ese gigantesco vaso de refresco también me pone de los nervios. Pero lo peor son los charlatanes.
El otro día la experiencia en The reader no pudo ser completa. O, visto de otra manera, fue de lo más completa. Cuando un par de especímenes como las señoras que he mencionado no es capaz de callarse durante los tráilers y promociones, ¡uff!, la cosa promete ser movidita. Y lo fue. No decepcionaron: todas las idioteces, sandeces y obviedades que pudieron pasársele por la cabeza al escaso público de la sala, ellas dos tuvieron que verbalizarlas. Una tras otra. Nos dolía el cuello de girarnos continuamente para pedir silencio.
Al final, con el corazón todavía encogido, no pudimos reprimir nuestra bronca a las dos pavas, quienes lejos de pedir disculpas y agachar las orejas, tiraron de cinismo: "Si nos lo hubiérais dicho nos habríamos callado". Y, para colmo, una de ellas acabó diciendo que había muchas butacas libres, que si tanto molestaban podíamos habernos sentado en otro sitio.
¿No es para empezar a retorcer cuellos sin parar?
No me gusta el ruido. Y menos en el cine. Reconozco que me molesta mucho que alguien rasque con las uñas ese aparatoso cartón lleno de palomitas. También que las mastique sacándoles toda su sonoridad -el recital de crujidos puede ser asombroso-. El chocar de hielos dentro de ese gigantesco vaso de refresco también me pone de los nervios. Pero lo peor son los charlatanes.
El otro día la experiencia en The reader no pudo ser completa. O, visto de otra manera, fue de lo más completa. Cuando un par de especímenes como las señoras que he mencionado no es capaz de callarse durante los tráilers y promociones, ¡uff!, la cosa promete ser movidita. Y lo fue. No decepcionaron: todas las idioteces, sandeces y obviedades que pudieron pasársele por la cabeza al escaso público de la sala, ellas dos tuvieron que verbalizarlas. Una tras otra. Nos dolía el cuello de girarnos continuamente para pedir silencio.
Al final, con el corazón todavía encogido, no pudimos reprimir nuestra bronca a las dos pavas, quienes lejos de pedir disculpas y agachar las orejas, tiraron de cinismo: "Si nos lo hubiérais dicho nos habríamos callado". Y, para colmo, una de ellas acabó diciendo que había muchas butacas libres, que si tanto molestaban podíamos habernos sentado en otro sitio.
¿No es para empezar a retorcer cuellos sin parar?
jueves, 19 de febrero de 2009
The reader
La imaginé dotada de un físico más teutón, algo más grave. Sobre el papel me pareció algo más voluptuosa, aunque de carácter seco, displicente de entrada. Hanna Schmitz era otra cosa: no era Kate Winslet.
Ahora no puede ser otra. Ha dejado de ser una mujerona como la que habitó en mi cabeza y ha comenzado a ser la creación de Kate Winslet. El adjetivo es SOBERBIA. Su interpretación de este personaje no se puede definir de otra forma.
La Winslet ha logrado dar a esta pobre mujer infinidad de matices, consiguiendo "leer" entre líneas, extraer del texto de Schlink (y del guión de David Hare, en el que trabajaron también los desaparecidos hace justo un año Sidney Pollack y Anthony Minghella) los detalles que le prestan una humanidad que trasciende. Su Hanna es la que se merecía esta historia, un ser víctima-verdugo que conmueve, que lleva a la empatía, a la incomprensión y a la triste compasión.
De la película, me quedo con ella y con muchas otras cosas. Me gusta que se le haya dado otra estructura muy distinta a la de la novela, cuya fragmentación habría pesado mucho sobre una historia que salta continuamente en el tiempo. Por lo demás, creo que todo está en ella perfectamente encajado. Es una magnífica adaptación del libro, trasladando a la pantalla casi todos sus ángulos con transportador.
Sólo chirría un poco ver y oír en plena Alemania de posguerra algunas palabras escritas y dichas en inglés. Todos los libros que el protagonista va leyéndole a Hanna aparecen editados en inglés. Incluso el "chico", como ella le llama, tiene un nombre tan sajón como Michael Berg, pero en la película nadie lo pronuncia en alemán, sino en inglés. Tengamos en cuenta que es una producción de Alemania y Estados Unidos. Pero me temo que la parte germana de esta co-producción no ha sabido cuidar ese detalle, cedido más bien a la comercialidad del idioma en el que se ha rodado, el de la parte estadounidense.
Excelente.
Ahora no puede ser otra. Ha dejado de ser una mujerona como la que habitó en mi cabeza y ha comenzado a ser la creación de Kate Winslet. El adjetivo es SOBERBIA. Su interpretación de este personaje no se puede definir de otra forma.
La Winslet ha logrado dar a esta pobre mujer infinidad de matices, consiguiendo "leer" entre líneas, extraer del texto de Schlink (y del guión de David Hare, en el que trabajaron también los desaparecidos hace justo un año Sidney Pollack y Anthony Minghella) los detalles que le prestan una humanidad que trasciende. Su Hanna es la que se merecía esta historia, un ser víctima-verdugo que conmueve, que lleva a la empatía, a la incomprensión y a la triste compasión.
De la película, me quedo con ella y con muchas otras cosas. Me gusta que se le haya dado otra estructura muy distinta a la de la novela, cuya fragmentación habría pesado mucho sobre una historia que salta continuamente en el tiempo. Por lo demás, creo que todo está en ella perfectamente encajado. Es una magnífica adaptación del libro, trasladando a la pantalla casi todos sus ángulos con transportador.
Sólo chirría un poco ver y oír en plena Alemania de posguerra algunas palabras escritas y dichas en inglés. Todos los libros que el protagonista va leyéndole a Hanna aparecen editados en inglés. Incluso el "chico", como ella le llama, tiene un nombre tan sajón como Michael Berg, pero en la película nadie lo pronuncia en alemán, sino en inglés. Tengamos en cuenta que es una producción de Alemania y Estados Unidos. Pero me temo que la parte germana de esta co-producción no ha sabido cuidar ese detalle, cedido más bien a la comercialidad del idioma en el que se ha rodado, el de la parte estadounidense.
Excelente.
martes, 17 de febrero de 2009
Ampliando el vocabulario
Acabo de recibir esta aportación, esta inyección de léxico, una genialidad más de Les Luthiers. Ahí va:
INESTABLE: Mesa norteamericana de Inés.
ENVERGADURA: Lugar de la anatomía humana en dónde se colocan los condones.
ONDEANDO: Onde estoy.
CAMARÓN: Aparato enorme que saca fotos.
DECIMAL: Pronunciar equivocadamente.
BECERRO: Que ve u observa una loma o colina.
BERMUDAS: Observar a las que no hablan.
TELEPATÍA: Aparato de TV para la hermana demi mamá.
TELÓN: Tela de 50 metros... o más.
ANÓMALO: Hemorroides.
BERRO: Bastor Alebán.
BARBARISMO: Colección exagerada de muñecas Barbie.
POLINESIA: Mujer Policía que no se entera de nada.
CHINCHILLA: Auchenchia de un lugar para chentarche.
DIADEMAS: Veintinueve de febrero.
DILEMAS: Háblale más.
MANIFIESTA: Juerga de cacahuetes.
MEOLLO: Me escucho.
TOTOPO: Mamamífero ciciciego dede pepelo nenegro que cocome frifrijoles.
ATIBORRARTE: Desaparecerte.
CACAREO: Excremento del preso.
CACHIVACHE: Pequeño hoyo en el pavimento que está a punto de convertirse en vache.
ELECCIÓN: Lo que expelimenta un oliental al vel una película polno.
ENDOSCOPIO: Me preparo para todos los exámenes excepto para dos.
NITRATO: Ni lo intento.
NUEVAMENTE: Cerebro sin usar.
TALENTO: No ta rápido.
ESGUINCE: Uno más gatorce.
ESMALTE: Ni lune ni miélcole.
SORPRENDIDA: Monja en llamas.
Gracias, Marisol, por compartir estas cosillas que, como poco, nos hacen sonreír. Ay... qué gusto da esto de copiar-pegar...
INESTABLE: Mesa norteamericana de Inés.
ENVERGADURA: Lugar de la anatomía humana en dónde se colocan los condones.
ONDEANDO: Onde estoy.
CAMARÓN: Aparato enorme que saca fotos.
DECIMAL: Pronunciar equivocadamente.
BECERRO: Que ve u observa una loma o colina.
BERMUDAS: Observar a las que no hablan.
TELEPATÍA: Aparato de TV para la hermana demi mamá.
TELÓN: Tela de 50 metros... o más.
ANÓMALO: Hemorroides.
BERRO: Bastor Alebán.
BARBARISMO: Colección exagerada de muñecas Barbie.
POLINESIA: Mujer Policía que no se entera de nada.
CHINCHILLA: Auchenchia de un lugar para chentarche.
DIADEMAS: Veintinueve de febrero.
DILEMAS: Háblale más.
MANIFIESTA: Juerga de cacahuetes.
MEOLLO: Me escucho.
TOTOPO: Mamamífero ciciciego dede pepelo nenegro que cocome frifrijoles.
ATIBORRARTE: Desaparecerte.
CACAREO: Excremento del preso.
CACHIVACHE: Pequeño hoyo en el pavimento que está a punto de convertirse en vache.
ELECCIÓN: Lo que expelimenta un oliental al vel una película polno.
ENDOSCOPIO: Me preparo para todos los exámenes excepto para dos.
NITRATO: Ni lo intento.
NUEVAMENTE: Cerebro sin usar.
TALENTO: No ta rápido.
ESGUINCE: Uno más gatorce.
ESMALTE: Ni lune ni miélcole.
SORPRENDIDA: Monja en llamas.
Gracias, Marisol, por compartir estas cosillas que, como poco, nos hacen sonreír. Ay... qué gusto da esto de copiar-pegar...
viernes, 13 de febrero de 2009
Torres de papel
Uno deja sobre la mesa un papel, un programa de mano o alguna revista de las decentes. Si cerca de donde uno suele ponerse a trabajar hay espacio, ése va a ser su asiento perfecto. Tendremos el germen, la base que verá crecer la torre. Será el momento más crítico. También el más dichoso. Un edificio acaba de nacer.
Un libro de texto de un curso de alemán que me costaría mucho repasar, varias revistas de suplemento dominical, una funda de plástico llena de documentos, documentación encuadernada con canutillo y acetatos, un folleto de decoración, una carta insustancial del banco, libros de tapa dura y blanda, una agenda del año anterior que no usé, muy buena, por cierto. Y otro sinfin de cosas que me es difícil detallar, por inaccesibles.
Uno puede vivir rodeado de estas torres, como en su Manhattan personal, habiéndolas dispuesto en ordenación urbana pensada, para pasearse agusto por la casa. Y disfrazarse de Godzilla, bramando sin parar mientras intenta encontrar algo entre esa arquitectura del desorden.
Un libro de texto de un curso de alemán que me costaría mucho repasar, varias revistas de suplemento dominical, una funda de plástico llena de documentos, documentación encuadernada con canutillo y acetatos, un folleto de decoración, una carta insustancial del banco, libros de tapa dura y blanda, una agenda del año anterior que no usé, muy buena, por cierto. Y otro sinfin de cosas que me es difícil detallar, por inaccesibles.
Uno puede vivir rodeado de estas torres, como en su Manhattan personal, habiéndolas dispuesto en ordenación urbana pensada, para pasearse agusto por la casa. Y disfrazarse de Godzilla, bramando sin parar mientras intenta encontrar algo entre esa arquitectura del desorden.
Y tratar de extraer cualquier elemento de los que forman las columnas, cuidando que sus cimientos no se meneen. Todo un ejercicio de habilidad. Uno no acaba sabiendo si antes fue su rascacielos de papeles, o el mítico Jenga, que para el caso es lo mismo. Extraer para depositar nuevamente en lo más alto, en la azotea.
Al igual que en Malasia o en China, uno puede competir consigo mismo para ir construyendo la torre más alta. El riesgo de desplome existe, sí, pero el desafío se disfruta. Más y más estratos, unos sobre otros, hasta lograr que la altura del engendro supere la de los demás.
Megatorres.
martes, 10 de febrero de 2009
El arte de mugir
Llevan recorriendo las ciudades durante años. Una noche cualquiera toman un casco urbano y se van aposentando allí donde más les place. Donde más les pace. Porque acaban quedándose a pacer sobre las aceras y en el asfalto.
Hace un par de años descubriendo Lisboa también las descubrimos a ellas. Volvíamos de la Praça do Comércio y, llegando a la altura del Ayuntamiento, las vimos aparecer. Una caravana de tráilers entraba formando una comitiva magnífica. La prensa portuguesa aguardaba pertrechada de cámaras y micrófonos. ¿Qué imágenes grabarían? ¿Qué sonidos captarían? Al momento lo supimos. Los grandísimos remolques se habían detenido y un ejército de operarios se encargaba de remangar las lonas que ocultaban la carga. Allí estaban.
No saltaron a embestirnos. Tampoco nos ofrecieron sus ubres para ser ordeñadas y liberadas de tanto peso. No. Permanecieron allí arriba, como en un escaparate, viéndonos admirarlas. Cada una se había vestido de una forma, con sus propios motivos y colores. Todas parecían orgullosas de presentarse de semejante guisa. Estaban contentas: iban a ser recibidas por el alcalde en acto oficial.
Aquella misma noche, paseando por el Chiado, asistimos a la plantá. Algunas de las vacas que descubríamos horas antes a la cálida luz de la tarde estaban siendo dispuestas a lo largo y ancho de la ciudad de las siete colinas. Era todo un acontecimiento. A partir de aquel momento, durante el resto de los días que continuamos allí, íbamos topándonos con ellas. Se convirtieron en un personaje más de nuestra escapada lisboeta.
Ahora la manada está en Madrid. No son las mismas y hace mucho frío. A las pobres les ha nevado y algunas han sufrido algún que otro ataque vacunófobo.
Aun así van a quedarse. Hasta que haga buen tiempo.
Hace un par de años descubriendo Lisboa también las descubrimos a ellas. Volvíamos de la Praça do Comércio y, llegando a la altura del Ayuntamiento, las vimos aparecer. Una caravana de tráilers entraba formando una comitiva magnífica. La prensa portuguesa aguardaba pertrechada de cámaras y micrófonos. ¿Qué imágenes grabarían? ¿Qué sonidos captarían? Al momento lo supimos. Los grandísimos remolques se habían detenido y un ejército de operarios se encargaba de remangar las lonas que ocultaban la carga. Allí estaban.
No saltaron a embestirnos. Tampoco nos ofrecieron sus ubres para ser ordeñadas y liberadas de tanto peso. No. Permanecieron allí arriba, como en un escaparate, viéndonos admirarlas. Cada una se había vestido de una forma, con sus propios motivos y colores. Todas parecían orgullosas de presentarse de semejante guisa. Estaban contentas: iban a ser recibidas por el alcalde en acto oficial.
Aquella misma noche, paseando por el Chiado, asistimos a la plantá. Algunas de las vacas que descubríamos horas antes a la cálida luz de la tarde estaban siendo dispuestas a lo largo y ancho de la ciudad de las siete colinas. Era todo un acontecimiento. A partir de aquel momento, durante el resto de los días que continuamos allí, íbamos topándonos con ellas. Se convirtieron en un personaje más de nuestra escapada lisboeta.
Ahora la manada está en Madrid. No son las mismas y hace mucho frío. A las pobres les ha nevado y algunas han sufrido algún que otro ataque vacunófobo.
Aun así van a quedarse. Hasta que haga buen tiempo.
domingo, 8 de febrero de 2009
El lector
Me preguntaba qué tal estaría, pero su título, Der Vorleser, así como mi pobre alemán me echaban atrás. Y ahí seguía, descansando sobre la estantería.
Meses después, buscando un libro, di con uno de un tal Bernhard Schlink que prometía bastante. Y así fue. Me lo bebí, literal y literariamente. Me gustó su redacción ágil, su estructura, su diseño de personajes y su tono. Llevaba tiempo sin leer nada relacionado con la Alemania nazi y sus coletazos, y me sorprendió cómo la novela se internaba de repente en ese terreno, tan negro como inesperado. En una historia de amor como esta uno recibe un golpe directo al estómago al planteársele un caso así, en el que la justicia y la revisión de la culpa reclaman reflexión obligatoria.Después leí El regreso, también de Schlink y, aunque no me pareció redonda, me alegró ver que un juez -que el autor lo es- no deja de plantearse una y otra vez todo tipo de preguntas sobre el sentido de la justicia e interpretarla con constancia.
Ahora estoy pendiente del estreno de El lector, la adaptación al cine de esa novela que no me atrevía a abrir en alemán y que, sin saberlo en un principio, acabé leyendo traducida. La dirige Stephen Daldry, magnífico en trabajos como Billy Elliot o Las horas. Tengo muchas ganas de ver qué ha hecho y estoy encantado de saber que las buenas historias se tienen en cuenta y siempre hay alguien con el talento suficiente para transportarlas con una cámara.
Pues eso: que se estrene ya.
sábado, 31 de enero de 2009
Crónicas Oxonianas VII
Dentro de un rato saldre de esta computer room y me ire a casa. Hoy pienso darme un jarton de tele. Creo que no hay peligro de lluvia y el cielo del city centre tiene un magnifico aspecto. Este es uno de esos "deja vu" que, de vez en cuando, me traen a ese punto a medio camino entre el cerebro y la lengua un "ya estamos de nuevo con el dichoso estoyalohevivido” (de pequeno esa sensacion era excitante -...y por que?, ...y por que?, ...y por que?-, pero ahora es algo asi como que hay otras madejas que me interesa desentranar antes que esa-). Ese celeste lo he visto en el Springfield de "Los Simpsons". Que grandes que son, despues de diez anos on. Un dia de estos vere un especial que el viernes pasado emitio la BBC2.
Aparte de esos, tengo otros idolos mediaticos. Uno autoctono: se llama Carol Vorderman y esta como el cheese on toast. Bueno, digamos que me debe sacar quince o veinte a-os y que deberia buscarme una buena guia de casos freudianos para explicar semejante atraccion. Me cae bien. Aparece los lunes en la Carlton ITV presentando sus "Better Homes" y hace feliz a la gente convirtiendo las habitaciones mas cutres y lamentables de sus casas en autenticas fotos de catalogo. "Oh, it's marvellous, absolutely gorgeous!!!!" es la expresion que habitualmente les sale cuando vuelven a su hogar. Estoy seguro de que muchos de ellos han empezado a hacer la vida en el cuarto de bano tras el gran cambiazo.
Aparte de la Vorderman, tambien soy acusado de ligero fanatismo hacia Julia Roberts -no lo niego, aunque yo siempre he sido pro Pfeiffer y hay cosas que nunca cambian- y Rebecca, una buena amiga de Birmingham, apunta a sus "hairy armpits". Me temo que las chinchillas en estado salvaje gustan de vivir en otros lugares.
Esto esta tomando un color no previsto. Vamos a ir dejandolo.
Aparte de esos, tengo otros idolos mediaticos. Uno autoctono: se llama Carol Vorderman y esta como el cheese on toast. Bueno, digamos que me debe sacar quince o veinte a-os y que deberia buscarme una buena guia de casos freudianos para explicar semejante atraccion. Me cae bien. Aparece los lunes en la Carlton ITV presentando sus "Better Homes" y hace feliz a la gente convirtiendo las habitaciones mas cutres y lamentables de sus casas en autenticas fotos de catalogo. "Oh, it's marvellous, absolutely gorgeous!!!!" es la expresion que habitualmente les sale cuando vuelven a su hogar. Estoy seguro de que muchos de ellos han empezado a hacer la vida en el cuarto de bano tras el gran cambiazo.
Aparte de la Vorderman, tambien soy acusado de ligero fanatismo hacia Julia Roberts -no lo niego, aunque yo siempre he sido pro Pfeiffer y hay cosas que nunca cambian- y Rebecca, una buena amiga de Birmingham, apunta a sus "hairy armpits". Me temo que las chinchillas en estado salvaje gustan de vivir en otros lugares.
Esto esta tomando un color no previsto. Vamos a ir dejandolo.
jueves, 29 de enero de 2009
Crónicas Oxonianas VI
Eso no es todo. Hace unos dias el amigo me sorprendio con su nueva adquisicion. Ya lo ha hecho en otras ocasiones (un saco de boxeo, una nueva chimenea de las de pega, unos cuadros tacky tacky...), pero esta es digna de un aparte. Se trata de un pez que canta exitos tales como "Don't worry, be happy" y "Take me to the river, drop me in the water". Puedo disfrutar de semejantes megahits cada vez que entro o salgo de casa, porque una celula fotoelectrica me detecta y hace que el bicho haga su performance. Es una especie de trucha que coletea y mueve la boca. Su aspecto se acerca bastante a la realidad. Por fin se le han gastado las pilas.
Nuestra chati, Difina, volvio a la carga. Aparte de mi barra de cacao madeinSpain (con la que debio combatir el sol salvaje de Gran Canaria hace unas pocas semanas,... bless her), he podido comprobar que a estos ingleses tambien les va el aceite de oliva. A ella le mola cantidad. Ultimamente me divierto mucho tratando de encontrar evidencias que me confirmen que Difina sigue siendo mi fridge picker favorita.Lastima que Colin, mi housemate de los ultimos dos meses, se haya mudado a otra casa. Nos lo pasabamos muy bien con estas y otras aventuras. Le vere un dia de estos en las carreras de galgos. Trabaja en el Oxford Stadium, preparando las pistas para que corran los perros. No ha podido disfrutar de mis mejores tortillas de patata. Es alergico a la cebolla.
Nuestra chati, Difina, volvio a la carga. Aparte de mi barra de cacao madeinSpain (con la que debio combatir el sol salvaje de Gran Canaria hace unas pocas semanas,... bless her), he podido comprobar que a estos ingleses tambien les va el aceite de oliva. A ella le mola cantidad. Ultimamente me divierto mucho tratando de encontrar evidencias que me confirmen que Difina sigue siendo mi fridge picker favorita.Lastima que Colin, mi housemate de los ultimos dos meses, se haya mudado a otra casa. Nos lo pasabamos muy bien con estas y otras aventuras. Le vere un dia de estos en las carreras de galgos. Trabaja en el Oxford Stadium, preparando las pistas para que corran los perros. No ha podido disfrutar de mis mejores tortillas de patata. Es alergico a la cebolla.
lunes, 26 de enero de 2009
Crónicas Oxonianas V
Vaya!, he vuelto a ver a la bibliotecaria descalza. Eso me recuerda que WHSmith ha cambiado su estilo y su centro de Cornmarket Street nunca recobrara su encanto: han quitado esa moqueta que lo hacia unico y han puesto tarima. Menos mal que todavia me quedan paraisos como Waterstone’s o Blackwell’s, donde uno siente que es recibido con la alfombra que se tiende al paso de los elegidos.
Parece ser que mi landlord ha decidido que el mismo tipo de moqueta que puso en el salon va a quedar bien en el bano. No es que no me guste. Es, simplemente, que se le debio olvidar podarla con la segadora, o a machetazos o similar, y es bastante dificil abrir y cerrar la puerta properly. Aquel pobre hombre que, encarcelado, sobrevivio a base de Tranchetes, en mi domicilio de Spencer Crescent lo tendria un poco mas complicado.
Si Neizan, al fin, decide llevar a cabo la operacion, le pedire que se asegure de darle un recorte. No seria muy agradable quedarse encerrado en el aseo leyendo su coleccion de periodicos atrasados para matar el rato.
Parece ser que mi landlord ha decidido que el mismo tipo de moqueta que puso en el salon va a quedar bien en el bano. No es que no me guste. Es, simplemente, que se le debio olvidar podarla con la segadora, o a machetazos o similar, y es bastante dificil abrir y cerrar la puerta properly. Aquel pobre hombre que, encarcelado, sobrevivio a base de Tranchetes, en mi domicilio de Spencer Crescent lo tendria un poco mas complicado.
Si Neizan, al fin, decide llevar a cabo la operacion, le pedire que se asegure de darle un recorte. No seria muy agradable quedarse encerrado en el aseo leyendo su coleccion de periodicos atrasados para matar el rato.
viernes, 23 de enero de 2009
Crónicas Oxonianas IV
6 de julio de 2000
Ya soy convicto y, teniendo en cuenta que mi delito es internacional, debo figurar en las listas de los mas buscados por la INTERPOL. Acabo de robarle el ordenata a una japonesa. Bueno, lo cierto es que yo lo tenia reservado y la amiguita no estaba al tanto, asi que, despues de pedirle amablemente que me cediese el puesto, hemos llegado a un acuerdo: yo ahora estoy "enredado" y la nipona, lo que es la vida, tendra que esperar a que otro de estos cacharros quede libre.
En el fondo soy buen chico y la falta queda aminorada por un acto de buena fe. Dare una explicacion: el domingo pasado pude haber desencadenado un efecto domino bastante curioso, pero todo quedo en la intencion. No tuve balls. En la noble ciudad de Oxford de vez en cuando se produce una oleada de robos de bicicletas. No suele durar mas de un par de dias y todo empieza cuando alguien decide "tomar prestada" una de las miles que hay por las calles. El sujeto que, amablemente, ha "cedido" la suya llega al lugar en cuestion y se encuentra con el gap. Ese es el punto clave del proceso. Dura unos segundos. Cuando el resultado es positivo, significa que la inercia le va a llevar a quedarse con la bici que tenga mas a mano. No hay vuelta de hoja. Las cosas se calman cuando uno a mi imagen y semejanza llega a la conclusion de que no merece la pena seguir con el jueguecito.
Lo mio solo fue la rueda delantera. Con ella debieron completar otra bici de la que solo quedaba esa misma rueda, atada a unos metros de la mia. En fin, que para devolver el aspecto habitual -y la utilidad- a esa especie de freak en el que mi maquina quedo, he tenido que gastarme unas cuantas pounds. Never mind.
Fucking bastards!!!!!!!!!
martes, 20 de enero de 2009
Crónicas Oxonianas III
Neizan (o esa suerte de electricista que trata de ganarse una reputacion como disc jockey -chundachunda del malo y a un volumen poco agradable cuando son las seis de la manana-) en el fondo es un buenazo del que todos se aprovechan. Ahora tenemos un acople llamado Davina (pronunciese Difina) que es como otro mas en la familia. Es la nueva chati del landlord. En un principio pense que seria algo de un par de dias. Despues pude comprobar que no les va del todo mal y que ella se esta "acomodando perfectamente". Difina lleva ya un mes con nosotros.
Los primeros dias solo me sonreia. Tras una semana de convivencia, incluso me empezaba a saludar. No ha pasado de ahi. Trate de comprender que se debia a la timidez frente a lo desconocido,o al choque de culturas. Tras comprobar que es silenciosa incluso para pedir permiso (se come MI mantequilla -dejando increibles socavones en el contenido de la tarrina- y se hace el te con MI leche!), he llegado a la conclusion de que las dos unicas culturas que chocan son la de uno que paga el alquiler y respeta a sus convecinos, y la de una que cualquier dia de estos se lleva un rapapolvo en castellano viejo.
La meteremos en el saco de los parasitos.
Hoy he aprendido, gracias a Mr. Moss (el big boss), que una de las canciones mas bellas y tristes del cancionero anglosajon lleva por titulo "Oh, Danny boy". Me ha cogido por banda mientras me comia un bocata de jamon (del gueno gueno, con G de guelcome) y me ha dicho que no es posible que alguien con ese nombre no conozca tan linda tonada. No he podido seguir el ritmo con mis mandibulas, aunque le he dado las gracias por el apunte cultural y le he dicho "I'll never forget it".
Desde luego, lo que sera inolvidable sera la vision diaria de mi nombre escrito de la misma forma en las tablas de turnos de las tiendas. Siempre que puedo, aprovecho para escribirlo como sigue...
...Dani.
Los primeros dias solo me sonreia. Tras una semana de convivencia, incluso me empezaba a saludar. No ha pasado de ahi. Trate de comprender que se debia a la timidez frente a lo desconocido,o al choque de culturas. Tras comprobar que es silenciosa incluso para pedir permiso (se come MI mantequilla -dejando increibles socavones en el contenido de la tarrina- y se hace el te con MI leche!), he llegado a la conclusion de que las dos unicas culturas que chocan son la de uno que paga el alquiler y respeta a sus convecinos, y la de una que cualquier dia de estos se lleva un rapapolvo en castellano viejo.
La meteremos en el saco de los parasitos.
Hoy he aprendido, gracias a Mr. Moss (el big boss), que una de las canciones mas bellas y tristes del cancionero anglosajon lleva por titulo "Oh, Danny boy". Me ha cogido por banda mientras me comia un bocata de jamon (del gueno gueno, con G de guelcome) y me ha dicho que no es posible que alguien con ese nombre no conozca tan linda tonada. No he podido seguir el ritmo con mis mandibulas, aunque le he dado las gracias por el apunte cultural y le he dicho "I'll never forget it".
Desde luego, lo que sera inolvidable sera la vision diaria de mi nombre escrito de la misma forma en las tablas de turnos de las tiendas. Siempre que puedo, aprovecho para escribirlo como sigue...
...Dani.
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